Los amaneceres eran espectaculares, no podía negarlo. Allí plantada, con sus pies descalzos acariciando la textura de la arena y las tranquilas aguas del lago resplandeciendo a la luz de la mañana, no podía pedir nada más para su tranquilidad de espíritu. Le encantaban esos momentos de soledad, esa independencia de la que gozaba en la actualidad, algo que jamás hubiera imaginado que poseería y valoraría tanto apenas unas semanas atrás.

La joven de cabello azabache giró sus grandes ojos azules hacia los rayos de sol que asomaban tímidamente por el horizonte y entrecerró los párpados. Comenzaba su cuarta semana lejos de todo su mundo … su familia, sus amigos … y ciertamente, había comenzado a descubrirse a sí misma en muchos aspectos. A plantearse muchas cuestiones, muchas dudas y muchas situaciones, buenas y malas. Pero ahora era su momento preferido del día, e iba a disfrutarlo.

Volteó ligeramente la cabeza para observar el blanco edificio en la lejanía, aún dormido a aquellas tempranas horas, y se mordió el labio, traviesa. Sus rápidos pasos descalzos la condujeron al pequeño rincón secreto que había descubierto hacía unos días: la coqueta cala oculta a la vista de los edificios, que proporcionaba una pequeña playa privada donde poder disfrutar del maravilloso lago que prácticamente rodeaba la ciudad. El agua aún estaba fría, a pesar de estar a mitad del mes de julio y ser el húmedo calor el protagonista indiscutible durante toda la jornada, por lo que era aún más agradable poder disfrutar del placer de darse un solitario baño y nadar en aquellas frescas aguas.

Annie se paró algo más cerca de la orilla y mirando por encima del hombro, se despojo rápidamente de todas sus ropas, dejándolas caer al suelo arenoso. En Chicago jamás se hubiera atrevido a hacer algo semejante, y una pícara sonrisa cruzó sus labios un instante, antes de echar a correr hacia el agua azul que la atraía como un imán. Aquellas sensaciones de las que disfrutaba últimamente traían a su memoria la época de su infancia feliz … su infancia en Casa de Pony, sus actividades con Candy y la dulce y confiada tranquilidad y frescura de aquellos días. Casi había olvidado aquella sensación … ¿cómo podía haberlo hecho?

Se zambulló confiada en las límpidas aguas y nadó lentamente, cerrando los ojos y dejándose mecer por el lento movimiento marino. Era un placer indescriptible sentir el agua fría rodear su piel desnuda. Jamás había nadado desnuda hasta llegar allí y atreverse a hacer aquello, y se prometió a sí misma no renunciar nunca más a aquel placer.

De pronto, un chapoteo cercano le hizo abrir los ojos de par en par e incorporarse con pánico. El amanecer comenzaba a iluminar la superficie del agua con chispas doradas, pero muchos puntos aún permanecían en la oscuridad. Annie sintió que el corazón iba a salírsele del pecho cuando localizó una cabeza que emergía del agua y se sacudía el cabello. Instintivamente quiso gritar, pero se contuvo. Debía huir de allí. ¿Quién era? Y encima estaba desnuda … se rodeo los pechos con un brazo tembloroso e intentó alejarse lo más posible del cuerpo que comenzaba a nadar grácilmente en su dirección.

- Buenos días, Annie. - La joven se quedó paralizada en su avance, dando la espalda a la grave voz que emergía de la oscuridad. Cerró los ojos con fuerza y maldijo en silencio. - ¿No has venido hoy más pronto que de costumbre? - ¿Quéeee? Annie abrió los ojos como platos y se giró hacia la voz, ofuscada.

- ¿Cómo dices? ¿A qué te refieres? – Se oyó un chapoteo seguido de una suave risa, y la joven alzo la mano instintivamente. - ¡Quédate ahí! – Entonces se percató de su desnudez y volvió a taparse los senos. – Maldita sea, ¿qué demonios haces aquí? – Annie por fin pudo observar el mojado rostro de su compañero a unos pocos metros de ella, y la ira la consumió, ya que el rostro masculino no ocultaba que estaba disfrutando plenamente de la situación: Matthew Jenssen. ¿Por qué de entre todos los moradores de la tierra tenía que ser precisamente él quien estropeara aquel momento privado?

- ¿Yo? Estoy nadando, ¿es que no lo ves? – Annie se mordió el labio para no gritar de rabia contenida.

- ¿Me has seguido? – La grave carcajada no se hizo esperar.

- Claro, es que no puedo vivir sin ti …

- Basta, Matt … - Él se acercó un poco más al tiempo que la joven se alejaba.

- Tranquila, Annie … - le hizo una mueca - … no eres mi tipo …

- Eres estúpido … y grosero. – Susurró ella entre dientes. - ¿Podrías portarte como un caballero por una vez y darte la vuelta para que pueda marcharme? – Vio cómo él arqueaba una ceja divertido.

- ¿Y perderme el espectáculo matutino diario?

- Quieres … quieres decir que tú … - Apenas podía continuar. Comenzaba a sentir frío, y eso y la ira que la abrasaba, propiciaban que no pudiera articular palabra. Pero entonces el joven debió ver algo en su rostro, porque chasqueo la lengua y se zambulló limpiamente bajo el agua, volviendo a emerger a varios metros, alejándose aún más hacia el interior con enérgicas y elegantes brazadas, sin volver la vista atrás.


Annie Brighton Cornwell entró con paso enérgico al salón del desayuno, buscando con la mirada un lugar tranquilo, cerca de algún ventanal, donde poder volver a encontrar cierta estabilidad emocional. Aquel sujeto la sacaba verdaderamente de quicio. Observó por el rabillo del ojo que Alice Stevenson, una joven pocos años mayor que ella, le hacía gestos con la mano invitándola a acercarse a su mesa, y se quejó interiormente. En aquel momento lo que menos le apetecía era tener una charla con Alice … ni con nadie. Pero no le quedaba más remedio, y resignada, dirigió sus pasos hacia allí.

La residencia Forrester hacía honor a su reputación, Annie no podía hacer otra cosa que reconocer el buen criterio de Albert, y también de Archie, al elegirla. Era todo lo que, a pesar de no haber querido reconocerlo hasta hacía poco, necesitaba en aquellos instantes. Las instalaciones eran excelentes, los servicios intachables y ciertamente, tenía que reconocer que estaba avanzando mucho en su recuperación.

Las dos primeras semanas de estancia habían sido desconcertantes. Annie había tenido que sufrir el periodo de adaptación, tanto al lugar como a su nueva situación, y había sido duro tener que comenzar a enfrentarse a sus demonios. La residencia tenía un programa completo y estricto de actividades y normas que todos los residentes estaban obligados a cumplir. La rutina y la disciplina se hacían muy presentes en el día a día, pero en su justa medida, ya que después de las obligaciones, venían los momentos de esparcimiento personal, de libertad sin cuestionamientos … momentos en los cuales podías hacer lo que te viniera en gana, dentro de los límites del recinto, que era muy extenso, y siempre dentro de las normas básicas de respeto y tolerancia hacia los demás. Annie, ya en su cuarta semana, podría comenzar a disfrutar del beneficio de poder comunicarse con sus familiares y amigos. Una vez realizara su sesión diaria con su psicoterapeuta, miss Deale, le serían entregadas todas las misivas que habían estado reteniendo hasta ese instante, por política de la residencia, dentro de las pautas del tratamiento.

Se sentó al lado de Alice y sonrió educadamente, mientras se servía una taza de café. La mayoría de los residentes ya se encontraban en el salón. Se trataba de una treintena de personas, de distintas edades, cada una recibiendo un tratamiento personalizado acorde con sus propios problemas. En su caso, Alice, viuda desde hacía aproximadamente un año, estaba allí desde hacía seis meses, intentando superar la muerte de su esposo y de su pequeño hijo de tres años en accidente de automóvil. Había intentado quitarse la vida en tres ocasiones.

- ¿Has ido a nadar esta mañana?

- ¿Qué? – Parpadeó sorprendida, intentando no enrojecer al contestar. – Sí … bueno, más o menos …

- Espero que no te topes con Jenssen un día de estos … él también tiene esa costumbre. – Oh, vaya, gracias Alice por avisarme … demasiado tarde.

Y como si hubiera sentido que lo llamaban, el aludido hizo su entrada en el salón en aquel momento. Y sin razón aparente, las voces se silenciaron unos instantes para observar a aquel joven, que sinceramente, no pasaría desapercibido ni aunque lo intentara desesperadamente.

Annie no pudo evitar observarle, al igual que el resto, a pesar de odiarse por ello. Alto, atlético, rondando la treintena, de rasgos marcados, nariz recta, un abundante cabello rubio oscuro y una despierta inteligencia que se apreciaba por cada poro de su blanca y aterciopelada piel. Annie no era inmune a la belleza masculina, a pesar de sus … problemas. Su propio esposo era un hombre muy atractivo, pero, aquel joven tenía algo … no sabía si era porque era tan sumamente prepotente que la sacaba de quicio o porque realmente era muy … sexy, pero tenía algo que la atraía. La atraía de una manera que la asustaba, ya que nunca había experimentado nada parecido.

Enrojeció turbada ante semejantes pensamientos y desvío la vista, intentando recobrar la compostura. ¡Maldito Matthew! Desde prácticamente su segunda semana allí, las coincidencias habían querido que se topara con aquel engreído en más de una ocasión, y casi desde el principio, el choque de voluntades había sido brutal. Volvió a alzar la vista y de pronto, se topo de lleno con los ojos ambarinos del joven fijos en ella. Aquellos increíbles y extraños ojos eran el rasgo más característico de su fisonomía. Su color, de un tono ámbar indescriptible, los volvía electrizantes. Annie tragó saliva con fuerza y desvió la vista rápidamente, enrojeciendo contra su voluntad. Asió la taza de café con mano temblorosa y tomó un largo sorbo, intentando que Alice no percibiera su estado de ánimo.

- ¿Crees que hoy recibirás noticias de tu familia? – Annie sonrió.

- Espero que sí. Estoy deseando que me entreguen por fin mi correspondencia.

- Seguro que estarás deseando recibir noticias de tu esposo … - Alice sonrió con amabilidad y Annie hizo esfuerzos por corresponderle.

Había sido discreta en revelar partes de su vida. Había contado a Alice su experiencia con el parto de su hijo nonato, pero nada relacionado con sus problemas con Archie. Apretó discretamente el puño y frunció el ceño. Se sentía algo culpable con respecto a Archie. Aún no era capaz de encauzar con coherencia lo que sería, una vez dejara la residencia, su futuro juntos. Simplemente, no podía pensar en ello en aquel momento.

Sus ojos azules captaron los elegantes movimientos de Matthew Jenssen dirigiéndose a una de las mesas más apartadas del salón y meneó la cabeza.

- ¿Le conoces?

- ¿A quién? – Alice la miró sorprendida.

- A Jenssen. – Ella se encogió de hombros.

- Vagamente, sabes que no es muy comunicativo.

- ¿Cuánto lleva aquí?

- No sabría decirte … ya estaba cuando llegué yo, hace seis meses. Pero ciertamente, va y viene a su antojo. Puedes encontrártelo durante varios días, pero luego hay temporadas en que creo que no está … y tampoco creo que tenga aquí una habitación, como el resto de nosotros. – Alice se encogió de hombros. – Es un tanto extraño … – Annie observaba al joven discretamente, bajo el borde de su taza de café. Él, apoyado indolentemente en uno de los sillones de mimbre, las piernas cruzadas, la camisa semi desabrochada y remangada hasta los codos, el chaleco abierto … leía el periódico, indiferente a todo lo que sucedía a su alrededor.

- ¿Tiene algún trato preferente? Parece que las normas no se apliquen a su persona …

- He oído que es pariente de algún pez gordo de los que dirige todo esto …

- Ya … - En ese momento, el joven se pasaba la mano por el rubio cabello, desordenándolo en un gesto que hizo que Annie reaccionara de un modo que la cogió por sorpresa. Apartó la vista turbada. – Y, ¿qué es lo que le pasa? No parece tener ningún problema … - Alice se incorporó un poco hacia Annie para susurrar.

- He oído que su esposa se suicidó … - La joven calló, mordiéndose el labio, y Annie la tomó de la mano, percibiendo en la voz de Alice la amargura de su propia situación.

- Está bien, Alice, no te preocupes. Escucha, ¿te apetece dar un paseo después de desayunar?


La cálida tarde caía bajo el peso del sopor vespertino, previo al anochecer. Y la joven de pelo azabache disfrutaba de unos momentos de soledad para sumergirse de lleno en la lectura de las misivas que le habían entregado, sentada cómodamente en uno de los porches laterales, repletos de sillones y divanes, ofreciendo reposo y tranquilidad a sus ocupantes.

No había nadie en aquellos momentos, ya que, debido al calor, muchos preferían disfrutar de la siesta en sus frescas habitaciones. Pero Annie, instalada bajo una sombrilla, a pesar de estar algo sudorosa y notar el húmedo cabello en las sienes, sonreía de anticipación con las cartas esparcidas a su alrededor.

Pronto estuvo lanzando pequeñas exclamaciones ante el torrente de noticias. Patty hablándole de aquel joven con el que sus padres le habían instado a salir, Candy contándole cosas de la familia, de Albert, de cuánto la echaba de menos, y de sus planes para ir a ver a Terry a Nueva Orleans, sus padres mandándole todo su cariño y prometiendo ir a visitarla en cuanto se lo permitieran … y una escueta carta de Archie, que abrió con manos temblorosas.

Chicago, 4 de julio de 1921

Querida Annie,

¿Cómo estás? Espero que pronto puedas leer esta misiva, y las muchas que sé que van a enviarte. ¿Cómo está la residencia? Sabes que si hay cualquier tipo de problema, no tienes más que avisarme. Lo único que me importa es tu bienestar, como ya te dije.

Hoy es 4 de julio, y como sabes, normalmente los Andrew se reunían en la mansión familiar para festejar este día señalado, pero este año no ha sido así. Creo que todos estamos un poco sobrepasados con todo lo que ha sucedido. Ahora sólo esperamos tu recuperación y que pronto puedas volver a casa.

No te preocupes por nada, absolutamente por nada, Annie, como ya te dije, haré lo que desees. No pondré ninguna objeción a tus decisiones.

En unos días he de partir en un viaje a Billings, Montana, a cerrar unos negocios de la familia con un importante magnate ubicado allí. Los parajes deben ser increíbles, por lo que me han dicho, y al menos, podré gozar de cierta tranquilidad. Albert, como supongo que ya te habrá contado Candy, parte con ella a Nueva Orleans, así que me toca a mí cerrar este asunto. Pero no me importa, me vendrá bien.

Cuídate mucho Annie, y hasta pronto.

Archibald Cornwell

Annie parpadeó rápidamente para ahuyentar las lágrimas que amenazaban con desbordar sus ojos, y suspiró profundamente, intentando calmarse. Era duro … tal y como le había confesado recientemente a Margaret Deale, su psicoterapeuta, era duro aceptar que sus sentimientos por su esposo habían desaparecido. Sentía cariño por Archie, aquello nunca cambiaría, demasiadas cosas y demasiados sentimientos como para cortar de un plumazo aquel hilo invisible que los unía desde la adolescencia … pero también, si debía ser sincera consigo misma, sabía con certeza que no lo amaba. No lo amaba del modo en que debe amar una esposa a su marido. Y ya no por todo lo que había sucedido con la muerte de su pequeño … sino que era una realidad que se había obcecado en no ver desde hacía tiempo. Annie comenzaba a creer que su amor por Archie había resultado ser una ilusión romántica adolescente que había sobrepasado los límites.

¿Y qué hacer ahora? ¿Qué hacer cuando pronunció sus votos ante Dios y juró amar a aquel hombre por el resto de sus días? Notó lágrimas calientes rodar por sus mejillas, pero no hizo nada por apartarlas. ¿Cómo volver a Chicago y retomar aquella vida que sinceramente ya no le aportaba nada? ¿Tenía que estar condenada de por vida a aquella cruz que se había autoimpuesto?

- ¿Interrumpo? – La joven pegó un respingo y se secó rápidamente el rostro parpadeando ante la figura que se recortaba contra los rayos de sol. Su corazón comenzó a latir más rápidamente sin saber por qué y se encontró sin palabras. El joven sonreía jovial e hizo un gesto hacia uno de los sillones situados al lado de la joven. - ¿Me permites? – Y se sentó sin esperar respuesta.

- Yo … - Annie comenzó a recoger los papeles esparcidos por la mesita con manos temblorosas. – Yo ya me marchaba …

- Annie … - Matthew Jenssen le tocó la mano para obligarla a mirarlo, y la joven sintió como si una descarga eléctrica recorriera su cuerpo. ¿Qué estaba pasando? No, no … aquello no era normal … - He venido en son de paz, de veras … - cuando sus ojos se encontraron, Annie no pudo evitar rendirse a su encantadora sonrisa - … y a pedirte disculpas por lo de esta mañana.

- ¿Disculpas? – Se quedó tan sorprendida que debió de notársele en el rostro, ya que Matthew se echó a reír.

- Sí, aunque te parezca increíble, a veces sé comportarme como un caballero.

- ¿Me … me has estado siguiendo?

- ¿Qué? No, no, en absoluto. Creo que ha sido por casualidad el que descubrieras mi playa. Yo también soy un amante del agua, así que no me pareció mal el dejarte utilizarla. Cambié mis horarios para no coincidir contigo, pero tú cada vez venías más pronto y te quedabas más tiempo …

- ¿Tu … tu playa?

- Sí … - El joven se pasó una mano por el rubio cabello, sonriendo como si fuera una disculpa. – Esa zona me pertenece, mi casa tampoco queda lejos.

- ¿Te … pertenece? – Annie comenzaba a sentirse como una tonta, repitiéndolo todo.

- Así es, - alargó una mano – Matthew Jenssen Forrester … a tu servicio. – Annie se la estrechó como una autómata. Se estaba esforzando por no quedarse mirándolo con la boca abierta. – Mi padre es el dueño de todo esto. - Dios mío, ¿qué? ¿Era uno de los propietarios de la residencia?

- Pero … pero … ¿no eres un paciente? – El joven sonreía, con sus brillantes y electrizantes ojos observándola fijamente.

- Estrictamente … no. Pero me es cómodo utilizar sus servicios. – Su sonrisa perdió un poco de brillo. – Aunque hubo un tiempo en el que sí que necesité cierta ayuda … - Annie bajó la cabeza turbada, retorciéndose las manos, mientras el joven miraba los papeles apilados encima de la mesa y arqueaba una ceja interrogativa. - ¿Ya puedes volver a tener comunicación con el exterior? – Annie asintió, tragando saliva y cogiendo los papeles, nerviosa. – Te he interrumpido, lo lamento. – Ahora él parecía turbado. - ¿Malas noticias? – Sus ojos se encontraron, y de pronto la joven sintió que un agradable calor invadía su corazón. Realmente, era muy turbador lo que aquel desconocido le hacía sentir.

- Más bien, demasiados sentimientos. – Matthew frunció el ceño, asintiendo comprensivo.

- Escucha … puedes ir a nadar siempre que lo desees. – Sonrió jovial. – Y puedes llevar un bañador si lo prefieres. – Le guiñó un ojo, levantándose rápidamente, y saludando con un gesto, se alejó caminando hacia el lago, dejando a una Annie roja como las brasas mirando embobada cómo se marchaba.


Hacía una noche fantástica. El calor húmedo había descendido un poco y una suave brisa corría por la orilla cuando Annie salió del agua, enfundada en su bañador, dirigiéndose hacia su ropa apostada unos metros más allá.

- ¿Y tu toalla? – Aún no le veía, pero sonrió al escuchar la voz. Se paró en seco mirando alrededor, y entonces lo descubrió acercándose a ella, con una esponjosa toalla abierta en las manos.

- La he olvidado …

- Como siempre. – El joven meneaba la cabeza, divertido, mientras Annie se daba la vuelta y dejaba que le pusiera la toalla sobre los hombros.

- Creía que vendrías a nadar hoy.

- No … lo cierto es que he estado cocinando.

- ¿Cocinando? – Se volvió a mirarlo sorprendida.

- Sí … - Los ojos ambarinos la observaban. Era siempre en esos momentos cuando Annie debía hacer uso de todo su autocontrol y sentido común para no dejarse vencer por las sensaciones. Aquello, aquella especie de … ¿amistad? ¿relación? … era verdaderamente turbadora y sorprendente. Annie no podía, o no quería, pararse a analizarla detenidamente, porque lo cierto es que era lo mejor que le había pasado últimamente. Habían transcurrido diez días desde aquella conversación mantenida en el porche, y desde que esa misma noche Annie, aún no sabía cómo, se había atrevido a ir a nadar al lago, todas y cada una de las noches habían estado juntos. Cada vez más cómodos el uno con el otro, conociéndose, entablando una relación cordial. Annie descubrió en Matt a un hombre agradable, divertido, pero que también sabía escuchar. No quería pararse a analizar la tensión sexual reinante entre ellos, y si era apropiado o no que una dama mantuviera ese tipo de relación con un hombre, una mujer casada … pero no quería pararse a analizarlo. Estaba harta de las normas sociales, de los convencionalismos … de todo. Se sentía sola, aislada de todo … y necesitaba aquello. – Creo que ya es hora de que hablemos en un entorno más civilizado … y no quedarnos tiesos en la playa hasta las tantas, ¿no te parece? He hecho la cena. – Le guiñó un ojo, y ante la estupefacta cara de Annie, cogió sus ropas y le instó a que le siguiera. – Vamos a mi casa, no está lejos. – El corazón de Annie retumbaba en sus sienes mientras comenzó a seguir al joven a través de la playa. Dios mío, Annie, ¿qué es lo que estás haciendo?

Siguieron bordeando la orilla del lago y pronto, al pie de unas rocas, Annie descubrió unas luces que, al acercarse, vio que pertenecían a una bonita cabaña de piedra. Se metieron por el camino que llevaba directamente hacia la casa, y llegaron a un acogedor porche, con una mecedora colgante y varios divanes. Matt se metió a la casa mientras ella se quedaba parada en el exterior, observando todo alrededor.

Todas las noches se habían quedado en la playa hablando, y todas y cada una de las noches, Matt le había llevado toallas para secarse, la había escuchado, habían bromeado … se había portado como un perfecto caballero. Y Annie había descubierto que conocía más a aquel joven en apenas diez días que a su propio esposo. Era perturbador.

- ¿Anne? – Matt asomaba la cabeza por la puerta con el ceño fruncido mientras la joven se daba la vuelta sonriendo. Él era el único en toda su vida que la había llamado Anne … y le gustaba. Matt se acercaba ahora lentamente. Parecía turbado. – Escucha … no quiero que te sientas incómoda, de veras. Sabes que jamás haría nada para incomodarte u ofenderte. Somos amigos. Simplemente pensé que estaríamos mejor cenando mientras hablábamos. – Se encogió de hombros. – Una agradable velada.

- No te preocupes.

- He dejado tu ropa en el aseo. Deberías cambiarte o te resfriarás. – Ella asintió mientras Matt la instaba amablemente a entrar en la casa.

Una vez traspasó el umbral, se quedó maravillada. El amplio salón, sin tabiques, que unía toda la casa, estaba decorado con un gusto exquisito, en un estilo práctico y masculino. La pequeña pero totalmente equipada cocina en una esquina, la chimenea en el centro, ahora lógicamente apagada, rodeada por cómodos sofás y divanes, una puerta de madera que Annie dedujo se trataría del baño, y al fondo, tras un biombo, pudo vislumbrar una gran cama, que inevitablemente hizo que se sonrojara.

- ¿Vives aquí?

- Sí … cuando estoy aquí. – Annie se volvió a mirarlo.

- Y si no, ¿dónde vives? – El joven sonrió con cierta ironía.

- Donde me dejan mis obligaciones. Nueva York … San Francisco, Boston …

- ¿A qué te dedicas?

- Annie, primero cámbiate, ¿quieres? – Entonces se dio cuenta de que seguía envuelta en la toalla y descalza, y enrojeció como las brasas, dirigiéndose rápidamente al baño.

Una vez terminó de asearse y salió al salón, descubrió que Matt ya había dispuesto una acogedora y ¿romántica? mesa y había ambientado el lugar con una suave música.

- ¿Jazz?

- Ajá. ¿Te gusta? – Vio que Matt se afanaba entre la cocina y la mesa para que todo estuviera dispuesto. – Siéntate, por favor.

La cena transcurrió en agradable camaradería. Una vez más, Annie descubrió en Matt a un fantástico anfitrión. Él le contó que se dedicaba a los negocios de la familia, y que viajaba bastante. Por eso, los momentos en que podía aislarse de todo y estar tranquilo, venía a la cabaña.

- ¿Cómo vas con el tratamiento? – Annie se encogió de hombros.

- Estoy mucho mejor. Miss Deale cree que en breve podré volver a casa.

- ¿De veras? – Matt frunció el ceño un instante, pero enseguida sonrió. - ¿Eso es bueno? – Annie se lo quedó mirando unos segundos, mientras sus ojos azules se nublaban. - ¿Anne? – Matt se incorporó hacia ella en la mesa y súbitamente le cogió la mano. Ella parpadeó.

- ¿Lograste superarlo?

- ¿Qué?

- Dijiste que una vez necesitaste ayuda … - Él soltó su mano y se echó hacia atrás, frotándose los ojos. Sirvió de nuevo sendas copas de vino, y bebió un sorbo de la suya antes de responder.

- Sí, es cierto.

- ¿Qué pasó? – Preguntó Annie en voz baja.

- Pues lo de siempre. – Comenzó él con tono amargo. – Familia de chico concierta matrimonio con chica perfecta y adecuada. Chico y chica perfectos no se entienden … no se quieren. Chica entra en una depresión … y se pega un tiro en la cabeza. Fin de la historia.

- Dios mío … - Annie se había llevado una mano a la boca, horrorizada. - ¿Cuándo ….?

- Hace tres años. – Matt volvió a beber un gran sorbo, y se levantó de la silla, dirigiéndose al ventanal. -Jessica y yo … bueno, no nos entendíamos. Apenas nos conocíamos. Pero era lo correcto. Heredaríamos un imperio. Pero vivimos un infierno. El sexo fue una locura total … fue traumático para ambos … - Una copa que se estrellaba contra el suelo le hizo darse la vuelta rápidamente. Annie estaba de pie, el rostro desencajado. - ¿Anne? ¿Qué pasa?

- Tengo que irme … - Pero Matt estaba en un momento a su lado.

- ¿Qué he dicho? ¿Estás bien?

- Me marcho, por favor, Matt …

- Annie …

- ¡No! – Ella se apartó de él.

- Está bien, de acuerdo … - El joven se apartó, el rostro crispado. – Pero quiero que sepas que sólo quiero ayudarte …

- ¿Ayudarme? – Las lágrimas rodaban por el rostro de la joven. - ¿Por qué? ¿Qué tengo yo de especial? ¿Qué quieres?

- ¡No quiero nada, Annie! – Ahora parecía enfadado. Alzó las manos en un gesto de defensa. – No sé por qué tú. Tal vez porque hace unas semanas me choqué en un pasillo con una chica preciosa que me dejó clavado en el sitio por lo que vi en sus ojos …

- ¿Qué? – Annie se había quedado parada.

- Vi lo que ha habido en los míos durante mucho tiempo … - La voz de Matt se había vuelto ronca, como si le costara esfuerzo pronunciar palabra. – Sé que eres una mujer casada, seguro que felizmente, y lamento mucho lo que te ha sucedido, pero … - Se encogió de hombros. - … no sé qué sucedió. Y de pronto, comenzaste a venir a nadar conmigo y … - Annie lloraba quedamente. – No aspiro a nada, Annie, ni te pido nada. Pero tu compañía ha sido lo único bueno que he tenido en mucho tiempo … - Abrió la puerta de la calle y le hizo un gesto. – No volveré a molestarte, si eso es lo que deseas.

- ¿Buscasteis ayuda?

- ¿Qué? – Matt la miró sorprendido.

- Para vuestros problemas … ¿buscasteis ayuda?

- Ella no quería … - Annie asintió y se dio la vuelta, acercándose al ventanal. Matt frunció el ceño y cerró la puerta suavemente.

El silencio se había adueñado de la estancia, y la música era lo único que se escuchaba. El joven procedió a recoger los cristales rotos del suelo y despejar la mesa, mientras Annie seguía ante el ventanal, perdida en sus pensamientos.

Al cabo de un momento, notó que Matt le tocaba suavemente el hombro desnudo con un dedo y un escalofrío recorrió su espina dorsal, mientras se giraba para encontrarse con sus ojos ambarinos. Él sonrió con dulzura, tendiéndole una copa de vino.

- ¿Mejor?

- Gracias. – Annie asintió, tomando la copa de vino que le ofrecía.

- ¿Te apetece sentarte fuera?

- ¿Podemos quedarnos aquí si no te importa?

- No me importa. – Matt hablaba en un bajo susurro. Los ojos de ambos fijos el uno en el otro, en la semi penumbra de la habitación. Annie jamás se había sentido así en presencia de ningún hombre, de eso estaba segura. – Anne …

- He reaccionado de esa manera porque … - bajó los ojos - … parecía que estuvieras narrando mi propia historia. – Matt la miró compungido y alargó la mano, tomando la de Annie y guiándola hacia el sofá, donde se sentaron, uno al lado del otro, mirándose al rostro.

Entonces Annie comenzó a contar su historia. No omitió nada. Su enamoramiento adolescente, su matrimonio frustrado, sus problemas con Archie, la muerte de su hijo …

- Lo siento mucho … - Susurró Matt.

- ¿Te … te sucedía a ti lo mismo? Cuando … cuando tocabas a tu esposa … - Él asentía, mientras Annie se secaba las lágrimas y le cogía la mano. – Oh, Matt … pensaba … pensaba que era un bicho raro … que algo iba mal en mí …

- Sabrás que no es así cuando verdaderamente sientas algo por alguien …

- ¿Por alguien?

- Por otra persona.

- Pero … pero yo no debo. Estoy casada.

- Pero no eres feliz.

- ¿Y qué puedo hacer? – Matt la miraba fijamente.

- Anne, mereces ser feliz … - Se quedaron en silencio, observándose el uno al otro, hasta que Annie desvió la vista, mordiéndose el labio turbada.

- Creo … creo que se ha hecho tarde …

- Sí … te acompañaré a la residencia. – Se puso en pie y Annie hizo lo mismo, ambos quedándose en pie frente al otro.

- ¿Cómo sabré que lo que siento por esa persona es lo correcto? – Susurró Annie, y Matt suspiró profundamente, observando detenidamente cada rasgo de la joven. Annie sentía que no podía respirar.

- Porque sentirás que te falta el aire, que cada segundo del día que no pasas junto a ella es una tortura, y que estás deseando ver su hermosa sonrisa brillar para ti.

- Y … y las relaciones … - El rostro de Annie ardía. – Parece … parece que la gente, en fin …

- Las relaciones forman parte de todo ello, Annie … y si son con la persona adecuada, con esa persona que hace que tu corazón lata más rápido, que no puedas respirar, que tu piel arda en deseos de contacto con la piel de la otra persona … entonces serán perfectas. – Alzó la barbilla de Annie con un dedo y ella se encontró mirándose en esos hermosos ojos ambarinos.

- ¿Has… - carraspeó - … has sentido alguna vez algo semejante? – Él asintió lentamente, sin sonreír. - ¿Cuándo?

- Ahora mismo. - Annie se sintió desfallecer. Temía caerse desplomada en el suelo. ¿Le estaba diciendo que él sentía por ella todo lo que ella sentía por él? De pronto, un miedo atroz mezclado con un deseo feroz se apoderaron de su cuerpo y se reflejaron en sus ojos. Matt suspiro imperceptiblemente y sonrió con ternura. - ¿Nos vamos? – Alargó una mano y tras un segundo de indecisión, Annie la tomó, y juntos salieron al exterior. Mientras caminaban, cogidos de la mano, por la orilla del lago hacia la residencia, Matt le dijo. – Mañana me marcho a Nueva York.

- ¿Qué? – Annie se detuvo bruscamente, obligando al joven a hacer lo mismo. - ¿Por qué?

- Por trabajo. – Le sonrió.

- ¿Volverás? – Él rió suavemente y en un impulso, le acarició la mejilla.

- Claro que volveré. El domingo por la noche ya estaré de nuevo nadando contigo. – Ella soltó su mano, frunciendo el ceño con preocupación, y se alejó unos pasos hacia el agua. Matt la siguió por detrás. – Lo lamento, pero debo ir.

- No, no es eso. – Ella hizo un gesto con la mano.

- ¿Entonces …?

- Estoy asustada, Matt. – Se giró a observarle. – Me asusta todo esto. No sé a dónde nos conduce.

- ¿Me estás diciendo que sería mejor que no volviéramos a vernos?

- Tal vez … - Matt apretó la mandíbula. - … pero creo que no podría soportarlo.

- Oh, Annie …

Y entonces, súbitamente, él la agarró por la cintura y la atrajo hacia sí. En un primer momento los grandes ojos de Annie se abrieron con sorpresa y alarma, pero enseguida su mirada se transformó. Ambos respiraban ya agitadamente, sus rostros muy cerca, a pocos centímetros, mirándose fijamente.

- Déjame besarte. – Susurró él con voz ronca.

- Matt …

- Sólo un beso, Anne …

Y no le dio tiempo a que dijera nada más. Sus labios se unieron, muy suavemente al principio. Besos muy suaves, ambos respirando en la boca del otro. La mano masculina subió desde la cintura lentamente por la curva de la espalda hasta posarse en su cuello, y Annie sintió calor en el bajo vientre y como su cuerpo reaccionaba, como jamás había hecho, a aquellas caricias. Matt la estrecho un poco más contra sí y ella sintió que sus pezones se endurecían bajo la fina tela del vestido, presionados contra el duro pecho masculino. Inconscientemente sus manos ascendieron por los hombros de Matt hasta posarse en su cuello, mientras él le abría tentativamente la boca y Annie sentía la humedad de su lengua. Tímidamente le correspondió, sintiendo que el beso le hacía hormiguear cada poro de su ansiosa piel. Hundió las manos en el rubio cabello de su compañero y quiso gemir de placer, pero se contuvo. ¿Qué estaba haciendo?

De pronto, Matt apartó su boca alzando la cabeza hacia la negrura que se extendía ante ellos, estrechándola contra sí.

- Ssssshhh, nena, viene alguien … - Sintió que el cuerpo de Annie se tensaba, por lo que susurró en su oído. – Tranquila, no pasa nada …

Quien se acercaba era una pareja, más centrada en sí misma que en nadie más, por lo que apenas les prestaron atención. Annie se apartó un poco.

- Creo que debería volver … - Matt asintió y la tomó de la mano, acercándose a la residencia. – Es mejor que nos despidamos aquí. – Pidió Annie. – No es prudente que te acerques más.

- De acuerdo. – Soltó su mano y la miró fijamente, como si se aprendiera sus rasgos de memoria. – Voy a echarte de menos. – Ella tragó saliva.

- Adiós, Matt.

Y se obligó a darse la vuelta y no mirar atrás, ya que si lo hacía, no sabía si iba a poder ser dueña de sus actos, y si sería capaz de resistirse a los encantos de su compañero. Aún le quemaba el aliento de Matt en los labios y sentía como si su cuerpo flotara. Todo aquello era tan nuevo y confuso … Annie sabía que jamás había sentido nada igual.

Casi echó a correr por el camino de entrada al edificio y no paró hasta estar en su habitación. Se tumbó en la cama con el corazón saliéndosele del pecho y se llevó las manos al arrebolado rostro. Oh, Annie, ¿qué estás haciendo? ¿Estás loca? Has besado a un hombre que no es tu esposo …

Súbitamente, todo lo que le habían enseñado, todas las normas convencionales que se había empeñado en cumplir y preservar durante prácticamente toda su vida, le dieron de pleno en la cara, como si fuera una bofetada. Recordó su matrimonio, su vida en Chicago … los actos sociales, la gente de su entorno, sus relaciones con su esposo … y de pronto, aparece un joven de ninguna parte, y ella se vuelve completamente loca.

No puedo volver a verle. Susurraba su cerebro con furiosa terquedad. Pero su corazón sentía otra cosa completamente distinta. Instintivamente sabía que aquella joven de Chicago que era hacia apenas dos meses, había desaparecido. Y lo más alarmante de todo aquello era que, aunque pareciera increíble, no deseaba volver a aquella vida.