El amanecer estaba siendo espectacular, realmente espectacular. Los celestes ojos brillaron al contemplar cómo el sol salía tímidamente a dar la bienvenida a otro hermoso día de mayo. El hombre se pasó la mano por el rubio cabello, desordenándolo, y se desperezó, saliendo descalzo y en pijama a la terraza.
La mañana aún era fresca y sintió un pequeño escalofrío, pero no le importó. Al contrario, tal vez lograra despejarse la cabeza, ya que apenas había podido pegar ojo en toda la noche. Tenía la cabeza repleta de demasiadas cosas. Sí, demasiadas cosas … Susurró a la nada. Ese día tenía un par de reuniones en la ciudad que estaba devanándose los sesos sobre cómo poder hacer para aplazarlas. No podía concentrarse. Esa mañana simplemente no podía concentrarse. Supongo que necesito un respiro. Se dijo a sí mismo. Tal vez un paseo a caballo, un buen almuerzo … quizá … suspiró cansado. Tal vez Patty deseara acompañarlo.
Se apoyó en la barandilla de piedra y cerró los ojos, aspirando profundamente el fresco aire matinal. No podía evitar recordar cada momento de la noche anterior, cada gesto, cada palabra dicha … la recordaba tan seductora, tan hermosa … y el inoportuno aguacero que los dejó completamente empapados … William no pudo evitar sonreír. Y cuando me llamó William … ¿por qué me llamó William?
Despertó con un sobresalto y se incorporó en la cama desorientada. Tardó un momento en darse cuenta de dónde se hallaba. Vaya, había tardado en quedarse dormida, pero después había dormido profundamente. Se levantó despacio del lecho y se dirigió al baño. No recordaba con detalle todo lo que había soñado aquella noche … pero estaba segura de que los sueños habían sido con él. Siempre con él, como sucedía últimamente. Ya no tenían cabida para nadie más.
¿Cuándo había comenzado a hacerse dueño de su voluntad? Había sido inconscientemente, eso lo sabía. Sin apenas darse cuenta, se había introducido paulatinamente en su vida, en su corazón … y de pronto, Patty fue consciente de que se había vuelto a enamorar … ¿estaba enamorada? Se sonrojó violentamente y se tocó las mejillas mientras se observaba en el espejo. Sus brillantes ojos esmeralda le dieron la respuesta incluso antes de formular la pregunta. Y la noche anterior … había estado a punto de perder la compostura. Si en ese momento él hubiera hecho algo … cualquier cosa … Patty sabía que hubiera caído rendida a sus pies.
Se mojó las manos en agua fría y se refresco el ardiente cuello y las mejillas, mientras lentamente se bajaba los finos tirantes del salto de cama y la prenda se deslizaba lentamente por su cuerpo hasta el suelo. Se observó objetivamente en el espejo. ¿Qué vería él en ella? ¿Vería a la mujer en que se había convertido, o sin embargo, continuaría viendo a la niña que conoció?
Meneó la cabeza y se dirigió a la ducha. Mientras el agua caía por su cuerpo y despejaba su mente, intentó recordar cuándo había comenzado todo. Cuándo se dio cuenta de que William Albert se había convertido en alguien muy importante en su vida. Recordó el dolor tras la muerte de Stear, el inmenso vacío, la angustia que jamás la dejaba … no podía respirar. No podía quedarse allí. Por eso tomó la decisión de marcharse a Florida. Sus padres, tras una ínfima insistencia, la dejaron marchar. Patty era una sombra de sí misma por aquel entonces. Tenía dieciocho años, pero se sentía como si tuviera ochenta.
Llegó a casa de su abuela y se encerró en una habitación a oscuras, rumiando su dolor. La mujer la dejó hacer. Su abuela era la mujer más sensata, coherente y buena que jamás había conocido. Siempre se habían entendido a la perfección y aquella bondadosa mujer siempre había sido un referente de hogar para Patty, por eso había escapado a sus brazos. Y sin saber cómo, los días dieron paso a las semanas … y las lágrimas comenzaron a disminuir. Su abuela todas las mañanas depositaba su correo encima del tocador sin decir palabra, y Patty podía apreciar cómo las misivas se iban amontonando. Pero, ¿quién seguía escribiendo? Suponía que serían sus amigas … pero debían entender que en aquel momento no deseaba responder a nada ni a nadie.
Entonces un día, no sabría decir muy bien cuándo, se descubrió abriendo los sobres, y cual fue su sorpresa al descubrir que además de sus amigas, otra persona no había dejado de escribir e interesarse por ella. Y aquella persona fue William Albert Andrew. Al principio las cartas eran corteses, se interesaban por su estado y por sus inquietudes … pero William también comenzó a hablar sobre sí mismo, sobre sus preocupaciones, sus largos días, sus deseos … y Patty comenzó a descubrir a un hombre muy distinto del que siempre se había imaginado o creía haber conocido. Maduró bajo las palabras de aquel hombre, y se sorprendió contestando a sus misivas, al principio por cortesía, pero después con ansiedad. Y así, el hombre se convirtió en confidente … y el confidente se convirtió en amigo.
No tardaron en llegar las visitas a Florida, con Candy, con Candy y Annie … pero también solo. La primera vez fue algo embarazoso. Patty no sabía cómo reaccionar al respecto, y nuevamente fue su abuela quien la hizo entrar en razón. Invitó a William a cenar, y ya que este había ido a Florida por negocios e iba a pasar allí unos días, la buena mujer medió para que Patty ejerciera de anfitriona para enseñarle la ciudad. Y así, las barreras del pudor se rompieron y floreció la gran amistad que ya estaba consolidada entre ambos. Cenas, teatro … y jazz. Patty adoraba el jazz, y como no podía ser de otro modo, descubrió que William también adoraba el jazz. Las risas, las bromas … y ella comenzando a fijarse no sólo en el amigo, sino en el hombre. Un apuesto y atractivo hombre rubio, hermoso como un ángel, lleno de vida y alegría, con el cual deseaba pasar cada vez más tiempo y por quien ya no podía dejar de pensar. Y llegaron los pensamientos perturbadores … los que te hacían ruborizar, los que te hacían transpirar por las noches y levantarte acalorada y abochornada … pensando en cómo ibas a poder mirarle a la cara y sonreír como si nada hubiera pasado. Él ya no era Albert, ya no podía serlo … él era William Andrew … el hombre del que se había enamorado.
La doncella abrió suavemente la puerta del dormitorio y descubrió sorprendida que las cortinas ya estaban descorridas y la puerta de la terraza abierta, dejando entrar el fresco aire de la mañana en la habitación. Aquello significaba que la señora ya estaba despierta. La descubrió poco después, sentada en su tocador.
- Buenos días, señora, ¿se encuentra bien? - La joven morena giró la cabeza hacia la preocupada doncella y le dedicó una sonrisa fatigada.
- Buenos días, Lizzy. Sí, sí … estoy bien, gracias. Últimamente, cada vez me cuesta más dormir. - Se acarició suavemente el abultado vientre. - Esta noche ha estado especialmente revoltoso …
La doncella sonrió a su señora mientras se acercaba para ayudarla a volver a la cama, pero lo cierto es que la joven no presentaba buen aspecto. Era cierto que cuanto más avanzada la gestación, más incomodidades se padecían y al final, era difícil conciliar el sueño, ya que el abultado vientre impedía encontrar una postura agradable, pero la joven de pelo azabache estaba especialmente pálida, y sus ojeras eran pronunciadas. Además, a juicio de Lizzy, su señora estaba excesivamente delgada para estar embarazada de siete meses y medio.
Ayudó a Annie a meterse en la cama y le acomodó las almohadas.
- Enseguida le traeré el desayuno, señora.
- Gracias. - Annie cerró los ojos un segundo, pero enseguida se incorporó. - ¡Lizzy!
- ¿Señora? - La joven doncella volvió sobre sus pasos.
- ¿Se ha marchado ya el señor al despacho?
- Sí, señora. Jackson dio órdenes de no servir el desayuno en el comedor, ya que el señor se marchó muy temprano en la mañana. - Annie frunció el ceño, confusa.
- Está bien … gracias.
Y se quedó sola con sus pensamientos. Oh, Archie … ¿qué iban a hacer? ¿Cómo iban a poder superar aquello? Annie en verdad se arrepentía de su comportamiento la noche anterior. Había sido excesivamente dura con su marido. Y sabía que lo había sido porque la amargura la consumía. Se sentía tan desgraciada … que a veces pensaba que aquello iba a afectar a su bebé.
Las lágrimas volvieron a escocer en sus párpados y se las secó casi con rabia. No podía seguir así, maldita sea. Aquello no era sano, se estaba consumiendo. Bien era cierto que no aprobaba el comportamiento de Archie la noche anterior … pero también sabía que su esposo estaba arrepentido. Aunque no pudo evitar querer hacerle daño … más que nada por tratarse de Candy. Annie creía haber superado sus estúpidos celos adolescentes … pero a veces volvía a caer en aquella mala costumbre. Y no solo por Candy, debía ser sincera consigo misma … sino por todo. Su matrimonio, su relación con Archie … todo se estaba desintegrando a sus ojos y no encontraba salida a aquella situación. Creyó que el embarazo sería su vía de escape. Había cumplido, iban a tener un heredero. Aquello era el fin de todo, ¿no? Le habían enseñado que las relaciones de alcoba tendían a dicho objetivo. Su madre siempre la había educado para soportar con estoicidad y aplomo las relaciones maritales. Debía dejarle hacer a su marido, dejar que terminara … Acabas acostumbrándote, querida, no te preocupes. Recordaba las palabras de su madre grabadas a fuego. ¿Realmente? ¿A eso se reducía la relación carnal entre hombres y mujeres?
En su noche de bodas los nervios pudieron con ella y le entró pánico. Ni siquiera dejó que Archie la tocara. Y después se sintió terriblemente culpable, porque descubrió que Archie estaba tan asustado como ella. Y luego … bueno, su marido se había comportado siempre con absoluta delicadeza, intentando buscar una solución … con aquel terapeuta … Annie aún se ruborizaba al recordarlo. Tener que contar sus intimidades a un desconocido …
Y la noche que sucedió … debía reconocer que no dejó que Archie la ayudara en nada. El pánico volvió a apoderarse de ella y le suplicó que terminara enseguida, cuanto antes. Sólo recordaba dolor, un intenso dolor. Todo comenzaba bien, Archie la besaba … incluso le gustaba … le gustaba mucho que la besara de aquella forma … y que la acariciara … pero entonces, cuando comenzaba a sentir ¿placer? oía la voz de su madre … y sentía que no debía hacer aquello, que estaba mal … y su cerebro podía más que sus sentimientos y se bloqueaba totalmente.
Pero,¿cómo confesarle todo aquello a Archie? No podía, se moriría de vergüenza. ¿Y a sus amigas? Imposible. Además, Candy y Patty aún no habían tenido que pasar por todo aquello. Aunque suponía que Candy tarde o temprano con Terrence …
Meneó la cabeza y se revolvió en el lecho intentando cambiar de postura. Su marido se alejaba cada vez más de ella. Esa era la triste y cruda realidad. ¿Podía culparle? No, no podía. No se estaba comportando como una verdadera esposa. Y a pesar de la infinita paciencia de Archie, había ocasiones en que no podían evitar discutir y decirse cosas de las que después se arrepentían amargamente. Pero Annie le echaba de menos. Le echaba terriblemente de menos. Sabía que había sido ella quien le había pedido que no volviera a tocarla, que la dejara tranquila. Pero echaba de menos a su esposo en su alcoba, aunque solo fuera viéndole vestirse, oír su risa … hacía tanto que no oía reír a Archie …
Súbitamente abrió de par en par sus grandes ojos azules. ¿Estaría viendo a otras mujeres? Annie sabía que muchas mujeres ofrecerían a Archie de buena gana lo que ella le estaba negando. Mujeres hermosas que no dudarían en echarse en brazos de su apuesto marido.
- ¿Señora? - Annie parpadeó sorprendida para descubrir a Lizzy frente a ella con la bandeja del desayuno.
- Oh, Lizzy … - Sonrió. - Me has pillado desprevenida. - Intentó incorporarse. - Ven, ayúdame, por favor …
La doncella dejó la bandeja encima de la mesita y se acercó a la joven, apartando las sábanas. Ambas se quedaron estupefactas al encontrarse una gran mancha roja bajo Annie en el colchón.
- Lizzy … eso es, eso …
- Voy a llamar al médico, señora.
- Avisa a mi esposo … - Susurró Annie débilmente.
Pero la doncella ya estaba en la puerta, volando escaleras abajo.
- Vamos Patty, yo te ayudaré.
William reía al observar el rostro de Patty ante el alto caballo negro que sujetaba por las riendas, esperando para ayudarla a montar.
- Recuérdame morderme la lengua la próxima vez que sugieras que demos un paseo por el bosque. - Él soltó una carcajada, iluminándola con sus claros ojos azules.
Habían disfrutado de un agradable desayuno en el comedor de la mansión, solos, y a pesar de que Patty creyó que la situación entre ellos iba a ser algo más incómoda de lo habitual, debido al momento vivido la noche anterior, de nuevo William la sorprendió con su actitud. Era tan agradable, tan fresco y jovial …
- Te aseguro que Regina es inofensiva.
- ¿Tú crees? - Patty alzó una ceja dubitativa, mientras volvía a observar la hermosa yegua.
- Absolutamente. -Él alargó una mano. - Además, ¿crees que yo consentiría en dejarte caer?
No sabía si fue la forma en que lo dijo, o sus ojos fijos en su rostro, pero un calor abrasador recorrió a Patty de la cabeza a los pies al tiempo que tomaba la mano de William con dedos temblorosos y este la ayudaba a subir al estribo. Pero la equitación no era algo que Patty controlara, así que cuando la yegua se movió un poco, la joven perdió pie y cayó hacia atrás, directa a los brazos de su apuesto acompañante.
- Como dije, no te dejaré caer. - Los rostros muy cerca, ambos observándose casi con sorpresa, como si se vieran por vez primera después de mucho tiempo.
- ¿Señor William?
La voz de George los sacó de su ensimismamiento casi con brusquedad. Ambos se apartaron el uno del otro rápidamente, como si quemara su contacto, y Patty pudo comprobar que también William estaba afectado por la situación.
- ¿George?
- Lamento interrumpir, señor, pero acaba de llamar el señor Archie visiblemente alterado. Iba camino del hospital ya que al parecer la señora Annie ha tenido algún problema con el bebé …
- ¿Qué?
- ¿Annie? Dios mío …
Los tres al unísono se habían puesto en marcha rápidamente hacia la casa.
- George, avisa a Andy, que prepare el coche … - William daba instrucciones mientras con pasos rápidos se dirigían hacia la mansión. - … también hemos de avisar a Candy. Nosotros vamos a cambiarnos y bajamos enseguida. - Mientras George se desviada a cumplir su cometido, William tomó a Patty por el codo para ayudarla a subir los escalones de la entrada, y entonces ella se paró en secó y lo tomó por la solapa de la chaqueta de montar. Él sintió que se disparaba su corazón al ver aquellos hermosos ojos anegados en lágrimas.
- Oh, William … estará …
- Todo irá bien, querida. - Él intentó sonreír, pero entonces sus ojos se encontraron, desvelando muchas cosas que aún no se habían puesto en palabras.
- Yo …
- Patty, escucha, tú y yo hemos de hablar … pero no ahora. - Él le acarició la mejilla con dulzura y volvió a tomarla por el codo. Su voz sonó firme. - Ahora debemos concentrarnos, ¿de acuerdo? Por el bien de Annie.
Ella asintió, mientras ambos entraban rápidamente a la casa.
Despertó de pronto, cerciorándose de que estaba solo en el lecho. Parpadeó confuso y alzó la cabeza mirando alrededor. No tardó en localizarla, de pie ante el ventanal, enfundada en un batin, observando la claridad de la mañana. No se podía estar más hermosa. Terry se deleitó observando cada curva, el perfil de su rostro perfecto, su hermoso pelo rubio suelto cayendo por su espalda en perfectas ondas. Se movió lentamente levantándose, intentando controlar el irresistible deseo de tocarla, de volver a desnudarla y hacerle el amor.
Candy se giró al notar movimiento en el lecho y sonrió al ver acercarse a Terry. Se sonrojó levemente ante su cuerpo desnudo y volvió el rostro a la ventana. Él la abrazó por detrás y la besó en el cuello, sonriendo al notar el leve estremecimiento del cuerpo femenino.
- ¿Llevas mucho tiempo despierta?
- Estaba a punto de despertarte. - Giró el rostro y Terry la besó en la mejilla. - Has de desayunar y prepararte si quieres ir al teatro a hablar con tu director, tal como dijiste.
- ¿Qué hora es?
- Ya ha transcurrido más de media mañana … - Terry alzó la cabeza y Candy se giró en sus brazos, poniendo las manos en sus hombros.
- Vaya … el tiempo se nos echa encima, amor … - Candy asintió. - Deduzco que no tengo tiempo de volver a hacerte el amor …
- Terry … - Sus mejillas enrojecieron y él sonrió, besándole los labios.
- ¿Te duchas conmigo? - Ella meneó la cabeza.
- Eres imposible … anda, ve. - Él se dirigió al baño riendo suavemente. - Iré a prepararte algo para comer.
Candy se dirigió a la cocina mientras oía cómo Terry abría el grifo de la ducha y tarareaba suavemente una melodía. De pronto su corazón se llenó de una inexplicable congoja. ¿Podrían aspirar a aquello? ¿Podrían lograr estar juntos al fin y no tener que volver a separarse?
Por el momento, la situación se presentaba algo complicada. Habían acordado que esa misma noche Terry fuera a cenar a la mansión Andrew para que ambos pudieran tener una tranquila charla con Albert sobre su futuro como pareja. Candy se encargaría de organizarlo, ya que ese mismo día había quedado con Albert para almorzar, y lo podría poner en antecedentes. Estaba nerviosa, no iba a negarlo. No sabía cómo iba a reaccionar Albert ante aquel inesperado torrente de noticias. En apenas unas horas, Candy había accedido a casarse con un actor que por de pronto, residía en Inglaterra, y en ese momento se encontraba de gira. No sabían cómo iban a organizar la boda, no sabían dónde iban a vivir … apenas habían tenido tiempo de nada. Tan sólo de amarnos … y volvernos locos. Pensó Candy para sí. Suspiró y se pasó las manos por las mejillas. Terry había insistido en que debía ir cuanto antes al teatro poder hablar con Nat, su director, a solas. Su intención era solicitar una excedencia temporal de la gira por motivos personales, para así poder estar con Candy y ayudarla con todo aquello … aunque, como ya había adelantado a su amada, era bastante improbable que Nat se la concediera. Al menos, no inmediatamente. Y si de hecho así era, Terry debería partir al día siguiente a primera hora hacia el siguiente punto de la gira. Intentó concentrarse en la preparación del té y las tostadas y no adelantar acontecimientos. Debía ser positiva, como siempre había sido. Todo iría bien, se repetía a sí misma.
Súbitamente, el tono seco y agudo del teléfono rompió el silencio del apartamento y Candy dio un respingo, frunciendo el ceño y cogiendo el auricular.
- ¿George?
Cuando Terry salió del baño, aún a medio vestir, se encontró a Candy en mitad del salón, pálida y temblorosa, con el auricular del teléfono todavía en la mano.
- ¡Candy! - Terry en un momento estaba a su lado cogiéndola por los hombros y mirándola preocupado. - ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado? - Ella lo miró con ojos vidriosos.
- Debo ir enseguida al hospital …
