Capítulo 28

Búscame

Las 12 de la madrugada o quizás un poco más tarde, no lo sé.

Cada vez que Finn y yo dormíamos juntos, el sueño llegaba más pronto que tarde. No había noches largas en las que las horas pasaban sin que nos diésemos cuenta. Solo había noches en las que hacíamos el amor y caíamos rendidos por el sueño. Y lo cierto es que eso era algo que nunca me había molestado ni llamado la atención. De hecho, lo veía como algo normal y lógico. El cuerpo se relajaba, la mente dejaba de pensar, y el sueño nos acogía plácidamente. Evidentemente todos esos pensamientos naturales venían a mi mente mucho antes de haber tenido la oportunidad de conocer a Rachel, y vivir con ella una noche de completa locura.

No estaba segura de que siempre fuese igual, pero tenía que reconocer que Santana en aquel aspecto, tenía razón. Pudo ser la novedad, o quizás el deseo que llegué a acumular por disfrutar con Rachel de aquella forma, pero no podía compararse con lo que Finn conseguía lograr en mí.

Con ella no había cansancio y mucho menos ganas de dormir, todo lo contrario. Mi noche de amor junto a Rachel supuso horas y horas sin tregua, en la que nada ni nadie importaba, solo nosotras dos.

Con Finn todo era diferente, aunque eso no significara que fuera malo ni mucho menos. Era diferente porque él si necesitaba dormir, y yo necesitaba que él durmiese para conseguir que mi mente se despejase por completo. Razón por la que cuando recién comenzaba la madrugada, ambos ya llevábamos casi una hora dormidos. Y digo casi porque aquella noche sucedió algo que jamás pensé que me pudiese pasar a mí, aun habiendo sido testigo directo de que algo así, podría llevarse a cabo en pleno siglo veintiuno.

No recuerdo si estaba soñando o simplemente dormía. Lo único que recuerdo es sentir como algo golpeaba el suelo de mi habitación y yo abría los ojos en mitad de la oscuridad. Me mantuve en silencio, quizás tratando de asimilar que aquel extraño ruido había sido producto de mi imaginación, pero cuando estaba por volver a cerrar los ojos, un nuevo repiqueteo me alertó.

No había sido soñado, ni imaginado. Algo había rodado por el suelo de mi habitación hasta casi golpear una de las paredes, y no tuve más opción que levantarme de la cama para averiguar que había sido. Finn dormía a mi espalda, ajeno al escaso movimiento que hice al sentarme en la cama.

Todo estaba apagado, no había luces, pero mi ventana estaba abierta, y a través de ella, unos reflejos de la calle conseguían darme una tenue y plateada visión de mi habitación. Nada se movía allí dentro, nada se escuchaba excepto la respiración pausada de Finn. No había nada que me llamase la atención hasta que me percaté de un pequeño punto negro que aparecía en el suelo, junto a la puerta.

Me levanté con más cuidado aún que la primera vez, y me dispuse a averiguar que era aquel extraño objeto que llamó mi atención.

Una piedra.

Brownie fue lo primero que se me pasó por la mente. Ella era experta en trasladar objetos por toda la casa, y no me resultaba extraño que se hubiese colado en la habitación y estuviese jugando con aquella pequeña piedra. Sin embargo, mi primera y más fiable opción quedó completamente anulada cuando noté como algo me golpeaba directamente en la espalda. Me giré tan rápido como pude, asustada por el impacto y sin saber que estaba sucediendo, hasta que descubrí como, de nuevo, una piedra caía por el suelo. El sonido que produjo consiguió desvelar a Finn.

—¿Quinn? —balbuceó aún en sueños.

—Shhh —susurré para evitar que se despertase por completo. Aquella piedra que yacía en el suelo parecía proceder de la ventana, y sin pensarlo me acerqué hasta ella.

Seguía esperanzada en encontrarme a Brownie jugando por las ventanas de nuestros vecinos, sin embargo, no fue a ella a quien encontré. Allí abajo había alguien que conseguía que todos mis sentidos se despertasen a la velocidad de la luz.

Rachel.

Rachel Barbra.

Rachel Barbra Berry miraba hacia mi ventana con algo de nerviosismo, en mitad de aquel callejón iluminado por una simple farola que a veces se apagaba, y yo ya no supe que pensar. Habían sido tantas las veces que creí perder la cabeza, que una más no me suponía ningún vértigo ni temor, solo confusión e incertidumbre por saber que sucedía. Por saber si era verdad.

Sonrió al verme, y sus manos comenzaron a moverse, lanzándome señales hacia la derecha.

—La escalera de incendios —gritó entre susurros, y mis ojos se desviaron hacia la ventana de la habitación de Santana.

—¿Quinn? —fue Finn quien volvió a hablar y a removerse inquieto en la cama.

—Sigue durmiendo, cielo —susurré.

—¿Qué pasa? —cuestionó adormilado.

—Nada, es Santana —me excusé apartándome de la ventana—. Creo que está llorando.

—¿Ahora? —se giró para buscar mi silueta en la oscuridad.

—Debe haber discutido con Brittany —mentí y no me importó. Temía que Rachel volviese a lanzar una de aquellas piedras, y despertase por completo a Finn. Necesitaba salir de la habitación con cualquier excusa que lo mantuviera metido en la cama, y consolar a Santana era probablemente la mejor de todas. Por mucho que tratase de convencerme, a él seguía sin importarle demasiado mi amiga—. Voy a ver si me necesita. Ahora vuelvo. ¿Ok?

—Mmm —refunfuñó mientras volvía a acomodarse—. No tardes.

—No tardo —susurré tras colocarme la camiseta de mi escueto pijama, y me dispuse a salir de la habitación con suma rapidez. Pero en total y absoluto silencio.

Para mi desgracia, Santana aquella noche no estaba con Brittany, y al ser lunes tampoco estaba en el bar. Estaba completamente dormida en su cama, la cual estaba situada justo debajo de la ventana a la que yo quería acceder. Traté de caminar por su habitación con un silencio pasmoso, pero Santana tenía intuición, quizás por eso le gustaban tanto los gatos. Le bastó tenerme a apenas un metro de su cama para abrir los ojos y encontrarme petrificada delante de ella.

—¿Qué demonios…?

—Shhh —susurré para silenciarla—. Cállate Santana.

—¿Qué haces? —me preguntó un tanto asustada— ¿Eres sonámbula?

—No. Y cállate por favor —volví a suplicar—. Necesito salir a la escalera de incendios.

—¿¡Qué? ¿Para qué? ¿Hay fuego? —se asustó.

—No —me acerqué hasta poder tocarla—. Está Rachel ahí, y quiere hablar conmigo. Necesito salir.

—¿Por la ventana? —me miró confusa.

—Sí. Finn está dormido en mi cama. Échame una mano, por favor —susurré—. Tengo que salir. ¿Ok?

—Oh, ok —balbuceó aun aturdida. Pero yo no me detuve.

Estaba perdiendo el tiempo en explicaciones y Rachel me estaba esperando justo debajo de las escaleras.

He de confesar que tuve algo de miedo al descender al primer balcón desde la ventana. No era la primera vez, ya que solía sentarme allí en muchas ocasiones, pero sí era la primera vez que lo hacía descalza. Con las prisas y los nervios, olvidé calzarme, y mis pies se aferraban al hierro de aquel balcón mientras descendía los primeros escalones hacia el segundo. Y lo tuve que hacer con total y absoluto mutismo, evitando provocar algún ruido que pudiese alterar el sueño de mis vecinos. Aquel recorrido me llevaba a detenerme a escasos centímetros de la ventana de uno de ellos, pero para mi suerte, ésta permanecía cerrada y con la persiana completamente bajada. Suspiré aliviada. El último de los balcones daba a la primera de las plantas del bloque, y en ese apartamento no había inquilinos desde hacía casi dos semanas.

No tuve más que tomar la escalera que se acoplaba a aquel balcón y deslizarla para que llegase hasta el suelo, donde Rachel me observaba curiosa. No me había detenido a mirarla mientras descendía, y hasta que no llegué a aquel punto, no fui consciente de lo que realmente estaba sucediendo.

No me permitió bajar, sino que fue ella la que se accedió a la escalera y ascendió hasta ese primer balcón, donde yo ya me había sentado. No supimos por qué, pero nuestro primer encuentro en aquella situación, conmigo sentada y con ella llegando a mi altura sin abandonar las escaleras, nos regaló casi un minuto entero de absoluto silencio, solo roto por una extraña sonrisa mientras nos mirábamos.

—¿Te he despertado? —susurró sin dejar de mirarme.

—Sí —dije sin poder contener la sonrisa.

—Lo siento, solo, solo quería volverte a ver —dijo mientras apartaba el flequillo de mi frente—. Necesitaba verte antes de marcharme, Quinn, y no quería llamarte por miedo a despertar a Finn. Sé que está ahí contigo.

—Está dormido —balbuceé un tanto molesta por tener que hablar de él con ella.

—Es hora de dormir —sonrió—, aunque es un idiota. Yo no estaría dormida si te tuviese en mi cama.

—Rachel…

—Está bien, está bien —suspiró tras morderse los labios—. Solo quería despedirme de ti, Quinn.

—¿Te marchas ahora? —cuestioné sin darle importancia al hecho de que seguía acariciando mi mejilla después de haberlo hecho en mi frente.

Sus ojos desprendían una dulzura que yo jamás había visto, y su voz, casi en susurros, conseguía llevarme a otro mundo, uno donde nada ni nadie nos podía interrumpir.

—Brittany me está esperando para llevarme a la estación de tren —respondió sonriente—. Voy a conocer a Beth, la voy a conocer, Quinn.

—¿Es su dirección? ¿Vive allí?

—Sí. Britt y yo buscamos el teléfono de la dirección que me diste y me atendió ese hombre. Joseph es el marido de Shelby y el padre de Beth. He hablado con él, Quinn. Y le dije quién era y él me dijo que Beth sabía que yo existía y que siempre deseó conocerme, que era bienvenida en su casa —balbuceó con la emoción contenida—. ¿Sabes lo que eso significa?

—Que tienes una nueva vida.

—No, eso significa que de verdad eres mi ángel guardián —susurró volviendo a acariciarme —. Todo es posible gracias a ti. Mí, mi vida vuelve a tener sentido gracias a ti, y no sé cómo voy a agradecerte todo lo que has hecho, mi amor.

Mi amor.

Juro que sentí como mi alma gritaba al escuchar aquellas palabras procedentes de Rachel, y supuse que ella también lo notó, porque su sonrisa se amplió hasta casi ocupar la totalidad de su rostro. Sus mejillas se volvían rosadas y ascendían hasta casi enterrar el brillo de sus ojos, envueltos en una felicidad que podía mover todo un mundo.

—Sí, mi amor —susurró de nuevo tras ser testigo de mi sorpresa al escucharla—. No me he vuelto loca, Quinn. Vas a ser mi amor para siempre, y lo siento por Finn. Él te va a poder disfrutar durante toda la vida, así que yo me tomo la libertad de considerarte mi amor, aunque solo sea un cuento de hadas —sonrió—. Mi cuento de hadas.

—Rachel, esto te hace daño…

—Shhh —me interrumpió—. Nada ni nadie me hace daño ahora, Quinn. Estoy aquí porque me niego a irme sin volver a mirarte, sin volver a oír tu voz. Estoy aquí porque necesitaba decirte que, a pesar de todo, me has hecho feliz, y creo que mereces saberlo, que mereces estar tranquila en ese aspecto.

—¿De verdad eres feliz? —pregunté sin poder evitar que la voz se me quebrara. Para mi aquella respuesta era la más importante, la única que me podía regalar la tranquilidad que necesitaba para seguir adelante con mi vida.

—Lo soy —respondió con certeza—, y gracias a ti.

—Solo me importa que lo seas, no el motivo. Necesito que seas feliz, Rachel.

—Pues quédate tranquila, porque lo soy y lo voy a ser siempre. Esta vez la vida me ha dado, y no me ha quitado.

—La vida no puede quitarte nada más, Rachel. Es imposible.

—Ese es mi deseo, y por eso es por lo que sigo hacia adelante —susurró enredando sus dedos en mi pelo—. ¿Sabes? La última vez que nos despedimos, con palabras —sonrió—, las dejé escritas en una carta, pero esta vez no va a ser así. Yo, yo necesito contarte algo.

—¿Nos va a hacer daño?

—No. Te aseguro que no.

—Pues cuéntamelo.

—Quiero que tengas presente algo, que lo guardes en tu corazón y lo pienses cuando sea necesario. Yo, yo —se mostró nerviosa—, yo voy a estar esperándote, porque tengo la extraña sensación de saber que tú me vas a necesitar algún día y… No, no me mires así, no te asustes —balbuceó tras notar mi extrañeza—. Sé que tu vida está aquí, y que tienes todo para ser feliz, y yo te juro que es lo que más deseo. Pero quiero que sepas que yo voy a estar, que, si algún día necesitas encontrarme, lo hagas. No lo dudes Quinn, no te detengas ni pienses que haces mal. Solo búscame. ¿De acuerdo?

Asentí por pura inercia, no porque fuese consciente de lo que me estaba tratando de decir.

—Tú tienes que seguir tu camino y afrontar tu vida. Tú tienes que vivir tu vida y yo la mía, pero si algún día necesitas de mi mano para continuar, búscame, por favor.

—Pero…

—No hay peros, Quinn. Necesito que me prometas que me buscarás si me necesitas, da igual el tiempo que pase, da igual las circunstancias o lo que pase por tu mente —acarició mi cuello—. Dime que vendrás a buscarme. Prométeme que lo harás.

—Lo haré —susurré completamente aturdida.

—Nada de miedos, nada de culpas o arrepentimiento, yo quiero que cuentes conmigo y que sepas que estaré esperándote.

—¿Esperándome? —dije tratando de convencerme.

Realmente no entendía muy bien el discurso de Rachel. No solo me invitaba a que buscase su presencia, sino que parecía darme a entender que la iba a necesitar cuando el tiempo pasase, y que me iba a sentir mal por necesitarla. Me pedía que no tuviese dudas de si lo estaba haciendo bien o mal, simplemente tenía que recordar que ella me iba a estar esperando, nada más.

—Sí, esperándote —volvió a susurrar—. Esperando a alguien que es capaz de llegar hasta el final sin romper sus promesas. Alguien leal y que lucha por lo que quiere. Esperando a Quinn Fabray, la que lucha por los suyos, por el amor y por la felicidad. A esa Quinn Fabray es a la que esperaré, a la misma que tengo frente a mí en este momento.

—¿Quieres que vaya a buscarte en una calabaza guiada por blancos corceles? —sonreí.

—No. Prefiero que vengas a buscarme con una canción, da igual la que sea, pero quiero que me cantes. Solo eso necesito para saber que vuelves a mi vida.

—¿Y qué canción tengo que cantarte? Ni siquiera se cantar.

—Da igual. Ya te lo he dicho, eso no importa, solo importa que la cantes tú. Nada más.

—Está bien, te buscaré y te cantaré, lo prometo. Pero antes me tienes que prometer que tú también vas a luchar por tu vida, por tu mundo.

—Te lo prometo —susurró y yo sentí como mi pelo se movía con su aliento.

No había sido consciente de la cercanía de su rostro con el mío y de cómo sus labios no iban a tardar demasiado en posarse sobre los míos. Pero eso no debía ocurrir, al menos yo tenía que tratar de evitarlo.

—Sabes que es peligroso que te acerques tanto. ¿No? Yo tampoco soy de piedra.

—Solo quiero retenerte en mi memoria, nada más. Quiero mirarte bien y recordar cada milímetro de tu cara.

—Yo juraría que estás a punto de besarme —respondí con apenas un susurro.

—¿Y si te canto? Así podré besarte de otra forma, y ninguna de las dos romperemos nuestras promesas.

—¿Aquí? ¿A esta hora?

—Aquí, solo para que tú puedas oírme.

—Canta —dije sin apartar mi mirada de sus ojos —. Demuéstrame que existen otras formas de besar.

—Acércate —susurró—, que nadie más pueda oírme.

Y lo hice, tanto que era físicamente imposible que el aire se interpusiera entre nosotras. Sus manos se aferraban a mi mandíbula y sentía el roce de su nariz sobre la mía, al igual que su frente junto a la mía. Solo nos separaba el aliento, y era como el olor de una flor en plena primavera. Tan adictivo y atrayente que conforme lo sentía, ya lo echaba de menos.

Juro que por un momento pensé que realmente me iba a cantar, pero con Rachel nunca podías dar nada por hecho. Sí, me cantó, pero lo hizo sin palabras. Sin voz. Rachel me miró, se mantuvo ahí, a escasos centímetros de mi rostro, con su frente pegada a la mía, y sus manos acariciando mis mejillas. Yo cerré los ojos para sentirla. Para escuchar su voz en mi mente y dejarme envolver con su calor. Y sentí que me cantaba. Realmente sentí que me estaba cantando y no pude evitar sonreír, y que una lágrima se escapase de mis ojos, cruzara mi mejilla. Sonreí porque era imposible sentir más con tan poco.

Rachel no me besó, no fue necesario. Mantuvo su palabra hasta el final. Respetó mi decisión de ser fiel, y leal a mi compañero, que en aquel instante era Finn. Y aunque la situación, el momento y los sentimientos nos llevaban a regalarnos, aunque fuese un último beso, yo me quedé con su aliento como recuerdo.

Rachel se marchó, esta vez sí lo hizo.

Descendió de aquellas escaleras tras dejar un beso en la palma de mis manos, y se despidió de mí en mitad de la oscura noche. Me dejó sentada en aquel balcón, abrazando mis propias rodillas y dejando escapar no una, ni dos, ni tres, sino miles de lágrimas llenas de emoción, de felicidad por sentirme completa y satisfecha por primera vez en mi vida.

Rachel se fue, desapareció de mi vista al montarse en la furgoneta en la que Brittany la esperaba, pero nunca más se alejó de mí. No lo hizo aquella noche, ni lo haría por el resto de mi vida.