Beautiful Stranger. Madonna.
Capítulo 20
Perdidas.
—¿Estás de broma?
Sí, podría estarlo o, mejor dicho, podría fingir que todo era una estratagema para que aquella situación se diese entre nosotras. Pero no lo era. Ni yo, muy a mi pesar, quería que lo fuese.
La puerta estaba cerrada a cal y canto. El pomo no giraba, y por muchos golpes que le diese no se iba a abrir a menos que la tirase abajo. Pero ni Rachel ni yo teníamos fuerza para ello.
—Quinn. ¿De verdad no se puede abrir? —Rachel volvía a insistir y yo empecé a perder la paciencia.
Puede resultar extraño que me encontrase en una situación de extrema ansiedad por quedarme encerrada con ella, en mi propia habitación. Probablemente estaba cumpliendo el sueño de muchísimas personas. Quedarte encerrada en una habitación con la persona que te gusta, y que para colmo te corresponde. A menos que sufrieses de claustrofobia. Y justamente ese era mi caso. Bueno, quizás no era tanto como eso, al menos nadie me había diagnosticado esa enfermedad. Pero permanecer en un sitio encerrada me ponía histérica, daba igual si era grande o pequeño, si había ventanas o no. Si era extraño o en mi propia casa. Daba igual. Era el simple hecho de saber que la puerta por donde debía salir, estaba cerrada lo que me provocaba ese estado de nerviosismo y ansiedad. Y creo que Rachel empezó a ser consciente de ello.
—¿No lo ves? —respondí molesta—. Está cerrada, está rota y no abre a menos que alguien lo haga desde afuera.
—Hey, relájate Quinn —se acercó preocupada.
—No me puedo relajar. Estamos encerradas y… ¡dios!
—¿Qué?
—¿Dime que tienes tu teléfono aquí? —cuestioné tras recordar que mi bolso se había quedado fuera.
—Eh sí —se apresuró en responder tras buscarlo en el interior de su bolsillo trasero—has tenido suerte de que lo estuviera utilizando.
—Dame —dije quitándoselo rápidamente. No me importó resultar un tanto pertinente y mal educada, pero necesitaba llamar a Santana para que acudiese a sacarnos de allí lo antes posible. Aunque no era algo que fuese a ser sencillo de llevar a cabo. Después de varios intentos, mi amiga aceptó la llamada, y el barullo que se oía a través del auricular del teléfono, me dejaba entrever que no iba a ser fácil sacarla del bar.
Por primera vez, y probablemente con el destino jactándose de mí, riéndose a más no poder de mi suerte, el bar estaba repleto de clientes que hacían imposible la salida de Santana. Ni de Sam.
—¿Todo bien? —Rachel volvía a hablarme, esta vez con la dulzura ocupando cada palabra. Probablemente, tratando de evitar que mis palabras volvieran a sonar como lo hicieron.
—No, nada está bien —respondí entregándole el teléfono—. Santana no puede salir del bar. Sam ha reunido a un grupo de chicos para ver un partido de fútbol, o que se yo… Y está repleto de gente.
—Eso es una buena noticia, Quinn.
—No lo es —respondí tras un nuevo intento por abrir la puerta—, seguimos encerradas. ¿Recuerdas?
—Tranquilízate, supongo que cuando acabe el partido, podrá venir. ¿No? —dijo deshaciéndose de la chaqueta.
—Más le vale que venga.
—Quinn relájate, no pasa nada. Tampoco estamos encerradas en un zulo. Al menos tenemos una ventana, sillas, cama y cerveza —trató de bromear, pero mi estado no me permitía aceptar ninguna broma—. Me recuerdas a la Quinn de la gasolinera.
—Rachel —me giré hacia ella—. No estoy de humor. ¿Ok? No me gusta quedarme encerrada, da igual que sea mi propia habitación o un centro comercial. ¿Entiendes?
—Ok, pero si ya has escuchado que Santana vendrá cuando pueda, pues no tienes que preocuparte
La ignoré por unos minutos en los que me mantuve frente a la puerta tratando de encontrar alguna solución a aquel problema, mientras Rachel me observaba sentada en el quicio de la ventana. Yo no podía verla, básicamente porque me negaba a cruzar la mirada con ella, sabiendo que iba a recibir algo de burla por su parte, y evitando que mi mal humor acabase por lanzarle algún tipo de insulto del que pudiera arrepentirme. Pero si podía notar su presencia observándome con curiosidad. Lo admito, estaba segura de que creía que me había vuelto loca.
—Menos mal que no te sucedió lo mismo que a mí en Tallahassee. ¿Sabes dónde está? Está en Florida. Me invitaron a pasar el día en un parque acuático y me quedé encerrada en una cabina —comenzó a relatar, pero yo apenas le prestaba atención—. Era una especie de teleférico que te llevaba hasta lo alto de una atracción para poder lanzarte por sus toboganes, y se quedó bloqueada justo encima de una de las piscinas más profundas. Me quería morir, pero no por la claustrofobia, sino porque los chicos de mantenimiento me pedían que me lanzase a la piscina, y yo por supuesto me negaba. ¿Cómo me iba a lanzar si no sé nadar? Estaba segura de que iba a morir ahogada y nadie me…
—Dame tu teléfono —la interrumpí molesta—. Llamaré a los bomberos.
—¿Qué? —espetó rápidamente— No vas a llamar a los bomberos para eso, Quinn.
—¿Por qué no? — la miré con decisión—. Están para eso. Por eso pagamos los impuestos, para que nos ayuden.
—Por amor de Dios, Quinn —se bajó de la ventana—. Estás perdiendo la cabeza y solo llevamos aquí cinco minutos. ¿Quieres calmarte?
—¡Rachel! No me digas lo que tengo que hacer. ¿Ok? — solté y su gesto sorprendido me recordó que realmente se me estaba yendo la cabeza— No tienes ni idea de lo que se siente cuando tienes claustrofobia.
—Más o menos igual que lo que yo siento cuando veo una serpiente —respondió dejándome callada. Pero no fueron sus palabras lo que lograron aquel hecho, sino su templanza, la serenidad reflejada en su rostro después de mi estúpido arrebato.
Tuve que calmarme. Lo tuve que hacer por mí, y por ella.
—Lo siento —balbuceé sintiéndome culpable por mi trato—, no tienes la culpa de nada. La culpa es del imbécil del dueño de la casa, que no quiere arreglarnos la puerta.
—Ok. Pues la culpa es de él —me dijo acercándose a mi—. Ahora cálmate, Santana estará aquí en un rato. Solo, solo tenemos que buscar algo para entretenernos, para distraer la mente y no pensar en que estamos encerradas. Apuesto a que aquí tienes un montón de cosas con las que podemos distraernos —dijo mirando a nuestro alrededor.
—Las fotos —susurré—. Ok, voy a imprimir las fotos.
—¿Ves? Si tienes la mente distraída te aseguro que no vas a recordar que estás encerrada con una desconocida en tu habitación.
La miré tratando de fulminarla con la mirada, pero su divertida sonrisa contrarrestó mi amenaza y desistí en mi intento por hacerla sentir mal.
Era imposible. Rachel era imposible para enfadarte. Todo lo que hacía o decía tenía algo de cordura y sus sonrisas acababan con el más mínimo vestigio de malestar.
—Bien. Tú vas a imprimir eso, pero ¿Yo que hago? —cuestionó volviendo a lanzar una mirada a su alrededor.
—Podrías explicarme que significa BS —dije recuperando la compostura. Mi estado de ansiedad no había sido suficiente para saltarme aquel detalle que vi reflejado en la agenda de su teléfono cuando me dispuse a buscar el de Santana, el cual yo ya sabía que tenía sin duda.
Allí, bajo el número de mi amiga, aparecía el mío con la nomenclatura BS.
—¿Lo has mirado? —preguntó fingiendo una falsa ofensa por tal hecho.
—No te hagas la sorprendida —dije sin apartar la mirada de la pantalla del ordenador. Tenía claro que, si lo hacía, no iba a poder contener la risa — Solo tienes tres números de teléfono, a pesar de que me dijiste que solo ibas a tener el mío. Y a tanto a Brittany como a Santana, las tienes agendadas con sus nombres. No he visto ninguna Quinn Fabray ahí, así que supongo que ese BS soy yo.
—¿Y todo eso lo has deducido mientras combatías un ataque de ansiedad?
—No sabes la de cosas que puedo hacer a la vez.
—Ok. Lo tendré en cuenta. ¿Puedo leer algún libro? —dijo y supe que pretendía cambiar de conversación. Pero yo no se lo permití.
—Podrás leer algún libro cuando me digas que significa BS.
—Quinn, es una tontería, no tiene sentido que…
—Rachel —la interrumpí buscándola con la mirada.
—Ok. ¿Te han dicho alguna vez que eres una testaruda?
—Lo soy y lo sé, no es necesario que nadie me lo diga —la repliqué—, pero tú aún no me has visto siendo realmente cabezota.
—Es por una canción…—musitó dándose por vencida, mientras se acercaba a mi pequeña librería.
—¿Una canción? —volví a insistir—¿Qué canción?
—Una de Madonna. ¿Te gusta Madonna?
—¿Qué? —la miré confundida— ¿Me has puesto ese nombre por una canción de Madonna?
—Ajam…
—¿Y por qué? ¿Qué canción es?
—Una canción que me recuerda a ti.
—¿No me vas a decir cuál es?
—No debería.
—¿Por qué?
—Porque si te lo digo, te vas a dedicar a buscar su letra, y empezaras a pensar cosas extrañas, y a volverte loca con esa cabecita que tienes.
—Ok. Vamos, Rachel… Dime que canción es. O te juro que me voy a dedicar a revisar todas y cada una de las canciones de Madonna hasta dar con ella.
—Es un buen plan para distraerte cuando te vuelvas a quedar encerrada aquí— susurró desviando la mirada hacia mis libros.
—¿De verdad no me lo vas a decir?
Haven't we met?
Some kind of beautiful stranger
You could be good for me
I've had the taste for danger
Ni guitarra, ni escenario, ni micrófono, ni nada. Rachel no necesitó nada más que su voz para lograr dejarme completamente paralizada frente a mi ordenador. Y lo hizo cantando, o, mejor dicho, susurrando las letras de aquella canción que tardé en descubrir. Y cuando lo hice, sentí que mi corazón se detenía.
Cuando la miré, ni siquiera me estaba mirando. Me daba la espalda mientras buscaba entre mis libros, y agradecí que lo hiciera. De esa forma evité que pudiese ser testigo del rubor que se apoderaba de mi rostro en aquel instante.
I looked into your eyes
And my world came tumbling down
You're the devil in disguise
That's why I'm singing this song
—Beautiful Stranger— solté tras reconocer al fin la canción.
—Luego no me culpes de indirectas —dijo ella sin siquiera mirarme—. Eres tú quien me ha obligado.
—Ok —balbuceé volviendo a centrarme en la pantalla del ordenador. No tenía nada que mirar. Las fotografías ya estaban enviándose a la impresora y prefería no verlas con detenimiento, pero las palabras que con tanta sutileza había entonado Rachel, seguían merodeando por mi mente. Y evidentemente, traté de recordar la canción entera.
No debí hacerlo. Si ya estaba obsesionada con creer que todas y cada una de las canciones que Rachel había cantado, contaban mi historia. Saber que aquella realmente le recordaba a mí, me hizo estremecer.
No podía recordarla literalmente, pero sabia me sabía perfectamente el estribillo, y muchas frases que, en ese instante, me estaban dejando sin respiración. Frases como; "conocerte es amarte. Si fuera inteligente, saldría corriendo, pero no lo soy. Así que supongo que me quedo. Amarte es ser parte de ti. ¿No lo has oído? Me enamoré de una hermosa desconocida"
Y me maldije. A pesar de sentir que todo mi cuerpo tembló, me maldije. Porque lo estaba haciendo bien, porque había avanzado lo suficiente para realmente, querer tenerla como amiga, y no quería fastidiarlo por una simple canción.
—¿Me recomiendas alguno? — fue ella, como siempre, quien rompió el breve silencio. Quizás siendo consciente de que mi mente volvía a batirse en duelo por culpa de aquella canción— Tienes muchos libros aquí.
—Pues no sé. ¿De verdad quieres leer?
—Sí, prefiero mantenerme entretenida con algo que consiga sacarme de aquí de alguna manera. Y esas postales que tienes en la puerta no son suficiente. ¿Has ido a todos esos lugares?
—No. Son regalos de amigos nada más. Yo solo he estado en Europa.
—Vaya debe ser genial, me encantaría poder viajar por todo el mundo ojalá pueda hacerlo algún día.
—Después del viaje que estás haciendo, no creo que haya nada que se te resista —le dije tratando de recuperar la normalidad—. ¿De verdad vas a leer? —volví a preguntar tras observar cómo seguía buscando por los estantes de la biblioteca.
—Sí, yo también necesito mantener la mente distraída.
—¿Tú también tienes algo de claustrofobia? ¿O es que te desagrada mi compañía? —solté siendo una completa estúpida. Lo cierto es que llegué a creer que mi propio cerebro me estaba saboteando. Lanzar una pregunta como aquella, solo tenía un sentido.
—No precisamente —me dijo mirándome—. De hecho, si quiero entretenerme es para… Bah, nada —volvió a mirar la estantería.
Un poco idiota por mi parte hacer aquella pregunta. A Rachel se le veían los pensamientos revoloteando fuera de su cabecita, al igual que a mí. Ella también luchaba por cumplir su promesa de no provocar una situación comprometida, sobre todo, después de otorgarme a mí la decisión final de dar el paso.
—¿Qué es esto? —volvió a hablar llamando mi atención. No supe responder con rapidez, porque no descubrí lo que ya portaba entre sus manos mientras se acercaba a la cama, donde tomó asiento —¿Quinn Fabray? Rachel…
—¡Deja eso! —Grité, y lo hice tan fuerte que se asustó. Incluso yo me asusté—¡Suelta eso!
—¿Qué? —me miró sorprendida —¿Por qué está mi nombre aquí?
—Rachel, —me levanté rápidamente para quitarle yo misma el libro de entre sus manos—. Deja eso no puedes
—Hey... — esgrimió evitando que se lo arrebatara— Aquí pone mi nombre y si pone mi nombre tengo derecho a saber que es.
—Rachel, dame eso ahora mismo— le ordené cuando gateando por la cama hasta ella, pero la morena decidió esconderlo tras su espalda— Rachel, dámelo.
—¿Qué es? —me cuestionó sin permitirle que pudiera quitárselo.
—Nada. Solo, solo son idioteces mías. Por favor, Devuélvemelo.
—Quinn, en ese cuaderno pone mi nombre, así que quiero que me digas la verdad. ¿Qué es? ¿Un diario?
—No, nada que ver —repliqué en un nuevo intento por quitárselo —, Vamos, Rachel. No hagas que me enfade.
—Dime que es.
—Un libro. Bueno no es un libro, solo es un relato. ¿Ok? Dámelo —ordené de nuevo.
—¿Un relato? ¿Con mi nombre?
—¡Dámelo de una vez! —volví a recriminarle, y esa vez surtió efecto. Rachel me entregó el libro con una mueca de disgusto grabada en su rostro, y sin volver a hablarme se apartó de mí abandonando la cama, tomando de nuevo asiento en el quicio de la ventana para terminar desviando la mirada hacia el exterior—. Es privado, ¿Ok? —le dije tratando de excusarme—. Respeta mis cosas.
No sirvió de mucho. Rachel ni siquiera me miró. Se mantuvo ausente tras mi respuesta, y decidió hacerlo también durante algunos minutos después, en los que yo ya había recuperado mi asiento frente al ordenador.
—¿Quieres ver las fotos que te hice en el campus? —cuestioné acercándome con las impresiones de las mismas en mis manos, en un vago intento por calmar la situación con nuestro típico juego de cambiar la conversación cuando algo no nos interesaba. Pero Rachel seguía ignorándome. Ni siquiera me miró cuando me puse frente a ella— ¿De verdad te vas a enfadar por eso?
Silencio por su parte e impaciencia por la mía. 15 minutos esperando una respuesta era demasiado tiempo para mí. Ya no había nada allí dentro que consiguiera entretenerme lo suficiente como para no pensar en la rabieta de Rachel, y su capacidad para ignorarme. Incluso más que mi necesidad por salir de la habitación.
Hasta eso lograba en mí, la idiota Rachel Berry de Ohio. Olvidarme de mi claustrofobia.
—Oh dios. ¿Acaso no entiendes lo que es privado y lo que no? Yo no rebusco entre tus cosas— solté completamente desesperada por recibir alguna respuesta, y al fin lo conseguí. Rachel me miró por primera vez en ese tiempo, y yo aguardé como una completa campeona aquel primer asalto.
—Acabas de preguntarme que significaba BS y te lo he dicho, aun sin tener motivo —me replicó sin mirarme.
—Esas siglas me hacían referencia, tengo derecho a saberlo.
—Ya, y en ese libro está mi nombre —me miró con seriedad—. Creo que merezco saber para qué lo utilizas. ¿No crees?
Tragué saliva. No estaba preparada para aguantar la mirada de Rachel en aquel instante. Tantas sonrisas y complicidad me habían vuelto vulnerable, y observar cómo sus ojos denotaban desilusión, me afectaba.
Lo cierto es que no estaba siendo cabezota. En cualquier otra situación, con cualquier otro libro, yo habría cedido y permitido que leyese lo que quisiera. Pero aquella libreta de hojas de pergamino y algunas fotos adheridas a ellas, era mi relato, mi diario de fantasía que escribí, y seguía escribiendo sobre nuestro encuentro. Y aunque en los primeros 19 capítulos no había más que hechos reales que ambas conocíamos, el último capítulo escrito por mí correspondía a nuestro beso de despedida, y el pequeño lujo que me regalé al añadir una parte ficticia de algo que no había sucedido entre nosotras. Pero que yo deseé que sucediese.
Era ese el motivo por el que me negaba a que lo leyese.
—Rachel, solo es un pequeño diario. He escrito nuestros encuentros, como te conocí, cuando nos vimos en el Ladies, como llegaste al bar… No sé, me gusta escribir, y me apetecía tenerlo en relatos. Nada más —me excusé tratando de sonar convincente.
—¿Y qué tiene eso de malo como para que no quieras que lo lea? ¿Crees que soy imbécil?
—¿Qué? ¿Por qué dices eso?
—Si no me dejas que lo lea y te pones así, es porque hay algo más, y seguro que nada bueno —volvió a desviar la mirada hacia el exterior—. Imagino que te habrás reído de mí durante todo este tiempo o algo parecido.
—¿Qué dices? —le increpé— No sigas por ahí, yo no me he reído de nadie. Esto es todo real. No, no tienes derecho a dudar de mí.
—Sí, sí que lo tengo. Ver tu reacción hace que piense lo peor —volvió a sonar triste—. ¿Sabes qué? Igual es una buena idea que llames a los bomberos, así nos sacaran antes de aquí no. No me apetece seguir sintiéndome así.
—Rachel, no digas idioteces. ¿Ok? Aquí no hay nada malo sobre ti, y me ofendes si así lo piensas.
—Ok. Lo que tú digas —balbuceó tratando de zanjar el asunto. Y yo también lo hice, me aparté de ella regresando hacia el escritorio, pero la culpa, una extraña sensación de malestar me invadía, y no podía dejar de mirarla. Creer que por su cabeza volaba la idea de que mis sentimientos habían sido todo un juego, me hacía daño. Incluso más que si me ignoraba.
Tras varios minutos batiéndome en duelo conmigo misma, hice de tripas corazón y tomando la libreta, regresé hasta ella y la dejé justo encima de la mesilla de noche que acompañaba mi cama y que permanecía a escasos centímetros de la ventana, donde seguía sentada.
—Ahí tienes, haz lo que quieras. Lee lo que quieras —repliqué desganada—, pero ni se te ocurra cuestionarme por nada
—Tranquila. No pienso leerlo.
—¿Ahora no quieres? —me revolví hacia ella— ¿Qué diablos quieres? Primero sí y ahora no.
—No quiero leer nada que te haga sentir mal. No quiero seguir jodiendome la vida, Quinn.
No lo soporté más. Odiaba que se mostrasen conmigo tal y como yo solía ser cuando quería molestar o algo me molestaba. Odiaba esa repulsión y esa sensación de vacío al hacerme entender que todo lo que dijese o hiciera, no tendría un buen resultado. Y sin pensarlo, volví a recuperar la libreta y la abrí por la mitad.
—Era increíble como Rachel conseguía hacer sonar su guitarra con apenas un par de acordes, pero lo que más me sorprendía y me fascinaba, era su voz. Su dulce y angelical voz dando vida a una canción que todo el mundo conocía, pero que nadie se atrevía a cantar.
El bar estaba repleto de clientes y yo ni siquiera me percaté de ello, solo trabajaba y la escuchaba, fue el mejor día de trabajo de toda mi vida.
Alcé la mirada tras leer aquel extracto de una de las páginas, y vi como Rachel prestaba algo de atención, aunque seguía fijando su mirada hacia el exterior. Pasé varias páginas y volví a leer.
—Me temblaban las manos, pero no podía soltarla. Mi odio hacia los hospitales quedó en un segundo plano tras verla en aquella camilla. Y aunque sabía que nada grave le sucedía, mi corazón aún se mantenía agarrotado por las muestras de dolor que vi reflejadas en su rostro.
Sus ojos, sus brillantes y vivos ojos estaban apagados, y mi alma se rompía.
Aquellas últimas palabras consiguieron que mi voz se quebrase conforme iba leyéndolas en voz alta. Empezaba a ser consciente de todos los sentimientos que había puesto en escribir aquellos textos, y en como Rachel iba siendo consciente de lo que tenía entre mis manos.
Su mirada llena de confusión, y algo compungida, me sacó de mi lectura. Pero ya estaba decidida a seguir leyendo, a plantarle cara a su estúpida idea de creer que todo lo que habíamos vivido, no era más que un juego para mí. Así que volví a pasar varias páginas de golpe y centré de nuevo mi mirada sobre ellas.
—El corazón, podía sentir como bombeaba sangre, como palpitaba tan fuerte que incluso temí por perderlo. Y era su culpa —hice una pequeña pausa tras ser consciente de lo que estaba leyendo, pero continué con valentía—. Era culpa de sus labios que vagaban por mi cintura y se posaban en lo más íntimo de… de mi ser, mientras sus manos recorrían mis piernas desnudas y…—Paré. Me detuve y lancé el libro sobre la cama con fuerza, obligada por el intenso calor que me abordaba. Necesitaba beber y por suerte, mi botella de cerveza permanecía sobre la mesa.
Creo que jamás en mi vida bebí con tanta necesidad, y, sobre todo, tanta cerveza de golpe. Creí por un momento que iba a rebosar por los oídos y la nariz, pero no me importaba. Necesitaba beber y encontrar las palabras adecuadas para poder enfrentarme a la incertidumbre de Rachel. Al menos eso supuse, que estaría confusa y sorprendida. Sin embargo, me equivoqué. Tras beber prácticamente toda la botella de un sorbo, me giré para descubrir que Rachel no estaba en la ventana, sino que yacía sobre la cama con la libreta entre sus manos. Creo que aquello me provocó más ansiedad aún. Contuve el aliento y me limité a observarla desde allí mismo, esperando alguna respuesta o reacción.
Pero Rachel no hablaba. Se había metido de lleno en una de las páginas, y a mí solo me quedaba rezar que no fuese la continuación de esa misma que yo había tenido la desfachatez de leer.
Solo un gesto de ella me sirvió para solventar mis sospechas y saber que sí, que estaba inmersa en la lectura de la parte más sensual y erótica de todo el relato. La única que tenía el matiz de ser ficticia. Un breve gesto me puso en alerta. Un Rachel humedeció sus labios y los mordió mientras permitía que su cuerpo se acomodase mejor sobre la almohada de mi cama.
Y yo deliré.
Aquella posición que mantenía, el alcohol de la cerveza recorriendo mis venas y aquel sensual gesto, me hizo enloquecer tanto, que por un momento llegué a pensar en la absurda y extraña idea de llevar a cabo una de aquellas fantasías, sin involucrar mi conciencia. Un pensamiento que se iba haciendo mayor conforme avanzaban los minutos y Rachel dejaba escapar algún que otro resoplido lleno de frustración.
Sentía como la voz en mi interior volvía a tomar fuerza, pero esta vez fui más fuerte que ella, y como si de una lucha se tratase, la empujé hasta el fondo. Probablemente la obligué a permanecer en mi estómago y que dejase mi cabeza en paz, liberada.
Vacilé un tanto, pero terminé ordenando a mis piernas que caminaran hacia la puerta, quedando justo enfrente de mi cama. Rachel ni siquiera me miró.
—¿Te gusta?
Me sorprendí. No por mi pregunta, sino por mi voz. Sonaba grave, con una sensualidad implícita que yo no recordaba haberle otorgado y que hizo reaccionar a Rachel.
—No creo que deba seguir leyendo— me dijo apartando el libro de sus manos.
—¿Por qué?
—No, no creo que sea recomendable, Quinn. Lo siento, siento haber invadido así tu intimidad.
—No, no te ha gustado. Por eso no quieres continuar leyendo.
—No precisamente. Si leo… —Un suspiro. Solo necesité eso para apartarme de mi yo más racional. Me bastó ver como dejaba escapar aquel suspiro, y apartaba la mirada hacia la ventana, para perder la cordura.
—¿Te has excitado? —le cuestioné, y ni siquiera sé cómo fui capaz de preguntarle aquello. Rachel volvió a mirarme, y vi el brillo despuntar en sus ojos.
—Es… Es muy sensual.
—¿Te has excitado? —insistí, y sus ojos regresaron por algunos segundos hacia el libro —¿Cómo de sensual? — Una soberana estupidez, me dije a mi misma. Aquella pregunta era una completa estupidez después de haber sido yo quien escribiese aquellas palabras.
Un texto rebosante de erotismo que, incluso he de confesar, me llevó a mantener algún encuentro íntimo conmigo misma mientras lo imaginaba. Sin embargo, el hecho de saber que Rachel también lo consideraba así, me dejó a la deriva.
—Tan sensual que lamento que no haya sucedido de verdad —me miró de nuevo—. Tan sensual que…
—Sigue leyendo —dije y me grité a mí misma entre pensamientos. La voz empujaba hacia arriba, trataba de salir de mi estómago e implantarse de nuevo en mi cabeza, pero mi delirio era tanto que conseguí mantener aquel nudo perfectamente amordazado, y me centré en su respuesta. En su cara llena de confusión.
—¿Qué? ¿Quieres que siga leyendo?
—Quiero saber si de verdad es excitante para ti.
—Creo que es evidente que esto es excitante, Quinn. No tenía ni idea de que escribieses así, y mucho menos de que tuvieses esta imaginación.
—Pues sigue leyendo.
—¿Para qué? ¿Quieres torturarme?
—Quiero verlo…—solté y ella me miró confundida— Quiero ver que de verdad te excita.
Se acabó. Estaba perdida. No era yo, no era Quinn Fabray, era una mezcla entre Sam y Santana, y me importaba muy poco serlo. Quería verlo. Quería ser testigo de cómo aquella chica que me enloquecía, y que mi conciencia tanto odiaba, conseguía sentir todo lo que yo quise transmitir en aquel texto y llegaba hasta donde yo había conseguido llegar imaginándolo.
—Quinn —balbuceó—¿Me estás pidiendo que?
—Yo necesité inspiración para escribir eso. Ahora que lo lees tú, tienes que demostrarme que mis palabras son las perfectas para conseguir lo que intentan provocar.
Se removió inquieta tras varios segundos asimilando mi petición, e hizo el intento de abandonar la cama.
—No. Quieta ahí —la detuve—. Ni se te ocurra levantarte. Me has obligado a que te deje saber lo que hay ahí escrito, y ahora quiero ver como lo lees…—susurré dejando escapar unas ganas que yo no sabía que existía en mi cordura.
—Pero…
—Vamos, sigue leyendo —le ordené mientras buscaba el apoyo de la puerta tras de mí.
Rachel volvió a dejarse caer sobre mi almohada, y sorprendiéndome, alzó de nuevo el libro para poder seguir leyéndolo.
Mis piernas comenzaron a temblar y agradecí que aquella puerta no se abriese, porque mis manos se aferraban con tanta fuerza al pomo de la misma, que temí por romperlo aún más, y quedarme con él entre mis dedos. Sentía como la respiración se me antojaba complicada, sobre todo, porque Rachel poco a poco, iba relajándose lo suficiente como para permitirme una mayor visión de su cuerpo. Su cuerpo que aun vestía aquel impresionante y sensual vestido rojo, que me permitía observar con todo lujo de detalles las perfectas y moldeadas piernas de aquella chica.
Solo había algo que me comenzaba a impacientar. La tenía frente a mí, con las piernas cruzadas mientras se mantenía recostada sobre mi propia cama, pero no podía verle la cara. No podía ser testigo de cómo aquellos primeros suspiros que dejaba escapar, salían de su boca. Y todo porque mantenía la libreta frente a su rostro.
Quizás fue lo mejor tras lo que sucedió a continuación. Ver como sigilosamente, Rachel deslizaba su mano izquierda por su vientre, me mató. Aun con la tela del vestido protegiendo su piel, rozaba con sus dedos dejando pequeños círculos, y yo sentí que me moría, imaginándome aquel roce sobre mí.
Tragué saliva con tanta ansia que estuve segura de que me había oído, porque justo en ese mismo instante, detuvo el recorrido que llevaba su mano y cambió la posición de las piernas, descruzándolas con lentitud y flexionándolas para utilizar sus rodillas como perfecto apoyo del libro.
Mi perdición.
Con aquel gesto, mi perdición había llegado por dos motivos; Uno, la perfecta visión de su cara. Sus ojos centrados en las palabras, sus labios humedecidos constantemente con un rápido y sensual movimiento de su lengua, y la respiración agitada de su pecho. Y dos, la postura de sus piernas, el corte de aquel vestido por encima de sus rodillas y mi posición frente a ellas, me entregaban una visión que jamás creí que pudiese llamarme la atención de aquella manera.
Era negra. Su ropa interior era negra, y mi mirada buscó en la habitación la segunda botella de cerveza tras ser testigo de ello. La cerveza de Rachel estaba justo en mi escritorio, y sin pensarlo, me lancé sobre la misma beberla entera de un solo sorbo.
Para mi suerte, Rachel parecía no haberse percatado de mi incesante necesidad por aliviar mi cuerpo con algo de líquido, y siguió inmersa en la lectura mientras jugaba con sus dedos, pero esta vez dejando a un lado los pequeños círculos y desplazándose en línea recta, desde su costado hasta el corte de su vestido sobre las piernas. Fue ahí, justo en el muslo de su pierna izquierda donde se detuvo, y con un movimiento delicado y sutil, comenzó a ascender empujando levemente el vestido.
Y yo me maree.
Si aquel roce seguía su camino, iba a suceder lo que deseaba que sucediese. Que Rachel no solo estaba considerando que mi texto era sensual, sino que se estaba excitando con él. Y no solo no me equivoqué, sino que empecé a creer que realmente estaba dispuesta a dejarse llevar.
Ver como se olvidaba de su vestido, y su mano ascendía hasta perderse en su cadera, me dejó completamente petrificada junto al escritorio.
Había llegado el momento. Si Rachel continuaba con aquello iba a ser testigo de algo que iba a romper todos mis esquemas, los pocos que quedaban en mi mente. Me iba a demostrar que mis palabras, las escritas en aquellas hojas fruto de mi imaginación, conseguían encender su cuerpo, y acabar con el poco pudor que podía quedar entre nosotras.
Su señal para hacerme reaccionar fue un pequeño gesto, otro más de los tantos que ya había observado, y que por fin desactivó mi mente y puso a mi cuerpo en modo automático. O quizás fue lo contrario. Mi mente se automatizó y todos los sentidos de mi cuerpo se liberaron por completo.
Sus dedos se enredaron en la liguilla de la parte baja de su ropa interior, y yo dejé la cerveza sobre el escritorio para poder lanzarme sobre ella. Literalmente.
Ni siquiera sé cómo pude recorrer los escasos dos metros que me separaban de mi cama sin caer presa de los nervios. Me deslicé sobre el colchón y por fin recibí su atención. Más aún cuando sin pensarlo, quité la libreta de entre sus manos y la dejé caer de la cama.
Sus ojos me miraban, me escrutaban con algo de temor y deseo a la vez. Supe que esta vez era su conciencia la que luchaba contra sus ganas.
—Quinn, si haces esto no podré resistirme más —sonó a suplica, y yo me alegré. Rachel estaba dispuesta a respetar mi decisión hasta el final.
—Estoy borracha —dije sin dejar de mirarla.
—¿Borracha? —susurró sin perder detalle de como mi cuerpo seguía avanzando sobre ella, y conseguía mantenerla bajo mis brazos.
—Así es.
—No creo que sea adecuado aprovecharme de ti estando ebria.
—Estoy lo suficientemente sobria como para defenderme —dije sin poder evitar perderme en sus labios—, y lo suficientemente ebria como para no arrepentirme.
—Quinn —esquivó el primero de mis besos—. ¿Qué pasará mañana?
—Tendré resaca —respondí rápidamente—. No recordaré nada de lo que pase esta noche.
—¿Seguro?
—¿Qué harás tú cuando amanezca? —pregunté mientras conseguía aferrarme a sus manos y me tomaba la libertad de sentarme sobre sus piernas, obligándola a que quedase frente a mí.
—Marcharme. Me iré y no volverás a verme.
—Perfecto —susurré—. Yo no recordaré nada y tú te habrás marchado —dije convencida de que aquella falsa creencia, era lo que necesitábamos para acabar con todos nuestros temores. Los míos por saber que podría traerme consecuencias irrevocables, y los suyos por creer que estaba destrozándome la vida.
¿Qué vida? No había vida con aquella sensación de frustración y por suerte, el arrepentimiento existía para excusarnos de nuestros actos.
No había daños colaterales, nadie saldría perjudicado de una noche de pasión entre dos desconocidas que ya no aguantaban más. No había peligro de destruir más esquemas, porque no había nada más que destruir. Su vida era firme, la mía también, y sabiendo que teníamos la certeza de que podíamos mantener nuestras conciencias apartadas de nuestros actos, caímos en lo inevitable.
Caímos en besos imposibles y caricias que yo jamás había regalado ni disfrutado. Caímos en el juego de saber qué guardaba la otra bajo nuestros vestidos, y el sabor de nuestra piel. Caímos en la obsesión por demostrar y la curiosidad por descubrir.
Juro que nunca antes me sentí así, y no me limito a las odiosas comparaciones entre los chicos que habían estado entre mis brazos. Hablo de la pequeña pero abismal diferencia de saber exactamente lo que aquella chica sentía con mis movimientos. De sentir el fuego de unos labios que recorrían todo mi cuerpo, y dejaban un rastro de perfume que yo quería utilizar sobre mí. Hablo de la capacidad de mantener el deseo durante una, dos, tres y no sé cuántas horas más y no sentir cansancio en absoluto. Siempre quería más, siempre deseaba más, y a ella le sucedía lo mismo. Ni siquiera la falta de luz en la habitación nos detuvo.
Solo caímos en la locura, y fue esa misma locura lo que terminó por vencernos en un plácido sueño entre las sábanas de mi cama, y la ropa esparcida por el suelo. Evidentemente no supe cuando me llegó ese sueño, solo fui consciente de que dormía cuando desperté.
Y lo hice de una forma extraña, con un leve roce de algo extremadamente suave sobre mis piernas.
Aún no había amanecido, pero la luz del cielo ya era suficientemente clara para permitirme observar con algo de nitidez, como sobre mis pies, una bola oscura merodeaba. Y supe que Brownie hacía de las suyas.
—Estúpida gata —susurré tratando de no despertar a mi acompañante, y con una rápida pero inofensiva patada, conseguí que Brownie descendiera de la cama.
—¿Quinn? —la voz de Rachel sonaba grave a mi espalda— ¿Qué sucede?
—Nada, Rachel —respondí—, aún es de noche. Sigue durmiendo.
—¿Qué ha sido eso? —volvió a hablar entre susurros tras escuchar el maullido disconforme de Brownie al caer al suelo.
—Solo es la gata de Santana —expliqué sin darle importancia, y manteniendo mi posición. Rachel permanecía en el otro lado de la cama que yo ocupaba.
—Mmm, espero que no se acerque a mí —murmuró recortando distancias.
—Tranquila, ya se ha ido —dije con el sueño ocupando gran parte de mis palabras. Un sueño que comenzaba a esfumarse al sentir como el calor volvía a mi espalda desnuda, y una ristra de besos se distribuía por mis hombros y cuello. Podría reconocer su tacto aun con los ojos vendados, pero en aquel instante no era necesario. Era Rachel, Rachel y sus insaciables ganas. Rachel y su seducción.
—¿Aún tienes ganas? ¿No estás cansada? —dije con algo de burla. Evidentemente no lo estaba.
Sentí como sus manos se colaban entre mis brazos y deslizándose por mi costado, conseguían abrazarme hasta detenerse justo en mi pecho. Sentí el calor como fuego, y la suavidad de sus manos reconfortándome como nunca antes lo había sentido.
—Yo nunca me canso, Quinn —susurró a escasos centímetros de mi oído, y volvió a hundir sus labios en mi nuca, apartando el pelo con un sutil movimiento de su barbilla—. Podría estar así toda la vida.
Quise hablar, pero en vez de ello solo pude suspirar y obligarla a que se aferrase aún más a mi cuerpo. Sentir su desnudez tras de mí, era un lujo que no quería perderme.
—Hueles tan bien —volvió a susurrar—, y sabes tan bien.
—Mmm, Rachel, si sigues hablándome así voy tener que retomar mis clases de aprendizaje. No puedes excitarme tanto con tan poco.
—Te lo vuelvo a repetir, estaría así toda mi vida…
Se apagó. La voz de Rachel cesó antes de acabar aquella frase, y tras varios segundos impaciente por seguir escuchándola, noté como el frescor que entraba por la ventana, me daba de lleno en la espalda. Su calor se esfumó y supe que algo sucedía.
—¿Toda tu qué? —cuestioné incitándola a que siguiera hablando, pero no recibí la respuesta que yo esperaba.
—¡Mierda! —se quejó provocando un notable movimiento en el colchón— ¡No!¡no me jodas Rachel! —masculló, y yo me asusté. Sonaba a lamento y a reproche, pero escuchar su propio nombre en su voz, me hizo entender que se estaba recriminando a ella misma. Me giré tan rápido como pude para descubrir como la silueta desnuda de la morena ya abandonaba la cama, y comenzaba a recoger con prisas la ropa que permanecía en el suelo.
—¿Qué sucede, Rachel? —cuestioné— Aún es temprano, apenas son las 6 —dije tras comprobar el reloj de mi mesilla de noche.
—No, Quinn. ¿Por qué lo has permitido? Yo no debo… ¡oh mierda!
Empecé a asustarme, no solo por los lamentos sino por el nerviosismo que acusaba a la chica, y que ya había provocado que casi se vistiese.
—Rachel. ¿Qué sucede? —pregunté sentándome en la cama. No acertaba a adivinar que estaba pasado y supe que el sueño aún hacía mella en mí.
—Me tengo que marchar. Lo siento Quinn, siento irme así, pero es lo mejor —dijo atropellándose con las palabras y colocándose la chaqueta de cuero.
—Pero aún es pronto, son las 6 y no tienes que irte hasta las 9. Rachel, relájate todo está bien y…
—No, no está bien —respondió—. Y ¿Qué diablos hace el gato aquí? —se fijó en un punto de la habitación donde Brownie parecía haber encontrado su lugar.
—Relájate, lo hace siempre. Le encanta molestarme por las mañanas. Ella entra aquí y…
—¡Quinn! ¿No se supone que estábamos encerradas? ¿Por dónde ha entrado? La puerta está abierta —me recriminó, y fue ahí cuando empecé a alertarme.
—Ok, ok… No te preocupes— me levanté como si aquel gesto pudiera darme una explicación certera de lo que estaba sucediendo—. Seguro que Santana vino y la abrió, pero relájate. Ella, ella es de confianza. Nos habrá visto dormidas y poco más.
—Esto no está bien —volvió a lamentarse—. Lo siento Quinn, yo no tendría que estar aquí. Lo, lo siento, me marcho —dijo lanzándome una última mirada y abandonando la habitación con rapidez. Y fue entonces cuando realmente fui consciente de lo que estaba sucediendo.
Se marchaba. Rachel Berry, mi desconocida favorita, se marchaba después de haber pasado la noche conmigo, justamente tal y como me prometió. Y yo no sabía si estaba preparada para ello.
Seguí sus pasos, no sin antes tirar de la sabana y protegerme con ella, tratando de asimilar que, hacia apenas unos minutos, estaba besando mi cuello— Rachel, espera— grité entre susurros, evitando armar un escándalo mayor. Pero la morena no me prestaba atención. Se acercó al sofá para recuperar la guitarra, y tras hacerse con ella, caminó hasta la salida—. Rachel, por favor— supliqué paralizada en mitad del salón—. No me hagas esto. ¿Te vas a marchar así, sin más?
Intuí que mi súplica fue lo suficientemente conmovedora como para lograr detenerla sin hacerlo a la fuerza. Y lo hizo justo cuando estaba a punto de abrir la puerta. Se giró hacia mí y me lanzó la mirada más devastadora que jamás había contemplado en alguien.
—¿Qué sucede, Rachel? —cuestioné sin poder evitar que mi voz se quebrase. Tenía ganas de llorar, sentía como un nudo se adueñaba de mi garganta y me obligaba a perder la compostura. No podía consentir que se marchase sin más, sin una sonrisa, sin un abrazo. No después de todo lo que habíamos vivido—. Tú me dijiste que nada pasaría, que te irías y no volvería a verte, pero… ¿Así? ¿Dejándome sin saber que sucede?
—Quinn no, no puedo. Estaba equivocada.
—¿Equivocada? ¿En qué? —di un paso adelante— ¿Qué te pasa, Rachel? ¿Estás arrepentida? ¿Tan mal estuve?
No respondió. Vi como una lágrima conseguía desbordar su mejilla y una sonrisa llena de amor y pena por partes iguales se dibujaba en su rostro mientras caminaba hacia mí. Me perdí por completo.
—Gracias por todo, Quinn —se acercó hasta quedar a apenas un milímetro de mis labios—. Eres única. Jamás me sentí tan bien como me he sentido en tus brazos, y… Y tú siempre serás mi ángel. Recuérdalo —susurró segundos antes de besarme.
Y así se acabó todo.
Con aquel beso Rachel dio por terminada nuestra noche de locura, y casi un mes de sensaciones que aún no conseguía asimilar.
Se apartó de mí, y lanzándome una última mirada salió de mi apartamento, dejándome sin una respuesta, solo con un beso que se teñía de pena y no de deseo, como los que nos habíamos regalado durante toda la noche.
No podía moverme, solo lo hice minutos después al escuchar el chirriar de la puerta de la habitación de Santana y notar su presencia tras de mí, observándome.
—¿Por qué no me avisaste de que te ibas a acostar con ella? —su pregunta sonó adormilada.
—¿Para qué? —dije sin mirarla, aferrándome a las sábanas que cubrían mi cuerpo— ¿Para recibir tus burlas? Aunque supongo que ya viste suficiente como para hacerlo por el resto de tu vida.
—No —respondió rápidamente—. Solo habría evitado cometer el error de pedirle a alguien que viniese a abrir tu maldita puerta.
Me giré tan rápido como pude, tanto que incluso sentí un leve vértigo al hacerlo.
—¿No fuiste tú?
—No.
—¿Quién? —cuestioné sintiendo como algo amargo ascendía por mi garganta y llegaba hasta mi boca.
—Finn.
