The only exception. Paramore
Capítulo 30
The only excepción
No debía ser tan complicado. Lo había planeado con antelación y aquel lugar era el perfecto para llevar a cabo el asalto. Había gente, sí, pero apenas interrumpían el paso por la acera y no iba a resultar complicado ser vista.
Mis pasos se aceleraban conforme iba llegando a la intersección del parque con la gran avenida. Estaba a apenas unos 100 metros del lugar exacto, y ya me empezaban a temblar las piernas. Y eso era lo peor.
Si me temblaban las piernas, lo harían también las manos, y si mis manos no funcionaban, mi voz no saldría. Y sin mi voz, mi plan se iba al traste.
Tomé aire con tanta fuerza que llegué a sentir un leve pinchazo en el corazón. Por suerte se pasó en seguida. Ya no había fisuras en él que doliesen, ya no había dolor ni pena, ni angustia. Mi corazón estaba completamente restaurado tras tres meses de curación obligatoria con Santana y Britt. Ya volvía a latir, y la culpa se había esfumado de mí, se había evaporado y no quedaba absolutamente nada.
Tres meses en los que tuve que recomponer mi vida y asentarme. Ordenar mis pensamientos y mi futuro con la siempre atenta ayuda de los que más me querían. Santana, Brody, y por supuesto mi padre, que no había dejado de apoyarme bajo ningún concepto. Solo mi madre me había hecho llorar en muchas de las noches que tuve que dormir a solas, pero eso era un tema a tratar en otro momento.
Ahora solo importaba que mi plan saliese a la perfección, y por eso no podía llegar tarde a mi improvisada cita. Y digo improvisada porque a pesar de estar planificada con antelación, mi suerte no había cambiado en ese tiempo, y por supuesto, me iba a obligar a dar una serie de pasos que no estaban previstos. De nuevo algo salía mal.
Lancé la vista al frente tras asegurarme de la hora, y descubrí como mi objetivo no iba a poder llevarse a cabo. Dos bicicletas acababan con todas mis esperanzas. Dos bicicletas con dos chicas que en ese instante debían pasar por aquel tramo caminando, y no pedaleando.
El trayecto marcado por Brittany se desdibujó y tuve que tomar la decisión más rápida que pude tomar en mi vida; correr.
Esquivé el pequeño parque por el que ya caminaba para adentrarme en la acera de la avenida, y decidí retroceder en mi camino para rodear el mismo, y cortar camino hasta un nuevo punto donde podría detenerlas.
Creo que jamás en mi vida corrí tan veloz como aquel día, a pesar de llevar el bolso y por supuesto la guitarra, porque sin ella no podía llevar a cabo mi plan maestro.
Corrí, corrí entre los árboles, sorteé varias fuentes y un par de bancos con su correspondiente anciano, y algunas palomas revoloteando a su alrededor. Corrí a pesar del dolor que me producían en los pies aquellas botas de cowboy que Brittany me dejó; sus botas mágicas o de la suerte, como ella las llamaba. Corrí a pesar de no ver bien el camino por el que pisaba, y sin importarme nada más que no fuese llegar al segundo punto de encuentro. Corrí sin ser consciente de que el parque se acababa, y para acceder a la calzada debía esquivar una hilera de piedras que delimitaban el acerado del pequeño jardín que rodeaba aquel céntrico lugar.
Quinn Fabray dejó de ser una loca que cruzaba el parque a toda velocidad cargando una guitarra, y se convirtió en una chica que rodaba por el suelo tras haber tropezado con una de las piedras.
No supe dónde estaba el cielo de tantas vueltas que di por la acera, ni tampoco si había perdido alguna extremidad de mi cuerpo. De hecho, cuando fui consciente de que estaba en el suelo, mis ojos se apresuraron en comprobar que todo seguía intacto en mí, que tenía cinco dedos en cada mano, dos piernas, dos pies, y que la guitarra estaba en perfecto estado. Pero no fui consciente de la aparatosidad de la caída, y lo que provocó a mí alrededor.
No fueron una ni dos las personas que se acercaron a socorrerme, fueron más, muchas más. No supe cuántas, yo solo veía manos tratando de ayudarme para levantarme del suelo, y gente desconocida que me preguntaba con insistencia si me encontraba bien. Y yo asentía, aseguraba que estaba en perfectas condiciones solo por tal de que me dejasen, para poder seguir adelante con mi plan. Solo acepté una mano para levantarme del suelo, la única que me ofreció una mirada de complicidad y que llegó a sonreírme con ternura.
No sabía quién era, no lo supe hasta que no me puse en pie y tras ella vi sus ojos.
Había olvidado que mis piernas temblaron al pensar en ella, había olvidado que mi corazón se volvió loco al verla sobre la bicicleta, y mi decidí correr sin sentido. Olvidé que sus ojos podrían congelar mi corazón y al mismo tiempo, hacerlo latir como nunca antes nadie lo había hecho.
—¿Estás bien? —aquella chica que me había ayudado a levantar me habló por tercera o cuarta vez, no estuve segura, pero yo seguía muda, sin dejar de mirar a su acompañante —Hey… chica. Dios, Rachel, creo que deberíamos llamar a una ambulancia. No reacciona.
—Quinn —balbuceó ella y mi cuerpo se estremeció.
—¿Quinn? —dijo la chica que aún sostenía mi mano y me miraba desconcertada—¿Eres Quinn? Es verdad. ¡Eres Quinn! —exclamó tras mirarme con detenimiento—. Rachel es Quinn —miró a Rachel.
Era ella.
Rachel Barbra Berry, mi Rachel, mi hermosa desconocida.
Habían pasado seis meses, veinticuatro semanas con sus siete días y sus correspondientes horas desde que la vi por primera vez aquel 1 de marzo en la nauseabunda gasolinera, y cuatro meses, dieciséis semanas con sus siete días y sus correspondientes horas, desde que la vi por última vez en el oscuro callejón trasero del que había sido mi apartamento.
No volví a hablar nunca más con ella desde aquel día, aunque Brittany me mantenía perfectamente informada de su vida, de cómo estaba sucediendo todo en los Ángeles para mi Rachel. De cómo la vida le sonreía por primera vez con una nueva familia, y alguien a quien proteger, alguien por quien dejar el sin rumbo en el que se había convertido su vida y lograr asentarla en un lugar fijo por más de 20 días.
—Sí, es ella —susurró sin dejar de mirarme—. Es mi amor.
Sonreí, aunque lo que realmente me apetecía era llorar, llorar y abrazarla. Pero me contuve.
Sentía que mis piernas no solo temblaban, sino que también ardían, y eso no era normal.
—¿Estás bien? —volvió a insistir la chica. El aire ya me daba con más facilidad tras notar como los transeúntes que se habían preocupado por mi caída, comenzaban a apartarse al ver que me encontraba bien, al menos aparentemente.
—Eh sí, si lo estoy —balbuceé sin dejar de mirar a Rachel.
No pude describir lo que decía con su mirada, pero sí lo que mostraba con sus gestos; pura confusión.
Negaba y asentía tratando de comprender qué diablos hacía yo allí, cómo había aparecido de la nada mientras rodaba por el suelo tras aquella caída, e interrumpía su trayecto como nunca nadie lo había hecho en la historia.
Ni serenatas, ni llamadas, ni cartas ni mensajes, ni cenas ni persecuciones. Mi encuentro con Rachel fue precedido por aquella caída en Houghton Park, y el desconcierto provocado a mi alrededor.
—Quinn —volvió a susurrar acercándose, aun con la confusión en su rostro.
—Hola —saludé sonriendo.
—¿Qué haces aquí? —reaccionó por fin sin poder evitar abrazarme.
Creo que en aquel instante destrocé por completo la guitarra. La dejé caer para poder abrazarla. No me importaba nada más que no fuese ser consciente de que aquello era real, y de que, por fin, después de tres meses de tortura, hacía algo que lograba provocar la sonrisa de mi corazón.
Y fue su olor, no lo había olvidado, su calor, su sonrisa, su todo. Mi Rachel estaba allí, abrazándome mientras me preguntaba constantemente qué hacía allí. Por supuesto, yo no respondía. No quería más que seguir abrazándola para siempre, aunque también era consciente de que debía ceder. A pesar de todo, a pesar de estar allí y haber hecho lo que ella me pidió, de que mi corazón parecía estar dispuesto a emprender un nuevo viaje, no tenía nada seguro. Nada claro.
—¿Cómo estás? —le pregunté mientras no podía evitar mirar de soslayo a la otra chica que nos miraba completamente emocionada.
—Bien, pero… ¿Y tú? ¿No estabas en Nueva York?
—Estaba, tú misma lo has dicho —respondí sin deshacer el abrazo.
—Pero —me miró—, Britt me dijo que estabas allí, que habías decidido pasar unas semanas con Santana después de eso —balbuceó eliminando la sonrisa de su rostro. Supe de qué hablaba, por supuesto Brittany le había contado mi pequeña anécdota en la boda. Yo le di permiso para que lo hiciera, pero siempre y cuando me reservara el derecho de ser yo misma quien le contase la verdadera razón de llevar a cabo mi decisión.
—Sí, y ya han pasado suficientes semanas. Ya he pensado todo lo que tenía que pensar, ya me he lamentado y aliviado por partes iguales.
—Y… ¿Qué haces aquí? —me cuestionó sin perder la seriedad.
—Tengo algo para ti —respondí sintiendo como los nervios volvían a mí.
—¿Algo para mí? —me miró más confusa aún, deshaciendo el abrazo con lentitud.
—Sí eh… ¿Podemos sentarnos? —le pregunté tras descubrir un pequeño banco a escasos metros de nosotras. No era el lugar al que había planeado acudir, pero podía servirme perfectamente para llevar a cabo mi genialidad, o no.
—Eh… Claro —balbuceó sin poder negarme nada. Rachel se mostraba completamente aturdida. Podía verlo en sus ojos.
—Chicas —interrumpió la joven—. Creo que es mejor que os deje a solas.
—¡Beth! —reaccionó Rachel y yo sentí como volvían a temblar mis piernas. Sabía perfectamente quien era aquella chica, porque Brittany me mostró una imagen de ella varias semanas atrás, pero escuchar a Rachel dirigirse a su propia hermana, me estremeció —. Ella, ella es Quinn —procedió a presentarme de manera oficial.
—Lo sé —respondió sonriente la chica, y sin dudarlo, se acercó a mí para abrazarme.
—Quinn, ella es…
—Beth —musité —, tu hermana.
—Así es —sonrió nerviosa.
—Me alegro de conocerte, Rachel. Me ha hablado mucho de ti y me ha enseñado fotos —espetó con diversión la chica—. Cada vez que me hablaba de alguna anécdota, ¡zas! Aparecía la tal Quinn de Phoenix, la chica más guapa que jamás había visto y que nunca…
—Beth, por favor —interrumpió Rachel algo ruborizada.
—Ok, me callo —sonrió traviesa—. Será mejor que me marche a casa. ¿Vendrás a cenar o te quedas con ella?
—Eh, supongo que voy a cenar —balbuceó Rachel.
—Bien. Tú también estás invitada —me miró—, me gustaría saber si todas las anécdotas que me cuenta mi hermana son verdad, y tú puedes ayudarme a descubrirlo — añadió divertida, mientras me regalaba un guiño de ojos y recuperaba su bicicleta—. Te veo luego— le dijo a Rachel, que no evitó lanzarle una última mirada desafiante tras aquel comentario.
No dijo nada más. Beth se alejó de nosotras como si nada hubiese sucedido, y a mí no me quedó más opción que volver a mirar a mi Rachel.
—Lo siento — se excusó—, no se calla nada. Lo dice todo sin pensar, y a veces se mete en líos.
—¿A quién me recuerda? —bromeé.
—No, no, nada que ver conmigo —volvía a excusarse mientras recuperaba su bicicleta—. Beth está loca, habla muy rápido, es maniática y para colmo dice que es una estrella. Quiere trabajar en Broadway —dejó escapar una sonrisa—. ¿Te lo puedes creer? ¿Cómo va a llegar a Broadway?
—Rachel, te aseguro que no me sorprende en absoluto, ni me resulta muy diferente a ti —dije siendo consciente de que ya sí, de que por fin la tenía frente a mí. De que había llegado el día —. Además, es guapísima. Más parecido a ti, imposible.
Rubor.
Rachel volvía a ruborizarse y yo me alegré. Aquella era probablemente la mejor prueba de que algo iba bien, de que todo podría volver a ser lo que un día fue. De que el tiempo no apagó la última llama.
No dudó en adentrarse en el parque con la bicicleta, y dirigir sus pasos hacia el banco que yo le había indicado.
—¿Te va bien con ella?
—Sí, sí ella es un encanto, y Joseph también. Me explicó todo lo que le ha sucedido a Shelby —Se sentó en el banco—. Ella tiene un problema, Quinn. Shelby ha estado tratando con psiquiatra —me miró—. Tiene brotes psicóticos, no sé cómo se llama su enfermedad, pero piensa que todo el mundo quiere quitarle lo que tiene —hizo una pequeña pausa—. Creen que lo de mi abandono le afectó lo suficiente para crearle ese trastorno.
—Vaya… ¿Y con Beth se portó bien?
—Sí, todo fue bien hasta que empezó a crecer, a ser una adolescente —me miró—. Shelby pensaba que iba a dejarla al crecer, y empezó a tener episodios bastante desagradables. Ha tenido problemas con el alcohol y algunas sustancias, e incluso ha llegado a amenazarlos, tanto a Beth como a Joseph, por eso ahora no puede acercarse a ellos —me dijo, y pude ver reflejada la pena en su mirada—. Tiene una orden de alejamiento, y aunque ha estado en terapias, incluso ingresada en centros, se niega a continuar así y prefiere marcharse. Ellos no sabían que estaba en Las Vegas. Al parecer la última vez que la vieron fue hace ya casi 3 años.
—¿Y cómo lo lleva Beth? —me senté junto a ella.
—Bueno, según me contó Joseph, trata de no mostrar mucho lo que siente, es bastante cerrada en ese aspecto. Pero ya la has visto, es una chica muy divertida y bastante agradable. De hecho, Joseph ha rehecho su vida con una mujer, y Beth está encantada.
—¿Ves? —interrumpí—. Otra cosa más en la que se parece a ti. Ella sonríe cuando tiene motivos para llorar.
—Llorar no sirve de nada —me miró cambiando por completo el tono de la conversación—. Llorar no soluciona. Sin embargo, sonreír hace que todos sonrían.
—¿Y contigo? ¿Cómo estáis?
—Genial —sonrió—. Es lo mejor que me podía pasar. Encontrarla, estar con ella y ver que tengo a alguien en el mundo que… Bueno, ya sabes, es una hermana y a las hermanas tienes la obligación de protegerlas y cuidarlas. Para mí esa obligación es lo mejor. Supongo que tú me entenderás, seguro que tú das la vida por Brody. ¿Cierto?
—Totalmente cierto —balbuceé y el silencio nos inundó. Un silencio acompañado solo por la mirada, porque Rachel no dejó de mirarme fijamente, tratando de encontrar las respuestas a sus preguntas en el interior de mis ojos.
—¿Qué haces aquí, Quinn? —susurró.
—Bueno —bajé la mirada hacia la guitarra—. Te prometí que algún día, si te necesitaba vendría a buscarte. Y eso es lo que hago —volví a mirarla.
—¿Me necesitas? —cuestionó un tanto sorprendida.
—Mucho —respondí con apenas un hilo de voz.
—¿Qué pasó, Quinn? —se volvió seria, quizás preocupada de molestarme al preguntarme lo que yo ya estaba dispuesta a contarle.
—Pasó lo que tenía que pasar —le sonreí tratando de tranquilizarla —. Lo que tu intuías.
—¿Yo? —se sorprendió— ¿Qué intuía yo?
—Me dijiste que tenías la intuición de saber que algún día te iba a necesitar, y que cuando eso sucediese, no tendría que pensarlo, solo salir a buscarte porque me ibas a estar esperando.
—Pero yo no sabía nada, Quinn. Yo solo te hablaba con el corazón y quizás era mi deseo —se detuvo—. Que algún día me necesitases lo suficiente como para buscarme.
—Pues ese día ha llegado —intervine rápidamente.
—¿Qué pasó, Quinn? —volvió a insistir— Britt me dijo algo, pero no quiso contarme todo. Solo, solo me dijo que serías tú la que lo haría, y que serías tú quien se pondría en contacto conmigo. He estado estos meses pensando en ti, no solo en lo que tú ya sabes…—murmuró— Sino en cómo estarías, en lo que te llevó a tomar una decisión así.
—Fuiste tú —respondí.
—¿Yo?
—Así es, Rachel, tú. Lo que sucedió entre nosotras me hizo abrir los ojos, me hizo ser consciente de que lo mismo podría estar sucediéndole a Finn.
—¿Qué? —me miró completamente confusa— ¿Como que le sucedió lo mismo?
Tomé aire para relajarme al máximo. Hablar del motivo que me había llevado a dar aquel paso, me hacía mal, pero a la vez me liberaba de la presión. Me quitaba ese peso de ser yo la única que sabía la verdad.
—No conseguía confiar en él, Rachel. Cuando me engañó todo cambió, y aunque yo estaba convencida de que nuestra relación volvería a ser la misma, que volveríamos a estar como siempre y todo pasaría. Pero no fue así. Cada día que pasaba me daba cuenta de que algo no iba a cambiar, de que todo seguía estando mal en mí.
—¿En ti?
—En mí. Finn volvía a tratar de ser el mismo de siempre, él solo me daba lo que yo le pedía. O, mejor dicho, le exigía —hice una pausa—. Me dejaba tomar mis decisiones, y aunque parezca absurdo, no lo comprendía. Me resultaba tan terriblemente extraño que empecé a desconfiar mucho más de él. Todo, todo me parecía sospechoso; que tuviese que trabajar con sus compañeros, que viajase, que cambiase de perfume, que se peinara de forma diferente —la miré—. Todo Rachel, todo me llevaba a pensar que me mentía, que me estaba siendo infiel de nuevo, y lo hacía con alguien de quien yo sospechaba. Pero no era así. No encontré ni una sola prueba que lo demostrase, ninguna mentira, nada, absolutamente nada, solo eran paranoias mías.
—Vaya…
—El día de mi boda no podía parar de llorar, sentía que algo se escapaba de mí, que no era capaz de afrontar uno de los pasos más importantes de mi vida con total y absoluta franqueza. Y de pronto, apenas una hora antes de salir al altar, apareciste tú —sonreí—. Recordé todo lo que habíamos vivido, desde que te vi en aquella gasolinera hasta cuando me llamaste mi amor en la escalera de incendios.
Tengo que ser honesta, Rachel, no dije que no porque sintiera que estaba enamorada de ti. Eso no ha sucedido. Yo quería a Finn. Dije que no porque supe que, si yo desconfiaba de Finn aún sin tener pruebas. ¿Que no podría llegar a sentir si supiese que él vive una historia como la que tú y yo vivimos? ¿Cómo iba a aceptar casarme con alguien sabiendo que no iba a soportar que me hiciera lo mismo que yo le hice a él?
—Pero tú no le hiciste nada. Tú no le fuiste infiel conmigo.
—No, pero soy consciente de que a mí me habría destrozado que él viviese lo mismo que yo. Y no podía aceptarlo. No puedo ser tan cínica conmigo misma, Rachel. Yo quería a Finn, pero él no me hacía vivir, y en aquel instante, era yo la que estaba mintiéndole a él y a mí misma. No pude aceptarlo, no pude dar ese paso.
—¿Y qué sucedió? ¿Qué dijo Finn? ¿Y tus padres? Debió ser un shock.
—Lo cierto es que fue extraño —desvié la mirada hacia mis manos. Me había colocado su anillo, el que ella misma me regaló, y aunque resultase raro de entender, me relajaba acariciarlo—. No tuve que decir nada, simplemente le miré justo cuando el juez nos preguntó y…él supo que no podía aceptar. Me sonrió y me dijo; lo sabía. Después de eso abandonó el altar antes que yo, y se marchó. No supe nada más de él hasta casi un mes después.
—¿De verdad? ¿No te pidió ninguna explicación? ¿Qué te dijeron tus padres?
—Mis padres, bueno, mejor dicho, mi padre, no ha dejado de apoyarme. Él me entiende. Él solo quiere que yo sea feliz y acepta mis decisiones. Mi madre no. Ella aún me odia por haberle hecho pasar el peor día de su vida delante de todos los invitados. Aunque tampoco me preocupa demasiado —la miré—. Tarde o temprano se le pasará, y volverá a ser la misma conmigo. Y Brody y Santana, pues ellos siempre me han apoyado, igual que mi padre, incluso creo que lo han llegado a asimilar mejor que yo.
—¿Y Finn? ¿Cómo es que no te ha pedido explicaciones?
—Eso mismo pensé yo las primeras semanas —volví a explicar—. Sin embargo, pronto encontré la razón por la que no quería volver a saber nada más de mí.
—¿Qué razón? Al menos debería haber pedido explicaciones. Digo, él te quiere. ¿No?
Sonreí, aunque lo cierto era que me apetecía llorar.
Rememorar la mayor muestra de estupidez que había padecido en mi vida, la mayor ceguera que al final no fue tanta y que me rompió el corazón en mil pedazos, no era agradable, ni siquiera cuando eran los ojos iluminados de Rachel y su infinita dulzura la que me escuchaba.
—Logré localizarlo un mes después— dije tras tomar una gran bocanada de aire—. Había pedido el traslado en su trabajo para marcharse a Oklahoma con Tina.
—¿Tina? ¿Quién es Tina?
—Su compañera de trabajo, su mejor aliada —tragué saliva—. Su amante desde hace casi dos años.
Pude ver como el color blanquecino de mi piel se trasladaba a la bronceada y suave piel de Rachel, palideciendo tan rápidamente que incluso llegó a asustarme.
—¿Su amante? —balbuceó.
—Así es —la miré de nuevo—. A Tina le informaron que la iban a trasladar a Oklahoma un mes antes de mi boda, y Finn pidió que le trasladasen a él también, pero con la condición de que lo hicieran después de habernos casado. Para así sentirme obligada a marcharme con él, y seguir viviendo engañada para siempre.
—No me lo puedo creer —interrumpió—. ¿Te lo ha dicho él?
—No, por supuesto que no. Él solo me dijo que se iba a Oklahoma para alejarse de mí. Sin embargo, no contaba con que su jefe es uno de los mejores amigos de mi padre, y le contó todo el tema de traslados y peticiones. Yo solo he tenido que atar cabos y descubrir cómo me había estado engañando. Supongo que el que yo me negase a casarme, fue la mejor solución para él. Ahora todo el mundo piensa que soy yo la mala de la película, y él solo es un pobre desdichado que ha tenido que trasladarse para alejarse del sufrimiento.
—Pero Quinn. ¿Tú estás segura de que él estaba con ella? No me hago a la idea de que sea así, él mostraba que te quería.
—Se han casado hace dos semanas en Las Vegas.
Supuse que Rachel no encontró más palabras para describir lo que sentía, y se limitó a sorprenderse como nunca antes lo había hecho frente a mí.
—¿Qué?
—Así es, las noticias llegan a mi padre, en esa oficina había más gente que sabía lo que había entre ellos, incluida su secretaria… Y mi padre me lo cuenta todo. No estaba equivocada Rachel, Finn me mentía, aunque yo no encontrase pruebas y… Dios, ha sido horrible.
—Quinn —se atrevió a tomar mi mano—. Yo, yo no sé qué decirte.
—No tienes nada que decirme, lo cierto es que estoy contenta de haber hecho lo que creía en el momento adecuado. Si me hubiese dejado llevar, me habría casado y ahora viviría en Oklahoma, con un marido que me engaña o, quien sabe, quizás ya me habría separado. No lo sé. Lo único que sé es que me dejé llevar por mi corazón, y mi corazón en aquel instante me decía que no debía casarme.
—De todo lo malo se saca algo bueno —susurró regalándome un par de caricias en la palma de la mano.
—Así es —respondí—, pero ya todo pasó. Ya lloré todo lo que tenía que llorar —la miré—. He estado en Nueva York con Santana, ayudándole a organizar su nuevo apartamento. Ha encontrado trabajo en una redacción, y también ha empezado a estudiar en esa escuela de hostelería. Me ha tenido entretenida y, sobre todo, alejada de lo que me hacía daño. He tenido mucho tiempo para pensar y organizar mi mente.
—¿Y qué has pensado?
—He pensado que ya es hora de empezar un nuevo camino, y por eso estoy aquí, porque te necesito a ti para hacerlo.
—Quinn —se apresuró a hablar—. Yo no quiero hacerte daño con lo que te voy a decir, pero creo que tengo que ser honesta contigo, y que sepas todo con claridad —musitó—. No, no creo que sea adecuado que empezar un nuevo camino, tenga que ser obligándote a tener pareja.
—Yo también lo creo así —respondí con la tranquilidad de saber cuáles eran las intenciones de Rachel.
Siempre cuidarme, de eso no había duda. Rachel Berry me protegía siempre.
—¿También lo piensas así? O sea que no has venido para estar con…
—He venido para que me ayudes a encontrar a la Quinn Fabray que realmente me hace vivir. La que yo misma descubrí cuando tú estabas en mi vida —interrumpí rápidamente—. Quiero aprender, Rachel. Quiero crecer y asentarme. Ser alguien válido con mis propias manos. Y sé que teniéndote cerca no me rendiré hasta conseguirlo.
—Yo aún sigo buscando mi lugar, Quinn —me miró emocionada—. Ahora he encontrado esa responsabilidad de saber que tengo a alguien a quien cuidar y proteger, alguien de mi familia, pero te aseguro que yo sigo buscando mi camino, sigo tratando de asentarme y vivir tranquila. Hace apenas un mes y medio que estoy trabajando en el museo arqueológico —sonrió—, y aunque aún no estoy adaptada, creo que puedo salir adelante, pero también necesito algo de ayuda. Yo también necesito a mi ángel de la guarda cerca, pero creo que por tu bien y por el mío, es mejor que no precipitemos las cosas. Sobre todo, porque no creo que debas empezar algo después de lo que te ha sucedido. No al menos tan pronto.
—Totalmente de acuerdo contigo —sonreí—. Necesito mi tiempo, aunque eso no quita que me sigan temblando las piernas cuando te veo. Eso te aseguro que no ha cambiado.
—Tranquila —bajó la mirada un tanto avergonzada—, yo sigo pensando en ti como mi amor, y aún leo cada noche nuestro final de cuento de hadas.
—Entonces… ¿Me aceptas en tu nueva vida como ángel guardián?
—No podría negarme a eso.
—Bien —sonreí satisfecha.
—Dejemos que lo demás surja cuando tenga que surgir. ¿De acuerdo?
—Así será —respondí aferrándome a sus manos —. Aunque antes de que tomes esa decisión de aceptarme, tengo que hacer algo —balbuceé buscando la guitarra que yacía junto a mí, en el banco.
—¿Qué vas a hacer? —cuestionó confusa— ¿Qué haces con esa guitarra?
—Me pediste que te cantara y eso es lo que voy a hacer.
—¿Cantar? ¿Tú? Pero… ¿Sabes tocar la guitarra?
—Tres meses sin querer ver a nadie, son suficientes para aprender a tocar una canción. Y bueno, puede que mi voz no sea la mejor, pero te aseguro que lo hago con toda mi alma.
—Quinn —susurró acercándose mientras yo ya me disponía a preparar la guitarra entre mis brazos.
—Mi intención era la de sentarme en aquella zona —miré hacia el lado opuesto del parque—, y esperar a que pasaras como cada viernes lo haces con Beth. Cantarte como tú lo hacías en Phoenix, pero los planes no han salido como esperaba. No contaba con que fueses en bicicleta, así que tuve que tomar una decisión rápida y cambiar el punto de encuentro. Esas piedras han destruido mi plan maestro —sonreí—. Ha sido una gran caída.
—Ha sido horrible —balbuceó conteniendo la sonrisa—. No te he visto hasta que estabas en el suelo, y te juro que no sabía reaccionar —miró mis piernas—. Por suerte solo tienes un pequeño rasguño. ¿Te duele?
—No, en absoluto —respondí con tranquilidad—. Recuerda que he crecido con un hermano —bromeé—. Estoy preparada para los golpes.
—¿Cómo sabias que pasaba por ahí?
—Es una larga historia que te contaré en otro momento. Si me lo permites, ahora solo quiero demostrarte que puedo cumplir una promesa.
—Quinn, no es necesario que cantes no…
—Recuerda que cantar es como besar, y ahora mismo me apetece mucho cantarte —dije sin temor.
Por primera vez en mi vida sentía que mi conciencia llegaba a un acuerdo con mi corazón, y ambos me gritaban y aplaudían cada vez que me dejaba llevar y hablaba sin lamentarme.
—¿Y…y qué vas a cantar? —cuestionó emocionada.
—Solo escucha, porque describe perfectamente lo que siento —dije acomodándome con la guitarra entre mis brazos.
Sentía que la garganta se me secaba, pero no había tiempo ni excusa que pudiese destruir aquel momento.
Me apetecía cantarle, y que ella sintiese lo mismo que yo sentía cuando ella me cantaba a mí. Aunque mi voz no tuviese ni punto de comparación con la suya.
Y sin dudarlo, me lancé.
When I was younger
I saw my daddy cry
And curse at the wind
He broke his own heart
And I watched
As he tried to reassemble it
And my momma swore
That she would never let herself forget
And that was the day that I promised
I'd never sing of love
If it does not exist, but darlin'
You are, the only exception
You are, the only exception
You are, the only exception
You are, the only exception
Terminé. Acabé de cantar sin siquiera poder terminar la canción, porque los nervios me habían roto la voz. Pero fue suficiente. Terminé de cantar y sentí que un ciclo había acabado en mi vida, y uno nuevo se abría con la sonrisa emocionada de Rachel y el brillo de sus ojos. Porque jamás creí que expresarme con una simple canción, pudiese dejarme aquella sensación de paz y tranquilidad, de saber que todo estaba bien y podría ir a mejor. De no sentir la necesidad de correr, sino de caminar y disfrutar del camino.
No tenía más.
Quinn Fabray se había vaciado en aquellos tres meses, había dejado atrás todo lo malo y se había renovado para poder empezar de nuevo, y Rachel me había estado esperando para acompañarnos mutuamente en aquel trayecto.
Compañía, amor, amistad, lealtad, da igual como quieran llamarlo, yo solo tenía la certeza de saber que nunca más me iba a sentir sola. No si ella estaba cerca.
—¿Y ahora qué sé supone que tengo que hacer? —cuestionó Rachel tras varios minutos de absoluto silencio, regalándome sonrisas y miradas por igual, tratando de contener los nervios que se habían implantado en sus manos.
—No estaría mal que me invitases a cenar con Beth, y contigo. Tengo que regresar mañana a Phoenix para organizar mi traslado y… —balbuceé— Hay muchas cosas que aún debo contarte.
—Cierto —se puso de pie—, pero antes déjame ser la excepción de nuestro acuerdo y abrazarte.
Sonreí satisfecha.
Si había alguien en el mundo que desease tanto o más un abrazo de aquella chica, era yo, y por supuesto no iba a dejar pasar la oportunidad de recibirlo.
Dejé la guitarra desafinada en el banco y me puse de pie, frente a ella, observando como no podía evitar lanzarme una mirada al completo.
—Has cambiado tu estilo —susurró tras percatarse de mis botas de cowboy, mis shorts y la camiseta que me había atrevido a vestir, erradicando por completo mi antigua y clásica forma de vestir.
—No, lo que he cambiado son mis ganas. Ahora quiero sonreír y ser yo.
Una sonrisa, un pequeño rubor y sus brazos.
Sus brazos aferrados a mi cintura y su rostro perdiéndose en mi pecho. Su calor, su olor reconfortándome y la agradable calidez del cielo californiano sobre nuestras cabezas.
No había más, no necesitaba más. Aquella hermosa desconocida volvió a mi vida, para quedarse.
