N/A: Ante todo quiero agradeceros los comentarios recibidos, los valoro y respeto muchísimo, de verdad.

El capítulo siguiente contiene escenas sólo APTAS para ADULTOS.

Espero que sigáis disfrutando de la historia. Muchas gracias por leer! Saludos a todos! Hasta pronto!

Nhoare

Al entrar en el pequeño apartamento y encender Candy las luces, Terry se percató de que estaban solos y miró a su alrededor, confuso.

- ¿No dijiste que estaba aquí una tal Sra. Adams? – Candy se ruborizó levemente y bajó la vista.

- Tuve que mentir a John, y lo lamento. Hoy no está la Sra. Adams, que es quien me ayuda en las tareas domésticas, pero si él lo hubiera sabido… – Alzó la cabeza y sus ojos se encontraron. –Esto en sí ya es … inapropiado.

- Lo sé. –Dijo Terry y sintió cómo se aceleraba su corazón. Palpitaba por ella, sólo por ella. Estaba tan hermosa allí parada, en medio de la estancia, nerviosa y confundida, con aquel característico rubor en sus mejillas, señal inequívoca de que estaba alterada, que no pudo evitar que un nudo comenzara a formársele en la garganta. Había vuelto a hacerlo. Comportarse como un estúpido, ser un grosero, un sinvergüenza ...

- Pero, ¿qué haces aquí? - Preguntó Candy. - ¿Cómo sabías que iba a volver a mi apartamento?

- No lo sabía, pero Albert me insinuó que viniera.

- ¿Qué? ¿Albert? Pero si ni siquiera Albert … - Ella de pronto calló confundida y parpadeó rápidamente. Terry se encogió de hombros.

- Albert me dijo que cuando me hubiera calmado, si aun quería hablar contigo, debía venir a tu apartamento, ya que probablemente tú desearías hablar conmigo también. – Candy meneó la cabeza, incrédula.

- Pero … - Albert, como siempre, guiando hacia la luz a los obcecados en no ver delante de sus narices.

De pronto, el silencio se adueñó de la estancia. Candy se retorcía las manos nerviosa y Terry tenía el ceño fruncido, al parecer centrado en sus pensamientos.Oh, Terry … en realidad no has cambiado tanto, ¿verdad? Ya vuelvo a ver esa barrera en tus ojos, como tantas otras veces … ¿conseguiré llegar a ti alguna vez? Debía hacer algo, debía moverse, o sabía que estallaría en lágrimas. Y una vez comenzara, ya no podría detenerse.

- ¿Quieres tomar algo? - Se dirigió lentamente a la cocina, separada por una larga encimera del pequeño salón dónde se encontraban. Terry parecía perdido allí de pie, en mitad del saloncito, con el abrigo aún puesto, alto y fuera de lugar en aquella femenina estancia. - ¿Tal vez un té? - Dijo por encima del hombro. Al sacar la tetera del armario se percató del temblor de sus manos. ¡Maldita sea, Candy! Cálmate.

- Candy …

- O tal vez café … aunque recuerdo que no es muy de tu agrado.

- Candy … - Ella continuaba sacando utensilios del armario. - Candy …

Ahora la voz de Terry sonaba mucho más cerca y ella se giró, sobresaltándose al encontrárselo apenas al otro lado de la encimera.

- ¿Sí?

- Lo único que deseo es que puedas perdonarme … - Su ronca voz penetró por los oídos de Candy y ya no pudo más. Sus ojos se llenaron de lágrimas, derramándose por sus mejillas. Terry alzó una mano haciendo amago de tocarla, pero se contuvo, mientras Candy se secaba las lágrimas nerviosa y lo taladraba con la miraba.

- ¿Por qué, Terry? ¿Qué demonios pasa contigo? Es que estás tan ciego que no te das cuenta de que … -Se mordió el labio y meneó la cabeza. - Pero, ¿qué más da? Veo que realmente no has cambiado tanto … - Terry escrutó los ojos verde-azulados que tanto amaba y sintió que su corazón estallaba en pedazos. - Creí … esta vez creí … - Su voz se apagó un instante, ahogada por un sollozo, y respiró profundamente. - Tal vez yo me equivoqué … quizá cada uno sentimos cosas diferentes …

- ¿A qué te refieres? - Terry se había echado hacia atrás, el pánico apoderándose de su rostro. Pero Candy lo miraba furiosa.

- ¿Cómo pudiste decirme aquello, Terry? ¿Crees realmente que yo podría jugar con tus sentimientos? ¿He jugado alguna vez con tus sentimientos? - Los sollozos la obligaron a callar y tuvo que darse la vuelta para no seguir observando su rostro.

- No tengo excusa … - Ella casi dio un respingo al sentirlo justo a su espalda. No se había percatado de que Terry había dado la vuelta a la encimera y se había situado tras ella. Cerca … muy cerca … pero sin tocarla. Escuchaba la ronca voz de Terry casi en su nuca, el roce de su aliento … y sintió que los escalofríos se adueñaban de su cuerpo. - He sido un estúpido … los celos me volvieron loco … - Candy se dio rápidamente la vuelta para replicar, pero él le puso un dedo en los labios y ella sintió que todo su cuerpo se paralizaba. Estaban muy cerca, Dios mío, demasiado cerca … - No pude soportar que nadie que no fuera yo te tocara, te hiciera reír … - Soltó una amarga risa. - Simplemente que te amara … - Apretó los labios. - Ya ves, sigo siendo el mismo egoísta de siempre, es cierto, cuando se trata de ti, no puedo evitarlo … - Candy bajó los ojos, pero él hizo que volviera a mirarlo alzándole suavemente la barbilla con los dedos, a lo que ella pudo percibir el temblor de sus manos, y sintió que se derretía su corazón. Terry sufría. - Perdóname, por favor … no será la primera ni la última vez en la que suplique tu perdón, lo sé, pero vine a verte con el firme propósito de hacer bien las cosas, de cambiar, de confesarte todo, de pedirte … - Su voz se apagó, mientras ambos se miraban fijamente. - Supongo que, como siempre, he echado todo a perder ...

- Terry … - Candy no podía dejar de observar su rostro, sus ojos. - Yo no quería hacerte daño … - Súbitamente pareció turbada. - Jason es … él es … - Terry meneaba la cabeza.

- No, Candy, no tengo derecho … no debes darme explicaciones, no lo merezco.

- Pero … - Vio cómo él se apartaba lentamente. Ni siquiera la había tocado y ya un inexplicable vacío se cernía sobre ella. No, no esta vez. Súbitamente alargó las manos y lo tomó con fuerza por las solapas del abrigo. - Maldita sea, Terry … háblame. Dime lo que sientes, dime qué quieres … es lo mínimo que debes hacer, porque de lo contrario … volveremos al principio, volveremos a escondernos tras nuestros estúpidos muros … y yo … - Sintió de nuevo lágrimas calientes rodar por sus mejillas. Lo tenía a apenas unos centímetros de su rostro, sintiendo su aliento en las mejillas, le bastaba acercarse para juntar sus labios … y sin embargo, parecía que él estuviera a kilómetros de distancia.

- Debí correr tras de ti … - Él habló tan bajo que a Candy le costó un momento entender sus palabras. Frunció el ceño, confusa.

- ¿Qué?

- No debí dejarte marchar … aquella noche, en el hospital … debí luchar por ti … fui un maldito cobarde … - A medida que las palabras de Terry penetraban en su cerebro y se daba cuenta de su significado, Candy abrió los ojos sorprendida, al tiempo que meneaba la cabeza.

- Basta, Terry. No digas eso. Hiciste lo que debías, lo que yo te pedí que hicieras. Aquello … fue … fue lo correcto.

- ¡No, no fue lo correcto! – Terry apretó los puños y se soltó de sus manos, echándose hacia atrás. – Quisimos creer que era lo correcto, Candy. Tú me facilitaste el camino y yo no te detuve. ¡Y todos los días desde entonces me maldigo! – De pronto, se le quebró la voz y se pasó las manos por el cabello, intentando recobrar la compostura. Candy lo observaba con el corazón en los ojos. Entonces él alzó la cabeza y la observó con ojos enrojecidos. - Tengo mucho que contarte, amor mío … muchísimo. Pero ahora … - Frunció el ceño. - … creo que me encuentro demasiado vulnerable, sobrepasado por los acontecimientos … y no quiero hacerte sufrir más. No esta noche. - En dos zancadas se paró frente a ella y la tomó por la cintura, haciendo que Candy contuviera el aliento. - Lo correcto es que me marche ahora … ¿podríamos hablar mañana? - ¿Qué? ¿Marcharse? No, no podía marcharse.

- No puedes marcharte. - Las palabras salieron de su boca antes de que se diera cuenta y observó la incredulidad en el rostro de Terry.

- Pero … - Ella se agarró a su cuello.

- No puedes irte, Terry … - Se secó las lagrimas de las mejillas y suspiró, intentando calmarse. - Sé que hemos de hablar … pero no ahora, no quiero … - Meneó la cabeza. - No quiero pensar en este momento en nada más que en ti, aquí … conmigo. - Sintió cómo se encendía su rostro, pero no podía dejarle marchar, no quería, no quería que se alejara de ella. Lo necesitaba. Y ya nada importaba, los estúpidos celos, el carácter de Terry … nada. Entonces Candy acarició la mejilla masculina y dijo en un hilo de voz. - No debes dudar de mí, Terry … es tuyo mi corazón. - Entonces, ante su estupefacción, Terry bajo la cabeza, enterrando el rostro en su cuello, y comenzó a sollozar suavemente.

Y así transcurrieron los minutos, el silencio de la habitación apenas roto por los quedos sollozos de Terry, abrazado a la joven, que con las lágrimas rodándole por las mejillas sólo podía acariciarle suavemente el castaño cabello. Ambos muy quietos, los abrigos aún puestos, dejando que los sentimientos fluyeran sin control, en un silencioso reencuentro de voluntades, de almas, largo tiempo separadas.

Ninguno sabría decir posteriormente cuánto tiempo se mantuvieron así, el uno abrazado al otro, lavando con lágrimas sus adoloridos corazones y volviendo a encontrar la luz en el camino del entendimiento mutuo. Entonces, como si hubieran oído una silenciosa señal, ambos se separaron al unísono, lentamente, quedando sus rostros muy cerca, observándose.

El corazón de Candy latía desbocado mientras los ojos azules de Terry observaban su rostro. Se sentía tan expuesta, tan vulnerable allí, de pie frente a él. Entonces Terry alzó su mano y le acarició los labios suavemente, enviando destellos de electricidad por todo el cuerpo de la joven.

- Entonces … ¿hablaremos mañana? - Ella frunció el ceño.

- ¿Por qué? - Él hizo amago de sonreír.

- Porque estoy a punto de dejar de portarme como un caballero, Candy... y no debo hacerlo, no otra vez ...

Con un suspiro, él se apartó ligeramente e hizo ademán de moverse, pero ella lo retuvo. Sus ojos aguamarina brillaban y sentía que toda la piel de su cuerpo ardía en deseos de contacto con aquel cuerpo que tenía ante sí. Pero no era eso lo que la impulsaba a romper todas las normas, todas las barreras, y a poner las cosas en su lugar, donde debían estar. Era aquel hermoso joven que tenía delante, aquel aristócrata altanero e insufrible que una noche de año nuevo, entre la niebla, robó su corazón. Aún contra su voluntad, hiciera lo que hiciese … Terry era su faro, el hilo invisible que tiraba de ella … y ya no podía soportar la separación, ya no deseaba hacerlo.

- Por favor, no te vayas … quédate conmigo. - Su voz apenas fue un susurro entrecortado.

- Estás … - De pronto el oxígeno había escapado de los pulmones de Terry y la observaba expectante, apenas creyéndose lo que estaba sucediendo. - ¿Estás segura?

Y al tiempo que ella asintió con la cabeza, Terry ya no pudo soportarlo más. Se apoderó de su boca con pasión, dejándole sentir todo su ardor, mordiendo sus labios, explorando con su lengua tibia todos los recovecos de su boca. Candy casi jadeaba, el cuerpo algo arqueado hacia él. Las manos de Terry cobraron vida, lentamente, suavemente, acariciando su espalda, despojándola del abrigo que aún llevaba sobre los hombros, y quedando expuesta la blanca piel a sus ojos de zafiro.

Entonces los dedos masculinos soltaron el rubio cabello, cayendo en cascada sobre su espalda y Terry gimió, dejando su boca un momento para continuar por la marfileña garganta, al tiempo que hundía su mano en los rubios rizos. Pequeños escalofríos recorrieron su piel haciéndola estremecerse, mientras Terry embelesado, admiraba cada curva, cada trozo de piel que quedaba al descubierto.

Ella tenía sus manos tímidamente apoyadas en el pecho de él, sostenida por la cintura por el fuerte brazo de Terry, mientras él besaba su cuello y lentamente la otra mano subía por el abdomen hasta llegar a la seductora curva del seno. Y de nuevo los dedos de fuego de Terry acariciaron lentamente la curva y el centro, ya endurecido, haciendo que Candy jadeara y una ola de sensaciones subiera por su estómago. Pero esta vez no se apartó, al contrario, a pesar de todo, el deseo podía más que el pudor y las convicciones.

- ¿Sabes la de veces que he soñado que te tenía en mis brazos así? – Susurraba él contra su piel. - ¿Sabes cómo me he consumido todo este tiempo en puro fuego por no poder poseerte y hacerte mía? - Candy temblaba en sus brazos. Estaba extasiada, exaltada … casi mareada por toda aquella ola de sensaciones que asaltaban su cuerpo.

Lentamente, entre besos, y casi con timidez, deslizó también el abrigo de Terry por sus hombros hasta caer al suelo, y al sentir sus suaves manos en sus hombros, él tembló de excitación. Estaba sufriendo una tremenda prueba de autocontrol. No debía precipitarse. Esperaba poder controlarse. El deseo era demasiado fuerte y no quería abrumarla. Aún estaba impactado por la decisión que había tomado Candy y no quería lastimarla, quería que la experiencia fuera placentera para ambos. Aún no podía creerse lo que estaba sucediendo entre ellos.

Una vez le despojó del abrigo, suavemente acarició su pecho y él con infinita delicadeza tomó su rostro entre sus manos y volvió a apoderarse de su boca. El beso profundo, inquisitivo, explorador de sus sentidos, parecía querer llegar hasta el fondo de su alma. Candy sentía que ya estaba siendo tomada con aquel beso y un gemido involuntario escapó de sus labios a lo que Terry, enardecido, respondió separándose suavemente y en un impulso, tomándola en brazos.

- Terry … - Susurró ella. Se sintió levemente mareada, ya que la había pillado desprevenida.

- Vamos a la cama, amor … - Le pidió él al oído, besándole el lóbulo de la oreja.

- Allí … - Le señaló Candy el camino.

Un vez entró, en brazos de Terry, en el dormitorio en penumbras, ya no distinguió realidad de deseo, los límites difuminados en un mar de sensaciones.

La suavidad del lecho bajo su peso, cuando Terry la depositó allí con delicadeza. La boca de su amante en su piel, roncos susurros amortiguados, jadeos … su boca reclamada una y otra vez, cada beso distinto, cada roce de sus lenguas enviando sensaciones a cada milímetro de su convulso cuerpo.

Los mordiscos en el cuello, las manos masculinas bajando la cremallera del vestido, despojándola lentamente de la prenda, besando cada parte de piel, haciéndola gemir, no dar cabida a la cordura, a la razón, al análisis del paso que estaba dando, los límites que estaba rompiendo ….

Sintió los dedos de Terry desatar los corchetes del corsé, liberar sus senos a sus ojos, a su húmeda boca … se tensó involuntariamente al sentir esa boca reclamando sus pezones, la inmediata respuesta de su cuerpo …

- Terry … - Él se paró en seco, alzando la cabeza.

- ¿Estás bien? - Candy oyó la agitada voz de su amado y no pudo hacer más que asentir, al tiempo que el corsé perdía contacto con su cuerpo, así como la camisa de Terry desaparecía, descubriendo ante ella el bien moldeado torso masculino.

Y volvían los profundos besos, las lenguas, los jadeos, los susurros … los dedos de fuego de su amante explorando sus caderas, desatando las ligas, bajando lentamente la ropa interior por los muslos … no era ella misma, sabía que no lo era … había perdido el control sobre su cuerpo … él era el dueño ahora, él era quien la guiaba en aquel torbellino de deseo.

Sintió un choque eléctrico al sentir los dedos de fuego en su feminidad, e involuntariamente se contrajo y se cerró. Pero volvían los susurros en sus oídos, los besos en su piel, las manos masculinas excitando su cuerpo … y apenas se dio cuenta de que sus muslos dejaban de contraerse, de su cuerpo acoplándose al de su amado … más besos, más mordiscos, más gemidos … Candy sentía como si estuviera corriendo una carrera desenfrenada hacia no sabía dónde … subiendo, subiendo más … en un instante de lucidez fue consciente de que estaba completamente desnuda, deshaciéndose entre los brazos de Terry.

Notó cómo en un momento dado Terry se despojaba también del resto de su ropa. Ahora ambos eran dos cuerpos desnudos entrelazados en el lecho, en la habitación en penumbras, sin apenas verse los rostros, piel, huesos, sangre, fluidos … mezclados entre gemidos y susurros entrecortados.

Volvió a contraerse al volver a sentir los dedos de fuego en su feminidad, pero esta vez se arqueó inconscientemente, abriendo más los muslos, dejando que la condujera más y más alto … se mordió los labios para ahogar un grito, pero la boca de Terry ya estaba de nuevo en la suya.

Él la besaba ahora profundamente, casi cortándole el aliento, llenando sus pulmones con su propia respiración, dejándole sentir su erecta virilidad contra su muslo.

- Te amo, Candy … - ¿Realmente? ¿Terry le había dicho que la amaba?

Y entonces su amante la agarró por las caderas, acoplándola a su cuerpo. En un fugaz instante sintió pánico ante lo desconocido … iba a suceder, Terry iba a poseerla en aquel instante. Y cuando sucedió, cuando sintió cómo la virilidad de Terry se abría paso a través de su carne, cortándole la respiración, sintió que un dolor punzante atravesaba su cuerpo y no pudo evitar gritar débilmente, su espacio totalmente invadido por el cuerpo de Terry, su amante quieto en un instante, acariciando suavemente su cuerpo y llenándola de mil y un besos entre un torrente de palabras de amor. Y creyó ser ella quien, tras ir acostumbrándose su cuerpo a la unión carnal y el dolor dar paso a otras sensaciones, fue la que comenzó a mover suavemente las caderas instando a su amante a comenzar el lento movimiento que iría paulatinamente creciendo en su interior, hasta terminar ambos moviéndose con febril inquietud, aferrados el uno al otro, él cabalgándola impetuoso mientras ella aferrada a las sábanas del lecho, echaba la cabeza hacia atrás y gritaba enardecida, apenas oyendo el gemido de su amante, dejando que aquella devastadora ola de pasión la desbordara y traspasara, cambiándola para siempre.

No deseaba moverse ni un milímetro, allí, tumbada en la cama, el cuerpo desnudo entrelazado con el del amor de su vida. Todo había sucedido tan deprisa … apenas podía creérselo … ni siquiera era del todo consciente de lo que había sucedido entre ambos … no sólo había sido un acto sexual de entrega sin precedentes …. había sido más, mucho más ...

A su lado, Terry dormía plácidamente. Candy observó su bello rostro dormido, relajado, abrazado a ella como un niño, y sonrió con ternura. Recordaba todo casi desde la distancia y creía que se debía a que su cuerpo estaba tan profundamente relajado después de la experiencia vivida, que su cerebro no podía procesarlo con claridad. También sentía un latente dolor … recordatorio de su virginidad perdida. Acarició suavemente un mechón castaño y sus ojos verdosos recorrieron cada curva del atractivo rostro masculino. Los momentos posteriores al coito habían sido desconcertantes … ambos acostumbrándose a la realidad de lo que había sucedido, del paso que habían dado … y Candy se veía a sí misma intentando tranquilizar a un inquieto Terry, que apenas podía creer lo que había hecho. Pero Candy lo veía como una consecuencia natural de su relación, no habían podido evitarlo, es más, no habían querido. Aunque bien era cierto que habían vuelto a romper todas las barreras sociales, y se habían comportado como siempre habían hecho, como un par de inadaptados. La simple idea hizo que tuviera que morderse el labio para no soltar una carcajada nerviosa.

Se acomodó suavemente al cuerpo de Terry, intentando no despertarlo, y suspiró. Ya estaba. Había unido su destino al de aquel hombre. Pasara lo que pasase … sabía que a partir de ese momento, así sería. No podría sentir por nadie más lo que sentía por él. Y no era una ilusa. Sabía perfectamente lo que había hecho. Se había entregado a un hombre que no era su esposo. Las consecuencias de ese hecho si llegaban a salir a la luz, serían verdaderamente desastrosas. Pero había tomado la decisión … y sentía que era lo correcto. Llevaba casi media vida enamorada de aquel hombre … y ya no quería seguir anhelando un recuerdo.

Terry la tenía abrazada contra su pecho, y entonces Candy sintió cómo comenzaba a acariciarle suavemente la espalda y le besaba el lóbulo de la oreja.

- ¿Estás despierto?

- Ummmm … estoy en el cielo. – Susurró él, y Candy sonrió, alzando la cabeza para mirarlo. Él sonreía. - ¿No has dormido, amor?

- No … pero no estoy cansada.

- ¿Ah no? – Terry la miró con picardía, y Candy no pudo evitar echarse a reír. El joven suspiró imperceptiblemente. Allí, en sus brazos, desnuda, el pelo rubio en delicioso desorden, el hermoso rostro arrebolado … aquella mujer se había entregado a él, era suya. ¿Qué increíble milagro había sucedido para hacer posible aquello?

- ¿En que estás pensando con esa sonrisa?

- En que soy feliz. – Contestó él mientras Candy le acariciaba la mejilla. –Y tú, ¿eres feliz? – Por toda respuesta, ella lo besó suavemente en los labios. Cuando iba a separarse, Terry intensificó el beso y Candy se echó a reír.

- ¡Terry! – Protestó.

- Te amo, Candice White Andrew. - Ella se echó un poco hacia atrás para poder observar sus ojos y sintió un nudo en la garganta. Entonces Terry la miró preocupado. - ¿Qué sucede? ¿He dicho algo que no debiera?

- Al contrario, ¿te has dado cuenta Terry de que es la primera vez que me has dicho que me amas?

- ¿De veras? - Él parecía verdaderamente sorprendido. - Lo tengo tan interiorizado en mí que me cuesta creer que no te lo haya dicho aún … pero, eh, un momento, señorita Pecas. Al menos esta noche, la que aún no ha dicho las palabras mágicas eres tú. Porque yo no he dejado de repetirlo durante todo el … - La miró con intención y Candy no pudo evitar ruborizarse hasta las orejas. - … recorrido por tu cuerpo.

- ¡Terry! - Protestó ella, roja como las brasas. Aún le costaba acostumbrarse a ese nuevo grado de intimidad que había surgido entre ellos y a hablar de ciertos temas. Él se echó a reír y la besó juguetonamente en el cuello.

- Yo también te amo, Terry, más que a nadie. – Susurró ella y Terry volvió a apoderarse de sus labios, separándose al cabo de un momento y apoyando la frente en la de ella.

- ¿Cómo estás? ¿Te … te he hecho mucho daño? – Ella negó con la cabeza.

- No, estoy bien … bueno … - Sonrió turbada. – Lo cierto es que estoy un poco dolorida … - Él asintió y por un momento pareció compungido.

- Lo lamento. He intentado ir despacio … pero me vuelves loco, y al final …

- No lo sientas, Terry. – Le cortó ella y él sonrió travieso, al tiempo que una mano subía lentamente por su abdomen y se cerraba sobre un seno. Sintió que la virilidad de Terry, apretada contra su muslo, comenzaba a reaccionar ante las caricias. Y también sintió su propio deseo, algo hasta ahora desconocido para ella. Deseaba fervientemente que aquel hombre la tocara, que aquel hombre la poseyera. Suspiró en sus labios. Pero entonces, súbitamente, Terry bajo la mano, volviendo a acariciarle la espalda y la besó, recostándose contra las almohadas. Y al cabo de un momento, oyó una risita procedente de la mujer recostada en su pecho. Giró la cabeza para mirarla.

- ¿Qué es tan gracioso, lady Pecas?

- Bueno … he vuelto a hacerlo … romper todas las reglas … olvidar mis obligaciones y no comportarme como una dama … si la tía Elroy me viera ahora, le daría un ataque.

- ¿Te arrepientes? – Terry la observaba, serio el rostro.

- ¡Terry! ¿Otra vez? – Lo riñó ella. – Te quiero. Eres el hombre de mi vida. ¿Por qué iba a arrepentirme de haberme entregado a ti? Cuando dos personas se aman como nosotros, ¿por qué iba a ser pecado demostrarlo de esta forma? – Él la acariciaba suavemente, sus ojos brillando como zafiros en la semi-penumbra de la habitación. Sólo las llamas de la chimenea alumbraban sus rostros en sombras. Debía hablar ahora, antes de hacer la gran pregunta que pugnaba por salir de sus labios. Candy percibió el cambio en su estado de ánimo. – Terry … - Hizo que la mirara. - ¿Acaso te arrepientes tú? – Él negó con la cabeza.

- Jamás podría arrepentirme de estar contigo … es lo único que me ha dado fuerzas para seguir desde aquella noche en que te dejé marchar: el soñar con volver a estar contigo.

- Terry ...

- No, no me interrumpas esta vez, por favor, debo hablar, debo contarte algunas cosas … - Le puso un dedo en los labios, y al final, Candy desistió y se dispuso a escuchar.

- Está bien, de acuerdo. – Se quitó de encima suyo para proporcionarle más comodidad y se recostó a su lado, mientras le acariciaba el pecho. Pero él la apartó suavemente y se levantó, acercándose a la chimenea. Cady observó hipnotizada sus elegantes movimientos y su perfecto cuerpo desnudo alumbrado apenas por las llamas. No pudo evitar contener el aliento. Pero Terry le daba la espalda, ambas manos apoyadas en la repisa de piedra, aparentemente concentrado en sus pensamientos. De pronto, giró un poco la cabeza hacia ella.

- ¿Te importaría si encendiera un cigarrillo?

- No … adelante. - Susurró ella, mientras observaba cómo Terry salía un momento de la habitación. Candy suspiró profundamente. Estaba nerviosa, no iba a negarlo, y también intrigada. Notaba a Terry tenso, preocupado, y eso la desconcertaba.

Se recostó en las almohadas y se cubrió los senos con la sábana, al tiempo que Terry volvía a entrar en la habitación con los abrigos de ambos en la mano, y los depositaba en un diván cercano, sacando la pitillera de un bolsillo y encendiendo un cigarrillo. Después volvió a su sitio frente a la chimenea, observando las llamas.

- No dejaré de repetir, amor, lo despreciable y cobarde que me siento desde aquella noche, la noche en que te dejé marchar … en aquel momento, creí que era lo correcto, al igual que tú, pero no podía estar más equivocado. - Candy sentía un insoportable nudo en la garganta. Estaba deseando correr a abrazarlo, pero sabía que debía dejarlo hablar. - Me sentía tan culpable por lo que le había sucedido a Susannah … y supongo que entonces, mi inmadurez y mi absurdo sentido del deber contribuyeron a que tomara aquella estúpida decisión. - Suspiró y se giró para observarla, apoyando el brazo en la repisa de la chimenea. Candy no podía apreciar bien su rostro desde la cama, ya que estaba envuelto en sombras. Sólo su ronca voz llegaba hasta ella, tocando su corazón. - Sé que te hice una promesa … ¿recuerdas?

- Sí... prometiste que serías feliz … - Susurró ella. - … igual que yo te lo prometí a ti …

- Sí, es cierto … - Rió con amargura. - … ni siquiera te volviste para que pudiera ver tu rostro entonces … tu hermoso rostro por última vez …

- Oh, Terry … - Candy se incorporó levemente, secando una solitaria lágrima que corría por su mejilla.

- No pude cumplir la promesa, querida, lo lamento. Lo intenté al principio, es cierto, pero … el amor surge o no, es la verdad, no aparece con el tiempo … al menos, no en mi caso. Yo ya había entregado mi corazón a una preciosa chica que conocí en un barco, una noche de año nuevo entre la niebla. Así que supongo que ya no tenía nada más para dar, y menos a una pobre chica enferma.

Terry dio una calada a su cigarrillo y se sentó lentamente en una butaca frente a la chimenea. Entonces Candy, sin apenas pensar en lo que hacía, se levantó del lecho y desnuda, se acercó a Terry, sentándose en la butaca frente a la suya.

- Tenía pesadillas … te veía todo el tiempo. Cada vez que Susannah se acercaba a mí o me tocaba … no podía soportarlo. - Terry la observaba fijamente, pero Candy no podía verle los ojos con claridad. - Comencé a beber. Y en unos meses bebía ya tanto … que me convertí en un alcohólico de diecinueve años. Casi echo por la borda mi carrera. Robert me suspendió por un tiempo de la Compañía … y entonces me marché de Broadway. Comencé a trabajar en grupos de teatro de mala muerte … me pasaba el día bebiendo … - Se pasó las manos por el cabello. - … y haciendo todo tipo de cosas … algunas ni las recuerdo. Yo era un despojo humano, un desecho … todo me daba igual … - Candy sollozaba quedamente. - No entraré en detalles … sólo te diré que ya no soy aquel joven … pero tampoco soy el muchacho que conociste, Candy … supongo que esto hace que merezca que te avergüences de mí …

- Jamás podría avergonzarme de ti, Terry. – Candy lo observaba fijamente, con las mejillas húmedas de lágrimas, mientras se levantaba de la butaca y se acercaba a él. – Te vi aquella noche. Conseguiste vencer tus demonios … y ganaste.

- ¿Me viste? ¿Qué significa eso de que me viste? – Terry frunció el ceño, totalmente desconcertado.

- En Rockstown, aquella noche.

- ¿Qué? ¿Como? … - Él meneaba la cabeza. - ¿Eras … eras real? No, no es posible Yo … yo pensé que … - Inconscientemente, Terry se había echado para atrás.

Candy suspiró y sonrió con dulzura, mientras se levantaba y se acercaba al calor del fuego.

- Fui a Rockstown buscando a Albert. Una vez más … fue Albert. Me envió un obsequio desde allí, y como estaba preocupada por él, ya que había desaparecido de Chicago sin dejar rastro, aparecí en el pueblo. Entonces ví el cartel anunciando la obra … y tu nombre. No podía creerlo. - Suspiró profundamente. - Fue como si un imán me atrajera hacia el escenario. - Se giró a enfrentarlo y su voz sonó firme en el silencio de la estancia. - Ante todo, quiero que sepas que jamás me he avergonzado de ti, Terry. Sí, es cierto que lamenté muchísimo verte en aquel estado, en aquella situación, y que me dolía el alma pensando qué podría hacer para ayudarte. En aquel teatro de mala muerte, sentí tu dolor, amor mío, tan profundo, tan sórdido … - Terry parpadeó rápidamente, intentando controlarse y recomponerse. – Y entonces, Terry … entonces, me miraste fijamente, directamente a mí. Yo no pensaba que pudieras verme, creí que era una casualidad, una ilusión, ya que la sala estaba muy oscura. Pero de pronto, cambiaste radicalmente de actitud. Fue increíble, casi mágico. Volviste a ser tú, con tu talento, con tu carisma … y todo el mundo en la sala lo percibió y se rindió a ti. ¿No lo entiendes? Me sentí tan orgullosa, amor mío … y luego me encontré con tu madre, Terry …

- ¿Qué? Ella jamás me ha dicho nada … - Terry suspiró, meneando la cabeza.

El silencio se apoderó de la pareja, cada uno sumido en sus pensamientos y en sus recuerdos, observando el crepitar de las llamas.

- Fue por ti … - Continúo Terry con voz ronca. – Yo … yo creí que habías sido una visión. De pronto, se me apareció tu rostro en la oscuridad y no podía creerlo. Me mirabas con lágrimas en los ojos … esos increíbles ojos … y estabas tal y como te recordaba. Aquello me afectó profundamente. Tú … la persona que más amaba sobre la tierra … estabas allí, viéndome en aquella vergonzosa situación, y sentí que tenía que salir de aquella vorágine de destrucción en la que había caído. Tenía que volver a ser yo mismo … por ti, para que no te avergonzaras de mí … - Se le quebró la voz y Candy le acarició el brazo suavemente.

- Tu madre me dijo que hablaría contigo … que intentaría que volvieras a Nueva York … y yo … yo no pude verte, Terry … en aquel momento, decidí que era lo mejor, pero tal vez ...

- Sssssshh, está bien … así que una vez más, tú has sido mi ángel … mi luz, como siempre … - Y antes de que Candy pudiera proferir palabra, se levantó y la besó en la boca, atrayéndola hacia sí. Ella rodeó su cuello con los brazos, respondiendo al profundo beso.

Se abandonaron por un momento el uno en los brazos del otro … hasta que Terry se obligó a separarse de ella y alejarse, en busca de otro cigarrillo. Candy frunció el ceño, pero nada dijo. Se limitó a sentarse nuevamente en la butaca al lado de la chimenea, observando el perfecto cuerpo desnudo del hombre que amaba.

- Háblame, Terry. Cuéntame qué ha sucedido en estos años.