- Háblame, Terry. Cuéntame qué ha sucedido en estos años.
La voz de la joven quedó suspendida en el aire unos segundos en la habitación en penumbras, mientras Terry echaba la cabeza hacia atrás y suspiraba profundamente. Sólo el crepitar de las llamas rompía el silencio, hasta que el joven comenzó su relato.
- Después de la función en Rockstown, salí disparado a mi camerino y vomité. Me encontraba fatal, abrumado por los acontecimientos. Jamás pensé que pudieras ser real, de veras, creí firmemente que eras producto de mi ofuscada mente … y tal vez fue mejor así, porque si hubiera sabido que eras tú en verdad …
- ¿Qué hubiera sucedido, amor mío? - Preguntó Candy dulcemente. Él la observó con sus profundos ojos azules, y Candy deseó estar de nuevo en sus brazos. - Tal vez … tal vez yo debería haber …
- No … - La cortó él. - No te atormentes. En ese momento cada uno actuamos como creímos que debíamos hacerlo. Es absurdo seguir lamentándose, lo único que puedo agradecer ahora es que vuelvo a tenerte junto a mí … - Terry sonrió con ternura y Candy abrió la boca para contestarle, pero se contuvo, sabía que debía dejarle hablar. - Al poco apareció mi madre. Cierto que la noté nerviosa y alterada, pero dado el lamentable estado en el que me encontraba en aquellos instantes, no era de extrañar. Me abracé a ella sollozando y así estuvimos un buen rato. Entre los dos decidimos mi futuro. Debía volver a Nueva York con mi madre, debía luchar contra mi adicción … debía vivir. - Terry se echó hacia adelante. - Al llegar ingresé en una exclusiva y discreta clínica de las afueras y permanecí varios meses. No entraré en detalles sobre lo duro que fue … - Sus ojos se encontraron. Las lágrimas rodaban por las mejillas de Candy, pero ella apenas se daba cuenta. - … las pesadillas, los vómitos, los … - Meneó la cabeza. - Y tu rostro … - Susurró con voz ronca. - … tu sonrisa … eso fue lo que me dio fuerzas para superarlo.
- Oh, Terry … - La joven ya no pudo más y se arrodilló ante él, abrazándose a su cuello mientras él le acariciaba la espalda.
- No llores, amor … todo aquello ya pasó.
- Pero … - Él la obligó a mirarlo y le acarició la mejilla.
- Escucha, amor mío, yo ya he superado todo eso. Quiero decir que … sí, sufrí, me sentí culpable, cobarde … desgraciado durante mucho tiempo. Pero ya ha terminado. Sólo deseo un futuro contigo. Me siento tan sumamente afortunado de que el destino me haya brindado otra oportunidad, que no puedo hacer otra cosa que sonreír de nuevo a la vida, ¿comprendes? – Candy se secó las húmedas mejillas y sonrió suavemente. – Pero necesito contarte todo … verdaderamente necesito hacerlo. - La obligó a levantarse al tiempo que él se alzaba también y la abrazaba contra sí. - Quiero sacarme todo del pecho, Candy, quiero que sepas quién soy y lo que soy …
- Sé muy bien quién eres y lo que eres … - Susurró ella levantando la cabeza para mirarlo y él no pudo evitar volver a besarla en los labios.
Al cabo de un momento se separaron y se acercaron más a la chimenea, al tiempo que Terry revolvía los rescoldos y alimentaba más las llamas.
- Cuando salí de la clínica, fui a visitar a Susannah. Le pedí disculpas por haberla dejado sola … y ella simplemente sonrió con frialdad, y me dijo que no me preocupara, que ya se encargaría de que no volviera a hacerlo, ya que si quería triunfar en Broadway , la necesitaba. Yo no podía pensar con claridad en aquel momento … mi madre no paraba de decirme que la dejara, que escapara de allí, que aquella joven sería mi ruina … pero cuando la veía allí sentada, frágil, en aquella silla de ruedas, me sentía tan culpable que no podía soportarlo … y no deseaba volver a caer en mi adicción. Hace apenas unos meses que he podido volver a probar el alcohol, ¿sabes? Y he de ser extremadamente cuidadoso …
- Terry, no deberías beber ni una gota …
- Lo sé, lo sé … - Él alzó una mano. - Te prometo que no volveré a aquello, puedes estar segura. El caso es que le pedí matrimonio y Susannah redactó toda una serie de normas y cláusulas que debía cumplir. - ¿Qué? Candy estaba horrorizada. ¿Qué era aquello?
- ¿Cláusulas … ? No comprendo … ¿económicas? - Él rió con cinismo.
- ¿Económicas? No era necesario. Susannah y su madre vivían de mis ahorros, y cuando la Srta. Marlowe peinó medio Broadway y consiguió que Robert volviera a contratarme en su compañía, vivieron de mis ingresos hasta la muerte de Susannah. Yo pagada todos sus tratamientos, los médicos, los hospitales … absolutamente todo. Trabajaba hasta caer rendido …pero también agradecía aquello.
- Entonces …
- Me refiero a que Susannah impuso condiciones. Debía comportarme como un auténtico esposo … debía consumar el matrimonio, debía comportarme como un hombre enamorado … Sé qué no me amas. Solía decirme. Sigues soñando con ella. Siempre será así … pero estás conmigo. Y los meses pasaban … y yo sentía que estaba cumpliendo una larga condena. También tuvimos discusiones. Cuando ya no podía más, era inevitable que la increpara … pero entonces, ella sufría una crisis severa, y la culpabilidad volvía para atormentarme. Y así era mi vida.
- Dios mío … - Candy se tapaba la boca con la mano, horrorizada. Había dejado a Terry solo … con un monstruo.
- Yo creí que ella te necesitaba, te amaba tanto, te …
- No era amor, Candy.
- ¿Cómo pude no verlo, Terry? Yo te dejé …
- Sssshhh … - Él le puso un dedo en los labios. – Se terminó, amor … - La abrazó contra él. - Entonces ella enfermó y fue degenerando paulatinamente. No negaré que sentí pena por ella. Sufrió mucho. Los médicos aconsejaron posponer el matrimonio. Y yo vivía entre el teatro y el hospital … - Acarició el rubio cabello de la joven. - Pero desde que nos prometimos … le fui fiel, hasta que murió. - Sus rostro cambió y se apartó ligeramente. - Escúchame, Candy, por favor. En mi etapa de autodestrucción hice cosas … de las que no me siento orgulloso, y algunas de ellas ni las recuerdo. Pero desde que vencí aquello, me he comportado siempre con honor, para ser un hombre merecedor de una mujer como tú …y ahora que ya sabes la clase de hombre que soy … he de decirte que siempre has sido tú, amor mío, tú, la mujer que amo y con la que quiero compartir mi vida. ¿Podrás aceptarme, Candy? ¿Podrás aceptar a este hombre con todos sus defectos?
- Terry … - Las lágrimas rodaban por las mejillas de la joven. - Sí, acepto … y con todas tus virtudes también …
Y él no la dejó terminar, besándola con pasión.
Estaba amaneciendo, Candy podía percibirlo por la tenue luz que se filtraba a través de las echadas cortinas de los ventanales de su habitación. Terry se había dormido hacía apenas un par de horas y estaba teniendo sueños agitados, a pesar de tenerlo ella entre sus brazos, acariciándole suavemente el cabello. Pero Candy no había podido conciliar el sueño. Demasiado … todo aquello había sido demasiado. Una noche llena de sentimientos. En apenas unas horas, su mundo había cambiado por completo. Su estabilidad, su vida en Chicago … todo había cambiado por aquel hombre que tenía entre sus brazos. No sabía qué iba a suceder a partir de ese momento, lo único de lo que estaba segura era de que no iba a volver a separarse de él.
Tras su confesión y declaración de amor, habían vuelto al lecho. Esta vez Terry se acercó a ella sin reservas, sin control, con el ardor puro y salvaje de un amante enardecido. Y Candy ya estaba aprendiendo que en el sexo Terry era como en la vida: impulsivo, posesivo, algo salvaje y controlador, pasional en todos sus actos. Sabía que aquella vez sería diferente, pero ya no estaba asustada, simplemente, estaba intrigada y seducida. Seducida por aquella pasión, por la boca y manos de Terry explorando lugares de su cuerpo que jamás nadie había tocado. Haciéndola gemir, jadear y desear más. Y cuando la penetró esta vez, ella ya estaba preparada para él, enloquecida, sumergida de lleno en aquel torbellino de pasión que la elevaba hasta límites que jamás se hubiera atrevido a soñar. Y cuando creyó que no iba a poder resistirlo, sus manos aferradas a los bien desarrollados músculos de los hombros de Terry, aquel movimiento enervante la hizo elevarse hasta rozar el climax con los dedos y ni siquiera escuchó el gemido de Terry, ahogado por sus propios gritos, mientras volvía a descender a la realidad, oyendo la respiración agitada de su amado a su lado.
Después de la excitación, el deseo dio pasó a las confidencias, a las risas, a mimarse el uno al otro con caricias, bromeando juguetonamente. Solo el crepitar del fuego rompía la paz que envolvía a los amantes. Candy recostada sobre el pecho del joven, mientras acariciaba suavemente sus brazos y abdomen con la yema de los dedos y él observándola arrobado. Aun le costaba creer que tenía permiso y derecho de reclamar aquel maravilloso cuerpo, besar aquellos carnosos labios, acariciar aquel precioso cabello …
- ¿No te recuerda a algo esta situación? – Susurró Candy. Él parpadeó, saliendo de su ensoñación, y bajó la cabeza para mirarla, arqueando una ceja. – Escocia. – Terry sonrió. - La chimenea, el calor del fuego ...
- Sí, es cierto. Salvo por ciertas diferencias …
- ¿Cómo …?
- Como por ejemplo, querida Pecas, que en aquel momento no estábamos desnudos … ni en la cama. De haber sido así, las cosas hubieran sido diferentes …
- ¡Terry! Éramos muy jóvenes …
- Disculpe, señora, no quería faltar al respeto a una dama tan anciana …
- Oh, bobo … - Rió Candy, dándole un pequeño empujón. Pero frunció el ceño. – No creo que en aquel momento yo estuviera preparada para … - Se mordió el labio. - … para esto … - Terry rió suavemente.
- Pues claro que no, querida Pecas, ni yo tampoco. Además, en aquel momento estaba tan aterrorizado que no podía ni moverme.
- ¿Aterrorizado? ¿Por mí?
- Sí, señora. – Terry rió al ver su expresión y la besó en la punta de la nariz. – No sabía cómo reaccionar. No sabía qué hacer … temía seguir mis impulsos y que te evaporaras en el aire … eras demasiado importante para mí.
- ¿Y qué impulsos eran esos? – La mirada de Terry le dio la respuesta y Candy soltó un gritito escandalizado, abriendo de par en par sus ojos verdes. Se incorporó para mirarlo de frente.
- ¡Terrence Grandchester! ¿No estarás insinuando que ya en el colegio tenías … en fin … pensabas en mí de manera …? – No sabía cómo terminar la frase y Terry se echó a reír.
- Continuamente, mi querida Tarzán Pecosa. Cariño, ¿qué esperabas? – El rostro de Candy estaba encendido como las brasas. Agradecía la penumbra de la habitación.
- Bueno, yo …
- Los muchachos piensan de esa manera, Candy, y yo no era la excepción. Te deseé desde la primera vez que te vi, mi amor … - Terry se echó a reír. – Oh, querida, aún no puedo creer que te ruborices después de todo lo que ha pasado en esta habitación …- Y Candy se ruborizó aún más, intentando apartarse, pero él no la dejó. Entonces sintió como Terry le acariciaba la mejilla y se volvió a mirarlo. Él ya no reía. – Ojalá el destino no hubiera sido tan cruel con nosotros … ojalá todo hubiera ido bien. Ya serías mi esposa desde hace tiempo. - Sus ojos se encontraron y Candy se abrazó a su cuello suspirando, mientras Terry le acariciaba la espalda. Permanecieron así, abrazados, durante unos minutos, hasta que Candy se apartó un poco para poder mirarlo a los ojos. Los ojos azules de Terry despedían reflejos iridiscentes. Candy acarició suavemente el contorno de su mandíbula. - Lamento lo sucedido esta noche, amor … de nuevo, me he vuelto loco por ti … - Pero sus ojos reían y su boca estaba ladeada en su característica media sonrisa, por lo que Candy arrugó la nariz y meneó la cabeza.
- Eres imposible … creo que en este momento no lamentas nada en absoluto … - Él intentó parecer lo más inocente posible, arqueando las cejas.
- Claro que lamento mi comportamiento … - Ella lo miró intencionadamente.
- ¿Estás seguro? - Y él ya no pudo evitar reír suavemente besándola en los labios.
- Está bien … solo un poco.
- ¡Terry! - Pero él ya estaba sobre ella, intensificando el beso y comenzando a despertar su cuerpo de nuevo. Era demasiado … su corazón se disparaba, su respiración se agitaba … le faltaba el aliento, respirando el aliento de Terry … y sus manos … eran como lava pura recorriendo su piel.
- Cuéntame de ti … - Susurraba él en su piel, en su boca.
- ¿Qué … ?
- Dime si has sentido por alguien algo así … - La ronca voz de Terry sonaba febril, excitada. - … dime si alguien te ha tocado como yo lo hago …
- Oh, Terry … - Gemía ella.
- Ni siquiera él … - ¿Él? Candy abrió los ojos sorprendida, al tiempo que notaba los dedos de Terry entre sus muslos y se mordía el labio, arqueándose instintivamente hacia él. - Dímelo … - Y ahí estaba su celoso y posesivo muchacho. - Dímelo … - Rogaba, mordiéndole el lóbulo de la oreja.
- ¿Qué...? - Candy estaba embriagada, casi mareada de excitación y al mismo tiempo, pudor y cierta vergüenza.
- Di que me deseas sólo a mí ...
Aún ahora, relajada y con Terry durmiendo plácidamente a su lado, sentía cómo sus mejillas ardían ante las imágenes que poblaban su cerebro. Si siempre se había considerado una chica ciertamente pudorosa y contenida, definitivamente aquella noche había cambiado por completo. Y todo se debía a aquel joven que tenía dormido entre sus brazos.
Si alguien le hubiera dicho apenas dos días atrás que iba a estar desnuda en brazos de Terrence Grandchester en la cama de su habitación, se habría echado a reír estupefacta. Pero es que era increíble, simplemente increíble todo lo que había sucedido.
Y no es propio de ti, Candy. Frunció el ceño y la preocupación vino a molestarla. No remordimiento por lo sucedido, sino incertidumbre por lo que estaba por llegar, porque aún no estaban casados, porque no quería causar más problemas a Albert … porque nadie debía enterarse de lo sucedido esa noche … y por todo lo que deberían afrontar a partir de esa noche. Terry quería prepararlo todo lo antes posible y convertirla en su esposa … pero Candy sabía que no iba a ser tan sencillo, amén de que él se encontraba en mitad de una gira.
Parpadeó nerviosa volviendo a observar la claridad oculta tras los ventanales. Amanecía en Chicago. Despuntaba un nuevo día de mayo, preludio del inicio de su nueva vida.
