Capítulo 26

Hermanas

Aquel lunes se presentaba igual o peor que la mañana del domingo anterior.

Salí de casa a las 9 de la mañana sabiendo que Santana estaría aún dormida después de haber trabajado durante la noche. Yo no lo hice. El domingo fue mi día libre tras la celebración de mi cumpleaños, y aunque no tenía nada que hacer, decidí no acudir al bar para evitar un nuevo enfrentamiento con ella.

Sin embargo, Santana no lo tenía tan claro como yo.

Una pequeña nota en la puerta de mi habitación me volvía a citar con ella, esta vez sin Brittany de por medio. Una cita que se produciría en nuestra propia casa a eso de las 12 del mediodía. Y que, aunque yo no deseaba llevar a cabo, tenía que afrontar.

Pero antes tenía otros asuntos pendientes. Unos asuntos que volvían a traer a Rachel a mi vida y que contaban con la inestimable ayuda de Finn.

Aún no tenía pensado mi discurso para tratar de contar con él, pero tampoco me importaba demasiado.

Finn debía estar esperando nuestro encuentro con algo de angustia, aunque evidentemente no sabía qué se iba a producir en aquella mañana.

Me había acostumbrado a interrumpirlo en su horario de trabajo, y ya todos sus compañeros me conocían a la perfección cuando me adentraba en el edificio donde estaban situadas las oficinas.

Mark, Jacob, Leonard, Isabella y Charles. Ese era el orden de los despachos de los compañeros de Finn que dejaba atrás conforme avanzaba hacia el suyo. La única diferencia de esas oficinas con la de Finn, era que mi chico tenía secretaria, y como siempre, iba a terminar discutiendo con ella.

Aunque para mi sorpresa, aquella mañana Sugar parecía estar incluso agradecida por mi presencia allí.

—Finn está reunido— dijo al verme acceder a la zona donde ella tenía su mesa.

—¿Reunido?

—Sí, pero… Espera, supongo que puedo avisarle de que estás aquí.

—Ok.

Me desconcertó bastante que mostrase ese interés, sobre todo, sabiendo el odio de aquella chica hacia mí.

Mientras trataba de averiguar o pensar en el motivo que la llevaba a cambiar su actitud conmigo, pude escuchar la breve conversación que mantuvo con Finn a través del teléfono, y parecía que no iba a tener problemas en recibirme.

—Dice que ya ha terminado su reunión, podrás entrar en un momento.

—Ok—me mantuve a la espera. Me sentía rara por estar allí y no discutir con aquella insoportable chica. Solo había un motivo por el que podíamos estar de acuerdo alguna vez en nuestra vida, y ese mismo motivo salía en ese instante de la oficina de Finn.

Tina.

Su compañera, su fiel y aliada compañera de sección dentro de aquella empresa. La única persona que conseguía sacarme de quicio sin ni siquiera abrir la boca, como en aquel preciso momento.

Su sarcástica sonrisa iba acompañando a una desafiante mirada que encendía todas mis alarmas. Ni siquiera me dijo hola, ni adiós, simplemente pasó junto a mí con su altiva soberbia.

—Imbécil —escuché como el susurro de Sugar hablaba también por mi mente. Ella también la odiaba y no le importaba demostrarlo —. Ya puedes pasar —me dijo al ver como Tina ya había abandonado por completo la estancia.

No dije nada. A pesar de nuestra complicidad en aquel momento, no podía olvidar que aquella chica también sentía repulsión hacia mí, al igual que yo hacia ella. No tardé más de un par de segundos en reaccionar, y adentrarme en el despacho de Finn, que, para mi sorpresa, no aparecía como siempre sentado en su mesa, si no que estaba ordenando algunos archivadores que tenía colocados en uno de los estantes.

—Hola —saludé sonriente, tratando de dejar atrás lo sucedido en el exterior.

—Hey Quinn —me miró con algo de sorpresa, fingida por supuesto. Finn sabía perfectamente que estaba allí—. ¿Qué tal? ¿Qué haces aquí?

—Me apetecía verte —dije cerrando tras de mí la puerta—. ¿Qué tal el viaje?

—Bien, bien —respondió rápidamente tras regresar a su mesa—. Llegamos anoche a las dos o tres de la madrugada.

—Vaya —me acerqué dispuesta a saludarlo—, pues debes de estar cansado. ¿No tienes tiempo para un café?

—Eh, no —respondió rápidamente esquivándome. Mi intención de besarle quedó en el aire.

—¿Estás bien?

—Eh sí —sonrió forzado—, pero ya sabes que en la oficina no me gusta que… Bueno, ya sabes, el señor Wilson puede entrar cuando le apetezca y no creo que sea sensato que me vea besándote —se excusó, pero a mi aquella excusa no me sirvió en absoluto. De hecho, me molestó demasiado.

—Ah claro, el señor Wilson.

—Así es Quinn. ¿Por qué no te sientas? Así podemos hablar. Pero no mucho. ¿Eh? Tengo, trabajo atrasado.

—¿Te ocurre algo? Te noto algo nervioso.

—No. Estoy bien —volvió a sonreír mientras tomaba asiento en su sillón—. Vamos siéntate y cuéntame que tal el fin de semana. ¿Cómo fue tu cita con Rachel?

No soy imbécil. Puede que lo parezca, puede que por mis actos o mi terquedad parezca la persona más imbécil del universo, pero no lo soy. Y aquella respuesta de Finn me hizo entender que prefería que fuese yo la que estuviese nerviosa, y no él.

Mencionar a Rachel era mi punto débil, a pesar de que mi intención para verlo aquella mañana, era precisamente para conseguir ayudar a la morena.

—Bien, le pedí que me acompañase a hacerme esto —le mostré el tatuaje del dedo, y juro que él estuvo a punto de gritarme al verlo. Pero se contuvo. Se mantuvo en silencio tragándose sus reproches.

—¿Un tatuaje? —balbuceó—¿Soñadora?

—Así es —respondí sonriente—. ¿No es hermoso?

—Eh, bueno… Ya sabes lo que opino de los tatuajes —musitó—. ¿Por qué no me dijiste que querías hacerte uno? —se mostró serio.

—Te lo he dicho miles de veces.

—Sí, pero nunca como algo que fueses a llevar a cabo.

—Bueno —interrumpí—, cumplir 27 años es un buen momento para cometer alguna locura —dije despreocupada.

—¿Tu madre lo ha visto? ¿No te ha dicho nada?

—Sí, lo vio ayer y no, no puede decirme nada, porque creo que soy lo suficientemente adulta como para hacer lo que me apetezca. ¿No crees?

—Ok, ok —bajó la mirada hacia la carpeta que tenía sobre el escritorio—. ¿Algo más? ¿Solo fuiste con ella a hacerte ese tatuaje?

—Eh sí, nada más —sonreí. Aunque he de confesar que lo hacía sin desearlo. —. ¿Y tú qué tal? ¿Por qué no me dijiste que ibas con Tina?

—Te dije que iba con mi equipo Quinn, y Tina forma parte de él —me aclaró.

—Ya, claro —susurré ocultando mi decepción. Algo estaba sucediendo, de eso no había dudas. Su actitud, su nerviosismo así me lo indicaba, pero después de la confianza que él me ofrecía, yo no podía recriminarle absolutamente nada.

Era cierto que Tina formaba parte del equipo de trabajo de él, y no era la primera vez que ambos tenían que viajar por motivos laborales. Pero eso no significaba que yo lo aceptase como si nada, y menos aun siendo un viaje que se producía en pleno fin de semana.

—¿Estás bien?

—Sí, claro —fingí.

—Bien. Oye. ¿Por qué no mejor nos vemos esta noche, cenamos o que se yo, estamos más tranquilos y hablamos de todo?

—Sí, creo que es una buena idea, pero lo cierto es que vengo para pedirte un favor también, y no puedo esperar más tiempo.

—¿Un favor? —se mostró curioso.

—Sí —me levanté de la silla. Había llegado el momento de plantear el problema sin provocar nada que no estuviese previsto—. Tu amigo Harry. ¿Hace mucho que no lo ves?

—¿Harry? ¿Harry Redknapp?

—Sí, ese chico era policía en California. ¿Verdad?

—Eh sí, en Los Ángeles. ¿Por qué? ¿Qué sucede? —se preocupó, pero yo no dejé que lo hiciese demasiado. Tenía que ser perspicaz, quitarle parte de la importancia que tenía aquel asunto.

—¿Podría echarte una mano con un pequeño favor?

—¿Qué favor, Quinn?

—Necesito saber una dirección y creo que él puede acceder a ella.

—¿Una dirección? ¿De quién? No entiendo nada.

—Shelby Corcoran— dije entregándole un pequeño papel con el nombre de la mujer—. Ha vivido en Los Ángeles y necesito saber dónde exactamente.

—¿Quién es? ¿Y por qué iba Harry a saber dónde vive? Él es un simple policía.

—Creemos que esa mujer ha tenido problemas con la justicia, y por eso pensé que quizás un policía puede acceder a la ficha delictiva de alguien.

—¿Creemos? ¿Problemas con la justicia? —me miró confuso— ¿Pero quién es?

—La madre de Rachel —confesé—. Su madre biológica, la que la abandonó y no ha querido saber nada más de ella.

Su cara de sorpresa superaba con creces a cualquier otra cara que yo hubiese visto a lo largo de mi vida. Finn no daba crédito a lo que estaba oyendo.

—¿Su madre?

—Escúchame, cielo —me mostré dulce—. Rachel ha vuelto a Phoenix porque se encontró con su madre en Las Vegas, pero no habló con ella, fue Brittany la que lo hizo y al parecer, sacó información que está destrozándola —hice una pausa. Finn me miraba con completamente incrédulo—. Rachel tiene una hermana, y es hija de esa mujer. Es la única persona que tiene en el mundo y según Brittany, esa mujer le dijo que su ex marido la trataba mal, y que ella no podía hacer nada porque no le permitían entrar en Los Ángeles, o algo así. Rachel está destrozada y quiere cometer una locura. Quiere buscar a ese hombre y enfrentarse a él, y ni Britt, ni Santana ni yo queremos que haga eso.

—Es una locura, si ese tipo es peligroso puede…

—Por eso mismo —interrumpí—. No tenemos idea de si lo que dice Shelby es verdad o no, pero si lo es, Rachel debe tener cuidado.

—¿Te ha pedido que lo averigües?

—No, no. De hecho, ni siquiera me lo ha comentado ella —aclaré—. Sabe que no me gusta utilizar las influencias de mi padre, y menos para algo así. Ella solo quiere marcharse lo antes posible, pero Britt la está convenciendo para que no lo haga sin tener algo claro.

—Ajam —murmuró volviendo la vista hacia el papel.

—¿Crees que Harry podrá ayudarnos?

—Es bastante complicado, Quinn. Él es un policía y los policías no pueden ir dando información de las personas con antecedentes —hizo una pausa para tomar aire—. Pero le voy a llamar veré que puedo hacer. ¿Ok?

Sonreí. Ver como volvía a mostrarse sereno me devolvía la tranquilidad que necesitaba, y Finn lo hizo en aquel instante.

Me miró cómplice, con la certeza de saber que haría todo lo que estuviese en sus manos por averiguar lo que le estaba pidiendo, y eso era suficiente para mí. Incluso si no conseguía obtener respuesta alguna.

Sabía que no debía hacerlo, pero no pude evitarlo, y rompiendo la distancia que nos separaba, me acerqué a él para dejarle un rápido pero afectivo beso en los labios. Algo que le pilló desprevenido y por sorpresa.

—Hey… ¿A qué se debe?

—Gracias por ayudarle —susurré.

—Lo hago por ti —respondió sin poder evitar posar sus labios sobre los míos. —. Mmm vamos, no me líes, Quinn. No aquí. ¿Ok?

—Ok —me alejé un tanto de él—. ¿Le vas a llamar pronto?

—Eh sí, claro—volvió a tomar el papel con el nombre de Shelby—. Aprovechare el almuerzo para hacerlo.

—Perfecto—sonreí satisfecha—. ¿Nos vemos esta noche?

—Sí, claro. Paso a recogerte y vamos a cenar. ¿Te parece bien?

—Me parece perfecto —respondí sintiendo como algo dentro de mí volvía a la normalidad. Poder ayudar a Rachel de aquella forma, era lo único que me podía hacer sentir bien después de todo los quebraderos de cabeza que le había provocado con nuestra relación. Era la única manera que tenía en mis manos de hacerle bien, y no iba a escatimar en intentos hasta conseguirlo.

Mi despedida con Finn fue exactamente igual que mi saludo, con la única diferencia de que en aquel instante fue una sonrisa la que se dibujaba en su rostro, y no los nervios que mostraba al verme aparecer por allí.

A Sugar ni siquiera me entretuve en mirarla, y mucho menos a Tina, a quien volví a encontrarme en mi salida del edificio.

Lo más complicado estaba hecho. Conseguir que Finn utilizase sus contactos para ayudar a Rachel era un buen plan, y salió de una forma casi inesperada. Jamás pensé que pudiese convencerlo con tanta facilidad, sobre todo, después de mostrarle el tatuaje que él tanto iba a odiar.

Sin embargo, no todo iba a resultar tan sencillo aquel día. Quedaba lo peor, y a lo que verdaderamente le tenía temor.

Apenas eran las 11 de la mañana cuando llegué al departamento, donde Santana me había citado para las 12 de aquel mismo día. Sin embargo, no fue necesario esperar. Nada más entrar la pude descubrir recostada en el sofá, aún con el pijama puesto y con Brownie jugando encima de ella.

Mis nervios comenzaron a florecer de nuevo, presos de una extraña sensación de pena que comenzaba a inundarme. Sabía, o, mejor dicho, intuía que algo serio estaba sucediendo entre nosotras, y que no iba a terminar con sonrisas.

Lo cierto es que su actitud también denotaba algo de tensión. Ni siquiera me miró al entrar.

—Hola —susurré deshaciéndome del bolso y dispuesta a buscar algo de agua en la cocina. Ella permaneció en silencio hasta que no tuve más remedio que regresar al salón—. Acabo de hablar con Finn, va a intentar echarnos una mano con el tema de Shelby y Rachel.

—Me alegro —respondió sin mirarme—. No lo está pasando muy bien.

—Lo imagino.

—¿Puedes sentarte? —me miró por primera vez y yo accedí a su petición, ocupando uno de los sillones mientras ella se reincorporaba. Brownie seguía sobre ella, jugando con su pelo.

La seriedad que mostraba Santana me estaba desquiciando. Ella jamás se comportaba así, ni siquiera cuando estaba enfadada por algún motivo. No había restos de soberbia, ni de sarcasmo o ironía. Santana estaba seria.

—¿Qué tal anoche en el bar? —dije tratando de acabar con el silencio.

—Quinn. ¿Te acuerdas del día que decidimos escaparnos del colegio para ir a un centro comercial?

—Eh sí —balbuceé localizando entre mis recuerdos aquel día. Me costó algo de esfuerzo hacerlo. La pregunta de Santana fue tan directa e imprevista para mí que no supe responder con rapidez.

—¿Recuerdas que nos vieron los padres Sammy y se lo dijeron a los nuestros?

—Sí algo, algo recuerdo —dije confusa—. ¿Por qué hablas de eso ahora?

—Teníamos 13 años, recuerdo que te convencí yo para irnos, porque quería comprarle un regalo a Tommy. ¿Te acuerdas de él?

Volví a lanzar mi memoria hacia el pasado y efectivamente, comencé a recordar los detalles de aquel día, y la cara del que fue el primer amor de Santana, un chico de nuestro curso por el que se había vuelto loca.

—Sí, lo recuerdo

—Te castigaron a ti en vez de a mí —me miró—. Cuando nuestros padres nos encontraron dijiste que me habías obligado a saltarnos las clases, y cargaste con toda la culpa para que yo pudiese ir al cumpleaños de Tommy y le diese su regalo. ¿Lo recuerdas?

—Más o menos —balbuceé sin saber muy bien que pretendía al recordarme aquella anécdota.

—¿Recuerdas cuando la entrenadora Sylvester quiso echarme del equipo de animadoras del instituto?

—Claro que lo recuerdo.

—Me vio besando a Laura Jones en los vestuarios y quería expulsarme por eso. ¿Y qué hiciste tú? Salvarme de nuevo el trasero. Le dijiste que, si me echaba, todas las del equipo abandonarían y no dejarían que nadie del instituto se fuese una animadora.

—No me parecía justo que hiciera eso contigo. Eras una buena animadora.

—No me importó eso, Quinn, a mí lo que me importó es que diste la cara por mí, al igual que lo hiciste en el colegio, o cuando tuve que confesarle a mi madre que me gustaban las chicas. Cuando decidí estudiar periodismo porque mi nota no alcanzaba para más, y tú hiciste lo mismo aun pudiendo haber accedido a estudiar en otro lugar, alguna otra carrera que te gustase más. O como cuando decidiste que montar un bar conmigo, era la mejor idea que podíamos tener aun sabiendo que no te gustaba en absoluto ese ambiente. Aun teniendo a tus padres y a tu novio en contra de todo ello, lo hiciste. Y lo hiciste por mí —se le quebró la voz.

—Santana, no entiendo por qué hablas de eso ahora.

—Quiero que entiendas lo que es mi vida, Quinn.

—Yo sé lo que es tu vida.

—No, no lo sabes —musitó dejando a Brownie en el suelo—. Llevo toda mi vida viviendo gracias a ti, Quinn. Llevo una vida en la que cualquier contratiempo que me surgía, se esfumaba gracias a ti. Has estado a mi lado siempre —susurró con la voz temblorosa—. Cuando necesitaba alguien para divertirme y cuando necesitaba un hombro donde llorar. Hemos crecido juntas y yo no tengo más que agradecimiento hacia ti.

—No me tienes que agradecer nada —interrumpí—. Somos amigas.

—No, tú y yo no somos amigas, Quinn. Tú y yo somos hermanas. Eres más importante para mí que mi propia familia, y jamás, nunca jamás haría algo que te pudiese perjudicar. Y, sin embargo, lo estoy haciendo.

—¿Qué? ¿Qué dices de perjudicarme?

—¿Crees que no soy consciente de que estás perdiendo dinero con el bar? ¿Crees que no soy consciente de que has estado a punto de perder a tu novio por culpa mía? ¿Crees que no sé qué te gustaría vivir en otro lugar más luminoso, más amplio y no en este zulo?

—No es cierto, San, a mí me gusta lo que hago.

—No te mientas, Quinn. Tú no paras de sacrificarte por mí, por no dejarme sola, y yo ya no puedo seguir permitiéndolo. No quiero desprenderme del bar porque sí. Si lo hago es porque ese tipo nos dará todo el dinero que hemos invertido en él, y podremos recuperarlo, o mejor, dicho tú podrás recuperarlo.

Bajé la mirada. Santana se estaba confesando como nunca antes lo había hecho, ni conmigo ni con nadie, y se me partía el alma al verla así.

—No puedo seguir limitándote Quinn, dentro de poco tendrás otra vida y yo no quiero seguir creándote conflictos. No quiero sentir que estoy…

—No digas idioteces —la interrumpí molesta—. No me limitas. ¿Me oyes? Todo lo que hago, lo hago porque quiero, porque te quiero y puedo hacerlo, nada más. No es excusa para que decidas marcharte. Solo dime que quieres hacerlo, nada más, pero dímelo. Es lo único que te pido.

—Quinn…

—Te has enamorado de Brittany, perfecto, no soy nadie para decirte que no lo hagas. De hecho, lo comprendo, comprendo que quieras estar con ella más tiempo y…

—No es ella la que me ha pedido que le acompañe —musitó interrumpiéndome—. Soy yo la que le ha pedido que me acompañe. Soy yo la que se quiere ir, Quinn —dijo sin poder contener el primero de los sollozos.

—¿Te quieres ir tú? —cuestioné confundida.

—Necesito hacer mi vida, necesito salir adelante por mí misma y… no puedo si te tengo a mi lado sosteniéndome. No puedo así. Ya es hora de liberarte de esa carga.

—¿Carga? ¿Me acabas de decir que somos hermanas y ahora consideras que eres una carga para mí?

—Quiero demostrarme a mí misma, y demostrarte a ti que puedo salir adelante sin una Quinn Fabray que me cuide —espetó apenada—. No puedo seguir así, Quinn. Cada noche que regreso del bar y me meto en esa maldita habitación, me lamento por no lograr algo más. Y lo hago por ti. El otro día, cuando llegaste al bar cambiada con tu ropa y tu nuevo corte de pelo, supe que tú mereces ser libre, y conmigo no lo eres.

—¿Qué estás diciendo? Nunca he sido más libre desde que estoy viviendo aquí, contigo.

—Yo no lo siento así —se puso de pie—. Yo solo veo que una chica como Rachel ha conseguido que te plantees tu vida, y que otras como yo, te obligan a mantenerte fija en un lugar. Y no puedo permitirlo, Quinn. No puedo seguir siendo esa ancla. Yo quiero hacer algo con mi vida, no detener la tuya.

—No digas esas cosas, Santana. Rachel no tiene nada que ver con esto.

—Para mí sí tiene que ver —se me acercó—. Esa chica ha sacado lo mejor de ti, y ni siquiera va a estar aquí un mes. Y yo llevo toda la vida lanzándote por caminos que no mereces, Quinn.

—Si sigues hablando así, no voy a continuar con esta conversación —dije enfadada—. Deja de compararte con nadie. Tú eres tú, y eres una de las personas más importantes de mi vida. Me has dado mucho, hemos crecido juntas, tú lo has dicho. Hemos vivido cosas nuevas, hemos aprendido y ahora estamos sobreviviendo juntas, no quiero que me digas que te marchas porque sientes que eres una carga para mí, quiero que me digas que te marchas porque necesitas hacer algo diferente, o porque quieres vivir el amor de otra forma, en otro lugar.

—Quiero sobrevivir por mí misma —me interrumpió.

—Eso es diferente —musité vencida.

—Quinn, sabes que no soy persona de hablar con el corazón, no de esta manera, pero creo que hay llegado el momento de hacerlo contigo. No te estoy dejando sola. ¿Lo entiendes?

Bajé la mirada. Era incapaz de mirarla a los ojos en aquella situación sin evitar que las lágrimas se me escapasen.

—Hay una escuela de hostelería en Nueva York, Brittany me lo comentó. Ella estuvo allí, y en dos años consiguió titularse. Y ya sabes que me gusta todo ese mundo. No es complicado entrar y más si ya eres licenciada. Quiero hacerlo, Quinn. Quiero probarme a mí misma en una ciudad que no es la mía, y hacer algo que realmente me gusta, prepararme para poder vivir de esto sin tener que traspasar más bares. ¿Lo entiendes?

Asentí sin mirarla, y no lo hacía porque todo lo que decía era coherente, y me dolía aceptar que tenía razón. Que marcharse podría ser una buena idea para ella. Para su futuro.

—No me voy por ella, eso quiero que lo tengas claro. Jamás te cambiaría por nadie —se acercó hasta tocar mi mano—, por muy rubia y muy guapa que sea —sonrió apenada—. Nadie va a sustituirte en mi corazón, nadie más va a tener el derecho a ser mi hermana.

—San, por favor—supliqué desviando la mirada.

—Quinn, si tú me pides que me quede aquí, me quedo aquí. Es lo menos que puedo hacer después de todo lo que tú has hecho por mí.

—¿Cómo pretendes que te pida eso? —la miré por primera vez— ¿Me crees tan egoísta?

—No, por eso sé que no me vas a pedir que me quede, pero yo quiero que lo sepas. Quiero que seas consciente de que lo haría por ti, y lo haré si lo necesitas. Que me marche no significa que no vaya a verte. No pienso perderte. ¿Me oyes?

—Claro —susurré sin apenas voz.

—Además, podrás venir a visitarme siempre que quieras. Es Nueva York —sonrió—. Y a ti te encanta esa ciudad. ¿No?

—Eso por supuesto. No pienses que vas a estar allí y yo no voy a aprovecharme de tener alojamiento gratis —dije tratando de sacar el humor que Santana pretendía añadir a nuestra conversación, aunque me costaba.

Se iba a marchar.

Santana, mi hermana tal y como ambas lo reconocíamos, se iba a marchar a casi 4.000 kilómetros de distancia, y lo que menos me apetecía era sonreír, aunque el motivo fuese una oportunidad de oro para ella.

No la iba a tener al lado de mi habitación para cuando la necesitase, no la iba a tener en el bar junto a mí, aunque no tuviésemos bar. No iba a acompañarme a comer con mi familia como lo hacía desde hacía años, ni iba a darme lecciones acerca de cómo conquistar a las chicas. Santana se iba a marchar, y yo sentía que parte de mí se quedaba huérfana.

—Quinn, aún falta tiempo para eso, tenemos todo el verano para divertirnos y planear todo. Así que no te preocupes. ¿De acuerdo? Vamos a hacerlo bien, nos va a salir bien esta vez. Te lo prometo.

—Eso espero —balbuceé sin saber que más decir. En ese instante solo deseaba, solo necesitaba una sola cosa, y Santana estaba dispuesta a entregármelo.

No recordaba la última vez que mi amiga se decidió a darme un abrazo como aquel, pero no me importaba. Me sentía plena, orgullosa de tener a alguien como ella en mi vida y haber contribuido a que fuese así, tal y como era.

Con su irascibilidad, con el sarcasmo y la ironía por bandera. Con orgullo, pero, sobre todo, con su corazón. Un corazón enorme que jamás me había abandonado y que me ayudó a ser la persona que yo era en aquel instante.

—¿Sabes que deberíamos hacer? —dijo deshaciendo el abrazo lentamente—Pedir pizza y…

—Maratón de pelis —continué.

—Exacto. ¿Te apetece?

—Por supuesto —respondí más tranquila—. Sólo deja que me ponga cómoda

—Perfecto, yo pido la pizza y elijo las pelis. ¿Amor o desamor?

—Me apetece desahogarme hasta quedarme sin lágrimas. Creo que me va a venir bien —dije mientras me decidía a entrar en mi habitación—, quiero llorar hasta que quedarme sin respiración —alcé la voz con la intención de provocar una carcajada en Santana.

Y lo hice.

Por supuesto que rio al escucharme confesarle que quería llorar, lo que no sabía era que ya lo estaba haciendo, y que aproveché la soledad de mi habitación para deshacer el nudo que se adueñaba de mi garganta tras haber hablado con ella.

No pude resistirlo, y las lágrimas cayeron sobre mi almohada mientras se suponía que simplemente estaba cambiándome de ropa. Sin embargo, y gracias a la magia que supone tener a alguien en tu vida que te entiende, y sabe lo que te sucede en cada instante, supuse que ella sabía que estaba envuelta en llanto por el tiempo y la privacidad que me entregó durante muchos más minutos de los previstos. Otra de las grandes cosas que tenía mi mejor amiga; su complicidad.