Capítulo 18

Hazlo

Notaba como las lágrimas seguían mojando mis mejillas y el hombro de Rachel, mientras el perfume que desprendía su pelo y el calor de su cuello, me recordaba a cada segundo la frustración que me invadía.

Como una niña pequeña que llora en brazos de su madre cuando no consigue lo que tanto desea. Así me encontraba yo mientras hundía mi rostro en la clavícula de Rachel y trataba de contener el llanto incomprensible que se apoderaba de mi cuerpo, y que se acentuaba con cada caricia que me ofrecía la morena.

—Vamos Quinn —susurró regalándome una nueva oleada de calidez—. No llores, por favor.

Había recuperado la posición tras la brusquedad de mi cuerpo. Rachel permanecía sentada encima del capó de mi coche mientras yo me aferraba a su cintura, tras haber deshecho el beso que yo misma comencé, y buscando el cobijo de su cuerpo para tratar de consolar mi conciencia.

Aquel grito, la voz que escuché en mi mente mientras mis labios descubrían su boca, era yo, o, mejor dicho, mi otro yo. Mi alter ego interno tratando de evitar que cometiera una locura con aquella chica. Mi doble personalidad recriminándome mi actitud y recordándome que iba a terminar arrepintiéndome, y rompiendo el corazón de Finn.

Oh Finn.

Mi chico, mi primer amor. Veía su rostro en mi mente, las sonrisas que aquella misma noche me había regalado en el bar, mostrándose como todo un caballero con Santana, a quien, sin resultar hipócrita, tendió su mano en un limpio gesto de disculpa por su actitud. Había vuelto a ser él, a ser mi Finn, mi chico, aunque no estuviésemos juntos, y recordarlo conseguía que las lágrimas aparecieran en mis ojos, alterando aún más el estado confuso de Rachel, que volvía a regalarme otra tanda de caricias con sus manos.

—Quinn, por favor—susurró a modo de súplica—. Cálmate, cielo. Todo está bien. No, no tienes que preocuparte. ¿De acuerdo? Yo te entiendo, entiendo que no estás pasando el mejor momento y estás confundida, pero no tienes que preocuparte. Eres fuerte, vas a saber cómo organizar de nuevo tu vida y…

—¿Por qué no puedo? —balbuceé sin alejarme de su hombro. Se estaba tan bien allí que no quería apartarme de ella, ni siquiera para hablar. Y también porque me avergonzaba de mi actitud y no me atrevía a mirarla a los ojos.

—¿Por qué no puedes qué?

—Besarte y no sentirme culpable—dije entre sollozos—. ¿Por qué siento que estoy haciendo daño?

—Quinn —volvió a llamarme, pero esta vez me obligó a alzar la cabeza y posar mi mirada frente a la suya. Otro error aquel gesto. Otro maldito y estúpido error que me volvía a lanzar al precipicio.

Rachel me miraba con una dulzura casi infinita que me deslumbraba, a pesar de la oscuridad que seguía rodeándonos en aquel lugar. Sentía su mano derecha anclada en mi cuello y la yema de sus dedos izquierdos secando cada lágrima que caía por mi mejilla—. No te sientas culpable, no tienes motivos para hacerlo.

—Rachel yo —suspiré tratando de recuperar el aire que me faltaba—. Yo quiero a Finn. Él, él es mi chico y…

—¿Estás con él? —se mostró un tanto confusa— ¿Has vuelto con él?

—No, no —respondí rápidamente—. Aún no, pero yo siento que le estoy mintiendo.

—¿Le quieres? Le amas, ¿verdad?

—Sí—respondí con rotundidad.

—¿Entonces? No tienes por qué sentirte mal. Quinn estás disgustada por los motivos que sean, pero volverás con él cuando se solucionen. Lo nuestro es solo, solo tu curiosidad —trató de mostrarse serena, pero noté como su voz se quebraba justo antes de llegar al final de aquella respuesta y mi corazón volvía a encogerse.

—No lo entiendes, Rachel —volví a hablar fijando la mirada en sus labios. Seguían frente a mí, a apenas un palmo de los míos y podía sentir su respiración mezclándose con la mía.

—Tú me has dicho que has estado con otras personas en este tiempo que llevas alejada de Finn.

—Pero no con alguien como tú —interrumpí sin pensarlo.

—¿Qué sucede conmigo?

—No lo sé, Rachel. Con las otras personas no tenía lazos, no sentía. Solo, solo era un poco de diversión y nada más, pero contigo es diferente. Y por eso siento que estoy mintiéndome a mí misma, a Finn, y por supuesto a ti.

—¿Lazos? —me miró estremecida— ¿Qué lazos, Quinn? ¿Qué te sucede conmigo?

Me faltó el aire tras oír aquellas preguntas, y supe que, en aquel instante, con ella a escasos centímetros de mi cara, no iba a ser capaz de fingir y cambiar la conversación como habíamos hecho con otros temas.

—Siento remordimientos —dije con un susurro—. No es lo mismo besarte a ti que besar a Sammuel. No es lo mismo. Tú, tú eres más especial, tú me haces sentir cosas diferentes.

—Quinn —me interrumpió volviendo a acercarme a ella, obligándome a quedar de nuevo a expensas de sus manos que seguían aferradas a mi cuello—. Eres increíble. Te juro que jamás en mi vida conocí a alguien que me hiciera temblar con solo una sonrisa, como lo haces tú —me confesó—, pero no estoy aquí para confundirte, no estoy aquí para molestar tu conciencia, Quinn. Tú tienes una vida perfecta, tienes un futuro encantador con Finn. Estoy segura de que algún día te casarás y vivirás en una casa con jardín y varios perros —sonrió emocionada—, y probablemente serás madre de un par de niños preciosos como tú. Y yo quiero que eso sea así, quiero que seas feliz con el hombre de tu vida.

—Rachel…

—No Quinn, escúchame. Yo me marcharé el domingo, volveré a viajar, a buscar mi hogar y ese hogar no está en Phoenix. Al menos no por ahora —bajó la mirada—. No es justo que te sientas mal, Quinn. Yo he intentado mantenerme al margen, pero me lo has puesto difícil —volvió a mirarme—, y no porque hayas querido, sino porque para mí también es complicado resistirme. Haces, haces que algo me queme en mi interior cada vez que te tengo así de cerca.

—Una bola de fuego —susurré.

—Sí, una bola de fuego que baja desde mi boca hasta mi estomago quemándome, y solo se calma si te beso —respondió mientras acariciaba mis mejillas—, pero solo es eso. Es deseo, no es amor. Tu amor tiene otro nombre y tú lo sabes. Es Finn.

—Me estás diciendo que no debería sentirme así porque solo es…

—Te estoy diciendo que no voy a permitir que tu corazón vaya más allá del deseo, y si no puedes soportar esa presión, tampoco dejare que la atracción nos haga caer. ¿De acuerdo?

—¿Cómo? ¿Cómo vas a conseguir eso sin que me sienta culpable? Yo quiero vivirlo, Rachel. Yo quiero acabar con esa bola de fuego —dije sin pudor—. Quiero saciar mi curiosidad contigo, con tus labios, con tu cuerpo —balbuceé nerviosa. Había perdido todo control. No había compostura ni sentido común en mis palabras. Hablaba sin pensar en mi discurso, solo dejándome llevar por lo que sentía mi cuerpo.

—¿Crees que yo no quiero? —me cuestionó—. Por supuesto que quiero, Quinn me muero de ganas por disfrutar contigo, pero no puedo si lo vas a pasar mal. No puedo si me besas y lloras porque te sientes culpable. ¿Entiendes?

Tardé en responder a aquella explicación porque mi mente trataba de encontrar las palabras adecuadas, la solución perfecta para aquello sin que ninguna de las dos terminásemos mal. Y era complicado. Ella quería, yo quería, pero a ambas nos dolía seguir adelante sabiendo que algo se quebraba dentro de nuestro cuerpo.

—Mierda —musité apartándome con brusquedad, lanzando la mirada hacia la ciudad y la luna que aún seguía mostrándose sobre el horizonte. No había más que su respiración y la mía, llena de frustración y pena. Ni siquiera el aire era capaz de calmarnos, y aunque ya no podía observarla, sabía que Rachel permanecía completamente desolada tras de mí.

—Quinn —susurró, pero yo la ignoré. Necesitaba seguir respirando, sentir como la sangre volvía a fluir por mi cuerpo y oxigenaba mi cerebro en un vago intento por encontrar la excusa perfecta para apartar de mi conciencia aquella culpa. —Quinn —volvió a susurrar, pero esta vez su voz ya sonaba cerca de mí, junto a mi espalda—. Solo tenemos dos opciones. Una es alejarnos. Yo me apartaré de ti y prometo que no volverás a sentirte así. Harás tu vida.

—¿Y la otra opción? —dije temerosa.

—Intentarlo.

Aquellas palabras me descompusieron.

Parte de mi frustración venia por el respeto que Rachel solía mostrarme cuando yo menos lo deseaba, y esa segunda opción, me descubría una nueva personalidad que yo desconocía de aquella chica. Sus ganas, su deseo era igual o incluso superior al mío.

—Solo piensa que esto es cosa del instinto es deseo —volvió a hablar con una sensualidad que quemaba—. Tú no me amas, yo tampoco —la escuché junto a mi cuello—. Soy una más. El domingo, cuando todo haya pasado, te olvidarás de mí, solo te quedaran esas pulseras y el recuerdo de una noche de locura nada más. Quinn nadie saldrá herido, nadie nos culpará de haber perdido la cabeza durante unas horas. Nadie.

Todo quemaba. Ya no solo aquella bola de fuego que al parecer también viajaba por el interior de Rachel, sino que también quemaba el aire que entraba por mi nariz y llegaba a los pulmones. Quemaba la saliva descendiendo por mi garganta y mi piel. Ardía tanto que incluso llegué a temer estar sufriendo algún tipo de estado febril. Pero no, la culpa de todo aquel fuego era ella. Ella y su voz acercándose hasta que pude contemplarla de nuevo frente a mí, desafiando el oscuro acantilado que permanecía frente a nosotras.

—Piénsalo —volvió a hablar—, vuelve a tu casa y piénsalo.

—¿Volver a casa? —balbuceé confusa.

—Sí, aunque no lo parezca, sé lo que estás pasando. Sé lo que piensas y el lio que tienes ahí —dijo acariciando mi mano—, y yo quiero cometer una locura contigo, pero no a la fuerza. Y ahora mismo no estás en condiciones de tomar la mejor decisión.

No entendía nada. De repente, cuando yo pensaba que Rachel había dejado a un lado la lealtad a sus principios y se mostraba como yo deseaba que lo hiciera, volvía a tomar las riendas de la situación con una calma abismal, incitándome a que pensara en la opción de perder la cordura entre sus brazos. Como si eso no hubiese pasado por mi mente aún, como si todo fuera planeado con antelación.

—Me estás diciendo que…

—Que lo pienses —me interrumpió—. Yo estoy dispuesta, lo deseo como si mi vida fuese en ello, pero no contigo llena de dudas y lágrimas. Yo quiero que seas consciente de lo que haces, y que lo que haces, no supone ningún riesgo para tu corazón, ni el de Finn.

Ya sabes que yo estoy dispuesta y supongo que eso será una duda menos para ti. Ahora solo tienes que ordenar tus principios y saber si eres capaz de disfrutar conmigo, sin involucrar los sentimientos que tienes por tu chico.

—No es mi chico —musité casi a modo de rabieta. Como hace una niña pequeña cuando no encuentra una razón lo suficientemente clara para debatir.

—Tampoco el mío. Recuerda que a mí no me ata nada con él, y no tengo por qué tener contemplaciones. Eres tú la que decide —respondió soltando mi mano y lanzando una mirada hacia el coche. Su acción me decía que estaba dispuesta a regresar al él para acabar de una vez con aquella ruptura, pero yo no quería, no al menos hasta que hubiese agotado todas las opciones posibles.

Pero como ni mi mente, ni mi corazón se ponían de acuerdo en aquel instante, la única opción viable que veía para intentarlo de nuevo, era la misma que había utilizado minutos atrás, lanzarme.

Y así lo hice.

Supuse que Rachel no se esperó bajo ningún concepto que me revolviese hacia ella y tomase su cintura con mayor intensidad a como lo había hecho minutos antes, al igual que tampoco debió esperar mis labios sobre los suyos con tanta ansia y desesperación. Tanto que el cuerpo a cuerpo la llevó a retroceder de espaldas y volver a buscar el punto de apoyo sobre mi coche.

Para entonces, mis manos se aferraban con tanta fuerza a ella, que incluso conseguía alzarla los centímetros, justos que teníamos de diferencia en altura, consiguiendo que nuestros ojos quedasen frente a frente.

No puedo recordar bien lo que me pasaba por la mente en aquel instante, ya que solo me dejaba llevar por la necesidad, por ese instinto y el deseo al que había hecho referencia Rachel, y que minutos antes, me había estado martirizando sin contemplaciones.

Al igual que volvía a hacerlo en el mismo momento en el que retomé mi estado natural y la conciencia volvió a ocupar su lugar.

—Quinn —susurró Rachel en un breve respiro que acerté a regalarle. Su voz sonaba entre jadeos, presa de la mayor ofensiva que yo jamás había realizado—. Quinn para —suplicó sabedora de que mis actos no iban a llegar más allá de aquel beso. Y de nuevo, mi frustración me hizo apartarme de ella con brusquedad y buscar el interior de mi coche como si allí encontrase el mejor refugio posible.

Las lágrimas habían desaparecido dejando paso una inestabilidad emocional que me iba a pasar factura. Una inestabilidad transformada en rencor y odio hacia mí misma. Por sentirme inútil, por no saber controlar mis emociones y volverme vulnerable y frágil.

Por suerte, Rachel si sabía manejar con sentido la situación, incluso después de ser sorprendida de nuevo por mi ansiedad, regresaba al asiento del copiloto, recuperando su guitarra y permaneciendo en silencio mientras yo trataba de pensar con rapidez.

—¿Por qué nos volvemos tan dramáticas?

Su reacción me sorprendió, pero no solo por la cuestión en sí, sino por el tono utilizado.

—Odio el drama. Esto debería ser divertido —me miró con la esperanza de encontrar mi lado más despreocupado, pero yo seguía inmersa en mi lucha interna para salir de aquella situación de la manera más sensata—. ¿Sabes cuál es el problema? —continuó—. Los peces

La miré extrañada. Aquella frase me desconcertó tanto que incluso olvidé lo que estaba haciendo, que no era otra cosa más que pensar en lo imposible.

—Sí, los peces— volvió a repetir lanzando la mirada al frente—. El primer día que llegué a casa de mis padres, cuando ya por fin iba a vivir con ellos, Leroy me llevó al jardín trasero que tenían —hizo una pausa—. Era impresionante, hermoso, lo cuidaba como si fuese su mayor tesoro, y bueno, a lo que iba… —volvió a mirarme— Allí había un pequeño estanque, y me llevó hasta él. Había comprado un pez, de esos pequeñitos anaranjados. ¿Sabes de lo que hablo?

Asentí por pura inercia. Mi mente seguía tratando de entender que era todo aquello y el motivo por el cual me lo estaba contando.

—Bien, pues una vez allí me hizo lanzar el pez en el estanque. Yo no quería, pero me obligó a hacerlo por un motivo que, con el tiempo, conseguí comprender. Él quería que yo entendiese que, para ese pez, aquel estanque era su nuevo hogar, al igual que para mí lo era la casa —seguía mirándome—. Claro, yo me asusté, porque era mucho más grande que su pecera y podría perderse, o que se yo… Pasarlo mal. Pero entonces me dijo que cada vez que sintiera que aquella casa no era mi hogar, fuese hasta el estanque y contemplara al pez. Y así hice.

Cada vez que me sentía extraña, iba a verlo y… ¿Sabes qué? La pena que sentía por ver como el pobre se defendía en un lugar tan grande, comenzó a desvanecerse porque él fue creciendo. Jugaba con algunas algas y se escondía entre las piedras del fondo. De vez en cuando lo veía con algunos peces más que ya estaban allí antes, y era el más rápido de todos —sonrió—. Lo tomé como ejemplo. Él se había encontrado un hogar y yo también, y desde entonces, pienso que cuando encuentre mi hogar, dejaré que un pez nade cerca de mí. Y quiero que ese lugar esté junto a la costa.

Seguía en silencio buscándole sentido a la metáfora que supuestamente me estaba regalando con aquella historia, pero no le encontraba relación alguna con lo que nos estaba sucediendo a ambas. De hecho, esa vez fue la vez que más creí que estaba delirando.

—Phoenix no es mi lugar —dijo rompiendo el breve silencio que mantuvo y lanzando la mirada al frente—. Esta ciudad es hermosa, y hay gente por la que me quedaría aquí sin duda —me miró de nuevo—, pero no es mi hogar. No es lo que he deseado en este tiempo, y tengo que seguir adelante. Por eso no tienes que pensar en mí como alguien que ha venido a destrozarte la vida. Solo soy alguien que pasará por tu vida y nada más. Yo aún necesito encontrar mi hogar. Yo voy buscando mi estanque, Quinn.

—California —susurré comprendiendo cual era el sentido de aquel relato.

—Así es. Quiero vivir frente al pacífico, contemplarlo y saber que, en él, hay un pez que ha encontrado su hogar exactamente como yo, aunque no consiga verlo.

—Pero California era tu primer objetivo. ¿No has encontrado un lugar que te guste más en tu viaje?

—Estoy viviendo en cada estado, para asegurarme que lo que realmente quiero es ir hasta allí —me explicó—. No quiero tener la duda de si estaba equivocada y hay algún lugar en este país que me haga cambiar de opinión.

—¿Y qué pasa con las personas? —cuestioné molesta— ¿Acaso no has conocido a gente que puedan hacerte cambiar de opinión? Las personas son las que forman esos hogares.

—Lo sé, y sí, si he conocido a gente por la que cambiaría de planes. Por ejemplo, a ti —fue directa—, pero si no tuviese la obligación de llevar a cabo ese trayecto y liberar un pez en el Pacífico, no tendría que marcharme.

Por fin encontré el punto débil de Rachel. Por fin después de casi un mes conociendo a aquella chica y convencerme de que era tan sumamente especial, que no tenía defectos, comprendí que ella era igual que yo. A ella también la movía un interés, esa obligación de llegar a donde se había propuesto, dejando atrás incluso la oportunidad de encontrar el amor o la amistad. Rachel se regía por su objetivo, al igual que yo. Solo que mi mundo era en una realidad diferente. Y lo hice gracias a la historia más compleja de cuantas me había contado.

—Eso quiere decir que vives ajustándote a un objetivo, y no lo vas a cambiar hasta conseguirlo. ¿Verdad?

—Hasta ahí quiero llegar —me respondió con la tranquilidad de saber que había captado el mensaje—. Yo no me puedo enamorar en Phoenix, porque necesito continuar mi viaje, al igual que tú no puedes dejar tu vida aquí, ni puedes dejar a quienes te necesitan.

Tuve que dejar de mirarla y me entretuve con el volante del coche, pensando en aquellas palabras y en lo ciertas que eran.

—Yo le quiero —dije—. Es mi chico y estoy convencida de que lo va a ser siempre —dije con honestidad.

—Y me parece perfecto que así lo creas —me respondió con dulzura—, Nada me haría más feliz que saber que tú eres feliz. Estoy segura de que aquí, la vida te va a dar grandes cosas, y tú vas a darlas a quienes te rodean. Por eso no tenemos que llenarnos de drama, Quinn. Lo que parece que va a nacer entre nosotras, no es que no deba nacer, sino que no puede ni lo va a hacer.

—Decirlo es sencillo, pero como consigues…

—Pensando en lo que tenemos por delante —me interrumpió—. Tú tienes una vida y yo voy en busca de la mía. Nuestros caminos se han cruzado aquí y ahora, pero volverán a separarse. Y ese es motivo suficiente para dejar que el corazón permanezca como lo está hasta ahora.

—Ya —balbuceé tratando de buscar alguna solución más complaciente a aquella respuesta, pero no la encontré. Daba igual que el horizonte se iluminase frente a nosotras y la luna siguiese su camino hacia el este, entregándonos una postal perfecta para descubrir nuestros sentimientos. Entre Rachel y yo no podía existir nada, por el bien de nuestros corazones. Y era irrefutable.

—Sólo soy una desconocida —volvió a hablar—. Una loca que viaja por el país y cuenta mil y una historias. Solo eso, Quinn.

La miré. No podía no hacerlo, y en sus ojos encontré lo que tanto había estado buscando; serenidad.

Me hablaba con el corazón, tratando de evitar que mi mermada conciencia siguiese azotándome, y yo lo agradecí. Era protectora y respetuosa hasta el último momento, hasta las últimas consecuencias.

—Cuándo consigas asimilar que no hay peligro de salir dañada, solo tienes que llamarme —me sonrió—. Eres la única que tiene mi teléfono.

Y si era respetuosa y protectora hasta el último momento, también conseguía hacerme sonreír cuando peor lo estaba pasando. Incluso cuando aún podía sentir la piel tensa de las lágrimas ya secas en mi mejilla, y el amargo sabor que producen las despedidas cuando no lo son oficialmente. Porque para mí, aquello sonaba a despedida adelantada.

Yo sabía que no iba a ser capaz de vencer ese miedo, esa sensación de malestar que sentía por imaginarme entre sus brazos mientras Finn estuviese en mi vida, y no estaba dispuesta a perderle. No quería, y no era por egoísmo, sino por amor.

Era cierto que quizás no estaba enamorada de él, pero sí le quería e iba a luchar con todas mis fuerzas para volver a tenerle tal y como era. El chico dulce y sincero que un día apareció en mi mundo, y creció junto a mí. Y Rachel parecía entenderlo, porque ella también ansiaba encontrar su camino, y no tropezar con una piedra que la obligase a detenerse.

—Creo que es mejor que nos marchemos —volvió a hablar tras mi silencio.

Envuelta en mis pensamientos, no había conseguido responder a aquella pequeña broma, aunque si lo hice con una leve sonrisa de agradecimiento.

No tardé en aceptar su petición, y sin pensarlo, arranqué de nuevo el coche y la llevé hasta su efímero hogar.

Aquel hostal situado en el oeste de la avenida Monroe, con las luces de la ciudad ya sobre nuestras cabezas y no bajo nuestros pies.

—Gracias Quinn.

Habíamos pasado los casi 15 minutos de trayecto en silencio, escuchando algunas canciones que sonaban en la radio de mi coche, pero con la mente en una continua lucha interna por aceptar que aquella solución, era la mejor.

Nada de juegos ni dobles intenciones si nuestros sentimientos eran débiles, y me pareció justo. Tan justo que me dolía aceptarlo.

Iba a perder la oportunidad, no solo de saciar mi curiosidad con una chica, que eso era algo que ya había quedado en el olvido, sino de estar con alguien que realmente me hacía sentir especial.

—¿Gracias por qué? —dije tras detener el coche junto a la acera, frente al hostal.

—Por entender mi situación.

—No, no —refunfuñé—. Eres tú la que me entiende a mí, y eso sí que es complicado. Ni siquiera yo logro hacerlo.

—Claro que te entiendo. Sobre todo, ahora que me has explicado que hay algo más. Entiendo, entiendo perfectamente que te sientas mal por Finn, si esto que hay entre tú y yo es algo más que atracción, y por eso te doy las gracias —volvió a hablar con total y absoluta serenidad—. Porque yo he sido algo egoísta

—¿Egoísta? —interrumpí confusa— ¿Qué dices?

—Quinn, tú te sientes mal por tu chico, por tu ex —corrigió—, pero yo no me siento mal por él, y he deseado con todas mis fuerzas que tú tampoco lo hicieras para poder disfrutar contigo —tragó saliva—. Y eso es egoísmo.

—¿Tanto lo deseas? —balbuceé.

—No quieras hacerte una idea —me miró—, pero ya está. Esta vez sí te voy a respetar y no voy a aceptar excusas —volvió a tomar fuerza en sus palabras—. Así que no vuelvas a insinuarte mientras jugamos al billar, porque no quiero morir de frustración. ¿Entendido? —me amenazó de manera divertida y yo me ruboricé.

—¿Insinuarme? —dije tratando de resaltar mi inocencia.

—Quinn, jamás en mi vida había prestado tanta atención a una estúpida cerveza —sonrió—, y lo hice solo para evitar que mis manos… Bueno, para evitar mirarte.

—Oh dios, soy imbécil.

—¡No! No es eso —volvía a interrumpirme—, fue divertido, aunque lo pasé un poco mal por tener que seguir las instrucciones y no…

—Pensé que ni siquiera me habías mirado —dije con las mejillas incendiadas—. Me sentía invisible.

—Quinn, te aseguro que te miré, y sabía que estabas insinuándote. Pero tenía que mostrarme fría, aunque el calor estuviera matándome por dentro.

—Lo siento —me disculpé—. Siento haber sido tan imbécil. Yo pensaba que podría soportar estos remordimientos y…

—No lo sientas. Ya te he dicho que te comprendo, y yo también lo habría hecho.

Bajé la mirada aún con la vergüenza inundando mis mejillas, y traté de tomar el suficiente aire como para relajar mi estado.

Complicado, pensé. Tenía a la única persona que había conseguido lograr que me replantease mi gran historia de amor con Finn, y hablábamos de atracción mutua. Era imposible no seguir sintiendo aquel calor dentro de mí.

—Al menos tengo la satisfacción de saber que alguien como tú habría dejado su camino por mí —dije en un vago intento por convencerme que aquello era lo que deseaba.

—Sin duda —dijo ella sin apartar la mirada de mí—. Quinn —escuché como su garganta temblaba y la voz casi aparecía quebrada—. ¿Puedo pedirte un último esfuerzo?

La miré un tanto confusa y me limité a esperar que continuase hablando.

—Mañana, bueno hoy ya, estaré en Glendale con Brittany. Me ha ofrecido pasar estos días en su casa para no tener que seguir pagando más el hostal, y el viernes dudo que pueda volverte a ver. Y bueno, el sábado ya sabes que actúo en esa fiesta de la universidad y el domingo me marcho —se detuvo—, por eso básicamente, esta noche puede que sea la última que te vea, y aunque sé que hemos conseguido aclarar un poco esto y ya sé que para ti es más complicado que para mí…

—¿Qué deseas, Rachel? —cuestioné impaciente.

El silencio se prolongó lo suficiente como para casi hacerme perder la paciencia, pero Rachel volvió a hablarme.

—¿Puedo volver a besarte?

Os he hablado de la bola de fuego que descendía dentro de mí hasta llegar a mi estómago, y que solo conseguía calmar ese fulgor cuando aquella chica posaba sus labios sobre los míos. Y creo haber sido lo suficientemente descriptiva de la sensación que produce. Pues bien, en ese instante, aquella bola era como un meteorito, como una estrella fugaz que se había colado directamente en mi cuerpo, y casi conseguía que el primer caso de combustión espontanea en Phoenix, se llevase a cabo. Una completa locura apoderándose de mí.

Hacia media hora como mucho, que nos habíamos besado. Y yo volvía a vivir una locura transitoria con solo imaginar volver a repetirlo.

—Ok, lo siento —habló de nuevo arrepentida por la petición—. No debí haberte preguntado eso después de todo lo que hemos hablado y…

—Hazlo —dije rememorando la primera vez que me encontré en una situación como aquella con Rachel. Evidentemente, por aquel entonces solo era pura diversión, ahora no.

—¿Qué? —me miró extrañada.

—Hazlo Rachel —susurré con tranquilidad. Yo deseaba más que nadie volver a besarla, y si era por una despedida, por supuesto que lo haría. Un beso no iba a suponer un remordimiento de conciencia mayor que el que ya sentía en aquel instante.

—¿Segura?

—Yo también quiero besarte.

—Pero…

—Hazlo Rachel —interrumpí—. No hagas un drama de un simple beso.

Sonrió, aunque vi como su labio inferior temblaba levemente y supuse que estaba nerviosa como nunca antes lo había estado conmigo.

Era el fin, y acababa como había empezado; con mi coche detenido frente a su hostal en mitad de la noche, de un miércoles cualquiera de aquel mes de marzo y una desconocida a mi lado. La única diferencia era que aquella chica ya no era desconocida, sino que ya formaba parte de mi corazón, y probablemente tendría un papel importante en la historia de mi vida.

Ella. Ella y sus ojos. Ella y su olor. Ella y su sonrisa. Ella y sus labios. Su calor.

Se acercó a mí como si el tiempo no avanzase, como si el espacio entre nosotras dos fuese tan denso que tenías que luchar por destruirlo.

Esta vez no me aferré al volante como la primera vez, preferí esperarla con mis manos y acariciar sus mejillas como nunca lo había hecho. Guardar su suavidad en mis dedos y no olvidarla nunca más. Lo mismo hice con el olor que desprendía, retenerlo para siempre en mi memoria con sus ojos, con el brillo que seguía desafiando la oscuridad. Lo hice también con su aliento, con la calidez que desprendía cuando estaba a punto de posar sus labios contra los míos. Guardé todas aquellas sensaciones en mi cabeza para no olvidarlas jamás, y me dejé llevar.

Cuando ya estaba segura de retener en mí aquello que tan especial me parecía, me dejé llevar y me lancé hacia aquel beso que iba a acabar con todas las dudas y las tensiones que tantas idas y venidas nos habían provocado.

Me dejé guiar por un beso que nacía con tanta dulzura que era imposible que crease contradicciones en mi cabeza. Un beso pausado, que me demostraba que ya nuestros labios se conocían a la perfección, y sabían dónde acariciar, saborear e incluso morder, pero siempre con delicadeza, con dulzura y con temor para no dañarnos mutuamente.

Y es que todo en aquel momento me parecía tan frágil, que temí por quebrarla. No me había dado cuenta de lo pequeña que resultaba su cara entre mis manos, y lo fuerte que era su corazón.

Fueron varias las veces que tuve la valentía de abrir mis ojos para observar su rostro a tan extrema cercanía, y todas y cada una de ellas me hicieron estremecer y hacerme sentir la persona más afortunada del mundo.

No pensé en ello, hacerlo supondría entrar de nuevo en conflictos que poco o nada me iban a ayudar. Así que cuando la duda se acercaba, yo la apartaba volviendo a cerrar los ojos, y centrando mis sentidos en aquel largo y suave beso que nos regalábamos.

Fue ella quien lo detuvo, quizás porque le faltó el aire, o tal vez, por evitar un mal mayor en nosotras.

Se apartó lentamente, dejando antes de hacerlo un sentido beso sobre mi nariz que me hizo sonreír, y por supuesto, sin dejar de mirarme. Porque si había algo que Rachel Berry hacía, era mirarte a los ojos.

Y así se marchó. Así se despidió de mí.

No hubo palabras mientras recogía su guitarra de la parte trasera de mi coche, y descendía de él para perderse de nuevo en el interior de aquel hostal. Y yo lo agradecí. Si no iba a volver a verla, prefería tener en mi recuerdo un último beso, antes que una última palabra. Aunque, para ser honestas, no estaba tan segura de permitir que aquella fuese la última vez que yo iba a ver a Rachel Berry.

No si podía evitarlo.