N. de la A.: ¡Hola! Ante todo gracias por vuestros comentarios y por seguir leyendo esta historia. El siguiente capítulo contiene escenas SOLO APTAS para ADULTOS. Por lo que quien pudiera sentirse ofendido o incómodo con este tipo de lectura, absténgase de leer. ¡Saludos!

La ciudad de Nueva Orleans respiraba vida y colorido en aquel julio de 1921. Y aunque el aire era pegajoso y la humedad se adhería al cuerpo como una segunda piel, era refrescante pasear por las concurridas calles observando la diversidad de transeúntes y sobre todo, escuchando el jazz fresco que escapaba de las entreabiertas puertas de los locales.

Pero Candy y Albert no habían perdido ni un segundo en acercarse al hotel donde iban a hospedarse tras dejar rápidamente la estación, para a continuación, una vez alojados en sus respectivas habitaciones, ir a preguntar por Terry en recepción. El recepcionista los miró con suspicacia y recelo.

- Comprenderán que no pueda dar información sobre nuestros huéspedes, es la política del hotel.

- Por supuesto, lo comprendo, caballero. - Albert sonreía con amabilidad. - Pero se trata de un importante asunto familiar que el Sr. Graham debe conocer en el acto.

Candy observaba al joven con cierta congoja. Comprendía que sólo estaba haciendo su trabajo, y lo respetaba … pero la necesidad que tenía de ver a Terry era imperiosa. Entonces, en un impulso, tomó suavemente la mano del joven y este pegó un respingo, ruborizándose intensamente. Pocas veces había visto a una joven tan hermosa como aquella. Parecía un ángel. El joven bajó los ojos turbado y carraspeó.

- Bueno … yo … tal vez … si es algo tan importante …

No tardaron en estar nuevamente en el ascensor que los llevaría al piso donde se encontraba la habitación de Terry. Albert reía y meneaba la cabeza, observando a su pupila de reojo.

- ¿Se puede saber qué es lo que te hace tanta gracia?

- Nada como la persuasión femenina para lograr cualquier objetivo … - Rió él guiñándole un ojo. - Sois más fuertes y más inteligentes que nosotros, qué duda cabe … y algún día el mundo se dará cuenta de ello.

La joven se encogió de hombros, brillantes sus ojos verde mar. Otra faceta del carácter de Albert que le fascinaba. Sus ideas, sus puntos de vista … sin convencionalismos, desafortunadamente sin sitio en ella época y en aquella sociedad repleta de hipocresías y medias verdades. Al principio, Candy se había sentido cohibida y algo asustada ante toda aquella explosión de ideas revolucionarias, pero había madurado junto a aquel hombre, y había comenzado a escuchar, a aprender y a sacar sus propias conclusiones. Por todo ello, no estaba asustada ante lo que pudieran suscitar sus decisiones … simplemente, estaba preocupada. Entonces, la joven rubia apretó la mano de Albert y sonrió, algo ruborizada.

- ¿Te escandalizaría si te pidiera que me dejaras subir a mi sola? - Se encogió de hombros, turbada. - Quisiera darle una sorpresa. - Albert se echó a reír suavemente.

- En absoluto, querida, adelante. Iré a refrescarme a mi habitación y tal vez descanse un poco. Os dejaré tiempo para charlar. - Le guiñó un ojo. - ¿Vendrás después a buscarme? - Candy casi no pudo ni mirarle, tan ruborizada como estaba. Sabía que Albert no era ningún mojigato, pero a ella aún le costaba muchísimo tratar aquellos asuntos … aunque fuera de una manera tan sutil … incluso con Terry.

- Claro que sí.

Se despidió de Albert y continuó subiendo en el elevador hasta el piso indicado, con el corazón en un puño. Notaba su agitada respiración quemar sus pulmones y sabía que debía calmarse. Pero era harto difícil, sabiendo que en apenas unos minutos lo tendría delante. Después de dos meses y medio de anhelos, sueños e indecisiones, la espera había terminado. Ya nada podría interponerse entre ellos, ¿o sí? ¡Basta Candy! ¿Qué haría Terry cuando la viera? ¿La envolvería en sus brazos? ¿Le haría el amor? Se mordió el labio turbada y sintió enrojecer su rostro. Mientras caminaba por el apenas iluminado pasillo en dirección a la habitación, hubo de parar un par de veces para tomar aliento. Estaba sumamente nerviosa. ¡Candy, debes calmarte! Gritaba su cerebro, pero su corazón hacía oídos sordos a todo y a todos. Por fin iba a volver a verlo. ¿Cómo no estar nerviosa?

De pronto, casi sin darse cuenta, se encontró ante la puerta que buscaba. Respiró hondo, cuadró los hombros y tocó suavemente con los nudillos. Nada. Esperó pacientemente unos instantes y volvió a tocar, esta vez un poco más fuerte. Ningún sonido se percibía y comenzó a inquietarse. ¿Estaría en el teatro? No era probable. El joven recepcionista le había casi asegurado que se encontraba en el hotel, y la naturaleza generosa de la joven rubia le impidió que comenzará a hacer especulaciones. Todo tenía una explicación.

Volvió a respirar profundamente para calmar sus nervios y tocó por tercera vez, esta vez más insistentemente. Entonces escuchó una exclamación ahogada en el interior y seguidamente pasos que se acercaban a la puerta.

Pero quien abrió la puerta con rostro adormilado no era su prometido. Era un hombre al que no conocía. Un hombre más bien bajito, rondando la cincuentena, de rostro afable, que la observaba sorprendido intentando despegar sus ojos de la red del sueño.

- ¿Sí? - La joven no pudo reaccionar en un primer instante y miró al hombre con ojos agrandados por la sorpresa.

- Disculpe yo …

- Dígame … - El hombre se frotó lentamente los ojos y se pasó la mano por el desordenado cabello, fijándose más en la joven que tenía delante. No fue de hecho inmune a la belleza femenina e intentó sonreír, a pesar del espantoso dolor de cabeza que comenzaba a martillearle las sienes. - ¿Puedo ayudarla, señorita?

- Yo … - La joven intentó sobreponerse a la sorpresa inicial y sonrió. - Discúlpeme … parece que me he equivocado de habitación … estaba buscando al Sr. Graham.

- ¿El Sr. Graham? - El hombre pareció despertarse de pronto con un sobresalto, haciendo que Candy frunciera el ceño confusa. - Bueno … ¿es usted una admiradora tal vez?

- No, no exactamente …

- El Sr. Graham no puede atenderla en este momento …

- Entonces … ¿es esta su habitación? - Los ojos aguamarina de la joven se iluminaron.

- Sí … bueno, es decir, no … no está disponible … podrá verle en la función de esta noche, ¿de acuerdo? Ahora si es tan amable …

- Un momento … - El hombre intentaba cerrarle la puerta en las narices y Candy lo interceptó poniendo una mano en el vano.

- Señorita, no es buen momento …

- ¡Terry! - Gritó ella, alargando el cuello e intentando ver el interior de la habitación. - Escuche, caballero …. debo ver al Sr. Graham enseguida …

- No va a ser posible, si me disculpa … - El hombre volvió a intentar cerrar la puerta, pero ella no le dejó.

- Maldita sea … ¡Terry! Señor … no quiero parecer descortés, pero soy su prometida y debo verle …

- ¿Su prometida? - Candy vio cómo el hombre paraba en secó su avance, a lo que ella en un impulso, aprovechó para entrar en la habitación, pasando por delante del estupefacto sujeto.

Avanzó casi a ciegas, el hombre pegado a sus talones intentando retenerla. La habitación estaba en penumbra y pudo descubrir las tenues formas de un cuerpo acostado en el lecho. Intentó acercarse, pero el hombre la retuvo por el brazo.

- ¡Señorita! Voy a verme obligado a llamar a seguridad … - Dijo el hombre en un susurro furioso. Entonces ella se giró, quedando frente a él, y le puso una mano en el hombro mirándolo fijamente a los ojos.

- Escúcheme un segundo, por favor … no sé quién es usted, pero supongo que le importa el Sr. Graham ya que está aquí cuidando de él. No he mentido, aunque comprendo su recelo. Mi nombre es Candice White Andrew, y lo crea usted o no, soy la prometida del Sr. Graham. Acabo de llegar a la ciudad hace apenas dos horas. Pero además de todo esto … soy enfermera. Por favor, déjeme ayudar a Terry.

Y el hombre no supo si fue aquel rostro de ángel, aquellos ojos aguamarina que le habían llegado al alma o la serenidad que traslucía su voz, lo que hizo que soltara suavemente su brazo y la dejara hacer, asintiendo. Candy no perdió tiempo y echó a correr al lecho, donde descubrió a Terry. Parecía profundamente dormido.

- ¿Qué ha sucedido? - Preguntó, mientras le tocaba el rostro y le tomaba el pulso. El hombre se sentó en una butaca al lado de la cama y Candy pudo oír que soltaba el aire con fuerza, abatido.

- Puede que tal vez sí sea su prometida … - Parecía convencerse a sí mismo. - Señorita … lamento estar aquí en este momento dándole estas noticias, créame … pero lo que le sucede a Terrence es que está totalmente borracho. - Candy intentó que sus manos no temblaran mientras acomodaba las almohadas bajo la cabeza del joven y le apartaba el castaño cabello del rostro. Sí, era cierto … podía percibir el olor a alcohol de la estancia sin ventilar y el que emanaba del cuerpo de Terry. Se percató de que aún estaba vestido con los pantalones, aunque le habían quitado la camisa. Se alzó lentamente y se giró para observar al hombre sentado en la butaca. Este se levantó y alargó la mano. - Soy Nathan Scott, el Director de la Compañía Chambelain. - Candy se la estrechó. - No se muy bien qué es lo que le ha llevado a esta situación … aunque no ha estado en sus mejores momentos las últimas semanas … supongo que lo sabe. - Candy asintió con tristeza. - De madrugada me han despertado otros dos miembros de la compañía para conducirme a un local a buscar a Terrence, ya que apenas podía tenerse en pie. Entre los tres lo hemos traído hasta aquí y me he quedado con él el resto de la noche. Supongo que me he quedado dormido … - Se pasó una mano por el rostro con aire culpable. - En unas horas debe estar en el teatro para la función de esta noche … - Nat miró el cuerpo inerte acostado en el lecho con preocupación. - … y no logro despertarlo. - Candy volvió a girarse hacia la cama y suspiró.

- Yo me encargo, Sr. Scott.

- Nat, por favor … - Candy se volvió a mirarlo con una triste sonrisa.

- No se preocupe … intentaré que esté en el teatro a la hora acordada.

- Pero … ¿está segura, señorita? Puedo ayudarla …

- No, tranquilo … vaya a atender sus asuntos.

Nat parecía reacio a dejarla sola y Candy siguió tranquilizándolo hasta que llegaron a la puerta y la joven lo despidió, volviendo lentamente a la estancia y observando a su prometido con congoja en el corazón. Pero luchó por sobreponerse a sus sentimientos y se puso en marcha, con la energía que la caracterizaba.

Desgraciadamente, no era la primera vez que trataba con sucesos y estados etílicos como aquel, y sabía cómo proceder … ya habría tiempo de tratar el por qué de aquella situación y lo que había sucedido. Abrió las ventanas de par en par, dejando que el aire y la luz entraran en la viciada estancia y se llevaran consigo todos los olores y efluvios que la poblaban y entonces pudo apreciar el desorden reinante, ropas desparramadas por el suelo, alguna que otra botella de whisky encima de la mesa … Oh, Terry … ¿qué ha sucedido? Instintivamente, Candy sabía que algo grave había pasado. Se acercó al lecho y se sentó en el borde, suspirando, mientras observaba los hermosos rasgos del joven relajados por el sueño profundo. Le acarició suavemente la mejilla sin afeitar.

- Terry … - Susurró, pero él no hizo ningún movimiento. Sabía que debía despertarlo, pero se demoró unos instantes más en observarle. Su rostro cincelado, su marcado pecho … - Tenía tantas ganas de verte, amor mío … jamás pensé que te encontraría en este estado. ¿Qué te ha pasado? - Sentía deseos de llorar y sintió el escozor de las lágrimas, pero hizo esfuerzos por sobreponerse. No era el momento.

Entonces se dirigió al baño y cogió una toalla para a continuación humedecerla y volver junto a Terry. Comenzó a mojarle el rostro y el cuello, sin lograr en principio ninguna reacción, lo que la indujo a empezar a preocuparse seriamente, pero en la segunda pasada con la empapada toalla, Terry comenzó a agitarse y a fruncir el ceño, y Candy continúo mojándole el rostro y el pecho para seguir logrando reacciones.

- Déjame … - Terry comenzó a agitarse e intentó apartarla, susurrando roncamente.

- ¡Terry! - Candy intentó sujetarlo, pero él era más fuerte y la apartó de un empujón. Ni siquiera era consciente de dónde se hallaba.

La joven se levantó del suelo y con energía propinó una sonora bofetada en el rostro masculino, haciendo que Terry abriera los ojos de par en par y soltara un gemido.

- ¡Qué mierda …! - Se incorporó bruscamente al tiempo que Candy se apartaba y él la observaba desorientado, intentando enfocar la mirada.

- ¡Terry! - Ella se acercó, agarrándolo por el cuello. - ¡Terry! Soy yo. Tranquilízate … estás bien … tranquilo …

- ¿Qué? - Él parpadeaba, totalmente confundido, respirando agitadamente. - ¿Candy …? ¿Cómo...? - Ella le acariciaba el rostro.

- No te preocupes … te pondrás bien … - Él se pasó las manos por el rostro, frotándose los ojos y volviendo a mirarla.

- ¿Qué ha pasado? Dios mío … - La observaba aterrorizado. - ¿Te … te he hecho daño?

- No, amor mío, para nada … - Candy intentaba volver a acariciarle el rostro, pero él cabeceaba agitado.

- Ayer … Dios mío, bebí mucho … - Miró alrededor y se frotó la dolorida mejilla. - Estoy …

- Estás en tu habitación, tranquilo. - Candy le acarició el pecho y él se volvió a mirarla, aún incrédulo. - Nat te trajo.

- ¿Nat? ¿Cómo sabes …? ¿Conoces a Nat?

- Estaba aquí cuando llegué. Te ha velado toda la noche. - Terry se movió un poco y Candy se levantó de la cama, dejándole espacio. Vio cómo su prometido se sujetaba la cabeza. - Te daré un analgésico para el dolor de cabeza. En unas horas te encontrarás mejor. Una ducha suele obrar milagros. - Él alzó la cabeza y la miró con el corazón en los ojos: culpabilidad, tristeza, vergüenza … miles de sentimientos se agolpaban en aquellos ojos azules.

- Lo siento … no encuentro palabras para …

- Ssssshhh … - Ella se acercó y se sentó a su lado, sus rostros muy cerca. - No ahora, no es necesario … ya tendremos tiempo de hablar de todo esto, ¿de acuerdo? - Él asintió, no muy convencido.

- Ha vuelto a suceder … maldita sea … - Volvió a cogerse la cabeza entre las manos. - Cómo he podido … - Candy le acarició suavemente el hombro desnudo.

- No te atormentes, querido … ahora no. Debes reponerte. - Él alzó la cabeza y Candy pudo apreciar que tenía los ojos llenos de lágrimas.

- ¿Cuándo has llegado? ¿Qué haces aquí?

- Esta mañana. Albert me convenció para hacer este viaje y venir a darte una sorpresa. - Él se giró hacia ella y sus ojos se encontraron.

- Y, como siempre, he resultado ser una absoluta decepción …

- No, ssshhh, no digas eso … - Candy le puso un dedo en los labios. - Deduzco que algo grave a tenido que suceder, amor mío … ya habrá tiempo para que me lo cuentes … - Él intento decir algo pero ella meneó la cabeza y unió su frente con la de él. Notó que una cálida lágrima rodaba por la mejilla de Terry y se la secó con los labios. El aliento de Terry olía a alcohol, pero a ella no le importó y lo besó suavemente. Fue él quien se apartó, cohibido.

- Candy …

- Necesitas una ducha. - Dijo ella mientras se levantaba.

Terry intentó hacer lo propio, pero se desplomó de nuevo en la cama con un gemido.

- Maldita sea … estoy mareado …

- ¿Tienes algún analgésico en la maleta?

- Creo que algo hay por ahí … en el escritorio … - Contestó él haciendo un gesto y pasándose una mano por la frente.

Candy descubrió lo que buscaba y le acercó un par de pastillas con un vaso de agua. Él se las tomó sin dudar. Y entonces Candy lo ayudó a levantarse y pasó una mano por su cintura, encaminándose al baño. Tuvieron que parar unas cuantas veces, aunque la distancia era más bien corta, porque a Terry le costaba caminar. Candy lo sujetaba como podía, aunque sabía que él estaba haciendo esfuerzos por no apoyar todo su peso en ella.

Por fin llegaron a destino y Terry se apoyó en el lavabo. Sudaba copiosamente y respiraba con dificultad. Candy le sugirió que se mojara el rostro mientras ella abría el grifo de la ducha. Pero el cuerpo de Terry ya no pudo resistirlo y el joven se precipitó en el retrete, vomitando con fuerza. Candy se acercó a ayudarlo, pero él la apartó.

- No … por favor …

- Terry …

- No quiero que me veas así …

- ¡Maldita sea, Terry! - Candy lo cogió firmemente por los hombros y le sujetó la cabeza. - En lo bueno y en lo malo, ¿recuerdas? Ahora te sentirás mejor … - Él no pudo articular palabra porque volvió a vomitar.

Al terminar, se apoyó tembloroso y sudoroso en el retrete y la miró con una mezcla de embarazo y súplica.

- Lo siento … siento todo esto. Estoy mejor … creo que deberías dejarme solo.

- No, no lo haré. - La joven meneó la cabeza e intentó sonreír. - ¿Qué me dices de esa ducha? - Él asintió, vacilante, e hizo un amago de dirigirse hacia la pequeña bañera, pero tuvo que agarrarse a la pared y frunció el ceño.

- ¡Maldita sea! - Masculló con voz ronca.

- Yo te ayudaré.

La joven volvió a cogerlo por la cintura y lo acercó al lavabo. Entonces Terry, apoyado en el lavabo, comenzó a desabrocharse los pantalones. Pero súbitamente se detuvo y alzó la cabeza, observándola con una ceja arqueada. Candy no pudo evitar echarse a reír.

- Oh, Terry … no creo que vaya a escandalizarme … - Él le dedicó una media sonrisa. La primera desde que habían vuelto a verse, y continuó desnudándose.

Pronto estuvo desnudo en todo su esplendor, y Candy no pudo evitar contener el aliento. Desvió la vista turbada, y notó su rostro en llamas. Pero Terry ya se acercaba vacilante a la ducha y Candy se obligó a centrarse para poder ayudarle. Una vez el chorro de agua tomó contacto con su cuerpo, Terry soltó un suspiro y Candy corrió la cortina, dejándolo solo. Pero enseguida oyó un juramento bajo y un leve estrépito.

- ¡Terry! ¿Estás bien?

- Sí … no te preocupes … resbalé …

La joven apretó los puños y se mordió el labio, indecisa. Sus ojos verde-azulados la observaron fijamente desde el otro lado del espejo. ¿Qué vas a hacer, Candy? Un brillo de decisión iluminó su mirada verdosa y entonces, sin apenas darse cuenta de lo que hacía, comenzó a desabrocharse rápidamente los corchetes de su vestido, se despojó de su ropa interior y de sus medias y zapatos y descorrió la cortina de la ducha, haciendo que Terry pegara un respingo y abriera los ojos como platos.

- ¡Candy! ¿Qué haces? - Observó atónito su cuerpo desnudo. Ella se introdujo rápidamente a su lado y volvió a cerrar la cortina. El espacio era reducido, por lo que tuvieron que pegarse el uno al otro mientras el agua caía sobre sus cuerpos.

- Aún estas mareado … voy a ayudarte …

- ¿Estás loca …? - Farfullaba Terry con el rostro lleno de agua, pero Candy pudo ver que de pronto, tras la sorpresa inicial, una pícara sonrisa bailoteaba en sus labios, mientras la observaba tras la cortina de agua. Parecía que ya comenzaba a sentirse mejor. - Bien, tarzán pecosa impetuosa … ¿y cómo piensas ayudarme? - La joven le hizo un gesto burlón, aunque por dentro sintiera que su corazón iba a estallar como un tambor, y tomó el bote de gel que había al lado, echándose un poco de líquido en la mano, para a continuación proceder a enjabonar el pecho masculino, con manos temblorosas.

Terry suspiró de placer, entrecerrando los ojos y sonriendo levemente, y tomando de manos de Candy un poco de gel, comenzó a enjabonarse el cabello y los brazos. Pasaron los segundos sin que ambos pronunciaran palabra, Terry lavándose y Candy ya quieta a su lado, observándole. Los ojos zafiro la iluminaron cuando él bajó la cabeza y alzó la mano, acariciando el mojado cabello rubio.

- Creo que deberías lavarte tú también … - Susurró con voz ronca.

- ¿Tú crees? - Acertó a balbucear ella, atrapada en su mirada. Ya apenas sentía el agua en su piel. Lo único que sentía era un calor abrasador que abrazada su cuerpo y le hacía contener el aliento.

Ninguno de los dos pudo prever el alcance de lo que aquella situación podía provocar en ambos. Los suaves labios de Terry rozaron los de ella, húmedos y con sabor a jabón, mientras las manos de Candy subían por sus enjabonados brazos hasta su cuello y el acariciaba su cintura y caderas y la cogía por las nalgas, apretándola más contra él. Candy sintió la dureza de su masculinidad contra su estómago.

- Mi hada hechicera … - Susurraba Terry entre besos y jadeos. - … esto es un sueño … no quiero despertar …

- No es un sueño … - Acertó ella a balbucear. Sintió la lengua de Terry en su boca, en un profundo besó que anuló su cordura por completo. ¿Qué demonios estaban haciendo? Terry se apoderó de sus senos y Candy gimió, cerrando los ojos a las caricias que enardecían sus pezones, mientras Terry la alzaba por las nalgas y la apretaba contra la pared de la ducha. Ella se acopló a él, rodeando sus caderas con sus muslos.

- ¿Cómo es posible … - Oyó la ronca voz de Terry susurrar en su oído y sintió humedecerse su interior. - … que después de todo lo que ha pasado … tú …?

- Porque te quiero …

- Yo también te quiero, nena … - Contestó él, mordiéndole el lóbulo de la oreja y haciéndola temblar de excitación. - … y quiero que seas mi mujer … mía ...

Candy le rodeaba el cuello con los brazos, jadeando, mientras él dejaba sus ya hinchados labios para continuar por su cuello, pero entonces, súbitamente, se echó hacia atrás y tuvo que apoyarse en la pared, perdiendo fuerza en su agarre y soltando suavemente a Candy, que volvió a apoyar los pies en el suelo. Terry se apartó ligeramente de ella y la miró con una disculpa.

- Perdona, amor … creo... creo que aún estoy algo mareado …

Entonces Candy cerró el grifo de la ducha y abrió la cortina, tomando de la repisa un par de mullidas toallas y pasándole una a Terry con una sonrisa. Él la observaba con el corazón en los ojos. Candy se apartó un poco de él y ambos secaron sus cuerpos. La joven rubia rodeó el suyo con la toalla y salió a la habitación. Enseguida notó el aire fresco de la estancia. El baño se había llenado de vapor y era normal que Terry aún se sintiera mareado. Se acercó a una de las ventanas y pudo ver la calle llena de gente paseando por debajo, ajena a lo que sucedía en aquella estancia.

Enseguida notó las manos de Terry en sus hombros y se giró levemente para observarle, sonriendo.

- ¿Te encuentras mejor?

- Mejor … - Susurró él. La abrazó por la espalda y la besó en el cuello, suspirando, y estrechándola más fuerte. Candy pudo volver a notar su erección contra su espalda. - Gracias, amor … por venir a salvarme … otra vez.

Pero antes de que ella pudiera contestarle, Terry ya se había separado de ella y se dirigía lentamente al armario vestidor. Candy sintió que una profunda y absurda decepción la invadía.

- ¿Has tenido algún problema con Nat? Espero que se haya comportado …

- Por supuesto … ha sido todo un caballero. - Terry asintió por encima del hombro y procedió a sacar del armario la ropa que iba a ponerse. La joven observaba su atractiva espalda y suspiró, confundida e indecisa. No sabía cómo proceder. No deseaba que aquello terminara allí, pero tampoco sabía si era correcto comentarlo.

- Terry …

- ¿Sí?

- Terry … - Candy se mordió el labio, turbada, y en un impulso, se quitó la toalla que rodeaba su cuerpo, quedando desnuda ante él. Cuando Terry se giró a observarla, abrió los ojos sorprendido.

- Candy …

- Te deseo, Terry … - Notó cómo se ruborizaba furiosamente, pero no bajó los ojos. Se quedó prendada de aquellos dos zafiros que la quemaban desde lejos. Él no podía apartar la mirada de ella. Pero Candy percibió su lucha interior, mientras comenzaba a acortar distancia entre ellos.

- Oh, nena … ¿sabes lo que estoy sufriendo para contenerme y no echarme encima? - Decía él con voz ronca y excitada. - ¿Sabes lo que han supuesto estos dos meses y medio sin ti?

- Entonces … - Candy estaba confusa.

- Oh, Candy … apareces como en un sueño y me salvas de mí mismo … y encima te quedas ahí plantada, desnuda, hermosa como una Diosa … y yo intentando conservar los pocos restos de caballerosidad que puedan quedarme para hacer las cosas correctamente y hacerte mía cuando estemos casados …

- ¿Qué? ¿Y en la ducha … ?

- En la ducha había perdido el control … - Susurraba él, los ojos zafiro brillantes y profundos, pero seguía acercándose a ella lentamente. Candy quiso echarse a reír, pero se contuvo mordiéndose el labio.

- ¿Lo dices en serio? ¿Desde cuándo has sido honorable y recatado Grandchester? - Ella vio cómo él intentaba mantener serio el rostro.

- Tú no lo pones nada fácil, Pecas ...

En dos zancadas se plantó ante ella y la alzó por la cintura, ahogando su risa con un profundo beso. Pronto la pasión y la atracción controlaron sus cuerpos.

- Estás … - Susurraba entre besos. - … segura … amor …

Candy gemía, arqueada hacia él, sus dedos entre los cabellos castaños. Entonces Terry bajó la cabeza y besó los duros pezones rosados, mientras su mano se deslizaba por su vientre hasta el centro de su feminidad. Candy profirió una exclamación ahogada.

- ¿Te he hecho daño? - Susurró Terry preocupado.

- No … estoy bien. - Y volvió a besarle casi con fuerza. El deseo la empujaba, un deseo abrasador que hacía que olvidara todo su pudor y sólo pensara en sentir a aquel hombre contra su piel.

De pronto, Terry se apartó de ella y Candy se quedó quieta en medio de la estancia, desorientada, observando cómo su amante se dirigía al lecho y arrancaba de cuajo todas las sábanas, echándolas al suelo y dejando sólo el desnudo colchón.

- Terry … ¿qué …?

- Voy a hacerte el amor … pero no te meteré entre esas sucias sábanas …

Alargo una mano, que Candy tomó sin dudar, y se acercaron al colchón desnudo, mientras Terry volvía a besarla en la boca y acariciaba sus senos y sus caderas, haciéndola suspirar. Pronto los gemidos y jadeos eran el único sonido de la estancia, los amantes explorando su sexualidad en el centro de la cama, ajenos a todo lo que sucedía alrededor. La excitación, el deseo, había hecho presa en ellos de nuevo, borrando todo lo demás. Terry guió a su amante en el camino de dar placer al ser amado y ambos aprendieron el uno del otro.

Candy gritó suavemente al notar los dedos de Terry en su interior y entonces él la cogió por las nalgas.

- Tengo que poseerte, amor mío … ahora …

- ¿Estás mejor? - Él no pudo evitar soltar una suave carcajada ante la pregunta. Su Candy …

- Tú eres la mejor medicina … - Volvió a besarla en la boca y siguió por sus turgentes pezones y su abdomen. - ¿Cómo cree que me encuentro, mi querida enfermera?- Candy gimió echando la cabeza hacia atrás, cuando lo notó entre sus muslos.

- Terry …

- Sí …

Él volvió sobre sus pasos, hacia arriba, hasta estar de nuevo en su boca. La propia Candy se sentía rendida, totalmente devastada, preparada para su amante. Los hábiles dedos de Terry volvieron a tocarla en los puntos álgidos de pasión, haciéndola retorcerse y arquearse hacia él.

- Oh, Terry …

- Cada noche … cada instante … - Susurraba él mientras la besaba y la tocaba, conduciéndola al climax. - … he soñado con tu cuerpo … con tus senos … - Decía mientras los mordisqueaba y ella jadeaba. - … con tus labios … tus ojos …

Candy de pronto gritó y se arqueó, el cuerpo convulso, la ola de pasión barriendo su cuerpo de una punta a otra y dejándola aturdida y desfallecida recostada contra Terry en el lecho.

- Oh, Terry … - Acertó a balbucear, mientras él sonreía y besaba el lóbulo de su oreja, su mejilla, sus trémulos labios, su cuello … haciéndole suspirar de nuevo y gemir al llegar a sus senos, a su abdomen …

- Voy a hacerte mía … - Oyó que susurraba de nuevo en su oído.

Inmediatamente sintió cómo Terry la acomodaba un poco mejor en el colchón y con los ojos entrecerrados, observó cómo su amante guiaba su miembro erecto en su interior, notando la presión inicial, que la hizo jadear con fuerza y aferrarse a los marcados hombros masculinos, para a continuación comenzar, casi inconscientemente, el lento movimiento de caderas que iría en crescendo hasta hacer que ambos perdieran el control de sus cuerpos, sumergidos en el orgasmo abrasador de su acto de amor.

Terry soltó un grave gemido en la boca de ella mientras se derramaba en su interior, mientras ella apretaba sus muslos contra sus caderas y caía hacia atrás extasiada.

Se mantuvieron abrazados hasta que se regularizaron sus respiraciones. Candy recostada contra el cuerpo desnudo de Terry, mientras este le acariciaba suavemente la espalda y el largo cabello rizado.

- Ayer … bueno, ha sucedido algo que deseo contarte … - Ella alzó ligeramente la cabeza para observar su rostro. Terry no la miraba. Tenía el ceño fruncido y el semblante nublado de preocupación y tensión.

- Lo imaginaba … sabía que había una buena razón para encontrarte en este estado.

- Bueno … - Él se levanto un poco y Candy hizo lo propio, quedando sentada en el colchón, mientras Terry la besaba en el hombro desnudo y se levantaba, dirigiéndose al ventanal. - No sé si existe esa buena razón que dices … - Ella también se levantó y se acercó a él, abrazándose a su cintura.

- Dime qué ha sucedido … - Sus ojos azules barrían el paisaje que se extendía más allá del ventanal.

- El secretario del duque me localizó en Kansas y me entregó una carta de mi querido padre …

- ¿Qué? Oh, Terry … - Candy le acarició la mejilla y él besó su palma y la miró con tristeza.

- Estuve días sin abrirla … no me interesaba en absoluto lo que ese hombre tuviera que decirme. Pero la ira me consumía … no podía evitarlo. Y al final … sucumbí a la tentación. Ayer la leí. Y … bueno, ya conoces el resto.

- ¿Qué decía la carta?

- Creo que debes leerla. - Notó cómo se tensaba el cuerpo de Terry y le acarició el pecho suavemente. Él bajó la cabeza y la besó levemente en los labios. - Es importante … para ambos.

- Claro … lo haré. - Candy lo observaba confusa.

- Pero no ahora, amor. Lamento decir que debo prepararme para ir al teatro. - Se apartó de ella y se frotó la frente.

- ¿Aún te duele la cabeza?

- Un poco. - Sonrió él. - Pero no me quejaré … me lo merezco. - Hizo un gesto burlón y se frotó la mejilla. - Y la bofetada también. Aunque … vaya derechazo, pecosa … ¿querías partirme un diente por estúpido? - Ella le sacó la lengua, oyendo la risa de él, mientras se dirigía de nuevo al baño a por su ropa.

- Tal vez debería haberlo hecho.

Cuando volvió a la habitación con sus prendas, Terry ya estaba casi vestido. Se puso la ropa interior y las medias con las ligas, y se pasó el vestido por la cabeza, acomodándolo al cuerpo.

- ¿Podrías ayudarme? - Pidió por encima del hombro, y Terry se acercó con ojos brillantes.

- Claro. - Comenzó lentamente a abrochar los corchetes de la espalda del vestido de Candy, mientras ella sentía su aliento en su nuca. Se levantó el cabello para recogerlo en un moño suelto y Terry aprovechó para besar suavemente su cuello. Un delicioso calor se extendió por el cuerpo de la joven. Terry terminó su trabajo y acarició sus brazos, rodeando su cintura y alzando sus manos hasta rodear sus pechos, los cuales reaccionaron al instante a su contacto.

- Terry … no puedes … - Susurró ella.

- Lo sé … - La joven se giró y se dieron un profundo beso. - Pero esta noche tenemos una cita.

- Hecho. - Sonrió ella.

Terminaron de arreglarse y abandonaron la estancia cogidos de la mano. Terry acompañó a Candy hasta la misma puerta de su habitación y se despidió con otro largo beso. Ya no le importaban los rumores ni las miradas indiscretas, y al parecer, a Candy tampoco.

- Id al teatro esta noche. Dejaré orden de que os reserven un palco. - Le acarició la mejilla. - Después iremos a cenar, ¿de acuerdo? Atenderemos a nuestro amigo Albert un rato y después … - Le guiñó un ojo. - … quiero estar a solas contigo. Hemos de hablar de muchas cosas.