Despertó con un sobresalto y se incorporó en la cama, desorientada. Había pasado una mala noche, no había podido dormirse hasta bien entrada la madrugada. Demasiadas emociones. Ya no sabía lo que era real y lo que no. Habían sucedido demasiadas cosas.

Aun no podía creérselo. Instintivamente, se tocó los labios con los dedos y su mirada se tornó soñadora. Su forma de besar … aquellos besos no eran de un viejo amigo que quisiera retomar una amistad. ¿Qué sucedería a partir de ahora? Se abrazó a sí misma y se tumbó de nuevo en la cama. Tenía los sentidos a flor de piel, no recordaba la última vez que se había sentido tan viva. Sus ojos, sus labios, sus dedos … tenía cada momento grabado en su mente a fuego lento. De pronto él había irrumpido en su vida y había puesto patas arriba su corazón. Pero, ¿cómo iba a ser de otra forma? Ella jamás había podido ocultar sus sentimientos por él. Jamás había dejado de amarlo. Y su amor, lejos de decaer por el paso del tiempo, se había fortalecido, se había vuelto más maduro, más fuerte si cabe. Pero …

Volvió a incorporarse bruscamente, los ojos aguamarina abiertos de par en par. Todo lo de Susannah … meneó la cabeza y frunció el ceño.

Él había cambiado, sin duda. Se llevó las manos a las mejillas y notó el calor que emanaba de ellas. Estaba ruborizada. Terry ya no era un muchacho. Ya no era el muchacho que ella recordaba. Pero, ¿era ella la misma chica? Sabía que no. Lo que había sentido anoche … lo que sabía que ambos habían sentido anoche … nunca lo había experimentado. Tal vez el amor que sentía por Terry estaba entrando en un plano distinto … algo que la había pillado totalmente desprevenida. De pronto no sabía qué hacer, cómo proceder. ¿Qué era lo que sentía Terry? ¿Qué era lo que deseaba? Un simple beso … se rió de sí misma. Vamos, Candy, no ha sido un simple beso y lo sabes.

Respiró profundamente, notando que sus latidos se habían acentuado. El simple hecho de pensar en él, en su rostro, en sus labios … hacía que perdiera totalmente el control de sí misma. ¿Acudiría esa noche a la fiesta tal y como había insinuado? Entonces se levantó de un salto del lecho, corriendo al baño. El tiempo se le había echado encima, tenía innumerables cosas que hacer.

La luz de la mañana hizo que frunciera el ceño despertando de la bruma de un dulce sueño. Apenas había cerrado los ojos, desbordado por todas las emociones de la noche anterior. Se desperezó y se incorporó en las almohadas. Su primer pensamiento fue para ella. No podía expresar con palabras lo que sentía. ¿Ella lo amaba? Aún lo amaba … ¿verdad? No podía creer que la vida le brindara una segunda oportunidad. Una oportunidad que no iba a desaprovechar esta vez.

Su característica media sonrisa curvó sus labios rememorando la noche anterior. Había sido toda una prueba de autocontrol no tomarla en sus brazos y hacerle el amor en el primer cuarto vacío que encontrara. Su deseo por ella lo abrumó. Jamás había sentido algo así. Pero jamás se permitiría hacer nada para lo que Candy no estuviera preparada. Ella era su dama, su preciado tesoro. Su compañera de vida. O eso esperaba pronto. Pero, maldita sea, cómo la deseaba.

Se levantó de la cama y se acercó a la ventana, abriéndola para aspirar el fresco aire matutino y así poder despejar sus pensamientos. Solo llevaba un pantalón de pijama, por lo que al entrar en contacto con el aire frío, se estremeció. Fue como si le echaran un jarro de agua fría, ya que sus pensamientos derivaron a temas menos placenteros. La noche anterior habían quedado tantas cosas en el aire, tantas cuestiones no dichas … pero, ¿qué esperaba? Tal vez era mejor así. Debía conservar la cabeza fría para tener una larga conversación con Candy. Porque sabía que dicha conversación era necesaria si querían emprender algo juntos. Pero iba a ser realmente difícil conservar la cabeza fría con ella a su lado. Nunca creyó posible desearla aun más de lo que ya la había deseado todos aquellos años, pero así era, de hecho. Frunció el ceño al recordar el bello rostro de Candy al mencionar sus sentimientos por Susannah. Se había quedado tan confusa … ¿decepcionada? No había querido seguir con ese tema. Era su primera vez juntos después de tanto tiempo, demasiado tiempo ...

Cerró la ventana, apagando de camino al baño el cigarrillo en un cenicero y abrió el grifo de la bañera. Esperaba que el agua se llevara los malos pensamientos. Esa noche estaba invitado a una fiesta especial. Rió pícaro recordando la turbación de Candy, su deseo porque él fuera a su fiesta de cumpleaños, su desilusión … el delicioso juego de ingenios que tan bien sabían jugar desde que se conocieron. Eran dos almas que encajaban tan a la perfección como si fueran una sola. Así había sido siempre, desde la primera vez que sus ojos se encontraron.

Una vez llena la bañera, se metió en la tina suspirando. ¿Qué esperaba de esa noche? Lo ignoraba. Estaba nervioso, alterado, no parecía él mismo. Durante aquellos años, con la madurez, vino cierta serenidad. Se mantenía distante, y en público era frío y sobrio, no dado a actos sociales ni a prodigarse mucho con los medios. A base de experiencias, la prensa y el público lo habían aceptado tal y como era, ya que era incuestionable que poseía gran talento para la actuación. Pero con Candy todo cambiaba. Sonrió con dulzura. Siempre había sido así. Entonces se deleitó rememorando su aspecto la noche anterior. Aquel vestido, su rostro … instintivamente su cuerpo comenzó a responder al recuerdo de Candy y se removió en la tina. Era tan sensual, seductora … y Terry sabía que Candy ni siquiera era consciente de ello. Y sus besos … Al principio tan irresistiblemente insegura, pero después … ¡le correspondió! ¡Le correspondió con un ardor igual al suyo! Y entonces casi me flaquean las rodillas. No sé cómo lo pude resistir. Has aprendido a besar, querida, vaya que sí.

Decidió no seguir demorándose en dichos pensamientos, ya que su cuerpo estaba reaccionando a fantasías con el cuerpo de Candy no aptas para dicha hora del día. Tenía demasiadas cosas que hacer antes de que llegara la noche.

Media hora después, entraba en el comedor del hotel elegantemente enfundado en un traje gris a juego con un chaleco color vino y un sombrero, llevando su gabardina colgada del brazo, para disfrutar de su desayuno.

- ¿Sr Graham? – El camarero se acercó a su mesa.

- ¿Sí? – Levantó justo los ojos del periódico que estaba leyendo para notar su presencia, sin mirarlo.

- Hay un caballero que pregunta por usted. – Entonces Terry se giró para mirar al camarero intrigado. – Aquel caballero de la barra, señor. – Señaló el hombre. Y entonces, Terry se encontró mirando a los risueños ojos azules de William Albert Andrew.

Terry se levantó de la mesa al tiempo que Albert se acercaba con una gran sonrisa en el rostro.

- ¡Terry! ¿Cómo estás? – Ambos hombres se estrecharon la mano y Albert le palmeó el hombro con afecto. - ¿Me perdonas por haber fallado en mi compromiso anoche?

- Te perdono. – Sonrió Terry, y al mirarse a los ojos, Albert se echó a reír.

- Me alegro. Pero dime, ¿tuvisteis una agradable velada?

- Sí, muy agradable. – Terry desvió la mirada para no revelar a Albert más de lo necesario, algo que no pasó desapercibido al empresario. – Pero, ¿no has estado con Candy?

- De hecho, sólo un momento, a primera hora, cuando me he pasado por la clínica a saludarla. – Se encogió Albert de hombros. – He tenido una reunión de negocios muy temprano, y acabo de terminar. Hemos quedado para comer, pero decidí pasarme a saludarte.

- Oh …bueno, el caso es que Candy me ha invitado a la fiesta de esta noche, así que …

- ¡Fantástico! – Le cortó Albert risueño. – Me ha leído el pensamiento. Precisamente, me disponía a hacer lo mismo. Escucha, ¿estás muy ocupado esta mañana? – Terry se encogió de hombros, pillado por sorpresa.

- Bueno, tenía que acercarme al teatro un momento, para concretar unos detalles con Nathan. Nathaniel Scott, el director de la compañía. –Aclaró Terry.

- De acuerdo. ¿Te llevará mucho tiempo? Si te apetece, puedo acompañarte y después, podríamos pasarnos por la clínica de Candy a buscarla. Sé que le encantaría que comieras con nosotros. – Albert lo miró inocentemente. – Si no tienes otros planes, claro. – Terry observó fijamente a Albert por un momento. No había nada extraño en aquella cara de ángel rubio que lo miraba con una jovial sonrisa. O es un excelente actor, o de hecho, parece estar de mi parte para que todo salga según mis planes. Meneó la cabeza y no pudo evitar sonreír.

- Me parece bien.

Dicho y hecho. Los dos hombres se acercaron al teatro dando un agradable paseo por las calles de Chicago. Terry siempre se sorprendía de lo agradable y fácil que era estar con Albert, hablar con Albert. También recordaba que siempre había sido así, desde el inicio de su relación, allá en Inglaterra, cuando estaba en el colegio San Pablo. Ahora podía entender un poco mejor la relación de Candy con su tutor. Aunque no siempre había sido así. A veces, el demonio de los celos venía a picarlo con su daga envenenada. Sabía que Albert era el tutor de Candy, su protector, su padre adoptivo, pero también era su amigo, su hermano del alma, un hombre muy atractivo y apenas unos pocos años mayor que ella. Terry sabía lo profunda y estrecha que se había hecho dicha relación a lo largo de los años. Albert siempre había estado allí para Candy, mientras que Terry no. ¿Por qué no podía ser posible que aquella devoción, aquel cariño, se hubiera convertido en amor?

- De pronto te has puesto muy serio, amigo. – La voz de Albert interrumpió sus cavilaciones. Terry meneó la cabeza e intentó restarle importancia.

- En absoluto.

- Supongo que tienes mucho en que pensar. – Terry lo miró sorprendido.

- ¿A qué te refieres?

- Vamos, Terry, ya lo sabes. – Albert ahora lo observaba seriamente. – Lo siento, pero debo preguntar: ¿qué intenciones tienes respecto de Candy? – Terry sonrió con ironía.

- Me esperaba esa pregunta, tarde o temprano.

- ¿Y te sorprende? – Albert lo miraba inquisitivo. El rostro de Terry se nubló ligeramente, pero sostuvo la mirada de Albert.

- No, no me sorprende, Albert. Al contrario, me parece normal que la hagas. Y te diré, que mis intenciones son las más honorables. – Albert asentía despacio.

- Imagino que tenéis mucho de qué hablar.

- Sí, es cierto. Pero, si puedo aspirar a su amor, no quisiera volver a separarme de ella jamás. – La vehemencia y la seguridad de las palabras de Terry sorprendieron a Albert, pero nada más dijo, y ambos hombres continuaron caminando en silencio, cada uno sumido en sus pensamientos.

En el teatro, Terry mantuvo una pequeña reunión con su director, mientras Albert lo esperaba en un club cercano, tomando un café. Después, volvieron a reunirse, y continuaron camino hacia el hospital de Candy.

- ¿Serías sincero conmigo, Albert? – Terry encendió un cigarrillo mientras caminaban. - ¿Realmente te alegrarías si Candy y yo termináramos juntos? – Albert aspiró profundamente antes de responder, levantándose un poco el ala de su sombrero.

- Sabes que quiero a Candy, Terry. – Los ojos azules de diferente tono de ambos hombres se encontraron. – La vi por primera vez cuando tenía seis años: un perfecto angelito llorón. – Albert sonrió dulcemente. –Y desde entonces me conquistó. Siempre he deseado su felicidad. No podría haberla amado más si fuera de mi propia sangre. Es una hermana, una amiga … es mucho para mí. – Terry se percató de que estaba conteniendo el aliento. – Pero también ha sufrido mucho. Desgraciadamente, la he visto demasiadas veces llorar. – Ambos hombres se habían detenido en el puente, mirando las aguas que se extendían más abajo. – Y también reír. – Albert sonrió, los ojos azules llenos de recuerdos. – Es pura alegría. Es luz. –Terry asintió despacio. Albert ponía en palabras todo lo que él pensaba de Candy. – Sólo he visto dos veces en toda su vida peligrar esa luz interior que posee. Y me asusté. – Terry miró a Albert intrigado, frunciendo el ceño. – La primera vez … cuando Anthony murió. – El simple hecho de escuchar ese nombre, hizo que Terry apretara los puños. Pero se abstuvo de hacer comentarios. Albert había guardado silencio, mientras observaba el río, aparentemente absorto en sus pensamientos.

- ¿Y la segunda? – Susurró Terry. Entonces Albert se volvió a mirarlo, serio el semblante.

- Cuando volvió de Nueva York, cuando os separasteis. La luz desapareció de sus hermosos ojos durante mucho tiempo, Terry … demasiado tiempo. – Terry bajó la vista, incapaz de sostener la mirada de Albert por más tiempo.

- Fue … fue algo muy duro … - Apenas encontraba las palabras para definir aquellos sentimientos.

- Lo sé, lo sé. – Albert levantó la mano y la apoyó en su hombro. – No te estoy juzgando. Ese tema es algo que tenéis que debatir vosotros, sólo os concierne a vosotros dos. Lo que quería decir, para responder a tu pregunta, es que hacía tiempo que no veía esa luz en sus ojos … hasta esta mañana. – Terry se volvió a mirarlo, intrigado, y Albert sonrió. – Esta mañana su mirada tenía ese brillo especial. – Albert asintió. – Como la tiene la tuya. – Rió ante el gesto de sorpresa y turbación de Terry. – Sí, sería feliz por vosotros, sé que formaríais una pareja muy interesante. – Soltó una carcajada, pegándole en el hombro en un gesto amistoso. – Anda, vamos, que se nos hace tarde.

Continuaron camino por el puente, en silencio. Terry sintió que la mano le temblaba al dar una calada al cigarrillo. Estaba nervioso. ¿Realmente? Pensaba. ¿Ella me quiere? ¿Me querrá cuando sepa toda la verdad? ¿Querrá compartir su vida con alguien como yo? El simple hecho de saber que en unos minutos volvería a ver su hermoso rostro, hacía que el corazón le latiera más rápido. ¿Qué haría si ella lo rechazaba? ¿Qué haría sin ella? Había esperado tanto tiempo para poder volver a estar a su lado … ¿le jugaría el cruel destino una mala pasada?

- Ya hemos llegado. – La voz de Albert lo sacó de su ensimismamiento.

Albert le señalaba un pequeño edificio al final de la calle, con un pequeño jardín en un extremo. Era más bien una casona de dos plantas reformada con gusto y ojo práctico, adaptada para ser una especie de clínica, ante la cual, en aquel preciso momento, una serie de personas de todas las edades se hallaba reunida a la espera de poder entrar.

- La clínica no da beneficios, de momento. – Explicó Albert con ojos brillantes. – Pero ella sigue luchando día y noche. Atendiendo a todo el que lo necesita, a quien no puede costearse sus servicios … simplemente, a quien necesita ayuda. – Rió suavemente. – Jamás me ha aceptado ni un centavo, ni ha utilizado el que tiene a su disposición. Todo lo que ves, lo ha logrado con trabajo y esfuerzo. No puedo por más que sentir honda admiración.

- Y yo. – Susurró Terry. Los ojos azules recorrieron lentamente el lugar. Candy … siempre ayudando a los demás, siempre desbordando energía, alegría, amor … ¿realmente se merecía él a alguien así? No le llegaba a ella ni a la suela del zapato.

- El Dr. Martin la ha ayudado mucho, y también se han incorporado a la plantilla Mary y Britanny. – Continuaba Albert. – Dos enfermeras tituladas. Poco a poco, están saliendo adelante.

Los dos hombres se abrieron paso entre la gente lentamente para poder acceder al lugar. Terry constató que los pacientes eran gente humilde, y que ellos destacaban excesivamente con sus elegantes atuendos. La gente los miraba disimuladamente y Terry, a pesar de estar sobradamente acostumbrado a ser el centro de atención, se sintió turbado e incómodo entre todas aquellas personas. Sabía que no lo miraban por haberlo reconocido ni por admiración. Simplemente lo miraban con tristeza, tal vez imaginando una vida que probablemente nunca disfrutarían. Inexplicablemente, la congoja se apoderó del corazón de Terry.

- ¿Puedo ayudarlo, caballero? – Una joven lo miraba sonriendo ruborizada desde el otro lado del mostrador de atención de la entrada. Pocas veces había visto a un hombre tan atractivo como aquel, a excepción de los parientes de Candy, y menos en aquella clínica.

- Viene conmigo, Lucy. – Albert apareció tras Terry, y la joven se ruborizó aun más.

- ¡Oh, claro, Sr. Andrew! – Sonrió la joven. - ¿Cómo está?

- Estupendamente. – Albert le guiñó un ojo. – Pero aquí mi amigo … realmente, no se encuentra muy bien. – Chasqueó la lengua y Terry lo miró sorprendido, arqueando una ceja. – No puede respirar … dice que le duele el corazón. ¿Crees que Candy le podría echar un vistazo? – Albert era la inocencia personificada y Terry tosió, intentando disimular una carcajada. La joven rió.

- Creo que está ocupada, pero veré lo que puedo hacer.

- Pero no le digas que estamos aquí, Lucy, por favor, simplemente, hazlo pasar.

La joven se perdió por el pasillo y Terry se alzó de hombros divertido.

- ¿Qué pretendes?

- ¿Yo? Nada en absoluto. – Albert lo miró fingiendo sorpresa. – Sólo que creo que deberías mirarte ese corazón. He notado que te agitabas un poco cuando cruzábamos el puente. - Terry se echó a reír meneando la cabeza, al tiempo que la joven Lucy regresaba y le hacía un gesto para que la siguiera por el pasillo. – Dile que se apresure. – Oyó que le decía Albert mientras seguía a la joven hasta una puerta al fondo. La joven tocó con los nudillos y abrió la puerta, invitándole a pasar con una sonrisa.

- ¡Adelante! – Escuchó la voz cantarina de Candy.

Al entrar, observó que se trataba de una pequeña habitación destinada a curas y cuidados menores, una especie de botiquín. Candy estaba de espaldas a él, frente a una camilla, haciendo algo que Terry no veía. Iba vestida de enfermera, el rubio cabello recogido en un rodete. Terry se regaló la vista un momento apreciando sus suaves curvas bajo el uniforme.

- Por favor, siéntese en la camilla, enseguida le atiendo.

Él se quitó el abrigo y el sombrero e hizo lo que le decía. Al darse la vuelta, la sonrisa de Candy se le congeló en el rostro y abrió desmesuradamente los ojos aguamarina.

- ¡Terry! ¿Qué …? – Él reía. - ¿Qué estás haciendo aquí? – Candy miró alrededor, meneando la cabeza confundida.

- Lo cierto es, querida enfermera Pecas, que me duele un poco el corazón. – Terry hizo un gesto teatral y desplegó todas sus armas de actuación. Candy intentó disimular la risa y frunció el ceño, fingiéndose ofendida.

- Terry, esto no tiene gracia. Estoy trabajando, y yo ….

- ¡Oh, lo sé, lo sé! Jamás osaría interrumpir su trabajo, enfermera Andrew. – Terry intentó fingir inocencia, sin resultado. Vaya, le salía mejor a Albert. Candy lo miró con picardía.

- Veamos … ¿el corazón ha dicho? – Él comenzó a temer esa mirada.

- Bueno , en realidad ya me encuentro mejor … - Candy se le acercaba lentamente y cogió de pasada una jeringuilla de la mesilla de instrumental. Inconscientemente, Terry se levantó de la camilla con las manos en alto. – Candy, era una broma … vamos, no te atreverás … - Ella soltó una carcajada.

- Vaya, no sabía cómo podía tenerte bajo control, Sr. Grandchester, ahora lo sé. – Terry volvió a sentarse en la camilla con un brillo travieso en los ojos y de pronto, la agarró por la cintura acercándola a él.

- ¡Terry! – Protestó ella. Sus rostros quedaron muy cerca el uno del otro y Candy contuvo el aliento.

- ¿Tenerme bajo control? – Susurró él, perdido en los ojos de ella. – No te das cuenta … ¿verdad?

- Yo … - El pulso de Candy latía frenético en sus sienes. Terry observaba lentamente su rostro, sus labios … aquellos ojos azules la volvían loca. No quería apartarse, y sin embargo …

- ¿Decías? – Dios mío, ¿cómo podía ser tan atractivo? Candy carraspeó, intentando recobrar la compostura y separándose un poco, pero él la retuvo en su abrazo. Alzó lentamente una mano y acarició suavemente el labio inferior de Candy con el dedo. Su cerebro le gritaba que parara, pero no podía, simplemente, no podía.

- No … ¿no decías que te dolía el corazón? – Preguntó ella con voz ronca e hizo amago de moverse hacia la mesita del instrumental, pero le costaba apartarse de aquella mirada que la tenía clavada en el sitio como un imán.

- De hecho me duele … - Susurró él. – Me duele desde que ayer por la noche unos ojos del color del mar me atraparon para siempre. – Su aliento rozaba las mejillas de Candy y el ya familiar hormigueo que sentía sólo en presencia de aquel hombre, se extendió por toda su piel. – Pero tengo la cura, mi querida enfermera. – Terry se acercaba lentamente a su boca. Dios mío, ¡va a volver a besarme! Pensó ella, e inexplicablemente, quiso que lo hiciera. Se moría por volver a ser besada por él.

La constatación de ese hecho la sorprendió e hizo que se ruborizara totalmente. ¿Aquello era lo que denominaban deseo? ¿Estaba sintiendo en su piel aquel abrasador sentimiento? Sabía que sí. Nadie tenía que explicárselo. Deseaba que aquel hombre la besara, la tocara … su sola presencia la hacía temblar … perder el control. Jamás había sentido nada igual por otro hombre.

Entonces, súbitamente tocaron a la puerta y el hechizo volvió a romperse, haciendo que ambos se sobresaltaran. Candy pudo apreciar el gesto de absoluto fastidio de Terry, y sonrió, pero se apartó rápidamente con el rostro totalmente encendido.

- No puedo creerlo. – Bufó él dejándola libre, al tiempo que el Dr. Martin entraba en la habitación.

- ¡Oh! Vaya, lo lamento, no sabía que estabas con un paciente, Candy.

- No, no, no se preocupe. – Candy hizo un ademán con la mano para que se acercara, intentando sonreír y que el buen doctor no notara su turbación, mientras Terry se incorporaba recogiendo su abrigo y su sombrero. – Dr. Martin, le presento a Terrence Graham. – El doctor rondaría los sesenta años y tenía un rostro agradable, de buena persona, alguien que inspiraba confianza mientras alargaba la mano con una ancha sonrisa.

- Sr. Graham, es un placer conocerle.

- Lo mismo digo, doctor. – Terry le estrechó la mano.

- Candy me ha hablado de usted. – Terry enarcó una ceja, pero el doctor ni siquiera lo advirtió. Hizo un travieso gesto con la mano. – Rápido, joven. Sáquela de aquí y vayan a pasear o a donde quieran. Por hoy ya ha trabajado bastante. Deben aprovechar el tiempo, ustedes, los jóvenes. – Terry sonrió y el Dr. Martin miró a Candy intentando parecer severo. – Vamos, fuera de aquí. No debes hacer esperar más a este joven. – Ella rió y apoyó una mano afectuosamente en el brazo del médico.

- Está bien, está bien, voy a cambiarme. – Se dirigió a Terry. - ¿Me esperas? No tardo nada.

- Claro, te esperaré fuera con Albert.

- ¿Has venido con Albert? – Candy lo miró sorprendida, y Terry asintió.

- Así es. Vino esta mañana a buscarme al hotel … y me ha invitado a comer con vosotros. – Sus ojos zafiro brillaron observándola. – Si no tienes inconveniente, claro.

- No … por supuesto que no. – No pudo evitar ruborizarse de nuevo, y Terry sonrió con picardía mientras se ponía el abrigo y el sombrero.

Candy apenas oyó cómo el doctor se despedía de Terry mientras ella subía las escaleras hacia el piso de arriba para cambiarse de ropa y asearse para ir a comer. Entró en el cuarto que usaban como guardarropa y se apoyó en el tocador, mientras se apretaba las encendidas mejillas con las manos y se observaba en el espejo. Dios mío … Suspiró. Me siento como una adolescente … cuando está cerca yo … Detuvo sus pensamientos y frunció el ceño. Su rostro se nubló. ¿Hacia dónde nos encaminamos? Sí, es cierto que hay muchos sentimientos entre nosotros, pero … Terry se marchará tarde o temprano, y ¿entonces? ¿Volveré a verle? ¿Él querrá …? No se atrevió a finalizar la frase en su mente. Apretó los puños y los labios con determinación y comenzó a prepararse.

Observó detenidamente el vestido que había llevado allí para ponerse para la ocasión. Se alegraba de haberse decidido por aquel elegante vestido. Lo había hecho principalmente por Albert, porque sabía que se sentiría complacido de ver cómo ella había hecho el esfuerzo de ponerse uno de los incontables sofisticados vestidos que amontonaba en su armario, casi todos regalos del propio Albert. Ahora se alegraba doblemente. Al menos estaría a la altura del sofisticado Sr. Graham. Rió y meneó la cabeza, comenzando a vestirse.

Ambos hombres se rindieron a la belleza rubia que los saludó unos minutos después en la sala de espera de la clínica. Candy llevaba un vestido del color exacto de sus ojos que le llegaba hasta las pantorrillas y unos zapatos de tacón alto, a juego con un elegante abrigo que entallaba su figura y un coqueto sombrero. Se había maquillado y arreglado el cabello y realmente, estaba preciosa. Todo el mundo la elogio y le deseo muchas felicidades.

A partir de ese momento, el tiempo transcurrió rápidamente. Los tres formaban un trío perfecto. Como antaño, se compenetraban perfectamente. La fluida conversación, las risas, los recuerdos, los buenos momentos … todo ello regado con una magnífica comida en un conocido restaurante, en el cual Albert y Candy sufrieron en carnes propias el asedio de los reporteros que intentaban captar algo de Terry, lo que se tomaron con gran sentido del humor.

Una vez finalizada la comida, Albert los sorprendió despidiéndose bruscamente, alegando una ineludible cita de negocios.

- ¿Qué estás diciendo, Albert? No hablarás en serio. - Candy lo miraba con el ceño fruncido.

- Te compensaré, querida, lo prometo. - Le dedicaba él su mejor sonrisa. - Pero no puedo faltar a esta cita, es importante. Os veo esta noche, ¿de acuerdo?

Y se marchó rápidamente, antes de que ninguno de los dos pudiera decir nada más.

Candy apretó los labios. Ya tendría unas palabritas con Albert en la fiesta. Entonces fue consciente de que había vuelto a quedarse a solas con Terry, y el ya familiar rubor volvió a colorear sus mejillas. Lo miró de reojo y lo pilló observándola divertido, bajo el ala de su sombrero. Quiso enfurecerse con él. Su característica actitud irónica y altanera conseguía sacarla siempre de sus casillas. Ahí, apoyado indolentemente contra un árbol con una despreocupada sonrisa, haciéndole ver que ella era la cosa más divertida sobre la faz de la tierra. Hubiera deseado abofetearlo … y al mismo tiempo, quería besarlo. ¿Era eso posible? ¿Se podía estar más atractivo? ¿O se estaba volviendo loca?

- Parece que el viejo Albert nos ha vuelto a dar plantón.

- Um.

- ¿Por qué será?

- ¿Qué insinúas? - Terry se echó a reír y le tendió una mano.

- Vamos, mi querida Pecas, pasea conmigo. Sé lo mucho que te gusta saltar entre los árboles, y tenemos el parque a nuestra disposición.

Antes de que ella pudiera protestar, Terry cogió su mano y la colocó en el hueco de su brazo, echando a andar por el paseo del parque, entre risas y reproches.

El atardecer los sorprendió sentados en un banco, observando cómo las aguas del río cambiaban de color. Había sido una hermosa tarde, paseando del brazo de Terry, riendo … tenía los sentidos a flor de piel. Y supo sin lugar a dudas que había estado esperando constantemente que él la tocara … tal vez que la besara … pero Terry se había comportado en todo momento como el perfecto caballero.

- Vendrás a la fiesta, ¿verdad? - Terry se echó a reír y la miró risueño.

- Te mueres porque vaya, ¿verdad?

- Eres insufrible. - Se volvió a observar el río oyendo la carcajada de él. Notaba los ojos zafiro fijos en su rostro, y comenzó a retorcerse las manos nerviosa y agitada. De pronto se sobresaltó al notar los dedos de Terry en su mejilla. La caricia estaba llena de ternura, pero para Candy fue como un choque eléctrico.

- Perdóname … - Terry parecía turbado. - … no quería molestarte …

- No, no … yo … - Sentía de nuevo el rostro en llamas. - ¿Cuándo … cuándo dejas Chicago? - Su voz había sonado más alta de lo normal, y ella sabía que era porque el corazón le iba a saltar del pecho en cualquier momento.

- Pasado mañana. - Ella asintió. De pronto sus ojos se encontraron. Terry ya no reía, al contrario, su rostro se había nublado con cierta tristeza. Y Candy sintió unos inexplicables deseos de llorar. Carraspeó, y volvió a desviar la mirada. - Candy ...necesito hablar contigo.

- De acuerdo.

- No … no aquí, no ahora. - Terry cogió suavemente su mentón con los dedos e hizo que lo mirara. Ella quedó atrapada por aquellos ojos y contuvo la respiración. - ¿Podríamos volver a cenar juntos mañana? Realmente necesito estar contigo a solas.

¿A solas? Candy notó que le temblaban las manos, pero le era imposible desviar la mirada en aquel momento.

- Cla … claro … - Inconscientemente se vio a sí misma recorriendo lentamente cada línea del rostro masculino, cada curva … y un deseo incontenible de volver a sentir los labios de Terry sobre los suyos subió por su cuerpo haciéndola estremecerse.

- ¿Tienes frío? - Preguntó él suavemente. Ella negó con la cabeza.

- Al contrario … - Sintió que le faltaba el aliento al notar que Terry se aproximaba lentamente a ella sin dejar de mirarla.

Súbitamente un fogonazo de luz deslumbró a ambos mientras varias voces se alzaban a su alrededor. Candy parpadeó confusa, mientras oía cómo Terry mascullaba por lo bajo y la ayudaba a ponerse en pie rápidamente.

- ¡Sr. Graham!

- ¡Sr. Graham, por favor!

- ¿Quién es la joven que lo acompaña?

Candy caminaba rápidamente con Terry llevándola y dirigiéndola por el codo. Le estaba haciendo algo de daño, notaba la tensión en los hombros y mandíbula de él, pero sabía que lo único que quería Terry era protegerla de los reporteros.

- Caballeros, por favor. - Terry se abrió paso entre el pequeño grupo que se había congregado ante el banco del parque, mientras caminaba con Candy rápidamente a lo largo del paseo. Los reporteros los seguían a corta distancia. - He visto una parada de taxis a la entrada del parque. - Susurraba Terry a su lado sin aminorar la marcha y sin mirarla. - Quiero que en cuanto lleguemos te metas en uno y no mires atrás.

- Pero …

- Hazme caso en esto, por favor. - Candy ya respiraba con dificultad, intentando a duras penas seguir el paso de Terry.

Al llegar a la entrada y tal y como había dicho, Terry la metió rápidamente en un taxi, dando órdenes al chófer de alejarla de allí, mientras Candy tartamudeaba la dirección.

Al observar por la ventanilla del auto cómo la alta figura de Terry se alejaba cada vez más de su vista, Candy sintió una punzada en el corazón, como si hubiera sufrido una pequeña pérdida. Al menos, Terry había aceptado su invitación a la fiesta de esa noche. Sólo esperaba que cumpliera con su palabra.