Cuando atravesó casi corriendo las puertas del hospital, se dio de bruces con una enfermera y la tiró al suelo.
- Oh, vaya, perdóneme, por favor … - Se disculpó la rubia joven, ayudando a la enfermera a levantarse. Pero la otra mujer, al observar los ojos verde azulados de la joven y su rostro nublado de preocupación, no pudo hacer otra cosa que sonreír con dulzura.
- Tranquila … estoy bien. ¿Venías a ver a algún familiar?
- Sí, Annie Cornwell … mi hermana. - Y no era mentira. Era su hermana … su hermana de corazón.
La enfermera la acompañó hasta el mostrador de recepción, donde le informaron de dónde se encontraban los familiares de Annie. Mientras se adentraba por los pasillos repletos de actividad, aspiró profundamente para calmar su agitado corazón. Durante todo el camino desde su apartamento no había dejado de rezar ni un segundo por Annie y su bebé. Sólo esperaba que estuvieran bien. Por favor, Dios mío ...no dejes que le pase nada a Annie … murmuraba una y otra vez, intentando que disminuyera el insoportable nudo que tenía en la garganta desde el momento en el que había hablado con George por teléfono y le había dado la noticia.
Intentó serenarse. Debía sobreponerse. Archie estaría perdido, destrozado, y ella debía brindarle todo su apoyo. Los característicos olores de hospital penetraron por sus fosas nasales e inexplicablemente se sintió algo mejor: medicinas, antisépticos … había madurado y se había fortalecido en aquel ambiente, rodeada de aquellos olores, cuidando de las personas, ayudándolas a sanar cuerpo y mente. Todo irá bien … se dijo a sí misma y cuadró los hombros mientras continuaba por el pasillo con paso firme.
No había dejado que Terry la acompañara, por mucho que insistió al ver el estado en que se encontraba. Pero Candy sabía que él tenía obligaciones que atender. Debía ir al teatro. Debía atender sus asuntos. Tras convencerlo de que lo mantendría informado, la dejó marchar con un rápido beso y la promesa de Candy de verse más tarde.
- ¡Caramelo!
La aludida giró la cabeza y vio a Patty acercándose rápidamente a ella. Ambas amigas se abrazaron.
- Patty, ¿cómo está Annie? ¿Qué ha pasado? - La joven tenía los ojos anegados en lágrimas.
- Oh, Candy … - Patty se secó con dedos temblorosos el dorso de las mejillas. - Annie está … yo …
- Annie está grave, Candy.
- Oh, Albert … - Al oír la familiar y tranquilizadora voz Candy ya no pudo más, y echó a correr a los brazos masculinos con las lágrimas rodando por sus mejillas. - Está bien, pequeña … tranquila … - Susurraba Albert mientras le acariciaba el rubio cabello, con Candy abrazada a su cintura, el rostro enterrado en su pecho. Los celestes ojos se encontraron con los de Patty y Albert alargó una mano, tomando la de la joven y estrechándosela, mientras ambos se miraban mutuamente, los rostros crispados, los ojos nublados. Al cabo de un momento, Candy alzó el rostro y se apartó un poco. - Dime, Albert, por favor … ¿qué han dicho los médicos? ¿Cómo está Annie? ¿Y el bebé? - Frunció el ceño. - ¿Dónde está Archie?
- Enseguida iremos a estar con Archie. - Suspiró Albert. - Annie está en el quirófano, Candy. Estaba perdiendo mucha sangre … desconocían la razón. Los médicos decidieron intervenir …
- Pero … pero aún es pronto …
- Lo sé, lo sé. Las posibilidades son … remotas.
- ¿Qué? No, no … - Candy se había apartado de él, negando con la cabeza.
- Candy, escucha …
- No, Albert, no puede ser, Annie no … - Sofocó un sollozo, tapándose la boca con la mano e intentó recomponerse.
- Van a practicar una cesárea. - La suave voz de Albert llegaba a los oídos de Candy como un susurro. - Nadie mejor que tú sabe lo que eso significa … - Ella asintió lentamente y suspiró, mientras Patty se acercaba y Candy pasaba un brazo por sus hombros.
- Esperemos que todo salga bien … Annie es fuerte. - Se le quebró la voz un instante y carraspeó. Miró con firmeza a Albert a los ojos. - Se ha avanzado mucho en el tema. La metodología ha cambiado. Lo más importante es que no haya infección, que supere la anestesia … - Al sentir que Patty temblaba, Candy calló un instante y le apretó los hombros. - Me gustaría hablar con el médico … y ver a Archie. - Candy miró alrededor confusa. - ¿Dónde está?
- Vamos, está en la salita. - Contestó Albert señalando una puerta cerrada al fondo del pasillo donde se encontraban. Al pasar las jóvenes por su lado, Albert apretó el hombro de Candy y la joven pudo apreciar un destello de afecto y gratitud en los celestes ojos.
Terrence Graham Grandchester bajó un poco el ala de su sombrero, subiendo lentamente el cuello del abrigo, mientras se dirigía con aparente indiferencia al teatro, atravesando las concurridas calles de Chicago. No deseaba ser reconocido en aquellos instantes. Sólo deseaba ser uno más entre la multitud y así poder pasear con tranquilidad y poder ordenar sus pensamientos. Ciertamente, tenía mucho en qué pensar. Si se detenía un sólo momento a analizar todo lo que había sucedido en apenas unas horas, creía que le fallaría la respiración. No iba a negar que estaba exaltado, excitado, maravillado … enamorado. Perdidamente. Sonrió para sí y sus ojos brillaron al rememorar el objeto de sus deseos y pensamientos. Pero un fugaz destello de preocupación cruzó sus ojos azules. La había dejado muy abatida y preocupada. Esperaba que todo fuera bien con su amiga. Terry sabía lo mucho que Annie significaba para Candy.
Por otro lado, tampoco iba a negar que estaba … asustado. Asustado ante todo lo que significaba aquello. En una horas, la mujer que amaba había aceptado ser su esposa y se había entregado a él. Terry apenas podía expresar con palabras lo que sentía en su interior. Imágenes de la noche pasada llenaron su mente y un dulce calor comenzó a subir por su pecho, haciendo que detuviera un momento el paso para calmarse. Debía centrarse, se estaba comportando como un adolescente. Era pensar en Candy, en su hermosa Candy entre sus brazos … y su aplomo y su compostura se venían abajo.
Se metió las manos en los bolsillos del abrigo y continuó camino con elegantes pasos hacia su destino. La mañana había sido luminosa, bañada por el sol, pero en ese instante, las nubes comenzaban a llenar el cielo y presagiaban lluvia. Debía llegar cuanto antes al teatro, debía hablar con Nat lo antes posible.
En cuanto entraron en la pequeña sala de estar, a Candy se le cayó el alma a los pies al observar a Archie. Este estaba sentado en una de las butacas, mirando hacia los ventanales de la pared posterior, con la mirada perdida.
- Archie … - Él giró la cabeza hacia ella y sonrió. Una sonrisa vacía. Candy corrió hacia él y lo abrazó. - Todo irá bien, Archie, ya lo verás. - Candy hablaba con firmeza, y con la energía que la caracterizaba apretó el brazo de su primo y sonrió con aplomo. - Pronto vendrá el médico con buenas noticias.
- Ya llevan tiempo … - Archie hablaba con voz ronca, la mirada vuelta de nuevo a la ventana. - Han dicho que debo estar preparado … - La voz se le quebró. - Que es una intervención complicada … y que el bebé es prematuro y …
- Sí, todo eso es cierto, pero … - Le interrumpió Candy. - … también es verdad que es una intervención en la cual se ha avanzado mucho en los últimos tiempos, reduciéndose el riesgo de … mortalidad. - Pronunció la palabra suavemente mientras Archie se volvía de nuevo hacia ella. Candy pudo apreciar un destello de esperanza en sus ojos avellana. - Hemos de rezar porque no se produzca infección … y en cuanto al bebé … - Le apretó la mano. - … recemos para que sea tan fuerte como sus padres. - Una solitaria lágrima rodó por la mejilla de Archie, y Candy se la secó, acariciándole suavemente la mejilla.
- ¿Crees … crees que sobrevivirán? - Candy parpadeó, pero lo miró fijamente con sus ojos verde azulados.
- No lo sé, Archie … rezo porque así sea.
- El bebé … el bebé es muy pequeño … - Candy asintió.
- Sí, pero escucha. He oído hablar de varios métodos … aún están experimentando, pero es posible que se pueda administrar al bebé oxígeno y cuidados a través de una especie de máquina …
La joven fue interrumpida por la entrada de varios médicos y enfermeras a la estancia. Archie y Candy se pusieron en pie de inmediato y se dirigieron hacia ellos, seguidos de Albert y Patty.
- ¿Señor Cornwell? Soy el doctor Hesston. - Archie le estrechó la mano automáticamente. - Y este es mi compañero, el doctor Krantz.
- ¿Y mi esposa … ? - Archie comenzó con vacilación y Candy pudo leer empatía y tristeza en los ojos de los profesionales.
- Su esposa se encuentra aún bajo los efectos de la anestesia. La operación como tal, ha ido bien, y ahora debemos esperar a que despierte.
- ¿Y el bebé? - Fue Candy quien preguntó, ya que parecía que Archie fuera a desplomarse de un momento a otro.
- Lo sentimos, señor Cornwell …
- Oh, Dios mío … -Susurró Patty llevándose una mano a la boca, mientras Albert la sujetaba y Candy hacía lo propio con Archie, que se había apoyado en ella para no caer. Un dolor sordo se estaba extendiendo por el pecho de Candy que hacía muy difícil que pudiera proferir palabra.
- Era demasiado pronto … y no sobrevivió. Lo sentimos mucho. - El doctor Hesston se quitó un momento las lentes que llevaba y observó a Archie con amabilidad. - No podíamos esperar, ya que estaban en riesgo tanto la madre como el feto …
- Pero … - Entonces fue Albert quien tomó la palabra, ya que parecía que a los demás les era imposible hablar. Patty sollozaba quedamente, a Candy le rodaban lágrimas por las mejillas y Archie estaba allí plantado, pálido y con la mirada ausente. - … ¿cómo ha sucedido? - El doctor se giró hacia él y Albert se presentó. - Soy William Andrew, el tío de Archibald. - El médico asintió.
- Es difícil saberlo, señor Andrew. Suponemos que la señora Cornwell ha estado quizá bajo mucha presión en la última etapa de la gestación … su tensión estaba disparada. - Archie había alzado la cabeza bruscamente.
¿Tensión? ¿Nervios? De pronto pasaron por su mente las frecuentes discusiones, los reproches … el llanto de Annie … la soledad … Archie sintió que se ahogaba.
- ¿Archie? - Candy lo había cogido con fuerza por el brazo.
- Necesito sentarme … - Candy lo ayudó a hacerlo mientras lo observaba preocupada.
- ¿Estás bien? ¿Necesitas algo?
- Un poco de agua …
- Yo iré … - Se ofreció Patty, secándose las lágrimas. El médico continuó hablando.
- Pero ha podido producirse por diversas causas, no podemos saberlo con certeza. Ahora lo único que podemos hacer es esperar. - Albert asintió.
- Sí, doctor, muchas gracias.
- Es una tragedia y lo lamentamos mucho, señor Cornwell. Lo mantendremos informado en todo momento.
- Puedo … ¿puedo ver a mi esposa?
- No, aún no, lo siento. Pero confiamos en que pueda hacerlo en breve.
Los médicos se despidieron y abandonaron la habitación, dejando un silencio sepulcral tras ellos. Candy se acercó a Archie y lo abrazó, sollozando, pero él ni siquiera se movió.
- Oh, Archie …
- Archibald, lo siento mucho … - Albert se acercó, poniendo una mano en el hombro de su sobrino. - Ahora lo importante es que Annie se recupere y después …
- Sí … gracias … - Le cortó Archie con la voz rota. Apartó suavemente a Candy y le acarició la mejilla con suavidad. - Agradezco vuestra presencia, pero …necesito estar solo.
- Pero, Archie …
- Candy, necesito estar solo, de veras … estaré bien.
- Sí, de acuerdo.
- Pero, Albert …
- Candy, brindaremos a Archie un poco de intimidad, ¿de acuerdo? - El tono de Albert no admitía réplica. Alzó a Candy suavemente pero con firmeza del asiento, y pasando un brazo por los hombros de Candy y el otro por los de Patty, dirigió a las jóvenes hacia la salida, diciendo por encima del hombro. - Estaremos ahí mismo, Archie, por si nos necesitas.
- Gracias, Albert.
Terry llegó a la puerta del teatro en el mismo instante en que pequeñas gotas de lluvia comenzaban a rociar las calles, provocando una leve agitación entre los transeúntes que poblaban las aceras. Justo a tiempo. Pensó el joven, entrando por las acristaladas puertas y deteniéndose ante el portero de la entrada, quien ya se acercaba a cortarle el paso.
- Disculpe, caballero, pero el teatro aún está cerrado. - El joven se quitó el sombrero y saludó al portero con un gesto. Un brillo de reconocimiento surcó las pupilas del hombre y sonrió. - Oh, vaya, disculpe, no le había reconocido, señor Graham, buenas tardes.
- Buenas tardes.
- Creí que utilizaría la entrada posterior, la del reparto.
- Sí … lo siento, pero he venido caminando y ha comenzado a lloviznar … - El portero alzó la mano.
- Sin problema, no se preocupe.
- ¿Ha llegado ya el señor Scott?
- En efecto, se encuentra entre bambalinas, en el lado oeste.
- Gracias. - Dijo Terry al tiempo que se dirigía hacia allí.
Cruzó las ornamentadas puertas de madera y súbitamente se encontró en el patio de butacas. Se quedó quieto un instante, solo en la oscuridad de la sala, aspirando profundamente y llenando sus pulmones de aquel aroma embriagador. Sí, el aroma del teatro. Sus inconfundibles olores y sonidos, su actividad, su energía … aquello era para Terry como la sangre en sus venas. Simplemente lo necesitaba para seguir vivo. Pero también la necesito a ella para respirar. Pensó, mientras imágenes de la hermosa joven que adoraba pasaban ante sus ojos, haciéndole sonreír. Y esas imágenes fueron las que lo impulsaron a seguir andando a través del patio de butacas para ir en busca de Nat.
Subió al escenario con ágiles pasos y se detuvo un momento tras la espesa cortina de terciopelo, escuchando e intentando identificar los sonidos amortiguados que provenían del otro lado. Aún era temprano, por lo que todavía no se encontraba el lugar en pleno apogeo, así que no le fue difícil identificar el vozarrón de Nat atronar por los pasillos.
Meneó la cabeza y traspasó la cortina no tardando en localizarlo, dando órdenes en la zona de vestuario.
- ¡Terrence! Vaya, no esperaba verte tan pronto … - Fue su saludo. - ¡Joe! ¡Joe, espera un segundo! - Palmeó a Terry en el brazo. - Enseguida vuelvo. ¿Querías hablar conmigo? - Casi gritó por encima del hombro.
- Así es … - Dijo Terry, pero lo enfatizó con un asentimiento de cabeza ya que imaginaba que Nat ni siquiera le había escuchado.
- ¡Ve al camerino! ¡Enseguida voy! - Dijo Nat mientras se aventuraba tras el susodicho Joe, parándose en el camino con otras tantas personas.
Terry suspiró y soltó un pequeño resoplido. Siempre era lo mismo con Nat. No paraba un segundo, aquí y allá, imposible que te prestara atención más de cinco minutos seguidos. Era la antítesis de Robert Hathaway, el director de la compañía Stratford. Pero también tenía que reconocer que era un gran director, impetuoso, visceral, apasionado … simplemente genial en lo suyo. A Terry le encantaba trabajar con él.
Se resignó a encaminarse a su camerino, esperando que Nat no se demorara demasiado. Lo conocía, y no sería extraño que Nat olvidara completamente que Terry quería hablar con él. Y el joven deseaba tener esa conversación antes del comienzo de la obra de esa noche. En apenas un par de horas debería comenzar a prepararse para entrar a escena, y sabía que entonces sería imposible acercarse al director para una charla civilizada.
Una vez llegó a su camerino y se quitó el abrigo y el sombrero, se sentó en el diván, con un cigarrillo entre los labios, y cerró los ojos, perdiéndose en la límpida mirada de unos hermosos ojos verde azulados.
En cuanto se quedó solo en la estancia, sintió que le faltaba el aire. Se levantó bruscamente, inhalando con brusquedad y sintiendo que los pulmones le iban a estallar. Sentía dolor. Pero era un dolor tan sórdido, tan profundo, que le estaba secando el alma. Sus ojos estaban secos, ni siquiera podía respirar. Abrió de par en par el ventanal, dejando que entrara el aire en la estancia y le golpeara el rostro.
Mi hijo ha muerto … mi hijo ha muerto … Se repetía una y otra vez. Se sentía perdido, hundido. Él, siempre tan pragmático en los negocios, siempre tan seguro de sí mismo … no sabía qué hacer. Aquello acabaría con todo. Su futuro se había diluido y desintegrado. ¿Y Annie? Archie se tapó el rostro con las manos. ¿Había sido culpa suya? Debería haber tratado a su esposa como se merecía. Las discusiones … cada recuerdo era como una amarga puñalada en el pecho de Archie. Y su pequeño, su hijo … ya no existía. ¿Quedaba algo por lo que luchar? ¿Cómo iba a enfrentarse al futuro? ¿Cómo iba a enfrentarse a su esposa?
Se apoyó en el alfeizar de la ventana, mientras el viento revolvía sus cabellos y la humedad de la lluvia mojaba su rostro … y súbitamente quiso gritar. Quiso gritar al mundo su rabia, su frustración … su ira contra todo y todos.
Y entonces comenzó. Quedó cegado por la fuerza de sus gritos. Gritó hasta que ya no tuvo voz para hacerlo. Incluso siguió gritando cuando lo arrancaron del alfeizar, cuando se vio envuelto en brazos de … no sabía de quien. Notaba gente a su alrededor, voces, sollozos … pero él no podía parar de gritar, hasta que sus alaridos se convirtieron en roncos quejidos, su garganta agotada por el esfuerzo. Y aún siguió gritando cuando sintió un leve pinchazo en el brazo, siguió gritando a pesar de sentir que su mente se nublaba … que caía en el olvido … en un sueño profundo … aún siguió gritando.
Ya había transcurrido una hora … y ni rastro de Nat. Terry comenzaba a impacientarse. Allí encerrado, fumando un cigarrillo tras otro y dando vueltas por la estancia, no iba a solucionar nada. Tal vez debería volver a ir a buscarlo y obligarle a escuchar lo que le tenía que decir. Con esa idea se dirigió a la puerta, al tiempo que esta se abría dando paso a su asistente personal, quien se paró en seco, totalmente sorprendido de encontrarse allí a su patrón.
- Oh, señor, no esperaba … - Terry alzó una mano.
- Buenas tardes, Higgins, no te preocupes. Debí haberte avisado. - Lo cierto era que su asistente nada había sabido de él desde la noche anterior, cuando Terry había partido a la mansión Andrew.
- Le he traído sus cosas. - Higgins entro en la estancia y comenzó diligentemente a ordenar ante el tocador las cosas de Terrence. - Oh, señor, casi lo olvidaba. - Se giró y entregó a Terry una nota. - Acaba de entregármela el portero de la entrada. La ha recibido hace apenas unos minutos por mensajero.
Terry tomó la nota y la leyó con rapidez, frunciendo el ceño.
8 de mayo de 1921
Terry,
Malas noticias. Annie ha perdido el bebé. Estamos destrozados, aun continuamos en el hospital. Archie ha sufrido una crisis nerviosa. No sé cuándo podremos vernos, querido. Ahora debes centrarte en la obra de esta noche. Te mantendré informado.
Besos,
Candy W. Andrew
Terry arrugó la breve nota con los dedos y suspiró, apretando la mandíbula. Lo sentía por los Cornwell, de verdad, a pesar de no llevarse bien con Archibald. Era una desgracia, y no se lo deseaba a nadie.
Se acercó al tocador y se sentó frente al espejo. Entendía que Candy no quisiera separarse de su familia … pero aquello complicaba las cosas. Se le agotaba el tiempo. Encendió otro cigarrillo y aspiró con fuerza intentando calmarse. ¿Cuántos llevaba ya? Tal vez demasiados …estaba excesivamente nervioso y ansioso, y era un estado de ánimo nada apropiado para los momentos previos a una obra de teatro, él lo sabía bien. ¡Maldita sea! Y Nat seguía sin dar señales de vida.
No podía demorarse más, debía comenzar a prepararse.
¿Dónde estaba? ¿Qué había sucedido? Frunció el ceño e intentó moverse, pero un latigazo de dolor la hizo contraerse y gemir.
- Tranquilícese, Sra. Cornwell, tómelo con calma, enseguida vendrá el médico. - Le susurró una dulce voz al tiempo que unas cálidas manos la instaban a permanecer tumbada. Intentó abrir los ojos, pero no podía. Dolía demasiado … de pronto, sus manos se crisparon. El bebé … ¿cómo estaba el bebé? ¿Qué había sucedido? Volvió a intentar incorporarse, pero el cuerpo no le respondía. Entonces abrió los ojos, parpadeando ante la claridad de la habitación. Cuando por fin pudo enfocar la mirada, lo primero que vio fue un agradable rostro de mujer sonriéndole. - No se preocupe, querida, todo va bien.
La habían incorporado levemente en la cama y pudo ver a varios médicos y enfermeras a su alrededor, trabajando diligentemente. Abrió la boca para decir algo, pero apenas pudo emitir un leve quejido. No le quedaba más remedio que esperar. Entonces observó cómo un hombre de agradable aspecto se acercaba a ella y le cogía la mano.
- Bienvenida, Sra. Cornwell, soy el doctor Hesston. - El médico le apretó la mano. - ¿Cómo se encuentra?
- Mi … - Su voz sonaba cascada. - … mi bebé … - El médico le tocó suavemente el rostro.
- Mary, tómele la temperatura, y debemos realizarle análisis …
- Mi … - Los grandes ojos azules de Annie imploraban al doctor. Él la miró casi con tristeza y le apretó la mano de nuevo.
- Creemos que le está subiendo la temperatura, Sra. Cornwell … y debemos ponerle remedio lo antes posible. - Le dio unas palmaditas en el dorso. - Ahora debe descansar, ya habrá tiempo de darle todos los detalles.
- Pero … - Intentó incorporarse. Quería gritar al médico que se alejaba de ella. Quería exigirle … quería obligarle a decirle dónde estaba su hijo. Evidentemente, las enfermeras le impidieron moverse. Otro latigazo de dolor en el bajo vientre la sacudió, pero no le importaba, tan sólo quería que le dijeran qué pasaba …
- Cálmese, querida …
- No, por favor …
- Todo irá bien ...
Un dulce cansancio la estaba invadiendo. Instintivamente supo que la habían sedado de nuevo. Los ojos se le cerraban mientras oía la voz de las enfermeras y los ruidos se iban distorsionando. No quería volver a dormir, necesitaba saber … pero no podía evitarlo. La oscuridad volvía a por ella.
- Archie.
Notaba que lo zarandeaban por los hombros, pero no quería despertar. Se encontraba bien allí, en la oscuridad, sin dolor, sin nada que fuera a perturbarlo, sin culpa …
- ¡Archie! - La voz se hacía más fuerte, así como los movimientos sobre su cuerpo. Maldita sea, dejadme en paz. Quería gritar a quién fuera, pero a la vez, no deseaba moverse. - ¡Archie! - Una inusitada bofetada en el rostro lo hizo abrir los ojos bruscamente e incorporarse, para encontrarse con el preocupado rostro de Albert ante sí. - Vaya, por fin. Ya estaba comenzando a preocuparme. - Archie se llevó una mano a la mejilla.
- Maldita sea, Albert, ¿por qué me has pegado? - Preguntó con voz cascada.
- Porque he creído que sería la única forma de que reaccionaras. Los médicos han dicho que ya deberías haber despertado hace ya un rato. - Lo ayudó a incorporarse suavemente y a sentarse en el lecho. Archie miró a su alrededor.
- ¿Estamos en una habitación?
- ¿No recuerdas lo que ha sucedido?
- Vagamente … - Albert suspiró, sentándose frente a él en una butaca.
- Has sufrido una crisis nerviosa. - Archie lo observó, levemente sorprendido. - Comenzaste a gritar, Archie, no parabas de gritar … tuvieron que agarrarte entre tres enfermeros … tuvieron que sedarte … - El joven lo miraba incrédulo. Recordaba el dolor, la culpa … pero había momentos borrosos … - Al entrar, creímos que querías … bueno, que querías hacerte daño …
- ¿Qué? No, Albert , yo … - De pronto calló, y se levantó del lecho, dirigiéndose a la ventana. - ¿Cuánto tiempo llevo aquí? ¿Cómo está Annie?
- Han pasado unas tres horas, creo. Los médicos acaban de informarnos que Annie despertó hace un rato, pero que le ha subido la temperatura … y han vuelto a sedarla. - Archie se giró a observarlo con el ceño fruncido.
- ¿Por qué?
- Se ha puesto muy nerviosa, sólo preguntaba por el bebé … - Archie cerró los ojos y se volvió de nuevo hacia el ventanal.
- ¿Se lo han dicho?
- No, aún no. Tal vez … bueno, quizá lo mejor sería que tú …
- ¿Yo? - Cuando sus ojos se encontraron, Albert pudo percibir pánico en los ojos avellana de su sobrino, y aquello lo desconcertó y lo alarmó. Algo estaba sucediendo allí que escapaba a su comprensión. Archie meneaba la cabeza. - No, Albert, yo no … es decir … - Se pasó las manos por el cabello. - … es mejor que se lo comuniquen los doctores … para Annie va a ser … yo …
- ¿Qué sucede Archie? - Albert se había levantado y se acercaba a él. - Ha ocurrido algo que no me estás contando …
- ¿Y qué demonios iba a suceder aparte del hecho de que ha muerto mi hijo? - Archie había alzado la voz.
- Lo sé, lo sé … lo siento. - Albert lo miró fijamente con sus celestes ojos, y le apretó el hombro. - Precisamente por eso, Archie, creo que Annie y tú deberíais intentar superar esta horrible tragedia juntos, apoyándoos mutuamente, ayudándoos a superar el dolor … - Archie meneó la cabeza.
- Creo que ya es tarde para eso …
- ¿A qué te refieres? - Los ojos de Archie se oscurecieron, pero mantuvo impasible el rostro, y Albert sintió un estremecimiento. - Ahora parece impensable, pero … los médicos han dicho que si todo va bien, Annie se recuperará, podréis tener más hijos …
- No, Albert … creo que ya no podremos tener nada más juntos …
Unos toques en la puerta impidieron que Albert pudiera contestar a su sobrino. El doctor Krantz irrumpió en la habitación y sonrió a los hombres, acercándose a ellos.
- Sr. Cornwell, Sr. Andrew … - Les hizo un gesto con la cabeza. - Me alegro de que ya se encuentre mejor, Sr. Cornwell. Venía a informarle de que el antibiótico está haciendo efecto en su esposa, y parece que la fiebre va remitiendo.
- Una excelente noticia. - Sonreía Albert, y Archie asintió.
- De todas formas, vamos a mantenerla toda la noche en observación, sedada, para que pueda descansar. Les sugiero que ustedes también lo hagan.
- Pero …
- No se preocupe, Sr. Cornwell, estará en buenas manos, y no despertará hasta mañana. Vayan a sus hogares a descansar y vuelvan mañana a primera hora. Por supuesto, si algo sucediera les avisaríamos inmediatamente.
- Gracias, doctor, así lo haremos. - Albert le estrechó la mano, y después Archie, y al cabo de un momento el médico los dejaba solos.
- ¿Dónde están las chicas?
- Están fuera, con los padres de Annie.
- ¿Qué? - Albert alzó las manos.
- No te preocupes, deduzco por tu rostro que no te apetece demasiado enfrentarte a ellos en este momento. - Se acercó más a su sobrino y sus rostros quedaron uno frente a otro. - Escúchame Archibald, y escúchame bien. No sé qué demonios está pasando … pero quiero que te quede una cosa muy clara: lo que ha pasado no es culpa tuya, ¿me oyes? No es culpa tuya.
- Oh, Albert … - Y entonces sintió cómo cálidas lágrimas inundaban sus ojos y se derramaban por su rostro sin control. No pudo contener los sollozos mientras Albert lo abrazaba, y se dejó llevar, en brazos de su tío, hasta que al cabo de unos minutos logró calmarse un poco y se apartó ligeramente. Albert lo sujetaba por los hombros.
- Diré a los padres de Annie que aún no has despertado. Imagino que el doctor Krantz ya les habrá informado de las buenas noticias en relación con su hija, así que les instaré a que se marchen a casa. Así, después, podremos irnos tranquilamente a la mansión Andrew.
- ¿Qué? Pero …
- Nada de peros. No es una invitación, Archie.
La obra había terminado, y a pesar de no ser una de sus mejores interpretaciones, la gente aplaudía hasta dolerle las manos, el teatro en pleno puesto en pie, ovacionando a los actores. Terry sonreía a la multitud de rostros que lo aplaudían y vitoreaban, mientras lanzaban flores al escenario. El telón se alzó un par de veces más para saludar al público, y después los actores pudieron retirarse a sus respectivos camerinos.
- ¿Vienes con nosotros al hotel? - Le pregunto Joanna una de las actrices de la compañía.
- No, tengo que hablar con Nat.
- Pues date prisa, porque ya vamos con el tiempo justo. - Le dijo ella por encima del hombro. Terry frunció el ceño. ¿El tiempo justo?
- ¡Joanna! - La joven se paró y se dio la vuelta. - ¿A qué te refieres?
- Bueno, ya sabes … salimos en apenas dos horas …
- ¿Qué? Pero si salimos mañana …
- ¿Mañana? ¿Dónde estabas Terrence? - Le dijo otra actriz que se cruzaba con ellos en ese instante. - Nos vamos en el tren nocturno, en dos horas … lo ha repetido Nat mil veces en el último ensayo ...
Ambas jóvenes tuvieron que luchar con el impulso de echarse a reír al ver el rostro de absoluta sorpresa de Terrence, pero conociendo el carácter de su compañero, lo mejor era dar media vuelta y marcharse.
Terry maldecía interminablemente mientras se dirigía, sin ni siquiera cambiarse, al encuentro de Nat. Realmente, ¿era cierto? ¿Cuándo había dado Nat la noticia? Lo encontró en uno de los pasillos de acceso a los camerinos, caminando rápidamente.
- ¡Nat! - El aludido se giró y sonrió, deteniéndose.
- ¡Terrence! Buen trabajo. ¿Pero qué haces así todavía? Tenemos que estar en la estación en dos horas …
- Sí, precisamente de eso te quería hablar.
- ¿Qué sucede? - El director frunció el ceño.
- ¡Eh, Nat! Sam te está buscando.
- ¡Enseguida voy! - Dijo el hombre alzando la mano. - ¿Podemos hablar en el tren?
- No,no podemos. - Terry agarró al sorprendido director y lo metió por la primera puerta abierta que encontró en el pasillo.
- ¡Terrence, qué demonios …! - Afortunadamente, el camerino estaba vació. - ¿Qué crees que estás haciendo?
- Escucha, Nat, llevo intentando hablar contigo toda la tarde, y es prácticamente imposible. - El hombre se golpeó la frente.
- Oh, es cierto, lo siento … lo olvidé. - Se encogió de hombros graciosamente. - Ya sabes cómo soy …
- Bien, de acuerdo. Quería comentarte algo importante. Y de hecho, ¿cuándo demonios has decidido que nos marchábamos en el tren nocturno? ¿No nos íbamos mañana a primera hora?
- ¿Dónde se encontraba tu mente en el ensayo? ¡Oh, ya recuerdo! Resulta que llegaste bastante tarde … y bastante perdido, he de añadir. - Y era cierto. Últimamente apenas había prestado atención a nada que no tuviera relación con Candice White Andrew. Nat alzó una mano. - Está bien, de acuerdo, no tenemos tiempo para esto. Tú dirás, soy todo oídos. Pero debemos ser breves. - Nat se dispuso a escuchar a aquel joven actor. Un joven que era un perfecto enigma para él, tan serio, tan sobrio para su edad … con un carácter difícil, pero con un talento desbordante. Ni siquiera podía creérselo cuando dejó la compañía Stratford para incorporarse a la suya. Fue un verdadero golpe de suerte.
- Nat, nunca te he pedido nada en estos años que llevamos trabajando juntos, ¿verdad? Siempre he cumplido con mi trabajo …
- Sí, claro, pero … - Nat lo observaba ahora con incertidumbre. - … ¿qué es lo que sucede, Terrence?
- Bueno, sé que todo esto es muy precipitado, pero … necesito que alguien me sustituya por el resto de la gira, Nat …
- ¿Quéeee? - El hombre había alzado la voz.
- Ha sucedido algo …
- ¿Qué ha sucedido?
- Una urgencia … familiar …
- ¿Familiar? Creía que no tenías familia en Estados Unidos... - Nat había comenzado a dar vueltas por la habitación.
- Bueno, sí, pero … - A Terry le estaba costando verdaderos esfuerzos dar coherencia a lo que estaba diciendo. Todo aquello estaba sucediendo de pronto, a toda prisa … y él no quería revelar más información de la necesaria. Pero entonces observó a Nat, visiblemente alterado, aquel hombre que Terry sabía que era una buena persona y que había entregado su corazón y puesto su alma en la compañía que había creado de la nada, y supo que se merecía la verdad, sólo la verdad. Se pasó las manos por el cabello, suspirando. - Bien, escucha, voy a ser totalmente sincero contigo. Sabes que jamás hablo de mi vida privada, pero creo que en esta ocasión, mereces que te cuente la verdad. - Nat se había detenido súbitamente y lo observaba fijamente, sorprendido. - La razón de todo esto es … que voy a casarme, Nat. Ella es americana y … bueno, necesito un tiempo para solucionar ciertos asuntos.
- Vaya, Terrence, esto sí que no lo esperaba … - Terry observó cómo él hombre estaba intentando digerir todo aquello. - Comprendo tus razones … pero sabes que ahora es imposible. John necesita un tiempo para prepararse y poder sustituirte. - Volvió a pasearse por la estancia. - Está bien … escucha. Dos sesiones más, dos ciudades. - Terry abrió la boca para decir algo, pero la cerró al tiempo que Nat alzaba un dedo. Apretó la mandíbula. - Dos ciudades, Terrence … eso equivale a un mes. Y después te daré carta blanca hasta la próxima temporada. ¿Qué me dices?
- No puedo irme, Nat, no … - Este enarcó una ceja.
- ¿Qué intentas decirme?
Maldita sea, cállate Terry, no es el momento. Debía centrarse y ser sensato. La oferta de Nat era más que generosa, y Terry lo sabía. Pero, ¿un mes? ¿Un mes sin verla? Has estado años, Terry … bien puedes esperar un mes. Su cerebro tenía razón, como siempre, pero su corazón gritaba. Después de haberla tenido por fin entre sus brazos, después de haberla poseído, de haber estado dentro de ella … iba a ser un infierno la espera.
- De acuerdo, Nat … un mes.
- Perfecto. - El director dio una palmada y se giró, abriendo la puerta y diciendo por encima del hombro. - En hora y media en la estación, Graham. El tiempo vuela.
