I won´t give up. Jason Mraz

Capítulo 21

La carta

When I look into your eyes

It's like watching the night sky

Or a beautiful sunrise

There's so much they hold

And just like them old stars

I see that you've come so far

To be right where you are

How old is your soul?

Well, I won't give up on us

Even if the skies get rough

I'm giving you all my love

I'm still looking up

Se acabó y no podía creerlo. Aquella canción sonaba a todo volumen en nuestro apartamento, procedente del baño donde Santana terminaba de ducharse y yo sentía que cada palabra me recordaba a ella. Cada estrofa me hacía pensar en sus ojos, en su pelo, sus besos, y su voz.

No estaba allí, pero como siempre sucedía desde que la conocí, una canción sonaba y parecía estar hablándome directamente a mí.

No podía asimilar que Rachel se había marchado, menos aun cuando aún seguía oliendo su perfume en mi almohada. Cuando aún mi ropa permanecía esparcida sobre el suelo y las dos botellas de cerveza seguían impasibles y vacías sobre mi escritorio.

Y no podía aceptarlo porque una nueva oleada de vértigo se apoderaba de mi cabeza y casi me llevaba a querer vomitar.

Por suerte o quizás no, el amargor de mi boca se fue transformando en un terrible dolor de cabeza que me mantuvo metida en la cama durante toda la mañana, tratando de asimilar que, según las palabras de Santana, Finn me había visto con Rachel en la cama.

Revisé mi móvil una decena de veces, y no había llamadas, ni mensajes reprochándome absolutamente nada. Tampoco vi que hubiese dejado nota alguna en el apartamento. Todo sucedió de la manera más sencilla que podía suceder.

Santana, preocupada por saber que estaba encerrada en mi habitación, conociendo mi terror y tras no poder abandonar el bar por culpa de los clientes de aquella noche, optó por explicarle la situación a Finn, que como ya hizo durante toda la semana, acudía a tomarse unas copas con algunos de sus compañeros de trabajo.

Él aceptó, por supuesto.

Yo no supe nada, no vi nada. De hecho, ni siquiera escuché que la puerta se abriese en ningún momento de la noche. Algo lógico por otro lado. Rachel me había absorbido tanto que era imposible prestar atención a nada más que no fuese su cuerpo. Ilusa de mí al pensar que aquella chica no podría llegar a ser más especial de lo que ya era.

Mis temores se ajustaban a dos opciones. Una, que Finn hubiese abierto y solo nos descubriese dormidas en la cama, algo que dentro de lo que cabía, podría no resultar demasiado preocupante. Dos, que hubiese sido testigo de mi noche más pasional e inolvidable con Rachel. Y aquello, sí podría suponer el final de mi relación con él. Era algo que me negué a pensar. No hasta que no hubiera afrontado mis actos con responsabilidad. No hasta que él me lo dijera.

Tras recobrar la conciencia, y haber logrado destruir un poco la nefasta sensación que me produjo la marcha de Rachel sin ningún tipo de explicación, me dispuse a llamarlo.

Santana fue clara en el sermón que me regaló, y yo entendí que había llegado el momento de acabar con todas las confusiones.

Una charla en mitad del desayuno que apenas pude degustar por el malestar que seguía convulsionando mi estomago por culpa de los nervios, y que me dejó con una sentencia que rápidamente quise asimilar, pero que me resultaba devastador escuchar; Rachel no existe más.

Era exactamente lo que habíamos hablado antes de terminar desnudas en la cama. Ella se marcharía y yo olvidaría todo lo sucedido, aunque esto último era algo imposible de conseguir.

Aún sentía como el corazón se desbocaba en mi pecho cada vez que alguna de las escenas que viví con ella, rondaban por mi mente. No había sido como imaginé ni como describí en el relato, fue mucho mejor, y eso no era lo que yo esperaba.

Rachel ya estaría rumbo hacia Las Vegas, cumpliendo su promesa de alejarse, y a pesar de que no tenía intenciones de llamarla, al menos en un par de días, descubrí que ni siquiera eso iba a poder hacer.

Se había dejado el teléfono en mi habitación tras su huida de mi apartamento, al igual que las fotografías que yo misma le saqué de la actuación, y que imprimí desde mi propio ordenador. Se había dejado todo lo importante allí, aunque todo aquello quedó en un segundo plano tras mi tercer y último descubrimiento.

Tras hacer mi cama y eliminar cualquier resto que me hiciera recordar que por allí había pasado Rachel, descubrí como había dejado algo en los estantes de mi biblioteca, junto a un libro que curiosamente traía por título; Gracias. No sé de qué iba, nunca lo leí, pero supe que Rachel lo había elegido con toda la intención posible. Junto a él, perfectamente doblado y visible a la luz del día, apareció un cheque bancario al portador, procedente de la Universidad de Phoenix y por valor de 700 dólares. Supe que era el pago que había recibido la noche anterior por su actuación, y que, probablemente, utilizó para saldar con él todas las "deudas" que ella pensaba que mantenía conmigo.

Deudas que yo por supuesto me negaba a cobrar. Encontraría la forma de hacerle llegar aquel dinero, sin duda. Pero después de toda aquella mañana, de la convulsión que me supuso verla partir con la incertidumbre de saber que algo le había sucedido, el encuentro con Santana y su pequeño sermón, más la penosa sensación de saber que Finn me había descubierto, mi mente se centraba solo en intentar solucionar lo que estaba más al alcance de mis manos. Afrontar mi responsabilidad con Finn.

Esperé pacientemente hasta casi las 11 de la mañana para enfrentarme a mis miedos. No iba a llamarlo, no iba a escribirle, necesitaba verle, mirarle a la cara y disculparme por haberle ofendido como suponía que lo había hecho, aunque no tuviese motivos para hacerlo. No podía dejar de pensar que estábamos separados.

Santana me acompañaba en el coche, ella si pensaba que lo mejor que podía hacer era tratar de disculparme con Finn, y dejarle claro que mi interés en Rachel era meramente sexual, pero eso no me convencía en absoluto.

Solía ser sincera en cuanto a mis sentimientos se refería, y si iba a disculparme con Finn, no era por haber terminado entre los brazos de aquella desconocida, sino por haber alargado mi excusa de mantener nuestra separación hasta que yo lograse mi pequeño capricho.

Y envuelta en aquellos pensamientos, llegamos a las oficinas donde trabajaba.

Santana optó por esperarme en la calle, disfrutando de la gran variedad de tiendas que había por aquella zona mientras yo accedía al interior del edificio.

Debería estar nerviosa, pero lo cierto era que no lo estaba. Había aprendido a templar cada musculo de mi cuerpo, o quizás había tenido aquella sensación tantas veces en las últimas semanas, que me había vuelto inmune al malestar. Lo único que realmente me fastidió en aquel instante era encontrarme con quien no me apetecía encontrarme, y estando en aquel lugar, era lógico que tuviese que enfrentarme a esa situación.

Sugar.

La insolente secretaria de Finn me recibía sorprendida en la antesala de la oficina donde trabajaba mi chico.

—¿Quinn? —balbuceó tras su mesa al verme entrar decidida para acceder al despacho de Finn.

—Hola, Sugar —dije sin mirarla.

—Eh ¡Espera! —alzó la voz—. No puedes entrar.

—¿Qué? —Supuse que mi pregunta sonó con la suficiente soberbia como para que su escasa inteligencia pudiese captarla.

—Finn no recibe visitas hoy —me dijo con la ceja arqueada, mostrando una importancia que no tenía en absoluto. Me limité a sonreír, de nuevo con sarcasmo, y a abrir la puerta de la oficina de mi chico ante la nueva sorpresa de ella.

Él también se sorprendió al verme aparecer, aunque no me dijo nada porque mantenía una ardua conversación por teléfono.

—¡Lo siento Finn! —Sugar se coló tras de mí como una gata en celo— Le dije que…

No pudo continuar porque Finn la detuvo con un simple gesto de sus manos, obligándola a marcharse y a dejarnos a solas mientras seguía atendiendo el teléfono.

Sonreí con algo de sorna al ser consciente de la frustración que se apoderaba de aquella estúpida secretaria, mientras abandonaba la oficina después de haber perdido su particular lucha contra mi presencia.

El pequeño portazo incluso molestó a Finn, que se lamentó de la situación que estaba sucediendo entre su secretaria y yo. Algo que él ya sabía perfectamente que no iba a acabar de la mejor manera.

Decidí esperar sin dejar de mirarle, pero aquella conversación telefónica parecía alargarse lo suficiente como para que mi paciencia comenzara a agotarse. Así que, sin pensarlo, decidí entretenerme de alguna forma, y de esa manera, planear mi improvisado discurso.

Aquella opción me llevó a posicionarme junto a uno de los ventanales que aparecían en la pared frontal, justo a espaldas de la mesa donde Finn realizaba sus funciones.

Desde aquel lugar podía observar prácticamente toda la avenida, al menos la zona oeste de la misma y en ella, justo en la acera de enfrente a donde estaba situado el edificio, a Santana.

Era el destino. No podía ser otra cosa más que el destino.

Santana ni siquiera me iba a acompañar esa mañana, pero el aburrimiento le pudo y no dudó hacerlo, con la única intención de ver los escaparates de las tiendas de aquella zona.

Y justamente eso estaba haciendo cuando la vi desde la oficina. Mirar los escaparates mientras yo escuchaba la charla que Finn seguía manteniendo por teléfono. Me centré en ella. Por un instante se me pasó la genial idea de gastarle algún tipo de broma por teléfono, pero no creí oportuno el momento, menos aun cuando un brusco giro de su cuerpo me sorprendió.

Mi amiga abandonó uno de los escaparates, y con grandes zancadas, casi a punto de comenzar una breve carrera, se dirigió por la acera hacia un punto concreto; el servicio de lavandería que yo tan bien conocía.

Sentí como el corazón me dio un pequeño salto al descubrir a Brittany en el exterior, esperando la llegada de mi amiga. Instintivamente comprobé la hora en el reloj que colgaba de una de las paredes de la oficina, y descubrí que casi eran las 11:30 de la mañana. No entendía que hacía aquella chica allí, al menos hasta que pasaron varios segundos en los que tras el saludo inicial con Santana, la vi aparecer. A ella. A Rachel.

Si antes mi corazón se había alterado un poco, en ese instante, cuando vi como la morena salía del servicio de lavandería con su particular bolsa de viaje, y un veraniego sombrero adornando su cabeza, todo mi cuerpo se convulsionó. Seguía en Phoenix y creí que el aire me iba a faltar.

Santana también se dirigió hacia ella, y tras una breve conversación, las tres miraron hacia donde yo estaba, consiguiendo que un ataque de nervios se ocupase repentinamente de mí. Quizás era el momento de bajar corriendo y despedirme en condiciones de Rachel, pero estaba paralizada. No podía salir de allí, no podía escaparme de mi responsabilidad con Finn. Ahora era él el único que debía importarme.

—Desde ahí no puede verte.

Estuve tan metida en mi mundo que no fui consciente de cómo Finn había acabado con su conversación telefónica, y observaba lo mismo que yo, a mi lado.

Tragué saliva tratando de disimular mi tensión. Aunque ya habían dejado de mirar hacia nuestra ventana, Rachel seguía en mi punto de mira, mientras dejaba en el interior de una furgoneta su bolsa de viaje. Era una de esos autos que utilizan los surferos para viajar por la costa, y supuse que pertenecía a Brittany tras verla despedirse por completo de Santana, y ocupar el asiento del piloto.

—Lo sé —balbuceé tratando de quitarle importancia.

—Quizás te gustaría bajar —susurró.

—No tengo que bajar —dije apartándome de la ventana. Con pena, por no poder seguir contemplando a Rachel, pero con la decisión de afrontar con responsabilidad mis actos.

Finn me miraba sin moverse, con las manos metidas en los bolsillos de su perfecto pantalón azulado. Era algo que me impactaba siempre. Ver como tenía que vestir para trabajar, con trajes de chaqueta, corbatas y camisas, era algo a lo que nunca terminaba de acostumbrarme. Y me imponía.

—¿No tienes o no quieres?

—Finn, no he venido aquí para debatir lo que quiero o tengo que hacer— le miré con serenidad—. He venido a disculparme.

—¿Por qué? ¿Por haberte acostado con una chica? Tranquila, no es necesario.

—No —le interrumpí más firme de lo que me esperaba. Finn no dudó en acabar con la más mínima duda que tuviese sobre si nos había visto o no. Y yo aguanté estoicamente aquel primer embiste—. No quiero disculparme por haberme acostado con Rachel, vengo a disculparme por haberte mentido.

—¿Mentido? No me has mentido. Estamos separados, así que puedes hacer lo que te plazca con quien quieras. Incluso con chicas.

—Finn —musité tratando de evitar que la conversación se volviese una discusión—, me arrepiento de no haber sido clara contigo desde un principio, y vengo a disculparme por ello.

—¿Te has enamorado de ella? —fue directo, y yo no supe cómo reaccionar. No sabía que responder —. No tienes que ocultármelo, Quinn. Sabes que nunca te juzgaría porque te enamores de alguien que no sea yo, pero necesito saber que todo está acabado entre nosotros. No, no puedo más con esta duda.

—No, no está acabado, Finn —dije evitando que la voz se me quebrara—. Al menos por mi parte

—¿Qué significa eso? ¿Que necesitas más tiempo para seguir divirtiéndote?

—No lo tomes por ahí. Deja que me explique.

—Adelante, explícate.

Aire. Necesitaba un poco de aire para respirar, para pensar y buscar las palabras adecuadas, pero en aquella maldita oficina no había ni un resquicio por el que respirar. Las ventanas estaban cerradas a cal y canto y el aire se volvía denso.

—Me arrepiento de haber buscado la forma de alargar nuestra separación, y sé que puede resultar egoísta venir aquí a decirte que ya no tengo más excusas para estar separada de ti, después de lo que has visto esta noche. Pero no es por eso, no es por haberme acostado con Rachel por lo que estoy aquí, o quizás en parte sí. Pero te aseguro que, si no nos hubieses visto esta noche, también estaría aquí.

—¿Me estás diciendo que no querías volver conmigo para poder acostarte con esa chica, y ahora que ya lo has hecho si quieres volver?

—Estoy diciéndote que sé que empiezas a cambiar, que empiezas a ser tú mismo, el mismo Finn que a mí me enamoró hace años. Sé que te has disculpado con Santana, y no quieres que yo lo sepa. Sé que has hablado con Brody para intentar buscar una solución a mi bar, incluso lo has hecho con Sam.…dándole ideas como la de retransmitir los partidos de fútbol. Lo sé todo Finn, y por eso mismo estoy aquí.

—¿Y qué pasa con esa chica? Quinn. ¿De verdad piensas que voy a creer que todo ha sido un pequeño capricho mientras hacías tiempo para darme una nueva oportunidad?

—No estaba previsto que Rachel entrase en mi vida —le miré directamente—, pero para ser honesta, no sabes cuánto lo agradezco. Gracias a ella he sido consciente de que de verdad me importabas lo suficiente, como para saber que quería volver contigo ha sido gracias a ella

—No te entiendo —se removió inquieto—. ¿Necesitabas acostarte con esa chica para saber que me querías?

—No, yo te he querido siempre, y lo sabes. Lo hemos hablado —fui sincera—. Pero tengo que admitir que estaba desilusionada contigo. No eras el mismo, y tú lo sabes.

—Ya sabes que te prometí que volvería a ser yo, Quinn, pero eso no quita que, en todo este tiempo, las cosas hayan cambiado

—Rachel llegó cuando peor estaba —interrumpí su pequeño monologo. Necesitaba expresarle lo que aquella chica había significado para mí para poder seguir adelante—. Llegó cuando menos confianza tenía en mí misma, y menos esperanza de recuperarte. Ella, ella me ha dado una gran lección de vida, Finn y sí, es cierto que quizás haya sentido algo especial, pero no deja de ser admiración. Atracción.

—¿Crees que eso me reconforta?

—No, por eso vengo a disculparme. Porque no he sido honesta contigo y necesito que sepas exactamente lo que me sucede.

Se mostró pensativo. Intenté continuar con mi explicación, pero veía como el silencio podría ser el mejor aliado en aquel instante, en el que Finn tomaba asiento en su silla y se cubría el rostro con las manos.

—¿Qué va a pasar ahora? ¿Vas a seguir viéndola?

—No —respondí—. Rachel llegó con fecha de caducidad a mi vida, y yo lo sabía. Quizás por eso tomé la decisión de alargar un poco más nuestra separación. Y no te estoy hablando del hecho de que nos hayamos acostado, porque te juro que eso si ha sido algo por lo que he luchado para que no sucediera.

—Pero ha sucedido.

—Finn, yo no quería volver contigo en esos días, porque necesitaba sentirme libre, porque sentía que no había nada que pudiese volver a llevarme a ti. Y quizás no me creas, pero Rachel me estaba ayudando a pensar en ti. En que sí había esa opción de volver a recuperar lo nuestro. Hemos aprendido la una de la otra, y nada más la quiero como a una amiga. Es lo único que queda en mí si pienso en ella.

—¿Tan segura estás de ello?

—Escúchame, sé lo que siento, sé lo que pienso y sé lo que quiero. Podría haberme desentendido de todo, podría haberme dejado llevar desde un principio y empezar desde cero con mi vida, y te aseguro que esa chica es lo suficientemente especial como para cometer una locura de ese calibre. Pero no lo hecho por un simple motivo; Tú —hice una pausa—. Has estado presente en mi corazón en todo momento. Me he odiado a mí misma por sentirme atraída por otra persona que no fueses tú, y si hay algo que tengo seguro en mi vida ahora mismo, es que te quiero y que eres el hombre de mi vida.

—Quinn.

—Déjame acabar —detuve su intento por interrumpirme—. No puedo deshacer lo que he dicho, hecho o sentido, Finn, pero te aseguro que mi corazón sigue siendo tuyo, y tuyo será si lo aceptas. Sólo puedo disculparme por no haberte dicho todo esto cuando estaba sucediendo. Nada más. Pero no me arrepiento de todo lo que he vivido con Rachel.

—¿Nada más? —me miró confuso— ¿Quieres decir que ahora soy yo quien tiene que decidir si seguir o no con nuestra relación? ¿Después de decirme que sientes algo por otra persona?

—Lo que siento por Rachel es un cariño infinito, y te aseguro que haría cualquier cosa que ella me pidiese si puedo ayudarla. Pero nada más. La atracción que sentía quedó saciada la noche pasada. Yo sabía que no iba a ver nada más, porque no quería que sucediese nada más.

—No sé qué decir, Quinn. Te aseguro que no sé cómo sentirme, porque esto no me lo esperaba jamás, aunque debí sospecharlo por como hablabas de ella. Sin embargo, no puedo reprocharte que hayáis terminado en la cama —se levantó para regresar a la ventana—. Todo eso ha sido mi culpa

—¿Tu culpa? —balbucee confusa.

—Yo empecé esta cacería. Fui yo el primero en no respetarte cuando rompíamos, y supongo que no soy nadie para reprocharte que tú hayas hecho lo mismo —me miró—. Pero esta vez me siento distinto. No es como cuando te veo con Sam, porque sé que no sientes nada por él, que no tiene que hacer nada contra mí. Pero esa chica… Tú lo has dicho, es lo suficientemente especial como para dejarlo todo. Y es algo que todo hemos podido comprobar.

—Rachel se fue.

—No importa que se haya ido, Quinn. Lo que me importa es lo que tú sientes —tragó saliva—. Dices que me quieres, que soy el único hombre de tu vida, pero ¿Quién me dice que si algún día ella regresa no vas a darte cuenta de que no lo soy?

—Ya me habría dado cuenta, créeme. Cuanto más me acercaba a ella, más pensaba en ti, y creo que eso es suficiente para saberlo. Finn, no te estoy pidiendo una respuesta ya, ahora solo he venido para explicarte lo que me ha sucedido. Y siento de veras que hayas presenciado lo que has visto esta noche.

—¿Sigues queriéndote casar conmigo, o ahora prefieres seguir siendo libre?

—Eres el hombre de mi vida —sentencié—. No hay más Finn, es posible que me haya desilusionado, es posible que todas nuestras discusiones hayan terminado afectándome, y no sienta las mariposas en mi estomago como cuando te conocí, pero te aseguro que no sales de mi mente. No sales de mi corazón, y eso ¡precisamente eso, es por lo que ahora estoy aquí! —exclamé perdiendo la paciencia—. Yo estoy dispuesta a luchar por lo nuestro. De hecho, si no nos hubiésemos alejado, no habrías recapacitado, ni habrías vuelto a ser tú. Si no me dejas que luche, aceptaré tu decisión igual que tú aceptaste mi petición de mantenernos separados durante un tiempo— tragué saliva—. Y esperaré el tiempo que sea necesario —sentencié alejándome hacia la puerta. Necesitaba salir de allí, escaparme de lo que iban a ser las primeras lágrimas por la impotencia de no resultar creíble cuando más sincera estaba siendo.

Era curioso. Estuve casi un mes negando cualquier tipo de atracción por Rachel, y todos me creían. Ahora que sentía a Rachel como alguien importante, pero era consciente de que quería volver con mi chico, todos me veían como la más hipócrita del mundo.

—¿Qué vas a hacer con la boda? —cuestionó justo antes de que yo me decidiera a abrir la puerta para marcharme.

—Depende de ti —le respondí mirándole—. Si quieres casarte conmigo, te aseguro que el día 1 de junio estaré en el altar si no lo deseas, esta misma tarde iré a hablar con mis padres

—¿Y seré yo el que rompa todo?

—No —respondí rápidamente—. Seré yo quien lo haga. Les explicaré lo sucedido y afrontaré lo que tenga que suceder bajo mi responsabilidad.

—¿De verdad quieres casarte conmigo? —volvió a insistir.

—Siempre he soñado con casarme contigo —fui sincera—. Todo lo que ha sucedido entre nosotros, no me ha hecho cambiar de opinión.

—Está bien.

—¿Está bien? ¿Qué quieres decir con eso? ¿Qué estás de acuerdo conmigo y …?

—Quiero decir que acepto tus disculpas por no haberme contado antes lo que te sucedía, eso de que necesitabas sentirte libre, y ahora soy yo el que tiene que pensar un poco todo esto y asimilarlo.

—Lo entiendo

—Así que no hables con tus padres yo, yo solo necesito unos días para pensar ¿De acuerdo?

—Claro —asentí con apenas un hilo de voz. Pensaba que iba a ser fuerte, puesto que estaba defendiendo mi propia vida, pero el rostro de Finn se mostraba apenado, con una terrible confusión, y por primera vez en mi vida supe que nuestra relación corría serio peligro de acabar. Y dolía. Más de lo que jamás imaginé que pudiese doler.

—Márchate Quinn, creo que ya es suficiente por hoy para ti. Y supongo que tú también necesitaras un descanso.

—¿Me llamarás?

—Por supuesto. Sea cual sea la decisión, pienso afrontarlo junto a ti. No te voy a dejar sola. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —dije sin nada más que preguntar. Me limité a mirarlo por última vez antes de abandonar la oficina, y me marché sin detenerme en la inquisitoria mirada de Sugar. Ni me apetecía, ni iba a cumplir con la educación de despedirme de ella. Simplemente abandoné aquel edificio sin volver a prestar atención a nadie de quienes se cruzaban en mi camino. Mi objetivo estaba en el exterior, y se expandía entre el suelo y la tierra. El aire.

A pesar del calor, a pesar de la sequedad del ambiente, necesitaba respirar y tomar una gran bocanada de aire. Necesitaba sentir el ruido de los coches y no escuchar a mi mente repitiéndome una y otra vez un, "sabíamos que esto iba a suceder", con aquella repulsiva voz que se había adueñado de mi otro yo. Nunca creí capaz de odiar mi propia conciencia, pero así era.

Aquel día iba a resultar difícil, complicado y no solo para mí, sino también para quienes me rodeaban. Era de esos días en los que ocultaba mi dolor con kilos, o más bien toneladas de mal humor, hasta que algo o alguien lograba romper mi escudo, y me hacía llorar. La primera en recibir mi generosa virtud iba a ser Santana, que ya esperaba impaciente junto al coche, mostrando su habitual gesto de disconformidad.

—¡Ni me hables! —ataqué nada más llegar frente a ella.

—No te hablo —respondió con algo de soberbia—. Conduzco yo. Me acaba de llamar Sam, está en la puerta del bar y quiere contarnos algo.

—¿Y por qué vas a conducir tú? —dije molesta. No hacía falta darle explicaciones, ella me conocía y sabía que, si actuaba así, no preguntarme era lo mejor que podía hacer. Ya habría tiempo de explicaciones y confesiones—. Te recuerdo que es mi coche.

—Porque tu querrás leer esto —espetó mostrándome un sobre.

—¿Qué es?

—No lo sé, me lo acaba de entregar Rachel. Estaba en la lavandería recogiendo su ropa, y se acaba de marchar con…

—Os he visto —dije tomando lo que parecía ser una carta—. ¿Se han ido a Las Vegas ya?

—Sí. Pensaban dejarla en nuestro buzón, pero les ha venido bien encontrarme. Han salido más tarde porque Rachel olvidó lavar su ropa ayer. Se ve que tenía cosas más interesantes que hacer —se burló.

—Cállate, Santana —murmuré entregándole las llaves y dirigiéndome hacia el asiento del copiloto—. Vamos, no quiero entretenerme mucho más. Me gustaría ir a comer con mi padre.

—Ok, pues vamos —dijo ella ocupando su lugar—. Oye, no estás llorando. Supongo que eso es una buena noticia. ¿No?

—No me apetece hablar ahora de eso —le respondí al tiempo que abría el sobre y sacaba una hoja perfectamente doblaba del interior.

No volví a escucharla más. Supuse que quería regalarme tranquilidad para leer lo que parecía una nota escrita, y se limitó a poner el coche en marcha para comenzar el trayecto hasta el bar.

Yo volví a temblar. El empezar de aquella carta, logró que las lágrimas que valientemente se habían aferrado a mis ojos mientras hablaba con Finn, y que yo sabía que tarde o temprano aparecerían en mí, cayesen sin obstáculo alguno por mi mejilla.

Cinco palabras le bastaron para lograrlo.

Querida hermosa desconocida.

Te quiero.

Escribo esta nota con la simple y sana intención de explicar mi comportamiento en esta mañana, sé que no fue lo más acertado, ni merecías algo así. No tú. Sin embargo, no tuve más remedio que hacerlo para evitar que todo se destruyese entre nosotras.

Te sorprenderá que vuelva a decírtelo, pero más que una amiga, ya te dije que para mí eres un ángel. Un tanto diferente, pero un ángel, al fin y al cabo.

Y por culpa de ese halo que desprendes, me vi inmersa en una realidad alternativa a nuestro mundo. Un tanto difícil de entender, pero estoy segura de que alguien como tú, con tu imaginación de escritora en potencia, sabrás comprender.

Cuando te vi por primera vez en la gasolinera, no sé por qué, pero tuve una alucinación, una epifanía, no sé, llámalo como quieras. Solo sé que nada más verte, lo juro, ni siquiera te había visto la cara, una escena se me vino a la mente. Una escena en la que tú y yo corríamos entre los coches de una gran avenida, sorteando el tráfico y riéndonos de los conductores que se volvían locos con nuestros giros y carreras.

Fue la primera vez que me pasó algo así, y pensé que tal vez la culpa había sido del maldito sol que tanto tiempo estuvo golpeándome en la cabeza. Sin embargo, no fue la última vez. Y supe que el sol no había tenido nada que ver.

El día que me robaron, cuando tu hermano Brody corrió detrás de aquel ladrón estúpido que rompió mi funda y apareciste de la nada. ¿Recuerdas aquel día? ¿Cuándo me obligaste a aceptar los 100 dólares haciéndome creer que eran míos? Pues bien, ese día, cuando te vi marchar del brazo de tu hermano, volví a tener otra ilusión, otra imagen que se adueñó de mi mente. Esa vez nos vi colándonos en el metro, no sé de qué ciudad, pero te imaginé saltando por encima de los accesos, y tu risa sonaba tan grande, tan especial, que yo misma sonreí mientras caminaba por la acera. También nos imaginé sentadas en la orilla de la playa, compartiendo un café, y te vi cantando a todo volumen en mitad de un parque repleto de palomas. No me preguntes por qué, pero me ilusionaba verte así.

La siguiente vez que nos encontramos en el Ladies. ¿Recuerdas? Bien, aquella noche, cuando te besé en el coche, cuando me ofreciste el regalo de ser la primera chica que acariciaba tus labios, dormí como nunca antes había dormido. Y soñé, sí, soñé y recuerdo perfectamente lo que fue. De nuevo tú y yo. Caminábamos juntas por una enorme calle mientras el día se hacía eterno. No había final, no podíamos separarnos y me sentí la persona más afortunada del universo. No era nada más, solo tener la certeza de que nuestro día no iba a acabar nunca. No me preguntes por qué soñé eso, pero lo soñé, y fui feliz cuando desperté.

En el siguiente encuentro, en tu bar. ¿Lo recuerdas? El día en el que Santana nos intentó atrapar por la apuesta. Ese día te juro que sentí que te ibas a enfadar conmigo al verme allí, pero tras ver tu reacción, supe que nada podría hacerme daño si tú estabas cerca y como era de esperar, volvieron las imágenes a mi mente. Las escenas que me hacían sonreír cada vez que me despedía de ti. Aquella mañana nos vi haciendo locuras por la calle, recorriendo la ciudad en tu coche, con el viento despeinándonos. También nos imaginé compartiendo un helado, y en otro de nuestros encuentros, nos vi lanzando piedras a un lago, escuchando música de un mismo reproductor y grabando nuestros nombres en los árboles.

Sí, estoy segura de que ahora, mientras lees esta carta, pensarás que estoy loca, que no solo cuento historias que parecen inventadas de mi largo viaje, sino que además me atrevo a escribirlas. O sufro alucinaciones. Da igual. En realidad, todo tiene su explicación. Y esa explicación es el motivo por el que esta mañana decidí salir así de tu vida.

Leer tu relato me hizo entender que tú también imaginabas situaciones, que tú también habías figurado un mundo alternativo al nuestro, en el que no pudimos vencer y caíamos rendidas a esto que prohibimos llamar amor. No supe verlo cuando me besaste, en ese instante no podía controlar ni mi mente, ni mi cuerpo. Pero sí fui consciente cuando desperté. Fui consciente de que tu relato se había hecho real, y me asusté tanto que no tuve opción. Si tu fantasía se había hecho real, cualquiera de las mías podría llegar a suceder también. Y si eso sucedía, habría sido mi sentencia de muerte. Mi perdición.

Todas esas ilusiones tenían un matiz en común, Quinn. En todas existía el amor. En todas y cada una de ellas, yo me sentía enamorada de ti. Entregándote toda mi vida como nunca jamás se la entregué a nadie. Y no podía consentir que eso sucediese.

Tenerte entre mis brazos al despertar, me hizo creer que faltaba muy poco para que mi mundo comenzara a girar en torno a ti. Y ni tú ni yo estamos preparadas para eso. Yo quiero que seas feliz, con Finn, el hombre de tu vida. Y si no es con él, con quien tú decidas. Pero esa persona, por desgracia, no puedo ser yo. Tengo un objetivo en mi vida, tú también, y ambas lo vamos a cumplir.

Nunca sabré por qué llegaste a mi vida, no sabré por qué siento que mi pulso se adaptó al tuyo, ni sabré como tu alma ha conseguido hacerme sentir todo esto que siento en tan poco tiempo. Pero sí hay algo de lo que estoy segura, es de que nunca podría hacerte todo lo feliz que mereces ser. Por eso deseo que lo seas con tu chico. Algún día, prometo regresar y cantarles a tus pequeños. Estoy segura de que eso sí sucederá, porque también lo he imaginado. Tú, niños y un perro llamado… Bueno, da igual el nombre, lo importante es que será así.

No puedo evitar que las lágrimas se me escapen mientras escribo esto, pero te aseguro que son de felicidad y orgullo. Has conseguido hacerme cambiar de opinión en estos dos años de locura, en los que había perdido la fe y la esperanza de creer en el amor. Y no sabes cuán agradecida estoy de ello.

Siento que se me agotan las palabras, y me quedo sin tiempo para poder expresarte lo que ha significado para mi tu presencia en mi vida. Quizás porque esa secadora que tiene lo único material que me pertenece, ya empieza a avisarme de que tengo que partir. Y tal vez, porque yo no tengo la capacidad que tienes tú para escribir sobre un papel, lo que siento.

Solo me queda decirte que he sido feliz el tiempo que estuve a tu lado, y que seguiré siéndolo al recordar lo afortunada que he sido.

Mi querida desconocida, siempre te llevaré conmigo. Fue un placer ver, oír, tocar, oler y saborear tu mundo.

Hasta pronto.

Rachel Barbra Berry.

Pd: Te quiero.

Supuse que era absurdo disimular. Mis lágrimas habían llegado a caer incluso en el papel que ya volvía a doblar. Santana era consciente de mi estado de extrema sensibilidad y a pesar de que yo creía que no iba a hablar, habló.

—¿Necesitas algo? —susurró sabiendo que aquella pregunta tan simple y llana, guardaba un significado más especial. Algo como; Puedo parar el coche o llevarte donde me pidas, puedes llorar sobre mi hombro o insultarme si eso te ayuda, puedes pedirme el mundo y prometo que lo tendrás. Y yo sabía que también significaba eso. Porque era Santana, era mi amiga y la conocía a la perfección.

Sin embargo, no necesitaba nada. Sentía una agradable sensación de felicidad, de tranquilidad al saber que Rachel se había marchado sonriendo. Quizás asustada por lo que llegó a sentir, y que yo también había sentido, por supuesto, pero sabiendo que era absurdo complicarnos más la vida. Nuestro pacto se había llevado a cabo, y ambas debíamos estar orgullosas por haber sabido afrontarlo.

Y el mal humor, las malas sensaciones se habían disuelto, y ya solo me apetecía sonreír.

¿Cómo no hacerlo después de aquellas palabras? Me sentía liberada con Rachel, con Finn y conmigo misma. Y eso era lo único que me valía en aquel instante.

—No, estoy mejor que nunca —dije regalándole la sonrisa más sincera y cariñosa que podía entregar.

No dijo nada. Simplemente me miró de soslayo y sonrió. Ambas lo hicimos. Y ambas volvimos a mirar al frente, y supimos que no había nada ni nadie que pudiese destruirnos.

No en aquel día.