¡Saludos a todos! Gracias por seguir leyendo esta historia. A partir de ahora, voy a profundizar más en las relaciones personales de los personajes, que, como ya especifiqué en un principio, son versiones adultas y maduras de aquellos adolescentes, personajes creados por Kyoko Mizuki y Yumiko Igarashi. No pretendo, como ya dije, ofender a nadie ni deteriorar la imagen que se pudiera tener de dichos personajes,por lo que quien quisiera conservar la sensación de inocencia y dulzura inicial, tal vez debería abstenerse de seguir leyendo, porque este es un fic versado en su etapa adulta, con sus problemas, sus relaciones y sus sentimientos. A todos, quienes continúen y quienes no, gracias por leer y por dedicar vuestro tiempo a la historia. ¡Hasta pronto!

La fiesta había llegado a su fin. Los últimos invitados ya recorrían la avenida, montados en sus automóviles, rumbo a la oscuridad de la noche. William Albert Andrew suspìró profundamente y dio gracias porque la tranquilidad volviera a su vida y a su casa. No era ningún secreto el hecho de que no era un gran amante de los eventos sociales y multitudinarios, al igual que Candy, aunque por desgracia, eran parte inherente a su estilo de vida. Siempre se había sentido mucho más cómodo y libre en plena naturaleza, cabalgando un buen caballo por el bosque, escalando una montaña … o volando en avioneta. ¿Cuándo podría volver a hacer aquello? Ir a África y sobrevolar las extensas llanuras en avioneta. Sabía que, de momento, sólo se quedaría en eso … en un anhelo.

Había tomado la decisión de hacer frente a su destino, de ponerse a la cabeza de la poderosa familia Andrew … y debía aceptarlo y afrontarlo. Aunque aquellos años estaban siendo ciertamente duros, negocios, viajes, eventos … todo ello sumado al hecho de que con sus ya cumplidos treinta y un años, y siendo uno de los millonarios más deseados de la ciudad, no podía dar un paso ni acudir a ningún sitio sin ser asediado por una veintena de mujeres con sus respectivas hijas, sobrinas o pupilas, intentando llamar su atención para un futuro compromiso.

Puso los ojos en blanco. Daba gracias porque la tía Elroy no hubiera podido acudir aquella noche a la fiesta. Aún era peor cuando estaba ella, ya que apenas dejaba que Albert se distanciara de su lado,mientras le presentaba a un sin fin de jóvenes sonrientes, a las cuales Albert debía atender con cortesía y amabilidad.

Meneó la cabeza aspirando el fresco aire nocturno y se dispuso a entrar de nuevo a la mansión. Tal vez otra copa y una taza de café en la terraza le sentaran bien. No estaba preparado para entablar una relación con nadie. Sabía que aún no había encontrado a ninguna joven que le interesara tanto como para pensar en profundizar la relación … ¿o sí? Quiso reírse de sí mismo. Era ridículo. Algo impensable … suponía que había equivocado sus sentimientos. Se encogió de hombros y rió. Tal vez fuera el estrés.

Al entrar a la casa se cruzó con Watters, el mayordomo.

- Buenas noches, señor.

- Buenas noches, Watters. - Se dirigió hacia el pasillo que conducía a su despacho, pero de pronto se giró de nuevo. - ¡Watters!

- ¿Señor?

- ¿Ya se ha retirado la señorita O´Brien?

- No sabría decirle con certeza, señor … creo que sí.

- De acuerdo, gracias. - Pero al volver a girarse para continuar camino, le llamaron la atención los farolillos encendidos que titilaban en el jardín, más allá de la terraza que se abría frente a él. Lo cierto era que apenas había salido al exterior en toda la noche, y el jardín invitaba a pasear con tranquilidad por los serpenteantes caminos. Los decoradores habían hecho un buen trabajo, debía recordar alabar su obra.

- Señor William. - Se sorprendió ligeramente, pillado por sorpresa, y descubrió a George acercándose a él.

- George, ¿ya has llegado? ¿Has dejado a Candy en casa?

- Sí, señor, sana y salva.

- Perfecto. - Esperaba que estuviera bien. Ciertamente había sido una dura noche para la pareja … pero Albert confiaba en que encontraran su camino. - Buenas noches, George.

- Buenas noches, señor. - Albert palmeó a George con afecto en el hombro mientras se dirigía a la terraza. De camino, tomó de una olvidada bandeja encima de una mesa una intacta copa de champán.

Bebió un sorbo del burbujeante líquido al tiempo que se soltaba la pajarita del esmoquin y salió a la terraza, sintiendo como el aire nocturno rodeaba su cuerpo. Era el momento en que mejor se sentía de toda la noche.

- Vaya, vaya … el mismísimo dueño de la casa escapándose a escondidas al jardín … - Él sonrió al escuchar la voz, pero no se giró a observarla.

- Parece ser que no soy el único que se escapa …

- Oh … - Sintió cómo ella se acercaba a él y se situaba a su lado, y la observó por el rabillo del ojo. Inexplicablemente, se había acelerado su corazón.

Aún no comprendía aquellos sentimientos, aquellas sensaciones que habían comezando a surgir en él a raíz de la presencia de aquella joven. Era sorprendente … sorprendente y desconcertante. La conocía desde hacía mucho tiempo, siempre serena, dulce, amable … con aquellos profundos ojos verde esmeralda que escondían una brillante inteligencia y un enorme corazón. Estaba … hermosa. Sí, esa era la palabra perfecta. La adolescencia había huido del cuerpo de Patty, convirtiéndose en mujer, una mujer hecha y derecha. Es … como el hogar. Ella es como el hogar. El fugaz pensamiento lo sorprendió tanto que casi se le cae la copa de champán de la mano.

- ¿Albert?

- ¿Sí? - Carraspeó agitado y su rostro se encendió. Dios mío … ¿cuánto hacía que no se ruborizaba? Agradeció infinitamente la oscuridad que los rodeaba. Pero, ¿qué demonios le pasaba?

- ¿Te encuentras bien?

- Claro. - Debía recobrar la compostura. Patty se echó a reír.

- No estoy muy segura … diría que te ha sentado mal el champán y estás haciendo verdaderos esfuerzos por no vomitarlo todo en las baldosas.

- ¿Por esto? - Señalo la copa de champán e hizo una mueca divertida. - Para nada, señorita … - Observó el hermoso jardín que se extendía ante ellos. - Ven … demos un paseo. A pesar de ser el dueño de la casa, aún no he tenido ocasión de ver cómo ha quedado el jardín.

Albert le ofreció el brazo y bajaron lentamente al pequeño bosque, admirando el paisaje nocturno.

- Estás preocupado por Candy, ¿verdad? ¿Crees que estará bien? - Albert se giró a observarla con sus claros ojos azules.

- Candy estará bien, no te preocupes.

- Parecía tan … triste …

- Bueno, ya sabes cómo son esos dos. Sólo espero que esta vez todo salga bien.

Caminaron en silencio unos minutos, ambos absorvidos por la magia de la noche y el entorno. Patty apenas recordaba la última vez que se había sentido tan viva. Y aunque pareciera impensable y ridículo, últimamente sólo le sucedía en presencia de aquel hombre. Ni siquiera era consciente de cuándo había comenzado a verlo de forma diferente. El señor Albert fue convirtiéndose en Albert y paulatinamente en William, un inteligente y atractivo hombre que, suponía ella que inconscientemente, había llenado poco a poco el vacío de Patty con largas cartas de amistad, visitas fugaces a Florida acompañando a Candy … pero siempre presente, como una montaña en el extenso vacío de su alma. En un principio, Patty había pensado que se trataba sólo de una férrea amistad … aunque hacía ya unos meses que se había despertado bruscamente horrorizada de un sueño muy perturbardor con un hombre que tenía el rostro de William … y desde entonces, todo había surgido rodado, como algo inevitable.

- Lamento interrumpir tus ensoñaciones, querida, pero … me siento algo ridículo hablando solo. - Patty volvió bruscamente a la realidad y se ruborizó, riendo nerviosa. William se había parado cerca de un pequeño riachuelo, cruzado por un diminuto puente de madera, iluminado adorablemente por la luz de los farolillos.

- ¿Estás seguro de que ninguno de tus invitados se ha quedado a vivir por aquí? Esto es demasiado hermoso … ¿los has echado a todos? - Él soltó una carcajada.

- Espero que sí … aunque tal vez debería ordenar que fueran a echar un vistazo a la cabaña.

- ¿Cabaña? - Él asintió sonriendo.

- Mi cabaña mágica … algún día te la enseñaré. - Patty meneó la cabeza.

- Te estás quedando conmigo …

- En absoluto, querida señorita O´Brien. - Ella le hizo otra mueca mientras él reía. - Por cierto, ahora que ya he conseguido retener tu atención, me preguntaba cuánto tiempo pensabas quedarte en Chicago.

- ¿Por qué? ¿Estás echándome sutilmente? - Él soltó una carcajada.

- Oh, Patricia, nada más lejos … - Se puso serio. - Estás en tu casa, lo sabes …

- Lo sé … - Sonrió y sus ojos se perdieron en las celestes pupilas. - Vamos, William, estaba bromeando … - Se mordió el labio con rapidez y giró la cabeza. Dios mío, ¿le había llamado William? El rostro masculino estaba perplejo, ¿le había llamado William? Y de pronto percibió que su corazón latía más rápido. - Bueno … el caso es que pensaba quedarme un par de días y …

- ¿Por qué no te quedas el resto de la semana?

- ¿Qué? - Ella se volvió a mirarlo con el ceño fruncido.

- Estos días tengo más tiempo libre … y Candy … bueno, le vendría bien tenerte por aquí. Terry continuará su gira y …

- Pero … una semana …

- No debes preocuparte. Puedes quedarte aquí, lo sabes … le diré a Candy que duerma en la mansión mientras estés aquí, y así evitaremos comentarios estúpidos. Ya sabes cómo le gusta chismorrear a la gente … y es lo último que desearía para ti.

- Sabes que estoy por encima de esas cosas …

- Lo sé … - Él la acariciaba con la mirada y Patty sintió calor. - ...pero no consentiré que nadie dude de tu integridad, ni que pongan en su boca comentarios que conduzcan al equívoco o a la duda... ¿tenías planes en Florida?

De pronto Patty sintió un escalofrío y tembló, a lo que William inmediatamente se quitó la chaqueta del esmoquin y la puso sobre sus hombros.

- Gracias … - Sonrió ella. - Bueno … no sé si se le pueden llamar planes … - Se mordió el labio mientras observaba el agua del riachuelo. - Eres el primero al que le cuento esto. Llevo un tiempo pensando en retomar mis estudios …

- Pero eso es fantástico …

- Estaba pensando en visitar alguna universidad …

- Bien, hagamos una cosa. - Wiliam se alzó ligeramente, ya que había estado recostado en la barandilla de madera. - Te quedas esta semana con nosotros. Dejadme organizar la semana. Os sorprenderé. Y después, me comprometo a ayudarte a elegir una buena universidad. - Patty se echó a reír.

- Estás loco, señor William. - Loco por tí. Y el pensamiento volvió a pillarlo desprevenido, haciendo que su rostro volviera a encenderse.

Súbitamente, el ronco estruendo de un trueno rasgo el aire sobresaltándolos.

- ¿De veras? - Dijo William mirando al cielo, al tiempo que pequeñas gotas de lluvia comenzaban a mojar sus rostros. - ¡Vamos, Patty! ¡Tendremos que correr!

Y sin esperar respuesta, la tomó de la mano y echaron a andar rápidamente hacia la mansión. Pero las pequeñas gotas de lluvia pronto se convirtieron en una verdadera tormenta de agua que los dejó chorreando, ambos muertos de risa una vez llegaron chapoteando a la entrada de la terraza, Patty con el peinado deshecho, los zapatos en la mano y la chaqueta de William pegada al cuerpo.

- Vaya forma de terminar una fiesta.

Los dos se observaban entre risas, los ojos brillantes, mientras él la ayudaba a entrar al salón ya en penumbras, y ella se sacudía el cabello mojado. Se quitó la mojada chaqueta y se la entregó, mientras él en un impulso le apartaba dulcemente un mechón mojado de la mejilla y le rozaba suavemente el labio inferior. Patty sintió escalofríos por todo su cuerpo.

- Creo … creo que ya es hora de retirarnos … o nos resfriaremos. - Ninguno de los dos reía ya, ambos observándose a través de la oscuridad. Él asintió. - Buenas noches, William … - Se sonrojó involuntariamente. - … Albert … .- Y él no pudo evitar sonreír.

- Buenas noches, Patricia.

El automóvil avanzaba inexorablemente atravesando la oscuridad de la noche rumbo a su destino, pero la pareja sentada en la parte trasera permanecía en silencio, cada uno sumido en sus pensamientos, sin apenas mirarse. Al cabo de unos instantes, el hombre joven de pelo castaño y ojos avellana frunció el ceño y suspiró quedamente.

- Vamos, Annie, di algo. Lo que sea. Lo merezco, lo sé, y lo aceptaré con estoicidad.

- ¿Realmente? - Susurró ella con voz gélida. - Tal vez hubieras debido echar mano de esa estoicidad de la que presumes en la fiesta. Te has comportado como un verdadero cretino.

- Lo sé … y lo lamento … - Intentó cogerle la mano, pero ella se apartó bruscamente. - … muchísimo, Annie, de veras. Tienes razón. - Ella alzó una irónica ceja a pesar de estar mirando por la ventana. - La tienes, lo reconozco. Soy un estúpido, un cretino, un …

- Basta, por favor, no te fustigues, no es necesario. - La voz de Annie sonó como hielo afilado, sin emoción. Y aquello dolió más a Archie que si le gritara enfurecida en pleno rostro.

- De acuerdo, ¿qué sucede? Hablemos … mi comportamiento ha sido lamentable, pero sabes que Candy para mí es como …

- Déjame adivinar. - Lo cortó ella girando la cabeza y enfrentando su mirada por primera vez. Archie casi deseó que continuara mirando por la ventana. Los ojos azules de Annie lo taladraban, haciéndolo estremecer. - Es como una hermana. - Escupió, y soltó una amarga risa. - No estoy de humor para juegos esta noche, Archie, de verdad, estoy cansada.

- ¿Qué intentas decir? - Comenzaba a enfurecerse. - ¿Qué demonios insinúas? ¿Vamos a volver a empezar con esto, Annie? - Ella alzó una mano.

- En absoluto. Es más … - Se encogió de hombros. - … no me interesa. - Archie sintió un nudo en la garganta y tragó con fuerza, parpadeando sorprendido. - Pero déjala en paz, Archie. - Susurró muy quedo. A su marido se le heló la sangre. - Te lo advierto … déjala tranquila.

- ¿Qué mierda, Annie? - Había alzado la voz. - No sé a dónde quieres ir a parar … ¿crees que no me importa Candy? ¿No es precisamente por eso que he intentado protegerla esta noche?

- Baja la voz ,, comportarse.

- ¡Estoy en mi maldito coche! ¡Hablaré como me plazca! - La joven apretó los labios y volvió el rostro hacia la ventana, al tiempo que Archie apretaba los puños y respiraba profundamente intentado calmarse. - Perdóname … es mejor que hablemos en casa, más tranquilamente.

- Estoy agotada. - Susurró ella.

- Pero … - Se volvió a mirarle. Su rostro era inexpresivo.

- Estoy embarazada de siete meses y medio de tu hijo, Archibald, y he tenido una noche agotadora. Lo menos que puedes hacer es respetar ese hecho y dejar que me vaya a descansar a mi habitación. - Y volvió el rostro rápidamente hacia la ventana.

Él apretó los labios pero no insistió. Quizá tuviera razón, tal vez lo mejor fuera descansar y que la luz del día trajera una nueva perspectiva.

El automóvil giró a la derecha y Archie descubrió que ya se adentraban en la rotonda de entrada a la mansión Cornwell. Annie no había vuelto a despegar los labios, pero Archie sabía que estaba tensa y enfurecida.

Una vez detenido el vehículo, Annie se apeó de él tan pronto el chófer abrió la portezuela y, sin mirar atrás, se adentró en la mansión, saludando a Jackson, el mayordomo, sin detenerse. Archie se apeó tras ella, observando con tristeza la silueta de su esposa perderse en la oscuridad del interior.

- Buenas noches, señor, ¿han tenido una agradable velada?

- Buenas noches, Jackson, sí, gracias, muy agradable. - Se quitó el sombrero y el abrigo, dejándolos en manos de su competente mayordomo y con lentos pasos se encamino a la biblioteca. Era impensable retirarse a descansar en aquel momento, estaba demasiado tenso.

Al entrar en la biblioteca y encender las luces, no pudo evitar sonreír. Qué bien lo conocía Jackson. La chimenea estaba encendida y la botella de coñac lo esperaba pacientemente en la mesita al lado de su sillón preferido. Aquello era mucho mejor que el lecho frío y vacío que lo esperaba escaleras arriba. Aunque ya estaba habituándose a él. Llevaba vacío demasiado tiempo.

Se sentó pesadamente en el sillón y se pasó las manos por el rostro. Sentía congoja en el corazón … congoja y tristeza. Una gran tristeza lo invadía, y no sabía cómo solucionarlo, no sabía cómo salir de aquella situación.

Mientras se echaba una generosa cantidad de coñac en la copa, la imagen de su querido hermano vino a atormentarlo.

- Oh, Stear … - Susurró a la nada. - Si pudieras verme ahora … bien, supongo que te avergonzarías de mí y me echarías una bronca de primera. - Sintió que de pronto los ojos se le llenaban de lágrimas y parpadeó rápidamente para contenerlas. No, aquello sí que no.

Si alguien pudiera verle en ese instante … el admirado y envidiado Archibald Cornwell … se rió de sí mismo. Una esposa preciosa que se aleja cada vez más de él, un vida vacía, una mentira … se había permitido criticar a Grandchester … pero sabía que él no era mucho mejor … no, sabía que era peor.

¿Qué clase de padre iba a ser? ¿Cómo solucionar algo que estaba perdido y deteriorado de antemano?

No era cierto lo que había insinuado Annie en el coche. Él la amaba a ella. Sí, amaba a Annie … aunque quizá no hubiera sabido demostrarlo en aquellos años. ¿Había sido él? ¿Había sido él el causante de que Annie hubiera perdido el brillo de sus hermosos ojos? Recordaba a su esposa al inicio de su relación. Una jovencita adorable, perdidamente enamorada de cada uno de los movimientos que pudiera hacer él, de cada uno de sus más insignificantes deseos … sí, era cierto que al principio le costó olvidar a Candy. Le costó grandes esfuerzos dejar a un lado aquel amor adolescente que lo había consumido por años y centrarse en su futura esposa. Y Annie, la dulce Annie, siempre comprensiva y paciente … siempre a su lado. Fue gracias a Annie que no se derrumbó cuando su hermano murió. Fue Annie quien recogió los pedazos de su corazón roto y los recompuso poco a poco, con ternura y amor.

Y él … bebió un gran trago de coñac y suspiró. Pero, ¿no era así como deberían comportarse los esposos? Ciertamente, estaba confundido … y también aterrorizado y tremendamente culpable. No era un principiante en lo avatares sexuales … había tenido sus pinitos antes de casarse, no iba a negarlo, pero una vez pronunció sus votos, supo que Annie sería la única.

Pero la noche de bodas fue una tremenda y desgarradora sorpresa. Annie había sido instruida, tal y como era costumbre en la época, respecto a sus obligaciones matrimoniales. Pero cuando Archie se acercó a ella e intentó avanzar en su relación, su esposa se cerró en banda y le suplicó aterrorizada que se detuviera. Un confundido y frustrado Archibald pasó su noche de bodas abrazando a una temblorosa jovencita,echa un mar de lágrimas, en el lecho nupcial.

Imaginó que debían ir despacio, hasta que Annie se fuera acostumbrando a la nueva situación, pero por más que Archie fue paciente, por más que hablaron, intentaron y analizaron la mejor manera de consumar su matrimonio, Annie era incapaz de soportar que la tocara íntimamente … y pasados unos meses, Archie había decidido que debían ir a un discreto terapeuta para que los ayudara.

La frustración cada vez era mayor. Annie dormía junto a él en el lecho y las noches eran un infierno para el joven. Tomó la costumbre de beber más de lo habitual para poder afrontar la situación, y solía excederse más de lo debido. El terapeuta no ayudaba en gran medida a solventar el problema, y las broncas, los estallidos de furia y lágrimas y los improperios fueron cada vez más frecuentes entre el joven matrimonio.

La noche que por fin lograron consumar su unión carnal, la experiencia fue sobrecogedora. Una sollozante y casi histérica Annie bajo él hizo que Archie se asustara terriblemente. Era verdaderamente duro oír suplicar a tu esposa, a la mujer que amabas, que no quería que volviera a tocarla.

La situación se estaba volviendo insostenible, y la relación de pareja se estaba hundiendo sin remedio. Comenzaron a increparse el uno al otro, él achacándole sus traumas y ella echándole la culpa por lo que sentía por Candy. Fueron meses tremendamente desgarradores. Lo intentaron un par de ocasiones más, con idéntico resultado.

Y cuando Archie ya se planteaba seriamente tener que tomar una determinación respecto de su matrimonio, Annie le dio una inesperada noticia: estaba embarazada, iban a ser padres.

Archie no supo cómo tomarse aquello. Desde aquel instante, Annie le prohibió que volviera a tocarla y cada uno dormía en habitaciones separadas.

Meneó la cabeza y apuró la copa de coñac mientras, sorprendido, se secaba las húmedas mejillas. Se levanto cansadamente del sillón y se dirigió a la puerta de la biblioteca, apagando las luces.