-William-
Con la cabeza fuera de la ventanilla y el aire golpeándome el rostro, casi hasta logro sentirme bien por primera vez en setenta y dos horas, desde el día de mi boda. Hoy primer día del mes de agosto, espero sea un mes de comienzos y buena suerte.
Llevamos demasiado tiempo metidos en trenes, y creo que los ánimos están decayendo. Primero a Jacksonville, a ver a la familia de mi esposa. Apenas bajamos del tren, Candy y Terry tuvieron la suerte de poder escaparse a un hotel o a donde desearan, durante unas horas. Ya que, a pesar de gozar de su absoluto apoyo, Patty y yo los dejamos libres, ya que sabíamos que era algo que debíamos hacer solos, y no era justo cargar a nuestros amigos con aquel deber, que sabíamos podía resultar muy desagradable.
Y de hecho, lo fue. Los O´Brien nos recibieron fríos y airados. No dejaron que la abuela de Patricia estuviera presente, y el padre despachó su ira verbal con su hija hasta que tuve que pararle los pies. Tuve que sostener prácticamente a Patty durante toda la visita, ya que no se encontraba demasiado bien, e incluso hubimos de mendigar un vaso de agua fresca, que nos concedieron a regañadientes.
Me sorprendió sobremanera la reacción de los progenitores de Patty. Sé que ha sido algo inusual y rozando lo escandaloso lo sucedido, sobre todo por el tema del joven Krantz, pero de hecho, ella ya es mi esposa, de un modo poco convencional, lo sé, pero lo es, y creo que mi propuesta a los O´Brien ha sido ciertamente generosa.
La tensión ha sido palpable durante toda la visita. Los O´Brien han dejado claro su disgusto y su poca predisposición a bendecir nuestra unión, y he tenido que sacar casi a rastras a una llorosa Patty de aquella casa que dudo que pueda volver a visitar alguna vez.
Me paso las manos por el rostro y me alejo de la ventana, dirigiendo mis pasos a mi compartimento. Al entrar al habitáculo en penumbras, constato que Patty ya se haya acostada en la cama e intento no hacer demasiado ruido, ya que lleva un par de días delicados. En cuanto lleguemos a Chicago haremos una visita al doctor.
- ¿William?
-Patty-
Enseguida he oído cómo William entra al compartimento y sus esfuerzos por no hacer ruido mientras oigo cómo se desviste para tumbarse a mi lado.
Estoy completamente agotada, tanto física como psíquicamente. La visita a mis padres ha sido todavía peor de lo que ya esperaba, y el hecho de no haberme dejado despedirme de mi abuela, casi me ha partido el corazón en dos. Pero ha sido mi decisión, y debo aceptarlo. Ya sabíamos que podía suceder lo que de hecho ha sucedido. Y ahora … rumbo a Chicago. Espero poder reponerme en estas pocas horas, ya que debo coger fuerzas para enfrentarme a los Andrew. Pero ahora … ahora debo hablar con William de algo muy importante. Más importante que todo lo demás.
- ¿William?
- Querida … - Él parpadea, intentando sonreír, cuando enciendo la luz del compartimento. – Creía que dormías … - Niego con la cabeza y él se acerca al lecho, ya sin camisa, sentándose en el borde y acariciando mi cabello. Suspiro al observar su rostro cansado y preocupado, aunque intente disimularlo.
- ¿Estás bien? – Él parece sorprendido por mi pregunta y enseguida sonríe con esa dulce sonrisa que da calor a mi corazón.
- Claro que sí, amor mío, sólo un poco cansado de tanto viaje en tren … pero ya estamos cerca de Chicago. – Yo suspiro, entrecerrando los ojos, mientras noto los dedos de William acariciar suavemente mi mejilla. - ¿Te encuentras mejor? – Yo intento incorporarme un poco para ponerme a su altura, ante sus protestas. – Patty, quédate tumbada … - Niego con la cabeza.
- He de decirte algo.
- ¿Qué sucede?
- William … creo que … bueno …
- Patty, por Dios, ¿qué pasa? – William me coge por los hombros, buscando mis ojos con preocupación.
- Creo que … estoy embarazada.
- ¿Qué? – Veo cómo sus preciosos ojos se abren con sorpresa e incredulidad, veo cómo su atractivo rostro pasa por diferentes estados de ánimo, mirándome fijamente, hasta que acierta a balbucear. - ¿Embarazada? – Yo asiento lentamente. - ¿Estás segura? Pero …
- No estoy segura … no he visitado al médico. Pero no he vuelto a tener mi periodo después de … bueno, después de aquella primera noche en la mansión … - William cabecea, intentando salir de su estupor.
- Pero … ¿cuándo …? ¿Cómo …? – Le agarro las manos, noto que tiemblan.
- Amor mío, lo siento … siento decírtelo así. Con todo lo que ha sucedido últimamente, ni siquiera me he dado cuenta de … - Enrojezco como una chiquilla. – Debes creer que soy estúpida …
- ¿Estúpida? ¿Qué estás diciendo? – William coge mi rostro entre sus manos. Sus ojos me iluminan y de pronto me siento increíblemente mejor. - ¿Es cierto que vas a tener un bebé? – Veo cómo sus ojos celestes se llenan de lágrimas brillantes y noto que los míos están a punto de desbordarse, mientras trago saliva y asiento. – Oh, Dios mío … - Susurra William, besándome suavemente.
- ¿Estás contento? – Murmuro.
- ¿Contento? – Él se separa un poco para mirarme al rostro y lo que leo en el suyo basta de sobra para compensar todo lo que he pasado y estoy a punto de pasar. – Este es el momento más feliz de mi vida …
-Terry-
Chicago ya se deja ver en la lejanía, no queda mucho para que por fin podamos bajar de este maldito tren. Estoy agotado de tanto viaje, necesito un poco de realidad. Aunque creo que vamos a tener realidad de sobra en cuanto pongamos los pies en la ciudad …
Mi bella esposa se mueve un poco entre mis brazos y giro la cabeza para dedicarme a uno de mis últimos hobbies favoritos: observar sus hermosos rasgos. Candy ya es mi esposa, ¡mi esposa! Ya nada ni nadie podrá hacer nada al respecto, porque estamos juntos, por fin somos uno, y ya nada podrá separarnos … aunque los Andrew pongan Chicago en llamas, me da igual, ella es mi mujer.
Acaricio suavemente su hombro desnudo recordando la mañana siguiente a nuestra unión. Hubimos de hablar con el secretario del duque, el Sr. Worthington, y tuve que hacer verdaderos esfuerzos de contención, dando gracias por tener a Candy a mi lado.
-escena retrospectiva-
El bar del hotel estaba abarrotado a aquella hora, aunque pareciera increíble, pero multitud de personas se agolpaban en las mesas cerca del escenario, a pesar de ser las once de la mañana, tomando sus tés y cafés al ritmo de aquella colorida banda de jazz, que llenaba de música la estancia. Así era Nueva Orleans, llena de color y de música por los cuatro costados.
Los jóvenes sintieron la descarga de energía en sus cuerpos nada más traspasar las puertas de entrada al bar, y sonrieron sin poderlo evitar. Eran jóvenes, estaban enamorados y se hallaban juntos en aquella ciudad. Pronto estuvieron sentados en una de las mesas cercanas al escenario, mientras los hombres iban a por el desayuno.
- ¿Qué tal todo? – La pregunta de Albert le hizo sonreír y su amigo arqueó las cejas, divertido. - ¡Eh, que es una pregunta de cortesía como otra cualquiera!
- Seguro que sí. – Terry le hizo una mueca al tiempo que llamaba al camarero.
- ¿Milord? – Ambos jóvenes se volvieron al unísono, para encontrarse ante el distinguido británico que Terry reconoció en el acto.
- Sr … Worthington. – El aludido hizo una pequeña reverencia.
- Aquí estoy, milord, tal y como acordamos. ¿Sería posible que me concediera unos minutos de su tiempo?
El joven escrutó fijamente con sus ojos de zafiro al hombre que tenía delante. Los recuerdos, la carta de su padre … todo ello hizo que se empañara un poco la felicidad que en ese momento llenaba su corazón.
- Albert, ¿podrías pedir a Candy que viniera? – Dijo a su amigo sin mirarle.
- Claro, ahora mismo.
Albert se dirigió hacia las mesas de al lado del escenario, mientras ambos hombres continuaban estudiándose mutuamente. Tras unos tensos segundos, que parecieron minutos, una voz les interrumpió.
- ¿Terry? – Él se giró hacia la joven rubia, que lo observaba confundida, y alargó la mano, intentado sonreír. Candy se la cogió, acercándose a él y observando sorprendida al caballero que tenía delante. – Querida, permíteme presentarte al Sr. Worthington, el secretario del duque de Grandchester.
- Oh … - La sorpresa fue palpable, no sólo en el rostro de la joven, sino también en el del hombre, que lo disimulo al instante muy convincentemente.
- Sr. Worthington, mi esposa, Candice.
- Milady … - El hombre le hizo una discreta reverencia, ocultando todo tipo de reacción. - ¿Sería posible conversar unos minutos, milord?
- Desde luego.
Los tres se dirigieron a las mesas más alejadas, las que se abrían a las terrazas, donde se respiraba algo más de tranquilidad, y tomaron asiento. La tensión volvió a adueñarse de los presentes. Candy se retorcía discretamente las manos, buscando las reacciones de su esposo en su impasible rostro, aunque sabía con certeza que Terry estaba nervioso y alterado. No era nada fácil aquella situación.
- Deduzco que habrá leído la misiva de Su Gracia, milord, por lo que no me andaré con rodeos. – Carraspeó y dirigió su mirada brevemente a Candy. – Desconocía su nueva … condición. – Al ver que Terry no decía nada, continuó. – De todas formas, mi enhorabuena.
- Gracias. – Susurró Candy y sonrió. El secretario hubo de reconocer el buen gusto del joven lord. La joven que tenía delante era preciosa. Su angelical rostro irradiaba vida y alegría. Debía informar al duque de ello inmediatamente. ¿Cuándo había sucedido aquello? Pero al observar al joven, decidió no hacer más preguntas sobre el tema. Había otros asuntos más importantes que concretar.
- Bien … como decía, en cuanto a los pormenores de la carta, quisiera preguntarle, milord, cuándo tenía pensado volver a Inglaterra.
Terry se echó hacia atrás, suspirando imperceptiblemente, mientras Candy le tomaba de la mano.
- Mi esposa y yo hemos de arreglar unos asuntos antes de volver. – La voz de Terry sonaba grave y tensa. – No sabría decirle con certeza la fecha exacta …
- Debo insistir, milord, en que la reunión debería producirse a la mayor brevedad, ya que …
- ¿No ha escuchado lo que le he dicho?
- Terry … - Candy susurró dulcemente, apretando su mano. El joven se pasó una mano por el cabello y sacó su pitillera, encendiendo un cigarro.
- ¿Cuándo debería … en fin, cuándo sería la fecha límite para poder llegar a una solución? – La joven se dirigió al secretario con voz suave y calmada, y este se sorprendió ligeramente, arqueando una ceja en dirección al joven.
- Es mi esposa, Worthington, y está al corriente de todos los detalles.
- Creo que el encuentro podría demorarse a mucho tardar hasta finales de septiembre, primeros de octubre.
- Gracias, Sr. Worthington. – Le dijo la joven, a lo que el hombre no pudo evitar hacer un gesto de asentimiento.
El camarero interrumpió con el servicio de té y café, y ambos jóvenes aprovecharon la coyuntura para mirarse a los ojos. Terry arqueó una ceja en dirección a su esposa y ella le apretó la mano entrelazada.
- Bien … - El joven carraspeó. – Creo que el 3 de octubre es lunes, ¿no es así? – No esperó respuesta. – Quizá podría concertar una reunión para entonces.
- Veré lo que puedo hacer, milord …
- Dígale al duque que iré acompañado de mi esposa … y no es negociable.
- De acuerdo, milord … lo mantendré informado.
- Estaré en Chicago, en la mansión Andrew. Le avisaré si se produce algún cambio.
-fin de escena retrospectiva-
La reunión apenas había durado unos minutos más. ¿Y para qué? Tampoco había mucho más que decir.
Me muevo un poco y alargo la mano buscando mi pitillera.
- No fumes, Terry … - La soñolienta voz me hace sonreír y me giro hacia ella, besándola en el cuello y haciéndola gemir.
- Es usted una gruñona, señora Graham …
- ¿Gruñona? – Ella se aparta un poco, mirándome airada con sus hermosos ojos aguamarina. – Me prometiste que lo dejarías en cuanto … - Le pongo un dedo en los labios.
- Sssshhh … lo sé, lo sé. – Sin dejarle tiempo a terminar, la beso suavemente, y ella se echa hacia atrás, meneando la cabeza. No puedo evitar sonreír, está encantadora, desnuda y enfurruñada en mi cama. Observo fijamente el cigarro, y en un impulso, lo parto en dos, y arqueo una ceja estudiando su rostro. La hermosa sonrisa no se hace esperar.
- Oh, Terry … - Y se echa a mis brazos, besándome.
Rodamos en la cama y me sitúo encima de ella, acoplándome a su perfecto cuerpo.
- Pero tendrás que darme algo que me haga olvidar el tabaco …
- ¿Y qué quieres que te dé? – Ella se retuerce debajo de mí, oscureciéndose sus ojos verdosos.
- Pues no sé … - Mi lengua traza un camino desde su cuello hasta la curva del redondo seno. La blanca piel se estremece y oigo que su respiración cambia.
- Cariño, vamos a llegar en breve … - Susurra Candy.
- Lo sé … - Yo ya estoy excitado, mientras mordisqueo un rosado pezón y mi esposa se gira hacia mí, ofreciéndome lo que ansío.
Amanece en Chicago, mientras el tren continúa su camino imparable, y yo me pierdo en este cuerpo de infarto, olvidándome de todo.
-Candy-
El tren entra a la estación y yo continúo terminando de meter las últimas cosas en las maletas, ante la divertida mirada de mi esposo. Le hago una mueca, intentando que note mi enfado y frustración, pero es imposible. Al menos de momento, siempre consigue que ceda a sus deseos. Y tal y como imaginaba, la llegada a la ciudad nos ha sorprendido haciendo el amor y con todo por empacar.
- No sé cómo he podido hacerte caso …
- Porque soy irresistible. – Me coge por detrás y yo le regaño.
- ¡Terry! Ahora en serio … ayúdame, Albert y Patty nos estarán esperando …
Mi esposo cabecea risueño, pero al fin cede a mis ruegos y logramos recoger todo rápidamente.
Nos encontramos con Patty y Albert en el pasillo de salida de los compartimentos, los cuatro sonriendo nerviosos e intentando no exteriorizar demasiado la tensión e incertidumbre que nos produce tal situación. Sé que Albert ya ha hablado con George y le ha dado instrucciones para que viniera a recogernos a la estación, así que el bueno de George será el primero en recibir la noticia explosiva.
Ruidos conocidos de silbatos, avisos y gente en los anchos andenes de entrada me traen a la realidad. Vuelvo a Chicago, vuelvo a mi ciudad … pero esta vez como una mujer casada.
Terry y Albert se hacen inmediatamente cargo de bajar el equipaje al andén, seguidos de cerca por nosotras. Ayudo a Patty a bajar el alto peldaño, ya que percibo su rostro demacrado e indispuesto, y ella me sonríe agradecida.
- Patty, creo que lo primero que debemos hacer es ir a que te eche un vistazo el doctor …
- Sí, sí, lo sé … no te preocupes.
Y continúa su camino casi con rapidez, dejándome parada con el ceño fruncido. Pero casi no tengo tiempo de pensar en ello, ya que los chicos nos apremian para que continuemos hacia la salida, tras el equipaje que ambos acarrean en sendos carros de transporte.
- George nos estará esperando en la entrada. – Informa Albert, y los cuatro nos dirigimos hacia allí lo más rápido que la gran cantidad de pasajeros y acompañantes que puebla la zona nos permite.
No tardo en localizar a George, alto y vestido de negro, como tiene por costumbre, apostado tranquilamente a la entrada de la estación, al lado de uno de los grandes coches de la familia Andrew. En cuanto nos descubre, una sonrisa cruza sus labios y se acerca a nosotros con paso rápido, dando de pasada orden al chófer para que lo siga.
- Sr. William. – El hombre estrecha la mano de Albert y este le palmea el hombro con afecto.
- ¡George! ¿Cómo estás? – Albert mantiene su deslumbrante sonrisa, aunque sé que su cuerpo está más tenso que un alambre.
- Encantado de verle, señor.
- Hola, Andy. – Albert saluda al joven chófer y se suceden las presentaciones.
- Srta. Candy …
- Hola, George. – Me giro hacia Terry. – Supongo que recordarás al Sr. Grandchester. – El hombre cabecea hacia el aludido. – Mi esposo.
- Encantado de volver a verle, Sr. Grandchester.
George no mueve ni un solo músculo de su pétreo rostro, aunque imagino que ha sido toda una sorpresa … ¿o no? Tal vez Albert ya le haya puesto en antecedentes de la situación … y no me extrañaría que así fuera. Enseguida salgo de dudas, cuando George se gira hacia Patty y musita:
- Bienvenida, Sra. Andrew.
- Gra … gracias, George.
Andy me sonríe mientras se encarga de las maletas, ayudado por el resto de hombres, y Albert nos insta a que subamos al coche. Patty y yo obedecemos, acomodándonos en el amplio espacio trasero, mientras veo cómo Albert habla con George rápidamente, serio el semblante, y debo concentrarme en lo que Patty me está diciendo.
- Estoy tremendamente nerviosa … - susurra - … William me ha comentado que varios importantes miembros de la familia ya han llegado a la ciudad …
- ¿De veras? – Alzo las cejas, sorprendida. Pero enseguida sacudo la cabeza. – Lo que debes hacer es estar tranquila. No sucederá nada, ¿de acuerdo? Todo esto está minando tu salud, y no vamos a consentirlo … lo más difícil ya está hecho. – Sonrío con valor. – Estamos casadas … les guste o no a los Andrew …
- No es eso, Candy …
Pero Patty se interrumpe bruscamente cuando el resto de pasajeros se sube al automóvil, y Andy arranca el vehículo, adentrándose en el tráfico de la ciudad.
-Terry-
La mansión Andrew se alza majestuosa e intimidante en la lejanía, mientras el automóvil aborda la gran avenida de entrada. Está diferente a como la vi la última vez que estuve allí, en la fiesta de cumpleaños de mi amor, llena de luz e invitados por todos lados … y, de hecho, creo que en aquella ocasión estaba muchísimo más alterado que ahora. No sabía qué iba a suceder con Candy, y eso me carcomía. Supongo que el convertirla en mi esposa después de tantos años de anhelo, ha suscitado que me envuelva un aura de serenidad imposible de romper. Un punto a mi favor, ya que percibo que el resto de los presentes está a punto de vomitar de tensión y nervios.
Por fin voy a conocer a la matriarca, la mujer que ha hecho sufrir a lo que más amo en esta tierra. Y deberás contenerte, Terry, tal y como has prometido, y hacer lo que de hecho mejor se te da, por desgracia: comportarte como un perfecto caballero. La situación es delicada para todos, y debemos solucionar todo de la mejor manera posible. Además, Candy y yo deberemos estar en Nueva York para mediados de septiembre a mucho tardar, ya que el transatlántico que nos conducirá a Londres nos espera.
La conversación dentro del auto no se recordará como una de las mejores que hayamos tenido entre los cuatro, pero ciertamente, era de esperar. Observo a Candy mirar por la ventanilla y aprieto su mano, haciendo que gire la cabeza en mi dirección y me regale su hermosa sonrisa. Está nerviosa, a pesar de todo. Desearía decirle muchas cosas en este instante … pero no estamos solos, así que me contento con apretar su pequeña mano.
El coche bordea la rotonda de entrada y se detiene suavemente ante la escalinata de piedra. La mansión es grande, de piedra gris y construida en cruz, con alas que se extienden hacia atrás, hacia un amplio bosque que puede apreciarse desde aquí. No es algo que pueda sorprenderme, no a mí, de hecho, ya que la propia mansión Grandchester es más extensa aún … y nunca he podido con este tipo de cosas, supongo que porque quise huir de todo eso durante demasiado tiempo. Pero ahora me lo tomaré como un alto en el camino, y ese bosque me provoca deseos de cabalgar … y tal vez trepar con una hermosa mona pecosa de ojos verdes a mi lado. La sola idea me hace sonreír.
- Sr. William … me han ordenado decirle que, en cuanto se haya instalado, lo conduzca a la biblioteca … - George lo mira intencionadamente - … le están esperando.
Albert asiente mientras todos nos apeamos del coche y seguimos a George hacia la entrada.
- Nos os preocupéis por las maletas … - oigo que dice Albert - …Candy … ¿hablarás con Watters para …?
Mi esposa lo interrumpe, alzando una mano y sonriendo.
- No te preocupes, Bert …
Veo cómo Albert sonríe, aunque no pueda disimular la tensión de su rostro, y susurra algo a Candy, para a continuación, tomar por la cintura a su esposa y precedernos al interior de la gran casa, siguiendo a su ayudante.
El mayordomo de los Andrew nos recibe con una ancha sonrisa y una reverencia, saludando a sus señores con verdadero afecto.
- Sr. William, Srta. Candy … - Los aludidos le devuelven el saludo con cariño, y Patty y yo somos presentados a continuación, observando con perverso placer cómo casi se le cae la mandíbula al pobre hombre al conocer las nuevas noticias. Se recompone en un tiempo récord, y enseguida se hace cargo de la situación. – Sus habitaciones ya están preparadas, señor, a no ser que prefiera otras dependencias …
- No, es perfecto, Watters. Mi esposa se siente indispuesta por el viaje y necesita descansar. – Patty se sonroja ligeramente, pero Albert la sostiene firmemente por la cintura y se dirige hacia la gran escalera que conduce al piso superior.
Noto a Candy sujetarse a mi brazo, y nos miramos un momento, siguiendo a continuación a los demás.
-Patty-
En cuanto entramos a la habitación de William, me dejo caer abatida en el primer diván que encuentro a mi paso. Las náuseas están acabando conmigo. Cada vez son más continuadas, y no solo son matutinas, sino que en mi caso ya duran casi todo el día. Estoy comenzando a preocuparme. No sé si todo irá bien. Cierro los ojos un segundo, intentando recomponerme, y noto las manos de mi esposo en mi rostro, abriendo los ojos nuevamente para observar su semblante preocupado.
- Estoy bien, cariño …
- Daré orden a Watters de que avise al doctor para que te haga una visita esta tarde …
- No, no es necesario … - Intento incorporarme con el ceño fruncido, pero William me sujeta por los hombros suavemente, pero con firmeza.
- Sí, sí es necesario. – Me acaricia el rostro y mi corazón se acongoja. Puedo percibir su tensión, su preocupación por todo lo que ha de tratar a partir de ahora.
- Lamento todo esto … bastantes problemas tienes ya como para que encima yo …
- Sssshhh, ni se te ocurra decirlo. – Me besa suavemente en los labios. – Odio tener que dejarte sola en este momento. He pedido a Candy que venga a echarte un vistazo …
- Oh, William … - Protesto.
- Esta es tu casa, no lo olvides ni por un segundo. – Sus celestes ojos me miran fijamente, con determinación. – Ahora tú eres la señora de mi casa, ¿de acuerdo? Cualquier cosa que necesites, Watters te la proporcionará. – Suspira ligeramente con el ceño fruncido, y yo solo quiero abrazarle. – Me están esperando, amor mío, debo irme. Acuéstate e intenta dormir un poco … - Sonríe con esa hermosa sonrisa que me da fuerzas. - … y no te preocupes por mí, estaré bien. – Me alzo un poco y me abrazo a su cuello, oyendo su suave risa en mi oído. – Eh, nena … todo irá bien. – Me aparta ligeramente y me da un beso en la nariz. – Estaré en la biblioteca … si me necesitas. – Me besa en la boca y se levanta, guiñándome un ojo y dirigiéndose hacia la puerta.
Súbitamente, me quedo sola y vuelvo a recostarme en el diván intentando controlar la respiración y esperando que las náuseas disminuyan. Pero unos golpes en la puerta me hacen fruncir el ceño. ¿Será Candy?
Sin esperar respuesta, una joven doncella se adentra en la habitación con nerviosa sonrisa.
- Buenas tardes, señora. Soy Birdy. El señor Watters me envía a atender sus necesidades.
- Oh … - Me quedo sin saber muy bien que decir. Lo único que me apetece es seguir tumbada. Intento sonreír, sin mucho resultado.
- Señora … - La joven observa mi rostro un momento y se pone inmediatamente en marcha. Se acerca a mí y me insta suavemente a volver a tumbarme, para a continuación dirigirse al baño parloteando. – No se preocupe, enseguida se sentirá mejor. – Entonces oigo cómo abre el grifo del agua y a continuación se acerca de nuevo a mí con una húmeda toalla. – Póngasela en la frente, señora, le hará bien. A mi madre le resultaba cuando ya no podía más con las náuseas … y claro, entre tanto niño … - Intento no parecer sorprendida.
- Yo … es decir … ¿a qué te refieres? – La joven se detiene un momento y me mira sonriendo.
- Está claro, señora … me he criado entre ocho hermanos y soy la segunda, así que ya puede imaginarse quién ha estado ayudando a mi madre en prácticamente todos los embarazos. Está en buenas manos.
-Candy-
Al entrar a mi antigua habitación, no puedo evitar que los recuerdos vengan a mí. Mi espacio en la mansión Andrew, sí, es justo que ahora sea la que comparta con mi flamante esposo. He vivido muchas cosas aquí, muchos sentimientos, muchos pensamientos … aún recuerdo la víspera de mi cumpleaños, cuando Albert entró en esta misma habitación, mientras yo soñaba despierta en la terraza con Terrence Grandchester … y ahora lo tengo frente a mí, convertido en mi marido. Es increíble que apenas hayan pasado … ¿tres meses?
Ese atractivo hombre que observo subrepticiamente se acerca lentamente a mí y se recuesta en el brazo del butacón, atrayéndome por la cintura, quedando nuestros ojos fijos los unos en los otros, muy cerca.
- ¿Qué está pasando por esa hermosa cabecita?
- Nada … - sonrío para restarle importancia - … sólo que apenas puedo creer que hayamos llegado hasta aquí …
- Pues créelo, amor. – Me besa en los labios. - ¿Qué te parece si nos damos una buena ducha antes de enfrentar a los leones? Supongo que nos darán carta blanca hasta la hora de la cena …
- Sí, creo que sí … Albert ya habrá ido a la reunión que le tenían preparada, con la tia Elroy a la cabeza … - Terry me observa fijamente y acaricia mi mejilla.
- Pronto terminará todo, cariño … y saldrá bien, tanto para nosotros como para ellos.
- ¿Tú crees?
- Lo creo. – Me abrazo a su cuello, suspirando.
- Me alegro tanto de tenerte a mi lado … - Mi marido me acaricia la espalda y suspira en mi cabello.
- ¿Qué me dices de lo de esa ducha juntos? – Yo me aparto un poco para observarle.
- He de ir a ver a Patty …
- Oh, nena, vamos … - Terry no disimula su fastidio.
- No está bien, Terry …
- Seguro que Albert ya se ha ocupado de ello. Estará descansando.
- Le he prometido que le echaría un vistazo … creo … creo que está embarazada.
- ¿De veras? – Acaricio su mejilla con dulzura.
- Sí … - Nuestros ojos se encuentran y súbitamente, los preciosos ojos de zafiro de mi esposo se oscurecen, siguiendo las líneas de mi rostro con asombrosa lentitud.
- ¿Estás bien?
- Claro que sí. – Le dirijo una tímida sonrisa. – Sólo que … bueno, me alegro tanto …
- Danos tiempo, preciosa … - Mi marido me alza la barbilla para que pueda encontrarme con sus ojos. – Todo llegará.
- ¿Tú … bueno, a ti te gustaría?
- ¿Tener un hijo contigo? – Yo trago saliva y asiento. Veo cómo su rostro se ilumina con una sonrisa y mi corazón palpita más fuerte. – Ya sabes que para eso hay que practicar mucho …
- ¡Terry! – Me sonrojo mientras él se echa a reír y me abraza.
-William-
Recorro despacio el pasillo que termina de nuevo en la rotonda de bajada al piso inferior, y me detengo en la barandilla, observando el vestíbulo más abajo. Ya ha comenzado, no sé qué es lo que va a suceder, pero ya ha comenzado, y debo dirigirlo todo de la mejor y más beneficiosa manera posible, tanto para Patty como para mí, así como también para Terry y Candy.
Noto la rigidez del cuello, y sé que es por la tensión de los hombros. Está bien, William, tranquilo. George me ha comentado que Elroy quiere verme lo antes posible. Y que Robert y Michael Andrew, los primos de mi padre, ya están en la ciudad y que llegan esta tarde a instalarse en la mansión. Probablemente la cena será digna de recordar.
Y encima Patty … Patty esperando un bebé. Mi hijo. Me paso las manos por el cabello y respiro profundamente. Es hora de ponerse en marcha.
Desciendo con rapidez las escaleras y enseguida Watters sale a mi encuentro.
- Señor, le esperan en la biblioteca.
- Lo sé … Watters, llama al Dr. Mills para que se pase en cuanto pueda a ver a mi esposa … no sé encuentra muy bien.
- Enseguida, señor. He enviado a Birdy a atender las necesidades de la señora.
- Perfecto … ah, Watters, en cuanto llegue el doctor, me avisas, ya que quiero estar presente, ¿de acuerdo?
- Sí, señor.
El hombre me hace un gesto con la cabeza y enfilo el pasillo en dirección a la biblioteca. Me detengo un instante frente a la gruesa puerta de madera y aprieto los puños. Sé de sobra lo que me voy a encontrar tras ella. Sé de sobra lo que voy a escuchar, lo que voy a tener que debatir … sé de sobra todo lo que esos fríos ojos grises van a reprocharme … pero, indirectamente, también sé que ella me quiere. A su extraña y dura manera, me quiere.
Empujo el pomo y la puerta se abre suavemente, entrando en la amplia estancia. Giro alrededor y enseguida la localizo, mirando los jardines tras el ventanal. Percibo su rostro sombrío y cansado, y una pequeña parte de mí siente lástima por ella, ya que no debemos olvidar que es una dama anciana, anclada en el pasado, en su propio mundo de normas ancestrales. Ella gira la cabeza y nuestros ojos se encuentran en la distancia.
- Hola, tía. – Ella no hace ningún gesto. Simplemente, se queda allí plantada, mirándome fijamente. Y yo, tras un instante de duda, me acerco lentamente a ella. - ¿Cómo estás? – Me paro a pocos pasos, pero no me acerco a besarla.
- William … - Y ante mi asombro, observo cómo una pequeña lágrima escapa de una de las comisuras de sus ojos, que ella se apresura a secar con sus temblorosos dedos.
