El automóvil se dirigía a las afueras de la ciudad, y Candy pronto descubrió el sitio que Terry había elegido para su encuentro. Se trataba de un elegante y coqueto restaurante, alejado, discreto y de alta cocina, candidato perfecto para quien no quisiera ser molestado mientras disfrutaba de una agradable comida y una buena banda de música. El lugar era muy exclusivo, y podía acceder a él únicamente gente con alto nivel económico que abonaba pequeñas fortunas por disfrutar de privacidad y tranquilidad.

Candy ya había estado en el lugar en una ocasión, con Albert, Annie y Archie, y también con el bueno de George. Era un lugar dividido en pequeños reservados, con servicio exclusivo de camareros, un par de pistas de baile con las mejores bandas del momento, seguridad para asegurar la privacidad de sus clientes, y un extenso bosque detrás, repleto de caminos, bancos y naturaleza exuberante para disfrute de los usuarios. Era un lugar único, privilegiado. En auge en aquel momento entre la selecta sociedad de Chicago.

Cuando llegaron a la entrada del restaurante, llovía con fuerza. George salió del vehículo abriendo un paraguas para cobijar a Candy, mientras abría la portezuela y ella salía del interior. Al entrar al vestíbulo, Candy se sorprendió, como la vez anterior, de la acogedora sensación que desprendía. No sabía si eran los muebles, la tenue iluminación … pero era un lugar muy agradable. Se hicieron cargo de su abrigo, ya que George comunicó que apenas se iba a quedar unos minutos, y de su empapado paraguas.

- El Sr. Graham los espera. – Dijo un camarero mientras les instaba a seguirlo a través de corredores y pasillos. Llegaron a un reservado y el camarero tocó en la puerta invitándolos a pasar.

Al entrar, Candy vio a un hombre alto, en pie, mirando a través del gran ventanal desde el que se divisaba el jardín exterior, y a lo lejos, las luces nocturnas de la ciudad. Al darse la vuelta, sus ojos se encontraron. Y de pronto, ambos quedaron paralizados. El tiempo se había detenido perdidos el uno en los ojos del otro. Se hizo el silencio.

- ¿Sr. Graham? – Terry no escuchaba, no se movía. No podía oír ni ver nada que no fueran aquellas dos increíbles lagunas verdosas y aquel rostro de ensueño. Pero, ¿quién era aquella hada hechicera que había provocado que se le parara el corazón? Al fin la tenía frente a sí, y él estaba impactado, conteniendo el aliento. - ¿Sr. Graham? – George habló más alto y le tocó el brazo, mirándole con el ceño fruncido. Terry parpadeó, confuso y agitado, intentando guardar la compostura. - ¿Se encuentra bien?

- Sí … - Terry carraspeó con voz ronca y alargó su mano, estrechando la de George. – Terrence Graham.

- George Anderson, el asistente del Sr. Andrew.

- Hola, Terry … - Candy le sonreía tímidamente, mientras un encantador rubor coloreaba sus mejillas. Su voz sonó como dulce música en su corazón, y le trajo recuerdos del pasado. - ¿Cómo estás?

- Hola, Candy …

- Bueno. – George se giró un poco hacia Candy. – Dejaré que disfruten de su velada. La recogeré en un par de horas, Srta. Candy, si a usted le parece bien.

- ¿No va a acompañarnos el Sr. Andrew esta noche? – Preguntó Terry arqueando una ceja.

- Albert no ha podido venir, Terry, lo ha lamentado mucho. - ¿Iban a cenar los dos solos? Dios mío, aquello era un regalo del cielo …

- En ese caso, yo llevaré después a la Srta. Andrew a donde ella quiera.

- Pero … - George miró a Candy.

- Está bien, George. – Asintió ella. – Me quedaré en Chicago esta noche. El Sr. Graham me llevará, no hay problema.

- Me despido entonces.

Y súbitamente, se quedaron solos en el reservado, ambos mirándose fijamente, observando sus rostros, acostumbrándose a la versión adulta de ellos mismos. Candy sentía un hormigueo desconocido por todo el cuerpo. Tenía frío y calor al mismo tiempo. Lo recordaba bien parecido, siempre había sido guapo … pero es que ese hombre que tenía frente a ella era arrebatadoramente atractivo. Y era un hombre ahora, en la plenitud de su masculinidad. Candy jamás se había sentido así. Sus increíbles ojos parecía que pudieran ver a través de su alma … y sintió que se ruborizaba hasta la raíz del pelo sin saber por qué.

Terry no podía pensar con claridad en ese momento. Estaba impactado. Aquella hermosísima mujer que tenía delante era Candy. Su Candy. Los años habían transformado a aquella hada del bosque para que terminara de hechizarlo sin ninguna piedad. Sus recuerdos de la bonita adolescente rubia y pecosa que le había robado el corazón quedaron atesorados en el fondo de su alma, dando paso al deseo irresistible que sentía por aquella joven. Aquella joven con el rostro de Candy, un rostro más definido, adulto, un rostro amado e increíblemente bello. Supo que se había perdido sin remedio, sus planes desbaratados como papel mojado, ¿cómo iba a poder separarse de aquel ángel? Parpadeó confuso.

- Me alegro de verte, Terry. – Susurró ella, al cabo de un momento. Él se obligó a concentrarse.

- Lo mismo digo, Pecas. – Y sonrió. Candy meneó la cabeza mientras Terry la conducía a la mesa. Hacia tanto tiempo que no oía aquel mote que Terry utilizaba para ella …

Se sentaron mientras continuaban observándose. La brecha del tiempo se estaba haciendo un hueco entre ellos.

- ¿Te gustó la obra?

- ¡Muy divertida! – Rió Candy. Alzó las cejas. - ¿Una comedia? Jamás te hubiera imaginado interpretando una comedia.

- ¿A no? ¿Y eso? – Terry la miraba fijamente.

- Bueno … como tú siempre decías, lo tuyo eran las tragedias, el drama, el sufrimiento … - Terry puso los ojos en blanco y de pronto, ambos se echaron a reír. Él se sorprendió de nuevo de que en apenas cinco minutos, ella tuviera la capacidad de ponerlo de excelente humor.

- El buen Benedicto sufría por amor …. – Candy meneaba la cabeza.

- Más bien creo que estaba predestinado a amar. – Como yo, pensó él. Ya no tenía dudas de que la mujer que tenía delante era su pasado, presente y futuro. O eso esperaba, al menos.

- Señor … ¿Graham? - Susurró Candy inquisitivamente. Él se encogió de hombros mientras le dedicaba una ladeada sonrisa.

- Sabes que nunca he estado demasiado ligado al apellido Grandchester …

- Lo sé, pero ...

De pronto el camarero entró para tomar nota de su pedido y se interrumpió la conversación. Más bromas acerca del conocido apetito de Candy relajaron más el ambiente, hasta el punto de que comenzaron a sentirse cómodos el uno en compañía del otro. Cuando el camarero se hubo ido, Terry continuó.

- Supuse que Albert vendría contigo …

- Sí … surgió un problema de negocios en el último momento. Lamentó que te haya desilusionado que no pudiera venir.

- No estoy desilusionado para nada, Candy. - Su voz profunda … sensual, acarició a Candy como si la tocara. Ella se ruborizó completamente, y agradeció la tenue iluminación de la estancia. – Pero debes contarme qué has estado haciendo todo este tiempo. – Terry dirigió la conversación a un terreno neutral. Debía ir despacio.

Candy, agradecida de poder desviar la conversación a temas menos perturbadores, le narró encantada todo lo relacionado con su amada Casa de Pony y el hospital que estaba construyendo. Alegre y generosa por naturaleza, también preguntó a Terry sobre sus giras, sobre Inglaterra, y sobre las obras que había interpretado. Pronto ambos estaban inmersos en una conversación distendida y jovial. El tiempo pasó sin que apenas se dieran cuenta y la cena transcurrió entre risas y alegre camaradería.

- ¿No has pensado en volver a trabajar aquí, en Estados Unidos? – Preguntó Candy. Él se tomó un tiempo para responder mientras desviaba la mirada hacia el ventanal. Candy se mordió los labios consternada, al tiempo que Terry volvía la cabeza para mirarla de nuevo. Él observó el gesto de Candy y recorrió lentamente su rostro, haciendo que a ella le hormigueara todo el cuerpo.

- Sí, lo he pensado. – Suspiró y dijo con voz ronca. – Pero si te soy sincero, mi experiencia en Inglaterra ha sido enriquecedora y … liberadora por así decirlo. – El rostro de Candy se nubló de pronto.

- Imagino que tiene que ser duro para ti … te traerá muchos recuerdos. - Terry la miró confuso. – Antes que nada quiero decirte lo mucho que lamento la muerte de Susannah, Terry. Quedé consternada, como todos. Deberías estar enfadado conmigo porque ni siquiera pude enviarte mis condolencias. Me enteré tarde y para cuando quise darme cuenta, te habías marchado a Inglaterra. Pero eso no es excusa, he sido una amiga espantosa y lo lamento mucho. – Terry se había quedado pasmado. ¿De veras ella le estaba pidiendo disculpas a él? Era increíble. La misma Candy de siempre.

- No es necesario que te disculpes, no te preocupes. – Hizo un elegante ademán con la mano. – Pero yo no iba en ese sentido. Me refiero a que fue duro a nivel prensa y circulo laboral. Estaba muy presionado por ese tema, necesitaba un cambio. – Al ver el rostro de Candy, se apresuró a explicarse. – No me malinterpretes, Candy, por favor. Lamenté mucho su muerte. Fue una persona que sufrió mucho y tuvo un triste final. Pero mis sentimientos no eran … no eran de la índole que la gente cree.

- ¿A qué te refieres?

- Yo no sentía … se podría decir que no tenía sentimientos amorosos por ella. – Se levantó de la silla y se dirigió al ventanal, pasándose las manos por el pelo en un gesto nervioso. Candy lo observaba paralizada en su asiento. Estaba totalmente confundida, ¿no había amado a Susannah? Candy se había autoconvencido todos aquellos años de que Terry al fin se había enamorado de la actriz …. ¿o no?

Vio cómo Terry sacaba un cigarrillo de su pitillera y se daba la vuelta para enfrentarla. Sus ojos … aquellos increíbles ojos que habían poblado sus sueños desde la adolescencia, la traspasaban ahora como brasas ardientes. Candy sintió un escalofrío, no sabía si era de miedo o excitación por lo que Terry provocaba en ella.

- Escúchame, por favor … y ojalá lo entiendas. Fui claro con Susannah desde el principio, y ella lo aceptó. Sabía cuáles eran mis sentimientos. Yo no estaba enamorado de ella, ni iba a poder amarla en ese sentido. Pero prometí cuidarla y protegerla y quedarme a su lado. Ella era muy consciente de mis sentimientos, y cumplí lo que prometí. Me quedé a su lado hasta el final.

- Pero … - Candy sintió un nudo en la garganta y parpadeó nerviosa. – Ella te amaba tanto … - Terry frunció el ceño y meneó la cabeza. Una media sonrisa afloró a sus labios.

- No más de lo que se amaba a sí misma. - Entonces se dio la vuelta perdidos sus ojos por un momento en el jardín del otro lado de la ventana.

Candy se retorcía las manos inquieta. La tensión se había adueñado del ambiente al mencionar a Susannah, y Candy lamentaba profundamente haber sacado el tema. Estaba confundida por aquellas revelaciones … necesitaba analizarlas más detenidamente, pero sabía que aquel no era el momento. Entonces decidió ponerse de pie y situarse al lado de Terry. Bajo la tenue luz observó su mentón, la mandíbula tensa. Instintivamente, tocó su brazo con ternura y Terry giró rápidamente la cabeza para atraparla en su mirada. Decía tanto aquella mirada … lo que no podían decirse con palabras. Candy perdió toda cautela y sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Aquel … aquel era el muchacho que la amaba … la dulce mirada azul que le hacía temblar de excitación … y ahora de pasión. No la tocaba, y sin embargo, Terry sabía qué cuerda afinar para adentrarse en su alma. Terry, amor mío, ¿es que no lo ves? Todos estos años … jamás he dejado de quererte. Terry alzó lentamente su mano y puso detrás de la oreja un rubio rizo rebelde que rozaba su mejilla. La calidez de su mano hizo que a Candy le hormigueara todo el cuerpo con una sensación hasta ahora desconocida. Súbitamente, deseo sentir sus labios. Ninguno de los dos respiraba. Estaban tan cerca …

De pronto la puerta se abrió bruscamente dando paso al camarero y sobresaltando a ambos. El hechizo se rompió. Se apartaron un poco. Candy no sabía si estar agradecida al camarero por salvarla de sí misma o por el contrario, enojada por haber interrumpido aquel momento perfecto.

- Lamento la interrupción. – El hombre parecía compungido. – Venía a preguntarles si necesitaban algo más.

- No, todo correcto. – Terry se acercó a la mesa, donde anteriormente habían depositado una nota y firmo el documento entregándoselo al camarero.

- Gracias, Sr. Graham. – Terry se giró hacia Candy.

- Aún es pronto. ¿Te apetecería dar un paseo conmigo? – Señaló el jardín que se extendía ante ellos. – Es un hermoso jardín. – Candy le dedicó su brillante sonrisa.

- Me encantaría.

El camarero trajo sus abrigos y Terry ayudó a Candy a ponérselo. Las manos masculinas se posaron suavemente por un instante en los hombros de ella, y Candy creyó sentir un ligero temblor en ellas, pero al girarse lentamente para encontrarse con su mirada, Terry parecía sereno. Entonces tomó su mano y la puso en el hueco interior de su brazo mientras salían al exterior.

La noche era fresca, pero luminosa. Era agradable ir del brazo de Terry por los intrincados caminos, mientras las lejanas luces nocturnas de Chicago iluminaban sus pasos. La conversación se volvió distendida de nuevo. Candy le habló de Annie y Archie, de Albert, y Terry habló de su madre. En un punto de la conversación, Terry se paró y la miró.

- Lamenté mucho la muerte del otro hermano … el chico de las gafas, el inventor. – El rostro de Candy se entristeció. – Era un gran tipo.

- Sí, sí que lo era.

- ¿Qué fue de su amiga … aquella chica pequeña y tímida?

- ¿Pequeña y tímida?¿Te refieres a Patty? Se fue a Florida, a vivir con su abuela. Pero precisamente mañana vuelve a … ¡Oh, Terry! – Candy soltó un gritito, sobresaltándolo. – Mañana se celebra una fiesta. Bueno es … - Se encogió de hombros graciosamente. - … es mi cumpleaños. Lo celebramos en la mansión Andrew. Me encantaría que vinieras.

- ¿Una fiesta? ¿Mañana? – Terry frunció el ceño y de pronto, sonrió con picardía. – ¿Para celebrar una nueva peca en esa naricilla? – Entoces se acercó tanto a su rostro que Candy contuvo el aliento. – Después de tantos años y todavía no se te han ido las pecas … Dios mío, tienes muchísimas. - Silbó Terry.

- ¡Terry! ¡Eres insufrible! – Bufó Candy poniendo los brazos sobre el pecho y levantando la nariz altiva. – No cambiarás nunca. - Le hizo una mueca. - Sabes que me encantan mis pecas. – Él se echó a reír, apartándose un poco de ella.

- Y sabes que a mí no me gustan mucho las fiestas, Pecas. – Candy sintió que la desilusión la invadía.

- Todos estarían encantados de verte, y yo … - De pronto calló. Súbitamente fue consciente de que tal vez aquella fuera la última noche que estaría con él en mucho tiempo. Se volvió hacia el mirador y se apoyó en la barandilla sin poder evitar que la tristeza la embargara.

Terry tras ella, apretó los puños. Su rostro se había transfigurado. Estaba siendo una noche dura. Debía contenerse en todo momento para no atraparla entre sus brazos. Debía recordarse en todo momento no perder la calma. Su dulce Candy … sabía que iba a sentir … pero estaba sintiendo tanto que dolía.

Entonces Candy sintió que Terry le ponía su propio abrigo sobre los hombros y se volvió sorprendida.

- No, Terry, te enfriarás …

- Hace frío. No quiero ser el culpable de que pases tu aniversario en la cama resfriada.

- Pero tú … si caes enfermo … la función … - Él se encogió de hombros y sonrió.

- Debo confesarte que unas vacaciones no me vendrían nada mal.

El abrigo desprendía el aroma de Terry, y Candy se lo apretó más contra su cuerpo. Sentía una dulce melancolía, una tierna tristeza que le producía ganas de llorar. ¿Volverían a verse? ¿Volverían a estar juntos? Mientras observaba desde el mirador, descubrió varias parejas paseando por los caminos. Algunas abrazadas, algunas besándose apasionadas … un suspiró involuntario escapó de sus labios. Terry siguió su mirada y después, volvió a su rostro, ese hermoso rostro que lo volvía loco, y sintió una punzada en el pecho. Qué acertado fue quien dijo que el verdadero amor dolía.

- Déjame confesar que somos dos,

aunque es indivisible el amor nuestro,

así las manchas que conmigo quedan,

he de llevar yo solo sin tu ayuda.

No hay más que un sentimiento en nuestro amor

si bien un hado adverso nos separa,

que si el objeto del amor no altera,

dulces horas le roba a su delicia.

No podré desde hoy reconocerte

para que así mis faltas no te humillen,

ni podrá tu bondad honrarme en público

sin despojar la honra de tu nombre.

Mas no lo hagas, pues te quiero tanto

que si es mío tu amor, mía es tu fama.

Los versos habían salido inesperadamente de sus labios, con su voz profunda, de barítono, desde el fondo de su alma, en un dulce susurro. Candy parpadeó un par de veces, antes de que sus ojos se desbordaran sin remedio. Un sollozo escapó de sus labios mientras se llevaba la mano a la boca. Instintivamente, Terry la tomó por los brazos.

- Candy, por favor, no llores, yo …

- Oh, Terry …

Y sin poder evitarlo, se abrazó a su cuello, enterrando el rostro en su pecho. Él la abrazó por la cintura, el rostro tan cerca de su cuello que Candy pudo sentir su aliento. Él murmuró algo que al principio no pudo entender, por lo que Terry lo repitió cerca de su oído.

- No soporto verte llorar, mi amor, nunca he podido …

Entonces él aflojó un poco el abrazo mientras Candy sentía su aliento húmedo en la mejilla y después en sus labios. Y la besó. Sus labios se unieron, suavemente al principio, mientras Terry intensificaba el beso. Miles de sensaciones estallaron a la vez en el cuerpo de ambos cuando sus bocas se unieron por fin, algo que difícilmente podían controlar. Candy gimió e instintivamente abrió la boca un poco, a lo que Terry, tras un segundo de duda, profundizó el beso en una forma como nunca antes habían compartido. Las reacciones que se estaban suscitando en ambos por dicho beso encendieron las alarmas en el cerebro de Terry. Debían detenerse, antes de perder completamente el control. Con una mano en la mejilla de ella, Terry fue reduciendo poco a poco la intensidad de sus pasiones hasta que se separó suavemente, apoyando la frente en la de ella, mientras sentía el aliento agitado de Candy en su boca.

- Candy … ¿supongo que vas a abofetearme? – Ella de pronto se echó a reír, echando la cabeza hacia atrás, en una forma que a Terry le pareció encantadora.

- Creo que esta vez puedes estar tranquilo.

- Me alegro. – Sonrió él. - Porque volvería a hacerlo una y otra vez.

- ¡Terry! - El rostro de Candy se encendió como las brasas, mientras intentaba apartarse.

- iOh, vamos, ven aquí, bromeaba. – Rió él, reteniéndola. Pero de pronto sintió un escalofrío por el aire nocturno y la apretó más contra su cuerpo. – Aunque creo, querida, que desgraciadamente vamos a tener que dar por finalizado nuestro paseo … o corro el riesgo de morir congelado.

Después del beso, Candy no fue muy consciente de cómo llegó a su apartamento. Estaba envuelta en una nube de irrealidad e incredulidad. Aquel beso … aquel beso había desnudado sus almas. ¿Podía ser cierto? ¿Terry la seguía amando? Recordaba cómo volvieron al restaurante semi abrazados, cómo en el auto Terry entrelazó sus dedos con los suyos mientras la miraba entre sombras. Hablaron muy poco, ambos abrumados por un millar de sentimientos. Candy se sentía tan agitada, confusa … su piel ardía por el simple contacto de sus dedos, de su mirada …

Se sorprendió cuando el auto se detuvo en su calle, frente a su apartamento.

- ¿Es aquí? – Preguntó Terry mirando el edificio. Ella asintió. Mi querida Pecas … Pensaba él. Seguro que todo Chicago puso el grito en el cielo cuando decidiste vivir sola. Mi chica impetuosa y revolucionaria. La miró con profunda dulzura. Sigues tal y como te imaginaba.

- ¿Qué sucede? – Le sonrió Candy. – Dime la verdad, ¿te escandaliza que haya decidido vivir sola en mi propio apartamento? – Terry la miró divertido.

- ¿Y si así fuera?

- No serías el primero … - Bufó ella, encogiéndose de hombros. – No sabes lo que Albert ha tenido que lidiar con la familia por esto.

- Lo imagino. – Rió él. – Pero en mi caso, no esperaba menos de ti.

Cuando Candy se giró para mirarlo él tomó su rostro entre las manos y antes de que pudiera darse cuenta, volvió a apoderarse de su boca. Y Candy volvió a rendirse a él, a sus labios, a su lengua … hasta que, antes de lo deseado, Terry volvió a separar sus bocas lentamente.

- Aquí me despido como deseo, mi amor …. aunque no quisiera tener que despedirme …. – Susurró en sus labios, y Candy se estremeció. – Y ahora te acompañaré a la entrada, como un buen caballero.

Terry salió del automóvil abriendo la puerta de Candy para que ella descendiera y echaron a andar cogidos del brazo hasta el portal de acceso al edificio donde ella residía.

- ¿Qué tienes planeado hacer mañana en tu día especial? – Preguntó Terry.

- Bueno … aprovecharé que estoy aquí para darme una vuelta por el hospital. Y después, comeré con Albert. Ya es una tradición – Rió ella. – Luego nos deberemos preparar para la fiesta. ¿Tienes función mañana?

- No. – Se hizo el silencio entre ellos. Terry la observaba divertido. - ¿Por qué no me lo vuelves a pedir?

- ¿El qué? – Ella fingió inocencia.

- Vamos, lo estás deseando …

- No sé de qué me hablas.

- ¿Con quién ibas a bailar si no? ¿Qué pobre desgraciado podría seguir tu ritmo? – Ella se echó a reír, siguiéndole el juego que habían aprendido a jugar hacía ya tanto tiempo.

- ¡Vaya! Veo que sigues siendo el tonto presumido de siempre, Terrence Grandchester. Para tu información, soy una bailarina estupenda, dudo que ahora tú pudieras seguirme el ritmo. - Terry se acarició la barbilla con mirada traviesa.

- Está bien … veremos. – La miró petulante, mientras Candy le sacaba la lengua. – Dios mío, ¿qué dirían los Andrew si te vieran ahora? Esas no son formas de comportarse de una dama.

- Sacas lo peor de mí, Terry, eres imposible … - Candy puso los ojos en blanco.

- Pero también lo mejor. – Dijo él. Cogió su mano y depositó un suave beso en el dorso. – Feliz cumpleaños, Pecas.

Ella apenas se dio cuenta de que contenía el aliento mientras observaba como su atlética figura se volvía a meter en el automóvil y se perdía en la noche.