Capítulo 27
Tú eres.
Corriendo.
Así es como accedí a la central donde Finn tenía su oficina después de su llamada.
Un día entero esperando la respuesta de su amigo Harry, el policía, que por fin llegaba y lo hacía de una manera tan sorprendente, que Finn ni siquiera quiso comentármelo por teléfono. Me pidió que fuese hasta allí para escucharlo en persona. Pero lo cierto es que mis prisas no solo eran por eso.
Brittany me envió unos 30 mensajes, sin exagerar. Rachel se marchaba, había comprado un boleto de tren para aquella misma noche, y no había marcha atrás. Se quería ir, iba a buscar a su hermana y al supuesto maltratador con el que convivía, y nadie podía detenerla.
Necesitábamos esa información lo antes posible para al menos, poder ayudarle de alguna forma. Y por suerte llegó justo a tiempo.
Fue la primera vez en mi vida que ignoré a Tina al cruzarme con ella cerca de su despacho, y también lo hice con Sugar.
Me adentré con paso ligero, sin darle tiempo a reaccionar, y cuando lo hizo, yo ya estaba cerrando la puerta desde el interior del despacho de Finn.
—Guau, sí que te has dado prisa —dijo Finn al verme entrar.
—Es que tengo prisa —le respondí acercándome para saludarlo. Ignoré el hecho de que no le gustaba o, mejor dicho, no debía besarme mientras estaba en el trabajo, y lo saludé de aquella forma. Con un rápido beso en los labios que no le dio tiempo a esquivar. Sin embargo, algo sucedió. Algo me provocó una extraña sensación al acercarme a él de forma tan improvisada.
Olía diferente, y aunque mi mente ya estaba centrada en conocer la información que le había enviado Harry, no pude evitar detenerme en aquel detalle.
Los olores, el perfume era algo que siempre me había llamado la atención en las personas, y tenía perfectamente localizado y guardado en mi memoria el olor de cada ser importante que había pasado por mi vida. Desde los que más tiempo llevaban a mi lado, como mi padre o mi madre, a los que apenas me había dado lugar a disfrutar, como Rachel.
Y Finn en aquel instante no olía igual.
—Eh, siéntate —me pidió tras aquel breve momento de confusión—. Lo vas a necesitar.
—Ok —balbuceé alejándome de él y tomando asiento en uno de los sillones que flanqueaban su mesa.
—Hemos tenido suerte. Al parecer todas las comisarias tienen acceso a los historiales delictivos de los ciudadanos.
—Lo sé, por eso pensé en Harry para que nos ayudase.
—Pues bien pensado —sonrió—. Harry ha encontrado a esa mujer —me dijo abriendo una de las carpetas que tenía encima de la mesa—. Al parecer lo que le dijo a la chica de Santana no es muy cierto.
—¿Ah no? ¿Entonces?
—Según Harry, esa mujer tiene varios antecedentes penales que no ha podido contarme por motivos de seguridad, pero lo cierto es que sí está fichada por la policía, y me ha dejado entrever que tiene problemas psicológicos.
—No puede ser…—susurré.
—Pues sí —respondió entregándome un papel—. Ese es el marido, bueno mejor dicho es su ex marido, tiene la custodia de su hija y él no tiene antecedentes —me miró aún sorprendida—. Es Shelby la que tiene una orden de alejamiento de su propia hija, de ahí que no quiera o pueda ir a Los Ángeles.
—¿Entonces? El hombre que cuida a la hermana de Rachel, es un buen hombre. ¿No?
—No lo sé, pero problemas con la justicia no ha tenido —respondió dejándose caer sobre el respaldo de su asiento—, y según Harry, si tiene la custodia de una chica que está a punto de cumplir la mayoría de edad, es porque no debe tener problemas con nada ni con nadie.
En ese papel está la dirección donde ha vivido Shelby, y el nombre de su marido. Es lo único que Harry pudo darme, porque no puede entregarme más datos. No es lícito. De hecho, todo lo que te estoy diciendo es algo que me ha dicho porque es mi amigo. No me ha podido asegurar que sigan viviendo allí, y mucho menos que su hija esté con él. Solo me ha dicho que está limpio.
—Ya, entiendo —balbuceé tras observar el papel con la dirección anotada—. Al menos no parece peligroso. ¿No?
—Si hubiese tenido algún problema con la justicia, me lo habría dicho. Así que supone que no. Debe ser Shelby la conflictiva, y permítete que te lo diga, pero si esa mujer abandonó a su propia hija con apenas un mes, es porque algo va mal en su cabeza.
—Ya…
—No es normal, Quinn —se interesó—. Una mujer puede sentir que no va a poder hacerse cargo de un bebé y entregarlo en adopción, o no sé, hay miles de opciones si no puedes atenderlo. ¿Pero dejarlo abandonado en la calle tal y como me dijiste? Eso es ser un animal. Que digo, los animales no hacen esas cosas.
—Lo sé —balbuceé aturdida. Estaba contenta al saber que la hermana de Rachel parecía no estar sufriendo ningún tipo de problema con su padre, pero el mero hecho de imaginar que Shelby tenía problemas, y todo lo que ella había sufrido durante su infancia por el abandono, me hizo estremecer.
La vida de Rachel era una completa tragedia, y la de su hermana tenía indicios de haber sido prácticamente igual, con la diferencia de que ella al menos parecía poder disfrutar de su padre. Rachel no tuvo esa opción, y cuando la tuvo, la vida se los llevó dejándola de nuevo a solas en el mundo.
—¿Crees que le vendrá bien esa información?
—Supongo que sí —le miré—. Brittany me ha dicho que pretende marcharse esta noche, supongo que esto la calmará un poco y…bueno, al menos nos deja más tranquilas.
—Sí, así al menos sabemos que no corre peligro —añadió—. ¿Vas a ir a decírselo ahora?
—Eh no, yo no. Se supone que yo no sé nada, así que llamaré a Brittany y le daré a ella la información.
—Se va a llevar ella el mérito y no creo que sea justo —me miró—. Es a ti a quien debe agradecerle todo.
—Yo no quiero que me agradezca nada —respondí levantándome del sillón. De repente, después de haber mantenido aquella conversación de una forma relajada, dentro de lo que nos permitía el tema en cuestión, el ambiente comenzó a llenarse de una tensión extraña. El tono de voz que utilizaba Finn comenzaba a molestarme de forma inaudita. Sentía que buscaba algo más, que trataba de sacar algo de mí, como si todo tuviese un doble sentido, y me molestaba.
Tuve la impresión de creer que estaba tratando de ver si mi reacción era más intensa de lo normal, como si me afectase más de lo que podía afectarme los problemas de alguna amiga.
—Es una pena que se vaya a marchar sin saber que has hecho cosas por ella —volvió a hablar.
—Finn, yo solo quiero que esa chica sea feliz en su vida, y si esto le va a servir para estar tranquila al menos, pues ya está. Mejor que mejor. No me interesa nada más.
—Igual que lo de Santana. ¿Verdad?
—¿Lo de Santana? —pregunté un tanto confusa.
—Brody me ha dicho que ya habéis hablado con el abogado para llevar a cabo el traspaso del bar, y que ha sido Santana la que ha insistido. Veo que lo de marcharse a Nueva York sigue en pie.
—No se marchará hasta septiembre, ya te lo dije —balbuceé incomoda—. Y sí, ayer me dijo que había llamado al abogado para dar vía libre a las negociaciones, pero no porque se vaya a ir, sino porque es una buena oportunidad de recuperar lo que hemos invertido.
—Exacto, es la oportunidad de oro —interrumpió—. Me alegro que hayáis sabido verlo y que tú hayas cedido de nuevo para que ella se lleve todo el mérito.
—¿Qué?
—Vamos Quinn, Brody y yo llevamos meses diciéndote que ese negocio no tenía solución, y has insistido en que sí, sabiendo que no. Ahora llega la oportunidad de desprenderse de él, y es Santana la que toma la decisión acertada cuando tú podrías haberlo hecho mucho antes —inquirió—. Siempre dejas que los demás queden por encima de ti, y no es justo.
—Basta Finn, no quiero hablar de eso. Sabes que nunca nos vamos a poner de acuerdo, y terminamos discutiendo.
Me cansé de él. Volvía a utilizar ese doble rasero, esta vez dejando entrever que era yo la manipulada, que Santana hacía lo que quería como y cuando quería, y yo simplemente me dejaba llevar. Solo que lo hizo con unas palabras casi coherentes, sin darme opción a malinterpretarlas.
—Cierto —se levantó del sillón para acercarse a mí—. Nada de discusiones.
—Nada de discusiones.
—Oye —me rodeó con sus brazos por la cintura—. ¿Te apetece que nos veamos esta noche? Me muero de ganas por dormir contigo.
Otra vez ese olor. Otra vez esa extraña sensación de no reconocer a mi propio chico, porque su olor no era el mismo, y que conseguía que mi desconfianza volviese a aparecer en mi estado. Y tenía que evitarlo a toda costa.
Él confiaba en mí. Había aceptado que yo tomase las riendas de mi vida, y aunque había cosas en las que aún mostraba un mínimo desacuerdo, terminaba por asimilarlo y afrontarlo tal y como yo le pedía. Por lo tanto, no había opción alguna para mí para desconfiar de él.
Tenía que ser fuerte, apartar de mi mente todas aquellas absurdas paranoias y volver a ser la misma chica que era antes de que todo aquello sucediese.
—Claro —susurré captando una nueva oleada de aroma—. Mmm. ¿Has cambiado tu perfume?
—¿Mi perfume? —se mostró contrariado— Pues no. Es el mismo de siempre.
No, no lo era, de eso estaba segura y más aún después de tomarme la libertad de oler su cuello con precisión.
—No huele igual que siempre.
—No sé, quizás sea el detergente de la camisa —se excusó.
—Puede que sea eso —respondí sin convicción. Evidentemente no era eso. Finn olía diferente y no había dudas para mí. Pero no tenía que darle más importancia, sobre todo, porque después de conocer la historia de la madre de Rachel, tenía cosas más importantes en las que centrarme.
Era eso lo que me preocupaba en aquel instante, y el papel con la dirección ya ardía entre mis manos.
—¿Vienes a casa? —le dije deshaciendo el abrazo.
—Sí, allí estaré para cenar —me respondió sonriente.
—Perfecto —volví a besarle para despedirme—. Te estaré esperando y…gracias —le dije mostrándole el papel.
—De nada.
Fue lo último que nos dijimos antes de abandonar su oficina, y recuperar las prisas para poder llevar a cabo la segunda parte del plan maestro. Una segunda parte que me obligaba a llamar a Brittany para comentarle cuales eran las noticias, que aquel compañero de facultad de Finn reconvertido en policía nos había hecho llegar. Sin embargo, no iba a ser sencillo hacerlo en ese instante.
Brittany no atendía al teléfono, y solo pude dejarle un mensaje en su buzón de voz.
—Joseph Thomas Banks. Es el nombre del ex marido de Shelby. Tengo la dirección de su casa, llámame por favor. ¡Ah! No es peligroso, solo un padre que cuida de su hija.
Un mensaje que a punto estuve de cortar tras salir del edificio y sentir como el aire se esfumaba, como el mundo se detuvo, o al menos así lo sentí yo.
Volvía a tener la sensación de haber perdido por completo la cabeza.
Escuchaba su voz a través del ruido de los coches que cruzaban aquella avenida, del murmullo de la gente que caminaba por la acera. Escuchaba su perfecto tono de voz dando melodía a unos acordes. Escuchaba a Rachel, y si no llega a ser porque pude descubrirla en la acera de enfrente, habría creído fervientemente que me había vuelto loca.
Allí estaba, a unos metros de la lavandería donde siempre solía lavar su ropa, tocando la guitarra y cantando para los transeúntes que en aquella hora de la mañana caminaban por la zona.
No entendí muy bien que hacía allí, puesto que, al estar viviendo con Brittany, no debería necesitar los servicios de una lavandería pública. Sin embargo, allí estaba. Ocupando su tiempo en lo que mejor sabía hacer, o quizás en lo que más tranquilidad y satisfacción le daba.
Por suerte no me vio, y digo por suerte porque no quería que eso sucediese. No quería que fuese consciente de mi presencia en aquel lugar, ni alterar su relativa tranquilidad.
Me alejé un poco más aprovechando uno de los barullos que se arremolinaban frente a un paso de peatones, y esperé a que el semáforo me permitiese cruzar la calle.
No pude evitar buscar un lugar más apartado. Estar frente a ella suponía una opción más amplia de ser vista por ella, así que ocupar la misma acera que en la que ella estaba, era la mejor de las opciones. Siempre manteniendo las distancias, pero, a la vez, permitiéndome el lujo de poder observarla sin ser descubierta.
Después de lo que Brittany me había comentado, era más que probable que aquella si fuese la última vez que vería a Rachel. Por eso decidí no hacerlo esta vez, por eso preferí quedarme allí, ocupando un pequeño saliente de uno de los escaparates y observarla, dejarme llevar por su voz. Por las palabras de cada canción que se atrevía a cantar.
Palabras que en un principio hablaban de locura, de cómo era imposible resistirse a la tentación y no caer rendida al amor. Pero no fue una sola canción, detrás de esa vinieron más, y de nuevo los mensajes me golpeaban mientras el murmullo de la gente que se acercaba, conseguía matizar aún más su perfecta armonía.
Cantaba al miedo que sentía el ser humano, y al deseo de navegar por las olas y llenarse de sol. De la soledad que se siente cuando lo único que tienes se aleja, y de mirar al cielo cada vez que necesitas algo de paz. De sentir que quizás seas un idiota, pero saber que no eres el único sobre la tierra.
Ese era el mensaje que Rachel dejaba escapar en su, como siempre, improvisada actuación. Y ese era el mensaje que a mí me llegaba y terminaba por ocupar mi interior. Lancé de nuevo una mirada hacia el papel donde aparecía la supuesta dirección de Shelby en Los Ángeles, junto al nombre de aquel hombre. Y pensé en la fortaleza de Rachel, en la capacidad para afrontar uno tras otro los golpes que la vida le había ido dando. E, inevitablemente, lo comparé con mi debilidad, con mi escasa capacidad para superar adversidades y sentirme al filo del abismo cuando algo me superaba.
¿Qué valor tenía yo para llamar tanto su atención? ¿Qué había visto en mí para llegar a confesarme que se había enamorado? No era nada, no era nadie que pudiese entregarle nada que ella ya no tuviese. Ni siquiera sabía si aquella dirección era la correcta y para colmo, no la habría logrado encontrar sin ayuda de Finn. Al igual que todo en mi vida. Cuando no era él, era mi hermano, mi padre o incluso Santana. No valía nada, no servía para nada si no tenía a mi gente alrededor, y ese pensamiento era devastador.
Volví a llamar a Brittany, pero seguía sin darme señal y tuve que actuar.
El tiempo pasaba, Rachel parecía haber acabado con su repertorio por aquel día, y tenía que entregarle aquel papel yo misma. Aunque no lo iba a hacer directamente.
Me bastó ver un pequeño grupo de adolescentes, no debían superar los 16 o 17 años y que se acercaban por mi derecha después de haber dejado atrás a Rachel. Y no me lo pensé.
—¡Hey, chico! —me acerqué a uno de ellos. Un joven pelirrojo que borró su enorme sonrisa cuando me vio aparecer de la nada —. ¿Te importaría hacerme un favor?
Un par de sonrisas y algunos codazos de sus amigos volvieron a provocar la risa en el joven.
—Claro. ¿Qué quieres que te haga? —preguntó con algo de descaro, aumentando su orgullo por aquella respuesta.
—A mi nada —respondí más seria—. ¿Te importaría dejarle este papel a la chica de la guitarra? —miré hacia Rachel. Ella seguía inmersa en su guitarra y ya se disponía a contar el dinero que había recaudado en el interior de la funda.
—¿Por qué no se lo dejas tú?
—Porque entonces no estaría pidiéndote ese favor. Te doy 20 dólares si lo haces.
—¿Qué es? —miró el papel—. No quiero líos.
—Nada solo es una dirección. Me quedaré aquí y dejaré que me vea, pero no puedo acercarme. ¿Me ayudas?
—¿Veinte dólares? —cuestionó decidido.
—Así es —dije mostrándole el billete—. Si no quieres tú, puede ser alguno de vosotros —miré al resto de chicos.
—No, no ya voy yo —se adelantó el pelirrojo, que sin pensarlo tomó el papel de entre mis manos y emprendió una breve carrera hacia Rachel.
Yo permanecí a la espera. Realmente no quería que me viese allí, pero tampoco quería que tomase aquella dirección como alguna broma, y terminase desechándola. Si sabía que venía de mí, lo iba a tomar en cuenta.
Así parece que lo hizo.
El chico llegó hasta su altura y tras comentarle algo y señalarme, le entregó el papel. Rachel se mostró extrañada al principio, quizás un poco temerosa y desconfiada, pero aquella actitud desapareció cuando sus ojos se posaron en mí.
Mantuve la calma, sabía que todo aquello era un poco extraño, pero, al fin y al cabo, solo estaba cumpliendo su petición de no acercarme a menos que me lo pidiese.
El chico regresó igual de rápido, y no tuve más remedio que entregarle aquellos 20 dólares por el favor.
Nunca antes me sentí tan tranquila y satisfecha por deshacerme de esa cantidad de dinero. Sin embargo, aquella sensación no iba a durar demasiado.
Rachel seguía mirándome a la vez que lanzaba fugaces miradas sobre el papel, y mostraba un gesto mucho más confuso, casi aturdida.
Yo no supe que hacer o decir para que calmar esa confusión. Me negaba a romper mi promesa y acercarme, quizás aquello era algo lo suficientemente importante como para hacerlo, pero alguien se adelantó. Alguien lo hizo por mí y evitó que yo me decidiera a caminar hacia ella para informarle de qué se trataba aquella dirección.
Rachel sacó rápidamente el teléfono de su bolsillo trasero, y atendió una llamada que debió resultarle familiar. Yo no lo supe en aquel instante, pero sí más tarde. Brittany había oído mi mensaje en su buzón y la estaba llamando para comunicarle que tenían un lugar exacto al que poder acudir.
Yo solo supuse que hablaba de la dirección que yo misma le había dejado grabada en el mensaje de voz, al ver como Rachel parecía certificar con su mirada sobre el papel lo que estaba escuchando.
Y de pronto, una sonrisa.
Cesó la llamada, apartó el teléfono de su oído y lo volvió a guardar en el interior de su bolsillo mientras volvía a mirarme, y a sonreírme.
La confusión, el aturdimiento, todo lo que demostraba su rostro se esfumó con aquella sonrisa, y mi corazón volvió a latir. Volvió a bombear sangre a todos los músculos de mi cuerpo provocando que una sensación de bienestar, de satisfacción absoluta y plena se apoderase de mí.
Supuse que entendió mi postura de no querer acercarme, y yo lo agradecí cuando vi como volvía a sacar la guitarra del interior de la funda, y sin perderme de vista, en mitad de aquella acera y a casi más de 50 metros de distancia, comenzó a cantar.
Lo agradecí porque me sentía tan frágil que no iba a ser capaz de contenerme, de mantenerme firme y no abrazarla como deseaba. No quería provocar más sufrimiento en ella, y tras ver su sonrisa, supe que mantenernos alejadas había sido la mejor decisión. La más acertada.
Su voz sonó alta y clara, como siempre, con palabras y frases que me resultaban muy conocidas y me embriagaban.
Confusion that never stops
The closing walls and the ticking clocks gonna
Come back and take you home
I could not stop, that you now know, singing
Come out upon my seas
Cursed missed opportunities am I
A part of the cure
Or am I part of the disease, singing
You are, you are
You are, you are
You are, …
A pesar de que sus palabras sonaban a despedida, cantándole a lo que pudo haber sido y no fue, su sonrisa me hacía ver que todo estaba bien, que aquella chica iba a sobrevivir como siempre lo había hecho. Y como si de un regalo se tratase, me iba a guardar en su memoria para siempre.
Era increíble recibir aquella canción en mitad de la calle, sin que nadie supiese que era a mí a quien iban dirigida esas palabras, a pesar de las continuas miradas de los transeúntes que no tenían más remedio que detenerse ante ella, y ser testigos del talento que desbordaba.
Privilegiada, honores de realeza o como quieran llamarlo. Mi mundo en aquel instante cambió por completo, y supe que mi vida tenía algo de sentido. Y todo gracias a ella.
Por primera vez me sentí un ángel guardián, su ángel. Ya no tenía nada más que hacer allí y sin más, agradecida por recibir tal muestra de cariño, sonreí a modo de despedida, y comencé mi retroceso en aquella acera para llegar hasta el aparcamiento donde mi coche me esperaba. Lo hice en silencio, lanzando la última de mis miradas y dejando que su voz, aún en la lejanía, siguiese ayudándome a caminar hacia mi mundo.
You are, you are
Home, home, where I wanted to go
