Drops of Jupiter. Train
Capítulo 23
Egoísmo
Un suplicio.
Mi fiesta de cumpleaños se estaba convirtiendo en un verdadero suplicio, y no porque Rachel estuviese allí y yo me sintiera insegura, sino porque quería, deseaba, anhelaba hablar con ella, y ella sin embargo me esquivaba.
Había pasado casi una hora desde su llegada, y solo la pude ver en un par de ocasiones, siempre con la presencia de mi padre, de Finn, de Brody, de Santana o incluso de mi madre. Y cuando la encontraba en alguna zona donde podía acercarme a solas, me miraba y se escabullía.
No la culpé. Al fin y al cabo, yo habría hecho lo mismo en su situación. Para colmo, Finn no paraba de regalarme gestos de cariño que conseguían llamar la atención de todo el mundo, y que estaba segura, era lo que obligaba a Rachel a mostrarse más distante y fría conmigo.
Sin embargo, todas esas miradas que nos lanzábamos, no significaron nada hasta que llegó el peor momento. Y digo peor porque para mí lo fue.
No soy una persona a la que le gusten las sorpresas, pero en una fiesta de cumpleaños todo estaba permitido, y a pesar de que exigí no recibir ningún regalo material, si iba a recibir algo que, en otro momento de mi vida, me habría hecho sonreír, pero en aquel instante no pudo más que provocarme una terrible sensación de malestar por Rachel.
Fue Finn el encargado de pedir a todos los invitados que se reuniesen en uno de los laterales del jardín, donde habían desplegado un panel en el cual un proyector iba a mostrarnos algo. El típico video de fotos con amigos, recuerdos de fiestas y demás que ya había visto en otras celebraciones, y que tampoco me sorprendía demasiado. Pero no fue así.
Cuando las luces del día ya comenzaban a oscurecer, y las antorchas que mi hermano y Marley habían distribuido por todo el jardín eran encendidas, una película comenzó a proyectarse sobre el blanco panel. Una película con videos míos. Videos desde mi más tierna infancia hasta mi madurez.
Videos de mis primeros días de vida, de cuando me salió el primer diente o di mis primeros pasos. Videos en los que me veía jugando con Brody con apenas un par de años de edad. Cuidándolo, regalándose besos y demostrando mi faceta más cariñosa. He de confesar que a todo el mundo le resultó tierno verme cuidar de mi hermano. Había videos en los que salíamos jugando en un parque, incluso mi preciado coche rosa que Brody me fabricó. Y fue en ese instante, justo cuando salió ese coche, cuando mi mirada se desvió hacia Rachel.
Recordé que le había comentado la anécdota de aquel coche, y pude percibir la sonrisa llena de ternura que mostraba, y como sus ojos se humedecían con el paso de los segundos y las secuencias.
Era un golpe bajo para ella. Aunque se alegrase de ver mis videos tal y como demostraba, supe que estaba pasándolo mal. Su infancia, su maldita y terrorífica infancia no tenían nada que ver con la mía, y sentí el dolor apoderándose de mí. Sentí pena al saber que ella no había disfrutado ni una milésima parte de lo que yo viví. Y luego, cuando llegaron los videos de mi adolescencia, mi primer baile de instituto junto a Finn, las celebraciones de otros cumpleaños, y la presencia siempre de mis padres junto a mí. Los abrazos de mi padre, los besos que yo siempre quería darle a mi hermano y él quejándose por el mismo motivo. Mis competiciones de gimnasia rítmica, mi primer podio en natación sincronizada con 14 años, mi vestido de reina de la promoción. Todo, absolutamente todo me hacía sentir mal por saber que Rachel estaba allí, viéndolo.
No era mi culpa, pero no podía evitar sentir empatía por ella. Y supuse que ella sintió mi obsesiva mirada a través de la gente.
Me miró. Me buscó entre el resto de invitados, y ambas nos miramos. No sé por cuánto tiempo, pero nos miramos, y fue la peor sensación que pude tener.
Sus ojos seguían mostrando ese brillo provocado por algunas lágrimas que no se atrevían a caer, y de las que yo estaba segura, eran provocadas por la pena y los recuerdos que rondaban por su mente tras ver el video. Quería abrazarla. Me sentía tan mal que incluso me apetecía disculparme por haber sido una niña feliz durante mi infancia. Pero no podía. No podía porque en vez de abrazarla yo a ella, era el brazo de Finn el que me rodeaba la cintura con dulzura, y era su cuerpo el que me servía de apoyo mientras ella estaba a solas, con Brittany y Santana lejos de su alcance.
Por suerte aquel sufrimiento se acabó, al menos la película lo hizo y con ella, regresaron las conversaciones, las risas y algunas bromas en las que siempre estaba presente nuestros amigos. Menos ella.
Su estado anímico estaba afectado, y eso era algo evidente. Al menos para mí.
—Cielo —fue Finn quien me sacó de mi mutismo—. Creo que Rachel está un poco aislada. Deberías acercarte a ella.
—¿Qué? —me giré hacia él sorprendida.
—Lleva todo el rato ahí, sola. Santana y Brittany se han perdido, y con la única que habla es con Marley. Ni siquiera Evans está disponible. Me sienta mal verla así, además parece que está algo triste.
El corazón destrozado, hecho trocitos, quebrado en mil partes. Así me sentí al mirar a los ojos de mi chico y ver como él hablaba con el corazón, preocupado por la misma persona que no salía de mi mente. Llegué a preguntarme si había sido testigo de las miradas fugaces que nos habíamos regalado Rachel y yo, pero no conseguía asimilarlo si así hubiese sucedido.
¿Por qué se mostraba tan complacido con ella? ¿Había olvidado que nos había encontrado en la cama juntas?
—Finn. ¿Por qué te preocupas tanto por ella? —cuestioné sin poder evitarlo.
—Porque no tengo nada en contra de ella —me dijo convencido—. Me has hablado mucho y sé que no lo ha pasado bien en su vida. ¿Por qué iba a desearle algo malo? Sé que es importante para ti, y eso la hace importante para mí. Nada más.
—Pero…
—¿Te sientes incomoda por hablar con ella? ¿Hay algo que debas contarme, Quinn?
—No, no claro que no, pero me sorprende que te lo tomes todo con tanta tranquilidad. Quiero decir, ya sabes que ella y yo…
—No quiero pensar en eso —me interrumpió—. Quinn, solo me vale el ahora, y el ahora es que estás aquí conmigo. Te prometí que volvería a ser el mismo y es lo que estoy haciendo —sonó con dulzura—. Nada de celos, nada de odios. Confianza plena. ¿Lo recuerdas?
—Claro —balbuceé tratando de sonar convincente, pero no lo fui.
—Ok. Pues ahora vamos, corre y acércate a ella. No la dejes sola en tu propia ¡Oh no! —exclamó alzando la mirada por encima de mi cabeza y yo me giré rápidamente.
Su gesto descompuesto me alertó y las risotadas del resto de invitados hicieron el resto.
—¡Simón! —exclamé al verlo. Simón era uno de nuestros amigos. El tipo más bromista de cuántos había en nuestro reducido grupo, y el que siempre daba el primer paso antes de armar un buen revuelo.
En este caso, fue el primero en decidir que alguien debía caer vestida a la piscina, y ese alguien era Rachel.
Verlo correr con la morena entre sus brazos me asustó, pero el susto se quedó en nada cuando pude contemplar la cara de pánico que mostraba Rachel. Estaba aterrorizada, y yo temí aún más.
Apenas pude detenerlos cuando vi como caía en el interior de la piscina y mi cuerpo se descompuso.
Fue como si un flashback me atravesara la mente, y pude oír su voz rememorando una de las tantas anécdotas que había vivido a lo largo de su viaje, justamente la única a la que yo apenas había prestado atención, pero que me hizo recordar un pequeño detalle de la vida de Rachel que podía perjudicarle en aquel instante; No sabía nadar.
Ni siquiera sé cómo lo hice, pero apenas la vi hundirse en el agua, me deshice de los brazos de Finn y corrí hacia la piscina para lanzarme hacia ella con la ropa, y los zapatos incluidos.
No fui consciente de la expectación que mi gesto pudo provocar en el resto de invitados, mi única obsesión en aquel instante era sacar a Rachel del fondo de la piscina, y devolverla a su estado natural sin más complicaciones.
Y eso es lo que hice.
Rachel era pequeña, menuda y su cuerpo, a pesar del nerviosismo que la sacudía, se manejaba a la perfección en el agua. Tiré de ella y conseguí que se aferrara al borde de la piscina.
—¿Estás bien? —le pregunté rápidamente, pero la tos apenas la dejaba hablar. Simplemente me miraba con los ojos abiertos como platos, y aun tratando de entender que había sucedido—. Rachel, ¿estás bien? —volví a preguntar apartando el pelo de su rostro.
—Eh. sí, creo —balbuceó tratando de recuperar el aire. Fue en ese instante cuando noté la presencia de Finn y Brody justo en el lado de la piscina donde estábamos, y el resto de los murmullos volvieron a llegar a mis oídos.
—¿Estáis bien? —preguntó Finn agachándose hacia nosotras y ofreciéndole la mano a Rachel para poder salir de la piscina.
—No sabe nadar —dije con rapidez, quizás para excusarme de mi exagerada actitud al lanzarme a la piscina, y me entendió. Su rostro se descompuso, y tras conseguir que Rachel ascendiera hasta un lugar seguro, me ayudó a mí a salir de la piscina.
—¿Estás bien, Rachel? —fue Brody quien se interesó.
—Sí, sí—respondía aún asustada—. Debí comentar que soy pésima en el agua —me miró.
—No tienes que decir nada —interrumpió Finn—. Estoy harto de las bromas de Simón.
—Yo también —intervine al tiempo que busqué al culpable entre mis amigos. Estaba un tanto sorprendido al otro lado de la piscina, y más aún cuando mi mirada se clavó en él—. ¿Estás contento? —le recriminé alzando la voz— ¿Siempre tienes que ser tú quien fastidie todo?
—Quinn, tranquila —me calmó Rachel—. No ha pasado nada.
—Pero podría haber pasado.
—¡Lo siento Quinn! — se disculpó Simón—. Solo era un juego no sabía que…
—¡Tú nunca sabes nada! ¡Nunca preguntas nada!
—Basta, Quinn —fue Finn quien casi me detuvo, y digo casi, porque por un momento incluso pensé en caminar hacia Simón y encararme con él—. Vamos, id a cambiaros de ropa.
—Déjame que antes le diga algo a…
—¡Quinn! —volvió a detenerme—. No creo que debáis estar así más tiempo —miró a Rachel y yo lo seguí con la mirada. Fui consciente entonces de lo que pretendía hacerme entender. Yo podría pasar desapercibida, aun teniendo el pelo mojado y el vestido, pero Rachel lo tenía más complicado.
Su blusa blanca no era la mejor aliada para ella, y menos aún con el agua empapándola por completo. Se podía distinguir hasta su tatuaje a través de la prenda.
—Vamos ven —recapacité obligándola a que me acompañase hasta el interior de la casa, ante la atenta mirada de todos y de nuevo, los murmullos esta vez protagonizados por la reprimenda de Finn y Brody hacia Simón.
Rachel no rechistó. De hecho, caminaba a mi lado completamente cabizbaja. Solo alzó la mirada cuando estábamos a punto de acceder a la casa, y nos encontramos de frente con Santana y Brittany.
—¿Qué hacéis? —preguntó mi amiga— ¿Qué hacéis mojadas?
—Un pequeño accidente —respondió Rachel con apenas un hilo de voz.
—¿De dónde venís? —dije yo.
—Del baño. Brittany necesitaba usarlo y no sabía dónde estaba —respondió mi amiga—. ¿Qué os ha pasado?
—Nada. El estúpido de Simón y su gracia de lanzar a alguien a la piscina.
—¿Otra vez ese estúpido? Es imbécil. El año pasado me lanzó a mí.
—Pues este año la ha tomado con Rachel —dije mirándola—. Vamos a quitarte esa blusa antes de que sea peor.
—Peor no creo que llegue a ser nunca —intervino Brittany con una sonrisa—. Madre mía Rachel, estás para…
—Britt por favor —suplicó ella.
—Ok, no digo nada más —sonrió divertida, aunque a Santana aquel comentario no le hizo ni pizca de gracia. De hecho, se despidió de nosotras con suma rapidez y obligó a Britt a que la siguiera hasta el jardín, donde se había vuelto a recuperar la calma. Rachel y yo continuamos con nuestro camino, o más bien, Rachel me seguía a través de mi propia casa.
Ascendimos hasta el piso superior. En mi habitación aún seguía guardando algo de ropa que podría servirnos para evitar que la mojada nos terminase por perjudicar, aunque para ser sinceras, habría dado cualquier cosa por evitar que Rachel se desprendiera de aquella blusa.
Brittany tenía razón. No había visto a nadie más sexy en toda mi vida, y daba la casualidad de que era ella, Rachel, la única mujer que había conseguido destruir todos mis esquemas y provocarme como nunca antes nadie lo hizo.
Ilusa de mí. Pensar que la peor situación era contemplarla de aquella manera, fue una completa estupidez cuando nos adentramos en mi habitación, y supe que allí no había nadie más, excepto ella y yo. Ella y su blusa mojada. Ella y su indecisión, algo que la hacía incluso aún más atractiva.
—Vamos, pasa —la invité tras observar cómo se detenía en la puerta con algo de duda.
—Quinn, no es necesario que…
—Tengo algo de ropa que puede servirte —dije buscando ya en el interior del armario. Por suerte, mi madre había tenido la sensatez de guardar el vestido de novia en otro lugar más seguro, en vez de allí. No iba a ser nada divertido obligar a Rachel a contemplarlo, sobre todo, porque ella, a pesar de todo lo vivido, aún no sabía qué me iba a casar en apenas un mes.
—Pero… —balbuceó— Quinn no es necesario, esto se secará pronto y…
—Rachel, no seas cabezota. Te cambias y me das esa blusa, Leo la secará en un par de minutos. Es experta.
—Está bien, no sé quién es Leo, pero si tú lo dices…—musitó adentrándose por completo en la habitación. Yo no la miraba, seguía inmersa en mi búsqueda de algo que pudiese venirle bien, pero de vez en cuando, mis ojos se movían hacia su dirección. Solo un par de veces, justo hasta que por fin encontré lo ideal para ella. Una camiseta que creía haber perdido, y que me encantaba y un par de shorts, no como los que ella solía utilizar, pero que estaba segura de que le iban a servir igual.
—Quizás deberías dejarme una toalla antes de la ropa… —dijo rompiendo el silencio y mi calma.
Mi calma porque nada más sacar la ropa y girarme, me la encontré semidesnuda frente a mí, dejando los zapatos a un lado y evitando que el goteo que caía de su pelo, pudiese mojar el suelo.
Sé que fui demasiado evidente, pero ya no podía disimular más con ella. Supe que mis ojos se cerraron por algunos minutos, y que mi suspiro fue lo suficientemente sonoro como para provocar su atención. Pero Rachel no hizo nada por incomodarme, se limitó a bajar de nuevo la mirada y esperar impacientemente a que yo le entregase aquella toalla.
Ni siquiera sé cómo fui capaz de salir de la habitación, ir al baño, tomar una de las toallas de invitados, y regresar como si nada para entregársela. Y ni mucho menos sé cómo fui capaz de aguantar la visión de ella secándose delante de mí.
—Siento mucho todo lo que ha sucedido —dije mientras me disponía a buscar algo de ropa para mí—. Simón es un imbécil, siempre termina fastidiándolo todo.
—Yo sí que lo siento, Quinn —respondió.
—No tienes nada que sentir — volví a hablar, siempre dándole la espalda, evitando que mi cuerpo quedase a su merced —. No tienes la culpa de que ese estúpido tenga como diversión lanzar a gente a la piscina.
—No debería estar aquí, por eso lo siento.
—¿Qué? —aquello fue suficientemente importante como para dejar un tanto mi búsqueda y girarme hacia ella—¿Por qué dices eso?
—No creo que sea lo más sensato. Debí haberme marchado cuando supe que era tu fiesta.
—Eres mi amiga, Rachel —susurré—. Me gusta que estés en mi cumpleaños.
—Pero no creo que sea justo. Ni para ti, ni para Finn. No te imaginas la vergüenza que me da mirarle, siento que soy la peor persona del mundo. Tenía un concepto equivocado de él. No creía que fuese tan educado y buen chico.
—No lo eres —me acerqué. Gracias a aquella conversación había olvidado momentáneamente que seguía semidesnuda.
—Quinn, ese chico me trata con una dulzura impresionante. No, no puedo sentirme bien sabiendo que entre tú y yo pasó lo que pasó.
—Él lo sabe —confesé.
—¿Qué? ¿Se lo has contado? ¡Oh dios oh dios! Yo me marcho enseguida de aquí.
—Rachel, tranquilízate —la detuve. Por un instante creí que abandonaría la habitación sin siquiera vestirse—. Finn lo sabe, y lo acepta. Ya te dije que no era su problema, porque cuando pasó lo que pasó —hice una pausa—, estábamos separados. Así que no hay drama. Él entiende que me gustas y ya está.
—¿Y ya está? —me miró sorprendida—¿Pero ¿cómo que ya está? ¿Acepta que te hayas acostado conmigo?
—Acepta que puedo hacer con mi vida lo que quiera cuando estoy sola, y en aquel instante lo estaba.
—Oh dios…Pero, ¿cómo es posible?
—No lo sé —fui sincera—, pero lo acepta. A él, a él lo único que le importa es que —tragué saliva—, es que hayamos vuelto. Nada más.
—¿Y por qué me trata así? Una cosa es que acepte que hemos estado juntas y… Bueno, es algo que no entiendo muy bien, pero que me trate como me trata. Eso es muy raro, debería querer tenerme lejos de ti.
—Pues no —la interrumpí—. De hecho, se preocupa por ti, Rachel. Sabe que eres muy importante para mí, y lo respeta.
—Ok. No entiendo qué clase de relación tenéis, te lo juro —dijo colocándose la camiseta—, pero te aseguro que yo no me siento bien así.
—Rachel, créeme. Hemos hablado, él sabe que eres importante para mí, pero he vuelto con él, y en parte ha sido gracias a ti.
—¿Gracias a mí? —me miró como si estuviese contemplando a un fantasma.
—Él sabe que habría perdido la cabeza por ti —confesé—, y si no lo hice, es porque aún creía que mi relación con él podía seguir adelante. Y la verdad es que ya empiezo a entenderlo. Es lo que siempre le pedí. Confianza, y es lo único que necesito. Que confíe en mí y sea consciente que, si estoy con él, es porque le quiero, aun teniendo la mayor tentación frente a mí. Creo que para él ha sido toda una muestra de amor, más que un error.
—Soy tu tentación —susurró apenada—. Oh dios.
—No, Rachel —la interrumpí—. Mi tentación eras hace dos o tres semanas, ahora eres alguien más especial y lo sabe. Sabe que para mí ha sido toda una locura y que, si me he mantenido firme con mis sentimientos, aunque al final terminase cayendo, ha sido porque le quiero, y necesitaba luchar por esa relación.
—Es una forma un tanto masoquista de luchar. ¿No crees?
—Masoquista no —dije conmovida—, ha sido todo un cúmulo de egoísmo por mi parte. Soy yo la que te tiene que pedir disculpas.
—¿A mí? ¿Por qué? Yo acepté el juego, Quinn. Yo creí ser capaz de manejarlo sin quemarme.
—¿Y lo has conseguido? Porque lo que me pusiste en la carta me hace saber que hay algo más.
—Me equivoqué, me quemé, Quinn. Pensé que no iba a caer tan intensamente, pero caí, y no sé cómo no supe verlo antes —se sinceró—. Pero no me hace mal. Quiero decir, soy consciente de que ambas tenemos diferentes caminos y así va a suceder, pero eso no quita que vea a Finn y me sienta despreciable. Yo me odiaría si estuviese en su lugar.
—Pues no lo hagas. Aquí la única que cometió el error fui yo, Rachel tú no le debes nada a nadie, y Finn no tiene por qué odiarte a ti. Soy yo a quien debería odiar en caso de hacerlo.
—Eso no me consuela. Siento que estoy en deuda con él.
—No lo estás —volví a insistirle.
—Ya —balbuceó terminando de vestirse y yo sentí que no iba a conseguir hacerla cambiar de opinión.
No tenía por qué sentirse culpable. Si alguien había cometido un error, era yo y no ella. Ella simplemente se dejó llevar después de resistir durante muchas embestidas, y para colmo, había indicios en su corazón de sentir algo más fuerte por mí, que una simple atracción.
Era yo la que debía sentirse mal, y me sentía, por supuesto, pero aún más al saber que ella tenía aquellas dudas rondando por su corazón.
—¿Podemos ser amigas? Por favor —supliqué.
—Ya lo somos. ¿No? —me miró apenada.
—Sí, pero quiero estar segura de que lo quieres, de que no te afecta ser mi amiga. Si te afecta, nada tendrá sentido.
—Verte es lo mejor que me ha podido suceder en estos días, Quinn —confesó—. Es imposible que me afecte en modo negativo. Además, te aseguro que ahora después de saber que estás con Finn, y como me trata él, no me quedan ganas de nada más que no sea tu amistad.
—Bien —dije sin convicción—. Entonces podrás cenar conmigo esta noche.
—¿Qué? ¿Cenar?
—Sí, te recuerdo que te debo una cena y…
—No Quinn, no es normal. No es lógico.
—¿Por qué? ¿Somos amigas, ¿no? Me has dicho que podemos seguir siéndolo sin que te sientas mal.
—Pero es tu cumpleaños, Quinn. Lo lógico es que lo celebres con tu chico —balbuceó.
—Finn se marcha en un par de horas a Oklahoma. Tiene unos asuntos de trabajo y tomará un vuelo, no tienes excusa.
—Pero… —se mostró contrariada—Quinn. ¿Tú estás segura de que es lo mejor? De veras siento que es bastante arriesgado que… Además, yo ahora no soy tan sensata.
—Somos amigas, y las amigas…
—Lo siento Quinn, no puedo no me siento con fuerzas.
—Pues yo necesito verte. Necesito estar contigo a solas, sin nadie que nos espere y…
—¿Qué pretendes? Quinn, no podemos seguir jugando.
—¡No estoy jugando! —respondí molesta—. Solo necesito verte.
—Me estás viendo. Dime lo que sea ahora, Quinn, pero no me obligues a aceptar una cita.
—No es una cita —traté de sonar más tranquila—. Solo quiero contarte algo. Te debo una explicación.
—¿Una explicación? ¿Qué explicación?
—Rachel, por favor. Está bien, si no quieres cenar no cenamos, pero al menos déjame que vaya a verte, aunque sean unos minutos.
—No estoy en el hostal —respondió tras varios segundos pensativa—. Estoy en casa de Britt y…
—Bien —interrumpí—, iré hasta allí y te esperaré en el coche. Hablaremos ahí, así podrás irte si lo deseas. ¿De acuerdo?
No pude continuar porque un par de golpes en la puerta interrumpieron nuestra conversación y tras ella, la voz de Brody.
—¿Estáis ya?
—Puedes pasar, Brody —dije alzando la voz. Rachel ya estaba perfectamente vestida y yo, a pesar de seguir con el vestido mojado, también lo estaba.
—Hey, Rachel, necesito que me eches una mano
—¿Qué quieres de ella? —cuestioné extrañada.
—Nada que a ti te importe —sonrió divertido—. ¿Vienes? —la miró a ella.
Por supuesto, no se negó. Se limitó a entregarme una última mirada y la blusa mojada que aun sostenía entre sus manos.
—Brody. ¿Qué es todo esto? Ya estuvo bien de bromas
—Tranquila, hermanita —sonrió—. Rachel va a ayudarme a hacer algo, y nadie volverá a molestarla nunca más —me hizo un guiño—. Vamos, vístete pronto que Finn se tiene que marchar en breve y quiero que sea testigo de algo especial.
—¿Algo especial? —musité— ¿De qué hablas? —pero no recibí respuesta alguna. Brody tomó a Rachel de la mano mientras ésta terminaba de ordenar su pelo y la arrastró tras él, dejándome con la duda y la incertidumbre de no saber que estaba sucediendo.
Creo que nunca antes en mi vida fui capaz de cambiarme de ropa tan rápido como lo hice en aquel instante, y solo por saber que pretendía hacer mi hermano con la ayuda de Rachel. Y eso que la extraña sensación de nuestra conversación, aun ocupaba gran parte de mis pensamientos. Pensamientos que siguieron en mí, hasta que se desvanecieron por completo cuando llegué al jardín.
Todos parecían esperarme, todos incluida Rachel, que seguía cabizbaja y con algo de pesadumbre en su rostro.
Pero lo peor no fue eso, lo peor fue que Finn estaba a su lado, sonriente y Brody también, sosteniendo su guitarra con entusiasmo.
—Por fin —dijo mi chico invitándome a que me acercara. Sentí la presión de las miradas a mi alrededor, aunque mis ojos seguían fijos en Rachel.
—¿Qué hacéis?
—Quinn, como nos has prohibido que te hagamos regalos materiales, yo le pedí a tu hermano a que me ayudase a hacerte uno que no ibas a poder rechazar. Pero lo mejor de todo, es que la fortuna hoy está de mi lado y ha querido que una de las mejores voces que he escuchado en mi vida esté aquí —miró a Rachel.
—¿Qué es todo esto? —cuestioné sin voz.
—Tu regalo —sonrió Finn colocándose tras de mí—. Solo disfruta
—¿Qué?
—Quinn, que sepas que he aprendido a tocar esta canción en solo un par de horas —dijo Brody—, y Rachel, que es una artista, me va a acompañar
No, no y no.
Quise gritar, quise desaparecer y llevarme de allí a Rachel. Sabía que lo estaba pasando mal, no, peor. Hacía escasos minutos me suplicaba por no tener que enfrentarse a Finn, y ahora accedía gentilmente a llevar a cabo el regalo más especial que mi chico me había hecho en toda nuestra relación.
—No creo que… —balbuceé.
—Quinn —dijo ella tratando de esbozar una sonrisa llena de ternura—. Feliz cumpleaños— Y sin más espera, Brody comenzó a tocar su vieja guitarra, dejando escapar unos acordes que ya conseguían provocarme un nudo en la garganta.
Now that she's back in the atmosphere
With drops of Jupiter in her hair.
She acts like summer and walks like rain
Reminds me that there's a-time to change.
Since the return of her stay on the moon
She listens like spring and she talks like June.
¿Quién era yo para merecer aquello? ¿Qué grande fue el error de Rachel en su vida, para acabar teniendo que cantarme aquello a mí, por petición especial de otra persona? ¿Tan cruel había sido en mi vida? ¿Tanto castigo merecía para que la persona más especial de mi vida, tuviese que afrontar aquello sin más?
Quería llorar, sentía la presión en mi pecho y como las manos de Finn se cruzaban en mi cintura, mientras su pecho me ofrecía apoyo. Pero mi mente, mi corazón en aquel instante estaba roto por ella.
But tell me
Did you sail across the sun?
Did you make it to the Milky Way
To see the lights all faded?
And that Heaven is overrated?
Tell me
Did you fall from a shooting star
One without a permanent scar?
And did you miss me while you were
Looking for yourself out there?
Su voz se había quebrado en algunas de las frases que cantó, y supe que esta vez aquello sí iba dirigido hacia mí. Que aquellas palabras no solo me las dedicaba Finn, sino que también lo hacía ella. Y dolía. Tenía que acabar con aquello de una vez por todas, por el bien de Rachel, de Finn y por no perder la escasa cordura que me quedaba.
—Finn —susurré hundiéndome más entre sus brazos, mientras Rachel seguía cantando.
—Dime cielo…
—Le he pedido a Rachel que cenemos esta noche. Necesito hablar con ella —fui sincera.
Noté como se contuvo durante algunos segundos, pero tras ello, volvió a aferrarse aún más a mí y sentí como su barbilla terminaba apoyándose en mi hombro.
—Me parece perfecto. Creo que ambas necesitáis explicaciones.
—¿Estás de acuerdo? —volví a preguntar sintiendo como de nuevo el nudo se anidaba en mi garganta.
—¿Me quieres?
—Mucho.
—No hay más dudas —susurró regalándome un pequeño pero cariñoso beso en la mejilla—. Confío en ti.
