La función estaba a punto de comenzar. Las bambalinas bullían con la actividad previa y los espectadores ya estaban llenando las butacas del teatro. Caracterizado para su papel, Terrence G. Grandchester, más conocido como Terrence Graham como nombre artístico, se paseaba de un lado a otro del camerino con un cigarrillo a medio consumir en los labios. Estaba nervioso, pero no eran nervios previos a la actuación, de eso estaba seguro. Ya llevaban más de un mes interpretando la obra en los teatros estadounidenses con bastante buena aceptación de crítica y público, aunque sabía que el gancho de su vuelta a los escenarios en dicho país después de una larga ausencia, había ayudado bastante. La obra era una fresca comedia shakesperiana, voluble y divertida, que no requería demasiado esfuerzo de actuación, aunque le divertía escenificarla. Lo relajaba. En los últimos tiempos, además de las tragedias, también había probado suerte con las comedias con muy aceptable resultado. Incluso él mismo se había sorprendido de su capacidad actoral en esa faceta, ya que dado su carácter serio y sobrio, no había creído sentirse capaz de transmitir al público la jovialidad y despreocupación que esas obras requerían. Se había equivocado, y se alegraba por ello.
Pero esa noche era diferente. Esa noche estaba más nervioso que en el estreno de la mejor obra que pudiera interpretar en toda su vida. Hacía apenas un cuarto de hora, su asistente personal se había pasado por su camerino para entregarle una nota. Aquella nota había inflamado sus expectativas y había elevado el latido de su corazón hasta un ritmo ciertamente alarmante. ¡Iba a venir! Dios mío, ¡ella iba a venir a verlo actuar esa noche! Se sentía como un adolescente. Y solo una persona en todo el mundo podía hacer que se sintiera así.
Volvió a sentarse frente al tocador, mirándose al espejo. Aquellos hermosos ojos verde azulados y aquella sonrisa … podía verla claramente, tal y como la recordaba, pura risa y alegría … aquel rostro que había poblado sus sueños y fantasías durante todos aquellos años. Cerró los ojos suspirando. ¿Cómo negar al sol? Ese sol que había sido su aliento para soportar aquella nube oscura que había sido su vida hasta aquel momento. Estaba tan nervioso sabiendo que ella estaba allá afuera, esperando para verlo actuar, que incluso le temblaban las manos.
¿Cómo estaría ella ahora? No había vuelto a verla desde aquella fatídica noche del hospital. Cuando su cobardía y culpabilidad le impidieron echar a correr a buscarla, a retenerla, a decirle que la amaba … dejó marchar al sol de su vida aquella noche … y no había vuelto a salir para él hasta ahora. Cómo había deseado verla, ir a buscarla …. Pero las dudas lo atormentaban. ¿Qué sentiría ella ahora? ¿Pertenecería a alguien su corazón? ¿Podría volver a aspirar a su afecto? Porque una cosa estaba muy clara en el corazón de Terrence Grandchester: él no quería retomar una vieja amistad, él quería conquistar su alma, su corazón … y no volver a dejarla marchar por el resto de su vida. Porque, a pesar de los años, su amor por Candy seguía imperturbable.
Apretó los puños y comenzó a dar los últimos retoques a su maquillaje. Llevaba tanto tiempo sin sentirse tan vivo … los años con Susannah solo habían sido un torrente de sufrimiento. Cuando volvió junto a ella, lo aceptó sin reservas. No hubo reproches, simplemente se aseguró de que no volviera a abandonarla. Porque Susannah era experta en recordarle constantemente su culpabilidad, con dulces palabras, recordando su accidente y lo mucho que lo amaba … aunque no era amor lo que Susannah sentía, Terry lo sabía bien. Sus ojos azules lo observaron fijamente desde el otro lado del espejo como flamas ardientes. Ojalá hubiera tenido el coraje para dejarlo todo e ir en busca de su amada … ¿podría ella perdonarlo? ¿Podría perdonarlo si apenas podía perdonarse a sí mismo?
Poco menos de un año después de su vuelta, a Susannah le diagnosticaron una fuerte diabetes. Todo ello sumado a su delicado estado de salud, provocó una degeneración generalizada en su estado. La medicación ya no surtía los efectos previstos, y a los pocos meses, los médicos corroboraron la temida noticia: Susannah padecía cáncer de huesos, que lamentablemente se había extendido a varios órganos de su cuerpo. La enfermedad iba a terminar irrevocablemente con su vida tarde o temprano. Terry le había propuesto matrimonio como convenía y estaban formalmente prometidos. Pero a pesar de que la Sra. Marlowe insistía en que debía celebrarse la boda lo antes posible, ante el estado de salud tan precario de la joven, incluso los médicos aconsejaron posponer cualquier evento que supusiera alterar el debilitado equilibrio en su salud.
Terry dividía su tiempo entre los ensayos en el teatro y el hospital. No podía decir que por su buen corazón el lamentable estado de salud de Susannah no le provocara verdadera lástima y pena. Era duro ver el deterioro y sufrimiento de un cuerpo humano tan joven. Fueron tres largos años de lamentos y dolor. Susannah sufría mucho a pesar de que los médicos hacían todo lo posible por paliar sus dolores. Pero a finales de 1918, el diagnóstico fue irrevocable: Susannah se moría, ya no podrían hacer mucho más por su vida, salvo intentar calmar sus dolores esperando el fatal desenlace. Unos meses después, ya entrado 1919, fue la Sra. Marlowe quien encontró a su hija. Fueron a buscar a Terry rápidamente al teatro para que fuera a la clínica donde se encontraba Susannah desde hacía más de un año, pero ya era tarde. Susannah se había tomado un bote de pastillas y había terminado con su vida.
Los momentos posteriores Terry los recordaba como sumergido en una espesa niebla, como si mirara todo lo sucedido a través de una pantalla. No era que no sintiera la muerte de Susannah, pero también lo reconfortaba que por fin hubiera encontrado el descanso que merecía, después de tanto sufrimiento. Las condolencias, los preparativos, el funeral, la prensa … Y él allí, estático, como un autómata, con la madre de Susannah llorando destrozada a su lado, solo deseando poder echar a correr, escapar de allí, volar hacia donde se encontrara su sol, su alegría … y poder abrazarla y no volver a dejarla escapar.
La prensa se cebó con el asunto. Terry sintió que ya no podía respirar en Broadway. Todos sus movimientos, todas sus reacciones eran meticulosamente analizadas. Él sabía que era imposible en ese momento pensar en un reencuentro con Candy. Debía dejar pasar un tiempo prudencial de duelo, tal y como marcaba la costumbre de la época, hasta volver a tener algún tipo de relación con el género femenino.
Entonces recibió una oferta inesperada. Aproximadamente un año y medio antes, en mitad de su gira por Inglaterra, habían colaborado con una pequeña pero incipiente compañía británica en un homenaje a Shakespeare en un festival. El director de dicha compañía había quedado gratamente sorprendido con Terry, pero Robert Hathaway, el director de la compañía Stratford donde trabajaba Terry, se había reído de él diciendo que sería imposible que le arrebatara a uno de sus actores principales. De todas formas, había probado suerte y ahí estaba la oferta en manos del joven.
Terry pensó que aquello había llegado en el momento más oportuno. En otras circunstancias, hubiera hecho caso omiso a la invitación de unirse a otra compañía, ya que él estaba muy a gusto en la Stratford, era una gran compañía. Pero las presiones estaban acabando con él y se sentía en un momento muy vulnerable. Su sensación de libertad le empujaba a querer tener delante el bello rostro de Candy y poder dar rienda suelta al fin a sus pasiones reprimidas. Pero sabía que aquello era una locura en todos los sentidos. Debía calmarse. Así que sopesó detenidamente sus opciones, e Inglaterra se le antojaba cada vez menos descabellada. Estaría lejos un tiempo, separado por un océano, y podría calmar sus anhelos y preparar adecuadamente un acercamiento.
Una vez tomada la decisión, lo más duro fue comunicárselo a su madre y también a Robert. Ambos pusieron el grito en el cielo, que si iba a echar por la borda su carrera, que si se había vuelto loco … pero al final, se dieron por vencidos y lo dejaron hacer su voluntad. Aun recordaba el hermoso rostro de su madre demudado por la pena mientras lo despedía en el muelle.
- Volverás, ¿verdad?
- Volveré. – Susurró él besando a su madre en la frente. – Aún tengo mucho que hacer aquí.
- Lo sé. – Asintió ella con los ojos llenos de lágrimas.
Su experiencia británica fue mucho más enriquecedora de lo que jamás hubiera imaginado. En aquella pequeña compañía descubrió talento, trabajo y sobre todo un gran amor y respeto por la poesía. Nunca se arrepintió de su decisión. Bajo su nueva sensación de hombre libre, aquello parecían unas refrescantes vacaciones.
Estaba listo para entrar a escena. Volvió a ponerse en pie y encendió un último cigarrillo.
Fue una increíble sorpresa encontrarse con Albert en Londres. Apenas se lo podía creer. La de innumerables ocasiones en que había imaginado mil y una maneras de cómo poder volver a contactar con Candy … las numerosas cartas que había escrito para después desecharlas rápidamente en la basura mientras el miedo y la inseguridad lo atenazaban … y súbitamente, aparecía Albert frente a él en una calle londinense.
Tuvieron una larga conversación mientras cenaban juntos. Aquello era raro en él, no muy dado a socializar con nadie, pero Albert era tan agradable que era imposible no sentirse bien en su compañía. Sus oídos fueron regados con muchas noticias inesperadas. Que Albert era el cabeza de familia de los Andrew y padre adoptivo de Candy … que Candy se había sumergido en la construcción de un hospital en Chicago para dar servicio a las almas desfavorecidas … que vivía sola en un apartamento en Chicago … Terry no pudo evitar sonreír, su querida Pecas seguía siendo tan independiente y alborotadora como siempre. Cada detalle, cada nueva noticia relacionada con Candy era ávidamente registrada en el cerebro de Terry. Constató el hecho de que no estaba casada, no sabía si había entregado su amor a otro, pero no estaba casada, y aun no era tarde. Si ella ya no le amaba, Terry se retiraría para siempre y no volvería a molestarla, pero necesitaba saber, tenía que saber.
Y todo volvía a coincidir como si el destino se pusiera de su parte. Su compañía volvía a Estados Unidos durante varios meses de gira a presentar una obra. Chicago era una de sus paradas. Terry no cejó en su empeño hasta que Albert le prometió que llevaría a Candy al estreno. Era su ocasión para verla … al menos durante un breve momento. Llenaría sus ojos y su corazón de ella, mientras planeaba el próximo asalto. ¡Y allí estaba! ¡Había ido a verle actuar!
Un súbito toque en la puerta lo sacó de sus cavilaciones. Era su señal. Comenzaba el espectáculo.
