Capítulo 22
14 días
—¿Qué hacemos aquí, papá?
—Ven siéntate conmigo —respondió dejándome un pequeño hueco en el banco de piedra que él mismo había construido en nuestro jardín—, quiero poder estar al menos unos minutos contigo a solas. Esos chicos están a punto de perder todo razonamiento.
—Sabes que siempre me vas a tener cuando quieras estar conmigo a solas. ¿No?
—Sí —respondió dando un pequeño sorbo a su zumo de naranja—, pero hoy es un gran día. Eres toda una mujer, y siento que cada día que pasa, será más complicado poder tenerte cerca.
Sonreí, aunque en mi interior comenzaba a tener unas inmensas ganas de llorar, de abrazarme a él como lo hacía cuando era una niña y dejar que me acurrucase entre sus brazos hasta calmarme. Y no porque estuviese apenada, o me sintiese mal, no. Era simplemente por volver a ser una niña, por ser inocente y vivir de nuevo la infancia. No quería crecer.
Habían pasado 14 días. Dos semanas completas hasta que el 4 de abril llegó, y con él mi cumpleaños. Dos semanas en las que ocurrió de todo en mi vida, y a pesar de mi mala suerte y contra todo pronóstico, habían sido cosas buenas. O, mejor dicho, no malas.
Lo primero, lo más importante dadas las circunstancias y la cercanía de mi boda, era que Finn había tomado la decisión de aceptar mi propuesta de volver.
Estuvo pensándolo durante toda la semana. Hacía justo siete días que me invitó a cenar para confirmarme lo que yo quería oír, para hacerme saber que seguía loco por mí y que, aunque entendía que mi situación con Rachel había provocado un dolor casi irreparable en su corazón, tenía la certeza y la confianza de que nuestra relación volviese a ser la que siempre fue. Y eso exactamente era por lo que yo había estado luchando. Todas mis dudas surgieron por la falta de confianza que me llegó a generar todos aquellos problemas entre nosotros. Y después de haber conocido a alguien como Rachel, era consciente de que deseaba recuperar a mi chico, de volver a sentirme la chica más especial de todo Phoenix.
Estoy segura de que muy pocas personas lograrían comprender mi decisión si hubiesen sido testigos directos de mis sentimientos, de lo que Rachel había logrado despertar en mí. Quizás verlo desde fuera, desde otro punto de vista, me habría convencido incluso a mí. Pero era yo la que estaba allí, era yo la que había vivido todo, y era yo la que había pasado diez años con el hombre de mi vida. Y Rachel solo estuvo 20 días. Era injusto no luchar por lo que tan feliz me había hecho durante tantos años, por muchas sensaciones que aquella chica lograse regalarme, y por mucho que la echara de menos.
No necesitaba convencerme para saber que amaba a Finn Hudson, como tampoco necesitaba convencerme de que Rachel iba a rondar por mi mente para siempre. Pero lo haría como un recuerdo, tal y como me explicó con aquella carta.
En aquella semana en la que volvimos a afrontar nuestra vida juntos, Finn hizo algo que yo jamás pensé que iba a hacer. Y, sobre todo, que me fuese a beneficiar.
Quiso que, aunque hubiésemos aclarado nuestra situación y nuestra vuelta era ya algo oficial, siguiésemos llevando nuestra vida como tanto lo necesitábamos. Al menos yo. Me otorgó una libertad, una confianza plena y ciega que me sorprendió. No había presiones, no había nada que pudiese enturbiar de nuevo nuestros sentimientos, y funcionaba.
Todo era sencillo, y cada día que pasaba, me sentía más segura de volver a recuperar lo que habíamos perdido.
Aquella tarde del 4 de abril, el jardín trasero de la casa de mis padres estaba repleto de amigos que celebraban mi cumpleaños. Una fiesta sorpresa que yo no esperé, y de la que se había encargado de organizar mi hermano, con ayuda de Santana por supuesto. Pero en aquel instante, mi padre se las había arreglado para alejarme de la celebración, y llevarme hasta su pequeño jardín zen, como él lo llamaba. Una zona acotada a la que nadie podía acceder sin su permiso. Era su rincón, su lugar, donde pasaba las escasas horas de descanso que tenía en su trabajo.
Un serpenteante y estrecho camino nos adentraba en lo que era su mundo. Rodeado de piedras perfectamente colocadas a todo lo largo del mismo, y que delimitaba con las decenas de narcisos, helechos e incluso lirios, que pacientemente había ido plantando. Todo ello regado con un verde y radiante musgo que trepaba por cada roca, y que llegaba hasta la zona central. Algunos árboles conseguían llenar de sombra todo el sendero, y nos regalaba el frescor que desprendía el verdor de aquellas plantas.
Saber cómo mi padre conseguía mantener con vida todo aquello con el clima extremo de Arizona, era algo que no conseguía a comprender. Quizás era todo el cariño que le dedicaba, y el esmero por lograr que fuese perfecto.
Al fondo, justo donde nos encontrábamos, un banco de piedra que él mismo había hecho, y a nuestra izquierda, lo que iba a ser un pequeño estanque que todavía estaba en plena construcción. Era un lugar mágico, sin duda. Una de las pocas cosas que agradecía por tener una inmensa casa. Ya que mi padre, a pesar de ser quien era, detestaba el lujo. Eso era cosa de mi madre.
—Me alegra ver que tomas zumo —dije sonriente.
—Te prometí que no volvería a probar el alcohol, y cumpliré mi promesa.
—Así me gusta. Me gusta seguir sintiendo tu corazón latir con fuerza.
—A mí también me gusta —bromeó —, y creo que incluso más que a ti.
—Eso espero. Eres tú el primero que tiene que estar orgulloso
—Lo sé —musitó lanzando una mirada hacia la copa —. ¿Y tu corazón? ¿Como está? Hace tiempo que no sé nada de él.
Así era mi padre, tan sutil y dulce que conseguía hacerme hablar del tema más complicado sin sentirme presionada a ello.
—Pues no te puedo mentir —le miré—. Aún está algo tocado, pero empieza a recuperarse.
—No sabes cómo me alegra oírte decir eso. He visto que con Finn todo parece que vuelve a ser normal.
—Estamos luchando porque así sea —le tranquilicé —. Nos queremos mucho, papá. Y eso es lo importante. ¿No crees?
—Sin duda, es lo primordial. Pero también tienes que tener presente tu vida, y últimamente no te veía centrada. Tenía la sensación de creer que estabas un poco perdida. ¿Cierto?
—¿Cuándo no lo he estado? —cuestioné con algo de humor.
—Quinn, el ser humano se hace persona a fuerza de cometer errores, y para cometer errores hay que dar un paso hacia adelante. Tú has dado muchos pasos.
—Por eso he cometido tantos errores —le interrumpí.
—Por eso eres una persona tan especial, por eso tienes una mente sensata y razonable. Créeme, es difícil encontrar a chicas con 26… 27 años —recapacitó divertido — con la certeza que tú muestras cuando decides afrontar un nuevo paso.
—¿Y cuándo voy a dar el paso acertado, papá? ¿Cuándo voy a dejar de cometer errores?
—¿Qué es para ti un error?
—No sé, por ejemplo, el bar —musité —. Es un desastre.
—No creo que sea un error después de las últimas noticias que he recibido
—¿Te lo ha dicho Brody? —cuestioné sorprendida.
—Sí, aunque es algo que deberías haberme dicho tú.
—Es que no es seguro —respondí rápidamente—. No estoy segura de que ese hombre acepte el dinero que Santana pretende conseguir por traspasarlo.
Sí. Traspasar el bar.
Era una de las buenas, o quizás no tan malas noticias que habíamos recibido durante aquellos días.
Sam nos reunió en el bar para hacernos llegar una propuesta. Un hombre, un empresario de la zona había acudido allí en una de las noches en las que Sam se obcecó en retransmitir los partidos de la liga nacional de fútbol, y quedó enamorado del local. Tanto que mostró interés en hacerse con él.
Al principio tanto Santana como yo nos negamos a seguir escuchándole, pero tras pasar varios días, la idea comenzó a ocupar gran parte de nuestros pensamientos, y llegó un punto en el que casi estábamos convencidas. O, mejor dicho, Santana lo estaba. Yo me mantenía a la espera, expectante por el cambio tan radical que mostraba mi amiga para que nos decidiéramos a dejar el bar.
—Sé quién es, —dijo mi padre — Brody me lo ha estado comentado, y es un buen empresario. Tiene varios locales y no me extraña que esté interesado si ha visto que va bien.
—Ese es el problema, papá—interrumpí—. El bar solo va bien por temporadas. Hay semanas en las que tenemos que hacer malabares para poder pagar las facturas, y otras en las que se llena de gente. Y ese hombre ha dado la casualidad de que vino en una de esas noches en las que había clientes. ¿Qué pasa si descubre que no es tan buen negocio?
—Quinn, es un empresario preparado, con muchos años y negocios tras él. Si se ha interesado es porque sabe que puede sacarle rendimiento. Y si me dices que vosotras lo habéis pasado mal, creo que es una oportunidad de oro.
—Eso es lo que piensa Santana —respondí dudosa.
—¿Y tú? ¿No crees que es un buen negocio desprenderte de él?
—Me fastidia un poco, porque me da la sensación de que estoy abandonando, y no me gusta abandonar.
—Pero Quinn, no lo estás dejando a su suerte. No estás cerrándolo. De hecho, traspasarlo y que sea otra persona la interesada, denota que lo habéis hecho bien de alguna manera. No estás perdiendo, hija, al contrario, vais a ganar. Así se forman las grandes empresarias que sustentan el país. Creas, inviertes, y vendes. Es un ciclo.
—Ya… Pero no sé, papá. No tengo ni idea de qué hacer, porque también están Santana y Sammuel.
—Según me dijo Brody, Sammuel seguiría trabajando allí. ¿No?
—Eh sí, entraría dentro de las condiciones del traspaso, pero Santana no.
—Bueno, quizás es hora de empezar algo diferente. ¿No crees? Estoy seguro de que Santana puede hacer muchas más cosas.
—Yo tampoco lo dudo, pero no sé, era su sueño y me resulta raro que no le importe desprenderse de él. Me da la sensación de que piensa en algo, y no me lo quiere decir para no preocuparme.
—Es tu amiga, hija. Si algo le sucediese, seguro que te lo habría contado ya. No busque problemas donde no los hay. ¿De acuerdo?
—Ya… Supongo —balbucee sin resultar convincente.
—¿Y tú? ¿Qué pasará contigo si decidís traspasar el bar?
—Pues no lo sé, supongo que tendré que buscar algo. No quiero estar sin trabajar —dije un tanto tensa. Sabía que ese tema si era un poco escabroso para mi padre. Él podía ayudarme a encontrar trabajo en un abrir y cerrar de ojos, pero yo siempre me había negado a algo así.
—Bueno, no sé si sabes que, dentro de unos meses, abren de nuevo adjudicaciones de plazas para el departamento de prensa del ayuntamiento…
—No, no papá —interrumpí rápidamente.
—Hija no he terminado de hablar.
—Sé lo que vas a decir —volví a replicar—. Puedo tener un puesto fijo en el ayuntamiento, sí perfecto, pero me niego a que sea gracias a ti, papá
—Lo sé, por eso te digo que no me has dejado acabar. Esa plaza te la tendrías que ganar tú. Para eso están los exámenes, y todo depende de tu capacidad —me sonrió —. Yo no tengo nada que ver, lo prometo.
Lo miré durante algunos segundos. Aquello si era algo que pudiese interesar. A pesar de ser licenciada y acabar de cumplir 27 años, no estaba segura de lo que quería hacer con mi vida. Ese había sido mi mayor desconsuelo, mi quebradero de cabeza durante años.
—No sé, tendría que pensarlo.
—Claro, tú piénsalo. Solo tendrías que estudiar durante estos meses y bueno, demostrar si tienes capacidad para lograrlo —dijo tomando mi mano con dulzura—. Y eso es algo que yo estoy completamente convencido para lo que estás capacitada.
—Lo haré, papá —musité—. Lo pensaré
—Bien, hace unos días me dijo Brody que…
—Quinn —la voz de Elisa nos interrumpió en mitad de la conversación. Elisa, o Eli como yo solía llamarla, era la hija de Leonora, y aquella tarde estaba ayudando a su madre para organizar los aperitivos de mi fiesta de cumpleaños. Lo hacía cada vez que mi padre organizaba alguna reunión o celebración en mi casa. Era una buena mujer, que a pesar de ser mayor que yo, había crecido junto a mí.
Fueron muchas las tardes en las que venía a jugar conmigo mientras su madre trabajaba en nuestra casa. Muchas horas de confesiones entre amigas, de secretos que ella conocía de mi vida y que nos había hecho inseparables, hasta que crecimos.
Por aquel entonces, Eli ya solo acudía a la casa de mis padres para los eventos, aunque no habíamos perdido la confianza.
—Dime Eli.
—Hay una chica en la entrada. Dice que está invitada a la fiesta, pero su nombre no está en la lista que me diste. ¿Qué hago?
—¿Una chica? ¿No te ha dicho su nombre?
—Sí, Brittany S… No sé qué.
—Ah sí, sí está invitada —respondí rápidamente —. Es solo que no sabíamos si iba a venir, y olvidé poner su nombre en la lista. Déjala pasar. ¿Ok? Voy enseguida a recibirla.
—Perfecto. No me sonaba de nada, ni su nombre ni su cara, creo que es la primera vez que…
Se fue y su conversación se iba desvaneciendo poco a poco conforme se iba a alejando de nosotros. Así era Eli. Ella comenzaba a hablar y al mismo tiempo se apartaba de ti, por lo que nunca terminabas de escuchar lo que decía.
Al principio me resultaba frustrante, y tenía que perseguirla por toda la casa para saber que me decía o pretendía contar, pero con el paso de los años aprendí a restarle importancia. Supe que era ella misma, que se hablaba a sí misma y daba igual si me enteraba o no. Era Eli y su retahíla.
—¿Quién es esa Brittany? —preguntó mi padre y yo sonreí.
—La chica de Santana —respondí con diversión, sabiendo que aquellos datos iban a resultar lo suficientemente curiosos para mi padre.
—¿De veras? ¿Tiene novia?
—Mmm…Bueno —balbuceé levantándome del banco—. No es su chica oficialmente, pero podríamos decir que está a punto de conseguirlo.
Otra buena noticia que habíamos recibido durante aquellas dos semanas. No solo mi vida amorosa comenzaba a recuperarse, sino que también lo hacía la de Santana.
Brittany regresó a la ciudad tras pasar una semana en Las Vegas con Rachel, y lo hizo dispuesta a darle la oportunidad a mi amiga.
Fueron varias las noches que vino al bar, pero casi siempre se veían lejos de él. Lo cierto es que, entre eso y mi vuelta con Finn, Santana y yo solo nos veíamos cuando trabajábamos, o bien cuando coincidíamos para dormir en casa. Algo a lo que no terminaba de acostumbrarme por completo, pero que aceptaba sin reproches. Era síntoma de que las dos estábamos bien, y eso era lo que realmente importaba.
—¿Cómo es? Quiero conocerla.
—Lo sé —sonreí ofreciéndole mi mano para que me acompañase hasta el jardín principal, dando por acabado nuestro pequeño aislamiento de la sociedad. Y él aceptó.
La curiosidad por ver a qué clase de chica había invitado Santana, podía con él, pero siempre de una manera divertida. Una curiosidad sana, muy distinta a la que podía sentir mi madre cuando fuese consciente de la llegada de la nueva invitada, y su relación con Santana.
Lo admito. Mi madre, a pesar de querer como a una hija a mi amiga, tenía cierto recelo por culpa de su orientación sexual. Y es que, aunque lo aceptaba y toleraba, tenía la estúpida idea de que tarde o temprano iba a terminar volviéndome a mí de su misma condición. Como si eso fuese el peor de los castigos.
—Pues vamos a conocer a esa chica —dijo mi padre olvidándose de mi mano, y alzando su brazo alrededor de mis hombros, obligándome con gusto a abrazarle mientras regresábamos a la fiesta —. ¿Es guapa?
—Es guapísima —dije —. No me extraña que Santana esté loca por ella. Lo estaría hasta yo —bromeé.
—Uhh, entonces a mí me va a encantar —respondió sonriente—. Espero que tu madre no se moleste.
—Mamá siempre se va a molestar por todo.
—En eso tienes razón —siguió bromeando—. Si hubieses visto la cara que puso cuando llegó tu hermano con Marley, y le dije que ella era más guapa que Brody. Puff, creo que aún está maldiciéndome entre dientes.
No pude contener la carcajada en aquel instante tras recordar el almuerzo que habíamos tenido solo la familia, más la compañía de Santana por supuesto, y de Finn.
Fue el pistoletazo de salida a la celebración de mi cumpleaños, y durante toda la comida, pudimos ser testigos de las excusas absurdas de mi madre hacia cualquier cosa, y de la que todos, incluidos Finn que siempre se mostraba más serio, terminábamos riendo.
Reímos al igual que en aquel instante. Llegamos a la zona donde estaban todos los invitados repartidos por el jardín, formando pequeños grupos y amenizados por la música que mi hermano se encargaba de poner.
Nadie se percató de nuestra presencia. De hecho, juraría que nadie nos echó en falta, y eso era algo normal mientras hubiese comida y bebidas para todos.
Pude comprobar que Brittany aún no había accedido al jardín, y decidí acercarme hasta Santana, que hablaba con un par de amigas que teníamos en común, liberando a mi padre para que pudiese seguir disfrutando de la fiesta.
—Hey —la interrumpí—. No me has dicho que Britt venía al final.
—¿Britt? —se alejó un poco del grupo—. Bueno, es que no sé si va a venir, me dijo que me llamaría, pero ¡Oh mierda! —se lamentó tras comprobar la pantalla de su teléfono—. Me ha llamado y no me he enterado. Voy a llamarla.
—No es necesario —la detuve—. Eli me ha dicho que está en la puerta. Viene ya.
—Ah genial —se mostró ilusionada—. Por fin algo de diversión en tu muermo de fiesta —me recriminó con humor.
—Si tan aburrida estás, ¿por qué no te vas?
—Tengo bebida y comida gratis —respondió con soberbia —, y ahora viene mi diosa. Lo siento rubia, pero me quedo.
—Ya eres una...
—¡Ahí está Britt! —me interrumpió lanzando una mirada hacia la entrada al jardín —¡Oh mierda! —se quejó a continuación.
—¿Qué pasa? —dije con burla tras oír su queja —¿Te has puesto nerviosa al verla y…? ¿Rachel?
—¿Qué hace Rachel aquí? —inquirió Santana obligándome a creer que lo que veían mis ojos, no era una ilusión óptica provocada por el cóctel que Sam me había hecho beber. Era Rachel. Se había detenido nada más entrar en el jardín y descubrirme. Estaba paralizada, bloqueada, probablemente igual que yo. La única diferencia es que yo desvié mi mirada por el jardín, y busqué rápidamente a Finn. Era lo que más me preocupaba en aquel instante.
Y a Finn se percató.
La había visto, y como si estuviese esperando mi reacción, me miraba fijamente. Aunque para ser realistas su mirada transmitía tranquilidad, tanto que incluso comenzó a sonreír con dulzura.
—¿La has invitado tú? —le pregunté a Santana sin dejar de mi mirar a mi chico.
—No, de hecho, no tengo ni idea qué hace aquí. Britt me dijo que, si podía venir con una amiga, pero no que fuese ella —se excusó.
—Ok. ¿Y ahora qué hago?
—No lo sé, pero deberías sonreír con naturalizad y quitar esa cara de terror que tienes —me recriminó al tiempo que ya comenzaba a escuchar la voz de Brittany.
—Hey ¡Felicidades Quinn! —exclamó al llegar frente a nosotras, y entregarle un cariñoso abrazo a Santana. Seguía tensa, sobre todo, porque siguiendo los pasos de Britt, llegaba Rachel y me miraba. Me miraba extrañada, con algo de malestar o excusa que yo no conseguía adivinar con precisión. De lo único que fui consciente es de su aspecto físico, de su cambiado e impresionante aspecto.
El pelo perfectamente peinado cayendo por sus hombros, y una blusa blanca que hacía las veces de vestido, y que conseguía hacerla relucir entre todos los invitados. El maquillaje, los zapatos de tacón. Aquella no era la Rachel que yo había conocido. No era mi Rachel, la de los pantalones rotos, la gorra de futbol y sus camisetas básicas. Y me impactó. Me impactó tanto, que ni siquiera supe cómo reaccionar.
—Gracias Brittany —balbuceé aún con los nervios acusando mi voz—. Gracias por venir.
—Gracias por invitarme. Mirad a quien he traído —sonrió girándose hacia Rachel. Evidentemente no era nada nuevo, ni una sorpresa, por mucho que aquella chica rubia de enormes ojos azules quisiera provocar —. ¿Te acuerdas de ella? —cuestionó con algo de burla.
—Britt, por favor —susurró Rachel tratando de evitar que la broma pudiese ofenderme, y yo me mareé.
No, no estaba borracha, y tampoco me mareé como te mareas cuando pierdes el vértigo. Me mareé de forma ficticia, como cuando sientes que el mundo se escapa bajo tus pies y nadie parece darse cuenta. Y todo, aquella extraña sensación, solo por un simple y llano motivo; su voz.
14 días de desintoxicación. 14 días de rehabilitación en los que creí que ya todo estaba superado, y de pronto, con un simple susurro, todo volvía a nublarse.
—Hola Quinn —me miró indecisa—. Fe… feliz cumpleaños —balbuceó.
—Gracias Rachel —respondí quedándome sin aire. Si pensaba que peor no podía ir la situación, era porque no me había percatado de la llegada de Finn. Aunque volvía a sorprenderme.
—¡Rachel! —exclamó con dulzura, provocando su atención y la sorpresa, porque Rachel también se sorprendió tras ver aparecer a mi chico.
—Ho… hola Finn —volvía a mostrarse nerviosa.
—No sabía que estuvieses en la ciudad —le saludó con un breve pero afectivo abrazo—. Me alegra mucho verte aquí. Hoy es un día importante para Quinn —me miró y me hundió. No acertaba a comprender por qué Finn me miraba con tanta dulzura conociendo lo que había sucedido entre ella y yo.
—Lo sé —respondió evitando mirarme en todo momento, aunque lo tuvo que hacer. Tuvo que mirarme y fingir que nada sucedía cuando Finn la incitó a que me saludase como debía hacerlo, como no lo había hecho cuando llegó.
—Vamos. ¿Por qué no os habéis saludado? —me miró extrañado—. Es una gran sorpresa que esté aquí —volvía a sonreír.
—Ya la he felicitado —dijo Rachel tratando de escapar de la situación.
—No hablo de felicitaciones —volvió a hablar Finn—. Os he visto ahí plantadas. ¿Verdad que no se han saludado? —miró a Santana y Britt que permanecían absortas con la reacción de mi chico.
—Es cierto —intervino Brittany —. Hola yo soy Britt —se presentó y Finn aceptó su mano a modo de saludo—. Yo Finn Hudson —sonrió.
—Lo sé. Sé quién eres —respondió la rubia de forma divertida—. Vamos Rachel, llevas todo el día diciendo que querías saludar a Quinn, y ahora no lo haces…
Supuse que aquello era mentira, más que nada por el gesto de incomprensión que mostró Rachel, y el malestar que parecía apoderarse de ella. De verdad, debía estar pasando por el peor momento de su vida, y yo no me vi con fuerzas de dejarla a solas en ese instante.
—Me alegra volverte a ver —dije sin pensarlo, y dando un paso hacia ella, obligándola a que también aceptase mi inminente abrazo ante el asombro de todos. O al menos de Santana y Britt, porque Finn, que aún seguía a mi lado, sonreía como si realmente se alegrase de que aquello estuviese sucediendo.
Pero al igual que fui consciente de lo que sucedía a mi alrededor cuando di el paso de abrazarla, también dejé de tener noción del tiempo cuando olí su perfume, cuando me di cuenta que la chica que me abrazaba, era ella. Rachel.
Su calor, a pesar de los nervios que se adueñaban de sus brazos, esa calidez que desprendía consiguió que todos los sentimientos que me provocaron sus palabras en la carta que me dejó antes de marcharse, volvieran a merodear por mi mente.
—Yo también me alegro, Quinn —susurró—. No sabes cuánto
Deshice el abrazo con tranquilidad, sin resultar brusca y dibujando la primera de las sonrisas. Realmente estaba agradecida por volverla a ver, aunque aún no llegase a entender como sucedió todo.
—¿Quieres algo de beber? —cuestionó Finn tras nuestro abrazo.
—Eh no, no es necesario —se excusó de nuevo.
—¿Como que no? Bah, iré a por algo. Ahora vuelvo —dijo sin dar opción a detenerlo.
—Nosotras también —espetó Santana dando un tirón de Brittany, que a trompicones la tuvo que seguir por el jardín.
Supe que, por supuesto, aquella reacción era para dejarnos a Rachel y a mí a solas. Quizás esperanzada en que la tensión desapareciese por completo entre nosotras, pero eso no sucedió.
Bastó observar como nadie permanecía a menos de dos o tres metros alrededor nuestro, para recibir la primera de las excusas.
—No tenía ni idea de que veníamos aquí —dijo mirándome a los ojos—. Britt me dijo que era el cumpleaños de una amiga suya, y que no quería venir sola. Lo, lo siento Quinn, te juro que no sabía que eras tú. Lo siento.
—Rachel, para —la interrumpí—. Está bien. No, no te preocupes.
—No quiero problemas, Quinn —respondió aún nerviosa—. Le diré a Britt que me marcho y ya no, no tienes…
—¿Por qué? —cuestioné de nuevo sin dejar que acabase de hablar.
—No quiero ponerte en compromisos. No es mi intención.
—Rachel, es mi cumpleaños y…todos mis amigos están aquí. Te habría invitado si hubiera sabido que ibas a estar en la ciudad, así que solo disfruta de la fiesta —dije sin pensar—. Me alegra mucho volverte a ver.
—Surgió un pequeño inconveniente —me explicó—. Tuve que regresar con Britt
—Ah vaya y… ¿Ya no te marchas? —balbuceé.
—Sí, si claro, en unos días me voy. Esta vez de verdad —sonrió con timidez.
—Perfecto, quiero decir, no perfecto que te vayas, sino que se supone que ya se habrá solucionado ese inconveniente y podrás irte. Aunque si quieres quedarte, puedes, puedes hacerlo, o marcharte…
—Te he entendido. Quinn —me calló y yo lo agradecí. Mis nervios me estaban provocando una extraña verborrea que ni siquiera yo llegaba a comprender. Pero si agradecida estaba de que me hubiese entendido, peor me sentí cuando tras aquello, el silencio se prolongó entre las dos mientras nos mirábamos.
Quería gritarle que estaba preciosa, pero sabía que aquello me volvería a meter en problemas. y no podía consentirlo.
—Creo que no vas a tomar un cóctel más sabroso en tu vida.
La voz de Finn rompió aquel intenso momento en el que nos mantuvimos en silencio, organizando nuestros pensamientos y los siguientes movimientos. Y aunque era mi chico y yo prefería que no estuviese cerca de ella, me alegró que nos interrumpiera.
—Parece delicioso —dijo ella aceptando la copa —. ¿Tiene mucho alcohol?
—Nada —respondió sonriente —. Aquel señor de allí me dijo que nada de alcohol— señaló hacia el fondo y ambas descubrimos a mi padre junto a Santana y a Britt, mostrando una enorme sonrisa.
—Vaya, pues será mejor que vaya a agradecérselo —dijo Rachel tras encontrar la mejor de las excusas para salir de aquella situación—. ¿Te importa que vaya a saludar a tu padre? —me miró.
—En absoluto. De hecho, me sorprende que él no haya venido ya —sonreí.
—Ok. Pues iré a… A saludarlo —volvió a tartamudear—. Te veo luego. Gracias Finn —volvió a mostrarle la copa.
Él se limitó a sonreír y asentir mientras Rachel ya se disponía a caminar hacia uno de los extremos del jardín. Yo contuve la respiración por algunos segundos. Mis ojos iban directos hacia su cuerpo y tenía que evitarlo. Sobre todo, por Finn, que seguía a mi lado.
—Qué sorpresa, ¿no? —dijo con naturalidad.
—Eh sí, la verdad es que pensaba que estaba en California.
—¿Le ha sucedido algo para quedarse aquí? —se interesó.
—No lo sé, al parecer un pequeño imprevisto. Pero según me ha dicho se marchará en unos días, así que supongo que no será nada grave.
—Ajam… Esperemos que sí, que no sea nada grave —me miró complaciente—. ¿Cómo estás tú?
—¿Yo? Bien. ¿Por qué?
—No sé, supongo que debe resultar extraño. ¿No?
—No, todo está bien —le sonreí con disimulo, pero él no se lo tragó. No creyó mi falsa tranquilidad bajo ningún concepto.
—Quinn, todo está bien conmigo —dijo sorprendiéndome—. No tienes que disimular ni mostrarte fría con ella. ¿De acuerdo? Yo quiero que la trates bien. Por mí no hay problema alguno.
—Pero… ¿No te molesta que ella esté aquí?
—En absoluto —se acercó—. A mí lo único que me importa es que estamos juntos, y que si te hubieras querido ir con ella ya lo habrías hecho. Me has elegido a mí.
—No te he elegido —dije abrumada —. Tú siempre has estado el primero, Finn. Jamás sentí la necesidad de elegir.
—Pues con más razón aún —me dijo rodeando mi cintura con su brazo—. Es lo único que me importa. Rachel no tiene mi desprecio, solo mi agradecimiento por haber logrado aclarar tus dudas acerca de nuestra relación.
—Gracias Finn —respondí con sinceridad—. Gracias por ser así — le dije. Y sin pensarlo me lancé hacia sus labios para agradecerle toda la dulzura y comprensión con un beso. Aunque, para ser honestas, en mi mente no solo rondaba el agradecimiento hacia él por su actitud, sino que también lo hacía la imagen de Rachel entrando en el jardín.
Volvía a estar presente, volvía a aparecer en mi vida y ahora sí podría ser fatídico. Saber lo que ella había sentido y su temor a enamorarse de mí, me ponía en una situación aún más complicada. Yo sabía manejar mis sentimientos, pero… ¿Como iba a manejar los de ella?
