A thousands years. Christina Perri.

Capítulo 19

Premio.

Una de mis peores defectos era la tozudez. Era cabezota desde que nací y siempre conseguía lo que me proponía, aunque lo cierto es que, con mi familia, todos y cada uno de mis caprichos se podían lograr sin mayores consecuencias que una fructífera pataleta, y la cara de pena que conseguía ablandar el corazón de mi padre. Algo que, por otra parte, no era nada complicado. Yo era su princesa y a su princesa, nunca le faltaría nada.

Conforme fui creciendo, encontré distintas formas de conseguir lo que me interesaba. Ya no me servía pedírselo a mi papa, ni tenía que llorar delante de mi madre, me bastaba con utilizar mis mejores armas.

Con Finn siempre me resultó. Tuve la suerte de nacer con un rostro encantador, y eso era un plus a mi favor. Ya no tenía que mostrar pena, sino una sonrisa, y todo se volvía más sencillo a mi alrededor.

Con la madurez y por supuesto, con la sensatez que ya había adquirido, dejé a un lado utilizar mi físico para conseguir lo que quería. Ahora todo era mucho más intelectual, y para ser honestas, también había tenido la suerte de desarrollar mi inteligencia lo suficiente como para poder sobrevivir por mí misma.

Lo llevaba haciendo desde que entré en la universidad, y ahora, casi 8 años después de ello, regresaba al campus de mi facultad para volver a conseguir uno de mis objetivos.

Rachel pensó que el miércoles iba a ser el último día que yo iba a verla, y por unos instantes, yo también lo pensé, pero me negaba a ello. Me negaba en rotundo que así fuese si iba a tener una nueva oportunidad al alcance de mi mano, y aún tenía una apuesta pendiente de llevar a cabo.

Pasé dos días pensando en todo lo que nos había sucedido, en cómo las cosas habían ido tomando un matiz completamente distinto, y aquella chica se había colado en mi corazón. Pero también llegué a la conclusión de que todo lo que hablamos, era lo más acertado.

No servía de nada enamorarme de ella si iba a terminar marchándose, y yo tenía mi vida aquí. No servía de nada creer que Rachel podía sustituir el amor que yo sentía por Finn cuando lo que todo lo que sentía por ella era pura y mera atracción.

Sus historias, su pasado, su personalidad. Sí, todo era especial en ella, pero éramos muy diferentes. Vivíamos la vida de una forma distinta, por mucho que yo cambiase mi ropa y añorase un estilo de vida más liberal, o el respeto y la privacidad que ella me mostraba tras conocer de dónde procedía.

Era imposible que ninguna de las dos nos adaptásemos a la vida de la otra, y eso era algo que teníamos que tener presente para no acabar con el corazón destrozado.

Dos días que me sirvieron para afrontar aquella noche de la mejor manera posible. Con calma, con tranquilidad y sensatez, y, sobre todo, con honestidad.

Basta de complicaciones, basta de líos. Quería despedirme de Rachel como lo solían hacer las amigas. El recuerdo del beso en mi coche, quedaría grabado a fuego en mi corazón, al igual que quedó plasmado en mi historia hecha relato. Aquella noche me decidí a plasmar en mi libreta lo que me hubiera gustado que sucediese tras aquel beso de despedida, quizás para darme la satisfacción de seguir adelante con aquel placer que sentía al escribir.

Y en esa misma noche, dos días después, volví a colocarme uno de mis vestidos, los que siempre había utilizado. Peiné mi pelo con delicadeza y formé una trenza que caía sobre mi hombro, tomé mi cámara de fotos y me presenté en el campus de la universidad de Phoenix, donde una multitud de alumnos ya disfrutaban de su fiesta de aniversario, y donde por supuesto, Rachel iba a actuar.

Aquel era el culmen de su estancia en Phoenix, y yo no iba a perdérmelo por nada en el mundo. Ni siquiera porque me encontrase perdida entre tanta gente. Hice un cálculo aproximado, y en aquel recinto debía haber más de mil personas. Yo juraría que llegaban a las dos mil si contábamos con todo el séquito de profesores, nuevos y antiguos, que también habían acudido al festival.

Profesores que yo reconocí y ellos también me reconocieron a mí. De hecho, tuve que atender algún que otro saludo efusivo de alguno de ellos. También había algún que otro compañero de clase, que después de tres años aún seguía tratando de aprobar las asignaturas de periodismo a las que acudía.

A quien no me esperaba encontrar en aquella noche fue a él. Al único chico que alguna vez había conseguido hacer tambalear mi relación con Finn por una completa estupidez. Si había alguien por quien mi Finn había sentido celos alguna vez en su vida, era por Jason Stevens, el mismo Jason Stevens, Jay para los amigos, que se había convertido en un envidiable jugador de fútbol americano y que formaba parte de los Cardinals de Arizona. Supuse que estaba allí por haberse formado en la universidad de Phoenix, como invitado de honor, pero eso era algo que solo yo intuía.

Me descubrió justo cuando pasaba cerca de uno de los laterales del escenario donde yo ya buscaba a Rachel, y no tardó en acercarse portando su mejor sonrisa.

—Quinn Fabray —esgrimió segundos antes de llegar frente a mí—. Cuánto tiempo, y tan hermosa como siempre.

Sonreí por puro compromiso, pero no porque me apeteciese

Sí, aquel chico era simpático, era agradable y muy guapo, pero no por ello me caía bien. No desde que un absurdo rumor acerca de un hecho bastante vergonzoso entre nosotros, se difundiera en la universidad cuando éramos compañeros. Y que él jamás negó solo para conseguir que su estatus fuese aún más superior. Ese fue el hecho por el que Finn lo odiaba, y yo prefería no volver a saber nada más de él.

—Hola Jay —supuse que mi sonrisa era lo bastante sarcástica como para que supiese que no era de mi agrado saludarlo.

—¿Qué haces por aquí? Pensé que te habías graduado.

—Solo he venido a ver a una amiga —dije un tanto distante.

—Mmm bien. ¿Qué tal estás? ¿Trabajas de periodista o sigues en tu mundo?

—Soy empresaria —respondí con algo de orgullo.

—Vaya, genial. Me alegro mucho, aunque hubiera preferido que fueses periodista. Quien sabe, a lo mejor te iba a tocar hacerme entrevistas. ¿Sabes que el año pasado estuve en la Superbowl?

—Sí, lo sé —sonreí con falsedad—. Es una lástima que os ganaran, para una vez que llegáis a la final…

Lo sé. Sabía que un comentario de ese tipo puede enfadar al más paciente, pero no tenía contemplaciones con aquel chico. No después de saber que era prepotente y engreído.

—Si, no estuvo nada bien, pero al menos he llegado hasta allí. ¿Y Finn? ¿A qué se dedica? ¿Sigues con él?

—Pues sí, Finn es asesor jurídico, y trabaja en una aseguradora —sonreí con orgullo.

—Vaya, veo que seguís siendo la pareja perfecta —espetó con media sonrisa vacilante—. Me alegro que seas tan feliz, y que os vaya tan bien. Eh, me vas a disculpar—alzó la mirada sobre mis hombros—. Tengo que ayudar a una cantante y darle algunos consejos antes de que suba al escenario. Seguimos hablando luego. ¿De acuerdo?

No le respondí. Me limité a mantener la sonrisa más falsa que había dibujado jamás en mi cara, y dejé que se marchase sin más. Solo miré hacia donde se dirigía porque aquella referencia a ayudar a una cantante, me resultó tan familiar que no pude evitarlo.

Y tan familiar era que ni siquiera me sorprendí cuando lo descubrí asaltar de lleno a Rachel, que permanecía con la guitara entre sus manos. La había detenido justo en la zona anexa al escenario, y aunque no podía distinguir con nitidez, supe que Rachel no se mostraba con la amabilidad que ella solía regalar. Algo le sucedía.

Por supuesto no tardé en acortar la distancia que me separaba de ellos, y sin pensarlo, interrumpí la conversación. O, mejor dicho, al acoso al que la tenía sometida Jason.

—Rachel…

Su cara me hizo ver que estaba en lo cierto. No era sorpresa por encontrarme allí, sino que mostraba un halo de terror que jamás había visto en ella. Ni siquiera el día de las serpientes en Camelback.

—Quinn. ¿Qué haces aquí?

—¿Os conocéis? —preguntó Jay un tanto confuso.

—He venido a verte —lo ignoré—. No pensarías que me iba a perder esto. ¿No? — dije tratando de sonar natural, pero lo cierto es que estaba nerviosa, e incomprensiblemente no era por ella, sino por la presencia de Jason. No quería verlo cerca de Rachel, y menos aun cuando parecía estar asustada.

—Vaya, pues que bien —balbuceó preocupada.

—¿Estás bien? —cuestioné acercándome.

—Está asustada —dijo Jason tratando de ser participe en la conversación, pero era absurdo, ni Rachel ni yo atendíamos a sus palabras.

—Quinn. ¿Puedo hablar contigo? —me miró aún con ese halo de terror reflejado en su cara.

—Claro. ¿Qué sucede? —me acerqué, pero aquel gesto no fue suficiente para Rachel, que, sin vacilar, me tomó de la mano y tiró de mí hasta trasladarme un lugar más alejado del bullicio de la gente, dejando a Jason completamente aturdido. Yo por supuesto me alegré, pero no lo demostré. En aquel instante estaba más preocupada por saber que le sucedía a Rachel que por fastidiar a aquel egocéntrico futbolista— ¿Qué sucede Rachel? —volví a preguntarle tras detenernos en la parte trasera de varios quioscos de bebidas que se distribuían alrededor de todo el escenario principal. Apenas había gente allí atrás, solo algunos trailers donde supuse guardaban los materiales todo el personal de sonido.

—No puedo cantar, no puedo subir ahí y si digo que no, me multarán por romper el contrato.

—¿Qué? ¿Por qué no puedes?

—No puedo. Mira cuanta gente hay. Debe haber dos mil personas.

—Pero eso está bien. ¿No? —pregunté confusa— Cuánta más gente, mejor para ti.

—¡No! —exclamó rápidamente—. Ni hablar Quinn, no puedo salir ahí, no estoy preparada para eso.

—Pero Rachel, tú venias a Phoenix para participar en esto. ¿Como que ahora dices que no puedes?

—He participado en fiestas universitarias, Quinn —volvió a hablar mientras seguía sujetando con fuerzas mi mano. Supuse que el ataque de pánico que parecía estar sufriendo no le permitía recordar que seguía aferrada a mí—. En Kansas, en Carolina del Norte, incluso en Indiana, pero no era como esto. Era algo más privado, más íntimo. No sé cómo explicarlo, yo estoy acostumbrada a cantar en bares o delante de 100 o 200 personas, pero no en un escenario como ese, y con, con tanta gente mirándome.

—Rachel, no tienes que preocuparte. Estoy segura de que lo vas a hacer genial. Eres muy buena.

—No puedo —me interrumpió casi con lágrimas en los ojos—. No puedo subir ahí, Quinn. Siento que me falta el aire y no voy a ser capaz, y si digo que no, me van a penalizar, y ya sabes que no puedo pagar mucho. Sabes, sabes que no me gusta pedirte nada, pero quizás tú por ser quién eres podrías echarme una mano.

—Rachel —me puse seria—. No voy a dejar que desaproveches la oportunidad de demostrar cuanto vales, así que no me pidas que te ayude a huir. Me defraudarías si lo hicieras.

—¿Pero no lo entiendes? —me gritó— ¡No puedo! ¡No soy cantante y pretenden que me suba en un escenario con músicos con los que no he ensayado, y que cante para dos mil personas! ¡Es una locura!

Tomé aire. Por un momento me enfadé, me molestó que se dirigiera a mí en aquel tono, pero entendí que los nervios estaban acusándola y que lo hacía por pura inercia.

—Una locura es recorrer el país con una maleta y una guitarra —dije con dulzura—, pero subir ahí y demostrar lo grande que eres, es una sensatez, Rachel. Jamás he conocido a alguien como tú. Has sido capaz de afrontar lo más duro que un ser humano puede llegar a padecer, ¿y te da miedo subirte ahí? No. Es imposible.

—Pues es posible —balbuceó—. No soy perfecta.

—Rachel —me tomé la libertad de sostener su rostro entre mis manos—, tienes una voz espectacular, estás preciosa y te aseguro que tú puedes con esto y con miles de personas más. Sube ahí y haz lo que sabes hacer, nada más. Te aseguro que será suficiente para conseguir que todos se enamoren de ti. Cuando acabe, guardarás esa experiencia y será otra de las miles de anécdotas de tu vida.

—¿Por qué estás tan segura?

—Porque me has demostrado que puedes lograr cualquier cosa

—Pero... ¿Y si algo va mal?

—Estaré aquí. Si algo va mal, hazme una señal y prometo utilizar todo el poder de mi padre para sacarte de aquí sin que nada te suceda. ¿De acuerdo?

—¿Lo prometes?

—Lo prometo —sonreí con tranquilidad. Qué diferente era poder sonreír de aquella forma a como lo había hecho minutos antes con Jason. Que bien se sentía al poder hacerlo con el corazón.

—No te vayas, necesito verte. ¿Ok? —me suplicó sin dejar de mirarme.

—Estaré junto al escenario. No pienso irme sin ti.

—¿Me vas a esperar hasta el final? —cuestionó volviendo a asustarse. La voz de alguien procedente del escenario, comenzaba a sonar tan fuerte que retumbó en nuestros oídos— Mierda es mi turno.

—Estaré esperándote. Luego tú y yo nos vamos a cenar. Ganaste la apuesta y no pienso dejar que te marches sin recibir tu premio.

Sonrió. Por fin lo hizo, y yo sentí que toda mi vida había merecido la pena solo por verla sonreír de aquella manera en una situación como aquella.

—No sé cómo te voy a pagar todo lo que haces por mí —dijo segundos antes de escuchar como pronunciaban su nombre desde el escenario.

—Dedícame esa canción —le dije obligándola a que se dirigiera hasta las escaleras que ascendían hacia el escenario.

—Para ti, mi ángel —susurró al tiempo que me regalaba un rápido beso en la mejilla y comenzaba su trayecto hasta el escenario.

Yo podría haberme quedado paralizada en aquel lugar de por vida, pero la incertidumbre y, sobre todo, la necesidad que sentía porque Rachel notase mi presencia, era superior a mi caos interno. Sin pensarlo seguí sus pasos para situarme justo en el costado derecho de aquel escenario, tratando de pasar desapercibida entre los técnicos y demás empleados que organizaban aquel festival.

Lo cierto era que a mí también me habría dado miedo, mucho de hecho. Enfrentarte a un público tan abundante no era un plato fácil de digerir, más aún si la obligaban a cantar junto a una banda de músicos que desconocía por completo. Pero yo no era Rachel. Nadie que tuviese miedo en esa situación podría parecerse a Rachel, la luchadora. Y tenía tanta confianza en ella, que no pensé jamás en que pudiera hacerlo mal.

No me equivoqué.

La oscuridad inundó el escenario y de pronto un par de focos se centraron en ella, dejándome ser testigo de lo que no había podido percibir cuando hablé con ella.

El pelo de la morena caía perfectamente peinado con un rebelde flequillo que casi cubría parte de sus ojos. Sus labios, de un rojo intenso hacían juego con el color de un ajustado vestido que marcaba a la perfección las curvas de su menudo cuerpo, demostrándome que aquella chica no solo vestía jeans desgastados y cortísimos shorts agujereados. Los zapatos, unos tacones altísimos y de color negro, le daban el toque personal junto a una cazadora de cuero del mismo color.

Sus manos comenzaron a moverse, y de sus dedos empezaron a salir los primeros acordes que yo ya sentía como míos. Estaba nerviosa, tanto que podía ver como sus labios temblaban, y no se atrevía a mirar al frente, pero su voz comenzó a sonar como siempre lo había hecho.

Heart beats fast

Colors and promises

How to be brave

How can I love when I'm afraid to fall

But watching you stand alone

All of my doubt, suddenly goes away somehow

One step closer

I have died everyday, waiting for you

Darling, don't be afraid, I have loved you for a thousand years

I'll love you for a thousand more

Quise morir. Aquella canción no solo sonaba angelical en la voz de Rachel, sino que además se le unió un chico que seguía el compás de la música con el piano, y otro más conseguía hacerle los coros a la perfección.

Supe que iba bien, supe que estaba bien y lo supe porque en mitad de aquella locura, Rachel me miró y vi como sus ojos brillaban llenos de agradecimiento.

Ingenua, pensé. Era yo la que tenía que agradecer poder presenciar aquello e ilusionarme con que aquellas palabras eran solo para mí.

Time stands still

Beauty in all she is

I will be brave

I will not let anything take away

What's standing in front of me

Every breath

Every hour has come to this

Yo no necesitaba más para saber que de alguna forma, quizás casi onírica o platónica, iba a amar a aquella chica por mil años, y no sentía remordimientos por ello. Era consciente de haber conocido al ser más especial que había en el mundo, o quizás solo en mi mundo. Y eso era suficiente para aceptar ese amor sin sentir que le estaba fallando a Finn. Él habría perdido la cabeza por alguien como ella. Todo el mundo podría perder la cabeza por Rachel Berry y yo no iba a ser menos. Y no, no dolía. No dolía saber que podía querer a alguien sin herir a quien ocupaba mi corazón.

No fue la única canción que cantó, luego de esa vinieron tres más, y con cada una de ellas, el aplauso desmesurado de todo el público. Digo desmesurado porque el estruendo incluso me obligó en alguna ocasión a taparme los oídos.

Lo había conseguido. Rachel bajó de aquel escenario con los ojos llenos de lágrimas, y con la velocidad de una imprevista carrera que la hizo descender los escalones de dos en dos, a pesar del peligro que aquello conllevaba por el calzado que utilizaba. Pero lo hacía por un único objetivo. Algo que a mí me fascinó y me llenó de orgullo. Rachel se abalanzó sobre mí, obligándome incluso a sujetarla entre mis brazos mientras se aferraba a mi cuello y me abrazaba con toda la intención y el agradecimiento que alguien como ella, podía demostrar.

—Rachel, Rachel —traté de calmarla.

—¡Lo hice lo hice Quinn! —exclamó pegada a mí— ¡Lo hice!

—Te lo dije te dije que lo harías y que ellos te amarían.

—Quinn —me miró con la sonrisa ocupando casi la totalidad de su rostro, y varias lágrimas cayendo por sus mejillas— Gracias. Gracias.

—Shh —volví a tranquilizarla tras recibir un nuevo y efusivo abrazo de su parte—. Ya está, lo has hecho y ha sido impresionante.

—Dios —susurró en mi oído—. No quiero soltarte nunca Quinn, eres —me miró—, eres lo mejor que me ha pasado. No habría sido capaz de sobrevivir a esta ciudad sin ti. ¿Lo entiendes? Eres, eres mi ángel guardián.

—Me alegro de serlo —dije obligándola a que destruyese el abrazo. Había olvidado que la cámara que había estado utilizando para capturar la actuación, aun colgaba de mi cuello y estaba casi incrustada en mi pecho, más la guitarra que, aunque colgaba ya en su espalda, también me perjudicaba—, y me siento orgullosa de ello. Pero ahora, por favor, me estoy haciendo daño con la cámara.

—Oh lo siento —se excusó—, no me había dado cuenta de la cámara y… ¿Qué haces con esa cámara? —me cuestionó recuperando su ingenuidad.

—No pensarías que iba a estar a aquí y no tener alguna foto tuya en el escenario, ¿No? — sonreí.

—Oh. ¿Sacaste alguna?

—Claro muchas —dije viendo como la normalidad se apoderaba de ella y volvía a ser la misma Rachel que había conocido.

—Quiero copias. Pero no que me las pases al móvil, quiero… Quiero copias en papel. Quiero tenerlas guardadas en papel. ¿Sería posible?

—Eh claro, pero tendríamos que sacarlas ahora. Mañana te vas. ¿No es cierto?

—Así es —me miró preocupada—. Salgo con Brittany a las 9.

—¿Con Brittany?

—Sí me, me ha pedido que le acompañe a Las Vegas, era algo que nos prometimos cuando nos conocimos y, bueno, ahora es el momento. Estamos cerca y…

—¿Volverás? —cuestioné rápidamente. Deseaba que su respuesta fuese un sí, aunque aquello trajese a mi vida más problemas.

—No —respondió acabando con mi ilusión—. Saldré desde Las Vegas hasta California. Seguiré mi camino.

—Oh, está bien —tragué saliva—. Pues si quieres las fotos deberíamos ir a algún lugar donde imprimirlas, y llevártelas ya.

—¿Ahora podríamos? ¿Conoces algún lugar donde hacerlo y así me las quedo?

—Eh claro, podríamos ir a casa, a mi casa, digo —balbuceé—. Puedo imprimirlas y después nos vamos a cenar. ¿Te parece bien?

—Perfecto —respondió emocionada—. Me parece perfecto.

—Ok, pues si no tienes nada más que hacer aquí, nos marchamos.

—No. Espérame unos minutos, tengo que pasar a recoger mi cheque —dijo orgullosa—. No me voy a ir de aquí sin recibir lo que me prometieron después de haber hecho lo que ellos querían.

—Ok. Pues ve, yo estaré esperándote en la salida. ¿De acuerdo? Hay algunos profesores que aún me recuerdan y no me apetece hablar con ellos —me excusé y sirvió.

Rachel se apartó de mí sin dejar de sonreír y caminó hasta uno de los edificios de la facultad, mientras yo abandonaba el campus dispuesta a regresar a mi coche. No sin antes volver a cruzarme con Jason y su soberbia mirada. Por suerte fui lo suficiente perspicaz como para no tener que volver a saludarle. Mi cámara reclamaba mayor atención por parte, y además me hizo sonreír.

Comprobar como todas aquellas fotografías de Rachel en el escenario había salido a la perfección, supuso un halo de tranquilidad e ilusión para mí. Eran casi 20 las imágenes que aparecían una tras otra en la pequeña pantalla de la cámara, y me entretuve en observarlas con detenimiento mientras la esperaba aparecer en el aparcamiento.

Había una que me fascinó. Rachel aparecía en mitad de aquel escenario con multitud de papelillos de colores volando alrededor de ella, y ese gesto de satisfacción tras haber logrado superar aquel temor.

Lo cierto es que me sorprendió, no solo el hecho de que hubiese sido capaz de acabar con lo que parecía una importante fobia. Fue más el conocer otra característica de aquella chica. El miedo a enfrentarse a tanta gente era algo que yo jamás habría imaginado que sufriese, y no pude evitar recordar el gesto descompuesto de su cara cuando cantó por primera vez en el bar, y mencionó el hecho de que había demasiada gente.

Lo superó, al igual que lo hizo aquel día. Rachel salió victoriosa de aquella experiencia. He de decir que también me sorprendió la rapidez con la que salió del campus, y ya caminaba hacia mí, con una enorme sonrisa. La que siempre yo había observado en su rostro.

—¿Todo solucionado? —pregunté antes de que llegara a mí.

—Sí, todo perfecto. ¿Nos marchamos?

—Vamos —la invité a que se subiese al coche. Le quité la capota para que pudiera disfrutarlo mejor. Sabía que le gustaba y no me equivoqué.

—Voy a echar de menos tu coche —dijo tras dejar la guitarra en la parte trasera y acomodarse en el asiento del copiloto.

—Si no te marchases podrías seguir utilizándolo —dije sin saber muy bien por qué. Quizás porque ya había dejado atrás la tensión que días atrás me llevaba hasta casi perder la cordura.

—Bueno, quizás algún día regresé —respondió con normalidad justo cuando yo ya emprendí el recorrido.

—Serás bienvenida —sonreí—. ¿Qué tal estos dos días?

—Eh, pues bien —miró al frente—. Un poco ocupada. Brittany se empeñó en que tenía que buscar ropa más elegante para ir a Las Vegas, dice que, con mi ropa diaria, no me iban a permitir entrar en los casinos —bromeó.

—Tiene razón. Y no sabía que te gustasen los casinos.

—No me gustan —respondió—, pero se lo prometí cuando nos conocimos en Nueva York y, bueno, ha llegado el momento de cumplir con ella.

—Me parece perfecto.

—¿Y tú que has hecho estos días? —me cuestionó.

—Trabajar, nada más —dije complaciente.

—¿Y hoy? ¿No has ido al bar?

—No, le dije a Santana que quería verte aquí, y tampoco es necesario que estemos los tres. Todo vuelve a ser como antes y apenas hay clientes.

—Vaya, lo siento de veras. No entiendo por qué os va mal ahí. El bar es encantador, y vosotras… Bueno, yo iría todos los días si viviese aquí.

—Gracias —dije con honestidad—, pero es algo que ya sabíamos que iba a suceder. Así que mejor no pensar en ello.

—Ya —balbuceó segundos antes de provocar un largo silencio. Lo cierto es que poco o nada teníamos que hablar. Suficiente cordura tuvimos tratando de evitar sacar algún tema de conversación que pudiese volver a llevarnos a mantener más conflictos entre nosotras.

—Oye. ¿Y de qué conocías a ese chico? Al futbolista —habló cuando el silencio ya se hacía insoportable.

—Fue compañero de clase en la facultad —dije desganada.

—¿Es periodista? —cuestionó confusa—. Me dijo que era jugador de los Cardinals.

—Sí lo es —sonreí—. Es un fanfarrón, pero en eso no miente.

—Mmm. Intuyo que no te cae muy bien. ¿Me equivoco?

—No, no te equivocas. Es alguien a quien prefiero tener lejos de mi vida. Cuanto más, mejor.

Noté como me miraba y trataba de descifrar mi respuesta, o más bien encontrarle un significado lógico. Supe cuando le devolví la mirada, que no sabía cómo preguntarme lo que ya rondaba por su mente.

—¿Un ex? —dijo con algo de temor.

—No. Ni hablar —respondí rápidamente.

—¿Entonces? ¿Es un mal chico? Me ha parecido muy simpático. y es está bastante bien físicamente. ¿Cuál es el problema?

—Su estupidez varonil —dije sin contemplaciones.

Volvía a interrogarme con la mirada, y aunque yo mantenía la vista fija en la carretera, no podía evitar sentir como me observaba y esperaba una respuesta más coherente. Tanto que se la di.

—La primera discusión importante que tuve con Finn, fue culpa suya.

—Vaya… —susurró.

—Éramos compañeros —me dispuse a contarle toda la historia. Quizás de ese modo, no habría más silencios tensos entre nosotras y el trayecto hasta mi casa sería más relajado—. Era un buen chico. De hecho, fuimos grandes amigos. Salíamos, hacíamos trabajos juntos y bueno, ya sabes… Lo que hacen los compañeros de clase —la miré para asegurarme que prestaba atención. Rachel no había apartado su mirada de mí ni un solo segundo desde que comencé a hablar—. Un día, alguien me gastó una broma— volví la mirada al frente—. Hicieron un montaje con una imagen mía recortaron mi cabeza y la colocaron en el cuerpo de una chica desnuda

—¡No! —exclamó sorprendida— ¿De veras?

—Sí, y lo peor es que ese montaje pasó de teléfono en teléfono por todo el campus. Era un horror.

—¿Y fue ese chico?

—No, al menos que yo sepa mi discusión con él vino precisamente porque me defendió frente a algunos alumnos.

—¿Entonces? No lo entiendo.

—Me defendió de una forma un tanto extraña —la miré de soslayo—. Básicamente, dijo que esa imagen era un montaje porque él podría reconocer perfectamente mi cuerpo desnudo.

Guardé silencio a la espera de su reacción, pero Rachel parecía sumergida en su continuo debate de no saber cómo preguntar sin molestarme.

—Era mentira—dije rompiendo sus dudas—. Jason jamás me ha visto desnuda.

—Así que fue peor el remedio que la enfermedad. ¿No es cierto?

—Bueno, digamos que yo casi que no quise prestarle atención. Lo malo fue que por aquel entonces, yo ya estaba con Finn, y fue a pedirle explicaciones. Quería, quería que reconociera ante él que se había inventado esa farsa de haberme visto desnuda, y todo lo que ello conlleva, ya sabes son chicos.

—Ya, estaba dejando entrever que había estado contigo de una forma más íntima, ¿No?

—Así es. Sin embargo, Jason nunca negó que fuese mentira.

—¿De veras? ¿Le dijo a Finn que era verdad?

—No, no le dijo que fuese verdad, pero tampoco lo negó. Solo dijo que prefería no meterse en más líos y…Bueno, imagínate como reaccionó Finn. Si no llega a ser por mí, estoy segura de que le habría roto esa bonita nariz que tiene.

—Vaya, eso es ser desleal espero que Finn no le creyese.

—Ese fue el inicio de todos mis problemas con él —dije sin pensar—. Jason y su estúpida boca. Desde entonces Finn no volvió a ser el mismo —tragué saliva—. Confiaba en mí, pero a la vez se sentía vulnerable y buscaba cualquier excusa para tratar de averiguar si era o no cierto.

—¿Es por eso por lo que discutisteis?

—No, la discusión final fuel el culmen de muchas otras —respondí con rapidez. Sabía que no había hablado de aquello con nadie, que a nadie le importaba lo que había sucedido entre Finn y yo, pero en aquel instante, Rachel se estaba convirtiendo en mi mejor consejera, o quizás solo necesitaba desahogarme de alguna forma—. Se volvió un tanto celoso. Todo lo que yo hacía o decía, pensaba que era con segundas intenciones, y bueno, cuando Santana y yo decidimos que íbamos a abrir el bar, fue lo peor. Pensaba que lo hacía para conocer a más chicos —la miré—, y no es cierto, Rachel. Yo me lancé con Santana por ella. Era su sueño, y yo no quería trabajar de periodista. Solo quería ser autosuficiente, trabajar y empezar a ganarme la vida de forma honesta, sin tener que depender de mis padres

—Te entiendo.

—Finn no lo hizo. Eran continuas discusiones hasta que un día cometió el mayor error que podía cometer conmigo —tragué saliva—. Me engañó. Tuvo un desliz con una chica en una discoteca, y yo creí que todo había acabado entre nosotros. Pero no fue así, él estaba arrepentido, tanto que me lo confesó la misma noche que sucedió, y soy consciente de que lo hizo estando ebrio, aunque eso no es excusa.

—Pues no, no lo es.

—Lo cierto, lo cierto es que, desde aquel día, yo dejé de ser la misma. Al igual que él cambió. Todo era desconfianza, reproches y malestar —guardé silencio tras recordar los miles de peleas que había tenido con Finn, y todo lo que me dolía. Ni siquiera me percaté del hecho de que ya habíamos llegado a la puerta de mi apartamento. Simplemente detuve el coche en uno de los aparcamientos, y me quedé inmóvil en el interior. Rachel hizo lo mismo a mi lado—. Yo le quería, y le quiero, pero no podía soportarlo más. Necesitaba que me demostrara que volvía a ser el mismo y dejaba a un lado todos esos celos estúpidos, y de pronto, después de aguantar casi dos años así, con él arrepentido y tratando de demostrarme que sí había cambiado, vertió la culpa de todos nuestros problemas sobre Santana. La culpó de todo, decía que era una mala influencia para mí y que, bueno, mejor no recordarlo. Me hace mal saber que dijo eso de ella.

—Vaya, lo siento mucho Quinn. Siento que hayas tenido que pasar por todo eso. No, no tenía ni idea de que Finn fuese así. Pensaba que era un buen chico.

—Y lo es —sentencié—. Es cariñoso, es dulce y es honesto, pero ese cúmulo de situaciones le superó. Por eso decidí romper y alejarme un tiempo. Yo necesitaba que se diera cuenta de que todo podía acabar para siempre, y que era mejor darnos un tiempo antes de que eso sucediera.

—¿Y él estuvo de acuerdo?

—Al principio no —la miré—, pero ahora parece que ya entendió todo. Se da cuenta que puedo hacer mi vida, que no necesito nada de él, bueno quizás eso suene duro. Si es cierto que le necesito, pero no estoy dispuesta a aceptarlo de esa forma si quiere volver conmigo. Tendrá que ser él mismo y olvidarse de todo lo que nos pasó.

—¿Y crees que lo hará?

—Ya lo ha hecho —respondí con la misma certeza que mostré en las anteriores respuestas—. Ya está siendo como era. Ya acepta lo que hago y cómo lo hago. Solo trata de aconsejarme si ve que ando perdida, y sé que se ha disculpado con Santana. Le ha pedido que no me dijese nada, y eso denota que está arrepentido. Además, lleva un par de semanas en las que habla con Brody acerca del bar, en como intentar solucionar y relanzarlo de alguna manera para que podamos seguir con él. Aunque él no sabe que yo lo sé.

—Eso es una buena noticia —susurró—. Me alegro mucho Quinn, espero que todo se solucione lo antes posible.

—Yo también lo deseo —busqué su complicidad, y me encontré con una sincera sonrisa que me contagió—. ¿Subimos?

—Vamos allá —espetó divertida, acabando de golpe con la amarga sensación que sentíamos tras el relato de mi historia con Finn. Supuse que para ella tampoco debió ser agradable escucharlo, al fin y al cabo, me había confesado que sentía algo por mí, aunque no fuese más que mera atracción. Así que, tras aquello, ambas abandonamos el coche y nos dirigimos hasta mi apartamento.

Estaba solo. Santana llevaría una media hora en el bar con Sam, por lo que tenía la casa a mi disposición para imprimir aquellas fotografías sin las impertinencias de mi amiga.

—Pasa —la invité a que se adentrara tras abrir la puerta. Rachel portaba la guitarra, por supuesto había optado por sacarla del coche y llevarla consigo como siempre hacía. Nunca la dejaba a solas, a menos por causa de fuerza mayor.

—Hey, es muy bonito —musitó lanzando una primera mirada al salón.

—¿Bonito? —bromeé— Rachel, no mientas. No va contigo.

—Hey, no miento —me miró—. Es bonito, acogedor.

—¿Lo dices de verdad? —cuestioné tras dejar las llaves en su lugar y caminar hacia la cocina.

—Claro, no me gusta mentir —respondió sin moverse del lugar.

—Asómate a la ventana —le indiqué—, verás que vistas más impresionantes.

Me hizo caso, y supuse que no acertó a entender mi sarcasmo a tenor por la rapidez con la que dejó la guitarra sobre el sofá, y buscó la mejor posición para asomarse por la ventana que quedaba encima del mismo.

—¿Un callejón sin salida?

Sonreí tras descubrir como la confusión se apoderaba de ella.

—¿Has visto? —bromeé— Vivo en un apartamento bonito y con unas vistas espectaculares.

Esta vez sí pudo percibir mi ironía, y me lanzó una desafiante mirada que me hizo sonreír aún más—. ¿Quieres una cerveza?

—Mmm, claro —aceptó volviendo a ocupar su lugar en mitad del salón—. ¿Sabes? Creo que Phoenix me está mal acostumbrando a la cerveza.

—No te preocupes, es buena para el corazón

—¡Wow! —me interrumpió con un pequeño susto—. Hay un gato entrando por la ventana

—Es Brownie —respondí tras comprobar como la gata hacía acto de presencia en el apartamento—. Es la gata de Santana, tranquila suele ser cariñosa y respetuosa con las visitas —me acerqué para entregarle la botella de cerveza—, menos conmigo. A mí me odia.

—¿Por qué? —cuestionó acercándose al animal—. Es muy bonita ¡Hola Brownie!, te pareces a tu dueña. Tienes los mismos ojos.

—Hey, que sea cariñosa y respetuosa no significa que lo vaya a ser contigo nada más conocerte —le advertí—. Ten cuidado. ¿Ok? Da zarpazos.

—Tranquila —sonrió—, tampoco voy a acercarme demasiado. Tengo alergia a los gatitos.

—¿Sí? —me preocupé—. Pues tranquila, que ahora mismo lo encierro en la habitación de San y…

—No, no déjala. Mientras no me acerque no hay peligro. Además, lo máximo que puede sucederme es que no pueda dejar de estornudar.

—¿Solo eso?

—Solo eso.

—Ok, de todas formas, vamos a mi habitación, allí tengo el ordenador y la impresora.

—Perfecto —susurró, sin embargo, no supe si lo dijo en tono de aceptación, o era un lamento. Preferí no pensarlo demasiado. Recogí la cámara que había dejado sobre la mesa del salón, e invité a Rachel a que me siguiera hasta mi habitación.

—Qué bonita —espetó de nuevo mostrando una leve sonrisa.

—Rachel, solo es una habitación. No es necesario que digas eso cada vez que veas una estancia nueva.

—No, pero si me gusta —se adentró con paso vacilante—. Me gusta esa estantería y ese escritorio, y esas imágenes de… Mmm, bueno no sé muy bien quienes son.

—Son mi familia —expliqué tras ver como se detenía frente a un enorme cuadro con decenas de fotografías—. Mis amigos, gente que ha pasado por mi vida.

—¿Es tu madre? —me preguntó señalando a una de ellas.

—Así es.

—Es guapísima. Ahora entiendo por qué tú y Brody sois así. vuestros padres son perfectos.

—Eh bueno, mejor no hablemos de mi madre —balbuceé tomando asiento en mi escritorio, dispuesta a llevar a cabo la impresión de las fotografías.

—Oye, y hablando de fotos… ¿No está el montaje ese del que me has hablado? —bromeó lanzándome una divertida mirada.

—No juegues conmigo —respondí amenazante, pero era una amenaza sin valor alguno y Rachel se percató del tono.

—¿Y qué se ve desde aquí? — se acercó a la ventana que lindaba con el cabecero de mi cama—. Ah, claro el callejón.

Sonreí al ver de nuevo la desilusión que mostraba tras comprobar como las vistas desde las ventanas eran tan deprimentes, que ni siquiera su entusiasmo conseguía sacar algo bueno de aquello. O quizás sí.

—¿Tenéis escalera de incendios?

—Eh sí, pero solo se accede a ella desde la habitación de Santana.

—Siempre me gustaron, no sé por qué.

—Bueno, la verdad es que es divertido. Muchas veces me siento ahí de noche, cuando no puedo dormir. La verdad es que es bastante inspirador, a pesar de las vistas.

—¿Tocas la guitarra?

—¿Yo? No, ojalá, pero no. ¿Por qué?

—Porque por un instante te he imaginado ahí sentada, tocando la guitarra y cantando Moon River, como Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes.

—¿Qué? ¿Yo como Audrey?

—No, como ella no. Mucho mejor —añadió y yo me sentí completamente halagada —¿Por qué te resulta inspirador sentarte ahí? —me preguntó abandonando la ventana.

—Bueno, a veces una necesita inspiración. ¿No? Da igual para lo que sea, y ese callejón oscuro, es ideal para escuchar tu mente. Lo cierto es que ya me he acostumbrado —sonreí.

—Mmm. Me gusta, la próxima vez que me hospede en algún hostal, pediré una habitación con escalera de incendios —sonrió divertida.

—Me parece perfecto. ¿Has elegido ya restaurante?

—Pues no —respondió mientras observaba mis postales, las que había ido colocando en la parte trasera de la puerta de entrada—. ¿Son tuyas?

—Sí, pero no creas que he estado en todos esos lugares. La mayoría son recuerdos de algunos amigos que viajaron —respondí—. Deberías elegir restaurante tú ganaste.

—Me gustaría viajar fuera del país —susurró—. Y no. No puedo elegir restaurante porque no conozco los restaurantes de esta ciudad —me miró—. Así que tienes que sorprenderme.

—Mira en la estantería —dije sin perder la sonrisa—. Hay una guía de restaurantes. Cógela y busca el que más te llamé la atención.

Aceptó mi petición a la primera y me sorprendió. Rachel se acercó con sigilo hacia la estantería que ocupaba la pared más alejada de la puerta mientras yo comenzaba a trasladar las imágenes al ordenador para su posterior impresión.

—No hay guías aquí —espetó tras varios segundos de observación.

—Sí —dije sin mirar—, justo en el estante de arriba, a lado de la torre Eiffel.

—Mmm aquí solo está el señor Paulo Coelho, Charles Dickens…

—¿Seguro? —alcé la mirada para comprobarlo.

—Sí, no hay ninguna guía de restaurantes, así que tendrás que elegir tú —volvió a mirarme.

—No. Tiene que estar —dije levantándome para comprobarlo, pero Rachel tenía razón y allí no estaba el libro que buscaba —. Seguro que lo tiene Santana en su habitación espérame aquí, ahora vuelvo.

—Quinn —me detuvo antes de salir de la habitación—. No es necesario, bastará cualquier restaurante. Incluso una hamburguesería vale.

—Ni hablar —la miré—. Hoy tú y yo vamos a cenar en condiciones —le guiñé el ojo—, así que espérame aquí, que ahora vuelvo.

O no.

Me descompuse al intentar girar el pomo de la puerta y descubrir, comprobar y recordar que no giraba, que estaba roto, que se había cerrado y no fui consciente de que no se podía abrir desde dentro.

Lamenté mi falta de atención y, sobre todo, maldije al estúpido dueño del apartamento y el conflicto que mantenía con Santana para que ver quien debía arreglar aquella puerta. Mi puerta.

—Mierda.

—¿Qué sucede Quinn? —se interesó Rachel. Yo no pude más que tomar aire y volver a intentar abrir la puerta.

Nada. No servía de nada, más que para ponerme más nerviosa y recordarme aun arrastraba un vestigio de claustrofobia desde mi más tierna infancia.

—¿Quinn? —volvió a preguntar y yo dejé escapar todo el aire de mis pulmones, para poder responderle — ¿Qué sucede?

—Estamos encerradas…