Shooting Star. Owl city
Heaven is a place on earth. Belinda Carlise
Capítulo 24
Ciudad de búhos.
Sí. Rachel Barbra Berry me había negado por dos veces más la invitación para cenar aquella noche, después de la celebración de mi cumpleaños.
Sí. Rachel Barbra Berry no quería volver a verme porque se sentía mal al hacerlo. Porque Finn era un buen chico y todo lo que había sucedido entre nosotras, le hacía creer que era una mala persona.
Sí. Rachel Barbra Berry no aceptó, pero yo no le hice caso, no le presté atención, ignoré su decisión porque yo jamás aceptaba un no por respuesta cuando sabía que el sí, iba a hacernos bien.
Tenía que hablar con ella, deseaba explicarle todo lo que me había sucedido, y cuales eran mis sentimientos, aunque no sirviesen de nada. De hecho, sabía que incluso podría molestarle que le confesara lo que llegué a sentir. Pero lo tenía que hacer.
Al igual que fui sincera con Finn, también lo iba a ser con ella.
Sin pensarlo, y tras haberle avisado que iba a ir a esperarla en la calle donde vivía Brittany, me dispuse a conducir mi coche hasta aquel lugar.
Eran casi las diez de la noche de aquel 4 de abril. Finn ya había tomado el vuelo que lo llevaba a Oklahoma sabiendo que yo iba a estar parte de aquella noche con Rachel. Y lo hacía consciente y con plena confianza en mí. Yo por supuesto, no le iba a fallar.
Querer ver a solas a Rachel, no iba a suponer ningún tipo de tentación para mí. O quizás sí, pero ya en mi situación personal con Finn, yo si era responsable.
Por muy extraña que pudiese parecer mi relación con él cuando estábamos separados, todo cambiaba cuando estábamos juntos.
Me sentía incapaz de mentirle. Rechazaba por completo la infidelidad, aun habiéndole perdonado un desliz. Para mí la confianza eran palabras mayores, y yo no iba a romper con mi personalidad, por mucho que Rachel Berry me incitara a ello. Aunque eso era algo que yo sabía que no iba a hacer.
Lo peor de aquella noche, no era tener que obligarla a que aceptara a hablar conmigo. Lo peor era llegar justo al punto exacto donde se situaba la casa de Brittany, y permanecer en el interior del coche hasta que Rachel decidiera aparecer, si es que lo iba a hacer.
Fui clara con ella. Le dije que estaría esperándola a partir de las diez de la noche, y eso era lo que estaba haciendo. Lo malo es que ella también lo fue conmigo al responderme con un no rotundo.
Sin embargo, yo guardaba la esperanza de que no fuese a dejarme a solas. No si realmente era como me había demostrado. Y por primera vez en mi vida, no me equivoqué.
Habían pasado casi 20 minutos desde mi llegada, cuando vi como en la ventana que accedía al interior del piso de Brittany, se dibujaba una silueta oscura y observaba la calle por varios segundos.
No pude ver quien era desde mi posición, pero daba igual. Tanto Rachel como Britt iban a reconocer mi coche, y sin duda sabían que ya estaba allí. Aunque me hizo impacientar.
Fueron casi diez minutos más los que tuve que aguantar hasta que el movimiento de la puerta de acceso al edificio se abría, y alguien se dirigía hacia mí.
Era ella, y no solo pude reconocerla por su silueta o su caminar, lo hice porque portaba su inconfundible guitarra. Algo que realmente me sorprendió. ¿Qué sentido tenía venir con la guitarra cuando ni siquiera quería verme?
Me puse nerviosa. Pero no como las otras veces, no con mis piernas temblando y la garganta seca. No, esta vez era una sensación distinta, con algo de miedo.
Al menos supe que agradeció el hecho de que mi coche no tuviese el techo colocado, ya que cuando llegó hasta mí, ni siquiera se detuvo a que le abriese la puerta. Se quedó fuera, de pie junto al coche.
La observé varios segundos hasta que entendí que no pretendía subir, o quizás esperaba a que yo la invitase.
—Sube.
—No.
Me desconcertó un tanto. Apenas esperó a que yo terminase de hablar para responderme con aquel no rotundo.
—Rachel vamos, sube.
—No voy a subir —respondió de nuevo mientras se aferraba a la guitarra con fuerza.
—¿Qué? ¿Por qué no? Vamos, no te voy a secuestrar
—¿Para qué querías verme, Quinn? —cuestionó manteniéndose firme junto a la puerta del copiloto, y yo me desesperé. No quería entrar, y por culpa de ello, yo me decidí a bajar del coche. Pero aquella acción solo sirvió para aumentar aún más mis dudas, o quizás era extrañeza, no lo sé.
Me bastó rodear el coche para enfrentarme a ella cuando vi cómo sin pensarlo, volvía a separarse de mí, retrocediendo por el lado opuesto del coche.
—Rachel. ¿Dónde vas? —pregunté acercándome de nuevo, pero mi intento siempre quedaba en vano. La morena volvía a moverse alrededor del coche, con la guitarra entre sus brazos y sin dejar de mirarme.
Me estaba esquivando. Estaba huyendo de mí, literalmente.
—¿Qué haces? ¿Por qué me huyes? —me impacienté al ver como habíamos conseguido rodear por completo el coche y ella llegaba al mismo lugar donde se detuvo al principio.
—Quédate ahí —me indicó—. No te muevas.
—¿Qué? —volví a cuestionar confundida. Estaba justo al otro lado del coche, junto al capó, y ella dio un paso hacia atrás para posicionarse frente a mí, pero siempre con el coche entre las dos.
—No te acerques Quinn. Si quieres hablar o decirme lo que sea hazlo, pero no te muevas de ahí.
Juro que no comprendía nada. Estaba completamente desubicada por la petición que me estaba haciendo, y lo peor de todo, es que lo decía con seriedad.
—¿Por qué?
—Quinn, me has pedido que viniese y aun no queriendo, he aceptado y aquí estoy. Ahora acepta tú mis normas. No te acerques.
—¿Pero por qué? — volví a insistí— ¿Me tienes miedo?
—A ti no. Pero sí me tengo miedo yo —me replicó.
—No entiendo nada. ¿De verdad quieres que hable contigo así?
—Quinn, si te acercas volveré a oler tu perfume, me hablaras de esa forma tan sugerente y… Y probablemente me toques el brazo. O que se yo, da igual, pero no quiero estar a la deriva. Y si te acercas, lo estaré.
—Por favor, Rachel —dije sin querer creer lo que me estaba contando—. Somos adultas.
—No me conoces en ese aspecto, Quinn. No me conoces cuando estoy enamorada —confesó, y yo me quedé petrificada—. Esta tarde tu madre dijo que estabais ultimando los detalles de la boda. Te vas a casar con Finn, y eso es algo serio, Quinn —tragó saliva—. Yo no quiero fastidiarte y mucho menos hacerle eso a Finn. Él parece un buen chico.
—¿Fastidiarme? ¿De qué diablos hablas?
—Si me acerco a ti, no sé si podré controlarme. Ya me costó no hacerlo esta tarde en tu fiesta, así que no me pidas que siga siendo fuerte aquí, en mitad de la noche junto a tu coche. Porque te aseguro que no sé si podré.
—Sí podrás —dije convencida—. Claro que podrás.
—Ya… ¿Y me lo dices tú que querías mantenerme alejada? ¿Tú que no querías besarme porque te sentías mal? ¿Tengo que recordarte que no pudimos controlarnos?
—Rachel, no hablemos de eso. Yo quería verte porque has vuelto y…somos amigas. ¿No? ¿Pensabas marcharte y no volver a saber de mí? Porque en la carta me dijiste que volverías algún día a cantarle canciones a mis hijos.
—Algún día —balbuceó—, pero no catorce días después de haber hecho el amor contigo. No tan pronto, Quinn
—Vamos Rachel —le supliqué—. Para mí también es complicado estar aquí contigo. Te recuerdo que eres especial.
—Pues si es difícil para ambas, ¿por qué no lo dejamos aquí? De veras Quinn, yo no quiero meterme en líos, no quiero hacerte pasar algún mal momento ni perjudicaros a ti y a Finn. He vuelto, pero me voy a marchar en unos días. No tiene sentido que juguemos más con fuego.
—Creía que eras una persona madura. Sensata.
—Y lo soy, pero no cuando me enamoro —volvió a repetir—. No me pidas algo que nunca he sabido controlar, porque te aseguro que no puedo.
Me llevé las manos a la cara. Trataba de no romper mi calma y destrozar aquel intento por mantener el que iba a ser, al parecer, mi último encuentro con Rachel. Otro más de los tantos que ya había mantenido.
—Quinn —volvió a hablar—. Comprenderme, por favor. Quiero que todo acabe bien, y aunque para mí no sería un suplicio abrazarte ahora mismo, sé que ese simple gesto puede llevar a otro, y el otro a otro más y… Te aseguro que, si veo el más mínimo indicio por tu parte, no podré resistirme a besarte. Y tú no quieres que te bese. ¿Verdad?
—¿Y si te prometo que no habrá tentación? Si te prometo que no pienso crearte esa tensión. ¿Me dejarás acercarme?
—¿Pero para qué tanto interés?
—Quiero entregarte algo —respondí rápidamente—, y necesito acercarme para hacerlo.
—¿Algo como qué? —se mostró temerosa.
—Tranquila —dije con algo de dulzura—. Son cosas materiales nada más. Nada físico.
Dudó unos segundos, pero vi como su mirada volvía a desviarse de mí, y eso era un claro síntoma de rendición. Iba a acceder a mi petición y yo ya comenzaba a sentirme más segura.
—Está bien —dijo—. Pero por favor no…
—Tranquila —susurré al tiempo que me dispuse a montar de nuevo en el coche, pero esta vez no como lo habría hecho en cualquier otra ocasión.
Moví mi asiento hacia adelante y me colé en la parte trasera, para de nuevo tirar del respaldo del asiento y quedarme completamente separada de ella, aunque con la firme intención de que ocupara el mismo espacio que yo.
—Vamos, siéntate delante. Prometo no moverme de aquí. Y si te sientes incomoda podrás salir cuando te apetezca.
—Quinn, te he dicho que no quería…
—No voy a estar en mitad de la calle, Rachel —expliqué tratando de convencerla—Vamos, no pienso moverme de aquí atrás.
Vi cómo me observaba a través de la ventanilla del coche, y tras dejar escapar varios suspiros de frustración y algún que otro lamento, se decidió a ocupar el asiento del copiloto, dejando la guitarra en el contiguo.
—Está bien, aquí estoy —dijo sin mirarme—¿Ahora qué?
—Toma —dije tras haberme hecho con el primero de los objetos que pretendía devolverle, y que permanecían justo en el asiento que yo ocupaba—. Me dijiste que ibas a permitirme que mantuviese contacto contigo, pero dudo que pueda hacerlo si no tienes esto
—Mi teléfono —susurró al ver el dispositivo entre mis manos, casi rozando su hombro, y no tardó en recuperarlo y agradecerme el hecho de que se lo devolviera—. Tengo tu número en la tarjeta que me entregaste —se excusó—. Tenía pensado llamarte en cuanto estuviese instalada en Los Ángeles.
—¿Por qué no has ido? —me interesé de nuevo. Sentía demasiada curiosidad como para no intentar averiguar cuál había sido el motivo de su regreso.
—Burocracia —balbuceó algo tensa—. Tuve algunos problemas con mis documentos, y tengo que solucionarlo. Pero nada importante.
—¿Seguro? —insistí—. Conozco a la mayoría de las personas que trabajan en el ayuntamiento, si necesitas algo solo tienes que…
—No, Quinn —me interrumpió—. No necesito nada. Está todo bien. Ya, ya Brittany me ayudó y está casi solucionado.
—¿Casi?
—Solo un par de trámites y podré marcharme —dijo mientras perdía la mirada en la pantalla de su teléfono. Hablaba conmigo, pero no me miraba y yo tuve que resignarme a que no lo hiciera. Tenía que darle ese margen, al fin y al cabo, lo hacía por mi propio bien. Por no utilizar todas sus armas conmigo. En el fondo, tendría que estar agradecida por estar haciendo que las cosas entre nosotras, no se complicasen más de lo que ya lo estaban.
—Ok, de todas formas, si lo prefieres puedes hablar con Brody. Si necesitas algo y no quieres que yo…
—No es por ti, Quinn —me dijo—. Es solo que ya está solucionado. ¿De acuerdo?
—Está bien. Si tú lo dices, te creeré.
—Bien —musitó tras algunos segundos en silencio—. ¿Algo más?
—Eh sí, toma —volví a obligarla a que se girase un poco para que viese lo que ya le estaba ofreciendo.
—¿Qué es?
—Ábrelo —dije entregándole el sobre, y ella lo aceptó rápidamente para averiguar que tenía en su interior. Aunque estuve segura de que su rápido gesto, era solo para evitar mantener el contacto visual.
—¡Las fotos! —exclamó ilusionada. De repente, tras descubrir las instantáneas que yo misma le había sacado en el festival de la universidad, Rachel volvió a ser la misma chica que yo había conocido, olvidándose por completo de mantener esa rectitud que mostraba en el asiento, y girándose por completo hacia mí.
Sonreía despreocupada y yo me alegré. No pensé que hacerle olvidar su propósito, fuese a costarme tan poco trabajo.
—Así es. Las dejaste con el teléfono en mi casa —respondí sin perder detalle de su rostro. Por fin podía disfrutar de ella, de sus ojos, de su sonrisa y no me sentía culpable por hacerlo. No creía estar haciendo nada malo por querer ver sonreír a aquella chica.
—Gracias. Lo olvidé por completo —expuso sin dejar de mirar las fotografías.
—Son tuyas, así que, contigo deben de estar —sonreí.
—Gracias Quinn —volvió a agradecer, pero esta vez alzó la mirada y fue consciente de que había roto la primera de las normas que ella misma había puesto, acercarse a mí.
A pesar de estar separadas por el respaldo de los asientos, estábamos lo suficientemente cerca como para que la tensión volviera a aparecer. Y lo hizo con Rachel tratando de girarse por completo y recuperar su postura, pero yo se lo evité. Le sujeté el brazo con firmeza y decisión.
—Quinn, por favor —susurró a modo de súplica.
—Quédate así, Rachel. Somos amigas —dije convencida de que me haría caso, y así fue.
Rachel se resignó y volviendo a desviar la mirada, aceptó quedarse sentada de aquella forma, permitiéndome que pudiese hablarle directamente a la cara—. Tengo algo más para ti
—¿Más?
—Toma —dije entregándole el tercer y último regalo, aunque eso era algo que solo ella iba a creer. Había una cuarta entrega camuflada en las páginas de aquella libreta que yo puse con disimulo, esperando que no pudiese percatase de él hasta que ya no tuviera opción de devolvérmelo. Un pequeño sobre con los 700 dólares del cheque bancario que ella había recibido por su actuación, y que yo tuve que canjear para poder entregárselo de alguna forma. Era suyo, se lo había ganado.
—¿Los relatos? —cuestionó al recordar la libreta.
—¿Cuándo es tu cumpleaños? —pregunté liberándola de la tensión que suponía recordar lo que había escrito en aquella libreta.
—¿Mi… mi cumpleaños? —balbuceó.
—Sí. ¿Cuándo es?
—El 15 de junio
—Bien, éste será mi regalo de cumpleaños —sonreí—. Creo que mereces tenerlo, al fin y al cabo, eres uno de los personajes.
—Pero… ¿No se supone que esto es algo personal? ¿Algo para ti?
—Sí, por eso tengo mi copia. Pero quiero que te quedes con el original. Que sea tuyo al igual que es mío.
—¿Está acabado? —me miró apenada.
—Sí —sonreí tratando de acabar con la tristeza de Rachel—. Y tiene un final feliz, como en los cuentos de hadas.
—¿Por qué? Lo nuestro no es un final feliz.
—No podemos cambiar el presente, pero eso lo escribo yo, y como lo escribo yo he decidido que el final sea perfecto para las dos. Para que ninguna se sienta mal pase lo que pase. Para que podamos leerlo cuando queramos soñar.
—¿Tú crees que nosotras podríamos haber tenido un final feliz?
—Para mí, haberte conocido es el mejor final que podré tener en mi vida —confesé con sinceridad—. Es Finn quien tiene mi corazón, pero te aseguro que ese corazón se volvió fuerte gracias a ti, y eso para mí, ya es un privilegio.
—Ya… Sin embargo, yo… —desvió la mirada hacia el libro— ¿Qué clase de personaje soy? —hizo una breve pausa— No soy la que se queda con la princesa, ni soy la malvada que quiere hundir al príncipe —volvió a mirarme—. ¿Quién soy, Quinn? No tengo cabida en un cuento de hadas.
—Sí, en el mío —dije conteniendo las ganas de acariciar su mejilla —. En esa historia, en nuestro cuento, tú eres la princesa.
—¿Y tú? ¿Eres la otra princesa?
—Así es. Algo entre tú y yo. Es lo único que debe importarnos. ¿No crees?
—Bueno, no todas tenemos la misma capacidad de separar la ficción de la realidad, pero supongo que sí, que esto es entre tú y yo. Y ahí debe quedar. Yo solo soy una soñadora.
—Es bueno soñar. No todo el mundo sabe soñar —dije con dulzura—. Además, también eres sensata y fuerte, estoy segura de que, dentro de unos meses, leerás esto y te reirás.
—No creo que me ría, pero supongo que sí, que me hará bien leerlo. Además, está escrito en primera persona, en cómo lo has vivido tú, y eso siempre va a ser un plus para mí —sonrió—. Voy a saber por fin lo que sucede en tu cabecita —dijo al tiempo que me daba un pequeño golpe con uno de sus dedos en la cabeza.
—Mmm, me temo que va a ser complicado, creo esa historia no han sido más que mis eternas dudas plasmadas en un papel. Aunque he de admitir que hay muchas cosas ahí que no he sabido decirte.
—Me conformo con eso —volvió a sonreír—. Gracias. Es un buen regalo de cumpleaños.
—Espero poder felicitarte cuando llegue el día. Si no en persona, al menos por teléfono.
—Aceptaré tu llamada encantada —me miró eliminando la sonrisa de su rostro—. Siento no haberte regalado nada a ti.
—No quiero regalos. De hecho, exigí no recibir regalos de nadie. Y tú si me has regalado algo.
—¿Yo?
—Me has cantado una canción. ¿Qué más puedo pedir?
—Pero era de Finn —respondió inquieta—. Fue él quien me pidió esa canción no yo.
—Pero era tu voz, y eso es un regalo que nunca más voy a poder olvidar.
No supo que contestar, o quizás andaba inmersa en sus pensamientos. Rachel me sostuvo la mirada. Se quedó en silencio mientras yo hacía lo mismo, mirarla casi sin pestañear, tratando de entender el significado de la misma. No lo supe hasta que vi como sus ojos se desviaban hacia la guitarra, y una traviesa sonrisa apareció en su rostro.
—¿Qué? —dije contagiándome de su felicidad.
—Puedo hacerte un regalo más especial, pero tienes que prometerme algo.
—Te acepto un regalo si no es material.
—Nada de excusas, aquí las ordenes las doy yo. ¿Recuerdas? —dijo mirándome de nuevo.
—Está bien —respondí sin nada que replicar, al fin y al cabo, ella había accedido a todas mis peticiones aquella noche.
—Ok. Tienes que prometerme que no me vas a mirar. Que… No sé, que vas a mirar al techo, o a la calle. Da igual, pero no me mires a mí.
—No entiendo.
—No tienes nada que entender, solo prométeme que no me vas a mirar.
—Ok. No te miro —respondí dejándome caer en el asiento—. ¿Así estoy bien? —cuestioné con algo de humor. Me coloqué de tal forma que mi cara quedaba frente a frente con el respaldo del asiento trasero. Imposible de verla, imposible de saber que pretendía hacer o decir. Así lo había pedido, y así lo hice.
—Así está bien —espetó aguantando la risa.
No pude saber nada más. Aquel susurro sonriente fue lo último que pude acertar a adivinar. Después de aquello, solo intuí que Rachel manejaba algo, y aunque no estaba segura, creí saber que era la funda de la guitarra.
Por suerte, lo estaba.
—Está bien. Quiero que no te muevas de ahí, que simplemente escuches y ya. Porque si me miras, yo bueno yo me entiendo, ¿Ok?
—Te he prometido que no iba a mirar, y no lo haré. A menos que me lo pidas.
—Perfecto, pues bien, aquí está tu regalo. Atenta.
Atenta. Atenta se quedaba en nada comparado con cómo se comportaban mis sentidos para no perder detalle de aquello. Cerré los ojos con fuerza, mantuve mis manos entrelazadas sobre mi barriga y tomé el suficiente aire como para llenar mis pulmones y estar varios minutos sin respirar. Todo ello para mantener perfectamente la atención. Y di gracias por haber contenido tanto aire en mis pulmones, porque en los siguientes minutos, lo iba a necesitar para sobrevivir.
Todo por culpa de unos acordes que inundaron el coche, y la certeza de saber que, tras ellos, era la voz de Rachel la que me iba a golpear con dulzura.
Pobre de mí, pensé. Si Rachel creía ser la débil, era porque no estaba en mi situación.
Close your tired eyes, relaxing them
Count from one to ten and open them
All these heavy thoughts will try to weigh you down, but not this time
Way up in the air, you're finally free, and you can stay up there, right next to me
All this gravity will try to pull you down, but not this time
When the sun goes down, and the lights burn out,
Then it's time for you to shine
Brighter than the shooting star, so shine no matter where you are
Fill the darkest night, with a brilliant light,
'Cause it's time for you to shine
Brighter than a shooting star, so shine no matter where you are, tonight
¿De qué servía seguir manteniendo mi promesa de no mirar, cuando deseaba hacerlo? No podía, me resultaba tan terriblemente complicado mantenerme en la oscuridad mientras Rachel cantaba acerca de estrellas fugaces, y de brillar, que incluso tuve que cubrir mi rostro con las manos para evitar fallarle. Sin embargo, aquel gesto, parece que convenció a Rachel y tras ello, detuvo la canción.
—Puedes mirarme —susurró y yo dudé, pero apenas fueron varios segundos—. Vamos Quinn, creo que podré soportarlo —volvió a hablar y yo me decidí a mirarla, reincorporándome en el asiento.
Me sonreía, aunque lo hacía con un halo de tensión que podía percibir a simple vista. Traté de evitarle aquel mal trago, y me dejé caer de nuevo sobre el respaldo del asiento, entregándole la máxima separación que el coche podía otorgarnos.
Noté como ahora era ella la que llenaba su pecho de aire, y lo dejaba escapar con lentamente mientras me miraba.
Fueron sus manos las que rompieron el silencio tras recuperar la melodía de su guitarra, y su voz volvía a sonar, esta vez con algo de temblor.
When the sun goes down, and the lights burn out,
Then it's time for you to shine
Brighter than the shooting star, so shine no matter where you are
Fill the darkest night, with a brilliant light,
'Cause it's time for you to shine
Brighter than a shooting star, so shine no matter where you are, tonight
Se apagó. No pudo continuar más y yo no le exigí que lo hiciera. Había sido suficiente, mucho más de lo que podría esperar.
Rachel Berry se había enamorado y le dolía no ser correspondida por mí, pero a la vez, entendía que no podía serlo porque su mundo y el mío, estaban separados. Era doloroso sí, pero también alentador. También te ayudaba a comprender que todo pasaría tarde o temprano, y lo haría de una manera más relajada. Al menos eso fue lo que a mí me sucedió cuando ella se marchó de mi casa en aquel amanecer en el que hicimos el amor, cuando supe que no volvería a sentirla entre mis brazos. Porque tal y como ella había mencionado, lo nuestro no fue solo sexo, fue amor, aunque ni siquiera nos conociéramos.
Y quizás ese fue el motivo que me mantuvo cuerda durante aquel mes, y por eso no perdí la cabeza tal y como ella parecía haberlo hecho.
Yo sabía que jamás la iba a olvidar, que mi corazón iba a saltar cada vez que la viese. Pero también sabía que lograría soportar la tensión, y no iba a romper con mi mundo. Rachel Berry se había convertido en esa princesa de cuento de hadas con la que todo el mundo sueña alguna vez en su vida.
—Lo siento —se disculpó—. Me he perdido en la letra.
—Gracias —interrumpí ignorando su excusa—. Gracias por el regalo, Rachel —sonreí.
—Ahora hasta me cuesta trabajo terminar de cantar cuando te miro —espetó nerviosa—. Lo siento.
—No sientas nada, por favor. Agradezco de veras el esfuerzo que haces y…solo quiero que te sientas bien.
—Me siento bien —respondió rápidamente—, aunque no lo parezca.
—Bien. Eso es lo importante —susurré—. ¿Y dime? ¿Te sientes lo suficientemente bien como para ayudarme a cometer una última locura?
—¿Una última locura? ¿Qué locura?
—Abre la libreta y lee la página 234.
Me miró extrañada, yo juraría que incluso con algo de temor o miedo, pero aceptó mi petición, y tras dejar la guitarra en el asiento del piloto, volvió a recuperar la libreta y a leer justo la página que yo le había indicado.
Tardó varios segundos en volver a mirarme, y de nuevo, al texto.
—Recorrimos la ciudad en mi coche, cantando a todo volumen mientras Rachel hacía fotografías de todo lo que salía a nuestro paso. Reíamos sin parar, incluso cuando las agujas de aquel artista, grabaron en mi piel la fuerza de su dibujo. ¿Qué es esto, Quinn?
—Llevo años queriendo hacerme un tatuaje, y hoy es el día quiero que me acompañes, y que seas tú quien lo elija.
—¿Qué? —me miró sorprendida— ¿Estás loca?
—No, no lo estoy —respondí convencida—, pero me gustaría estarlo, al menos durante las dos horas que quedan para que acabe mi cumpleaños. ¿Qué dices? ¿Me acompañas?
—Eh, pero —balbuceó—. Un tatuaje es algo importante
—Lo sé. Vamos Rachel solo dos horas. Te prometo que a las doce estarás aquí, te dejaré ir y no volveré a molestarte, al menos hasta que tú me lo pidas.
Vi que dudó, pero apenas un segundo después volvió a llenar sus pulmones de aire y una sonrisa se dibujó en su rostro.
Se había contagiado de mi entusiasmo, de mis ganas de disfrutar de su compañía, al menos por un rato. No había drama, no había dolor, todo quedaría grabado en esas páginas y en nuestra memoria. No hacíamos daño a nadie por jugar con la ciudad, no nos sentíamos culpables por volver a ser adolescentes y cometer algunas locuras.
—Si me das cinco minutos —me miró—. Puedo subir y recoger mi cámara —sonrió y yo hice lo mismo. Estaba aceptado, y eso era lo único que me importaba.
—Abre la guantera —señalé hacia el frontal del coche al mismo tiempo que me decidía a recuperar la guitarra de Rachel, dejarla justo a mi lado y ocupar yo el asiento del piloto.
Su sonrisa aumentó al descubrir una pequeña cámara desechable que yo había colocado ahí con premeditación, al igual que hice con el texto que acababa de leer. Era algo que añadí a nuestro final de cuento de hadas, y que sin llegar a comprender como, se dieron las circunstancias adecuadas para hacerlo real.
—¿Lo tenías todo preparado? —me preguntó tras hacerse con la cámara.
—Lo he soñado — le dije activando el dispositivo que permitía que la capota del coche se abriera, y nos dejara contemplar el cielo —. Todas las fotos que hagas serán tuyas, así que diviértete.
—Igual algo de música vendría bien. Me gustaría oírte cantar —espetó sonriente y yo asentí.
Por supuesto que iba a cantar. Me daba igual todo, incluso si la policía nos detenía por escándalo público.
Me aseguré de que se había colocado el cinturón de seguridad, que la guitarra estaba perfectamente resguardada en la parte trasera, y me lancé a la aventura con mi coche. Con nuestro coche.
Una de mis canciones favoritas sonaba alta y clara, y conseguía envolvernos en pura magia, en una diversión que yo ya había olvidado que existía. Aquel día no cumplí 27 años, aquella noche retrocedí a mis 18, y juraría que Rachel también.
In this world we're just beginning
To understand the miracle of living
Baby, I was afraid before
But I'm not afraid anymore
No podía parar de reír y Rachel tampoco. Mi voz sonaba terriblemente mal pero el volumen de la música conseguía camuflarlo de alguna manera. El volumen de la música y la euforia de Rachel, que tras ver como mis intenciones eran las de divertirnos, se desinhibió por completo de sus miedos y se dejó llevar, volviendo a ser ella.
Cantaba alzando la voz, olvidándose por completo de los pequeños detalles que hacen al cantante toda una estrella. Daba igual si no era el tono o nos equivocábamos en la letra, lo único que importaba era que teníamos que cantar y nada más.
El aire templado de la noche no era un problema, todo lo contrario, nos hacía bien y no animaba a disfrutar más de aquel estado de locura.
Nadie se libró de nuestra presencia por las calles de aquella zona. Ni los peatones que esperaban para cruzar por los semáforos, ni los tripulantes de los otros coches que se detenían juntos al nuestro. Incluso algunos se unieron a nuestro concierto improvisado.
Ooh, baby, do you know what that's worth?
Ooh, heaven is a place on earth
They say in heaven, love comes first
We'll make heaven a place on earth
Ooh, heaven is a place on earth
El mejor cumpleaños de mi vida.
Creo que llegué a gritarlo en algún de momento de éxtasis en los que me vi envuelta.
Era su sonrisa, su facilidad para eliminar la pena y el dolor de su rostro, e inundarlo todo con felicidad. Con una felicidad que rebosaba por cada poro de su piel. Eran sus fotografías. Creo que Rachel captó todo lo que se movía, incluida yo, y eso que no me gustaba en absoluto salir sola en las fotografías.
Aquella noche permití que Rachel me las hiciera de todas las formas posibles. Cerca, lejos, sonriente, cantando, daba igual, no me importaba nada, solo verla sonreír y hacerle ver que, si había alguien que debía estar preocupada, era yo y no ella. Ella solo merecía ser feliz, nada más.
—¿Estás segura de lo que vas a hacer? —volvió a preguntarme por tercera vez.
El trayecto hasta la tienda de tatuajes que abría durante 24 horas, nos llevó al menos 15 minutos de disfrute y diversión en el coche. Pero después de ello, llegó el momento serio, el más responsable de todo.
Estaba segura de querer hacerme ese tatuaje, aunque no sabía qué, ni dónde. Por suerte Rachel me sirvió de inspiración y me ayudó a encontrar el perfecto.
—Sí, lo estoy. Vamos, te ha dicho que lo escribas en ese papel.
—Pero… ¿Estás segura de que quieres que sea mi letra? Quiero decir, la palabra es perfecta para ti, pero mi letra… Seguro que ellos la hacen mejor.
—Rachel, el chico te ha dicho que la escribas en ese papel, vamos, son las 23:21 pm, y a las doce tienes que volver a tu castillo.
—Ok, lo escribo —se decidió—. Pero si no te gusta no me culpes de nada. ¿Entendido?
—¡Hazlo! — la incité con media sonrisa, y lo hizo. Rachel plasmó en un pequeño papel la palabra Soñadora. Había sido la elegida para tatuarme, porque según ella, era la que mejor me podía representar.
Soñadora. Quinn Fabray, la soñadora. Era perfecto. Me gustó tanto que ni siquiera lo pensé. Solo me arrepentí durante algunos minutos cuando sentí como la aguja rebosante de tinta negra, se clavaba en la piel del lateral de mi dedo corazón.
Era el lugar elegido, el perfecto para hacerme recordar que era una soñadora, cuando los malos pensamientos me hicieran decaer. Ahí no tendría más que mover mi dedo índice hacia abajo o hacia arriba y ¡zas!, aparecía aquella palabra.
Me arrepentí durante un minuto justo. Solo el tiempo en el que no pude escuchar de nuevo la voz de Rachel a mi lado.
Aquello podría durar unos diez minutos, no mucho, pero Rachel se las ingenió para acompañarme con su inseparable guitarra mientras aquel chico se centraba en el tatuaje. Y lo hizo con una canción que yo conocía, por supuesto. Con la primera canción que me cantó. Porque a pesar de todo, a pesar de saber que simplemente había sido casualidad, yo asumí que todas las canciones que Rachel había cantado en mi presencia, me las había regalado. Y esa, por supuesto, no iba a ser menos.
You got a fast car
I want a ticket to anywhere
Maybe we make a deal
Maybe together we can get somewhere
Anyplace is better.
No había mejor regalo ni mejor final para aquella noche. Ni tampoco había un final mejor escrito que aquel que Rachel me estaba regalando.
La vuelta al principio, a la calle donde Brittany tenía su casa, y donde yo había situado el castillo de la princesa que permanecía sentada a mi lado, en mi carro tirado por 155 caballos.
Yo iba a cumplir mi promesa de llevarla de nuevo tal y como le había prometido. Y ella parecía que estaba de acuerdo en que sucediera de aquella forma.
Después de las dos horas de locura donde no pensamos en nada ni en nadie, solo en desahogarnos como adolescentes, volvíamos a recuperar nuestra madurez, nuestra responsabilidad de saber, esta vez sí, donde estaba el límite para no hacernos daño. Y así lo hicimos.
La calle volvía a aparecer ante nosotras con una tranquilidad pasmosa. Mi dedo quemaba, pero un gel translucido y una protección especial me evitaba sufrir con el roce de mis otros dedos. Ella suspiraba, quizás consciente de que aquello había llegado nuestro verdadero final.
—Bien. Son las 00:14, pero no ha sido mi culpa. No tenía ni idea de que la avenida estuviese cortada por obras.
—Lo sé —me interrumpió sonriente—. Y no te preocupes, por suerte la madrastra mala estará dormida, o quizás pasándoselo bien con Santana —bromeó.
—Opto por lo segundo —dije convencida de que mi amiga estaba con Brittany aquella noche —dije y de nuevo un silencio. Un breve silencio que ella volvía a romper. Como siempre.
—Será mejor que me marche —balbuceó eliminando la sonrisa de su rostro y recuperando la guitarra, y el resto de regalos del asiento trasero del coche.
—¿Me llamarás cuando todo esté bien en ti? —cuestioné con algo de temor.
—Por supuesto —me miró, y yo le devolví aquella mirada.
Una mirada que no sabría describir, pero que consiguió crear en mi aquel nudo que hacía ya días que no se agarraba en mi garganta—. ¿Respetarás mi decisión?
—Por supuesto —respondí rápidamente—. No me acercaré a ti a menos que me lo pidas.
—Bien —musitó asintiendo—. Sé que puede resultar desagradable, pero te aseguro que será lo mejor para mí y para ti.
—No voy a discutir lo que es mejor para mí, pero voy a respetar que sea lo mejor para ti. Hoy me has hecho uno de los regalos mas especiales de toda mi vida, y no puedo pedirte más. Cumpliré mi palabra. Por supuesto.
—Gracias, Quinn —susurró—. Cuídate mucho. ¿Ok?
Asentí sin responder con palabras, básicamente porque el nudo se había hecho tan grande que no permitía que mi voz pudiese ser audible. Solo me quedaba verla abandonar el coche ante la impotencia de no poder despedirme de ella de otra forma. Tenía que cumplir con mi palabra por una vez en mi vida, y aquella noche era la elegida. Ella lo merecía, pero eso no significaba que no estuviese a punto de dejar escapar la primera de las lágrimas.
Solo un suspiro, un nuevo destello me hizo reaccionar antes de que aquella chica se perdiese en la oscuridad de la noche. Y es que algo volvió a brillar justo en el asiento que ella había dejado libre.
Un anillo. Ni me fijé en cómo era, solo lo recuperé rápidamente y me bajé del coche dispuesta a detenerla por última vez.
—¡Rachel! —susurré con fuerza de modo que pudo oírme y girarse de nuevo hacia mí—. Te has dejado esto en el asiento.
Se acercó con algo de duda, y tras dejar la guitarra en el suelo se apresuró en recuperar el anillo de entre mis manos.
—Vaya, siempre voy dejando cosas en tu coche. Parece que lo hago a consciencia, pero te juro que no —sonrió recordando las pulseras que me había regalado—. Menos mal que no utilizo zapatos de cristal.
—Deberías prestar más atención a tus pertenencias. Y lo de los zapatos de cristal, me sorprende que no lo hagas, es típico en las princesas.
—Por eso mismo —replicó—. Yo no soy una princesa como la de los cuentos. Soy diferente.
—No me cabe duda.
—¿Sabes qué? —susurró tomando mi mano, y colocándomelo en el dedo índice, con sumo cuidado, evitando que pudiese hacerme daño en el dedo vendado— Creo que te quedará bien. Y podrá recordarte a mí.
—Rachel, no necesito anillos ni pulseras que me recuerde a ti, ya estás en mi mundo y lo vas a estar siempre —dije aprovechando que su mano seguía aferrada a la mía—. Tú si eres mi ángel.
—Sabes —tragó saliva—. Este anillo es muy especial para mí. Lo encontré en Ohio, justo antes de emprender este viaje—me miró—. En la casa de mis padres, había un búho en el jardín —sonrió al ver mi cara de sorpresa. Volvían sus increíbles historias, y yo me alegré por poder disfrutar de una más—. Bueno, quizás no era un búho, búho… Ya sabes, a lo mejor era otro tipo de ave muy parecido, pero yo lo llamaba el señor Búho que vivía en la ciudad de los búhos. La ciudad de los búhos era un árbol en el jardín trasero de mi casa—aclaró y me hizo sonreír—. Un día descubrí que tenía un nido, y no dudé en asomarme para ver si había algún huevo, o con suerte un polluelo. Pero no. No había nada, excepto ese anillo.
—¿Estaba el anillo en el nido?
—Sí, debió encontrarlo en algún lado, y lo utilizó para su nido o… No lo sé, pero allí estaba. y ahí lo dejé hasta que me marché.
Cuando mis padres murieron y regresé a Lima, vi que el señor Búho no estaba, se había ido, pero el nido seguía en el árbol, y en él, seguía ese anillo. Me lo dejó a mí. Él me lo dejó ese anillo. Y ahora yo te lo dejo a ti.
—Él se fue, y tú te vas —musité observando el anillo.
—Así es. La historia se repite —sonrió.
—¿Volviste a ver al señor Búho alguna vez?
Me sonrió, dejó de acariciar mi mano, y volvió a recuperar la guitarra antes de volver a mirarme.
—Es tarde para esa historia, Quinn —susurró regalándome una última mirada antes de regresar al edificio. Lo hice. Estuve a punto de aferrarme a sus manos para que no se apartara de mí, pero no lo hice. Cumplí mi palabra y dejé que se marchara. Y ella me lo agradeció con una sonrisa. Una más—. Prometo contártela algún día.
