Capítulo 15
Líos
Me lo estaba poniendo difícil por varios motivos. Primero, no había mencionado nada que pudiese molestarme o herir mi sensibilidad. Segundo, mi estado de ánimo era excelente. Estaba de tan buen humor que incluso yo me sorprendía. Tercero, estaba más guapo de lo habitual.
No sé qué tenía Finn ese día, pero lamenté haberle llamado para comer tal y como le prometí en el bar varios días atrás.
Era la una menos cuarto del medio día, y ya habíamos acabado el segundo plato en el pequeño restaurante en el que nos citamos aquel lunes, aprovechando la hora de descanso para comer que tenía en su trabajo.
—¿Vas a querer postre? —me preguntó con amabilidad.
—Eh no, creo que es suficiente con todo lo que comí ya —dije apartando el plato vacío.
—Bueno, la verdad es que yo tampoco puedo más —me sonrió—. No sé cómo voy a seguir trabajando ahora. Tendríamos que haber quedado para cenar.
—Ya —susurré desviando la mirada hacia la ventana que quedaba a mi lado.
Una de las razones por la que había elegido aquella hora para llevar a cabo la cita, era evitar que después de ello no tuviésemos nada más que hacer juntos. Que Finn tuviese que seguir trabajando después de comer, era la excusa perfecta para mí.
Seguía con mi obsesión de no reconciliarme con él, al menos no por aquellos días en los que deseaba más que nunca vivir esa extraña libertad que llegó a mi vida de imprevisto.
Pero eso no significaba que tuviese que alejar aún más a Finn. No podía olvidar que seguía siendo mí prometido, y no estaba dispuesta a que se cansara de esperarme.
Poco a poco. Esa era mi premisa en aquel día, y eso es lo que intenté dejarle claro a él. Para mi sorpresa, lo estaba aceptando como algo normal.
—Oye… ¿Qué te paso el otro día? No volviste al bar. ¿Estabas cansada?
—¿El sábado? —repetí tratando de sonar con naturalidad.
—Sí. Brody, Marley y yo nos quedamos más tiempo, pero no volviste.
—Tuve un pequeño percance —respondí volviendo a mirarle—. ¿Recuerdas a Rachel?
—¿La chica que canta?
—Sí. Se puso enferma y tuve que llevarla al hospital.
—Vaya… ¿Y está bien? —se interesó, y lo hizo preocupado.
Finn podría tener su carácter, pero no por ello dejaba de preocuparse por las personas. Y a pesar de no conocer a Rachel, sabía que su interés era completamente honesto.
—Sí, pero lo pasó bastante mal.
—¿Qué le sucedió?
—Tuvo un cólico nefrítico —le dije y no pude evitar estremecerme al recordar su cara, y el dolor que reflejaba cuando casi ni podía moverse. Era algo que no quería volver a presenciar nunca más.
—Puff, debió pasarlo mal —susurró—. ¿Ha salido ya del hospital?
—Sí, si, por suerte fue algo leve dentro de lo que cabe, y le dieron el alta el domingo. No, no he vuelto a hablar con ella, pero supongo que sí que estará bien.
—Eso espero. ¿Volverá al bar?
—Sí, el miércoles, volverá para cantar.
—Genial. Creo que ha sido una buena idea, quizás con conciertos el bar pueda remontar.
—No estoy tan segura de ello —dije volviendo a desviar la mirada.
—¿Por qué? El otro día el bar estaba repleto y según nos contó Evans, hace unos días también se llenó.
—Ya, pero Rachel no va a cantar con nosotras para siempre —dije con algo de anhelo—. De hecho, esta semana es la última que tocará en el bar.
Traté de evitarlo, pero la sensación de vacío tras ser consciente de la marcha de Rachel, y lo cercana que estaba en el tiempo, me provocó un nudo en la garganta que apenas me dejaba hablar con naturalidad.
Tuve que beber el resto de agua que quedaba en mi copa antes de continuar.
—¿Se marcha?
—Sí. El día 20 estará en el concierto que hacen en el campus de la universidad. Ya sabes… esa fiesta de la primavera —aclaré—. Y después se marchará a Los Ángeles a continuar con su viaje.
Sonreí. Y lo hice por la curiosidad que se adueñaba del rostro de Finn tras escuchar mi breve explicación, o relato. Porque aquello era un pequeño relato contado tal y como lo solía hacer Rachel. Alargando el final de cada frase para crear una mayor expectación.
Sin duda, me estaba influyendo.
—¿Su viaje? —preguntó rápidamente.
—Sí —me hice la interesante. Me empezó a gustar aquello de mantener el interés con mis respuestas.
—¿Qué viaje? —insistió.
—Rachel —susurré con dulzura para aumentar un poco más el tono de voz—. Rachel viaja por todo el país —volví a desviar la mirada hacia los ventanales, fijándome en cada coche que pasaba por aquella enorme avenida y como el sol incidía ya de lleno en los edificios de la acera de enfrente—. Lleva dos años viajando por todo el país —continué—, ha vivido en cada estado durante al menos 20 días y ya solo le queda California. Y lo mejor de todo, es que solo lo hace con su guitarra y una bolsa con algo de ropa. Nada más, no necesita nada más.
—¿Y tú le crees? —tardó varios segundos en cuestionarme después de terminar mi breve explicación, pero aquella pregunta consiguió que mis ojos volvieran a posarse sobre él.
—¿Cómo?
—¿Tú le crees de veras? —insistió con la sonrisa burlona asomándose por la comisura de sus labios.
—Por supuesto —respondí con rotundidad.
—¿Por qué? ¿De qué la conoces para creer tan ciegamente en ella?
—¿Por qué no iba a creerle? —respondí un tanto molesta—. Aún sigo teniendo un poco de fe en el ser humano, y esa chica no tiene motivo alguno para mentirme.
—Quizás quiera sorprenderte —apuntilló terminando de beber su copa.
—¿Sorprenderme? ¿Para qué? ¿Qué sentido tiene eso? —le cuestioné.
—Vamos Quinn, todo el mundo sabe quién eres. Ya sabes cómo funcionan las cosas —añadió.
—¿Lo dices por mi padre? No, ella no sabía nada de mí —respondí recordando que Rachel no había conocido nada de mi vida hasta hacía apenas un día, y por pura casualidad con mi padre.
—Quinn basta con saber tu apellido para que te reconozcan en esta ciudad.
—Pero Rachel es de Ohio, no de Phoenix. Ni siquiera de Arizona —insistí con algo más de vehemencia. Odiaba que tratasen de confundirme cuando estaba completamente convencida de lo que pensaba.
Yo era la primera que había dudado de la veracidad de la historia de Rachel, pero en aquel instante, llegados a ese punto y después de todo lo que me sucedió con ella, mis dudas se habían disipado. Yo la creía, y eso me era más que suficiente, aunque no tuviese pruebas contundentes.
—Bueno, si tú lo dices —dijo entre dientes.
—Pues sí, yo le creo —repetí volviendo a desviar la mirada hacia el exterior. Quizás aquella pequeña discusión era lo que necesitaba para que el almuerzo no fuese tan perfecto, y me regalase algunos días más de absoluta libertad antes de afrontar mi perfecto y planeado destino junto a él.
—Ok. De todas formas, me parece algo impresionante si es verdad —añadió y yo lo maldije. No quería que se retractase—. Recorrer el país durante dos años con una guitarra y una bolsa de ropa. Guau, debe ser una experiencia única.
—Finn, si te estoy diciendo que es verdad, es que es verdad —le miré, Y lo hice porque sabía que estaba siendo sarcástico—. Podrías creerme a mí, al menos.
—Ok. Sí tú le crees, yo le creo. Eso sí, ya me dirás que hace esa chica para que la defiendas así —se mostró sorprendido—. Y para que hables con esa admiración de ella.
—¿Qué?
—Tú cara, Quinn —me miró curioso—. Llevas un rato hablando de esa chica y es como si fuera alguien especial —susurró—. No sé, parece que nunca has conocido a alguien como ella y me sorprende.
—Es que nunca he conocido a alguien que sea capaz de sobrevivir en este país de la forma en la que ella lo hace —le repliqué con orgullo.
—Lo sé, pero no es eso lo que me sorprende, lo que… Bueno, lo que me gustaría saber es qué hace para que haya provocado en ti…—balbuceó con algo de dudas— Me gustaría saber cuál es el secreto de esa chica para que tú también hablases de mí así.
Lo miré y sentí la frustración reflejarse en su rostro. Y la conciencia, de nuevo mi estúpida conciencia me pudo, y me hizo bajar la guardia. No podía olvidar que Finn me quería, que estaba enamorado de mí, y ver a la persona que amas embelesada por otra, aunque no fuese nada relacionado con el amor, debía resultar duro. Era algo que yo jamás había sufrido, porque siempre fui la princesa de los tres únicos hombres que conformaban mi vida. Mi padre, mi hermano y él.
Ellos solo tenían ojos para mí.
—Finn —traté de sonar con dulzura, y me adelanté un poco en la mesa, tratando de acercarme—. Sabes que te admiro, siempre lo he hecho —le dije tratando de aliviar aquel remordimiento y cambiar la pena que parecía haberse instalado en sus ojos—. No necesitas trucos ni consejos de nadie para que eso siga sucediendo.
Fue en ese instante, justo cuando yo ya creía que había hecho lo correcto y la sonrisa de tranquilidad ocupaba los labios de Finn, cuando su mano derecha se posó sobre la mía encima de la mesa, y me regaló una leve caricia con la yema de sus dedos.
—Envidio a todo ser u objeto que provoque tu atención, Quinn —susurró.
—No tienes nada que envidiar. A nada, ni a nadie —añadí apartando la mano con delicadeza—. Me gusta como eres, me gusta que seas tú y nadie más.
—¿Sigues pensando así?
—Si no lo hiciera no estaría aquí.
—¿Eso significa que sigues enamorada de mí?
Me extrañé y debió notarlo por la confusión que mostraban sus ojos. ¿Como no hacerlo?
—Finn, ya sabes que te quiero —respondí un tanto aturdida—. ¿Por qué me preguntas eso?
—Yo sé que me quieres —habló sin apartar la mirada—, pero querer o amar no tiene nada que ver con estar enamorada.
—¿Se puede amar sin estar enamorada? —recriminé
—Por supuesto —aclaró—. Son diez años, Quinn. Si no me quisieras no estarías aquí, ni siquiera me habrías perdonado, pero eso no significa que me sigas viendo como cuando nos conocimos. Eso no significa que estés enamorada de mí.
—Finn —balbuceé confusa—, yo no puedo querer a alguien si no estoy enamorada.
—Sí, sí que puedes —sentenció y yo enmudecí. No por su rotundidad, sino porque me sentía completamente confundida porque él conociese esas pequeñas diferencias respecto a las relaciones de pareja.
Aquel no era mi Finn. No era el chico tranquilo y bobalicón que solía ser respecto al amor. Para él, una relación lo reunía todo; amor, cariño, deseo. Si no existía uno de esos aspectos, no era una relación. Sin embargo, en aquel instante estaba dejándome claro que entendía que yo seguía queriéndole, pero no estaba seguro, o más bien sabía a ciencia cierta, que yo ya no sentía todas aquellas mariposas cuando hablaba con él. Aquellos nervios al verlo o la descarga eléctrica en mi espina dorsal cuando me besaba. Porque esos eran los síntomas con los que yo describía el estar enamorada y él, los conocía.
—Pero no tienes que preocuparte —susurró—. Yo estoy convencido de volver a enamorarte, Quinn. Yo sé que podré y lo voy a conseguir.
—Finn —interrumpí—, no me gusta que hables así. Yo te quiero —traté de zanjar el tema de conversación—, y eso no va a cambiar. Solo, solo necesito tiempo para relajarme y solucionar mis conflictos.
—Sabes que yo quiero darte todo el tiempo que necesites, pero tenemos algo pendiente muy cerca yo estoy dispuesto a...
—Me voy a casar contigo —dije sin pensar y conforme salían las palabras de mis labios, me lamentaba. Pero no podía deshacer lo que ya había dicho.
—¿Lo tienes claro? —me preguntó con la mirada iluminada.
Tomé aire y llené todo lo que pude mis pulmones al tiempo que bajaba la mirada.
—Sí, pero… —balbuceé— Sigo necesitando ese tiempo yo, yo prometo que antes de que llegue todo, lo habré solucionado.
—Está bien —susurró dejando escapar un sonoro suspiro—. No quiero que te precipites, yo estaré esperándote el tiempo que sea necesario.
—Eso espero —respondí con sinceridad. De verdad que deseaba que me esperase, aunque no supiese cuánto tiempo iba a necesitar para apartar de mi mente todas aquellas contradicciones, y volver a ser la de siempre—. Será mejor que nos marchemos —dije mirando la pantalla de mi teléfono —, tienes que regresar a la oficina.
No recibí respuesta alguna más que una sincera sonrisa por parte de Finn, y su llamada a la camarera que nos había servido para pagar la cuenta de la comida.
Yo esperé pacientemente a que llevase a cabo todo el trámite y después le acompañé hasta la salida.
No debía alejarse demasiado. Su oficina estaba a escasos metros del restaurante y yo tenía que avanzar por la avenida hasta el aparcamiento donde esperaba mi coche.
—Te acompaño.
—No es necesario, quiero echar un vistazo en los escaparates de allí —miré hacia la acera de enfrente.
—Oh ok. Bueno pues entonces te veo el miércoles en el bar. ¿De acuerdo?
—Allí estaré —sonreí al recordar que aquella noche, Rachel volvería al bar, pero eso él ni siquiera lo intuía.
—Cuídate Quinn —susurró tras tomar la decisión de regalarme un pequeño beso en la mejilla, quizás incitado por mi delatadora sonrisa.
—Tú también —dije tomando una gran bocanada de aire y emprendiendo mi camino hasta el primer paso de peatones que cruzaba la avenida. No quería volver a mirarlo, porque sabía que él estaría observándome desde la acera. Así que lancé la vista al frente y me apresuré en cruzar aquella calle en cuanto el pequeño hombrecito verde del semáforo me lo permitió.
Lo cierto es que no tenía demasiado interés en mirar los escaparates de algunas tiendas que me salían al paso en aquella avenida. Mi cuenta corriente estaba deshecha, y lo poco que recaudé del bar fue a parar a Brody para compensar la factura del hospital. Sin embargo, entretenerme un rato hasta que llegase la hora de recoger a Santana, no era una mala idea.
Todos los lunes acudíamos al bar por la tarde para hacer un pequeño inventario sobre lo que habíamos vendido, y lo que íbamos a necesitar para los siguientes días. Pero aquello no sucedía hasta unas horas más tarde y aún tenía tiempo para mí.
No sé si fueron tres o cuatro los escaparates en los que me detuve hasta que volví a lanzar una mirada atrás y comprobar que Finn ya había desaparecido, y lo hice porque dejé de sentir su mirada clavándose en mi cuello y espalda. Por suerte, ya podía disfrutar del paseo tratando de aliviar la sensación que se adueñaba de mí tras haberle confirmado que me iba a casar con él.
Porque lo hice con una rotundidad que ni yo misma creía que pudiese tener. Y al parecer, mi cara, mis gestos, también se mostraron contundentes al confirmarlo tras ver la reacción de Finn.
Ahora solo necesitaba relajarme, tratar de no prestar demasiada atención a aquel hecho, y dejar que el tiempo fluyese. Aunque no mucho por supuesto.
Estábamos a mitad del mes de marzo y mi boda estaba prevista para junio, lo que no me daba mucho margen para dudar. Solo unas semanas tenían que ser suficiente para volver a ser yo.
Había algo que tenía claro en aquel instante para liberar mi mente, y deshacer el nudo de mi estómago, mantenerme ajena y tratar de empujar todos los pensamientos a algún recóndito lugar de mi cabeza donde no pudiese escucharlos. Aquellas tiendas eran el principio de aquel plan, pero no me sirvieron de mucho en aquel breve paseo. Sin embargo, y como siempre sucedía en mi vida desde hacía apenas unas semanas, el destino me iba a regalar la mejor de las opciones para hacer que todas mis dudas quedasen en un segundo plano, y otros pensamientos ocupasen su lugar.
Unos pensamientos más agradables, aunque juraría que igual de confusos, prefería que fueran esos los que me martirizasen en aquel instante.
Unos pensamientos que entraron de lleno en mi cabeza tras pasar por uno de los enormes ventanales del servicio de lavandería.
No debí sorprenderme, aquella lavandería pública estaba situada en West Van Buren, y West Monroe estaba a escasos cinco minutos de allí. Pero ella siempre lograba sorprenderme, por mucho que su presencia fuese anunciada con antelación, o una lógica aplastante.
Hablo de ella porque tras aquel ventanal, era Rachel quien aparecía frente a una de las lavadoras industriales que se utilizaban en sitios como aquel.
También me sorprendí por mi rapidez en localizarla con apenas una mirada de reojo al interior de la lavandería.
No lo dudé. Lancé una última mirada hacia atrás asegurándome de que Finn no estaba allí bajo ningún concepto, y retrocedí varios metros hasta situarme frente a la puerta automática que me adentraba en el local.
Dudé varios segundos en cómo hablarle, pero ella me lo puso fácil al tomar asiento en una de las sillas que permanecían en hileras alrededor de los electrodomésticos, que se apilaban en columnas de a dos por el centro de todo el local.
Jugueteaba con un teléfono entre sus manos que le mantenía completamente concentrada y sin percatarse de mi presencia cuando decidí sentarme junto a ella y mirarla.
Fueron varios los segundos que pasé así, y ella seguía con la vista fija en el teléfono.
—No es justo que tengas el número de teléfono de Santana y no el mío —dije mostrándole una de las tarjetas de visita de mi bar.
Sus ojos oscilaron hacia el pequeño papel y luego, con calma, lo hicieron sobre mí, sin hablar, sin hacer ni mostrar ningún tipo de gesto, más que una leve mueca de confusión con sus cejas.
—¿Qué? —cuestioné tras ver que seguía completamente enmudecida.
—¿Me he vuelto loca? —dijo sin dejar de mirarme.
—¿Qué? —volví a preguntar extrañada.
—¿Eres una aparición o eres real?
No supe si reír o mantenerme seria. Opté por lo primero tras pensar detenidamente en las palabras de Rachel, y cómo seguía mirándome completamente obnubilada.
—¿Tú qué crees? —dije tratando de recuperar la seriedad. Y tras ello, Rachel deslizó su mano hasta tocar mi brazo con curiosidad.
—¿De verdad crees que soy un fantasma? —pregunté al ver como hizo aquel gesto para asegurarse de que era real.
—Prefiero comprobarlo —susurró con algo más de naturalidad—. En Nashville no tuve oportunidad de hacerlo, y no quiero que me vuelva a suceder.
No fue necesario que volviese a hablar. Rachel pudo percibir mi cara de confusión y no dudó en relatarme la anécdota. Yo no lo podía creer. Yo no era capaz de asimilar que aún así, iba a ser capaz de contarme una de sus historias.
—Había una casa —volvió a mirar el teléfono—, era un hostal algo antiguo, pero muy cómodo y agradable. Al menos a simple vista. Pasé una noche allí, y aunque la cama era perfecta para descansar, no pude dormir apenas en toda la noche por culpa de unos invitados de excepción —me miró—. Estuve toda la noche pidiendo a los huéspedes de la habitación contigua que se callaran, que me dejasen dormir, pero no lo hacían. Eran susurros, y de vez en cuando risas de una niña. Creo que me hice esta cicatriz de tanto golpear la pared— me dijo mostrándome la palma de su mano, donde una fina línea de apenas un centímetro se mostraba descolorida con el resto de la piel bronceada—. Por la mañana, cuando fui a despedirme del recepcionista y dueño del hostal, le dije que todo estaba perfecto, pero que debía prestar más atención a los inquilinos, que por culpa de ellos no había conseguido dormir y… ¿Sabes qué? —me miró con los ojos abiertos como platos— Me dijo que en la planta donde yo estaba, no había nadie más aquella noche. Que solo estaba yo ¿Lo puedes creer?
Por supuesto no lo creía, pero no porque no le hubiera sucedido, sino porque me negaba a creer que me estuviese contando una anécdota sobre supuestos fantasmas que susurraban y reían en mitad de la noche.
—Yo tampoco lo creí —siguió—, pero varios meses después, estando en St. Louis, me hospedé en otro lugar, y mientras cenaba y veía la televisión descubro que estaban emitiendo un show donde tres tipos se dedicaban a encerrarse en lugares encantados para tratar de encontrar muestras físicas de fantasmas, y actividad paranormal. ¿Y adivina donde estaban aquella noche?
—En Nashville —susurré incrédula.
—Exacto —respondió rápidamente—. En el mismo hostal donde yo pasé la noche y escuché aquellas voces... Imagínate como me puse. Fue un horror. Yo, yo había pasado la noche rodeada de fantasmas que… —se detuvo por varios segundos sin dejar de mirarme, pero esta vez con una confusa mueca en su rostro— ¿Por qué te estoy contando esto?
—Crees que soy una aparición —le recordé conteniendo la risa.
—Ah cierto —volvió a tocarme el brazo—. Veo que no lo eres, aunque…
—¿Aunque qué? —dije dispuesta a seguir escuchándola.
Que aquella chica me fascinaba con su verborrea era algo que podría haber averiguado hasta el chico que cambiaba las monedas por fichas para las lavadoras, pero no me importaba. Me daba igual que todo el mundo pudiese ver mi cara de "admiración", tal y como la describió Finn, mientras observaba a Rachel contarme aquellas extrañas anécdotas.
—Pues que sí podrías serlo —volvió a hablar—. Cada vez que estoy en algún lugar, ¡zas! Apareces de la nada. Sucedió en la gasolinera, sucedió en el Ladies, en la calle cuando cantaba e incluso en tu bar —se detuvo sonriente—, y ahora lo haces aquí. Empiezo a sospechar que…
—Igual estoy persiguiéndote —interrumpí—. ¿Quién sabe? Puedo trabajar para el FBI y estar siguiendo tu pista allá donde vayas
—¿Por qué iba a perseguirme el FBI? —cuestionó divertida— ¿Qué le puede interesar de mí?
—Quizás quieran saber cómo una persona es capaz de recorrer todo el país, y no necesitar nada más que su voz y una guitarra para hacerlo —dije confiada—. O a lo mejor atraes a los fenómenos paranormales y yo soy la encargada de borrar tu mente si algún día tienes alguna prueba certera de ello —sonreí.
—¿Y cómo consigues dar conmigo? ¿Te pasas el día observándome?
Aquellas preguntas comenzaron a llenarse de un doble sentido que permitía que no solo el humor reinase aquella loca conversación, sino que también lo hiciera esa extraña necesidad de vernos. De saber que estábamos bien y no nos habíamos olvidado la una de la otra.
—Mmm puede… —susurré conteniendo la respiración y desviando la mirada hacia el teléfono que seguía entre sus manos— Veo que me has hecho caso.
Rachel repitió mi gesto y posó sus ojos sobre el móvil al tiempo que dejaba escapar una leve sonrisa.
—No me gustan los teléfonos —dijo—. La última vez que tuve uno lo lancé contra la pared de un hospital. Tener un teléfono supone tener la opción de recibir malas noticias.
—También se pueden recibir buenas —dije con dulzura, recordando la trágica vida de aquella chica—. Yo prometo que mis llamadas, serán buenas.
—Serán las únicas —me miró—. Sólo tú podrás llamarme a este teléfono, así que procura que sean buenas noticias siempre.
Fruncí el cejo a modo de pregunta y me sorprendí de que ella captase aquel gesto a la primera.
—Solo, solo tendré tu número aquí —volvió a hablar mientras observaba con detenimiento mi tarjeta e introducía el número en el teléfono.
—¿Por qué?
—Porque no pienso utilizarlo a menos que sea para recibir tus llamadas —volvió a mirarme—. Te lo prometí y pienso cumplir mi palabra, pero nada más.
—¿Pero qué sentido tiene? ¿Y si necesitas llamar?
—Pues busco una cabina telefónica, como he estado haciendo hasta ahora.
Guardé silencio tratando de escrutar sus gestos, buscando algún signo de humor o broma, pero no lo encontré. Solo fui testigo de cómo sus ojos volvían a vagar por el teléfono y regresaban a mí con serenidad.
—¿Me vas a decir qué haces aquí? —me cuestionó zanjando el tema de conversación.
—Vine a comer con Finn —respondí sin dejar de mirarla—. Él trabaja ahí enfrente, al otro lado de la acera —señalé con un leve gesto de mi cabeza y Rachel desvió la mirada hacia el ventanal que teníamos a nuestra espalda.
—Cierto, me lo dijo en el bar. Alguna vez me ha visto tocar ahí fuera —recordó.
—Así es...—proseguí— Pasaba por aquí de regreso al coche y te vi —sonreí tímidamente.
—Y entraste como un fantasma —susurró volviendo a mirarme.
—Así es.
—¿Cómo te ha ido? Con él…
—No puedo quejarme —dije recuperando la posición en la silla y mirando al frente. No fui consciente hasta ese instante en cómo había ido girándome hasta quedar frente a ella—. No nos hemos insultado, no hemos discutido y no tengo ganas de llorar, así que no me puedo quejar.
—Me alegro —dijo ella mirando también al frente—. Ojalá puedas solucionarlo todo. Aunque eso de que llores no es algo que me agrade. ¿Era por él cuando lo hacías el otro día en el bar? —se interesó.
—Mas o menos —balbuceé—. La verdad es que son muchas cosas las que me agobian, y hacen que llore —la miré.
—¿Qué cosas?
Mantuve el silencio mientras mi mente se reorganizaba. No estaba dispuesta a contarle todo lo que me sucedía, y cómo aquella presión en el pecho que se apoderaba de mí era en parte culpa de ella. De ella y su libertad. De esa forma de vivir una vida que se le había presentado llena de obstáculos y que ella defendía con una simple y sencilla sonrisa.
¿Cómo decirle que era eso lo que me hacía llorar? ¿Qué anhelaba sentirme libre cuando tenía todo lo que podía desear? Seguramente se ofendería y pensaría que yo no era más que una niña caprichosa que todo lo desea y todo tiene. Y aun así nunca se conforma.
—¿Cómo estás? ¿Has tenido más molestias? —reaccioné tratando de hacerle entender que su juego de cambiar temas de conversación, también era el mío.
Y lo entendió sin dudas.
—No, he descansado mucho. Y Brittany vino ayer por la tarde al hostal. Estuvo, estuvo en un festival y por eso no atendió a los mensajes y llamadas de Santana. Al menos eso me dijo —se excusó—. Estuvo gran parte del día acompañándome, así que no estuve sola.
—Me alegro. Estuve un poco preocupada, y mi padre más aún —sonreí—. Se pasó toda la comida hablando del parque arqueológico, de no sé qué expediciones y más cosas con las que te relacionaba.
—Me alegro de haber causado buena impresión en él. Parece un buen hombre, a pesar de ser político —bromeó—. Espero que no se molestase por no acudir.
—Lo es, te lo aseguro. Mi padre es político por vocación, no por interés. Y eso es lo que diferencia a los buenos políticos de los malos —dije convencida—. Y tranquila, entendió perfectamente que tuvieses que descansar.
—Me alegro que así sea, no podía esperar menos de alguien que llevase tu sangre —me miró—. ¿Tu madre también se dedica a la política?
Pregunta incomoda que no me apetecía responder y que volví a zanjar utilizando el mismo truco que ella solía utilizar, y que tan buen resultado parecía dar entre nosotras.
—¿Me das tu número de teléfono?
Rachel desvió la mirada de nuevo hacia su teléfono, y tras terminar de marcar mi número, pulsó la tecla de llamada. En apenas unos segundos, aquel número se asomó en la pantalla de mi teléfono y sonreí aliviada, al igual que ella. Su mirada cómplice me dejó claro que entendía mi postura de querer mantener a buen recaudo aquella respuesta sobre mi madre.
—Erre —susurré tras guardar el número y otorgarle aquella letra en mi agenda.
—¿Sólo me vas a poner una R? —se interesó curiosa— Soy algo más que una letra.
—Lo sé, pero a mí me es suficiente —dije volviendo a mirarla.
—Ok pues entonces yo te pondré algo diferente, al fin y al cabo, siempre sabré que eres tú —sonrió—. Eres la única que podrá llamarme.
—¿Y qué me vas a poner?
—Mmm, creo que no te lo voy a decir —comenzó a reír traviesa—. Será mi secreto.
—Quiero saberlo —insistí—. Creo que es justo. ¿No?
—No, tú solo me pedías que tuviese un teléfono y aquí está, ya lo tienes en tu agenda y podrás llamarme siempre que lo desees —me miró—. Pero nada más. Bueno sí, —alzó el aparato hasta plantarlo frente a mi cara— necesito tu foto.
El chasquido del obturador y un fogonazo del flash me dejó medio ciega mientras Rachel convertía su risa en carcajada.
—¿Qué haces? —dije tratando de eliminar el punto amarillento que perseguía mi punto de visión.
—Quiero ver tu cara cuando me llames.
—No, no puedes hacerme una foto de improviso —dije revolviéndome hacia ella—. No es justo.
—Quinn. ¿Para ti nada es justo?
—Que me hagas una foto por sorpresa y con ese móvil, no es justo —dije tratando de sonar amenazante.
—¿Qué le sucede a este teléfono? Me ha costado 25 dólares.
—Pues no vale más de 10 —bromeé.
Me miró con cara de pocos amigos, pero aun así sabía que no estaba enfadada, solo buscando alguna respuesta que pudiera poner la balanza de su lado.
—Tiene 15 dólares de saldo —se excusó.
—Ok —dije tratando de no alargar aquella pequeña tortura—, Tú ganas, el teléfono está bien para lo que pretendes, pero deja que al menos la foto sea decente —insistí.
—Ok, vuelvo a hacerte una y…
—No, no —detuve su mano que ya se alzaba de nuevo con el teléfono enfocando mi cara—. Mejor la hacemos desde el mío, y nos la hacemos juntas. Así yo también tengo tu foto cuando me llames.
—Ah, ahora entiendo —se mostró divertida—. Tú lo que quieres es que la foto sea desde tu móvil de 600 dólares. ¿Verdad? —me miró de reojo mientras observaba con orgullo la pantalla de su teléfono.
No pude evitar sonreír por el tono utilizado, y sabiendo que su reprimenda no era tal. Solo bromeaba, y me gustó que lo hiciera de aquella forma. Cualquier otra persona habría tenido reparos en intentar ridiculizarme por mi estatus social en aquella ciudad. Pero a Rachel eso no parecía importarle. Seguía viéndome de igual forma, como la primera vez que se subió a mi coche. O al menos eso me dejaba entrever.
—En realidad lo que me interesa es salir bien en la fotografía —dije preparando el móvil—. Vamos, acércate.
Tardó varios segundos en reaccionar, pero lo hizo. Acercó su cara a la mía y lanzó el brazo por encima de mis hombros, obligándome a permanecer más cerca de ella y enfocar con mayor precisión con el teléfono, que ya apuntaba hacia nosotras.
—Oh, tiene cámara interna —susurró Rachel que seguía con su divertido tono—. Ahora entiendo, así es más fácil.
—Claro —dije tratando de contener la respiración, y clavando la mirada sobre la pantalla que ya nos mostraba a las dos. No fui consciente de mi metedura de pata hasta que pude oler el perfume que siempre la acompañaba a escasos centímetros de mi piel. El calor que desprendía su mejilla y su dulce voz envolviendo mis oídos.
Metedura de pata porque todo aquello era como un canto de sirena para mí, para quien le había pedido que, por favor, no volviese a lanzarme indirectas ni a ponerme entre la espada y la pared. A quien le había exigido que fuésemos amigas. Única y exclusivamente amigas.
Ella lo estaba cumpliendo. Suya no era la culpa de que mis sentidos se alterasen al tenerla tan cerca.
—¿Preparada?
—Sí, vamos.
—Ok, sonríe —dije al tiempo que pulsaba el botón y la instantánea quedaba perpetua en la pantalla de mi móvil.
Me separé con pausa, tratando de no resultar brusca y demostrar que mi estabilidad emocional estaba tocando fondo al tenerla a mi lado. Pero lo bueno que tenía Rachel era que parecía saber cuándo algo podría resultar incómodo para mí.
No puso reparos en apartar el brazo de mis hombros y volver a su posición.
—¿Qué tal ha salido?
—Genial —dije recuperando la compostura—. Te la envío.
—Ok, aunque yo prefiero no verme mucho. ¿No la puedes recortar y quedarte tu sola?
—¿Qué? ¿Por qué? Es más divertido así.
—Mas divertido para ti, que sales bien, pero para mí…
—¿Qué dices? —la miré tras escuchar como la alerta sonaba en su teléfono y abría el archivo con la imagen de las dos.
—¿Ves? Salgo fatal —se quejó—. No debí aceptar hacerme la foto contigo, haces que todo el mundo se vea mal.
—¿Qué estás diciendo, Rachel? —recriminé— ¿Estás diciendo que soy tan fea que estropeo cualquier foto? —traté de bromear.
—No, estoy diciendo que eres tan terriblemente bella, que nadie saldría bien a tu lado.
—No seas idiota —balbuceé tratando de recuperarme de la bajada de presión sanguínea que supuso escuchar aquel halago de su parte—. Eres hermosa y sales… —tragué saliva al comprobar como sus ojos volvían a mirarme, pero esta vez con un brillo inusual, al menos no era el que yo ya conocía— Preciosa, sales preciosa —repetí bajando la mirada hacia la pantalla del teléfono, incapaz de mantenerla fija sobre sus ojos.
—No deberías decirme esas cosas —susurró—. No soy de piedra.
—Eh —me removí inquieta— ¿Qué haces esta tarde? —cuestioné en un vago intento por acabar con aquella tensión.
—¿Esta tarde? Pues no sé, buscarme la vida.
—Pásate por el bar —dije rápidamente. De repente, mirarla era igual que lanzarse a un acantilado, y decidí no hacerlo a menos que fuera necesario—. Santana y yo estaremos allí haciendo inventario y podrás recoger tu dinero.
—¿Dinero? —me cuestionó extrañada— No tengo que recoger nada.
—Sí que tienes. Todas las propinas que dejaron el sábado.
—Te dije que eso era para pagarte la factura del hospital. Te pertenece a ti.
—Solo fueron cien dólares —volví a mentir—. Allí hay más.
—No lo creo —dijo al tiempo que se levantaba y caminaba a la lavadora que ya se había detenido. Pude descubrir tras verla sacar la ropa, e introducirla en la bolsa donde solía transportarla.
—Hay más —dije siguiendo sus pasos.
—Quinn —me miró—, el sábado apenas canté tres canciones y la gente no estaba muy entusiasmada. Dudo que hayan dejado más de cincuenta dólares.
—Te aseguro que sí. Santana me dijo que había bastante, así que…
—Ok, si tú lo dices—desvió la mirada hacia la bolsa.
Rachel había cambiado su actitud rápidamente. No se mostraba seria ni mucho menos, pero si algo más distante. Mas esquiva.
—¿Vendrás?
—Lo intentaré —susurró con amabilidad.
—Está bien no te molesto más —dije tratando de evitar que aquel encuentro acabase mal por culpa de mi improvisado e intenso halago.
Lo cierto es que la entendí. Si era cierto que le gustaba y yo le había pedido que solo se limitase a verme como una amiga, no le habría resultado fácil digerir mis palabras acerca de su belleza. Aunque quizás era más el tono que utilicé que lo que realmente le dije. Pero ya no había vuelta a atrás. Me había despachado a gusto con ella, y solo me quedaba no volver a molestarla con algo así, ni hacer que se sintiera incomoda.
—Yo estaré allí, y le diré a Santana que puede que pases. ¿De acuerdo? Si no, pues nos vemos el miércoles.
—Así será —me miró tras cerrar la bolsa que contenía su ropa.
Y volvía el silencio mientras nos mirábamos. Silencio delatador de que nuestros, y digo nuestros porque ella reflejaba lo mismo que yo, pensamientos eran los mismos.
—Bien, me alegra ver que estás bien —dije en un vago intento por parecer natural—. Si necesitas algo ya sabes —le mostré mi teléfono.
—Ya puedo decir lo mismo —sonrió—. Solo acepto llamadas de números conocidos.
—Perfecto —le respondí aceptando su decisión.
—Vamos te acompaño hasta la puerta —miró hacia la salida.
No tardé en reaccionar y seguir sus indicaciones sabiendo que venía pisándome los talones, dejando escapar algún que otro suspiro que ella creía inaudible, pero que no lo era.
El sol estrellándose de golpe contra nuestras cabezas fue el aviso que necesitábamos para saber que no debíamos estar allí demasiado tiempo, si no queríamos sufrir algún tipo de insolación.
—Cuídate Quinn.
—Y tú también —dije volviéndome de nuevo hacia ella, recuperando la visión de sus ojos.
Volvían a brillar, pero esta vez parecía ser por culpa del cegador resplandor del sol. Y sin pensarlo, tal y como ella había hecho días atrás, me acerqué para despedirme como realmente me apetecía, a pesar de mi metedura de pata con el halago.
Un beso.
Solo era eso. Un sencillo y leve beso en la mejilla de aquella chica. Nada más. Un gesto protocolario, algo típico entre amigas y no en desconocidas. Y para mí, Rachel ya formaba parte de mi círculo de amistades. Un beso en la mejilla. Sin embargo, no quedó en eso.
Una sacudida sobre mi espina dorsal, provocada por los nervios de tenerla tan cerca, me hizo calcular mal inconsciente, o conscientemente, no lo sé, y mis labios se posaron sobre la comisura de los suyos, dejándome sentir la humedad que desprendían y el calor de su aliento como si el beso fuese certero sobre su boca.
Me separé tan rápido como pude, y noté que ella también sentía el calor, inundándola de un intenso rubor que me sorprendió. Creo que fue el silencio más breve de la historia, pero a mí se me hizo eterno. Fue ella quien reaccionó, como siempre, y rompió la tensión que yo misma había creado.
—Ciao, Quinn —balbuceó dando varios pasos hasta separarse de mí, y girándose por completo para encarar el trayecto que la llevaba hasta su destino. Justo el opuesto al mío.
Yo hice lo mismo, con la diferencia de que no pude evitar volver la vista para mirarla antes de perderla de vista, en el cruce de aquella avenida.
Miradas que combinaba con la pantalla de mi teléfono donde aún seguía mostrándose la imagen de nosotras dos, y que comenzó a casi nublarme la vista. O quizás era el calor y la multitud de pensamientos que se agolpaban en mi cabeza tratando de encontrar sensatez en mis actos con aquella chica.
Solo pude aclarar uno de ellos mientras regresaba a mi coche. Un pensamiento convertido en duda y que me mantenía contra todo pronóstico buscando excusas para no volver corriendo a los brazos de Finn.
Necesitaba algo de tiempo para acabar con aquella sensación.
Si había conseguido soportar mis dudas y mi curiosidad durante cinco años o más, ahora no me veía capaz de soportar la tensión que aquella chica me producía. Era algo magnético, algo que me empujaba a ella y me gritaba a plena voz en la cabeza, "¡es ella, es ella!".
Necesitaba algunos días, justo los que Rachel iba a permanecer en Phoenix. Solo una semana y todo habría acabado. Sólo siete días para volver a ser yo y comenzar a disfrutar de lo que siempre había soñado. Solo siete días para sentirme libre y saciar mi bendita curiosidad en los brazos de la persona perfecta.
