Capítulo 16
Ofensiva
700 dólares.
Según Santana había sido una autentica ganga, una compra redonda que nos iba a traer más clientes al bar. Pero evidentemente el precio de la mesa de billar y su increíble descuento tenía mucho que ver con su estado.
Por fuera estaba perfecta, pero su interior dejaba bastante que desear, como por ejemplo el carril donde se alineaban las bolas antes de salir para la partida. Se atascaba constantemente, tanto que me obligaba a salir de la barra cada vez que alguien pretendía jugar, y las bolas decidían quedarse allí dentro.
Tan cansada estaba de ello, que tras ver como Santana abandonaba el bar con mi coche para solucionar otros trámites, me dediqué a intentar arreglarla como si fuese toda una experta. Aunque la verdad de que hubiese preferido quedarme allí aquella tarde, no tenía nada que ver con la mesa, sino con Rachel. Guardaba la esperanza de que apareciese para recoger el dinero de su actuación, aunque lo cierto es que comencé a perder la esperanza de que sucediera tras ver como las horas pasaban en el reloj.
—¿Aceite? —dije para mí misma tras comprobar como algo viscoso caía por una de las rendijas del carril metálico— Esto es cosa de Sam seguro —reproché.
Todo lo que arreglaba lo hacía vertiendo aceite sobre el daño, porque según él, "todo tiene que fluir, y el aceite hace que vaya más suave"—. Estúpido Sammuel no vuelvo a pedirle que intenté arreglar nada más —refunfuñé deslizándome bajo la mesa, tratando de volver a colocar la trampilla que sostenía todo el dispositivo. Lo cierto es que aquello me mantenía ocupada y con la mente liberada de los continuos azotes de mi conciencia. Y lo que me sucedió bajo aquella mesa, iba a conseguir que me olvidara de ello por el resto de mi vida. O al menos perder todas las neuronas activas de mi cerebro.
Un par de golpes en la verja me hicieron reaccionar con tanta rapidez que, al alzarme, olvidé que la mesa pesaba un poco más que yo, unos 200 kilos más o menos y mi frente se incrustó sobre ella provocando la escena más patética de toda mi vida. Por suerte nadie la pudo ver. Aunque lo peor estaba por llegar. Si difícil era asimilar que me había dado el golpe más absurdo y estúpido de mi vida, más difícil era disimular que la frente me ardía mientras me acercaba a la puerta, y descubría a una extrañada Rachel en el exterior.
Tomé aire, e instintivamente dejé de tocarme la frente para colocarme bien la camiseta y el pelo antes de abrir. Rachel seguía sorprendida, o quizás un tanto curiosa.
—Hola —dije forzando la sonrisa—. Has venido.
—Eh sí —respondió mirándome—, pensé que no estaríais ya. No vi el coche.
—Ah el coche —me aparté para que se adentrase en el bar—. Se lo llevó Santana. Tenía que solucionar unos trámites. Vendrá enseguida.
—Ok —susurró al pasar junto a mí—. ¿Estás bien?
—Eh sí, claro—fingí con una sonrisa. Lo cierto es que el dolor del golpe aún seguía quemando en mi frente, y notaba como la zona podría estar volviéndose rojiza—Pasa...—dije cerrando la verja tras de mí— ¿Me esperas un segundo? Tengo...tengo que ir al almacén a buscar un...destornillador —me excusé lanzando una mirada hacia la mesa y la manta que seguía extendida bajo ella.
—Claro —balbuceó confusa.
Evidentemente, mi intención no era la de buscar la herramienta sino la de comprobar con un pequeño espejo que guardaba en mi bolso, que mi frente no parecía una pared de choque, y el calor que sentía tras el golpe no se debía a la rojez que ya había imaginado.
Solo un poco, suficiente como para no resultar llamativo. Apenas era una pequeña marca y me sentí aliviada de no hacer el ridículo frente a Rachel, que ahora sí, iba a ser recibida como se merecía.
Con una sonrisa.
La dibujé en mis labios de la forma más natural que pude cuando regresé al bar y la descubrí de pie, observando la mesa de billar.
—Mi gozo en un pozo —dije acercándome—, no hay destornilladores...
—¿Qué estás haciendo? —me miró extrañada.
—Tratando de arreglarla... Tiene, tiene un fallo en la trampilla donde se quedan las bolas, y estaba tratando de solucionarlo.
—¿Y lo has conseguido? —se agachó para observar la zona con más detenimiento.
—Eh... Me temo que no, le falla algo en el carril metálico que las lanza —me acerqué para mostrarle el defecto y tras tocarlo, las bolas comenzaron a deslizarse hasta caer por la parte frontal— ¿Ves?
—Vaya...no lo sabía —me miró mientras permanecía agazapada.
—No tenías que saber nada —respondí confundida.
—Me refiero a que eras una...manitas —bromeó—. Jamás imaginé verte con herramientas.
—Tienes una imagen incorrecta de mí, por lo que veo —dije volviendo a recuperar la compostura y alzándome. No me había detenido a observarla con tranquilidad y en ese instante, el color de su piel me llamó tanto la atención que mis ojos divagaron por los hombros y parte de su cuello.
Una camiseta de tirantes completamente desgastada y unos shorts azulados era la vestimenta de Rachel, que protegía su cabeza con una gorra de los Yankies de Nueva York.
—Lógico... Mi mente me suele jugar malas pasada, e imagino a las personas de una manera muy distinta a como son... O como se ven a simple vista —me guiñó un ojo.
—¿Cómo me ves? —cuestioné curiosa.
—Quinn —se alzó hasta quedar frente a mí—. No querrías saberlo...—susurró con tanta intención, que mi rostro volvía a sentir el calor, y esta vez no era por culpa del golpe en mi frente, sino del rubor que me inundó.
—Oh...ok —balbuceé—. Voy...voy a por tu dinero —dije alejándome de ella. El pequeño encuentro que tuvimos aquella misma mañana, y la extraña forma de despedirme que tuve con ella, dejándole un beso que casi rozó sus labios, volvía a aparecer en mi mente regalándome una nueva oleada de rubor y calor en la cara.
—Oye... Tienes algo en la frente, parece un...
—No...no es nada —me excusé rápidamente adentrándome en la barra.
—Está bien...—balbuceó un tanto confusa— No creo que haya mucho. ¿No?
—57 dólares —respondí tras hacerme con el sobre donde Santana había guardado su dinero—. Tranquila... Ya recuperé el dinero del hospital —mentí.
—¿De veras? —me preguntó con media sonrisa asomando en sus labios.
—Sí —traté de sonar convincente. Estaba segura de que no iba a querer recibir aquel dinero si no le decía que ya me había cobrado la factura de su ingreso. Por supuesto, no lo hice. Aquel sábado, el público de Rachel no fue tan agradecido con ella, y esos 57 dólares era lo único que había conseguido recaudar.
—¿Por qué no consigo creerte? —se acercó a la barra— ¿Por qué tengo la certeza de que esos 57 dólares es lo único que me han dejado tras mi desastrosa actuación, y tú no te has podido cobrar aún la factura del hospital?
Porque eres una chica lista, pensé tratando de seguir mostrándome convincente, pero no era lo que debía decirle.
—Pues... Porque no serás confiada —dije sin dejar de mirar el sobre—, pero esto es lo que te pertenece.
—Ok —lo recibió con algo de dudas.
—Siento que sea tan poco. Quizás no te haya merecido la pena venir solo para eso.
—He venido porque pasaba cerca de aquí —comenzó a explicar—. He quedado en Glendale con Brittany y una amiga suya.
—Ah... Bueno, entonces...está bien —dije y hasta yo misma pude notar la decepción en mi tono.
—Aunque no solo he venido por eso —añadió—, y tampoco por el dinero.
—¿Ah no? ¿Entonces? —me hice la interesada. En el fondo deseaba oír que había ido solo para verme, pero yo sabía que eso era una de las tantas ilusiones que me embargaban durante aquellos últimos días.
Ilusiones que sin que nadie supiese, había comenzado a plasmar en mi vieja libreta de relatos, tal y como solía hacer cuando estaba en el instituto y tenía el tiempo suficiente para dedicarle a uno de mis hobbies favoritos; la escritura.
Rachel se había convertido en una especie de musa para mí. Alguien que consiguió que esa sensación de volver a escribir, se apoderase cada noche de mis ganas, obligándome a sentarme frente al escritorio y dejar constancia de todo cuanto me había sucedido durante las últimas semanas en mi pequeña libreta.
—Somos amigas ahora. ¿No? —me miró divertida— Es lógico que me apetezca ver a mis...amigas.
—Cierto —susurré volviendo a bajar la mirada—. Es una pena que hayas quedado con Brittany y tengas que marcharte. Santana tenía especial interés en verte.
—¿A mí? ¿Para qué?
—No lo sé, sus palabras fueron, "si viene tu chica, dile que me espere".
—¿Tu chica? —me interrumpió rápidamente— ¿Soy tu chica?
Traté de contener la sonrisa, pero me costó bastante hacerlo y terminé por dejar escapar una pequeña carcajada.
—¿De qué te ríes? —se interesó— ¿Santana aún piensa que tú y yo...? Ya sabes... Lo de la apuesta.
—No, no —respondí sin dudarlo—. No es eso, Santana ya sabe que todo fue mentira, pero le gusta provocarme y… Bueno, supongo que se siente un poco mejor si te llama de esa forma. Ya sabes, para tratar de ponerme nerviosa.
—Ajam, pues no suena mal —bromeó—. De hecho, suena mejor que una simple R.
—¿Otra vez con eso? Te recuerdo que tú no me has dicho que nombre me has puesto en la agenda de tu teléfono.
—Ni te lo voy a decir —volvía a sonreír—, aunque sabes qué, podría ponerte eso mismo que dice Santana, mi chica.
Volví a reír, pero lo cierto es que por dentro estaba a punto de gritar y saltar con una emoción adolescente que ya había olvidado. Quizás pedirle que dejara de mirarme de aquella forma era la solución para poder contenerme, pero no podía. Por supuesto que no podía suplicarle que dejara de hacer o decir las cosas como lo hacía, porque era yo quien lo estaba provocando.
Yo y mi estúpida necesidad de sentir que aquella chica me miraba con otros ojos, mucho más allá de la falsa amistad que de repente ambas nos procesábamos.
—En fin...—susurré sin darme cuenta de cómo había comenzado a morderme el labio de forma convulsiva— Espero que te lo pases bien con Brittany.
—¿Ya quieres que me marche?
—Eh., no, por supuesto que no —dije con algo más de seriedad—. Pero como has dicho que habías quedado...
—Sí, pero aún tengo tiempo, y ya que dices que Santana quiere verme y está a punto de llegar, pues puedo esperar un rato. Si no te importa, claro.
—En absoluto —volví a sonreír—. ¿Quieres tomar algo?
—¿No está cerrado?
—Para ti no.
—Ok. Esto sí que es tener preferencias. Esto de ser la chica de la dueña, tiene su punto…—bromeó— Y te lo agradezco, pero no es necesario. Estoy bien.
—¿Rechazas una invitación?
—No la rechazo, lo que pasa es que lo único que me apetece ahora mismo, es una cerveza que sofoque el calor que he pasado en el maldito bus que me ha traído hasta aquí.
—Pues te pongo una cerveza.
—No creo que sea hora de beber alcohol —me detuvo del brazo antes de que me girase para buscar la bebida.
—Mmm... ¿Sin alcohol? —cuestioné dejando que siguiese manteniendo su mano sobre mi antebrazo.
—Eso suena mejor —sonrió—. ¿Jugamos? —lanzó una mirada hacia la mesa de billar que permanecía a su espalda.
Yo también miré hacia la mesa un segundo antes de volver a ella y dejar escapar una sonrisa, que, a tenor de mis pensamientos, podría ser considerada como traviesa.
—¿Estás segura? —dije desafiante— Soy bastante buena...
—Estoy dispuesta a correr el riesgo —respondió soltando mi brazo—. Me gustan los desafíos...
Eso es. Así estaba bien. Eso era exactamente lo que yo quería, aunque en mi cabeza una pequeña alarma comenzara a sonar avisándome de que estaba metiéndome en aguas muy profundas. Pero eso no era un problema, al menos para una buena nadadora como yo.
Me gustaba ese juego y me sentía bien llevándolo a cabo. No estaba haciendo daño a nadie, ni siquiera a Finn, puesto que no estaba dispuesta a cruzar la frontera bajo ningún concepto.
Había mantenido relaciones con Sam y no sentí ningún tipo de remordimientos por Finn, ni siquiera cuando era consciente de estar utilizando a mi amigo para saciar mi orgullo. Solo me sentía mal por mí misma, pero nada más. No sentía nada. No había nada en mi cabeza que me gritase que aquello estaba mal, a pesar de saber que no era lo más sensato.
Y esa habilidad la había adquirido por culpa de Finn.
Había aprendido a convivir con la sensación de haberme entregado a otro chico sin que me resultase preocupante o doloroso, al igual que había aprendido a vivir con la certeza de saber, que, aunque Finn me amaba, también había estado con otras chicas en mi ausencia.
Él empezó con aquel juego de no respetarnos mientras estuviésemos separados, y yo me volví tan estúpidamente repugnante, que lo asimilé como si fuera lo más normal. Lo más lógico.
Por eso cambié de opinión en apenas unas horas.
¿Qué Rachel me gustaba? Sí, de eso estaba completamente convencida, pero no iba a cruzar la línea que separa esa atracción con la del corazón. De eso estaba segura. Estaba claro. ¿Por qué me iba a sentir mal jugando un poco con aquella chica? Era hermosa, inteligente y tenía algo que realmente conseguía enloquecerme. Y no hablo de su voz, ni de su físico, tampoco de su olor y su sonrisa. Era algo más, algo más personal e intransferible. Algo que desprendía y que me embriagaba por completo, casi como su perfume. Y a ella le gustaba. Me lo había dicho.
A Rachel parecía gustarle aquel juego, a pesar de haberme prometido que no utilizaría sus armas para conseguir algo conmigo. Pero aquella mañana en la lavandería, tras mi cita con Finn, supe que yo si quería tener algo con ella. Algo físico. Algo que curase mi curiosidad por estar con una mujer, y a la vez, llenar mi orgullo por conseguirlo con alguien como ella. Y solo tenía siete días.
Una semana, nada más. Suficiente para mí, suficiente para Finn y por supuesto suficiente para ella, que se alejaría de mi vida de la misma forma que entró, siguiendo su camino. ¿Acaso iba a volver a tener una oportunidad como aquella? Por supuesto que no. En un mes y medio estaría felizmente casada con el hombre de mi vida, empezando una vida soñada en una casa con jardín, un perro y con el objetivo de tener tres pequeños y preciosos hijos.
Lo iba a tener todo. Iba a tener todo lo que ellos querían. Lo que mi madre, mi hermano, mi padre, mi suegra y todo aquel que se atrevía a inmiscuirse en mi vida, quería para mí.
Yo, solo yo iba a ser la protagonista de que aquello pudiese llevarse a cabo. ¿Por qué no iba a merecer vivir mi libertad durante una semana? ¿Quién me prohibía dejarme llevar con aquella morena de ojos expresivos que sonreía a la vida como nadie jamás lo había hecho?
Estaba tan convencida de que podría hacerlo, que me llené de ese valor que no solía tener en mi día a día, y me decidí a intentarlo de la forma más sutil que podía. De disfrutarlo mientras lo conseguía poco a poco. Ingenua de mí.
—Cuidado, está bastante fría —advertí entregándole la botella de cerveza.
Rachel ya permanecía junto a la mesa y se disponía a impregnar de tiza la punta del taco que iba a utilizar para jugar.
—Me gusta que esté bien fría —dijo con naturalidad, aceptando la botella de entre mis manos. Pero no se percató de que quien le entregó la botella, no era la misma Quinn de hacía varios minutos.
El cambio en mí se había producido por completo. Ese cambio que empezó llevándome a la peluquería varios días atrás, y que me obligó a comprar ropa que yo jamás había pensado en utilizar, se estaba completando con mis ganas de conquistar a aquella chica, y saciar de una vez por todas mi extenuante curiosidad.
—Pues deberías tener cuidado con el frío —dije sin dejar de mirarla—. Tu voz puede resentirse...
—Te recuerdo que no soy cantante —murmuró deshaciéndose de la gorra y amoldando el pelo ondulado sobre sus hombros. Algo que comenzó a inquietarme.
Definitivamente, aquella chica era mucho más sutil a la hora de llamar la atención que yo. Le bastaba una estúpida gorra y el pelo un tanto desaliñado, para conseguir que me temblaran hasta las manos. ¿Qué no provocaría cuando sacase a relucir su artillería?
—Bueno, pero ganas dinero con ella... ¿No?
—Puedo trabajar de cualquier otra cosa —me dijo sonriente—. Tengo dos manos... ¿Recuerdas?
—Ya, pero sabes que la música te va bastante bien. No tientes a la suerte y cuídate la voz. La necesitarás para muchas cosas más.
—Cierto, la necesitaré para otras cosas como, por ejemplo, apostar algo en esta partida —bromeó. Pero aquella broma me vino perfecta para sacar a relucir mi lado más provocativo.
—¿Quieres apostar? —susurré mientras colocaba las bolas en el interior del triángulo que servía para alinearlas en el centro de la mesa.
—Sería más divertido así. ¿No crees? —insinuó.
—Totalmente de acuerdo. Mucho más divertido.
—Está bien, apostamos. ¿Vamos a bola 8?
—Sí, que sea buena no significa que sea experta —dije dejando el perfecto triangulo que formaban las bolas en la parte inferior de la mesa—. Es a lo único que he jugado.
—Ok, tú rompes —me dijo colocando la bola blanca frente al resto—. ¿Qué nos apostamos?
—Una cena —respondí rápidamente—. Quien pierda, paga.
—Mmm, genial —se burló—. Hace mucho que no ceno en un restaurante en condiciones. Quien gana, elige.
—Hecho —dije colocándome frente a la bola blanca, dispuesta a tomar la iniciativa de realizar el primer saque.
No fue mal. El golpe seco y con certeza consiguió remover todas las bolas y una de ellas se introdujo por uno de los agujeros del lateral derecho.
—Lisas para ti —especificó Rachel tras comprobar como la bola que recorría el carril metálico era la azul.
Volví a colocarme para realizar el segundo golpe, esta vez buscando una posición más precisa. Sin embargo, no me sirvió de mucho. La bola que intenté introducir en el extremo opuesto, quedó a escasos centímetros del agujero, obligándome a ceder el turno a mi contrincante.
—Te toca —dije separándome de la mesa. Sabía que Rachel estaba disfrutando, y también un tanto sorprendida por mi hábil manejo del juego. Segura de que jamás pensó que alguien como yo, no solo conociese las normas, sino que, además, sabía colocar el taco perfectamente entre mis manos.
—Allá vamos —susurró buscando una mejor perspectiva de las bolas que tenía a su alcance, las rayadas para ser precisas.
Rachel se agazapó sobre la mesa y con soltura consiguió golpear dos de sus bolas, que rápidamente se distribuyeron por la mesa y terminaron cayendo en diferentes agujeros. La sonrisa de satisfacción comenzó a dibujar su rostro, y yo supe que estaba desafiándome aún más. Provocándome.
Volvió a buscar la posición adecuada para realizar el siguiente tiro, y lo hizo, pero a pesar de introducir su bola, perdió el turno al tocar una de las mías en primer lugar.
—Dos para mí —dije con sorna.
—Ok. Toda tuya —replicó dando un sorbo de la botella de cerveza que había colocado sobre uno de los taburetes que permanecían apilados.
Lo hice a conciencia. Aproveché el pequeño margen que me regaló para colocarme junto a ella, o mejor dicho frente a ella, y realizar desde allí el primero de los dos golpeos, provocando lo que cualquier chico deseaba en una partida de billar; que mi trasero quedase posicionado delante de su cuerpo.
Era descarado, y quizás algo típico en adolescentes, pero mi objetivo aquella tarde era incitarla a que diera un paso más, y no tener que ser yo quien se lo pidiese, rompiendo mi petición de evitar recibir indirectas por su parte.
Mientras me perfilaba para golpear podía sentir la presencia de la morena justo detrás de mí, y a punto estuve de dejar escapar una delatadora risa al imaginármela observándome en todo mi esplendor. Y justo eso fui a comprobar cuando conseguí meter la tercera de mis bolas y busqué su mirada para burlarme un poco más de ella.
Pero mi desconcierto no se hizo esperar al descubrirla completamente inmersa en la etiqueta de la botella, leyendo con detenimiento algo que yo no sabía que era, pero que por supuesto, no debía ser más interesante que verme a mí en aquella posición.
Me ofusqué.
Tanto que volví a mirar la partida y me dispuse a golpear con rotundidad la cuarta de mis bolas que ya se introducía en el agujero.
—Espero que estés prestando atención, porque te voy a dar una paliza —dije un tanto ofendida por la falta de atención que mostraba a mis insinuantes movimientos frente a ella.
—Eh, claro —dijo con naturalidad mientras volvía a dar un sorbo de la botella.
—Ya...claro —susurré de forma imperceptible para ella.
La quinta de las bolas desapareció por el agujero de la esquina derecha, y con ella, mi orgullo volvía aumentar. Mi ventaja era ya más que evidente. Cinco bolas a dos y mi racha continuó hasta la sexta, donde un pequeño fallo de precisión me hizo colar una de las suyas y cederle el turno con dos tiros.
—Por fin —murmuró—. Pensé que no me ibas a dejar jugar y tomarme la revancha —sonrió divertida.
—Todo tuyo —respondí apartándome, tratando de no pensar en lo mal que se sentía al saber que mi previsible intento por llamar su atención de una forma más sexual, no había dado resultado. Y una estúpida botella de cerveza le provocaba mayor curiosidad que mi propio trasero.
Se acercó tanteando la jugada. Observando con detenimiento la posición de las bolas, y pensando en la mejor posición para llevar a cabo el intento de asaltar el trono, que en aquel instante ya me pertenecía.
Yo la miraba un tanto despreocupada. Mi mente ya buscaba una nueva alternativa para conseguir que al menos, sus manos temblasen igual que lo hacían las mías cuando hacía o decía algo con esa doble intención. Pero mi mutismo se vio un tanto alterado tras observar cómo Rachel, tras un intento fallido de golpear una de las bolas, se giró hacia mí y me entregó el taco con la excusa de hacer algo para tener una mejor percepción de la jugada.
No podía creer que lo estuviese haciendo. De hecho, a punto estuve de dejar caer ambos palos, el suyo que ya sostenía frente a ella y el mío que aguardaba impaciente en mi mano derecha.
Rachel alzó un tanto la camiseta y se la anudó en la parte trasera, dejando a plena vista parte de su vientre, ombligo y una fina línea de piel que delimitaba su cintura con los shorts. Traté de no mirarla, de no clavar mi vista sobre la piel bronceada y su tersa y perfecta barriga. Y lo conseguí, hasta que de nuevo se giró y se paseó delante de mí dispuesta a golpear aquellas bolas.
No supe cuántas consiguió colar. Mi mente, mi cuerpo y mi vista, estaban centrados en el tatuaje que Rachel lucía en la parte baja de su espalda y que por fin quedaba perfectamente visible para mí.
Era una flor, tal y como pude descubrir en el hospital, pero había un pequeño detalle en el interior de aquellas líneas tribales que me llamó la atención; una silueta. Una fina y delicada silueta que podría pasar desapercibida, si no fuese por mi intensivo escrutinio de aquel dibujo.
Una cara. Aquella línea dibujaba el perfil de una cara. Una línea que empezaba en la frente, bajaba hasta la nariz y se perdía en la boca, alargándose hasta formar lo que se suponía era el interior de la flor, y que sin saber por qué, logró provocarme un escalofrío que me recorrió desde los pies hasta la cabeza.
—Mmm. Has tenido suerte —dijo tras una serie de golpeos—. He estado a punto de meter la roja.
No respondí. Mis ojos seguían clavados en su cintura, a pesar de que ya no era su espalda la que observaba sino su ombligo.
—¿Quinn?
—¿Quién es ella? —pregunté sin pensarlo—. La chica de tu tatuaje...
El gesto de sorpresa en su cara se me sorprendió a mí también.
—¿La has visto?
—Como no voy a verlo, si me lo estás enseñando.
—No... No me refiero a eso —balbuceó sin dejar de mirarme—. Hablo de la silueta, por norma general nadie se percata de ella.
—Debo ser más curiosa que el resto de la humanidad —dije sin titubear.
—Ya...ya veo —susurró humedeciéndose los labios antes de volver a recuperar la cerveza y beber de nuevo.
—¿Alguien importante? —insistí tratando de averiguar a quien correspondía aquella silueta. Supuse que era una alegoría, una metáfora porque a pesar de reconocer a una chica, no tenía un perfil definido.
—Soy yo —respondió convincente.
—¿Tú? ¿Te tatúas a ti misma?
—Si lo dices así suena bastante egocéntrico —me replicó volviendo a recuperar el taco—, pero lo cierto es que no es tan...así.
—¿Entonces?
—Leroy, mi padre, había hecho este dibujo en una de las paredes de la habitación que me ofrecieron cuando llegué a su casa —explicó al tiempo que volvía a entizar el taco—. Dijo que yo era su flor preferida, la que siempre observaba la luna.
—¿La luna? —cuestioné de nuevo con algo más de naturalidad. No quería que la conversación provocase esa sensación de pena y tristeza que se adueñaba de Rachel cada vez que hablaba de su pasado. Solo quería saber el significado de aquel tatuaje, que conforme iba descubriendo más hermoso me parecía.
—¿No has visto la luna? —me preguntó volviendo a mirarme.
—No, solo...solo he visto la flor.
Se acercó de nuevo a mí, esta vez sin dudar y girándose justo cuando mis ojos ya podían ver con total precisión el tatuaje.
—Es esta línea —susurró tomando mi mano y deslizándola hasta la cálida piel, justo por encima de una de las líneas que formaban el tatuaje y que se presentaba con una media luna frente a la silueta de la chica.
Mis dedos recorrieron todo el trayecto que seguía aquella línea, guiada por Rachel en un primer momento y luego por mi propia voluntad. Ella seguía hablando mientras la yema de mis dedos rozaba la zona, sorprendiéndome por la suavidad y la calidez que desprendía su piel.
—Cuando estuve en Florida, conocí a una chica que tenía un centro de tatuajes. Era espectacular, una verdadera artista —prosiguió—. Era la persona indicada para trasladar ese dibujo a mi piel...Y no puedo estar más orgullosa de ello.
—Es...es hermoso —susurré alzando la vista hasta ella.
Rachel, a pesar de darme la espalda, permanecía con el cuello y su rostro perfectamente girados hacia mí, siendo testigo en todo momento de mi expresión.
—Lo sé —respondió con certeza—. Todo lo que ellos hacían...era hermoso.
—No tengo dudas —balbuceé perdiendo por completo el hilo de la conversación.
Ilusa de mí. Creí ser lo suficientemente artificial como para desear a aquella chica solo por una cuestión de atracción física, pero era imposible de llevar a cabo una vez que conseguías descubrir el brillo de sus ojos.
¿Cómo desearla solo por lo que representaba, si todo en ella conseguía envolverte y llevarte a un nivel superior? ¿Cómo podía alguien ser capaz de transmitir tanto con una simple mirada? ¿De provocar tanta curiosidad sin ni siquiera hablar?
—Es tu turno —dijo tras un breve silencio buscando información en mis ojos.
Desvié la mirada hacia la botella de cerveza y sin pensarlo, la alcancé para dar un largo sorbo que consiguiera devolverme a la realidad, a pesar de no pertenecerme.
A Rachel no pareció importarle que me tomara la libertad de beber de su botella, y se apartó permitiéndome el paso para que pudiese golpear con tranquilidad.
Solo quedaba una bola lisa, la amarilla y estaba en perfecta línea con uno de los agujeros de la banda derecha. Pero mi mente se detuvo un instante para localizar la bola negra, la número 8. Estaba tras una de las rayadas, a un par de palmos de la mía, y sin pensarlo, imaginé la trayectoria que debería seguir la bola amarilla para que golpease fortuitamente a la negra, y la introdujese en el interior de uno de los agujeros frontales llevándome a perder la partida, y, por supuesto, obligándome a invitarla a cenar.
Era tan suculento el premio, que ni lo pensé. Una cena. Una noche con ella a solas y mil y una intenciones para conseguir lo que ya deseaba con todas mis fuerzas. Un premio que merecía soportar las oleadas de burlas y probablemente, el orgullo desafiante de ella tras verse ganadora por un fallo mío.
No me importaba.
No me importó.
No me importaría.
Golpeé con fuerza la bola blanca, que tras chocar contra la amarilla la desplazo hasta golpear la negra, y rápidamente fue a colarse por el agujero más transversal de mi derecha.
Perdí.
Nunca antes me alegré tanto de haber perdido, pero mi rostro no lo reflejaba así.
En el instituto di algunas clases en un taller de teatro y aprendí expresión corporal. Sabía fingir como nadie. Sabía mostrarme soberbia cuando en realidad, sentía que quería llorar de alegría. Pero Rachel no era estúpida. Al igual que supo que los 100 dólares que le entregué en la calle no eran suyos, y que el sábado anterior no recaudó el dinero que yo pretendía que creyese que había ganado, también intuía que mi golpe fue intencionado, y que aquella partida no la ganó ella, sino que la perdí yo.
Por suerte no pudo replicarme.
Tras observar como la bola caía con un estruendo en el interior de la mesa, otro golpe se dejaba oír en la puerta.
Santana regresaba al bar, y lo hacía entrando sin ser consciente de la escena que se estaba produciendo en el interior.
—¡Hey! —exclamó tras descubrirnos junto al billar—. ¿Estáis jugando?
—Ya no —respondió Rachel dejando el taco sobre la mesa—. Ya hemos acabado.
—Vaya...
—¿Has hablado con él? —interrumpí.
—Sí... Y dice que, si la puerta está rota, es nuestro problema. Así que tendremos que buscar un cerrajero.
—¿Y qué culpa tenemos nosotras de que la puerta sea pésima? Es él quien debe arreglarla.
—Ya, pero no me atiende. Ya sabes como soy —tomó asiento—. Le he hablado en español para intentar intimidarlo, pero no ha servido de nada...
—Pues que bien —susurré regresando la mirada hacia Rachel, que permanecía en silencio escuchando nuestra conversación—. Tuvimos un pequeño percance con la puerta de mi habitación —le dije—, Santana ha ido a hablar con el dueño del apartamento, pero se ve que no quiere arreglarlo.
—Pues arréglalo tú —dijo con humor—, igual que a la mesa...
—¿Qué le has hecho a la mesa? —interrumpió Santana.
—Nada, solo pretendía saber qué clase de chapuza había hecho Sam.… ¿Sabes que le puso aceite?
—No me sorprende. Sam le echa aceite a todo —dijo permisiva—. ¿Está arreglada ya?
—No —respondí—, pero al menos se puede jugar...
—Y perder...—intervino Rachel con una enorme sonrisa— Santana, me ha dicho Quinn que querías verme —prosiguió cambiando de conversación.
—Sí, quería y quiero hablar contigo...
—Pues hazlo pronto, porque me tengo que marchar en breve. He quedado con...
—¿Con Brittany? —la interrumpió. Yo me limité a recoger los tacos y los demás accesorios de la mesa y escuchar con atención la conversación.
—Sí, con Britanny —repitió Rachel.
—Pues de ella quiero hablarte —se acercó—. Escúchame... Yo sé que eres su amiga y parece que te hace caso, así que necesito que le digas que no estoy loca, que solo quiero invitarla a cenar y demostrarle que de veras estoy interesada en ella.
—¿Cómo? —cuestionó confusa.
—Llevo dos días tratando de hablar con ella y no me lo permite. No sé si te lo ha dicho, pero tuvimos una pequeña discusión el día que ambas bebimos y...
—No mientas —interrumpió Rachel—. Ese día bebió Britt, pero tú estabas sobria.
—Eh...yo...yo...—Santana balbuceó y me buscó con la mirada, tratando de encontrar una excusa convincente, pero no halló nada en mí. Rachel no era estúpida, y a pesar de que ese día no estaba en plenas condiciones, se percató de todo lo que sucedía.
—Sigue —interrumpió de nuevo Rachel—, ya sé que discutisteis y Britt desconfía de ti —dijo—, y es lógico. Puede que ella estuviese borracha, pero tú no, y no es leal que hagas algo así con alguien que ha bebido. ¿Pero sabes qué? has tenido suerte, a Brittany le gustas, a pesar de creer que eres alguien que solo busca a las chicas para divertirte un rato y ya está. Es por eso por lo que ella no quiere volver a aceptarte. Le gustas y no quiere pasarlo mal cuando no quieras saber nada de ella.
—¡Lo sé! — exclamó de repente— Sé que le gusto. Ella, ella me lo dijo, pero no me deja explicarme, no me deja hablarle y demostrarle que de verdad me interesa. Ella...ella me gusta muchísimo... Y no sé qué hacer.
Rachel regresó hacia mí para recuperar la botella de cerveza que permanecía sobre la mesa, y deshizo el nudo de su camiseta sin perderme de vista, volviendo a cubrir su barriga y espalda con ella. Tras un breve silencio, volvió a dar un sorbo de la botella y me miró de nuevo.
Yo seguía sorprendida por la confesión de mi amiga. Sabía que estaba un tanto obsesionada con Brittany y que incluso le gustaba, pero no tanto como para reconocerlo delante de Rachel. Y menos aún, confesárselo a la propia Britt.
Apenas se conocían de unas semanas y por lo que yo sabía, solo habían coincidido dos o tres veces, pero por lo que dejaba entrever mi amiga, no era cierto. Habían existido más encuentros y al parecer Rachel los conocía.
—Sorpréndela —dijo con convicción.
—¿Qué? —cuestionó Santana confusa. Rachel volvió a dejar la botella de cerveza sobre la mesa y se acercó a mi amiga.
—A Brittany le encantan las sorpresas. Nunca rechaza una sorpresa. A pesar de lo sería que parece, de su aspecto de mujer fatal, es como una niña. Le encantan las historias, los cuentos de hadas —me miró de soslayo—, podrías conquistarla imaginando un mundo solo para ella...
—¿Cuentos, mundos? —Santana se mostraba igual o más confusa que yo, y eso era bastante.
—Así es... Haz algo que le sorprenda, que la haga sentir especial y te aseguro que te escuchará.
—Pero, yo no soy romántica —se excusó volviendo a mirarme. Buscaba mi apoyo, lo sabía, pero yo seguía tratando de entender que es lo que decía Rachel. Aquella referencia a contar cuentos y la mirada que me lanzó, me dejó un tanto confusa.
—No hablo de regalos, no hablo de viajes, o la típica cena romántica —volvió a mirarme sonriente—. Hablo de hacer algo que sorprenda a alguien que tiene el alma de una niña. Cualquier payasada que consiga hacerla sentir un poco más especial de lo que ya es, que le saque las dudas de creer que solo la buscas por algo sexual.
—Pues no tengo ni idea de qué hacer —balbuceó metida en sus pensamientos.
—Piénsalo, ocupa esa cabecita en algo más divertido que en insultar a alguien en español —Rachel se acercó hasta la barra para recuperar su bolso y volvió a mirarme—. Será mejor que me marche, no quiero llegar tarde.
—Oh ok —reaccioné por fin, sabiendo que era a mí a quien se dirigía, y era yo quien debía contestarle mientras Santana seguía mostrándose pensativa—. Te veremos el miércoles ¿No? —tartamudeé acercándome a ella.
—Claro, aquí estaré —respondió sonriente—. Ciao Santana.
Mi amiga se limitó a gesticular con su cabeza a modo de respuesta y Rachel pareció entenderlo perfectamente. Tras ello caminó hasta la salida y yo seguí sus pasos, como si una irremediable fuerza me lanzara tras ella y no pudiese evitarlo.
Le abrí la verja para que pudiese salir.
—Gracias por venir —le dije tratando de volver a reorganizar mi mente, y sonar con naturalidad.
—Gracias por la cerveza —me dijo clavando sus ojos en los míos—. Y por la factura del hospital —susurró consiguiendo que mi corazón se helara por completo.
Quise volver a excusarme, pero sabía que era absurdo. Ella jamás me creería y yo jamás podría hacerla creer de ello. Me limité a suspirar, dejando escapar un soplo de aire que me liberaba de la presión que sentía. O al menos me aliviaba.
—Y gracias por la cena —añadió dibujando una leve sonrisa.
—Tienes que elegir tú —respondí tras varios segundos en silencio, llenándome de aquella sonrisa encantadora que conseguía esbozar.
—Lo haré. Cuídate Quinn.
Fue así como se despidió de mí. Con esas palabras sencillas y llenas de honestidad. Porque otra cosa no, pero honestidad desprendía a raudales. Y fue así como me dejó con ganas de volver a dejar un beso en su mejilla, pero mi cuerpo no reaccionó al gesto. Me limité a sonreír y a verla desaparecer por la acera hasta una de las paradas de autobuses que existían cerca de nuestro bar, con su gorra perfectamente colocada, su bolso cruzado en la espalda y sus andares saltarines, lanzando miradas a su alrededor, y probablemente, regalándole sonrisas a todo ser humano, animal u objeto que se interpusiese en su camino.
Volví a sentir como el pecho se me hinchaba con el aire que aspiraba, y como todo parecía volverse de un color más especial a mi alrededor. De cómo el buen humor volvía a apoderarse de mí y me obligaba a dibujar una sonrisa aún mayor en mi cara, hasta que volví a girarme hacia el interior del bar y me encontré de bruces con el rostro de Santana a un palmo de mi cara.
Ceja derecha alzada, ojos afilados y sonrisa traviesa con algo de sorna. Ese era su gesto mientras me miraba en silencio.
—Oh la la —dijo divertida—. ¿Hay algo que debas contarme?
—Sí. Que te ocupes de tu diosa, y no de mí.
