Capítulo 25

Es mi vida

Desear que llegase el día para olvidarme de la falta de sueño suponía un alivio, porque aún no era consciente de haber recibido el mensaje de Santana.

Una noche entera despierta, sin dormir, abrazada a mi almohada y recordando cada momento vivido con Rachel mientras pedía con todas mis fuerzas que Finn regresara lo antes posible.

Lo tenía claro. Él, su presencia, era lo único que me ayudaba a tener los pies en el suelo y no volver a cometer una locura. Porque eso era lo que me incitaba Rachel, a cometer locuras.

Mirar su anillo durante toda la noche tampoco me ayudó a conciliar el sueño, y menos aún la extraña sensación que me producía el pequeño dolor del tatuaje en mi dedo.

Un cúmulo de situaciones que se convertían en miles y miles de pensamientos, de recuerdos y momentos que se amontonaban en mi cabeza y que por supuesto, mantenían el sueño alejado de mí.

Y por eso deseaba que el día llegase de una vez, para abandonar mi cama y hacer algo que me entretuviese hasta la hora de disfrutar, como cada domingo, del almuerzo con mi padre.

Pero como he dicho, no tenía ni idea de que el día pudiese provocarme más quebraderos de cabeza que la noche.

Un mensaje, un simple mensaje de texto en mi teléfono de Santana.

"Te espero en el bar a las 10, no faltes, es urgente. Besos".

No era un mensaje normal. No porque me citase en el bar un domingo por la mañana, no porque me dijese que era urgente. Lo que realmente lo hacía diferente y a mí me preocupaba era el pequeño detalle de enviarme besos.

Besos.

Santana jamás firmaba un mensaje con esa palabra, ni mucho menos lo decía. Sus muestras de cariño eran escuetas, o, mejor dicho, nulas. Algo iba mal y no me gustaba en absoluto.

Por suerte, la mañana si me resultó más llevadera que la noche hasta que llegó aquella hora. Me dio tiempo a ordenar todo el apartamento, desayunar, ducharme, llamar a Finn para saber que tal le iba en el viaje, aunque esto último supuso otro sofoco para mi mente. Fue Tina la que atendió en primera estancia su teléfono porque él estaba en el comedor del hotel, y eso no me dejó tranquila bajo ningún concepto. No tenía ni idea de que ella también había ido a aquel viaje. Tras aquella charla, emprendí el trayecto hasta el bar, no sin antes asegurarme de dejar comida para Brownie, ya que tal y como sospechaba, Santana no había pasado la noche en casa.

Lo cierto era que, a las diez de la mañana el bar estaba completamente vacío. Como era de esperar, me iba a tocar hacer tiempo hasta que llegase mi amiga. No tuve que hacerlo durante muchos minutos. De hecho, ni siquiera me dio a tiempo a realizar el pequeño inventario que hacíamos cada mañana para comprobar las bebidas del bar, cuando escuché varios golpes en la puerta. Y lo cierto es que me extrañó. Santana tenía las llaves para poder entrar cuando quisiera.

No era ella.

Tras abandonar el almacén descubrí a una cabeza con una melena rubia y brillante observando a través de la verja. Era Brittany.

—Hola —saludé tras abrirle—. ¿Qué haces aquí?

—Hola Quinn —respondió con seriedad—. ¿Puedo entrar?

—Eh, claro pasa —la invité—. Estoy esperando a Santana, me ha citado aquí.

—Ella no va a venir —me interrumpió—. Soy yo la que necesita hablar contigo de forma urgente.

Una alarma. No sé si realmente se escuchó, o fue mi mente la que la imaginó tras escuchar las palabras de Brittany y ver como se adentraba en el bar, ocupando una de las sillas de las mesas que quedaban en el lateral.

—¿Tú? —cuestioné acercándome a ella tras cerrar de nuevo la verja— ¿Qué sucede?

—Siéntate, por favor.

Mas desconcierto, o quizás no más, pero si más intenso. Su cara, sus gestos, su mirada y su voz me ponían nerviosa, tanto que no fui consciente de cómo me senté tras su petición sin ni siquiera rechistar.

—Quinn —habló tras mi mutismo—. Yo no debería estar aquí. De hecho, estoy segura de que voy a lamentar mucho haberte contado esto, porque prometí que no lo haría y voy a terminar rompiendo mi promesa. Pero no tengo alternativa, no tengo opción alguna.

—Me estás poniendo nerviosa —interrumpí su monologo—. ¿Qué sucede con Santana?

—No es Santana —me replicó—. Es Rachel.

—¿Rachel? —me sorprendí— ¿Qué sucede con Rachel?

—Prométeme que no le vas a decir nada, que no le vas a decir que he venido aquí a pedirte ayuda y…

—Te lo prometo—respondí sin dejar que acabase la frase—. ¿Qué le sucede?

Brittany tomó una gran bocanada de aire y tras colocarse de forma más relajada en la silla, me miró sin perder detalle.

—¿Te ha contado por qué ha regresado a Phoenix?

—Eh sí, por un tema burocrático con su documentación. ¿No es cierto?

—No precisamente.

—¿No? ¿Entonces?

—Nos sucedió algo en Las Vegas. Tuvimos un pequeño incidente.

—¿Puedes ir directa al grano? —cuestioné perdiendo la paciencia—¿Qué ha pasado? Me estoy poniendo muy nerviosa.

—Una de las noches que estábamos en Las Vegas, Rachel reconoció a una mujer —comenzó a explicar—. Estaba en uno de los casinos, jugando en una de esas ruletas en las que siempre pierdes todo tu dinero.

—¿Una mujer? —me extrañé.

—Shelby Corcoran —dijo pausadamente, tanto que yo creí haber escuchado mal el nombre.

—¿Shelby su madre?

—Así es. Sabía que a ti te lo había dicho —se tranquilizó—, estaba convencida de que tú lo ibas a saber, y menos mal que es así, porque tener que contarte su historia es algo…

—¿Cómo la reconoció? —la interrumpí de nuevo— Rachel me dijo que la última vez que la vio apenas tení años.

—Así es, pero lo cierto es que la reconoció. Tendrías que haberla visto, Quinn, se detuvo en mitad del salón lleno de gente y se quedó paralizada, bloqueada. Yo diría que en shock.

—¿Y que hizo? ¿Le dijo algo?

—No nada, salió huyendo. Se fue al hotel donde estábamos alojadas, y comenzó a llorar. Quinn, jamás la había visto así. Era, era otra persona. Era una niña desconsolada.

No supe que responder. Guardé silencio tratando de imaginar la escena completa en mi cabeza, pero me resultaba tan difícil de creer que no podía, no lo conseguía. Rachel siempre se había mostrado con total entereza en cada situación, excepto cuando hablaba de sus padres. De su madre solo dejaba entrever que no quería saber nada de ella, que no le interesaba en absoluto conocer su vida, por lo que aquella historia que estaba contándome Brittany me resultaba difícil de imaginar.

—Estuvo toda la noche como ida, lo único que decía era que quería marcharse, que no quería estar en el mismo sitio que ella, que no lo soportaba. Hasta que llegó la mañana. Cambió de opinión o no sé qué le sucedió, pero de pronto quería saber qué hacía allí Shelby, y me pidió que intentase buscarla, que lo averiguase sin comentarle que ella estaba allí. No quería que supiera de ella.

—¿Y lo hiciste?

—Sí, y ese es el problema —me miró preocupada—. Por la noche regresamos al casino, y volvía a estar allí. Rachel me obligó a que lo hiciese y aunque yo creía que no iba a funcionar, funcionó —hizo una breve pausa—. Me acerqué a esa mujer y… Bueno, no sé si sabes que en esos casinos se ve de todo, y hay chicas que trabajan, aunque no lo parezcan… ¿No sé si me entiendes?

—No muy bien —musité confusa.

—Digamos que me acerqué a ella haciéndome pasar por una chica de compañía, y funcionó.

—¿Te has acostado con Shelby? —alcé la voz completamente sorprendida.

—¡No! ¡No es eso! —respondió rápidamente—. Yo solo quería saber si esa mujer aceptaría una proposición, y lo hizo. Vaya que si lo hizo

—¿Y qué pasó? —volví a cuestionarla fuera de sí. La paciencia se había marchado de mi hacía minutos y deseaba saber de una vez por toda que sucedió aquella noche entre ellas.

—La emborraché, bueno no tanto, pero si lo suficiente como para que no fuese consciente de lo que estaba haciendo, y de qué me decía y qué no —volvió a continuar y no pude evitar sentir la misma confusión que sentía cada vez que Rachel me contaba alguna de sus historias. Todo a su alrededor era de película—Y habló mucho, terminó confesándome que tenía dos hijas. Que a una hacía años que no la veía y la otra estaba con su padre, el maltratador.

—¿Qué? —la interrumpí tras oír la última palabra.

—Así es Quinn, aquella mujer me dijo que su hija pequeña estaba con su padre, y que era un maltratador, y que ella no podía verla porque se la habían quitado… Y bueno, lo cierto es que deliraba demasiado, se perdía en el discurso, pero repetía una y otra vez que aquel hombre maltrataba a su hija. Así que imagínate como se puso Rachel cuando se lo conté.

—Oh dios —resoplé—. ¿Estás segura? Pero si según Rachel su hermana debe tener unos 12 o 13 años ¿Cómo van a permitir que viva con un maltratador?

—Diecisiete —respondió rápidamente—. Beth tiene diecisiete años según me dijo Shelby. De hecho, incluso me mostró una fotografía.

—¿De Beth?

—Sí, el alcohol comenzó a sacar lo peor de esa mujer, y empezó a llorar, a lamentarse de su mala suerte y a contarme todas aquellas cosas.

—Dios… ¿Y qué dijo Rachel?

—Shelby me dijo que vivían en los Ángeles, pero que ella no podía ir. Y Rachel quiere ir en busca de Beth. Dice que no puede soportarlo, que no puede permitir que la única persona que hay en el mundo que lleva parte de su sangre, lo esté pasando mal.

—Me parece razonable.

—Quinn, te parece razonable que se interese por su hermana, pero lo que Rachel quiere hacer no es sensato.

—¿Por qué no? —le recriminé—. Si es su hermana.

—La convencí para volver aquí con la intención de averiguar algo más de ellas, pero ya está perdiendo la paciencia. Quinn yo no pretendía llevarla a tu fiesta de cumpleaños para provocar nada malo, lo hice solo para ver si ella accedía a contártelo y tú podías hacerle cambiar de opinión. Que se tomase las cosas con más calma.

—Pues no me lo ha contado.

—Lo sé. De hecho, dudé que lo hiciera. Hablaba de ti durante el viaje y me decía que no quería verte, que no podía volverte a ver si no quería hacerte daño. A tu cumpleaños la llevé engañada, le dije que íbamos a otro lugar. Lo cierto es que aún está enfadada conmigo por haberle mentido.

—¿Por qué no quiere decírmelo?

—No quiere complicaciones contigo, Quinn. Lo vuestro es muy importante para ella y…según me dijo, confesarte todo esto supondría involucrarte. Y tú eres de las que no dejan las cosas atrás.

—Veo que me conoce mejor de lo que yo creía —susurré aún sorprendida por toda la historia. No conseguía asimilar que todo aquello le había sucedido a Rachel, quizás porque en el fondo de mi cabeza aún seguía temiendo porque su increíble historia fuese sacada de un mundo imaginario, de alguien que se consideraba toda una soñadora. Pero no. Aquello me demostraba que todo era cierto, que la vida de Rachel era una cruda y dura realidad.

—Sí, te conoce y por eso mismo estoy hoy aquí —volvió a hablar—. Anoche mantuve una conversación con Santana. Rachel está dispuesta a marcharse a Los Ángeles ya mismo, y eso que no hemos averiguado nada aún. A mí me parece un error.

—¿Y quieres que yo la convenza de que no se marche aún?

—No, yo no quiero que ella sepa que he hablado contigo, yo lo que quiero es que no cometa una locura, y marcharse en busca de una persona a la que no conoces y ni siquiera sabes donde vive. Es absurdo. Quiero ayudarla y que haga las cosas bien —tragó saliva—. ¿Quién sabe cómo es ese hombre que está con Beth? ¿Te imaginas que la encuentra y el tipo se enfrenta a ella? No quiero que le hagan daño.

—Tienes razón —balbuceé—. Es un poco peligroso, sobre todo, sin conocer a ciencia cierta lo que sucede en esa familia.

—Exacto.

—Deberíais haberle preguntado a Shelby. Si ese hombre es peligroso estoy segura de que habría querido ayudar a su hija. ¿No?

—El problema es que desapareció, Quinn. Al día siguiente la busqué con esa intención y ya no estaba, no había rastro de ella.

—¿Y qué puedo hacer yo? ¿En qué quieres que ayude?

—Verás —hizo una pausa—. Santana me comentó anoche que tienes influencias. Bueno no sé, eso de que tu padre sea alcalde debe servir para algo —desvió la mirada—. Si hubiera alguna forma de averiguar si lo que dice Shelby es real o no.

—No, no tengo ni idea de cómo averiguar algo así —interrumpí—. Mi padre es el alcalde de Phoenix, no de Los Ángeles. Y ni siquiera sé si…

He de confesar que, aunque no suelo tener buenas ideas, mi mente si funciona rápido en las situaciones complicadas, y en aquel instante, con Rachel metida de lleno en el problema, fui más veloz de lo que nunca había sido.

—¿Qué? —me cuestionó Britt al ver como guardaba silencio.

—Creo que puedo intentar algo —balbuceé—. ¿Me has dicho que Shelby no podía volver a Los Ángeles?

—Eh sí, eso me dijo. Que le tenían prohibido ir a cuidar de su hija.

—Si es cierto, puede que sea algún problema legal, o quizás penal. Y si es así quizás pueda averiguar algo. Déjame que unos días.

—¿Unos días? ¿Cuántos? Porque Rachel se quiere marchar hoy mismo.

—No, no lo permitas. Dile que puedes encontrar la forma de averiguarlo y que necesitas ese tiempo.

—¿Cómo?

—No lo sé, pero hazlo. Yo necesito al menos un par de días más. ¿Ok?

—Ok. Haré lo que sea por evitar que se marche sin más —repitió—. Muchas gracias Quinn, Santana me dijo que no me ibas a fallar, al igual que Rachel.

—Cómo ves, soy fácil de convencer —respondí un poco más tranquila.

—Pues ya te podías convencer de no casarte, y venirte con Santana y conmigo a Nueva York —espetó sonriente, eliminando de un plumazo la seriedad de nuestra improvisada reunión. Sin embargo, a mí no me sirvió de mucho. Aquella pequeña broma me heló el corazón al escuchar dos simples palabras; Santana y Nueva York.

—¿Nueva York? —balbuceé confusa.

—Sí, ya… Hey, mira ahí está Santana —rompió la respuesta tras alzar la mirada y lanzarla hacia la entrada, donde Santana ya procedía a abrir la verja.

Lo hacía seria, con algo de prisa y preocupación. Aunque no más de lo que yo estaba tras escuchar aquellas palabras de Brittany.

—¿Le has contado todo? —fueron sus primeras palabras tras adentrarse en el bar. Ni un hola o buenos días, ese detalle seguía fijo en su personalidad.

—Sí, y dice que puede ayudarnos.

—¿Sí? —me preguntó—¿Puedes hacer algo?

—Eh bueno, lo voy a intentar —respondí nerviosa—. ¿Dónde has estado?

—Entreteniendo a Rachel. De hecho, está fuera esperándonos.

—¿Qué? —miré confusa a Brittany—¿No se supone que ella no debe saber que estás aquí?

—No, lo que ella no debe saber es que yo he venido a hablar contigo acerca de su tema —me respondió—. Se supone que he venido a preguntarte algo del bar que Santana no sabe.

—¿El qué?

—Nada —sonrió divertida—. Rachel no va a preguntar tanto. Si lo hace, solo dile que era algo relacionado con las licencias de los bares. ¿De acuerdo?

—Eh, está bien —respondí volviendo a buscar a Santana—. Oye. ¿Te importa venir un segundo al almacén?

—¿Para qué? Rachel nos está esperando, Quinn. No podemos…

—Es solo un minuto —dije levantándome—. Hay algo que habéis hecho Sam y tú con el inventario, y no lo entiendo —fingí, y lo hice tan mal que ninguna de las dos me creyó. Pero sí aceptaron la excusa.

Supuse que Brittany entendió que yo quería hablar a solas con mi amiga, y que Santana también pensó que todo aquello era tan extraño, que necesitaba preguntarle cualquier cosa relacionado con ello. Sin embargo, ninguna de las dos tenía razón.

La imperiosa necesidad de mi amiga por querer desprenderse del bar, y aquella referencia de Brittany a marcharme con ellas a Nueva York, me hacía indicar que algo sucedía, y Santana no se atrevía a contármelo aún.

No estaba dispuesta a meterme de lleno en el problema que ocupaba a Rachel sin al menos, tener alguna idea de lo que tramaba Santana.

—¿Qué pasa con el inventario? —cuestionó mi amiga tras llegar al almacén un par de pasos por delante de mí— Que yo sepa, Sam no lo hizo. Le dije que ya lo haría yo esta tarde

—¿Qué está pasando, Santana? —fui directa, pero ella se hizo la dura.

—¿Qué está pasando de qué? ¿Te refieres a lo de Rachel?

—No —me acerqué a ella—. Hablo de la necesidad de desprenderte del bar. ¿Hay algo que quieras contarme?

—Eh no —dudó—. No hay nada yo no tengo necesidad por dejar el bar. Solo, solo estudio la oferta de ese empresario, y tú estabas de acuerdo. ¿No?

—Santana, no me mientas, hay algo más y tú lo sabes. Así que, por favor, dímelo de una vez —insistí.

—No hay nada, Quinn —respondió tratando de esquivarme—. No seas paranoica. Todo está bien.

—¿Nueva York? —dije provocando su mutismo. Su rostro, perfectamente bronceado se volvió pálido, y sus ojos se desviaron hacia una pila de cajas, evitando todo tipo de contacto con los míos —¿Qué es eso de Nueva York, Santana?

—Nada. No sé de qué hablas —balbuceó.

—¡No me mientas! —alcé la voz impaciente—. ¿Qué está pasando? ¿Piensas irte a Nueva York?

—No, Quinn —se acercó para tranquilizarme—. Escúchame, no es un tema para hablar aquí, así que relájate, y cuando estemos en casa te explico.

—¿Explicar? ¿Qué me tienes que explicar? —ignoré su intento por tranquilizarme. Lo cierto es que ya no podía más. Aquel día estaba siendo de todo menos tranquilo. Primero la estúpida sensación que me provocó saber que Tina había viajado con Finn a Oklahoma, aunque solo fuese un viaje de negocios. Luego la confesión de Brittany acerca de lo sucedido con Rachel en las Vegas, y, por último, todo hacía indicar que Santana estaba planeando marcharse de Phoenix con su nueva chica, y por eso quería dejar el bar. Y todo eso después de haber pasado la noche despierta, pensando en todo el daño que le estaba haciendo a Rachel por haber permitido que se enamorase de mí.

Todo tenía un límite y el mío había llegado en aquel instante.

—Quinn por favor —volvió a tratar de relajar la situación—. No es el momento, Britt está ahí fuera y tengo que…

—Irte con ella —interrumpí enfadada—. Muy bien Santana, márchate con ella. Es lo que estás haciendo, es lo que quieres hacer y es lo que siempre has querido, encontrar a alguien para dejarme tirada. Pues perfecto.

—¿¡Qué!? ¿De qué hablas Quinn? —me recriminó.

—No lo niegues —me enfrenté a ella—. Me vas a cambiar por ella, te vas a ir con ella y me vas a dejar tirada. ¿Verdad?

—¡Cállate! —me gritó—. No digas idioteces, Quinn. Nadie te va a cambiar por nadie, solo es algo que rondaba por la mente de Britt y a mí me ha parecido buena idea. Pero solo es un pensamiento.

—Ya, por eso ni te atreves a decirme que te quieres ir—expulsé malhumorada —. Desde que ha aparecido esa en tu vida, no te intereso.

—¿Estás loca? ¿Estás celosa?

Sí, lo estaba. Pero no solo celosa porque mi mejor amiga me estuviese ocultando detalles, sino porque no quería concebir la más mínima opción de que pudiese marcharse, y dejarme a mí allí, en Phoenix.

Odiaba la idea de creer que yo había sido capaz de dar todo por ella, y ella me iba a dejar por culpa de una chica que acababa de aparecer en su vida. Pero evidentemente, eso no se lo iba a reconocer, y mucho menos en aquella situación.

Lo único que me apetecía era salir de allí, abandonar aquel almacén y el bar. Tomarme uno de esos días en los que no quería escuchar a nadie más, y dedicármelo solo para mí. Y eso hice.

Ni siquiera me detuve en volver a mirar a Santana cuando me hice con mi bolso, y salí de allí casi en plena carrera. No podía oír nada, solo escuchaba el murmullo de su voz tras de mí, balbuceando palabras que no llegaba a entender, pero que no me importaban en absoluto. Solo conseguían que mi mal humor aumentase rápidamente, más aún cuando me crucé con la mirada confusa de Brittany.

—¿Estáis bien? —balbuceó al verme salir de aquella forma, por supuesto no le respondí. La ignoré lanzándole una de mis peores miradas, y abandoné el bar liberándome de la presión que sentía dentro de mí.

El sol, el aire cálido que envolvía la ciudad a aquella hora de la mañana supuso una inyección de tranquilidad. Un golpe de paz que se introducía en mis pulmones y aunque quemaba, me renovaba por dentro.

Estuve varios segundos en mitad de la acera tratando de organizar un poco mi mente, y ser capaz de recordar donde estaba aparcado mi coche. Aunque no era nada complicado hacerlo. Siempre estaba en el mismo lugar, justo en uno de los aparcamientos que había frente a nuestro bar. Sin embargo, no fue hacia allí donde se dirigió mi mirada, o quizás fue mi corazón.

Pensándolo con calma, estaba segura de que aquel gesto, aquella llamada de atención que recibí sin ser consciente de nada, fue gracias a mi corazón, que veía más allá de lo que mis propios ojos conseguían ver.

Rachel.

Su presencia, su menudo cuerpo resguardándose del sol a escasos metros de la puerta del bar, consiguió eliminar de mí aquel mal humor, y regresar a mi estado de desasosiego, de pena.

Me miraba confusa, quizás algo preocupada por lo que pude percibir desde allí. Eran unos cincuenta metros los que nos separaban, pero después de todo lo sucedido entre nosotras, aquella distancia se multiplicaba por mil. Porque yo deseaba correr hacia ella y pedirle ese refugio que sabía que ella podía otorgarme. Pero no podía. Teníamos un pacto y yo no podía destruirlo. Aquel pequeño ser había sufrido suficiente durante toda su vida como para seguir torturándose por un amor no correspondido, como ambas quisiéramos.

Conseguimos mantener la mirada durante varios segundos, pero fui yo la primera en destruir aquel encuentro visual, y me decidí a caminar hacia el coche, entregándole la libertad que me había pedido.

Por primera vez en mi vida, tras ver como mi cuerpo conseguía alejarse de ella y la dejaba de lado, conteniéndome de volver a mirarla, supe que era fuerte. Que no era tan débil como todos creían, y que me había convertido en la mujer adulta que siempre había renegado ser.

Ya no volvería a ser más la adolescente de la noche anterior, cuando la radio de mi coche y la presencia de Rachel a mi lado, me hicieron volver a recuperar esa extraña sensación de libertad que tanto había añorado.

Ahora la radio me regalaba palabras que nada tenían que ver con la diversión mientras Rachel estaba lejos de mi coche, observándome desde la otra acera con la impotencia reflejada en su rostro.

Quizás aquella petición de alejarnos iba a ser más dolorosa que perder la cordura si nos acercábamos. Pero ya estaba aceptada ya habíamos dado luz verde a mantenernos así, y así íbamos a estar.

Pero no conseguía arrancar el coche, no podía girar la llave y hacer que el motor rugiese. No mientras Rachel siguiese allí y aquella estúpida canción sonase no solo en el interior de mi coche, sino que también lo hiciese en mi mente.

Tomé de nuevo una bocanada de aire, y noté como mi mandíbula se tensaba hasta provocar el chirriar de mis dientes. Después de eso, no vi nada más, no fui consciente de como aquella mano cruzaba la ventanilla bajada, y se posaba en mi brazo que se mantenía aferrado al volante.

El calor, la sensación de bienestar que traspasaba la piel con su tacto, me hizo abrir los ojos con pausa, sin temor a una reacción extraña o con la incertidumbre del dolor merodeando nuestros pensamientos.

Rachel se había acercado hasta mi coche, y lo hizo sin obligarme a romper mi promesa, porque era ella la que dio el paso de acercarse y no yo.

No me salían las palabras. Me limité a mirarla sin bajarme del coche y esperar su reacción, lo que quisiera que estuviese rondando por su mente.

Nada.

No dijo nada. Rachel se mantuvo firme, acariciando mi brazo y regalándome una de las miradas más cómplices y afectivas que he recibido en mi vida.

No me preguntó, no se interesó por si me sucedía algo o no. Simplemente estuvo casi un minuto acariciando mi brazo, y mirándome desde el exterior del coche. Y yo tampoco hablé. No podía decirle nada porque no había nada que decirle sin hacerle daño.

Me mantuve en silencio hasta que las miradas curiosas de Brittany y Santana destruyeron nuestro encuentro, y yo volví a la realidad.

Ver a Santana junto a Brittany, me hizo comprender que yo habría hecho exactamente lo mismo si estuviese en su posición, y Rachel fuese mi Brittany. Me habría ido a donde ella quisiera ir, la habría seguido donde nadie más lo hubiera hecho. No podía odiar a Santana por haberse enamorado cuando yo había luchado toda mi vida por mantener el amor. Pero, aun así, seguía doliendo.

Mis dedos consiguieron girar por fin la llave que encendía el motor del coche, y sentí como el calor que desprendía la mano de Rachel, se desvanecía tras apartarla de mí con delicadeza.

Ella seguía en silencio, pero yo rompí mi mutismo para mirarla por última vez antes de alejarme de allí.

—Gracias —susurré sabiendo que no iba a encontrar respuesta en ella, pero me equivoqué.

Rachel no me habló, pero sí me sonrió con dulzura, tanta que logró traspasarme por completo y hacerme creer que todo lo que había vivido en aquella mañana, había merecido la pena solo por volver a ver su sonrisa.

Tenía que agradecerle que hubiese tomado la decisión de romper su propia promesa y terminase acercándose a mí, aunque solo fuera para hacerme ver con un simple roce, que podía contar con ella.

Y así me fui.

Esta vez no vi cómo se alejaban de mí, era yo la que se alejaba de ellas y las perdía de vista a través del espejo retrovisor, mientras me convencía a mí misma que aquel camino era el único que podía tomar. El único que debía tomar.