Cinco años después.
Parte 1
—¿El carburador? ¿Pero cómo que el problema es el carburador? Es un coche alquilado, lo han revisado antes de entregárnoslo.
—Está obstruido —replicó el mecánico—, y para ser honestos señorita, es bastante extraño que esté así. No es la típica suciedad lo que ha hecho que deje de funcionar en condiciones, sino algo más.
—¿Algo más? ¿Qué más? —cuestioné esquivándolo justo cuando volvía a pasar entre yo y el coche. Tal vez fuese un poco desagradable, pero el mono de trabajo que vestía tenía tanta grasa que podría mancharme sin siquiera rozarme. Por no hablar de su olor corporal.
—Pues que ha sido premeditado. No es normal encontrar horquillas y pinzas de ropa en el interior de un carburador.
—¿Pinzas? —susurré sin ser capaz de asimilar lo que me estaba diciendo— ¿Horquillas?
—Me temo que va para largo. Si quiere que yo se lo arregle, me va a llevar tiempo encontrar un carburador para esta preciosidad…
Dicen que el ser humano es el único animal sobre la faz de la tierra que tropieza dos veces con la misma piedra. Yo lo corroboro. Rachel es la única persona que he conocido en mis 32 años de vida capaz de cruzar el país dos veces sin nada más que una mochila llena de ropa, y su guitarra.
La primera vez lo hizo por necesidad, por una decisión personal que la llevaba a buscar su lugar en el mundo, o al menos en nuestro país. Fueron dos años de travesía por todos y cada uno de los 52 estados, empapándose de sus gentes, de sus tradiciones y culturas durante los 20 días en los que se obligó a estar en cada uno de ellos. Un viaje que llegó a su meta frente al Océano Pacifico. Un viaje que le regaló el honroso título de ser humano, porque tal y como ella decía, nunca antes se había sentido persona con todo lo que conlleva esa palabra, hasta que pudo vivir aquella aventura, y sobrevivir como lo hizo.
Fue una experiencia que marcó su vida. Algo que cuando yo conocí consideré una auténtica locura que solo una demente, sin otra cosa que hacer más que desperdiciar su vida en carreteras infinitas y moteles repletos de cucarachas, podría llevar a cabo.
La segunda vez que tropezó con la misma piedra no lo hizo por ella, sino por la necesidad de convertirme a mí en persona. Y demostrarme que los miedos que no me abandonaban, no eran más que meros berrinches de mujer caprichosa. Que mi vida tenía mucho más valor del que yo misma consideraba, y que mi capacidad de supervivencia iba mucho más allá de lo que jamás podría llegar ni siquiera a imaginar. Fueron muchas las discusiones que manteníamos, y que terminaban con mis lágrimas y mi arrepentimiento. Fue mucha la paciencia que el alma rebelde y libre de Rachel tuvo para calmar mi histeria, y regalarme ese cobijo que siempre necesitaba. Fue mucho amor el que mi chica me regaló sin recibir nada a cambio, y era ese mismo amor el que me estaba hundiendo psicológicamente. Yo no la merecía.
¿Cómo no sentirme inútil cuando lo único que había logrado en aquellos cinco años, era un puesto de reportera de un periódico local de Los Ángeles, donde solo me limitaba a hablar de las noticias deportivas que tanto odiaba? ¿Cómo no sentirme vacía cuando veía que mi hermano menor estaba a apenas unos meses de convertirse en uno de los candidatos más jóvenes para la alcaldía de Phoenix, y yo seguía trabajando eventualmente en bares porque mi sueldo del periódico era de chiste? ¿O cómo Santana y Brittany inauguraba su primer restaurante en la gran manzana, mientras yo no podía depender de mí misma para sobrevivir en Los Ángeles? Nada había cambiado en mi vida. De hecho, había empeorado. Ya no contaba con la ayuda inestimable de mis padres, y tampoco es algo que quisiera. Cuando decidí emprender mi nueva vida, lo hice siendo consciente y aceptando las consecuencias que pudiesen generarse. Lo que no sabía es que fuese tan complicado lograr avanzar sin dejar que el mundo a mí alrededor me lanzase a la cuneta. Y lo peor es que seguía dependiendo de alguien.
Tal vez sea demasiado superficial, y le dé más valor a los objetivos que los demás conseguían, mientras yo seguía viéndome estancada en la misma situación. Como si viviese en el interior de un bucle de decadencia, donde solo sus ojos y su sonrisa antes de dormir lograba mantenerme cuerda.
Cuando llegué a Los Ángeles le prometí ser su ángel guardián. Sin embargo, era ella quien me cuidaba, quien me protegía y contenía cuando yo me daba por vencida. Algo que sucedía día tras día.
Uno de aquellos ataques depresivos sobre el escaso valor de mi existencia en su mundo, la llevó a tomar la decisión de demostrarme el mundo como realmente es. De hacerme humana sin que apenas fuese consciente de ello. Y lo consiguió.
14 días y 13 noches. Sus vacaciones y las mías a lomos de un Ford Mustang del 69 alquilado, que, a pesar de ser todo un clásico, se quedaba en un simple y desangelado coche frente a mi pequeño Chevrolet Camaro del 67. Seguía impoluto después de cinco años, a pesar de los cientos de kilómetros que llevaba sobre sus ruedas, y los que aún le quedaban por recorrer. Sin embargo, embarcarnos en aquel viaje como método alternativo a lo que yo estaba segura que debía ser mi ingreso en psiquiatría, nos obligaba a volar hasta Chicago y dejar mi adorado coche aparcado en nuestro hogar, con la única supervisión de Beth. Algo que por supuesto no me tranquilizaba en absoluto.
Tal vez era una chica centrada en empezar su carrera de psicología, y atender sus continuas clases de teatro los fines de semana, pero seguía siendo una chica de 20 años con su punto de rebeldía, como cualquier adolescente. Detalle que incluso me llevó a esconder las llaves del coche para evitar que incumpliese su palabra de no utilizarlo para salir con sus amigas. Beth seguía viviendo con su padre a escasos metros de nuestro apartamento, de nuestro hogar. Rachel no quiso separarse de ella cuando tomamos la decisión de compartir nuestros días bajo el mismo techo, porque allí había encontrado a la única persona que compartía genes con ella. Era la única familia que tenía en el mundo, ya que Shelby seguía sin contar en su mundo. Su madre decidió abandonarlas por completo tras su salida del centro de rehabilitación en el que estuvo ingresada durante casi dos años. Puede que esté siendo un poco exagerada, pero mi vida llevaba indicios de convertirse en una adaptación de la Shelby, con la única e importante diferencia de que yo si tenía algo por lo que luchar, alguien por quien dar un paso hacia adelante, y dejarme guiar sin permitir que mi tozuda mentalidad, y el orgullo que seguía corriendo por mis venas, terminase por hacerme desistir y abandonar lo que tanto amaba.
Me empeñaba en demostrarle que ella merecía mucho más de lo que yo podría ofrecerle, y Rachel se empeñaba en demostrarme que yo era mucho más de lo que creía ser.
Recorrer la Ruta 66 fue la excusa perfecta para ello.
Teníamos en nuestro objetivo unos 5.000 kilómetros de carretera infinita, y paisajes impresionantes, sin nada más que un par de maletas con suficiente ropa y algo de dinero. Que esta vez sí, y a diferencia de su primer viaje, Rachel decidió que debíamos utilizar. Aunque su excusa para utilizarlo era la falta de tiempo físico para lograr subsistir con improvisados conciertos en bares de carretera. Solo era un viaje con lo justo y necesario para sobrevivir durante aquellos catorce días que iba a durar la travesía. Un viaje que abriría mi mente y me ayudaría a comprender el valor de la vida real, no el de mi mundo imaginario. Buscaríamos alojamiento día tras día en hoteles, moteles de carretera, o si era necesario, acomodándonos en el mismo coche. Como Rachel me dijo; si sales a la aventura, has de prepararte para lo peor. Porque siempre sabes dónde empiezas, pero nunca dónde vas a acabar.
La Ruta 66, la calle principal de América o como a los americanos solemos llamarla; The Mother Road, iba a ser mi psicólogo de vida. Esa piedra donde iba a tropezar para lograr encontrarme a mí misma. Una leyenda que nació hace casi 100 años, y que durante mucho tiempo representó el esfuerzo y la valentía de los emigrantes que veían en el oeste una oportunidad para prosperar y empezar una nueva vida. Desde Chicago hasta Los Ángeles, a través de Misuri, Kansas, Oklahoma, Texas, Nuevo México, Arizona y California.
Ya el vuelo que nos llevó a Chicago nos avisó de que no iba a ser un camino de rosas, y yo lo supe, aunque Rachel prácticamente ignoró mi petición de cancelarlo para otra época. Febrero no es el mejor mes para emprender un viaje como aquel. Sobre todo, porque justo a mediados de ese mes vivíamos uno de los temporales más fuertes de las últimas décadas. Una ola de frío monumental con nevadas bestiales, lluvias torrenciales y ráfagas de viento imposibles, que solo te hacía desear regresar a casa y meterte en la cama hasta que el invierno terminase por completo. Pero eso a Rachel no le importaba en absoluto. Al fin y al cabo, nuestro Ford Mustang tenía capota, por lo que el frío o la lluvia no sería problema durante las largas horas de trayecto. No así para mí, por supuesto. A mí si me parecía importante y muy peligroso viajar con aquel temporal. Y el piloto del avión que nos trasladó también pensaba igual que yo, después de tener que realizar una maniobra de auténtico héroe para lograr controlar el avión, y aterrizar sin destrozarlo. Sin embargo, nunca debí desconfiar de Rachel.
Un 14 de febrero, y con casi un metro de nieve amontonándose en las aceras, empezamos la aventura. Y en aquel primer día, ya empecé a entender lo que pretendía enseñarme Rachel. No hicimos mucho más que preparar todo para emprender el viaje, pero antes de partir de Chicago, Rachel me llevó a modo de sorpresa a visitar la Willis Tower, el edificio más alto del país, donde me obligó a subir a una de esas habitaciones o cabinas flotantes con techos, paredes y suelo de cristal, para ser consciente y disfrutar de la adrenalina de estar suspendida en el aire a unos 442 metros de altura. Tal vez para ella era un buen comienzo. De hecho, jamás vi a alguien disfrutar tanto al ver el suelo bajo sus pies a tanta altura. Pero para mí no fue nada agradable. De hecho, estuve a punto de sufrir un ataque de ansiedad, y la posterior ausencia de consciencia. O tal vez era un amago de infarto, no lo sé. Solo sé que mis piernas temblaban tanto que solo sus ojos y su sonrisa, como siempre solía suceder en mi decadencia, lograban traspasarme y desafiaban mi miedo sin que apenas fuese consciente de ello. Fui valiente por primera vez en mucho tiempo, y sentir esa fuerza fue la mejor manera de empezar nuestro viaje. Estoy convencida de que Rachel sabía qué y por qué lo hacía, sin duda.
Una de las primeras paradas que hicimos tras comenzar la ruta fue en una pequeña ciudad cerca de Springfield, tras abandonar Chicago y a punto de llegar a St. Louis, disfrutando del impresionante paisaje, de las carreteras nevadas y de la absoluta e incomparable naturaleza que aquella zona del país nos regalaba. Y allí fue justamente donde empecé a descubrir mi capacidad de adaptación gracias a Rachel, y como era capaz de improvisar para lograr saciar sus necesidades más básicas.
Un pequeño y perdido bar repleto de motoristas que nos observaban como sabuesos que llevaban meses sin comer, fue el lugar elegido para disfrutar de un delicioso almuerzo. Y aunque yo pensaba que estábamos cavando nuestras propias tumbas, y que probablemente tendríamos que llamar a la policía para salir de allí vivas, me equivoqué de nuevo como tantas veces solía hacerlo a lo largo del día, y de mi vida. El almuerzo fue realmente exquisito. Tal vez el ambiente enrarecido de aquellos hombres que desprendían olor a gasolina, no era lo más adecuado para dos chicas como nosotras, pero el plato especial del Cozy Dogs bien terminó por hacerlo valedero, sin duda. Fue en aquel momento, después de abandonar el bar, cuando recibí la primera lección de supervivencia que me regalaba Rachel. Una lección que ya nunca olvidaría.
Estómago vacío, miedo asegurado.
Nuestro plan, como bien he dicho, pasaba por no tener reserva previa de habitación en ninguna ciudad o pueblo por los que transcurría la ruta, pero en St. Louis llegó nuestra primera experiencia juntas en un motel de carretera. Confieso que jamás había visto algo tan nefasto y mugriento como aquel lugar. Sin embargo, después de todo el día sentada en el asiento de cuero del Mustang, y el frío que seguía empeñado en acompañarnos, no me quejé en absoluto de lo que me ofrecía aquella habitación. Tal vez la cama de aquel motel era una tortura para mi espalda, pero Rachel hizo que terminase echándola de menos cuando despertamos, y regresamos a nuestra ruta. Sobre todo, porque sus besos y el calor de su cuerpo, hacía del catre más mugroso e incómodo, el más placentero y cómodo del universo.
Missouri nos regaló una de las estampas más impresionantes que jamás pude presenciar en mi vida. Rachel logró que mis pies cruzaran el río Mississippi por encima del viejo puente por el que solía transcurrir la antigua ruta, y que ahora solo permitía el paso de transeúntes a pie o a bicicleta. Un paisaje espectacular acompañando los restos de la majestuosa estructura metálica del viejo puente, con el que probablemente era el río más especial de todo el país. Repleto de leyendas e historias de épocas coloniales, y cuna del Blues. Blues que no tardó en salir de sus labios en una velada inolvidable junto al mismo, siendo solo testigos de su pequeño e improvisado concierto, un grupo de estorninos que hacían los coros con su continuo piar, y esta servidora que moría de amor con la melodía de su voz. Aunque no contenta con eso, Rachel me tenía guardada una sorpresa aún mayor. Sorpresa que no me iba a provocar esa sensación de privilegio que me entregaba el caminar sobre el río Mississippi y escuchar su voz entonando el You are my sunshine de Johnny Cash. El Gateway Arch me volvió a llenar de valentía. Es el monumento más alto de todo el país. Un arco de más casi 200 metros de altura al que me obligó a subir para descubrir unas vistas impresionantes de la ciudad, y sufrir como el viento lograba moverlo y hacia que se desplazase bajo mis pies casi diez centímetros por lado. Un nuevo amago de infarto que mi chica logró calmar con sus besos, y la infinita dulzura que me regalaba sin dejar de abrazarme, provocando la envidia de cuantos turistas osaban a cruzarse en nuestro camino.
Estando en Memphis, obviamente, Rachel no descartó en ningún momento visitar Graceland, hogar de Elvis y donde se atrevió a dejar una de las púas que solía utilizar para tocar la guitarra, acompañada con una nota sobre su tumba, que rezaba con un "Gracias por la música", que a punto estuvo de hacerme llorar.
Ahí llegó la segunda de las lecciones de vida que iba adquiriendo con el pasar de los días y los kilómetros, y que Rachel no dudó en transmitírmela.
Tu mundo es como un puzle. Tal vez haya piezas pequeñas, algunas hasta insignificantes y sin forma aparente, pero todas son necesarias para darle sentido. Todas las piezas tienen su función.
El camino hacia Kansas fue mucho más ameno. O mejor dicho bonito y alentador para mí y mi necesidad de encontrarme a mí misma. El temporal se había quedado atrás, y el sol empezaba a acompañarnos iluminando inmensas praderas de trigo que se alternaban con prados verdes, y que lograban que conducir se convirtiese en una completa delicia. Granjas repletas de vacas y caballos, pajares, establos, molinos de viento y pueblos fantasmas que salían a nuestro paso. De hecho, uno de esos pueblos terminó cobijándonos después de una merecidísima merienda en mitad del mismo, tras haber arrasado con una vieja tienda en una gasolinera perdida, y sintiéndonos como algunos de los protagonistas de El bueno, el feo y el malo. Rachel quiso ser el malo mientras que a mí me relegaba al papel del bueno, dejando el honor de ser el feo a un viejo y olvidado espantapájaros que seguía vigilando pacientemente una extensa pradera sin vida alguna. Puede que no estuviese escrito en el guión original, pero si Sergio Leone hubiese introducido la escena de pasión que surgió entre el bueno y el malo de nuestra película tras un breve descanso en el asiento trasero del Ford Mustang, tal vez habrían optado a algún galardón de mayor importancia.
Seguir el trazado de la interestatal 40 era la opción lógica para quienes hacían aquella ruta, pero no para Rachel. Su alma de aventurera y la obsesión por descubrirme el país, nos llevó a seguir antiguos trazados de la histórica Ruta 66, que ya apenas era transitada, y que nos llevó a perdernos, o mejor dicho encontrarnos, en mitad de la nada. Y es que a medio camino entre Amarillo y Albuquerque no podías encontrar otra cosa más que desierto, viejos y abandonados pueblos del salvaje oeste, y algún que otro restaurante texano en el que te invitaban a comer si eras capaz de arrasar con un enorme filetón de más de dos kilos. Por supuesto, ni Rachel ni yo accedimos a algo así, ya que ninguna de las dos tuvimos la necesidad de cometer aquella bestialidad. Nuestra alimentación en esos días se tradujo a multitud de ensaladas, batidos de verduras y mucha, muchísima agua. Tanta agua que gracias a ello tuve la ocasión de rememorar una de sus tantas anécdotas de cuando viajaba a solas, y que a pesar de haber transcurrido ya tanto tiempo desde que me la contó, yo seguía sin creer a completamente. Sí, yo también terminé haciendo cola para ir al servicio en mitad del desierto. Y esa escena me regaló una nueva lección, aunque ésta era más banal, menos profunda, y mucho más divertida.
Un litro de agua, 40 kilómetros en calma.
Poco a poco, a medida que avanzamos y cruzamos la frontera con Arizona, el paisaje volvía a transformarse de manera espectacular. El desierto que nos había acompañado desde Alburquerque, con el sol cegándonos continuamente y obligándonos a detenernos en cuantas gasolineras encontrábamos para aliviar el sofocante calor, empezaba a llenarse de nieve de manera intermitente, casi como por arte de magia. Era algo realmente extraño ver como detrás de nosotras el aire creaba ondas transparentes en el horizonte a causa de las altas temperaturas, y la brisa helada nos encontraba de frente. Sin embargo, lo más mágico de aquel lugar fue lo que encontramos sin que ninguna de las dos lo esperásemos, o al menos Rachel me negó que lo hubiese preparado.
Tardamos casi dos horas en cruzar el parque nacional del bosque petrificado, donde Rachel, completamente enloquecida, no podía dejar de disfrutar de lo que la rodeaba. Evidentemente, mereció la pena. De hecho, yo habría estado allí toda la vida con tal de observarla. Y es que dejar a una arqueóloga en un yacimiento paleontólogo de árboles fosilizados es algo digno de presenciar, sobre todo si amas a esa arqueóloga más que a tu propia vida. Verla detenerse ante cada tronco petrificado que encontraba, mirándolo, buscando indicios de algo que para ella era maravilloso, pero que para mí apenas tenía importancia, me regaló la tercera de las lecciones de vida que estaban convirtiéndome en persona. Obviamente excluía de mi pequeña lista la que hacía referencia a la cantidad de agua que puedes beber mientras viajas. Eso solo era un pequeño inciso que nos hacía reír a más no poder.
Aprende a ver con el corazón, porque él descubre la belleza en la mediocridad.
Y desde allí, después de aquella travesía por el bosque petrificado, partimos hacia Flagstaff, que volvía a regalarnos esas vistas espectaculares que pudimos ver al principio de nuestro viaje, con pueblos cubiertos de nieve y estampas más típicas de Canadá, que de Arizona.
El pequeño pueblo construido en una ladera estaba repleto de edificios y pequeñas casitas de madera, que nos devolvía una Navidad ya pasada, y que nos permitió dormir en condiciones después de 10 días en plena ruta. Bueno, nos permitió dormir y disfrutar algo más. No sé si algún día llegaré a tener una luna de miel, porque no tengo ni idea de si algún día aceptaré volver a enfrentarme a un altar, y no huir en el último segundo. Pero, sin duda, nuestro viaje estaba convirtiéndose precisamente en eso, en una deliciosa luna de miel donde cada motel, o cada cabaña, como la que nos cobijaba en Flagstaff, nos permitía encontrarnos como nunca lo habíamos hecho durante los cinco años que llevábamos juntas.
Y en ese mismo pueblo me encontraba, después de otra noche a su lado mientras dejábamos que el calor de una chimenea nos envolviese estando desnudas, cuando tuvimos que interrumpir nuestro viaje.
Teníamos por delante un par de días para llegar y disfrutar de Las Vegas, del Gran Cañón del Colorado y finalmente nuestra querida Los Ángeles. Eran los tres puntos que nos quedaban para completar la ruta, cuando el Mustang del 69 decidió que no quería moverse del aparcamiento de la cabaña donde habíamos pasado la noche. Y a las 10:23 am de la mañana, el mecánico de un pequeño taller de aquel encantador pueblo, me insinuaba que alguien había destrozado el carburador del motor a conciencia, para evitar que lográsemos continuar con nuestra ruta tal y como habíamos planeado.
Y lo peor de escuchar aquello fue intuir que sabía quién había hecho aquel despropósito con el pobre coche de alquiler.
Regresé a la cabaña dispuesta a cuestionarla y tener al menos una explicación lógica a lo que había hecho. Tal vez había sido una de sus locuras por querer alargar las vacaciones, y seguir disfrutando de más días de viaje. Pero algo me decía que no iba a ser aquella la respuesta que me iba a dar. Y no estaba equivocada en absoluto.
—¿Rachel? —me adentré en la cabaña esperando recibir su respuesta. Me había dejado a solas con el mecánico por culpa de una incesante necesidad que le entró por buscar alguna tienda donde comprar chocolate. Necesidad que yo atribuí a sus ganas por descubrir el pueblo y quitarle importancia a la avería del coche, dejándome a mí lidiar con aquel desagradable mecánico— ¿Estás aquí?
—¡Sí! —exclamó desde el interior del baño segundos antes de abrir la puerta y personarse frente a mí—. ¿Qué tal? —me sonrió un tanto forzada— ¿Qué le sucede al coche?
—El carburador —musité sin perderla de vista. Estaba nerviosa, y me lo demostró tras cruzar toda la estancia y no ser capaz de mirarme a los ojos—. Alguien nos ha boicoteado el coche.
—¿Qué? ¿Boicoteado? —balbuceó— ¿Qué dices? ¿Cómo nos van a boicotear el coche? En todo caso será una avería.
—¿Una avería?
—Quinn, es un coche muy viejo, y vale que lo tengan en perfectas condiciones, pero eso no quita de que sufra averías.
—¿Una obstrucción del carburador con pinzas y horquillas es una avería normal?
—¿Cómo? —balbuceó aún más nerviosa—¿Han hecho eso?
—Rachel… —la interrumpí perdiendo la paciencia—¿Qué te pasa? ¿Por qué has hecho eso?
—¿Yo? Yo no he hecho nada —masculló al tiempo que se esmeraba en buscar algo dentro de su maleta—. Habrá sido algún gracioso. Seguro que vio a dos chicas y quiso…
—No me lo creo —volví a interrumpirle—. Mírate, estás nerviosa y ni siquiera te atreves a mirarme a la cara cada vez que sacas alguna excusa. No sirves para mentir, y lo sabes, además tu excusa de dejarte el bolso en coche para salir en mitad de la noche no fue muy creíble. Nadie tarda 20 minutos en encontrar un maldito bolso que estaba en la guantera. ¿Qué pasa? ¿Por qué le has hecho eso al coche? Si quieres que nos quedemos aquí podrías haberlo dicho.
—Quinn, no he hecho nada —insistió desesperándome completamente—. A lo mejor ese mecánico no tiene ni idea de lo que le pasa al coche y se ha inventado eso. ¿Sabes lo que vamos a hacer? Vamos a llamar a Brody, estamos cerca de Phoenix y seguro que él puede ayudarnos. Es más… Deberíamos avisar a la casa de alquiler para que se haga cargo del coche, y nosotras tomamos un taxi hasta Phoenix, y ya allí vemos como lo hacemos para seguir con la ruta. Al fin y al cabo…estamos más cerca de Phoenix que de Las Vegas. En media hora estaríamos allí.
—Espera, espera —contuve la verborrea de mi chica—. ¿Brody? ¿Quieres que… ¡Oh, Rachel! —dejé escapar siendo consciente de lo que había hecho. O, mejor dicho, de lo que pretendía que hiciera.
—Quinn, escúchame…—soltó la maleta centrando su mirada sobre mí. Esta vez sí lo hizo, porque ya sabía que yo conocía sus pensamientos.
—¡No! No te voy a escuchar —le dije tratando de esquivarla, pero ella fue más rápida y evitó que pudiese abrir la puerta y abandonase la cabaña
—Quinn por favor, escúchame… Te lo pido.
—¿Qué tengo que escuchar? ¿Qué has jodido el coche para obligarme a ir a Phoenix? ¿Lo tenías preparado? ¿Hemos hecho este viaje solo para llegar hasta este punto?
—No, no. Quinn, no tenía nada preparado… Bueno sí, tal vez había hablado algo con Brody, pero no estaba segura de hacerlo. En estos días me he dado cuenta de que tenía que hacerlo.
—No, te equivocas. No tienes nada que hacer. Es mi decisión, y ante eso no puedes hacer o deshacer a tu antojo sin siquiera preguntarme primero.
—Quinn, mi amor —susurró arrastrándome hacia ella—. No puedes completar este viaje sin hacer lo más importante. Es tú padre.
—No lo entiendes. ¿Verdad?
—No, no lo entiendo. Porque adoras a tu padre, porque lo amas más que a ti misma, y estás alejándote de él solo por necedad.
—¡Él prefiere a mi madre! —le grité y el susto la hizo retroceder, provocando en mí esa sensación de dolor que solía martirizarme cada vez que hablaba de aquel tema—. Lo siento —me disculpé, pero el rostro de Rachel se endureció dejándome ver que no aceptaba aquella disculpa.
—Es uno de los días más importantes para tu padre —masculló con firmeza—. Lo van a homenajear por haber sido un buen alcalde, por haber ayudado a cientos de personas a vivir mejor, y créeme no hay muchos políticos que puedan sentirse orgullosos de recibir algo así después de varios años alejado de la política. Tal vez vayan muchas personas a ese evento, pero te aseguro que tu padre no se va a sentir completo sabiendo que tú, que su pequeña, no está allí con él.
—No me aceptan allí —musité—. Si no me dejan acercarme siendo como soy, ¿Por qué iba a ir?
—Tu padre te acepta tal y como eres, Quinn. No digas tonterías.
—Mi madre no.
—¿Y qué importa tu madre? Es tu padre quien quiere tenerte allí.
—Ella no te quiere conmigo —fui dura—. Ella no permitirá que tú estés allí conmigo. ¿De verdad quieres que acepte algo así?
—Pues sí, porque yo no soy su hija, pero tú si lo eres.
—Tú me has dado más en cinco años que ella en 27. Se avergüenza de mí, no me considera su hija, dime… ¿Por qué tengo que aceptar sus normas si ya no soy su hija?
—No digas estupideces —me dejó junto a la puerta—. No tienes ni idea de lo que dices. Tal vez tu madre sea así, tal vez no termine de asimilar que su única hija dejara a su novio frente al altar, y ahora viva con una chica sin nada más que dos manos para labrar un futuro. Pero sigue siendo tu madre. Y es la que está cada día con tu padre. No merece que le hagas esto a él por su culpa. Él siempre te ha apoyado, siempre te ha cuidado y te entiende —se giró de nuevo hacia a mí—. ¡Me entiende hasta a mí por el amor de dios! Quinn, él nunca, nunca te ha pedido nada desde que estás a mi lado. Nunca te ha reprochado nada y siempre te ha ofrecido su ayuda, aunque tú se la hayas negado. ¿Lo vas a dejar solo ahora? Él no solo quiere que estés cuando está mal, sino que también lo estés en los momentos felices, y éste es uno de los más importantes. Hazlo…por favor, no te lo estoy ordenando, ni te estoy amenazando de alguna forma, solo te pido que lo pienses. Que recapacites y lo hagas.
—Quiero ir contigo. No lo haré si no es contigo de la mano. Si me quieren a mí, también te tienen que querer a ti.
—No es el momento para eso, Quinn. Es un homenaje, estará lleno de políticos, entre ellos tu hermano…Y lo último que necesita es que se cree algún conflicto por lo que sucedió con Finn, o por la actitud de tu madre. No es el momento de desafíos, solo de estar con ellos. Tu hermano también te necesita a su lado.
—Por eso mismo —estallé—. ¿Por qué mierda mi felicidad no es buena para ellos? ¿Por qué le importan lo que digan los demás?
—Porque no está en sus manos —me calló sin alzar la voz—. ¿Qué prefieres? ¿Ir conmigo y perjudicar a tu hermano, o ir a solas ahora, para que él logre todo por lo que ha luchado y pueda cambiar las cosas? Dentro de unos años él estará ahí, ocupando el lugar que merece, y entonces podremos ir de la mano hasta donde nuestros pies nos lleven. ¿Qué más te da cumplir un maldito protocolo ahora si sabes que el futuro puede ser mejor?
—¿No te ofende? —pregunté desafiante— Porque te aseguro que a mí me ofendería si estuviese en tu posición.
—Me importa un bledo lo que un partido político piense de mi manera de vivir la vida y el amor. Me importa un bledo lo que tú madre piense de mí, porque ni siquiera se ha dignado a conocerme. Pero sí me importas tú, Quinn. Y tu mundo, ese que hemos tratado de encontrar en este viaje, inevitablemente se mantiene vivo por tu familia. Ellos están en él y no puedes dejarlos fuera. Ellos son piezas del puzle, Quinn. Nada de lo que hemos hecho tiene sentido si no eres capaz de demostrar que tú sí tienes valores, y que van mucho más allá de lo que establece una estúpida ley hecha por inútiles.
Tu padre merece ver la sonrisa de su hija entre tantos hipócritas. Créeme, yo daría mi vida por un simple segundo de las sonrisas de mis padres. No dejes que el tiempo haga que se olvide de ti, Quinn. No dejes que el mayor pilar de tu mundo se sienta solo en un día como hoy. Solo piensa en él, y olvida lo que os rodea. Yo seré feliz viéndote junto a él.
—No podrás verme a menos que vengas conmigo —susurré tras empujar el nudo que se había anclado a mi garganta, y que casi no me permitía ni respirar—. No podrás verme con mi padre, si te obligan a quedarte fuera.
—Nadie me obliga —me interrumpió—. Si no voy, no es porque tu madre me lo prohíba, o porque sea un punto negro en el partido político de tu hermano. Si no voy es porque quiero lo mejor para tu padre, y no pienso ser el centro de las iras. No me concierne y tampoco tengo necesidad de estar ahí, ni siento que deba estar. Tú y yo compartimos una vida, Quinn, pero cada una tenemos nuestro mundo. El tuyo sigue estando con tu familia, pero eso no significa que me sienta fuera de él. Somos dos compartiendo un camino, pero debemos mantener nuestros mundos por separado. El amor es tan mágico que al igual que aparece desaparece, pero el amor de tu hermano, el de tu padre siempre estarán ahí. Y no debes dejarlos de lado.
—¿Me…me estás diciendo que…? —tragué saliva
—No te voy a dejar—me sonrió con dulzura—. Te amo, y mientras ese amor dure estaré a tu lado, Quinn. Pero al igual que yo estaré a tu lado mientras te amé, tú tienes que estar al lado de quienes amas, porque llegará el día en el que puede que ese amor desaparezca, o tal vez ya nunca más puedas estar al lado de quien amas. Igual que quieres llevarme de la mano porque me amas —susurró regresando a mí, traspasándome con aquella mirada que tanta fuerza lograba regalarme, y que me enamoró desde el primer día en que la vi—, tienes que estar al lado de ellos. La diferencia es que yo, necesito que estés a su lado para sentirme viva también. ¿Entiendes?
—¿Es…es otra de tus lecciones? Saber que hago feliz a mi padre te ayuda a seguir siendo tú, a pesar de que eres la única perjudicada de todo esto.
—Exacto —se aferró a mi cintura sin dejar de mirarme—. Seré feliz cuando tú lo seas, y no voy a dejar de luchar por cumplir cada uno de los motivos que te lleven a esa felicidad. Estar con tu padre hoy es uno de ellos— dijo rozando mi mejilla con sus dedos, apartando el pelo que había empezado a cubrirme parte del rostro—. Metete en esa ducha, tienes un vestido dentro de aquella bolsa que tu hermano me acaba de traer, —alzó la mirada hacia la cama—, ponte tan guapa que hasta los pájaros terminen envidándote cuando te vean salir. Llamaremos a un taxi y te acompañaré hasta Phoenix. Y cuando todo acabe, estaré esperándote siendo la persona más feliz del universo. ¿Trato hecho?
Cerré los ojos vencida por la incesante necesidad de llorar que sentía, y que me obligaba a tragar saliva constantemente. Sentir su aliento a escasos centímetros de mis labios, me hacía verla aun sin abrir los ojos. Su sonrisa estaba grabada en mi mente, y también ese brillo en su mirada cuando esperaba impaciente una respuesta que de sobra sabía, y que yo no era capaz de dar.
