La mansión Andrew estaba completamente iluminada, así como los jardines circundantes. Miles de velas y farolillos adornaban cada rincón de la gran casa, dándole un aspecto romántico y misterioso y acentuando su majestuosidad. La orquesta llenaba de música las estancias llenas de invitados, y el champán y los canapés fluían por doquier. Al fin y al cabo, no era una fiesta tan familiar como había querido dar a entender Albert, ya que podía decirse que merodeaba un centenar de personas por las grandes habitaciones habilitadas para la fiesta.

Un elegante coche se detuvo frente a la puerta principal y un mayordomo corrió a abrir la portezuela, dando paso a una elegante joven, de cabello negro azabache y grandes ojos azules. Era una joven que inmediatamente inspiraba dulzura, ahora aún más acentuada por su avanzado estado de gestación. Annie Brighton Cornwell sonrió a su marido, Archibald, y este le devolvió la sonrisa ofreciéndole su brazo.

- Vamos allá, querida. Ve despacio.

Entraron por las elegantes puertas principales y varios criados se hicieron cargo de sus respectivas prendas de abrigo, mientras ellos saludaban a varios conocidos.

- Patty! – En un extremo del salón, Annie había descubierto a su amiga del internado el Real Colegio San Pablo, Patricia O´Brien, bebiendo una copa de champán. Patty apenas había cambiado en aquellos años. Era una joven de agradable rostro, enmarcado por una lisa y hermosa cabellera color miel y unas pequeñas y finas lentes, casi imperceptibles, bajo las cuales se escondían unos profundos ojos verde esmeralda.

- ¡Annie! – Ambas amigas corrieron a abrazarse. - ¡Pero mírate! – Patty la apartó un poco, observándola de pies a cabeza. – Estás fantástica.

- Parezco una vaca. – Se echaron a reír y Annie se encogió de hombros. – Todavía tengo que esperar otras seis semanas. – Con un gesto llamó a su marido. - ¡Archie! Archie, querido. Mira a quién me he encontrado.

Archie se acercó a ellas y abrazó a Patty con cariño. No la habían vuelto a ver desde hacía ya unos meses, aunque Annie había mantenido el contacto por correspondencia. Patty se había mudado a Florida con su abuela después de la muerte de Stear, y como Annie y Archie sospechaban, se le hacía muy duro volver a aquellos lugares y con aquellos amigos que tantos recuerdos le traían de su amado Stear, el hermano de Archie, muerto en combate.

- ¿Cuándo has llegado? – Le preguntó Archie.

- Esta tarde. Casi a la vez que Candy, se le había hecho tarde. – Rió Patty. – Albert casi estaba al borde de un ataque de nervios.

- ¿Y Candy? – Inquirió Archie con una traviesa sonrisa.

- ¿Candy? – Patty enarcó las cejas. – Ni un pelo se le movía, ya sabes. - Los tres se echaron a reír con ganas. – Albert, como siempre tan encantador, no ha dejado que me quedara en un hotel y me ha hospedado aquí, en la mansión.

- Por supuesto. – Archie le apretó el brazo. – Eres como de la familia.

- Gracias, Archie. – En ese momento a Archibald lo saludó un conocido y se separó un momento de las jóvenes, a lo que Patty pudo cuchichear rápidamente a Annie. – No te vas a creer quién viene esta noche a la fiesta, Annie. – Esta la miró intrigada.

- ¿De quién se trata?

- Terrence Grandchester.

- ¿Qué? – Annie abrió como platos sus grandes ojos. - ¿Cómo …? ¿Lo sabe Candy?

- Claro que lo sabe. – Dijo Patty bajando la voz. – Han sucedido un montón de cosas en apenas unas horas … casi no ha tenido tiempo de darme detalles, pero ….

Annie le hizo un gesto con la mano para que guardara silencio. Archie se estaba despidiendo de su interlocutor y Annie sabía que su marido no se contaba precisamente entre los admiradores de Terrence Graham Grandchester. Parecía que en el colegio habían entablado una especie de tregua por el bien de Candy, pero aquella se había roto definitivamente cuando Archie vio en el estado en que regresó Candy de su viaje a Nueva York, después de romper con Grandchester. Annie sabía que Archie culpaba a Terrence de todo, y que no le perdonaría aquello.

- ¿Ya has estado con Candy? – Preguntó Annie cambiando de tema, mientras su marido volvía junto a ellas.

- Hace un rato que no la veo …

- ¡Annie! ¡Archie! ¡Patty!

El grito los sobresaltó a todos mientras Candy caía sobre ellos abrazándolos.

- ¡Candy! – La riñó Annie. – Sabes que no debes darme esos sustos … - Pero se estaba riendo.

Archie las observaba parlotear riendo unas con otras, con una media sonrisa en el rostro y ojos empañados. Conocía hacía mucho tiempo a aquellas tres jóvenes, habían pasado por muchas cosas juntos. Se había casado con una de ellas, pero había habido muchos sentimientos entrelazados. Observó discretamente a Candy. Enfundada en un vestido negro y guantes hasta los antebrazos, era todo ojos y labios carnosos.

Archie bebió un pequeño sorbo de su copa de champán. Amaba a su esposa, la amaba en verdad. Annie era una gran mujer, dulce, complaciente y pendiente de cada detalle. Era una gran esposa y sería una madre maravillosa. Archie era feliz junto a ella, a pesar de tener diferencias, como la mayoría de las parejas. Y también era bonita. Pero hubo un tiempo no tan lejano en que estuvo enamorado de Candy, y aún a veces, sobre todo cuando volvía a verla después de un tiempo, se preguntaba cómo hubiera sido su vida si Candy le hubiera correspondido. La observó subrepticiamente bajo las pestañas. Se había convertido en una increíble belleza. Candy no era bonita, era hermosa, deslumbrante. Y lo más desconcertante era que no era consciente de ello. Encendía el corazón de los hombres. Y no sólo por su aspecto físico, sino también por su espíritu. Espíritu libre, indomable y repleto de alegría que se liberaba a través de esos grandes ojos aguamarina y hacía que desearas estrecharla entre tus brazos y no dejarla marchar jamás. Archie suspiró e intentó retomar el hilo de la conversación de las jóvenes.

Pronto el ambiente se caldeó. Los invitados llenaron la pista de baile y las risas y las conversaciones llenaban cada rincón de la gran mansión. En un momento en que su esposo bailaba con Patty, Annie se acercó a Candy, que acababa de dejar un grupo y se acercaba a una de las terrazas.

- ¿Buscabas a alguien? – Candy se sobresaltó y se ruborizó.

- Oh, Annie … no, claro que no.

- Vamos, Candy …

- Te lo ha contado Patty, ¿verdad? – Bufó Candy.

- ¡Claro que sí! – Espetó Annie, tomándola del brazo y dirigiéndola a la terraza. – Y ahora mismo vas a relatarme todo con pelos y señales.

Le estaba sentando bien sincerarse con Annie. Alguien ajeno a esa ola de sentimientos que la inundaba y azoraba. Necesitaba sacarlo todo del pecho. Mientras hablaba, incluso se le trababa la voz. Annie la miraba con dulzura y la dejaba hablar. Oh, Candy. Pensaba Annie. Qué mala amiga he sido. Todos estos años, jamás un reproche, jamás un mal día … todos pensábamos que habías logrado olvidar. ¿Olvidar? ¡Qué ilusos! ¿Cómo olvidar un amor así? Inconscientemente apretó la mano de Candy mientras sentía el escozor de las lágrimas. Candy la miró y se turbó.

- Oh, Annie, querida. – Le rodeó los hombros con el brazo. – No te angusties, yo estoy bien. – Hizo una mueca. – No pasa nada.

- Sí que pasa, Candy. Tú … tú le amas … - Candy apretó los labios y su rostro se nubló un momento.

- Tal vez … pero esto es una fiesta, ¿no? – Se encogió de hombros y volvió a mostrar su brillante sonrisa. – Es mi cumpleaños y voy a divertirme. Vamos, Annie. – La tomó de la mano y se volvió para volver a entrar al salón.

Justo en la puerta se toparon con uno de los invitados.

- Srta. Andrew, la estaban buscando.

- ¿A mí?

- Sí, es usted la homenajeada, ¿verdad? – Sonrió el hombre. – La orquesta pregunta por usted.

- ¿La orquesta? – Candy frunció el ceño al tiempo que entraba al salón y era recibida por una salva de aplausos.

- ¡Damas y caballeros, la Srta. Candice White Andrew! – Presentaron desde el micrófono de la orquesta, y ella no pudo evitar ruborizarse hasta las cejas. Iba a matar a Albert por aquello.

Una enorme tarta estaba siendo traída al centro del gran salón, coronada por 23 luminosas velas, que Candy, coreada por el cumpleaños feliz de boca de un centenar de personas apagó, provocando un estruendoso aplauso.

Se sucedieron las felicitaciones, los besos y los buenos deseos.

- Tenemos una petición, dedicada a nuestra homenajeada de esta noche. – Volvieron a informar por el micrófono. Y al poco tiempo las notas de una melodía al piano llenaron el salón.

Candy se quedó clavada en el sitio al escuchar la primera nota. Un escalofrió recorrió su cuerpo de punta a punta. Conocía sobradamente aquella melodía. La dulce música regó sus oídos e instintivamente cerró los ojos. Podía ver claramente aquel amado rostro adolescente al piano, aquella dulce melancolía invadiendo sus cuerpos, mecidos por la música, tan próximos uno del otro …y de pronto se dio de lleno con los ojos azules más brillantes de la tierra.

- ¿Me concede este baile Srta. Andrew? – Así debía ser. Aquella voz profunda que hacía vibrar su alma. El salón había desaparecido y allí estaba él. Vestido de esmoquin quitaba el aliento. No podía ser de otra forma, no podía ser con nadie más. Aquel era su lugar.

Se deslizó en sus brazos suavemente, casi como si flotara. Prendida de aquellos ojos azules, como hilos que la sostuvieran, que la guiaran hacia … ¿dónde? No importaba. Ya no oía las voces, no veía nada más que su rostro, su sonrisa, que sabía que era solo para ella, su mano en su cintura y la otra guiando su cuerpo tembloroso por la pista de baile. Tiempo detente. Pensaba Candy.

- Feliz cumpleaños, Candy. – Susurró Terry con voz profunda, tan sensual que hizo que su cuerpo se estremeciera. Pero sintió que un nudo insoportable cerraba su garganta. No habían hablado, era cierto … y súbitamente sintió miedo. Miedo ante lo que pudiera suceder con aquella relación a partir de entonces. ¿Relación? Ni siquiera sabía si podía llamarla relación. ¿Querría Terry retomar de nuevo lo que dejaron apartado hace unos años? ¿Qué veía Terry en ella ahora? – Candy … ¿estás bien? – Ella meneó la cabeza.

- Esta … esta canción … - Susurró con voz ronca. – ¿Por qué? Era nuestra canción …

- Es nuestra canción. – Enfatizó él con ojos cargados de sentimientos. La melodía continuaba lentamente, dulcemente, mientras ambos giraban, ajenos a todo, por la pista de baile. Escocia … el sol entrando a raudales por los ventanales … Terry tocando el piano con una camisa blanca … el dulce recuerdo la hizo casi sonreír. - Estás preciosa … - Susurró él suavemente.

- Gracias … - Acertó ella a balbucear y sintió cómo se encendían sus mejillas. ¡Maldita sea! Era realmente aterrador descubrir cómo le hacía perder el control sobre sí misma. Aquello era impensable. Le asustaba afirmar que si en aquel momento él le pidiera cualquier cosa, lo que fuera, ella aceptaría sin dudar.

No supo dilucidar si Terry era consciente de su incertidumbre e incomodidad, pero lo cierto es que el brillo de aquellos ojos azules cambió imperceptiblemente y a pesar de que la melodía tocó a su fin, él no dejó que abandonara sus brazos y la condujo a través del salón en una melodía más rápida y menos sentimental.

- ¿Pretendes monopolizar a la anfitriona de la fiesta? - Candy intentó sonreír, relegando sus sentimientos a un segundo plano.

- Ya te lo dije, mi querida Srta. Pecas.- Él le dedicó su irresistible sonrisa. - ¿Con quien ibas a bailar si no?

- Eres un engreído. - Pero lo cierto es que estaba encantada. También era cierto que Terry bailaba de maravilla. De hecho, se compenetraban perfectamente. Y ¿por qué le sorprendía? Siempre había sido así.

Varias cabezas se habían girado y varios bailarines se habían parado a observar a la atractiva pareja que recorría la pista dando un gran espectáculo de danza sin proponérselo. Ellos eran ajenos a nadie que no fuera el que tenían en brazos, sin apartar la mirada el uno del otro.

En una esquina del amplio salón, Albert los observaba con una melancólica sonrisa desde el borde de su copa de champán.

- ¿Tienes algo que ver con todo esto? - Él se giró sorprendido, pero enseguida sonrió a los verdes ojos que lo observaban.

- Culpable … en parte.

- Oh, Albert … - Patty meneó la cabeza mientras aceptaba la copa que él le ofrecía.

- ¡Albert! - Ambos se sobresaltaron cuando Archie se acercó a ellos, seguido de Annie, con cara de pocos amigos. - ¿Es esto cosa tuya? ¿Has invitado a Grandchester?

- Tranquilízate Archie.

- ¿Que me tranquilice? Albert, sabes de sobra lo que sucedió con Grandchester, y ahora está aquí …

- Archie, ya basta. - Susurró Annie.

- Sí, Archie, ya está bien. - Albert lo miraba ahora fijamente, serio el rostro. - Terrence es mi invitado, y como miembro de la familia, creo que no es necesario que te recuerde que eres un caballero, ¿cierto? - Archie apretó los labios con fuerza. - Míralos, Archie. ¿Crees que si creyera que Terry es una amenaza para Candy hubiera consentido que entrara en mi casa?

Archie los observaba, sí, como la mayoría de invitados, y también era consciente, como de hecho lo era casi la totalidad del salón, de que estaba observando a una pareja perdidamente enamorada. En aquel momento, entre un giro y otro, Terrence susurró algo al oído de Candy que la hizo reír, y Archie apretó los puños mientras Albert le ponía suavemente una mano en el hombro.

- No va a suceder nada, Archie, cálmate.

- ¿Tú crees?

La canción había terminado, y ambos hombres observaron cómo un apuesto joven se acercaba a la pareja y al cabo de un momento, Candy asentía y aceptaba la mano del joven para bailar la siguiente pieza con él. Al adentrarse en la pista, la joven volvió ligeramente la cabeza hacia atrás, buscando unos ojos azules que en aquel momento destilaban un brillo salvaje.

Albert se adelantó unos pasos, haciendo un gesto a Terry para que se acercara. Enseguida se dio cuenta del estado de ánimo de su amigo y se entretuvo con las presentaciones de cortesía.

- Terry, sin duda recordarás a tus antiguos compañeros de colegio, ¿verdad? - El aludido tuvo que hacer un gran esfuerzo por sobreponerse y encarar la situación. - Archibald Cornwell y su esposa Annie … y ella es Patricia O´Brien.

- ¿Cómo está Sr. Grandchester?

El joven estrechó y besó las manos que se le ofrecían, intentando parecer cortés.

- ¿Qué le ha traído a Chicago?

Albert y las jóvenes intentaban comenzar una agradable conversación, ya que Archie apenas había despegado los labios y miraba a Terry como si quisiera que la tierra se lo tragara. Pero Terry en aquel momento apenas podía concentrarse en nada que no fuera Candy girando por la pista de baile con aquel jovenzuelo que se había atrevido a arrebatársela de los brazos. En aquel momento lo único que deseaba era acercarse a la pareja y pegar un puñetazo a aquel apuesto rostro.

- ¿No quieres saber quién es el joven que está bailando con Candy, Grandchester? - Soltó de pronto Archie con un deje de ironía en la voz.

- ¡Archie! - Lo regañó Annie mientras su rostro se encendia. Archie jamás era tan descortés con nadie.

- ¿Por qué? ¿Debería, Cornwell? - Contestó Terry en el mismo tono. Pero sintió que una ira profunda comenzaba a ascender por su pecho.

- Bueno … - Archie sonrió con desdén. - Teniendo en cuenta que ese joven es Jason McDonahue, hijo de uno de los magnates más ricos e importantes de Chicago … sí.

- Apenas me conoces. - Escupió Terry. - ¿Crees que me importa un comino quién sea esa persona?

- ¿Olvidé decir que está loco por nuestra Candy? Y que ella …

- ¡Archie! - El grito de Albert sobresaltó a todos, pero el aludido no se amilanó.

- Porque a eso has venido, ¿verdad Grandchester? - Albert lo tomó del brazo intentando alejarlo de allí. - No podías dejarla en paz …

- Archie, por favor... - Albert lo agarraba con fuerza arrastrándolo lejos de Terry mientras susurraba fuertemente al oído. - ¿Qué demonios pasa contigo?

Annie se disculpó, totalmente turbada, siguiendo a ambos hombres, y Terry y Patty se quedaron solos.

- Lamento que la situación se haya tornado un tanto ….

- ¿Desagradable? - Terminó Terry la frase por ella, arqueando una ceja y bebiendo un sorbo de su copa de champán. - No te preocupes. No esperaba menos del bueno de Cornwell … hay cosas que nunca cambian.

- Archie no suele ser así. Sólo está preocupado por Candy …

- ¿Preocupado? No estarás diciéndome que él ha verbalizado lo que de hecho todos estáis pensando, ¿o sí?

- Terrence … - Patty suspiró profundamente. - Lo único que puedo decirte es que desearía que ambos encontrárais la felicidad …

Él la observó de reojo con una sonrisita sardónica en los labios.

- Siempre tan condescendiente … lo había olvidado. Como en el colegio … vuelvo a decir que hay cosas que nunca cambian. - Patty, muy a su pesar, sintió que se sonrojaba. Sí, tenía razón, él tampoco había cambiado en ciertas cosas. Seguía siendo indefectiblemente irónico, soberbio … lo observó disimuladamente. Atractivo … no, más atractivo que antes, sin duda, enigmático, seductor … Patty podía entender un poco por qué había cosechado un éxito sin precedentes. De pronto, Candy pasó ante ellos, girando en brazos de aquel joven, y el rostro de Terry se oscureció. - ¿Qué hay de cierto en lo que ha dicho nuestro amigo? ¿Candy tiene algún interés en ese joven?

¡Maldita sea! Patty se mordió el labio, consternada. ¿Y qué se suponía que debía decir ella ahora?

- Apenas podría decirte gran cosa … - Patty carraspeó, intentando que su voz sonara despreocupada. - Llevo un tiempo viviendo en Florida, alejada de todo …

Entonces Terry, a través de su ofuscada mente se dio súbitamente cuenta de algo que hizo que se sonrojara avergonzado.

- Patricia … - Se volvió a ella con una sincera disculpa en el rostro. - … lamenté mucho la muerte de …

- Sí, gracias … - Lo interrumpió ella y parpadeó sorprendida. Este era un Terry totalmente distinto al de hacía apenas un minuto. Tenía que aceptar que estaba completamente desarmada … - Yo también he de darte mi más sincero pésame por …

- Sí, por Susannah … gracias. - Suspiró él, y le dedicó una triste sonrisa.

Quiso la casualidad que aquel momento se viera interrumpido por un joven que se acercó a pedirle un baile a Patty y esta se disculpó con Terry, dejándolo solo con sus pensamientos.

Buscó inconscientemente con la mirada a Candy por la pista de baile, y la localizó aún en brazos de aquel joven. Los ya familiares celos que lo acosaban siempre que veía a otro hombre que no fuera él tocar un sólo centímetro de piel de la mujer que lo volvía loco, vinieron a acosarlo sin piedad, y tuvo que beber un gran trago de champán intentando calmar su estado de ánimo. Debía centrarse y tratar aquel asunto con la cabeza fría. ¿Era tan estúpido como para no imaginar que Candy había tenido pretendientes en aquellos años que habían estado separados?

- Parece que el joven McDonahue va a atreverse esta noche …

Terry giró la cabeza sorprendido al reconocer aquel nombre en boca de dos elegantes señoras de edad, paradas a pocos pasos de donde él se encontraba. Aguzó el oído, muy a su pesar, pero era inevitable.

- ¿Tú crees? - Reía bajito la otra mujer. - No sé qué hará la joven Andrew al respecto ….

- Pues que debería hacer? Decirle que sí, por supuesto. Es el mejor partido de Chicago … y encima la ama. Eso es indiscutible …

Terry ya no oyó la contestación de la otra señora. Tenía más que suficiente. No deseaba escuchar más. Respiró con fuerza y se aflojó un poco el cuello de la camisa. Sus inseguridades volvían a acosarlo. ¿Había tomado la decisión correcta al volver a ver a Candy? ¿Realmente se merecía estar con ella? Bien sabía que Candy merecía ser feliz por encima de todo.

¡Maldita sea! Necesitaba un cigarrillo.

Candy giraba en brazos de Jason por la pista de baile, intentando centrarse en lo que él le decía. Tarea ardua y complicada cuando Terrence Grandchester se hallaba en ese mismo salón y ella no podía hacer otra cosa que buscarlo disimuladamente entre la multitud, pero sin resultado. No había vuelto a encontrarse con aquellos ojos de zafiro desde que Jason la había arrancado de sus brazos.

Suspiró profundamente y fijó su mirada en los ojos caramelo de Jason. Sabía lo que este sentía … y le dolía el corazón, ya que era un gran muchacho, nada que ver con muchos de los jóvenes que se movían en aquellos círculos. Jason era alegre, noble, amante de la naturaleza y con un gran corazón. Candy realmente había disfrutado en su compañía todas las veces que habían salido juntos. Por eso apenas se había negado a acompañarlo en ninguna ocasión, y por ello, Chicago estaba puesto en pie y a la expectativa de su inminente matrimonio. Tal vez hubiera sido posible … quizá hubiera sido hermoso … pero ella sabía que no iba a darse el caso … nunca. Su corazón ya tenía dueño … quisiera o no, y no podía hacer nada por cambiarlo.

Pero sentía una profunda tristeza por Jason. Un gran afecto los unía … y aunque no pudiera amarlo como él hubiera deseado, Candy le profesaba un gran cariño. Además, era el perfecto caballero. Jamás se había propasado con ella … quizá un suave beso en los labios una lluviosa tarde bajo las copas de los árboles … pero nada más.

- ¿Te sucede algo? ¿Te encuentras bien? - Jason la observaba preocupado, mientras la acercaba imperceptiblemente hacia él ambos girando juntos por la pista de baile. Candy intentó sonreír.

- Claro, estoy muy bien … sólo un poco cansada.

- ¿Deseas beber algo?

- Sí … creo que sí.

Jason la guió diligentemente hacia una de las esquinas del salón de baile y paró a un camarero para coger sendas copas de champán. Tendió una a Candy con una deslumbrante sonrisa, pero antes de poder proferir palabra lo llamaron por su nombre y se disculpó para ir a saludar a unos conocidos.

- ¿Y cómo se lo está pasando la cumpleañera? - Candy se giró y sonrió a Patty, que se había parado a su lado.

- ¡Patty! ¡Muy bien! ¿Y tú? ¿Qué te parece la fiesta?

- Estupenda.

- Pero, ¿dónde se han metido todos?

- Bueno … - ¿Por dónde empezar? Patty se mordió el labio. No quería preocupar a Candy. Aquella era su noche, su fiesta. ¿Cómo decirle que Archie y Terry habían tenido una especie de enfrentamiento y que ahora Albert y Annie estaban en una de las terrazas intentando razonar con él? ¿Cómo hablarle de los celos de Terry por haberla visto bailando con Jason? Pero afortunadamente, Candy apenas la miraba, ya que estaba más concentrada observando a su alrededor.

- ¿Buscas a alguien? - Patty vio cómo el bello rostro de Candy se encendía y la miraba con una disculpa.

- Oh, Patty, perdóname, yo …

- No seas tonta … - Rió su amiga. - Creo que le he visto salir a aquella terraza. - Candy se mordió el labio y meneó la cabeza. - Anda, ve, rápido … - Su amiga le apretó el brazo y se dirigió lentamente hacia allí.

La noche era fresca, pero le había sentado bien salir a tomar el aire. Al menos había calmado sus revueltos sentimientos … y el cigarrillo había ayudado a calmar sus nervios. Sí, necesitaba calmarse. Se había dado cuenta de que se volvía un jovenzuelo estúpido e impetuoso en cuanto sucedía algo relacionado con Candy. Y también se volvía irracional … e incoherente. Suspiró audiblemente y oyó unas suaves risas cerca de él. Dos jovencitas le sonreían ruborizadas desde el otro lado de la terraza, pero él simplemente miró a través de ellas sin ver nada. Aquella era una constante en su vida que él se tomaba como algo inherente e inevitable, apenas se daba cuenta y tampoco estaba interesado.

Se pasó las manos por el pelo y sacó su pitillera, encendiendo otro cigarrillo. Tal vez debería marcharse. No estaba en su mejor momento esa noche. Demasiados sentimientos. Debía controlarse. Mañana podría hablar con ella. Volvería a invitarla a cenar …

- ¿Terry? - Él cerró los ojos. Demasiado tarde. Cuadró los hombros y se giró para enfrentarla.

Y allí estaba: hermosa, seductora … con aquel vestido, sus ojos, su preciosa sonrisa que le iluminaba el alma … sus labios … de pronto el deseo lo golpeó con fuerza y no pudo pensar en nada más que en arrancarle aquel vestido y morder aquellos labios … la irá lo consumía. Quería hacerle sentir que estaba hecha para él, sólo para él …

- Terry … - Candy se acercaba a él, la sonrisa ya extinguida en su rostro, mirándolo levemente preocupada. - ¿Qué sucede? ¿Te encuentras bien?

- Claro … - Intentó sonreír y alargó su mano. - ¿Paseas conmigo? - Instintivamente, ella cogió su mano y se colgó de su brazo, ambos echando a andar hacia el parque que se extendía más allá de la terraza abierta.

La noche era hermosa, el bosque estaba iluminado con la luz de la luna y Candy no podía imaginar nada más romántico y a la vez, más perturbador, que caminar con Terry por aquellos caminos iluminados apenas con las luces de los farolillos. Pero él estaba tenso, Candy podía percibirlo en los músculos del brazo y por su apretada mandíbula.

- ¿Estás disfrutando la fiesta? - Se atrevió ella a preguntar. No sabía cómo romper aquel silencio y aquella tensión que habían embaucado a Terry. No sabía qué podía haber sucedido.

- No tanto como tú … - Ya estaba dicho.

Los celos lo consumían. Su inseguridad, su culpabilidad … pesaban como losas y embotaban su cerebro. Y ella era tan … ella era Candy, ¡su Candy! La mujer por la que se consumía de deseo desde la adolescencia, la mujer con la que había soñado cada maldita noche durante todos aquellos años … una mujer que lo volvía loco.

Y no supo lo que sucedió. No supo cómo se descubrió atrapándola en sus brazos y besándola en la boca con fiereza, con brusquedad, abriendo sus labios salvajemente con la lengua y reclamando su boca.

Ante aquella invasión salvaje, Candy se sintió súbitamente mareada, sorprendida, quizá un poco ofendida … pero en cuanto sintió la lengua de Terry rozar la suya un gemido involuntario escapó de su garganta y entonces el beso de Terry cambió. La brusquedad cedió y las bocas se adaptaron con suavidad la una a la otra, explorándose y encontrándose en un intercambio de roces húmedos, lentos y profundos que hicieron que un calor abrasador subiera desde el centro de Candy por sus pechos hasta explotar en su cabeza y hacer que flaquearan sus rodillas. Pero Terry la tenía firmemente sujeta por la cintura, arqueada hacia él, y en la intensidad del profundo beso Candy alzó las manos rodeando el rostro del joven, mientras él acariciaba su espalda y sus brazos, las respiraciones agitadas, los jadeos mezclándose en la boca del otro, perdido ya el control.

No, pensaba Candy, no podemos, no debemos … pero no podía apartarse. Fue cuando notó cómo los dedos de fuego de Terry subían lentamente desde su cintura hacia su escote, y su mano rodeaba suavemente un turgente seno, que Candy pegó un respingo y se apartó con un fuerte jadeo.

- Terry, no podemos … aquí no …

- ¿Qué? - Él la miraba desencajado de deseo, las pupilas dilatadas, respirando agitadamente. Ella se había alejado unos pasos, intentando recomponerse.

- No podemos … - Volvió a susurrar.

- Ya veo … - Terry apretó los puños y respiró profundamente, volviendo a pasarse las manos por el pelo. La excitación volvió a dar paso a los celos, a la ira contenida y a la ofuscación. - Supongo que no tiene nada que ver con un tal Jason …

- ¿Jason? - Candy repitió el nombre totalmente sorprendida. - ¿A que te refieres? - Él soltó una amarga carcajada y se acercó a ella lentamente con una cínica sonrisa.

- Candy, jamás pensé que me vería contigo en esta situación … me has tomado por un tonto, ¿verdad? Un estúpido …

- Maldita sea, Terry, ¿qué estás diciendo?

- ¿Te ha besado él alguna vez como yo lo acabo de hacer? - Terry ya había perdido el control y había alzado ligeramente la voz. Candy lo miraba ahora levemente asustada. - No pongas esa cara, ya no te creo. ¿Por qué no me has dicho nada? Has dejado que me hiciera ilusiones por …

- ¡Terry, no se de qué me hablas!

- No me mientas, Candy …

- ¡Yo no miento! ¡No se de qué demonios me estás hablando!

- Tengo que salir de aquí … - Terry habló con los dientes apretados y el rostro ceniciento. De pronto, se giró y echó a andar rápidamente hacia la casa, perdiéndose en la oscuridad.

Candy lo observaba marcharse estupefacta. Clavada en el sitio, sintiendo aún la huella de sus labios, las manos temblando … y la mirada de Terry … ¿Jason? De pronto, la luz se fue abriendo paso lentamente a través del castigado corazón de Candy … ¿estaba celoso? ¿Terry estaba celoso? ¿Cómo era posible? Sintió las mejillas húmedas y se las tocó sorprendida. No se había dado cuenta de que estaba llorando.