La hermosa y brillante yegua negra trotaba veloz por los caminos del frondoso bosque, a un trote algo peligroso, aunque no a juicio de su jinete, ya que quien la montaba reía risueña, acoplado su cuerpo perfectamente al del animal, guiándola con presteza. Su risa alegre podía oírse por todos los recovecos de los altos árboles.
Aquello era fantástico. Cómo lo había echado de menos. Aquella yegua era el mejor regalo que Albert le había hecho. Bella era preciosa, fuerte y fogosa, y se complementaba a la perfección con su dueña. Hacía tres años que Albert la había sorprendido llegando con Bella de la brida el día de su cumpleaños, y aunque al principio no había estado muy segura, ahora no podría estar sin ella. Sorprendentemente, se había convertido en una excelente amazona. Tras la muerte de Anthony, hacía ya unos años, había desarrollado un miedo atroz por los caballos, que afortunadamente, Terry le había ayudado a superar en el colegio. Ahora amaba cabalgar con Bella por el bosque.
Detuvo poco a poco su montura, respirando agitada, y Bella continuó a un trote más lento. El sólo hecho de pensar en él hizo que una añoranza aplastante la abrumara. Se cumplían ya siete semanas desde que se había marchado Terry, más del mes marcado como plazo inicial, evidentemente, y a estas alturas, ambos sabían que todavía no iban a poder reencontrarse. En aquellas semanas, habían hablado por teléfono un par de veces, voces apresuradas y distorsionadas, quedando en el aire mucho por decir. Y también se habían escrito misivas. Justo en su bolsillo llevada la cuarta de esas cartas, que estaba deseando poder leer en cuanto detuviera su montura. Parecía que el destino volvía a jugar con ellos. Al poco de marcharse, el sustituto de Terry había sufrido un percance y había tenido que ser trasladado al hospital de Indianápolis, que era donde la compañía se encontraba en ese instante, truncando para el resto de la gira la posibilidad de Terry de poder ser sustituido. Debía continuar. Terry descargó toda su furia y desazón en la anterior carta que había enviado a su amada … haciendo que Candy se debatiera en un mar de dudas y tristeza, deseando por un lado correr desesperadamente a su lado, pero por el otro, notando el peso de sus propias obligaciones.
Al menos, estaba en casa. La llanura de Casa de Pony se extendía ante ella como un manto dorado y aspiró con deleite. Siempre curaba su corazón el hecho de volver a donde siempre había considerado su hogar, a su querido orfanato, junto a sus amadas madres. Por ello, le había parecido una excelente idea traer a Annie durante unos días al hogar. Le habían dado el alta médica hacía ya tres semanas, aunque aún estaba débil y debía cuidarse mucho, pero había estado en casa de sus padres hasta entonces. Ahora podría descansar en el ambiente más seguro y amado de la tierra y podría reponer fuerzas para el viaje que realizaría a la clínica de Pensilvania. Habían llegado hacía una semana, y lo cierto era que había sido muy beneficioso para Annie. Candy sabía que su hermana no iba a descargar las penas que inundaban su corazón, pero al menos, se había abrazado a la Srta. Pony durante dos horas y había llorado un mar de lágrimas, que dio como recompensa la primera sonrisa verdadera de la joven en semanas.
Pero los días transcurrían rápidamente, y había llegado el momento en el que Annie debía partir. Esa misma tarde llegaban Albert y Archie, junto con los Brighton, para acompañar a la joven a la estación, y posteriormente, Annie debía realizar sola el viaje a Pensilvania. Era una de las políticas de la residencia. Al principio, Annie fue excesivamente reacia a marcharse a ningún lugar, pero afortunadamente, la Srta. Pony y la Hermana María la habían disuadido.
Por fin llegó a su destino y detuvo la yegua.
- ¡Aquí está, Bella! - Gritó al cielo, asustando a su montura y echándose a reír. - ¡Padre Árbol! - Saludó, descendiendo del caballo hábilmente, y sin previo aviso, comenzando a escalar el enorme árbol que tenía enfrente.
El Gran Padre Árbol. Aquel majestuoso espécimen de casi nueve metros de altura, único en los alrededores, que había visto crecer a aquella joven rubia desde que gateaba por sus raíces hasta ahora, convertida en mujer. Candy trepó con agilidad por las gruesas ramas, mirando de vez en cuando hacia el edificio situado en lo alto de la ladera, con un brillo travieso en sus ojos verde-azulados. ¡Cuántas veces la habían regañado por trepar a aquel árbol, cuántas aventuras, cuántos recuerdos había presenciado, siempre silencioso, siempre presente! Al llegar a la altura deseada, se acomodó en la rama y se extasió, como siempre, de la privilegiada vista que se extendía ante ella.
Oh, Terry. Ojalá pudieras estar aquí conmigo, te encantaría esto. Suspiró y procedió a sacar con manos temblorosas las dos misivas que había recogido rápidamente de la mesa de la cocina esa mañana a su nombre, para leerlas con tranquilidad después de la revitalizante cabalgada. Una era de Terry, por supuesto, y la otra era de Patty. La querida Patty que se había marchado hacía ya seis semanas a Florida. Candy le había escrito expresando su preocupación por Albert y su estado emocional. Parecía cansado, abatido, triste … aunque él siempre sonreía y le decía que todo estaba bien. Candy sabía que Patty también se llevaba muy bien con Albert, y deseaba conocer su opinión al respecto.
Rasgo el sobre de la carta de Terry y suspiró, nerviosa.
Pittsburgh, 20 de junio de 1921
Amor mío, ¿cómo estás?
Supongo que en este momento ya estarás extasiada, corriendo como una mona pecosa por la ladera de tu querida Casa de Pony. No sabes lo que daría por estar ahí contigo, vida mía. No sabes lo que daría por simplemente ver tu amado rostro.
Sí, sé que la última vez prometí no dejarme abatir por la distancia, pero es que se me está haciendo difícil, querida. Ya ha pasado más de mes y medio desde que nos separamos, y ciertamente, no podría decirte cuándo podré volver a Chicago. Creo que Nat estima que la gira durará, al menos, hasta finales de julio, y yo estoy llegando al límite de mi autocontrol. Creo que simplemente me evita, por miedo a que le salte encima y le arranque una oreja a mordiscos.
Los días son largos, pero estoy tan concentrado en el trabajo que a veces no me doy cuenta y ya ha anochecido. Mejor así, porque las noches son eternas sin ti. A veces creo que todo lo que sucedió fue un sueño y que simplemente lo he imaginado todo en mi mente. Tus cartas son lo único que me mantiene cuerdo en toda esta historia. Me recuerdan que aquella noche fue real, que te tuve entre mis brazos … ¿volverá a suceder, Candy? En mis más lúgubres horas, a veces creo que no volveré a verte.
¡Maldita sea! Lo siento, amor mío, me estoy excediendo en mi pesadumbre, como siempre. Pero es que necesito verte, tocarte … ¿juzgarías posible que nos viéramos en algún lugar? ¿Creerías posible desplazarte a algún punto de la gira para poder verte? Aunque solo fuera un momento …
Estoy suplicando, ¿quién lo diría?
En fin, querida, disfruta de tu amada Casa de Pony y espero saber pronto de ti.
Te amo, lo sabes, ¿verdad?
Terry G.
Adjuntado a la carta, Terry había incluido un programa de la gira y de las próximas ciudades a visitar por la compañía. Candy parpadeó y se secó las lágrimas que habían empañado sus ojos durante la lectura. Oh, mi amor … estás verdaderamente abatido. Sí, estaba siendo muy dura la separación. Demasiado. Ella también temía las frías y solitarias noches, suspirando por su abrazo, por su calor … atormentándose por sí volverían a estar juntos … por si lograrían por fin pronunciar sus votos. Era una llamada a gritos, y ella estaba deseando acudir, pero sabía que no era prudente … ni apropiado. Debían hacerlo todo correctamente, debían ir paso a paso, si querían que todo resultara favorable para ellos.
Pero también deseaba verle … se abrazó a sí misma … tocarle … cerró los ojos y suspiró. Sabía que si se encontraba con él, volverían a hacer el amor, volverían a entregarse el uno al otro durante toda la noche … y no era lo más adecuado en aquel momento. Cuando estaban juntos, sobraban los convencionalismos, las limitaciones … pero bien era cierto que ni siquiera se habían parado a pensar en las consecuencias de sus actos. ¿Y si hubiera quedado embarazada? Afortunadamente, y a pesar de que nada le hubiera hecho más feliz que llevar un hijo de Terry en su seno, no había sido así. Observó el paisaje ante ella y decidió escribirle cuanto antes, para darle ánimos en aquella dura espera.
Entonces sacó la carta de Patty y rasgó el sobre, iniciando la lectura.
Jacksonville, 21 de junio de 1921
Querida Candy, ¿cómo estás?
Espero que bien y que Annie ya se encuentre mucho mejor. He remitido junto con esta carta otra misiva para ella, preguntándole por su salud. Me alegro de saber que ya ha tomado la decisión de marcharse a Pensilvania, y aunque la echaremos de menos, podremos ir a visitarla, lo que me reconforta.
¿Tú cómo lo llevas, querida? Imagino que estará siendo muy duro para ti y para Terry, pero tened paciencia y al final, todo se solucionará, estoy convencida de ello.
Transmite mis más calurosos saludos a Archie, a la Srta. Pony y a la Hermana María, y por supuesto a Albert. Respecto a él, supongo que estará cargado de trabajo, como siempre. Cuando me fui ya lo encontré bastante cansado. Dile que debería descansar, tal vez tomarse unas vacaciones … a ti te hará caso, seguro.
Mi abuela ya se encuentra mucho mejor, gracias. La nueva noticia es que mis padres han decidido trasladarse a Jacksonville para estar más cerca de nosotras. Ello no afecta a los negocios de mi padre, y él siempre quiso volver a la ciudad que le vio crecer. Todo ello ha tenido consecuencias, como podrás suponer. Amo a mis padres, pero ya no dispongo de tanto tiempo para mí misma, ni de tanta intimidad. Apenas llevan dos semanas aquí, y ya me han organizado toda la agenda.
Mi padre ha empezado a hacer negocios con un banquero muy reconocido, cuyo hijo mi padre se ha empeñado en que debo conocer. Te podrás imaginar lo mal que lo he pasado, ya me conoces, aunque Luke, que así se llama, ha resultado ser toda una sorpresa.
Te mantendré informada, querida, y por favor, tú no dejes de escribirme, contándome todo. Sabes de sobra que siempre estás en mi corazón, y que mi casa siempre será la tuya. Espero poder ir pronto a Chicago para volver a estar juntas.
Besos,
Patricia
Candy sonrió, imaginando la turbación de Patty por tener que salir con aquel joven, pero se alegraba tanto de ello … Patty necesitaba volver a vivir, volver a amar. Recordó el día de su partida en la estación. La recordó serena, con una seguridad y entereza que no le había visto nunca, pero también percibió mucha tristeza. Patty sonreía con aplomo, pero estaba nerviosa, mirando repetidamente a su alrededor, como si estuviera esperando algo … o a alguien …
- ¿Estás bien, Patty? - Le preguntó.
- Claro que sí. - Respondió ella sonriendo. Pero Candy intuyó que mentía.
Albert no había podido ir en esa ocasión a despedir a Patty, así que fue Candy quien la abrazó con fuerza, deseando volver a verla pronto.
Las campanas de la iglesia de al lado del orfanato repicaron estridentemente, sobresaltándola.
- ¡La comida! - Anunció al viento y se echó a reír, con su alegría característica. Bajó rápidamente por entre las ramas del Padre Árbol y se subió a la grupa de Bella de un salto, poniéndola a trote rápido hacia el edificio ladera arriba. Llegó como un vendaval a la entrada de la verja, a tiempo de ver aparcado un automóvil que conocía bien. - El auto Andrew. - Dijo y bajó de la montura, llevándola rápidamente al establo que se encontraba en un extremo del patio y echando a correr hacia el edificio.
- ¡Candy! - La regañó la hermana María al pasar, ya que casi tumba a una de las profesoras que acompañaba a la religiosa y trabajaba con ellas.
- ¡Lo siento, hermana! - Gritó Candy por encima del hombro con una sonrisa, y la monja no pudo hacer otra cosa que menear la cabeza.
Siguió corriendo por el pasillo hasta llegar al saloncito privado de la Srta. Pony y abrió la puerta de par en par, haciendo que todos saltaran en sus asientos.
- ¡Candy! ¿Qué estás haciendo? - La Srta. Pony se había llevado una mano a la garganta. - No has asustado.
- ¡Albert! - Candy corrió hacia él y lo abrazó, provocando la sonrisa del hombre rubio y del resto de los presentes.
- ¿Cómo estás, querida?
- ¡Archie! - Su primo fue el siguiente en recibir un fuerte abrazo. - Lo siento, Srta. Pony. - Se disculpó Candy mirándola, pero la mujer madura sabía que no se arrepentía en absoluto. La observó de pies a cabeza y suspiró. La ropa de montar sucia, las briznas de hierba … no quería ni preguntar. Pero Candy ya estaba hablando con todos y preguntando una y mil cosas, llenando aquella estancia de luz y alegría sin proponérselo, como siempre. - ¿Dónde está Annie? Ya verás, Archie, la magia de Casa de Pony también ha obrado en ella, está estupenda … - El joven sonrió con ternura, pero con ojos apagados.
- Me alegro, querida.
- Annie en este momento está hablando con sus padres, Candy. - La interrumpió la Srta. Pony. - Ha considerado que será mejor para todos que los señores Brighton no la acompañen a la estación, y se está despidiendo.
- Oh …
Como si de una señal se tratara, la joven morena entró en la estancia, acompañada de sus progenitores. Candy vio cómo la señora Brighton se secaba las lágrimas y el señor Brighton parecía abatido.
- Hola, Albert … Archie … - Saludó Annie, con cierta turbación. No había vuelto a ver a su esposo desde hacía varias semanas. - Mis padres se marchan. Vienen a despedirse.
Los señores Brighton saludaron a todos y salieron junto con Annie, acompañados de Archie y la Srta. Pony. Candy y Albert los siguieron más rezagados.
- Cuéntame, ¿qué has estado haciendo? - Se colgó la joven de su brazo. - Oh, ya sé … trabajando. - Le hizo una mueca burlona y Albert se echó a reír.
- Pues sí, desgraciadamente querida, a algunos nos obligan a trabajar.
- Tú y yo tenemos que hablar seriamente. - Albert arqueó una ceja sorprendido.
- ¿Ah sí? ¿Qué sucede?
- Eso quisiera saber yo. Qué te sucede. Y no me digas que estás bien por enésima vez, Bert, sé que no es así. Y tampoco te escudes de nuevo en el trabajo y en lo agotado que estás … - Candy lo observaba fijamente, con serio semblante. - … estoy preocupada. - Albert sonrió con dulzura y le pasó un brazo por los hombros.
- Bien, supongo que llevo una temporada … intensa … tal vez sea momento de unas vacaciones …
- Claro que sí, eso mismo ha dicho Patty.
- ¿Patty? - La sola mención de ese nombre hizo que los latidos de Albert se elevaran a un ritmo alarmante. Dio gracias a que Candy había dejado de observar su rostro, porque estaba seguro de que habría notado algo.
- Hoy he recibido carta de ella … y también de Terry. - Sacó del bolsillo la misiva de Patty y se la entregó. - Toma, léela.
- Pero …
- ¡Candy! - Llamaron a la joven desde la entrada y Albert se quedó solo, con el papel doblado en sus temblorosas manos.
Sintió deseos de estrujar la hoja de papel. Hacía seis semanas que no la veía, desde aquella noche … le había dicho que no iba a poder ir a despedirla a la estación, pero había mentido. La observó a lo lejos en el andén, vio cómo subía al tren y se alejaba de su lado. Y todo el tiempo se estuvo convenciendo a sí mismo de que era lo mejor que podían hacer. Casi sin pensar, desdobló la carta y la leyó rápidamente, pero al segundo deseó no haberlo hecho. Sintió una dolorosa punzada en el corazón. ¿Estaba rehaciendo su vida? Su vida sin mí … y ¿qué esperaba? Respiró profundamente e intentó recuperar la compostura. Le hacían señas desde la entrada y debía reunirse con los demás.
En última instancia, Candy se unió al comité de despedida de Annie en la estación, por petición de la propia Annie. Los cuatro partieron en el coche de los Andrew, conducido por el propio Archie, entre abrazos y lágrimas de las damas de Casa de Pony y todos los niños y demás empleados de la institución. Todos brindaron a Annie todo su amor y su deseo de que volviera pronto junto a ellos, totalmente recuperada. Los jóvenes se instalaron en la parte delantera del vehículo, dejando a las amigas espacio e intimidad para despedirse.
Durante el viaje, Annie expresó su miedo ante lo desconocido, ya que era la primera vez en su vida que iba a viajar totalmente sola, a un lugar desconocido. Aunque precisamente de eso se trataba. Annie viajaría en tren hasta Cleveland, donde la recogería un asistente de la residencia y la conduciría hasta Erie, su nuevo hogar. Annie partía sin billete de vuelta, así que las jóvenes tampoco sabían con certeza cuándo volverían a verse.
En la estación, acompañaron a Annie durante todo el proceso de maletas y búsqueda de compartimento, y antes de lo esperado, se percataron de que había llegado el momento de decir adiós. Candy se abrazó a una llorosa Annie con fuerza.
- Iré a verte, Annie, te lo prometo.
- Lo sé … - Su amiga se aferraba a ella con fuerza.
- Estarás bien, eres fuerte, no lo olvides. - Candy sonreía entre lágrimas.
- Hasta pronto, Annie. - Albert la besó en la mejilla y se alejó un poco junto con Candy, para dejar cierta intimidad al todavía matrimonio.
Archie sonrió con amabilidad, sin mostrar ningún sentimiento, y se acercó dubitativo depositando un leve beso en su mejilla de su esposa.
- Estarán esperándote en Cleveland, no te preocupes, me he encargado personalmente. - Annie asintió, secándose las lágrimas con mano temblorosa. Su esposo la observaba, sangrando por dentro. Estaba hermosa, a pesar de su palidez, allí de pie, la cabeza alta, enfundada en aquel vestido corto, hasta las rodillas, de un tono beige, los altos tacones y el pequeño sombrero. Irradiaba belleza y elegancia. - No tengas miedo por nada … sé que lo lograrás. Cuídate, Annie. - Pero cuando se giró un poco para alejarse de ella, Annie lo retuvo apretándole la mano. Sus ojos se encontraron.
- Archie … yo también lo siento... - Una lágrima rodaba por su mejilla y se la secó rápidamente, los labios temblorosos. - … y gracias.
Él sintió latir su corazón por primera vez en mucho tiempo. Aquellas simples palabras tenían mucho significado. Inclinó la cabeza y se dedicó al equipaje de Annie. Estuvieron con la joven hasta que el tren se puso en marcha y la saludaron hasta que ya no pudieron verla. Mientras el tren se alejaba, Candy apretó el brazo de Archie.
- ¿Estás bien? - Él tragó con fuerza, sin dejar de observar la marcha de la máquina.
- Lo estaré.
No pudieron disuadir a Archie de que se quedara con ellos aquella noche. El joven alegó estar muy cansado y desear marcharse a su casa, por lo que no insistieron, sabían que había tenido una dura tarde. Así que, tras dejar a Archie en las competentes manos de Jackson en la mansión Cornwell, Albert y Candy se quedaron solos. Mientras Albert volvía a la carretera conduciendo el vehículo con manos expertas, Candy se recostó en el asiento, observando subrepticiamente a su amigo.
- ¿Me invitas a cenar?
- ¿Qué? - Albert la miró un momento, sorprendido.
- ¿Cuánto hace que no cenamos juntos, tú y yo? - Entonces él la miró divertido.
- ¿Qué estás tramando? - Candy lo miró con el semblante más inocente que pudo, haciendo que Albert soltara una carcajada. - Está bien … ¿quieres que pasemos por casa a cambiarnos?
- En absoluto, además, ya es tarde. Y luego quiero que me lleves a bailar. - Albert arqueó una ceja y entonces fueron ambos quienes soltaron la carcajada.
- Ahora siento verdadero miedo … ¿quién eres tú y qué has hecho con Candy?
Pero Albert cumplió su palabra y la llevó a cenar a un discreto restaurante a las afueras de la ciudad, donde la comida y la bebida eran buenas y no tenían que preocuparse excesivamente por la etiqueta. Ambos iban de calle, por lo que Albert tuvo que descartar otras opciones que exigían un vestuario más elegante, aunque nadie diría al verlos que no pudieran tacharse de elegantes. Los dos rubios, altos, de rasgos y ojos inusuales y excesivamente atractivos, no podrían pasar desapercibidos en ningún lugar. Les vino bien aquella cena, dejando a un lado y por unos instantes las preocupaciones, y pudiendo por fin reírse y disfrutar simplemente de su mutua compañía.
- Por fin te veo reír, Bert, no sabes lo que lo he echado en falta … - Como respuesta, él le dedicó otra sonrisa y se echó hacia atrás, bebiendo un sorbo de la copa de vino.
- Supongo que no he estado a la altura últimamente, ¿verdad querida? Lo lamento … la verdad es que he estado muy ocupado.
- El trabajo no lo es todo.
- Tal vez … pero dime, ¿cómo estás? - Ella apoyó la mejilla en su mano y lo miró con afecto.
- Estoy bien, Albert …
- ¿Cómo está Terry? - Candy suspiró y bajó los ojos.
- Está triste … lo mismo que yo. - Entonces le relató a grandes rasgos cómo estaba la situación en ese momento.
- Tal vez deberías hacerle caso e ir a verle … - Candy alzó la cabeza sorprendida.
- ¿Qué? ¿De veras lo crees prudente, Albert?
- ¿Por qué no iba a serlo? - Candy de pronto pareció turbada.
- Albert … amo a Terry y ya no voy a esconder más el hecho de que está siendo muy dura la separación. Sé que hemos estado muchos años sin vernos, y que tal vez no deberíamos sentirnos así, pero después de … - Suspiró y rezó por no ruborizarse. - … declararnos nuestro amor, de estar ya seguros de que queremos un futuro juntos … - Meneó la cabeza. - Terry me ha pedido que me case con él. - Se encontró con los celestes ojos. - ¿Te sorprende?
- No. - Albert la miró con ternura.
- Íbamos a decírtelo, de hecho, planeamos cómo y cuándo decírtelo. Queríamos que fueras el primero en saberlo. Pero entonces estalló todo lo de Annie, Terry tuvo que marcharse … tú estabas tan ocupado … - Albert alargó una mano y estrechó la de Candy.
- No pasa nada, querida, sabes que no tienes que justificarte ante mí. Pero deberemos comunicarlo a la familia ...
- ¿Crees que tendremos problemas?
- No lo creo, y aunque así fuera, sabes que lucharé con todo lo que tengo para que todo vaya bien, como siempre he hecho. - Candy le apretó la mano y sintió que el corazón se le inundaba de cariño por Albert. Se quedaron un momento en silencio, cada uno sumido en sus pensamientos. - ¿Dices que Terry te ha enviado el itinerario de la gira?
- Sí … creo que no se da por vencido y sigue insistiendo … - Sonrió ella con tristeza.
- ¿Lo tienes aquí? ¿Podría echarle un vistazo?
- Claro … - Candy sacó un sobre del bolsillo de su abrigo y desplegó un papel, entregándoselo a Albert, y observando cómo él lo leía detenidamente.
- ¿Están realizando la gira por el sur? - Ella asintió.
- Missouri, Misisipi y Luisiana … sí, al parecer los patrocinadores de la compañía eligieron de antemano los puntos del itinerario.
- Terminan en Nueva Orleans. - Albert alzó la cabeza con un brillo indescifrable en sus ojos. - ¿Qué me dices de hacer esa visita a Terry? Aunque deberás tener un poco más de paciencia …
- ¿Qué estás tramando, Albert? ¿A qué te refieres?
- Mira, la gira termina, si no hay imprevistos, el 20 de julio, en un mes más o menos. - Candy asentía con incertidumbre.
- Sí …
- Déjame dejar aquí todo organizado y nos pondremos en marcha para darle una sorpresa.
- ¿Qué?
- Incluso me atreveré a dejar adelantada lo máximo que pueda la documentación que pudiéramos necesitar concretar, para no demorar más de lo necesario vuestro compromiso, ¿qué te parece? - Candy lo miraba con la boca abierta. - Tú misma me has estado diciendo que necesito unas vacaciones … y tienes razón. Le daremos a Terry una agradable sorpresa y podrá volver con nosotros ...además, llevo tiempo queriendo volver a Nueva Orleans … - De pronto, calló, confundido, temiendo decir más de lo necesario, pero Candy apenas se daba cuenta.
- ¡Oh, Albert! - El hermoso rostro de Candy se había iluminado como el sol. - ¡Es una idea fantástica! Y podemos invitar a Patty, que vendrá encantada con nosotros, ya sabes lo que le gusta el jazz, y siempre está hablando de no sé qué clubes …
- ¿Patty? Espera, Candy …
- Voy a escribirle enseguida. ¡Ya verás! Podemos ir primero a Jacksonville a buscarla y luego …
- ¡Candy! - La interrumpió Albert, y rió nervioso. - Tranquilízate. No creo que Patty pueda dejarlo todo e incluirse en tus planes …
- ¿Por qué no? ¿Te ha escrito? ¿Te ha dicho algo? - Él apretó levemente la mandíbula y tomó otro sorbo de la copa de vino para que Candy no pudiera apreciar su estado de ánimo. No, no sabía nada de Patty desde que se marchó. Y ninguno de los dos había dado el paso de escribir al otro. Demasiado quedó en el aire … demasiadas cosas no dichas después del encuentro que protagonizaron aquella noche … ambos se dejaron mucho durante aquellas horas en las que se amaron sin límite. - ¿Albert? - Candy lo observaba preocupada.
- ¿Qué? Disculpa … no, no me ha dicho nada. Pero, bueno, deduzco por la última carta que te ha escrito que estará ocupada en otros … asuntos … - Hizo esfuerzos porque su voz sonara casual. - Tal vez Patty no pueda en este momento dejar Jacksonville y a su familia.
- ¿Lo dices por ese joven? - Candy rió con jovialidad, a todas luces ajena a la ola de sentimientos que estaba padeciendo el corazón de Albert en ese instante. - ¿No es estupendo? Supongo que será un joven agradable, para que Patty llegue a mencionarlo … - Él asintió imperceptiblemente, apurando su copa. Hizo un gesto al camarero.
- ¿Qué tal si nos marchamos, querida? Empiezo a notar el cansancio …
- ¿Cómo? No, no … ahora debes llevarme a bailar al club. - Albert se echó a reír.
- ¿Lo dices en serio? Es imposible, querida, mañana tengo que …
- Ssssshhh … ni siquiera te estoy escuchando, Albert.
La brisa nocturna era fresca, pero agradable, aunque no lo suficiente para quienes iban enfundadas en vestidos de noche con ligeros chales sobre sus hombros. Las mujeres y los hombres que se agolpaban en la entrada del hotel esperando que llegaran los automóviles, estaban deseando sentarse y tomarse una copa, ya que hasta hacía muy poco habían estado actuando en el teatro, y apenas habían tenido tiempo al finalizar, de darse una rápida ducha y vestirse de gala para asistir a una fiesta que les había prácticamente impuesto su director.
Joanna Mason, una de las actrices de la compañía, se hallaba de pie al lado de su compañera, Rebecca, mientras ambas se arrebujaban en su chal, fastidiadas por tener que estar allí.
- ¿En qué momento decidió Nat que teníamos que ir a esa estúpida fiesta? – Bufó Rebecca. – Estoy agotada. Lo único que me apetece es sentarme en algún local oscuro a oír buena música y relajarme …
- Dice que será bueno para la compañía. – Joanna le hablaba distraídamente, mirando repetidamente por encima del hombro hacia la entrada al hotel. Rebecca siguió su mirada y meneó la cabeza con pesadumbre.
- Vamos, Jo, déjalo ya. – La aludida se hizo la sorprendida.
- ¿A qué te refieres?
- Saldrá tarde o temprano. Nat le ha obligado a ir, lo sabes, como a todos nosotros. Lo que sucede es que tal vez se crea demasiado importante, como la mayoría de las veces, para dignarse ver en nuestra compañía. Tal vez se haya marchado ya … o vaya más tarde. – Hizo un gesto despectivo. – Ya sabes cómo es.
- No eres objetiva, nunca te ha caído bien …
- ¿Y te sorprende? ¿Qué es lo que ves tú en él? Me cuesta entenderlo …
- ¿Qué es endemoniadamente guapo, tal vez? – Le espetó Joanna arqueando las cejas. La otra se echó a reír con sorna.
- ¿Hablas en serio? Sí, es cierto, no voy a negártelo, pero espero que no sea esa la razón por la que te has vuelto loca por él … te creía más exigente, Jo.
- Oh, vamos … sabes que no es solo por eso.
- ¿Entonces por qué? ¿Qué es lo que tiene ese hombre que te hace perderte a ti misma de esa forma? – Rebecca la miraba fijamente, serio el semblante. – Jamás una palabra amable, jamás una sonrisa … nada. N-a-d-a, Jo. Lo sabes. No está interesado, ni en ti, ni en nadie. – El rostro de Joanna se entristeció, y Becca lamentó haber sido tan directa.
- Lo sé, sé que le importo un comino. Pero no puedo evitarlo, Becca. Estoy loca por él …
- Pero, ¿por qué? ¿Porque es guapo? ¿Porque es distante? Todos nuestros compañeros son atractivos y mucho más accesibles que Graham … Dios, si incluso a veces me da miedo dirigirle la palabra … - Joanna meneó la cabeza sonriendo.
- Qué exagerada … - Se encogió de hombros. – No sé, a veces parece tan abatido ...
- No, por favor, no sigas por ahí. – La cortó la otra. – Graham es más duro que una piedra, Jo, olvídalo.
- No era así en Chicago … - Joanna se mordió el labio. – En Chicago parecía … parecía feliz. Nunca le había visto así.
- Pues que le aproveche y que lo aguante ella. – Joanna parpadeó rápidamente intentando ocultar los ojos llenos de lágrimas. Casi toda la compañía había presenciado indirectamente la despedida que había protagonizado Graham con una desconocida joven en la estación de Chicago. El aplomo de Rebecca se esfumó y acarició el brazo de su compañera. – Querida, lo siento … sé que sufres muchísimo, y no quiero que lo hagas.
- Lo sé… - De pronto, Joanna contuvo el aliento y Becca siguió su mirada.
Terrence Graham salía en ese momento por las puertas de entrada al hotel, enfundado en un esmoquin que le quedaba como un guante. Joanna suspiró y Becca tuvo que reconocer que era tal cual: endemoniadamente guapo. El hombre se acercó a Nathan Scott y este sonrió de oreja a oreja, palmeándole el brazo. Joanna pudo apreciar la tensa mandíbula de Terrence desde allí, su incomodidad y su disgusto. Él tampoco quería ir a aquella dichosa fiesta.
La joven suspiró. Tenía veinticuatro años, era atractiva y con talento, y podía jactarse de poder trabajar en lo que le gustaba. Llevaba ya varios años en la compañía de Scott y se sentía satisfecha. El mundo del teatro era un mundo sentimental, visceral, marcado por las emociones, la libertad, la cultura … era un entorno que si te atrapaba, ya jamás te dejaba marchar, principalmente porque ya no querías abandonarlo. Siempre había estado centrada en su trabajo, y era cierto que los actores eran seres emocionales, que se dejaban guiar por los sentimientos. Joanna había tenido varias relaciones muy apasionadas, pero algo cambió en el instante en que vio a Terrence Graham. Su intuición femenina le gritaba en plena cara que el corazón de aquel hombre ya tenía dueña, y estaba haciendo verdaderos esfuerzos por superar aquella obsesiva atracción que sufría. Todo se complicaba por el hecho de trabajar con él codo con codo, ya que una mirada a aquellos ojos de zafiro y Joanna se sentía desfallecer. Solo podía sentir una honda curiosidad por la mujer que ocupaba los pensamientos de Graham.
Oyó ruido procedente de la esquina, y como si de una señal se tratara, los automóviles comenzaron a llegar para llevarlos a su destino.
Sentado en el automóvil con Nat a su lado, Terry tenía los puños apretados, intentando controlar el arrebato de ira que lo consumía. Miraba por la ventana, haciendo caso omiso de la conversación que se desarrollaba a su alrededor, y los demás, conociendo su carácter, lo dejaron tranquilo.
Acababa de recibir la última carta de Candy aquella misma mañana, y la añoranza y deseo que sentía por ella siempre se intensificaba cuando recibía noticias suyas, aparte del hecho de que enseguida una ira insana hacia Nat, hacia la compañía y hacia todo alrededor lo saturaba de tal forma, que tenía que hacer verdaderos esfuerzos por recuperar el control. Disfrutaba trabajando, no iba a negarlo. El teatro era su vida, su pasión … pero en aquellos momentos apenas podía pensar en otra cosa que no fuera ella. Sólo deseaba llegar al final de un largo viaje, culminar el deseo de estar juntos, juntos como marido y mujer, sin que nadie ni nada pudiera volver a separarlos. Cerró los ojos un instante y rememoró las líneas de la misiva, que ya se sabía de memoria.
Chicago, 1 de julio de 1921
Mi amado Terry,
¿Cómo estás? Lo primero que quiero decirte es que seas fuerte, paciente … sé que es muy dura la separación, mi vida, ambos estamos sufriendo con la distancia, pero cada vez queda menos para poder volver a estar entre tus brazos. Ansío ese momento.
He hablado con Albert y le he contado nuestros planes. Se ha alegrado muchísimo, como podrás imaginar. En cuanto vuelvas, podremos comenzar a planear nuestro futuro.
Yo paso mis días entre el hospital y el apartamento, también escudándome en el trabajo, porque cada vez que cierro los ojos, veo tu rostro, mi amor, y la añoranza es enorme.
Hace unos días fuimos a despedir a Annie a la estación, ya que partía a la residencia de Pensilvania. No sé cuándo podré volver a verla, espero que sea pronto. Por lo que ya me quedé en Chicago, aunque hubiera deseado quedarme más tiempo en Casa de Pony. Ojalá pueda volver pronto.
En el hospital cada día tenemos más trabajo, y el Dr. Martin y yo estamos encantados. Hace poco hemos recibido una sustanciosa donación de un benefactor que ha supuesto una gran inyección para los muchos proyectos que tenemos.
Por otro lado, he estado preocupada por Albert, ya que últimamente ha tenido mucho trabajo, pero creo que no es solo eso … le ha sucedido algo más que no quiere contarme. Afortunadamente, la tía Elroy ya marchó de nuevo hacia Lakewood, y hemos podido estar un poco más tranquilos. Al igual que Patty, que volvió a su casa poco después de irte tú. Espero que vuelva pronto a visitarnos. Día a día ayudamos a Archie a superar todo lo que le ha pasado. Él sigue muy abatido, aunque intente disimularlo. Supongo que es cuestión de tiempo que pueda por fin empezar a superar el dolor.
Y yo estoy contigo, amor mio, estoy contigo en la distancia todos los días, todas las noches … a veces cierro los ojos e imagino que estás frente a mí, sonriendo.
Cada vez está más cerca el día en que pueda abrazarte de nuevo.
Te amo más que a nada, Terry, no lo olvides. Te quiero,
Candice W.
Terry suspiró imperceptiblemente e intentó relajar los músculos. Y encima, aquella maldita fiesta. Nat ni siquiera había querido oír lo que Terry tuviera que decir, sutilmente le había instado a comparecer. Al parecer, en Kansas City, donde se encontraban ahora, tenía una de sus residencias uno de los magnates que subvencionaba la gira de la compañía en Estados Unidos, y había pedido a Nat que la compañía en pleno acudiera a la fiesta de verano que había organizado con asistencia de múltiples personalidades de diversos campos. El empresario en cuestión era un amante de las artes, y Nat no iba a desaprovechar aquella oportunidad, ni a dejar que otros la estropearan.
Terry, en el calor del momento, ni siquiera había preguntado a dónde se dirigían ni quién era el hombre dueño de aquella mansión que ya podía apreciar en la lejanía.
- ¿Quién es nuestro amigo? - Su voz grave y profunda llenó el pequeño habitáculo del automóvil, y Nat y su ayudante, Mark, se giraron a mirarle, mientras Terry señala la mansión con la cabeza. Nat frunció el ceño, dubitativo.
- Oliver Abbot. No lo conozco personalmente, pero ha sido uno de los inversores más generosos y una de las personas responsables de que nos hallemos hoy aquí ...
- ¿Abbot? - ¿Por qué le sonaba tanto el nombre?
- Sí … creo que está emparentado con los Abbot de Londres … hay nobles en su familia, duques, condes … - Nat se encogió de hombros graciosamente. - … no lo sé, no soy muy bueno con esas cosas.
Vaya, fantástico. Se dijo Terry, volviendo a mirar por la ventanilla con los labios apretados. La noche mejora por momentos.
La mansión Abbot era grande y lujosa, y hectáreas de bosque rodeaban el edificio que se vislumbraba en la lejanía. Mucha gente llegaba a la mansión a la vez que ellos. La puerta principal, alta y majestuosa, de piedra caliza, toda una obra de arte, los esperaba, abierta de par en par, con un mayordomo en la entrada que esperaba para recibir a los invitados.
Al bajarse de los automóviles, todos se habían puesto a la cola que se había formado en la entrada para poder acceder al interior cuando fuera su turno. Terry estaba nervioso, no podía evitarlo, ya que no deseaba llamar la atención sobre su persona más de lo necesario. Sobre todo, no deseaba relacionarse con nadie que tuviera contacto o pudiera indirectamente tener contacto con su padre o con allegados a él. Si sus orígenes nobiliarios y su parentesco saltaban a la prensa, sería muy desagradable. Era cierto que no había hecho los trámites legales para cambiarse el apellido, y ni siquiera sabía la razón de ello, pero en el mundo artístico, todos lo conocían como Graham. Nadie sabía que su apellido en realidad era Grandchester, y por supuesto, tampoco sabían que su madre era la conocida actriz Eleanor Baker. Sólo Robert Hathaway era guardián de aquel secreto. Y si era cierto que el tal Abbot era pariente de los Abbot de Inglaterra,una mirada de Abbot, y Terry sabía que sus genes lo delatarían y su secreto sería agua pasada. Hasta aquel momento, durante aquellos años, había podido eludir bastante convincentemente las alusiones a su vida privada respecto de la prensa. A excepción de que era británico, no habían podido sonsacarle prácticamente nada sobre su vida personal. Su sobrio carácter ayudaba bastante a ello. En alguna contada ocasión, algún avispado periodista había estado cerca de averiguar algo, pero nada convincente hasta ahora. Esa fue una de las mayores preocupaciones que lo atosigaron cuando tomó su decisión de volver a Inglaterra a trabajar. Pero gracias a Dios, había salido indemne, y lo mejor de todo, sin tener que toparse con su padre … confiaba en que siguiera así.
Suspiró e intentó calmarse, confiando en que todo iría bien. Con el ceño fruncido avanzó en la cola junto a sus compañeros, y de pronto, se encontró en la entrada, mientras el mayordomo los anunciaba con voz profunda. Una gran escalera se abría paso hacia el enorme salón que se extendía a sus pies, en esos momentos desbordado de gente hasta donde alcanzaba la vista. Decorado elegantemente, disponía de varias áreas habilitadas para la comodidad de los múltiples invitados: varias barras apostadas en lugares estratégicos del salón, una gran pista de baile central, ventanales que se abrían invitadores a la hermosa noche que se intuía en el jardín, con divanes, sofás y sillones dispuestos hábilmente en múltiples zonas del área y también en el exterior; el salón iluminado con miles de velas y luces creando un ambiente elegante y cómodo. Terry notó la expectación en todos sus compañeros. Era una reacción bastante natural, dado que no estaban acostumbrados a desenvolverse en aquellos ambientes. Pero los sentimientos que revolvían el corazón de Terry eran muy diferentes. Él se había criado en lugares así, y no lo echaba de menos, al contrario, deseaba que todo pasara rápido y pudiera marcharse. Mientras bajaba por las escaleras hacia el salón, un hombre alto y elegante lo observó fijamente en la lejanía. Habían pasado muchos años desde la última vez que lo había visto.
Era ya tarde cuando por fin William Albert Andrew pudo traspasar las puertas de su casa y saludar a Watters, mientras le entregaba el sombrero y la chaqueta.
- ¿Ha tenido un buen día, señor?
- Sí, gracias, Watters.
- ¿Ha cenado?
- No … pero me conformaré con algo ligero en mi despacho, gracias.
- Enseguida, señor.
Otro largo día … reuniones, papeleo … se había quedado trabajando en el despacho de la ciudad ya no por necesidad, sino porque no le seducía demasiado volver a una enorme casa vacía y silenciosa. Candy se quedaba esos días en su apartamento, adelantando trabajo y preparándolo todo para el inminente viaje que iban a realizar.
Se alegraba de poder escapar por unos días de su vida. Se alegraba de realizar aquel viaje, podría descansar y desconectar. Pero Candy seguía en sus trece con la idea de ir primero a Jacksonville a por Patty para continuar nuevamente hasta Nueva Orleans. Y entonces deberían partir en apenas una semana si querían llegar a tiempo a Nueva Orleans para sorprender a Terry.
Llegó a la larga mesa de su despacho frotándose las sienes y se fijó en la correspondencia que habían dejado esa mañana en la bandeja del correo. Un sobre le llamó inmediatamente la atención. Lo cogió frunciendo el ceño y en cuanto vio el remitente sus dedos temblaron, casi dejando caer la misiva. Se echó hacia atrás y se pasó las manos por el cabello. Maldita sea, necesitaba una copa.
-escena retrospectiva-
- ¿Estás bien? - Susurraba en sus labios, besándola suavemente. Ella sonrió, iluminándolo con sus preciosos ojos.
- Muy bien …
No necesitaban decir nada más en aquel momento … aquel mágico instante que solo les pertenecía a ellos. Dos amantes acariciando sus cuerpos, ya sin barreras, sin límites … libres para darse amor, para darse placer. No sabría decir cuánto tiempo estuvieron así, abrazados, acariciándose … hasta que ella rompió el silencio.
- Te amo, William. - Él se apartó un poco, recostándose en las almohadas, sus rostros muy cerca. El corazón iba a estallarle en el pecho. Pero sus ojos debieron traslucir algo, porque el rostro de ella se nubló ligeramente, aunque le acarició la mejilla y los labios con infinita dulzura.
- Quiero que sepas, Patty … que esto ha sido muy importante para mí … por favor, no lo olvides …
- Me está sonando a despedida, William … ¿es así?
- Mañana te marchas, ¿cierto? - Tenía un nudo en la garganta.
- ¿Deseas que lo haga? - Él meneó la cabeza, bajando los ojos mientras acariciaba suavemente la curva de su cadera. - Pero debo hacerlo, ¿verdad? ¿Realmente sería tan complicado? ¿O soy yo el problema? - Sus ojos se encontraron.
- Tú no eres el problema, jamás pienses eso. - Él se tumbó boca arriba mirando al techo. Le dolía el pecho, maldita sea, su corazón iba a estallar de dolor. Notó las suaves manos de su amante en su abdomen y suspiró, volviendo el rostro para observarla.
- William … por favor, háblame. Lo soportaré, lo sabes, pero quiero que seas totalmente sincero conmigo … ya solo sea por la amistad que nos ha unido siempre. - Ella hablaba con voz ronca, cargada de emoción. Él sabía que estaba conteniendo el llanto. - Es cierto que de alguna manera yo te he empujado a … a esto … y que no tengo derecho a …
- Sí tienes derecho. - La cortó él girándose y abrazándola, para a continuación besarla de lleno en la boca. Notó el sabor salado de las lágrimas en sus labios y al apartarse susurró. - No me has empujado a nada … yo quería esto tanto como tú … o más. - La miró fijamente con sus ojos azules. - Patty … sabes que mi vida es complicada, sabes todo lo que acarreo a mi espalda … es cierto que estoy agobiado … a veces … no, siempre … siempre desearía que todo fuera diferente … - Sonrió con tristeza y le acarició la mejilla. - Y de pronto apareces tú … y me sorprendes .… - Patty suspiró al observar su hermosa sonrisa. - … me enloqueces, me enamoras … ojalá pudiera secuestrarte y marcharnos mañana mismo a ver el mundo, lejos de aquí …
- Oh, William … - Patty sollozaba quedamente.
- … pero sabes que no puedo. Y en este preciso instante … estoy asustado. - Ella no pudo evitar la sorpresa en su rostro y él rió suavemente. - Sí, no te sorprendas, estoy asustado. Lo que te dije en el despacho es cierto, preciosa, deseo algo que en este momento concreto no puedo sustentar, no puedo ofrecer …. necesito … suena a tópico, pero … necesito tiempo. No puedo pedirte ... - Calló y cerró los ojos. - … y tú te mereces el mundo entero, Patricia, la felicidad absoluta … - Susurró emocionado.
- La felicidad absoluta la he encontrado aquí, esta noche, entre tus brazos, William …
- Oh, Patty … - Volvieron a besarse y esa vez, al separarse, ella vio que una solitaria lágrima rodaba inexorable por la mejilla de su amante. La secó con sus labios y volvió a su boca.
- No desperdiciemos el tiempo que nos queda, amor. Mañana no vendrás a la estación a despedirme, ¿verdad? - Él respiró con fuerza apretando los labios.
- No podría …
- Entonces, ámame, ámame como si esta noche fuera la primera de muchas, ámame como si me quisieras … - Él ahogó un triste gemido, enterrando el rostro en su cuello.
-fin de escena retrospectiva-
Notó cómo el alcohol traspasaba su garganta y aflojaba un poco el insoportable nudo que la atenazaba. Llevaba dos meses, desde que ella partió, muriendo poco a poco, día a día … ni siquiera se había atrevido a escribirle … y el golpe de gracia lo había recibido cuando Candy le dejó leer la carta que había recibido de ella. Debía alegrarse, tenía que alegrarse … pero no podía. Ella reharía su vida … tal vez volvería a enamorarse algún día, tal vez … detuvo aquellos pensamientos. No estaba preparado para aquello ...aún no.
Observó fijamente la carta y en un impulso rasgó el sobre, desplegando las hojas.
Jacksonville, 4 de julio de 1921
Querido William,
¿Cómo estás? Espero de corazón que puedas encontrar un momento para descansar de tus obligaciones, ya que Candy me ha informado de que estás verdaderamente agotado, y deberías cuidar tu salud.
Hoy es 4 de julio, la ciudad está de fiesta y todo el mundo ríe con alegría … fuegos artificiales, desfiles, fogatas nocturnas … mis padres han organizado un picnic en el jardín con invitados, y todo el mundo se lo está pasando maravillosamente. Pero yo estoy aquí, con la tonta excusa de una jaqueca, decidiéndome por fin a escribirte. Espero que llegues a leer esta carta.
No voy a mentirte: me ha costado mucho decidirme a escribir. Pero después me he hecho una autocrítica, y creo que tengo que poner en práctica mis argumentos, sería una cínica si no lo hiciera. Ante todo somos amigos, ¿cierto? Y echo de menos nuestras conversaciones entre párrafos.
Quiero que seas feliz, William, y que realmente encuentres lo que sea que estás buscando. Tal vez llegue el día en que nos riamos juntos de todo esto, aunque para serte sincera, yo no puedo de momento.
Han abierto un nuevo club en la ciudad, ¿sabes? Te encantaría. Sospecho que muchas bandas de jazz van a visitarnos en breve para tocar música en vivo. Y sé que con cada melodía, no podré dejar de acordarme de ti.
Cuídate, William, por favor. Espero saber pronto de ti.
Patricia
-escena retrospectiva-
Besaba sus rosados pezones, sus turgentes senos, su ardiente piel … ella estaba muy excitada, arqueada hacia él, con la cabeza ligeramente echada hacia atrás, jadeando. Sus manos acariciaban cada curva, cada montículo, cada cavidad … iba a hacerla suya de nuevo, lo sabía, no podía más. A pesar de haber decidido no penetrarla de nuevo … sabía que no iba a poder cumplir la promesa.
- Ven aquí, William … -Rogó ella, los labios entreabiertos, los ojos entrecerrados.
- ¿Lo quieres?
- Sí, lo quiero … lo deseo …
Al volver a entrar en ella, lentamente, fue Patty quien en un impulso los unió de pronto, más bruscamente, y ambos gritaron. Y se dejaron llevar, cegados por todo aquello, por sus cuerpos en movimiento, sus manos, sus bocas … sintió las uñas de ella en la carne de su espalda, oía sus roncos gemidos … y se levantó un poco, apoyando las manos en el colchón, sin disminuir el movimiento … hincándose más y más en ella …
- ¿Vendrás a visitarme a Jacksonville?
- ¿Qué? - Él alzó la cabeza, rompiendo el contacto de sus labios contra la piel del cuello femenino, y la miró a los ojos, ambos entrelazados en el lecho, acariciando sus cuerpos desnudos. Patty tenía la mirada vidriosa. Meneó la cabeza.
- Nada … no importa. - William quiso desintegrarse en ese instante. Le dolía el alma cada vez que se miraba en aquellos preciosos ojos esmeralda. Ella intento sonreír. - No vas a contármelo, ¿verdad?
- Contarte … ¿qué?
- El por qué de tu decisión …
- ¿Mi decisión?
- Tu decisión con respecto a nosotros, a nuestra relación … de pronto, algo ha cambiado en ti, algo ha sucedido en estos días, lo sé … pero no entiendo por qué no quieres contármelo …
- Patty … - Ella vio el dolor en los ojos celestes y se apresuró a poner un dedo en sus labios.
- Está bien, está bien … - Volvió a abrazarse a su cuello, besando su mejilla, el lóbulo de su oreja … oyó cómo él suspiraba y le acariciaba la espalda y las caderas, y se apretó contra su cuerpo.
-fin de escena retrospectiva-
Se sentó pesadamente en la butaca de su escritorio y se cogió la cabeza entre las manos, por fin dando rienda suelta a los sollozos. Él, que jamás lloraba, que tal vez la última vez que lo había hecho fue prácticamente por la muerte de su sobrino … estaba sollozando, y no podía parar.
Expulsó todo su dolor, toda su frustración, toda su rabia … hasta que los sollozos se convirtieron en roncos gemidos y por fin pudo alzar la cabeza y secarse el rostro. Dejarla marchar había sido lo peor que había tenido que hacer en su vida. Justo antes del amanecer, tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para soltar aquel hermoso cuerpo dormido y dejarla. Pero, ¿qué más podía hacer? Aquello lo había aplastado como una losa … necesitaba pensar, necesitaba analizarlo todo ... pero se sentía despreciable e indigno. Aquella maldita tarde, aquella maldita conversación, se le había grabado a fuego en el corazón.
-escena retrospectiva-
Una tarde que volvió de su despacho en la ciudad para asearse un poco e ir al hospital a visitar a Annie y poder estar un rato con Patty y Candy, se encontró con la tía Elroy en la puerta de la biblioteca.
- William. - Ella lo observaba con sus grises ojos y una fina ceja arqueada. -¿Podrías dedicarme unos minutos? - Él compuso una de sus mejores sonrisas y se apresuró a besar a la mujer en la mejilla.
- Lo siento, tía, pero quiero cambiarme e ir al hospital.
- Eso puede esperar. - Zanjó ella el asunto con un ademán y entró a la biblioteca. Él puso los ojos en blanco, contrariado, pero la siguió al interior. Cuando su tía se ponía así, era mejor no llevarle la contraria. Se acomodaron en sendas butacas y William sonrió, condescendiente.
- Bien … tú dirás.
- Sé que no te gustan los rodeos, William, así que iré directa al grano. Quiero aprovechar mi visita para tratar el tema de tu matrimonio.
- ¿Cómo? - Él se había echado hacia atrás, totalmente sorprendido.
- Debemos comenzar a pensar en tu matrimonio. - La mujer lo observaba impasible.
- Creía que eso era algo que me concernía sólo a mí, tía.
- Pues estabas equivocado, William. Eres el cabeza de la familia. Evidentemente, este asunto es algo muy importante para todos. Si ya normalmente los matrimonios al uso son un verdadero quebradero de cabeza para la familia, imagínate el tuyo.
- Pero … - Se pasó las manos por el rubio cabello. - … ¿por qué? No comprendo …
- Tienes treinta y un años, William. Eres brillante, inteligente y apuesto, y uno de los millonarios más deseados de Chicago. Durante los últimos años, he intentado sutilmente relacionarte con las candidatas más adecuadas para desempeñar el honorable papel de ser tu esposa, pero tú, como siempre, William, vives en un mundo aparte, sigues tus propias reglas … y la familia está preocupada.
- Puedes decirle a la familia que soy perfectamente capaz de tomar esa decisión por mí mismo. - El joven rubio se había puesto en pie, visiblemente alterado. - Y que no creo que esto sea competencia de ellos ni de nadie …
- Siéntate, William, hazme el favor. - La tía Elroy habló con voz gélida. - Este asunto nos concierne a todos.
- ¿Estás insinuando … estás diciendo que debo casarme? ¿Estáis obligándome a tomar esa decisión?
- No. - Sus ojos se encontraron. - El compromiso del cabeza de familia es siempre un matrimonio concertado, estudiado y analizado minuciosamente … siempre por el bien de la familia. Debemos encontrar a la mujer adecuada.
- ¿De qué demonios estás hablando? - William había alzado la voz.
- ¡No me grites, William, no lo consentiré! - El joven se ruborizó.
- Lo siento … - Apretó la mandíbula. - … pero lo que estás diciendo me parece absurdo. Yo tampoco consentiré que se elija con quien debo compartir mi vida …
- Debes hacerlo. Aceptaste tu destino, para lo que naciste. Siglos de historia avalan a la familia Andrew. No somos lo que somos porque sí, William … y lo sabes. Te casarás con la mujer adecuada, tendrás herederos …
- No lo haré, tía. - Susurró él muy bajo. - Si me caso, lo haré con quien desee …
- Maldita sea, William, no me obligues a hacerte daño. - La tía Elroy parecía sinceramente afectada.
- ¿Hacerme daño?
- ¿Crees que estoy ciega? ¿Crees que no veo más allá de mis narices? He aceptado todas y cada una de tus alocadas decisiones, William, y lo sabes. No te he cuestionado jamás. La adopción de la huérfana … la boda de Archibald … bien sabe Dios que intenté por todos los medios no emparentarlo con esa chica … y mira ahora …
- Tía, por favor …
- Sí, lo sé … lamento lo sucedido, pero sigo pensando exactamente lo mismo. Y ahora esto …
- ¿Qué quieres decir?
- Vamos, William … te conozco, aunque no lo creas. He visto como la miras … - Él abrió los celestes ojos con sorpresa pero intentó disimular su estado de ánimo a toda costa. Comenzó a oír los latidos de su corazón retumbar en sus sienes.
- No sé a qué te refieres.
- Esa chica … esa chica de nuevo. No dije nada cuando estuvo con Alistear, que en paz descanse, eran unos adolescentes y confiaba … y después … -El rostro de la mujer dejó entrever por un instante un rictus de tristeza. - … pero ahora, esto … contigo …
- ¿Qué insinúas, tía? Creo que te estás equivocando. - Ahora fue ella quien se puso en pie, airada.
- No, William, no me equivoco en absoluto. Creí que eran imaginaciones mías … pero me han bastado dos días para verlo perfectamente claro. Y espero que no estés pensando en tener algún tipo de relación con esa … con esa … - La tía Elroy se apoyó en la butaca, temblando, acalorada. - … la hija de un banquero … con solvencia económica bastante corriente … ni siquiera se acerca al estatus de los Andrew …
- No voy a seguir escuchando nada más.
- Lo escucharás. - Elroy lo tomó por el brazo, pero él se desasió bruscamente dirigiéndose a la salida. - ¡William! ¡No he terminado!
- ¡Ya lo creo que sí!
- ¡William! Investigaremos a su familia … y esta vez, el consejo me oirá … no permitiremos esto …
- ¿Me estás amenazando? - William se acercó a ella, quedando su rostro muy cerca del de su tía. - ¿Cómo puedes hacerme esto, tía? ¿Crees que podría perdonarte? Has sobrepasado el límite … - Ella tragó con fuerza y lo miró con ojos enrojecidos.
- Te quiero, William. Eres mi sangre, el pilar de la familia … te pareces tanto a … - Carraspeó para recobrar la compostura. - Y haré lo que considere mejor para ti, para los Andrew. No me subestimes.
Una ira abrasadora recorrió a William de la cabeza a los pies y tuvo que apretar los puños y respirar con fuerza para controlarse, alejándose un poco de la mujer. Ella lo observaba casi con temor y a la expectativa.
- Nunca olvidaré esto … jamás.
Y salió de la habitación. Corrió a los establos y ensilló su caballo, saliendo a galopar enloquecido. Gritó al viento, al bosque, gritó hasta quedarse sin voz … y algo se rompió dentro de él … "Investigaremos a su familia … y esta vez, el consejo me oirá … no permitiremos esto …" Las palabras de la tía Elroy se clavaban como puñales en su pecho. No lo aceptaría. ¡No! No lo permitiría. Debía pensar … debía investigar … debía buscar una solución. Pero no podía implicar a Patty en ese momento … no consentiría que le hicieran daño.
-fin de escena retrospectiva-
Alzó la cabeza y se echó hacia atrás, respirando profundamente. En aquel momento odió más que nunca ser un Andrew.
No volvió apenas a mirar a su tía a la cara, no volvió apenas a dirigirle la palabra, sólo lo estrictamente necesario. Tampoco fue a despedirla cuando partió hacia Lakewood, alegando trabajo. Y afortunadamente, nada había sabido de ella desde entonces. Sospechaba que su tía estaba a la expectativa, ya que se había extralimitado en sus funciones. Acababa de finalizar un importante negocio que había requerido todo su tiempo, y sinceramente, alejarse de Chicago por unos días sería como un bálsamo para él.
Estaba saturado, rabioso, aprisionado … tenía que pensar mucho … en muchas cosas … le dolía mirar a Patty, perderse en aquellos ojos verdes … cuando no veía salida posible en aquel instante, cuando no veía cómo solucionarlo … y no quería hacerle daño, no podía hacerle daño. Ella ya había sufrido bastante, merecía ser feliz. ¿Cómo pedirle que esperara? Si ni siquiera él sabía cómo iba a solucionarlo, o cuánto tardaría en hacerlo, o incluso si lo lograría ...¿cómo atarla a una relación sin sentido, a un futuro incierto?
Pero cuando apareció en su despacho … tan joven, tan sensual … tan enfadada … la excitación lo poseyó con fuerza, no pudo resistirse a aquello que se le ofrecía, no pudo resistirse a ella … y ahora aquellas escenas vividas aquella noche, su cuerpo entregado, su acto de amor … quedaría grabado a fuego en su corazón para siempre.
La fiesta estaba en su apogeo. Todos los miembros de la compañía habían conseguido relajarse y disfrutar, todos menos uno. Terry estaba en una de las terrazas, harto de todo y todos, fumando un cigarrillo y con una copa de champán en la mano, deseando poder marcharse de allí cuando antes.
- ¿Por qué te resulta tan difícil todo esto, Terrence? - La voz de Nat le hizo fruncir más el ceño y apretar la mandíbula. Se giró para enfrentarlo, y Nat sintió un escalofrío al toparse con sus ojos.
- ¿Debería estar exultante de alegría?
- Este es tu trabajo … creía que te agradaba. - Terry apretó los puños.
- ¿Cuánto tiempo más vas a necesitar de mi presencia? - El hombre lo observó compungido.
- Mira, Graham … sabes que lo lamento. Lamento lo sucedido. Todo se ha complicado … pero a veces, estas cosas pasan … lo sabes. - Nat se encogió de hombros. - Ya no queda mucho más. En breve, llegaremos a Nueva Orleans … y se acabó. - Terry suspiró y su rostro se relajó brevemente.
- Supongo que tienes razón … - Nat sonrió cordial y se acercó, ofreciendo su mano.
- ¿Tregua? - Terry rió sardónico y se la estrechó.
- En serio, Nat, ¿cuánto más tendremos que estar aquí?
- Saludamos al anfitrión y luego te largas, ¿hecho?
- De acuerdo.
Cuando ambos hombres iban a volver al interior, un elegante hombre alto les interceptó el paso. A Terry su rostro le resultó terriblemente familiar.
- Caballeros. - Inclinó la cabeza. - Quisiera hablar con usted, señor … Graham.
- ¿Quién es usted? - Preguntó Nat con el ceño fruncido.
- Alguien que desea hablar a solas con el señor Graham, como ya he dicho. - El hombre miró a Nat como si de un insecto se tratara.
- Responda a la pregunta. - Dijo Terry cortante.
- Pensé que a estas alturas ya me habría reconocido, Lord. - El hombre había inclinado la cabeza y al escuchar sus palabras, Terry sintió que toda su piel se estremecía. Nat miraba a uno y a otro totalmente sorprendido. - Mis disculpas. Es cierto que hace años que no nos vemos. Soy Stewart Worthington, el secretario de Su Gracia, y he venido expresamente a Estados Unidos para hablar con usted, Lord.
