Capítulo 29
El principio.
Pesaba.
Recordar todo lo que viví con Rachel Berry, conseguía que mi vestido pesase aún más, que los zapatos se quedasen pequeños en mis pies y casi me asfixiasen con cada paso que daba en mi habitación.
Aún retumbaban en mi mente los reproches de mi madre por culpa de mi descuidado aspecto el que se suponía, iba a ser uno de los días más importantes de mi vida. Pero no me importaba en absoluto. Tenía la necesidad imperiosa de llorar, y aunque conseguía mantener mis lágrimas dentro de mis ojos, la necesidad de desahogarme se dejaba ver en mi rostro.
Era un asco.
Me miraba en el espejo y rehusaba de mí. Nunca llegué a pensar que aquel precioso vestido de novia con el que tantas veces había soñado a lo largo de mi vida, podría llegar a provocarme aquella sensación de pena, de malestar.
Y todo por culpa de mi mente, de mi paranoica mente. Todo por culpa de mi desconfianza y mi necedad, y eso era algo que solo podía cambiar con la presencia de mi hermano. Él me conocía, él conocía a Finn y sabría darme la respuesta que yo esperaba a la pregunta que jamás me había atrevido a formular.
Hicieron falta más de tres golpes en la puerta para salir de mi autismo.
—¡Quinn! —escuché tras la misma mientras ésta se abría lentamente—¿Puedo pasar, hija?
No, no y no.
Quise gritar que se marchara, pero la voz no me salía. Era mi padre el que estaba a punto de descubrirme así, y yo temí porque todo acabase en aquel instante.
Solo él era capaz de ver más allá, de saber que había algo dentro de mí que no iba bien, y no deseaba que él lo supiera. No después del último amago de infarto que sufrió hacía apenas tres semanas, y que estuvo a punto de acabar también con mi vida.
—¡Quinn!
—Papá no, no deberías estar aquí — me apresuré a intentar detener su entrada, pero ya era demasiado tarde.
—Pero ¡Oh Dios! Quinn, ¡estás preciosa! —me miró emocionado.
—Papá no… ¿Qué haces aquí? —musité con dulzura. Me resultaba imposible decirle nada que pudiese ofenderle o reprocharle su actitud.
—Quería verte —sonrió tras cerrar la puerta y caminar hacia mí—. Dios Quinn, eres la novia más guapa que he visto en mi vida.
—Papá, por favor —supliqué. Lo que menos me apetecía en aquel instante era sentirme más culpable por los pensamientos negativos que habían estado rondando por mi mente durante los últimos días.
—Es la verdad, hija. Vamos, tienes que sonreír más.
—Lo haré en cuanto esté ahí fuera, ahora estoy nerviosa —me excusé.
—Es lógico —respondió tomando asiento a los pies de mi cama—. ¿Y dime? ¿Qué te sucede?
—¿Qué? ¿Qué me sucede? —balbuceé.
—Tu madre andaba buscando a Brody, pero ha ido a recibir a Marley y…bueno, me dijo que tú querías verle. Así que he venido yo en su lugar —sonrió—. No soy tan guapo y joven como él, pero puedo ser buen consejero. ¿Qué te sucede?
—Nada papá —fingí—, no sucede nada. Es solo que quería verle, nada más.
—Quinn, no me mientas. Sé que algo te sucede, te conozco lo suficiente como para saberlo. A tu madre quizás puedas mentirle, pero no a mí.
—Papá — me acerqué para sentarme junto a él—, no te preocupes. ¿Ok? Estoy bien, solo me apetecía hablar un rato con mi hermano. Ya sabes que él es muy bromista y hace que los nervios se me vayan.
—Pues si es eso lo que necesita, yo también puedo hacerlo. Aunque no soy tan divertido, puedo hacer que pienses en otras cosas —sonrió—. ¿Quieres que te cuente algo?
—A ver…
—Prométeme que no le vas a decir nada a tu madre.
—Prometido —dije con algo de temor.
—Bien, quiero que seas la primera en saber algo que voy a hacer —dijo levantándose de nuestro improvisado asiento y acercándose hacia la ventana—. ¿Recuerdas el día de tu cumpleaños? ¿Cuándo estuvimos en mi jardín hablando?
—Claro que lo recuerdo —como no iba a recordarlo después de lo que supuso aquel día para mí.
—Quiero que ese jardín sea mi nuevo lugar de trabajo —espetó sin mirarme.
—¿Cómo? No entiendo.
—Quinn —me miró con algo de pena—, creo que va siendo hora de dejar la política. No voy a seguir.
—¿Qué? —me levanté sorprendida—. ¿Vas a dimitir?
—No, no. Apenas faltan unos meses para las elecciones, y no merece la pena eso, pero no me voy a presentar de nuevo como candidato.
—Papá, todo el mundo está contigo. Saldrás elegido de nuevo
—No si lo evito —fue sincero y yo me descompuse—. Llevo toda mi vida entregándome al partido, a los ciudadanos, y he de admitir que es algo que compensa, pero cada día que pasa me doy cuenta que no es lo que quiero para vivir en paz. Yo necesito vivir tranquilo. He hecho todo lo que he podido para que no le falte de nada a nadie, ni a nuestra familia, ni al millón y medio de personas que viven en esta ciudad. Creo que lo he dado todo, y ya es hora de tomarme un descanso. Soy joven, pero mi corazón no lo es—susurró—, y quiero cuidarlo, quiero levantarme cada mañana y pensar cual es la mejor planta para mi jardín, o en fabricar una verja de madera. Solo quiero vivir tranquilo y poder llegar al día en el que mis nietos vengan a jugar conmigo al jardín. Y si sigo así, como hasta ahora, no voy a poder disfrutar de eso.
—Entiendo —me acerqué abrumada—. Tienes razón papá, pero… ¿Estás seguro de querer dejar todo?
—Completamente seguro.
—¿Y por qué no lo has hecho antes? ¿Por qué ahora?
—Porque me doy cuenta de que ya no me necesitáis para sobrevivir, sino que me queréis para disfrutar de mi presencia. Tú y tu hermano sois personas adultas. Os hacéis cargo de vuestra vida, de vuestras responsabilidades y afrontáis los errores sin necesidad de contar con mi ayuda. Ha llegado el momento de parar, de observar la vida desde otro punto de vista. ¿No crees?
—Lo creo totalmente —sonreí—. No sabes cuánto me alegra que pienses así, papá. No, no soporto verte mal y prefiero mil veces tenerte aburrido en una silla, que verte por los pasillos del ayuntamiento, porque al menos así podré tenerte siempre que quiera.
—Así es, Quinn. Esa es la razón por la que he tomado esa decisión.
—¿Y qué pasará con mamá? Sabes que ella…
—Tendrá que aceptar mi decisión —dijo convencido—. Es mi vida Quinn, y amo a tu madre, dios sabe que lo hago, pero no puedo seguir así. Yo siento que, si sigo, voy a terminal mal.
No pude evitarlo. Escuchar a mi padre hablar de aquella forma me hizo sentir especial, me hizo comprender que era afortunada por tenerle en mi vida y me lancé hacia sus brazos, buscando ese abrazo que él me habría entregado nada más verme, pero que yo evité.
Ahora no había excusas. Quería abrazarlo y demostrarle que podía contar conmigo para siempre.
—Estoy orgullosa de ti.
—Pues imagínate lo orgulloso que yo me siento de ti y de tu hermano.
—Papá no te voy a fallar, prometo hacerte feliz siempre.
—Mmm —refunfuñó deshaciendo el abrazo, mostrándome un gesto disconforme que me alertó.
—¿Qué sucede?
—Quinn, tú me haces feliz solo por haber nacido. Nunca me vas a fallar. ¿Entiendes?
—No, no me refiero a eso, papá. Hablo de no fallarte en mi vida, de tratar de ser mejor persona y hacer que te sientas orgulloso de mí.
—Quinn —acarició mis mejillas—, el peor error que puedas cometer en tu vida, será el principio de mi orgullo por tenerte como hija. No hay nada que puedas hacer para que cambien mi perspectiva contigo. Te amo.
—No digas eso —me aparté con dificultad—. No puedes decir que el peor de mis errores te hará sentir orgulloso, porque te aseguro que no sería así.
—¿Qué apostamos? —bromeó.
—Papá.
—Hija. ¿Recuerdas que te dije que cada error, es un paso que tú has decidido dar? ¿Y que cada paso que das es afrontar un desafío? No puedo dejar de sentir orgullo al ver que no te importa cometer el error, si quieres dar ese paso e intentarlo. Que no te da miedo fracasar si lo que quieres es triunfar. Eso es lo que me hace sentir orgullo. Y tú y tu hermano sois expertos en salir adelante, en enfrentaros a vuestros miedos con entereza.
—¿Y qué sucede si algún día huyo en vez de dar ese paso? ¿Qué sucederá si no hago lo que todo el mundo espera que haga? Lo que tú esperas de mí.
—Te preguntaré cual es el motivo por el que no lo haces, y aceptaré tu decisión al igual que tú aceptas las mías —me miró cómplice—. Eso no significa que deje de sentirme orgulloso de ti, Quinn. Lo estaré hasta el día en el que muera.
—Papá, no hables así —balbuceé con la emoción a punto de volver a hacerme llorar.
—No quiero volverte a asustar nunca más —volvió a acercarse—. Quiero vivir feliz, y tú me haces feliz. Así que olvídate de no estar a la altura de esas expectativas que tú dices que tengo. Estás a la altura de lo que mi corazón necesita, y eso es lo único que me importa.
—Ojalá nunca cambies de opinión —volví a abrazarle.
—Quinn —susurró tras dejar un beso en mi frente—. ¿Estás preocupada por algo? ¿Está todo bien entre tú y Finn?
—¿Qué? —me desconcertó—¿Por qué me preguntas eso?
—Porque llevo un tiempo observándote, y te noto incomoda, triste… Y no es normal que estés así cuando se supone que tienes que estar feliz por tu boda.
—Tranquilo papá —volví a separarme—. Todo está bien. Finn y yo estamos bien.
—¿Segura? Quinn, cuando yo me iba a casar tenía ganas de salir corriendo, de huir y olvidarme de todo. Puedo comprender que tengas esa sensación ahora mismo.
—¿Querías huir? ¿Por qué? ¿No querías a mamá? —me sorprendí.
—La amaba con locura —me sonrió—, pero eso no significaba que no creyese estar cometiendo el mayor error de mi vida.
—¿Por qué? Cuando amas a alguien, quieres estar el resto de tu vida con esa persona. ¿No?
—Sí, y yo quería y quiero estar con tu madre para siempre —me miró—, pero tenía 26 años cuando nos íbamos a casar, y yo sentía que no era el momento, que aún tenía que seguir viviendo mi vida antes de tomar una decisión tan responsable.
—¿Y por qué lo hiciste? ¿Por qué no le dijiste a mamá que…?
—Porque tú venias de camino —se acercó—. Porque mi princesa iba a llegar al mundo y yo no iba a permitir que nada le faltase.
—Eso no es un consuelo para mí. Papá, básicamente me estás diciendo que te casaste por obligación, por mi culpa.
—No, te he dicho que amaba a tu madre y me habría casado con ella en cualquier momento, pero cuando lo hice, fue por ti. Porque tú eras mi desafío, y por eso di ese paso. ¿Entiendes lo que quiero decirte?
—No muy bien.
—Quinn, si tienes ganas de huir piensa cual es el motivo que te mantiene aquí. Piensa si ese motivo es lo suficientemente importante como para dar el paso, o retroceder.
—No tengo motivos para huir papá, solo… solo tengo miedo.
—¿Miedo a qué?
—Miedo a…—resoplé— Miedo a creer algo que no es, a equivocarme. A creer algo que realmente no va a suceder. No sé, es algo extraño.
—¿Tienes dudas de Finn? —fue directo, y me desconcertó por completo. Debía haber intuido que mi padre sabría cuáles eran mis miedos, sin embargo, creí no ser lo suficientemente clara como para que se percatase de ello.
—Dudas no —musité—. No es a él a quien temo. Es a mí.
—¿A ti? No entiendo Quinn. ¿Qué te sucede?
Tragué saliva. Creí que jamás en mi vida iba a ser capaz de sincerarme de aquella forma con mi padre, pero él lo había hecho minutos antes y supe que agradecería que yo también lo hiciese con él.
—Desconfío de él, papá. Y lo peor es que no tengo motivos.
—¿Cómo? ¿Cómo que desconfías de él? ¿Hay alguien más?
—No —respondí con apenas un hilo de voz—. Pero yo no hago más que pensar, creo que todo lo que hace o dice es con segundas. Incluso he llegado a sospechar porque se ha cambiado de perfume sin decírmelo, o cuando está reunido con sus compañeros de trabajo. No sé, papá. Hemos basado nuestra relación en la confianza, y a mí me cuesta un mundo creerle.
—Pero… ¿Estás segura de que no hay motivos reales para ello? —se preocupó.
—No, no los hay, o quizás sí, pero no lo sé. Cada duda que he tenido, ha quedado saldada sin problemas. Finn no me miente, al menos yo no tengo pruebas de ello. Pero no puedo evitar tener esa sensación en mi pecho, papá. Y tengo miedo por estar toda mi vida así. No podría vivir con alguien en quien desconfío.
—Hija… ¿Por qué no has dicho eso antes? ¿Por qué has llegado hasta aquí?
—Porque le quiero, porque me quiero casar con él —fui sincera—, y también porque estoy convencida de que esa sensación se marchará de mí cuando sea mi marido, cuando acepte que realmente quiere estar conmigo. Pero no puedo evitar tener miedo.
—¿Estás segura de que se irá esa sensación cuando des el sí quiero?
—No lo sé —respondí rápidamente—. Es lo que quiero creer. Por eso tengo miedo, porque si no es así, habré cometido el mayor error de mi vida.
Me sonrió, y por supuesto yo me asusté.
No era ni el momento ni la conversación acertada para reír, sin embargo, él lo hacía. Y lo hacía con una dulzura infinita.
—¿Por qué te ríes? Papá no es divertido, es…
—Solo es una boda —me dijo como si nada—. Solo es un papel firmado ante un juez. Un papel que se puede romper cuando las cosas no funcionan, hija.
—¿Qué?
—Quinn, no es el fin del mundo. Cuando das el sí, aceptas estar con esa persona, aceptas dar todo lo que tienes por ser feliz junto a él, y a ir de su mano hasta el final. Es tu amor lo que entregas, no tu vida. Tu vida la entregas cuando veas nacer a alguien de ti. Te aseguro que ese amor supera al de cualquier persona con la que decidas casarte.
Es a ese ser a quien debes prometer tu vida. Cuando te casas, lo haces con la intención de ser feliz junto a esa persona para siempre, pero si no puedes serlo, nadie te obligará a seguir. Nadie te quitará tu vida.
—Me estás diciendo que no tenga miedo a casarme porque siempre puedo…
—Solo te estoy diciendo que no se acaba el mundo —me interrumpió—. Solo te estoy diciendo que tu vida, siempre te pertenecerá a ti. Y eres tú quien decide si deseas o no compartirla, nada más. Nadie más tiene potestad sobre ella. ¿Entiendes?
—¿Y tú estarías de acuerdo en eso? ¿Aceptarías que diese ese paso?
—Te lo vuelvo a repetir, a mí solo me importas tú y tu felicidad. Y si tú me dices que eres feliz, yo lo seré sea cual sea el motivo que te produzca esa felicidad. No me importa si cometes errores, siempre y cuando seas capaz de afrontarlos con entereza.
—¿Y huir no es de cobardes?
—Si es tu felicidad la que está en juego no, no lo es —sentenció dejándome completamente enmudecida.
Solo un par de golpes en la puerta consiguieron romper el mutismo, y la mirada que manteníamos mi padre y yo en la habitación.
—Quinn, Russel —era mi madre quien nos interrumpía—, ha llegado la hora. Todos están esperando.
Mi corazón se detuvo, de hecho, creo que el de mi padre también lo hizo. Sentí como el calor se esfumaba de mi cuerpo y el frío me ocupaba por completo.
Llegó el momento, llegó la hora de salir y dar ese paso, de abrir lo que se suponía era la puerta hacia mi felicidad, o quizás otro traspiés en mi camino.
Sin embargo, había algo bueno.
Detrás de todo aquello, detrás de la incertidumbre de saber si estaba dando el paso acertado o no, estaba la calma, la tranquilidad que mi padre me regaló. La esperanza de saber que todo en esta vida tenía solución, excepto la muerte. Y que era precisamente ella, contra quien debíamos luchar.
—¿Vamos? —me dijo él ofreciéndome su brazo, mientras mi madre ya me entregaba el ramo de rosas que me iba a acompañar hasta el altar.
—Vamos —balbuceé con un hilo de voz. Me aferré con tanta fuerza a su antebrazo que temí por hacerle daño. Sin embargo, él solo supo sonreír.
—Te quiero. ¿Lo sabías?
—Lo sé —respondí con media sonrisa.
—Saldremos de esta juntos —musitó sin que mi madre nos escuchase. Habíamos enfilado el pasillo hasta llegar a las escaleras que nos llevaba al salón principal.
El murmullo de los invitados se dejaba escuchar por toda la casa, y pronto llegaron las primeras miradas, las sonrisas confidentes que me volvían a lanzar al terrible abismo de los nervios. Fue Santana quien me recibía justo en la salida hacia el jardín, y mi corazón volvía a detenerse.
Habíamos pasado el mes organizando los detalles de su marcha, y de mi boda al mismo tiempo. Nos habíamos unido incluso mucho más de lo que ya estábamos.
Yo sabía que ella conocía mis dudas, pero al igual que yo, sabía que no teníamos certeza de que algo estuviese escapándose de nuestras sospechas. Seguía sin gustarle Finn, pero lo aceptó al igual que él la aceptó a ella. Y me acompañó hasta que ya no hubo vuelta atrás.
Si yo me equivocaba, ella lo haría conmigo. Y me ayudaría a recuperar mi camino, sin duda.
—Creo que me enamoré de una rubia equivocada —dijo con una traviesa sonrisa dibujando su rostro.
—Santana —respondió mi padre ante mi falta de palabras—, tendrías que haber presentado tu solicitud antes. Yo te habría ayudado a que mi hija te eligiese, —sonrió—, ya sabes que tengo influencias.
—¿Perdí mi oportunidad? —bromeó.
—Me temo que sí —respondió él.
—Queréis dejar de reíros de mí. Voy a casarme.
—¿Puedo? —cuestionó Santana mirando a mi padre y vi como él asentía complaciente.
Yo no supe que pretendía hacer hasta que sentí como sus labios se posaban con delicadeza en mi mejilla, y me abrazaba con dulzura. Era probablemente el primer beso que Santana me daba en toda su vida, y no pude evitar estremecerme.
—Estoy contigo. ¿De acuerdo? —susurró de forma casi imperceptible y yo asentí evitando que las lágrimas destrozasen más mi maquillaje.
—¿Vamos? —volvió a hablar mi padre, incitándome a seguir caminando hacia el exterior del jardín.
De nuevo mi mutismo hizo acto de presencia, y bastó un leve movimiento de mi cabeza para aceptar la petición y emprender el camino hacia el altar.
Dejé de pensar.
En mi mente solo podía ver lo que mis ojos observaban.
Hileras de sillas blancas que contrarrestaban con el verde del césped que mi padre tanto cuidada. Invitados, caras conocidas y desconocidas para mí. Gente que me miraba al pasar y sonreía con un deje de falsa emoción. Flores adornando el pequeño sendero, y los ojos azules de Brittany, espectacular como siempre, destacando entre todos mis amigos. Exceptuando a mi hermano, creo que no había nadie más hermoso en aquel lugar que no fuese Brittany, y junto a ella, Sam.
Cuántas noches a su lado, cuantas peleas y besos llenos de confianza. Sammuel Evans y su pelo rubio de príncipe encantador. Su sonrisa traviesa y el brillo de sus ojos, la fuerza de sus brazos, los mismos que siempre me iban a proteger. Los que siempre estaban disponibles para mí.
Si él supiera cuanto le quería.
Y luego estaba él. Brody.
No podía ser más perfecto, no podía entregarme tanto apoyo con una simple mirada. Él no sonreía, quizás porque me conocía tan bien que sabía que no era el momento idóneo para sonreír.
Sería capaz de destruir el mundo si él me lo pidiese. Entendí en ese instante las palabras de mi padre al recordarme que nadie valía más que mi propia vida, excepto quien lleva mi sangre. Y Brody era la única persona en el universo que compartía todos mis genes, toda mi sangre. Él estaba hecho de lo mismo que yo, y por eso él sentía igual que yo.
Si Sam me iba a ofrecer sus brazos para protegerme, Brody daría su vida por el mismo motivo.
Tuve que desviar la mirada de él si no quería romper a llorar, y clavé mis dedos sobre el brazo de mi padre, evitando que el temblor de mis piernas me hiciera caer allí mismo.
Puede resultar duro, pero a mi madre ni siquiera la miré. No quería verla, porque tenía la certeza de defraudarla en el momento menos oportuno, y aunque casi que ni mi importaba lo que pensase de mí, me dolía sentirla tan lejos. tan lejos de mis sentimientos, de mi persona.
Solo alcé la vista para enfrentarme a algo que no quería observar en aquel instante. A alguien de quien había huido en aquellos últimos días para evitar que todo se destruyese por completo.
Tina.
Ni siquiera me fijé en que Sugar estaba a su lado. Fue ella quien se llevó toda mi atención, y las dudas, todos mis miedos volvieron a aparecer cuando percibí su sonrisa cínica, y la soberbia que siempre solía reflejar.
No supe por qué, pero creí que aquel momento me tendría que dar la seguridad de verme ganadora, de haber vencido aquella extraña batalla en la que Finn era el trofeo. Sin embargo, me sentí vencida, derrotada. Y no lo comprendía.
Posar mis ojos en los de Finn certificó aquella sensación.
Sonreía orgulloso. Mostrando un aire ganador que yo detestaba. Él no era el trofeo, era yo, y me desquiciaba serlo.
Ni siquiera presté atención a las palabras que él le dijo a mi padre cuando llegamos a su altura, y el juez ya nos esperaba en el altar. Ni siquiera me detuve a saludarlo. Mi momento había llegado y mis palabras dejaron de fluir. Mi mente se detuvo en una imagen fija, en una escena que hacía ya semanas que había vivido, y que casi había llegado a olvidar hasta que llegó aquel instante.
Recuperar en mi mente el discurso que Rachel me había dado cuando se despidió de mí en la escalera de incendios, me mantuvo ocupada durante gran parte de la ceremonia. Yo simplemente actuaba automatizada. Me sentaba cuando todos lo hacían y me ponía de pie por la misma razón, mientras en mi cabeza se repetía una y otra vez la misma frase con su voz.
"Yo voy a estar esperándote, porque tengo la extraña sensación de saber que tú me vas a necesitar algún día"
La necesitaba en aquel instante y no estaba allí. Ella estaría disfrutando de su nueva vida, junto a su nueva familia, pero ahora era yo quien la necesitaba. No estaba, ni su sonrisa, ni su voz, ni el brillo de sus ojos.
Rachel me pidió que la buscase cuando más la necesitase, y yo la necesitaba.
—Antes de dar lectura al acta matrimonial, me gustaría dirigir
unas palabras a los novios, y a todos los presentes. —El juez interrumpió mis pensamientos tras dar comienzo a lo que realmente importaba de aquella ceremonia—. Ante todo, muchas felicidades por haberos decidido a dar el gran paso que supone unir vuestras vidas. En este feliz momento constatáis ante vuestros seres queridos que habéis encontrado en el otro a esa persona que os completa, y con la que merece la pena pasar el resto de vuestros días.
Ahora tenéis frente a vosotros un viaje lleno de sorpresas: una vida entera. En el camino os encontraréis de todo. Eso es el matrimonio: desde momentos de gran felicidad a situaciones que pondrán a prueba vuestras fuerzas. Tendréis que sortear los obstáculos, pero si sois firmes en vuestro amor, lograréis superarlos.
Tolerancia, respeto, paciencia, cariño, confianza, capacidad para perdonar las faltas del otro, y amor son los ingredientes imprescindibles de esa fórmula mágica y secreta que os dará la felicidad.
Para finalizar, quisiera daros un pequeño consejo: Finn y Quinn, encontrad el amor en los grandes acontecimientos, como el día de hoy, pero también en las cosas más pequeñas y simples. Por ejemplo, en el último beso de buenas noches antes de dormiros cada noche, o los buenos días de cada despertar.
Sólo me queda desearos, de corazón, que la ilusión que hoy vemos en vosotros perviva para siempre.
Tras estas palabras, procedo a dar lectura al acta matrimonial:
Siendo las 12:00 horas del día 1 de junio de 2013, comparecen quienes acreditan ser Finn Hudson y Lucy Quinn Fabray, al objeto de contraer matrimonio civil en virtud de autorización recaída en el expediente número 154051 del estado de Arizona.
Quiero hacer constar que se han cumplido todas las prescripciones legales para la celebración de este matrimonio civil, sin que en la audiencia sustitutoria de edictos se haya presentado ni denunciado impedimento, ni obstáculo para esta celebración.
Hemos llegado al momento clave de la ceremonia en el que vosotros debéis tomar la palabra para confirmar lo que sentís el uno por el otro.
Así pues, os pregunto:
Finn. ¿Quieres contraer matrimonio con Quinn y efectivamente lo contraes en este acto?
—Sí, quiero.
—Quinn. ¿Quieres contraer matrimonio con Finn y efectivamente lo contraes en este acto?
