El teatro estaba lleno a rebosar. Candy suspiró profundamente, intentando calmarse. En breves momentos, iba por fin a verlo en el escenario. Las emociones que sentía eran indescriptibles. El palco donde se hallaba sentada era ciertamente el mejor de todo el teatro. Desde allí tendría una vista privilegiada de los actores y el escenario. Una vista privilegiada de él.

A la hora convenida con Albert había bajado a la biblioteca con una mirada resuelta en su rostro. Albert silbó suavemente, alabando sus esfuerzos por lucir hermosa aquella noche. Candy se echó a reír.

- Estás preciosa. – Dijo Albert, besándola en la mejilla.

Para la ocasión, Candy había elegido uno de los innumerables vestidos que llenaban el bien equipado armario de su habitación de la mansión Andrew. No era así en su apartamento, donde ella residía, ya que Candy siempre había abogado por la practicidad en su modo de vestir. No era que no le gustara la moda, al contrario, aunque no era una fanática como Annie, pero dado el ritmo de vida que llevaba, ella solo pensaba en su comodidad. A pesar de ello, Annie insistía, respaldada por Albert, en que Candy tuviera a su alcance la última moda en vestidos y joyas en la mansión, cuando pernoctara allí.

Así pues, en ese momento, Candy era una sofisticada belleza de la época, enfundada en un vestido negro, con miles de cuentas que brillaban cuando ella se movía, de tirantes y ajustado a las caderas, revelando sus bien torneadas pantorrillas, a juego con unos zapatos de salón de altos tacones. Su rostro era un sueño delineado por el maquillaje y el pelo recogido elegantemente, con mechones de rizos aquí y allá. Albert reprimió una sonrisa secreta. El pobre Terry iba a sufrir aquella noche ante aquella hada hechicera. Porque para Albert estaban ya claros los sentimientos que el joven actor sentía hacia su pupila. A pesar de lo buen actor que era, su rostro lo había delatado cuando se mencionaba a Candy.

- ¿Te parece excesivo? – Candy le miró preocupada pero Albert negó con la cabeza. Su pequeña llorona, convertida en toda una dama. Aunque lo más sorprendente era que no era consciente de lo que provocaba a su alrededor, siempre había sido así. - ¿De veras? No sé … ¿no es demasiado atrevido?

- No, querida, estás perfecta. Deduzco que esta noche has decidido aceptar el regalo de cumpleaños y visitar el teatro. – Un ligero rubor coloreó las mejillas de Candy mientras Albert sonreía. – Me alegro. Y ahora … - Se acercó a una de las vitrinas de una esquina de la gran biblioteca y sacó un paquete de un cajón, entregándoselo a ella.

- Oh, Albert…

- Sssshhh, ya sé lo que vas a decir, y espero que te lo guardes. – Rió Albert. – Me ha costado muchísimo encontrar algo … al igual que tú, no valgo mucho para esto. – La apuntó con un dedo acusador mientras Candy reía divertida. Y de pronto, su rostro se transformo en euforia infantil. Lo cierto era que adoraba los regalos. Rasgó el paquete con nerviosismo y abrió la cajita que contenía.

- ¡Oh, Albert! ¡Es preciosa! – Chilló Candy al ver la hermosa pulsera con complicados diseños.

- La encontré en una pequeña tienda de artesanía cuando estuve en Francia, y supe que era ideal para ti.

- ¡Muchas gracias, Albert! – Dijo Candy, mientras alargaba la muñeca para que Albert le pusiera la pulsera.

- Me alegro de que te guste. – Al cabo de un momento, mientras Candy admiraba su pulsera extasiada y después de dar un sorbo a su copa, Albert prosiguió. – Y por último …

- ¿Más? – Candy abrió los ojos sorprendida y una traviesa sonrisa afloró a sus labios. - ¿Qué estás tramando, Albert? – Él la miró directamente a los ojos.

- Voy a dejar que disfrutes a solas de tu regalo.

- ¿Qué? – A Candy se le cayó la mandíbula. - ¿Qué quieres decir?

- Que no voy a acompañarte en esta velada, querida.

- ¡Ah, no, no, no, Albert … no puedes! – Candy negaba con la cabeza, su rostro revelando el pánico que de pronto se había apoderado de ella. Albert se echó a reír.

- Esta es una nueva faceta que no había visto en ti … no sabía que fueras una cobarde, lloroncita …

- ¡Ah no, Albert! ¡No vayas por ahí! Tú has organizado todo esto, ahora no puedes de pronto decir que no vienes. – Lo señalaba con el dedo, el ceño fruncido. - Además, ¿qué pensará Terry? – Albert soltó una carcajada.

- Terry estará encantado, no cabe duda … - Candy lo miraba sorprendida y confundida. – Querida, sois dos amigos poniéndoos al día, ¿qué mal puede haber en ello?

- ¿Qué crees que pensará la sociedad de Chicago cuando me vea cenando a solas con Terry? Volvería a dar de qué hablar …

- ¡Tonterías! ¿Desde cuándo te ha preocupado algo así? Además … - La miró travieso. – Después de lo de irte a vivir sola … no creo que la tía Elroy se escandalice por una nimiedad así … - Se encogió de hombros. – Ya estoy acostumbrado a lidiar con la familia. Además, mandaré a George a acompañarte.

- ¿Por qué no vienes, Albert? – Susurró Candy.

- Creo que esta es una ocasión para que vosotros dos os pongáis al día. Si yo estuviera, no se solucionaría nada. - Candy se sentó en el diván, abatida.

- Pero él te ha invitado a ti, Albert, yo …

- ¡Oh, vamos, Candy! Nunca te he tomado por una ilusa. ¿Lo crees de veras? – Albert rió, meneando la cabeza y sentándose a su lado. Le cogió suavemente la mano y la miró con dulzura. – Escucha, aun estamos a tiempo de rehusar la invitación. – Candy miraba al suelo con el ceño fruncido.

- Es que … - Sus ojos se encontraron.

- ¿No deseas verle?

- Sí. – La respuesta escapó de su boca antes de que pudiera darse cuenta y se ruborizó, mientras Albert sonreía asintiendo. Claro que quería verle, ¿cómo no desearlo?

- Todo irá bien, querida.

Confiaba en que Albert tuviera razón. Allí sentada en el palco, ya no estaba tan segura. Los nervios atenazaban su garganta. ¿Y si cuando mirara a aquellos hermosos ojos azules, descubría que Terry ya no la amaba? Era una posibilidad bastante probable. Candy creía firmemente que en aquellos años, los afectos de Terry podrían haber cambiado. No sería extraño si hubiera sucedido.

Las luces comenzaron a encenderse y apagarse intermitentemente dando la señal para que los espectadores ocuparan sus asientos, ya que la obra iba a comenzar. Estaba sola en el palco. Al principio se había sorprendido, pero el empleado que la había acompañado a su sitio le había dicho que dicho palco había sido reservado en exclusividad con la entrada que ella llevaba. George se había quedado fuera del teatro. Se iba a encargar de localizar al asistente de Terry para enviarle una nota y organizar la cita para la cena. Una cita …. ¿realmente aquello se trataba de una cita?

Las luces se apagaron y la música inundó los oídos de Candy. Pronto estuvo sumergida en otro mundo, como siempre le sucedía cuando iba a ver una obra o a un concierto, ya que era una amante declarada de la música y de las artes, a pesar de no estar dotada para ello. Se trataba de una comedia, fresca y jovial con trasfondo dramático, como la mayoría de las shakesperianas, algo que sorprendió a Candy. Nunca hubiera imaginado a Terry interpretando una comedia, debía haber cambiado, debía haber aligerado su corazón, y eso la alegró. Apenas se dio cuenta del paso del tiempo hasta que súbitamente, él apareció en escena. Y entonces, el resto del mundo desapareció para Candy. Ya no oía la música, ni los aplausos, ni las voces … sólo veía su rostro, su sonrisa, sus ojos … su corazón atronaba en el pecho. Terry … ahí estaba. Tan hermoso, tan arrollador … llenaba el escenario con su sola presencia. Candy sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas. Estaba tan orgullosa de él … había vencido sus demonios y ahí estaba, donde debía estar, recibiendo el reconocimiento por su gran talento, como correspondía.

La obra transcurrió en un suspiro. Le dolían las manos de tanto aplaudir. De pronto, los actores saludaban al público y recibían la ovación que merecían. El teatro puesto en pie casi lo echó abajo cuando Terrence Graham se adelantó a saludar con una reverencia. Candy tenía los ojos llenos de lágrimas, aplaudiendo extasiada. De pronto, al alzar, la cabeza él se giró a ella directamente. Candy contuvo el aliento. ¿Era posible o solo había sido su imaginación? Terry volvió a saludar por última vez, y al alzarse, volvió a mirar directamente al rostro de Candy y entonces, parpadeó y una brillante sonrisa cruzó su rostro. Candy estaba impactada, no se había dado cuenta que estaba conteniendo el aliento hasta que lo expulsó con fuerza. ¿Esa sonrisa había sido para ella? Era imposible que la hubiera visto. El telón cayó ocultando el escenario y las luces se encendieron, mientras la muchedumbre que poblaba el teatro comenzaba a moverse entre murmullos de expectación. Solo una persona permanecía quieta, sentada aun en su lugar, intentando calmar su desbocado corazón.

Al salir del teatro, una ligera llovizna bañaba las calles. Típica lluvia primaveral de Chicago, pensó, se encogió de hombros y sonrió. Divisó a George al lado del coche un poco más adelante, y se dirigió a su encuentro. Los coches poblaban la avenida de entrada al teatro y había mucha prensa. Al verla, George alzó la mano saludándola.

- ¿Ha disfrutado de la obra, Srta. Candy?

- ¡Oh, sí! – Candy le dedicó una brillante sonrisa. - ¡Ha sido muy divertida! ¡Fantástica!

George abrió la puerta del automóvil, instándola a meterse en él.

- Debería subir. Comienza a llover con intensidad. Además, en breve saldrán los actores y esto se convertirá en un caos, entre la prensa y los admiradores.

- ¿Y el Sr. Graham? ¿No le esperamos?

- El Sr. Graham se encontrará con usted en el restaurante. Así me lo ha comunicado su asistente. Aquí sería imposible un encuentro agradable. – Candy asintió.

Recordaba claramente aquella ocasión de hacia años, en que había ido al teatro en Chicago a intentar ver a Terry, y después de la función le había sido completamente imposible acercarse a él. Casi muere pisoteada por la multitud de admiradoras que intentaban llamar su atención. No quería volver a pasar por eso.

Se metió al auto y agradeció el calor del interior. Llevaba un fino abrigo a juego con el vestido, que tal vez no era suficiente debido al cambio climático. Mientras George daba la vuelta para situarse a su lado y dar instrucciones al chofer, se formó un revuelo en la entrada del teatro. Los reporteros casi corrían para alcanzar a los actores que salían en varias direcciones, pero sobre todo, Candy observó una alta figura enfundada en abrigo negro con el cuello levantado y sombrero, a la cual perseguían más que a ninguno. El aristocrático perfil solo podía pertenecer a Terry. Este se metió rápidamente en un vehículo, el cual arrancó dando la vuelta a la calle, al tiempo que el suyo propio también se ponía en marcha. Candy fue consciente de que pronto podría tenerlo delante, y su pulso volvió a acelerarse.