Capítulo 17
A lo Shakespeare
No.
Adverbio de negación. Sentencia que, en aquel instante, a las 01:22 am del miércoles 17 de marzo, se adueñaba de mi cabeza y resonaba como un tambor en mi interior.
Una negación que hacía referencia a lo que estaba llevando a cabo, y que no me convencía en absoluto. De hecho, ponía en riesgo mi impecable historial cívico.
Recorría las calles de Phoenix en mi coche, con Santana a mí lado expulsando chorros de adrenalina por todos los poros de su piel, y con Rachel en la parte trasera lanzándome vertiginosas miradas a través del espejo retrovisor, sabedora de que yo no estaba de acuerdo en participar en aquel juego. Pero lo hacía.
Lo hacía por mi amiga. Por Santana. Porque siempre terminaba llevando a cabo los más extraños y confusos planes de mi amiga. Lo había hecho desde que la conocía. Estudié la misma carrera que ella, simplemente porque ella lo decidió y yo no sabía qué hacer. Invertí mis ahorros en el bar solo porque ella soñaba con tener ese tipo de negocio, y en aquel instante, a aquella hora de la madrugada y tras haber estado trabajando en el bar, aceptaba a regañadientes llevarlas hasta la mismísima puerta de la casa de su diosa.
Todo para llevar a cabo la tan manida sorpresa que iba a darle a Brittany, para que le regalase una mínima confianza y poder expresarle que su interés en ella, no era algo que se limitaba a una simple noche de sexo.
Ni siquiera sé cómo se le ocurrió. Mi tarde estuvo completamente ocupada trabajando en el bar, atendiendo la llegada de Finn y un par de amigos suyos que acudieron para presenciar el concierto de Rachel. Concierto que esta vez, si cumplió las expectativas, y duró más de una hora repleta de canciones conocidas por todos, y otras de su propia cosecha. Incluso atendió a algunas peticiones de los clientes, algo que hizo que los botes de propinas se llenasen hasta arriba de dólares. Fue mientras yo trataba de hacer la estancia de Finn y sus amigos un poco más personal, cuando Santana y Rachel hablaron acerca de la sorpresa, y se pusieron de acuerdo en llevarla a cabo aquella misma noche.
Yo me negué en un principio a formar parte de aquella historia, pero exigían mi presencia, y, sobre todo, la de mi coche para tratar de hacerlo bien. Y me negué cuando llegamos a la calle en cuestión y vi que no habían cambiado de opinión.
—Es ahí —dijo Santana señalando hacia un edificio que aparecía en la acera de la derecha. No era muy grande, debía tener una plantas. De un color rojizo, con pequeños balcones que daban a la calle donde nos situábamos—. Aparca aquí.
Acepté la petición y me desvié hacia el arcén. Apenas había movimiento en aquella calle. No era una de las principales avenidas. De hecho, aquella zona se caracterizaba por ser bastante tranquila. Un barrio familiar, donde recordé que vivía uno de los mejores amigos y compañero de mi padre, el concejal Morrison.
—No creo que el plan sea lógico —dije en un último intento por convencerla—. Estamos en una zona bastante tranquila, y como hagamos ruido van a llamar a la policía. Y no sé tú, pero yo no me puedo permitir tener un historial delictivo.
—No vamos a delinquir —interrumpió Santana—, solo es una sorpresa. ¿Verdad Rachel?
—Yo solo estoy aquí porque me has pagado —respondió la morena tratando de excusarse.
—Pero tú estabas de acuerdo. ¿No?
—Yo te he dicho que la sorpresa si va a sorprender a Brittany, pero no que estuviese de acuerdo —respondió—. Yo no sé si sería capaz de hacerlo. Lo que dice Quinn es razonable.
—¿Ves? —dije con sarcasmo— Somos dos contra una.
—¡Cállate Quinn! —me replicó Santana—. Soy yo la que se lo juega todo. Si algo va mal, Brittany no volverá a darme una oportunidad en la vida.
—No seas histérica —le repliqué— ¡No es el fin del mundo!
—Me gusta esa chica —me recriminó.
—Ok. Me parece perfecto, pero no creo que incitando a que alguno de los vecinos llame a la policía, o directamente te lancen algo desde la ventana, sea la mejor opción para conquistar a una chica.
—Primero, lo hago porque Rachel me dijo que a Britt le gustaban las sorpresas. Segundo, no eres nadie para decirme qué debo o no hacer.
—Si que soy alguien —reproché—. Soy tu amiga y me preocupo por ti.
—No, te preocupas porque no quieres que nadie te vea haciendo esto, no porque te importe lo que yo sienta o deje de sentir por esa chica.
—¿De qué hablas? —le contesté molesta por el tono que utilizaba.
—Quinn, tú tienes tu vida resuelta. Ya tienes lo que quieres.
—¿Qué? —volví a interrumpirla.
—Puedes permitirte el lujo de mantener a Finn lejos de ti el tiempo que sea necesario, porque él siempre va a volver. Puedes, puedes hacer lo que te dé la gana porque él siempre va a estar, pero yo no. ¿Lo entiendes? Para una jodida vez que encuentro a alguien que realmente me gusta, tengo que hacer lo que sea por tener al menos una oportunidad.
Tragué saliva al escuchar la reprimenda de mi amiga. No solo por la dureza de sus palabras sino porque realmente parecía afectada.
Yo no podía comprender que se hubiera enamorado de Brittany en tan poco tiempo, pero por como lo decía, sus sentimientos eran reales, y bastante serios.
—Tengo que jugármela —murmuró lanzando la vista al frente—. No quiero estar el resto de mi vida lamentándome por no haberlo intentado —volvió a mirarme—. ¿Y sabes qué? Quizás la conozca y no sea lo que yo pienso o imagino que es, pero al menos tendré la certeza de saber que lo intenté. No quiero pasar el resto de mi vida de flor en flor. Yo, yo también necesito amar, y que me amen.
No sé por qué mis ojos se desviaron hacia el espejo retrovisor, quizás porque la mirada de Rachel me reclamaba tras él.
Reflejaba algo de desilusión, probablemente porque jamás esperó que aquella "misión", pudiese tener una repercusión tan intensa para Santana.
—Está bien —susurré volviendo hacia Santana—. Yo tampoco quiero lamentarme el resto de mi vida de no haber sido participe de tu conquista.
Me miró y me sonrió. Y a pesar de que a Rachel no la estaba viendo en aquel instante, supe que ella también sonreía. Podía sentirla, su sonrisa brillaba tanto que era casi perceptible con el resto de los sentidos.
—¿Vamos? —cuestionó Santana buscando la aprobación de Rachel, que, sin dudarlo, tomó la guitarra entre sus manos y abandonó el coche dando un pequeño salto por encima de la puerta.
Había olvidado que odiaba ese gesto, pero en aquel instante, ya no me molestaba en absoluto, y mucho menos que fuese ella quien lo hiciese.
—Bien —volvió a hablarme Santana—. Si ves que algún coche se acerca o intuyes que viene la policía, te largas de aquí. ¿Entendido? Rachel y yo nos esconderemos como sea, pero tú te marchas. No quiero que el alcalde venga en mi búsqueda. ¿Ok?
—Ok —respondí tratando de convencerme.
Por las palabras, las amenazas y los consejos, podría parecer que andábamos preparando el asalto a la Casa Blanca, pero no. Nuestra misión era más sencilla y, sobre todo, más extraña.
Santana ya corría hacia la acera para detenerse justo enfrente del edificio donde supuestamente vivía Brittany, y Rachel la seguía mientras iba colándose la guitarra y acomodándola para poder tocarla tal y como habían planeado.
Lo cierto es que lejos de ponerme nerviosa, comencé a sentir curiosidad por ser testigo de lo que estaban a punto de llevar a cabo. Una declaración de amor al más puro estilo de Shakespeare.
Se miraron por algunos segundos y vi como Rachel asentía preparada. Santana sacó del interior del bolsillo de sus pantalones un par de piedras que había recogido con antelación, y sin pensarlo, las lanzó una a una contra la segunda ventana que aparecía en la fachada del edifico.
El repiqueteo de las piedras nos indicó que ambas se colaron en el interior de la habitación. La ventana estaba abierta, solo protegida por una cortina grisácea.
Volvieron a mantenerse en silencio, lanzándose miradas hasta que, de nuevo, Santana volvía a la carga, y tras encontrar otra piedra en el asfalto, repetía la acción, lanzándola hacia la ventana.
Aquella piedra siguió el mismo trayecto de las otras dos y se coló en el interior. Nadie parecía atender en aquella ventana, y la paciencia se agotó en mi amiga.
Con un gesto de su cabeza, ordenó a Rachel que comenzase con su trabajo. Y yo sonreí. Estaba completamente fascinada por ver la escena, y más aún lo estuve cuando comencé a escuchar los primeros acordes de su guitarra.
Instintivamente lancé una mirada por el espejo retrovisor, asegurándome de que no había nadie presenciando aquello. Pero estaba convencida de que pronto lo escucharían, sobre todo, cuando la voz de Santana comenzó a dejarse oír en toda la calle.
Me asusté al sentir la potencia que demostraba mi amiga y lo exageradamente bien que lo hacía.
Yo sabía que cantaba bien, pero nunca la había oído hacerlo de aquella forma, alzando la mirada hacia la ventana y sacando todo el talento que tenía en sus cuerdas vocales.
Ni siquiera sé que canción fue la que cantó, pero lo que si supe es que su letra no era la más adecuada para una declaración de amor. Pero era Santana, Santana López, y si tenía que recordarle que estaba siendo orgullosa, lo haría, aunque bebiese los vientos por ella.
No solo los vecinos. Yo juraba que la estaban escuchando hasta en la NASA y comencé a ponerme nerviosa.
Rachel seguía poniendo música a la inconmensurable voz de Santana mientras observaba con detenimiento la ventana, donde nadie parecía dar señales de vida hasta casi un minuto después.
Fue entonces, cuando yo ya estaba a punto de arrancar el coche y obligarlas a que subieran en él para evitar que el escándalo público llegase a oídos de la policía, cuando la cortina grisácea se alzó rápidamente y la cabeza de Brittany, con el pelo cayendo por sus hombros y la confusión grabada en su rostro, hacían acto de presencia.
Santana se detuvo al verla y Rachel hizo lo mismo.
—¿Qué haces? ¿Estás loca? —Britt comenzó a recriminar a mi amiga su actitud, tratando de bajar el volumen de su voz y no alterar aún más la pacifica noche de sus vecinos— ¿Y tú qué haces ahí?
Supuse que esa última pregunta iba dirigida a Rachel, que se limitó a excusarse con un gesto de sus manos.
—La he obligado —dijo Santana.
—¿Qué diablos quieres? —le recriminó la chica.
—Quiero hablar contigo, Britt —confesó mi amiga y yo me quedé alucinada por ver esa versión suya—. Necesito que me escuches, necesito que hablemos en serio y que me dejes explicarte lo que me sucede. Y no pienso marcharme de aquí sin que me des esa oportunidad.
—¿Pero estás loca? —gritó con un susurro— Son las dos de la madrugada, todo el mundo está durmiendo. ¡Yo estaba dormida!
—Lo siento, lo siento de veras, cielo.
Me sorprendí. Me emocioné. No sé qué me sucedió al escuchar aquellas palabras en la voz de Santana, que ni siquiera presté atención al resto de su discurso.
Cielo. Había llamado a aquella chica cielo y yo me estremecí por la dulzura con la que lo hizo. Jamás, tras 24 años de amistad, había oído algo así de ella, y definitivamente entendí que realmente sentía algo grande por aquella chica rubia, de ojos azules que portaba sonrisa de niña, y al parecer también su inocencia.
Perdí la noción del tiempo y no pude hilar de nuevo la conversación que mantenían. Solo reaccioné cuando vi como mi amiga incitaba a Rachel a que regresara al coche, y ella acudía hasta la entrada del edificio.
Lo había conseguido, y a tenor por la sonrisa de satisfacción que mostraba Rachel al regresar a mi lado, había sido algo épico.
Rachel volvió a saltar por encima de la puerta y se acopló en el asiento del copiloto, lanzando la guitarra a la parte trasera y volviendo a regalarme la sonrisa que cubría todo su rostro.
—Vamos, dice que nos vayamos.
—Pero… ¿Va a subir? —cuestioné aun confusa.
—Sí, Brittany le ha dicho que le va a abrir y que van a hablar —respondió emocionada—. ¿No es genial?
—Eh sí, la verdad es que sí —musité lanzando una nueva mirada hacia la puerta, donde Santana ya empujaba para abrirla y colarse en el interior del inmueble—. ¿Y luego? ¿Como regresa?
—No lo sé, pero me ha dicho que nos marchemos, que si sale bien regresará de día y si no, pedirá un taxi.
—Ok —balbuceé encendiendo de nuevo el motor de mi coche y emprendiendo el camino hacia ninguna parte—. ¿Cómo es que le ha aceptado?
—Ya os dije que Brittany es bastante impresionable. Era cuestión de tiempo que asimilase lo que estaba viendo.
—Ya veo —dije aún sorprendida—. Por un momento pensé que iba a llamar a la policía.
—Estaba medio dormida —respondió entre risas—, es lógico que estuviese enfadada o tal vez extrañada, pero sin duda se ha sorprendido. Y por eso le ha dejado entrar.
—¿Y tú crees que van a terminar bien? Porque Santana no es la persona más sutil del mundo, precisamente.
—Eso es cosa de ellas, yo solo le dije lo que tenía que hacer para tener la oportunidad de explicarle lo que sentía —respondió—. Si ahora lo fastidia, se habrá acabado.
—Ojalá sepa lo que hacer y decir —dije—. Aunque después de oírle, ya nada me sorprende.
—¿Por qué? —se interesó.
—Santana no es muy romántica —comencé a explicar—. Ella es bastante especial. Tiene un concepto del romanticismo un tanto diferente al que tenemos el resto de la humanidad. Básicamente, considera que es para idiotas.
—Bueno, he de admitir que la elección de la canción, aparte de que no ha estado mal, no es la más romántica para algo así.
—No pidas mucho —dije—. Es Santana y te aseguro que lo que ha hecho, ya es algo increíble. Si supieras la de veces que se ha reído de mí por algún gesto romántico que yo haya tenido.
—¿Eres romántica? —me interrumpió rápidamente.
—Eh —la miré por un segundo, tratando de no apartar demasiado la mirada de la carretera—No, no sé, soy lo justo y necesario.
—¿Qué es lo justo y necesario para ti?
Volví a bloquearme, pero no porque no quisiera contarle que nivel de romanticismo corría por mis venas, sino porque no quería hablar de ese tema. Debía recordar que mis intenciones con ella no debían excederse de la simple atracción física, y hablar de amor, del romanticismo y derivados, no era la mejor opción para centrarme solo en lo sexual. Rachel tenía suficiente potencial como para enamorar a quien se propusiera, y no quería tentar a la suerte con ese tema. No me veía capaz de no caer completamente en su red y salir airosa.
—¿Dónde vamos? —cuestioné zanjando la conversación y un suspiro de frustración se escapó de Rachel.
—Empiezo a odiar ese juego —susurró.
—¿Qué? —cuestioné fingiendo que no me había enterado.
—No nada —volvió a recuperar el habla—. Me preguntaba si podrías hacerme un favor.
—¿Un favor? Claro, si está al alcance de mi mano.
—¿Te importaría llevarme a la montaña a la que fuimos el otro día?
—¿Camelback? —cuestioné sin darle mayor importancia.
—Sí, al mismo lugar desde donde se veía la ciudad. ¿Recuerdas?
—Claro, pero… ¿Para qué quieres ir allí ahora?
—Necesito un lugar como aquel donde nadie nos interrumpa, y bueno, a ser posible de noche.
Yo me habría reído, o quizás habría salido corriendo si hubiese contemplado un gesto como el que yo puse en mi cara en aquel instante, pero Rachel se mantuvo firme, con la mirada fija en la carretera y sin prestarme atención.
Mis ojos se abrieron al máximo, mis manos comenzaron a temblar y sentí como la garganta se me secaba mientras una bola de fuego caía hasta mi estómago.
Rachel quería estar a solas conmigo en mitad de la montaña, mientras la ciudad dormía debajo de nosotras, y no era mi imaginación
—¿Para para qué? —balbuceé con apenas un hilo de voz.
—Necesito llevarme el mejor recuerdo de Phoenix —me miró sonriente.
—¿Recuerdo?
—Quinn, ¿me llevas o no? —me cuestionó con algo de diversión. Para ella debía ser bastante divertido creer que mi curiosidad solo era por averiguar qué clase de recuerdo quería llevarse de Phoenix. Sin embargo, mi interés en conocer aquel detalle se debía para confirmar lo que yo ya creía que iba a suceder. Creía o quería tal vez, no lo sé. Esa pequeña diferencia era algo que no asimilaba por aquel entonces.
—Ok —respondí aferrándome con fuerzas al volante y comenzando el trayecto que me llevaría hasta la explanada abierta en la ladera de aquella montaña, justo antes de llegar al resort de lujo que pertenecía a los Rose.
Lo cierto es que, durante el trayecto, no hablamos. Por alguna extraña razón, Rachel permanecía observando todo cuanto veía en el camino, y yo seguía inmersa en mis pensamientos. Solo cuando ya nos disponíamos a ascender por la serpenteante carretera de la montaña, atinó a regalarme un nuevo comentario.
—¿Crees que Santana y Brittany hacen buena pareja? Quiero decir, aparte de lo terriblemente atractivas que se ven juntas, no sé si sus personalidades podrían congeniar bien.
—Yo tampoco —respondí tras varios segundos pensando en la respuesta—. Santana es especial, tiene un carácter y una personalidad bastante difícil.
—Brittany es todo lo contrario —me interrumpió—. Ella es muy sensible y muy inteligente. Cuando una persona le defrauda, se acabó. No hay opción para ella en su vida.
—Pues espero que tenga paciencia con Santana. No es que sea una chica que te defraude, pero si puede hacer o decir cosas sin querer y terminar ofendiéndola. Ya has visto como se ha puesto conmigo.
—Cierto —balbuceó—. No me esperaba que fuese a recriminarte tu situación con tu chico, con tu ex… Me ha sorprendido bastante.
—A mí también —dije tratando de no desviar la conversación hacia ese lado—. Pero yo espero que Brittany entienda como es Santana, porque a pesar de ser tan especial, tiene un gran corazón. Jamás te falla.
—Eso espero. Oye, aquí no nos ve nadie. ¿No? —dijo lanzando una mirada a su alrededor. Estábamos a punto de llegar al lugar exacto donde me había pedido, y todo seguía igual que la última vez que estuvimos. Oscuridad, el silencio solo roto por el canto de los grillos, algún que otro aullido lejano y la brisa que aquel día era mucho más apetecible que la humedad de la última vez.
—No. ¿Por? —me interesé al tiempo que detenía el coche frente al pequeño acantilado desde donde podíamos observar las luces de Phoenix, y la perfecta luna llena que aparecía en un cielo enmarañado de nubes.
—Bueno, no quiero que nos tomen por locas y menos aún que reconozcan tu coche aquí —me miró—. La semana pasada no sabía quién eras, pero ahora sí. Y no quiero ponerte en compromisos.
—¿Compromiso? ¿Qué compromiso?
—Vamos Quinn —se bajó del coche—. Estoy segura de que, si ven un coche aparcado en este lugar a esta hora, solo van a pensar en una cosa —sonrió traviesa.
—Van a pensar en.…—detuve mi respuesta al darme cuenta que no estaba hablando para mí misma, y mi voz se oyó alta y clara, tanto que Rachel se giraba para buscar mi mirada— ¿Qué haces? —cuestioné cambiando de conversación.
—Necesito una fotografía de la ciudad y que mejor que hacerla desde aquí —espetó sonriente.
¿Una fotografía? ¿Una maldita fotografía? Me dije a mi misma tras escucharla. Me había pasado los casi 15 minutos de trayecto pensando en las intenciones de Rachel al querer tenerme a solas en aquella montaña, cavilando en mil y una situaciones, de cómo acceder y aceptar que iba a haber algo más íntimo entre las dos. Apartando de nuestras cabezas todo el tema de la romántica declaración de amor de Santana, centrándome solo en lo físico, y resulta que todo era por una estúpida fotografía panorámica de mi ciudad.
Traté de no parecer desilusionada, y siguiendo sus pasos, me bajé del coche mientras ella ya sacaba una pequeña cámara desechable que guardaba en su bolso.
—¿Piensas sacar una fotografía con esa cámara?
—Claro. ¿Por qué no?
—Porque dudo que se vea nada cuando la reveles.
—Da igual que no se vea, a mi lo único que me importa es que lo que hay en esa imagen, es Phoenix —explicó—. Tengo fotografías de todas las ciudades y pueblos que he visitado, y Phoenix no puede ser menos.
—Pero las vistas son impresionantes y esa luna llena es increíble, deberías poder contemplarlas bien en la imagen.
—Es lo único que tengo.
—Me dejas que haga una con mi móvil —me acerqué—. Te aseguro que saldrá mejor y merecerá la pena cuando puedas verla.
—Claro —me miró tras lanzar la primera de las instantáneas con la cámara.
—Ok —susurré regresando al interior del coche para coger mi teléfono y hacer el trabajo con una mejor calidad.
No tardé en situarme junto a ella, dejando atrás el coche y dispuesta a sacar aquella panorámica con la mejor de las opciones que me ofrecía la cámara integrada en mi teléfono. Pero la oscuridad que nos rodeaba me estaba complicando la misión, y Rachel se dio cuenta de mi intento porque aquella captura fuese perfecta.
Estuve tanto tiempo observando a través de la pantalla que no me percaté de que Rachel ya había abandonado su posición para regresar al coche, pero no lo hizo para sentarse y esperar a que yo terminase. Lo hizo para llevar a cabo algo que jamás habría imaginado, para conseguir que todos mis sentidos perdiesen el norte y comprendiese que, entre ella y yo, había algo que iba más allá de la simple atracción.
Solo un par de acordes fueron suficientes para hacerme reaccionar y girarme hacia el coche. Rachel se había sentado en el capó del mismo y comenzaba a rasguear las cuerdas de la guitarra sin perderme de vista.
—¿Qué haces? —cuestioné con apenas un hilo de voz.
—Tratar de inspirarte para que esa fotografía sea perfecta —respondió sin dejar de tocar la guitarra—. Vamos, sigue intentándolo.
Tragué saliva y como si de un robot se tratase volví a girarme, siguiendo al pie de la letra su petición. Alcé el móvil para intentar capturar un infinito que se me antojaba imposible. Y no era imposible por el contraste de las luces, ni por la dificultad de ajustar la exposición, el balance y mil detalles más de la cámara del dispositivo. Fue complicado porque mis manos volvían a temblar al escuchar la guitarra y así era imposible.
I wanted to be like you
I wanted everything
So I tried to be like you
And I got swept away
Si pensaba que el viento era suficiente para aliviar la tensión que se apoderaba de mi cuerpo, era porque no había escuchado su voz pronunciando aquellas estrofas. Olvidé contar el número de veces que me repetí a mí misma que debía tranquilizarme, pero cuanto más lo hacía, más alto y claro sonaba su voz en mi cabeza.
I didn't know that it was so cold
And you needed someone to show you the way
So I took your hand and we figured out that
When the time comes I'd take you away
¿Y las serpientes? ¿Dónde estaban las serpientes cuando las necesitabas?
Sabía que lo único que podía evitar que yo dejase de lado el intento de captar el horizonte y lanzarme sobre Rachel, era la presencia de aquellos reptiles que tanto pavor provocaban en la morena. Pero aquellos animales no aparecían, no harían acto de presencia, y yo ya no podía controlar mi pulso.
Me giré hacia ella para contemplarla mejor y descubrí el brillo de sus ojos en mitad de la oscuridad. Fue mi perdición.
If you want to I can save you
I can take you away from here
So lonely inside
So busy out there
And all you wanted was somebody who cares
No pude pensar en nada más. Decidí guardar el teléfono en uno de los bolsillos de mi pantalón y me acerqué sin dudarlo a ella. Sin apartar la mirada de la suya, sin dejar de oír su voz que seguía cantando, llamándome con sutileza. Solo se detuvo cuando mi cuerpo ya estaba lo suficientemente cerca de ella.
—¿Qué sucede? —me preguntó—¿No te gusta?
No respondí. Volví a refrescar mi garganta, y desvié la mirada hacia la guitarra para después apartarla de entre sus manos con delicadeza.
Me miró confusa cuando dejé el instrumento junto al coche y regresé la mirada hacia ella. Ahora sí, no había vuelta atrás para mí.
—Quinn —susurró, quizás sabedora de lo que estaba a punto de hacer.
Deslicé mis manos por sus piernas y con suavidad, separé sus rodillas para poder tener un mayor acercamiento al resto de su cuerpo. Podía sentir la agitación de su pecho conforme me acercaba y mis manos ya caminaban hacia su cintura.
Se sentía bien entre sus piernas, y el calor que desprendía su piel, ya a escasos centímetros de la mía, era perfecto para contrarrestar la inusual brisa fresca de aquella noche.
—Estás…
No permití que dijese nada más, o quizás ella se detuvo al notar como mi boca buscaba acercarse a la suya sin miedos. La oscuridad era mi aliada para no destruir la situación con mis incomprensibles y contradictorias paranoias, y su aliento, el calor que desprendían sus labios entreabiertos, me guio hasta ellos para alcanzar mi objetivo.
Un beso, dos, tres, cuatro. No había cuenta, porque no existía un número. Solo era un beso que se alargó hasta que la respiración nos falló y tuvimos que separarnos. Pero solo fue un instante, un breve momento en el que volvimos a mirarnos y decidimos continuarlo, esta vez de una forma mucho más explícita.
Sus manos no tardaron en buscar mi rostro, en aferrarse a mi mandíbula y cuello para arrastrarme hasta ella, y que la intensidad de aquel beso no acabase sin más.
Yo deliraba. Sentía que la cabeza me giraba y la ciudad resplandeciente a nuestras espaldas, comenzaba a girar en torno a nosotras dos, y sus suspiros, entrecortados con jadeos y la batalla que mantenían nuestros labios, que me impedía recuperar la compostura.
Con aquel beso se acalló mi corazón, se relajaron mis sentidos y mi cuerpo comenzó a disfrutar de las sensaciones que aquella chica conseguía provocar en mí. Sin embargo, había algo que gritó dentro de mí.
Fue una voz tan clara, tan fuerte y certera que, para acallarla, perdí el control e incluso mordí los labios de Rachel, provocándole un pequeño gesto de confusión que rápidamente solucionó con una mirada directa hacia mis ojos.
Respiraba con tanta fuerza que mi pelo se movía con su aliento, y no tardé en ordenar a mis labios que volviesen a posarse sobre los de ella, esta vez, tratando de acariciar y aliviar el dolor que le produje con el mordisco. Pero aquella voz volvía a sonar en mi interior, y llenaba mi cabeza de insultos, de llantos y culpas. Y lo hacían con tanta rabia, que no me dejaban disfrutar de aquel apasionado beso.
Conté hasta tres para esperar que el calor de su lengua regresara a su lugar, y me separé como si alguien hubiese tirado de mi pelo.
—Quinn —susurró jadeante, maldiciendo mi segundo intento por acabar con aquello que ambas deseábamos.
—Yo… —balbuceé tratando de encontrar las palabras adecuadas. Sin embargo, éstas no llegaron y en lugar de ellas, fueron dos lágrimas las que cayeron por mi mejilla derecha.
—Quinn —volvió a hablar tras dar un pequeño salto para bajar del coche. y aferrarse a mí, acercando su frente a la mía y evitando que pudiese alejarme de ella—. No, por favor —suplicó—. No llores.
