La joven rubia descarto el onceavo vestido que se probaba con un gesto de fastidio en el rostro, y se sentó abatida en una esquina del lecho, apoyando la barbilla en una mano. Estaba cansada, y sinceramente, no veía el momento de que todo terminara. Nunca había sido gran amante de los actos sociales, y no era ningún secreto que siempre había intentado eludir lo más posible cualquier evento al que no fuera imprescindible acudir, respaldada y ayudada por Albert, por supuesto, por lo que aún le resultaba más complicado estar en una casa donde cada paso que daba, cada esquina que doblaba, estaba encaminada a encontrarse con algún miembro de la familia Andrew dispuesto a juzgar su actitud.
Y encima el repentino regreso de Annie. ¿Qué habría sucedido? ¿Lo sabría Archie? Lo dudaba. El regreso de su primo estaba anunciado para el fin de semana, justo un día antes de la noche de la gran cena con la familia para la presentación de los nuevos matrimonios. Y ese ambiente opresivo que reinaba por doquier … Eliza Legan sembrando veneno allá por donde pasaba … ya había vuelto a encontrársela de nuevo esa misma mañana en los jardines …
Se levantó de pronto de la cama y se dirigió con paso rápido a la terraza posterior. La brisa de agosto proveniente de los árboles del extenso bosque acarició su rostro y calmó un poco su estado de ánimo. Sus ojos verdosos recorrieron indiferentes las copas de los árboles y suspiró, rememorando inevitablemente la conversación mantenida con su esposo la noche anterior: la primera discusión con Terry … de la manera más estúpida, por la cosa más estúpida … pero Candy creía firmemente que estaba obrando como debía. No era necesario que Terry supiera lo que había sucedido con Neil Legan hacía ya tanto tiempo. Aquello estaba olvidado, pertenecía al pasado … ¿o no?
Apretó los puños, intentando recomponerse. Debía sobreponerse y conservar la calma, ya que sabía que era absolutamente necesario, porque de hecho iba a tener que volver a encontrarse con Neil Legan en los próximos días. Candy siempre había sido fuerte, valiente … había afrontado muchas duras pruebas en su corta existencia y no temía las adversidades … pero en la soledad de su dormitorio, debía reconocer que Neil le asustaba. Le asustaba su mirada, el brillo de sus ojos cuando recorrían su cuerpo … Candy sentía que le faltaba el aliento y su corazón se encogía de terror. No sabía con certeza qué era lo que se le pasaba a Neil por la mente cuando la miraba … pero no deseaba descubrirlo jamás. Desde aquella noche, aquella maldita noche en que como una estúpida se dejó engañar creyendo que era con Terry con quien iba a reunirse y se encontró de frente con el mismísimo diablo, un miedo insano por Neil se había apoderado de ella. Sabía … no, sentía que Neil la deseaba, la deseaba con un deseo enfermizo que hacía que se le erizara la piel. Apenas soportaba su presencia. Y sabía por instinto que, si por alguna circunstancia llegaba a quedarse con Neil a solas de nuevo en alguna habitación, él intentaría de nuevo hacerle daño.
Y no, no podía contarle todo aquello a Terry … porque su esposo lo mataría. Y Candy jamás permitiría que le sucediera nada a Terry … y menos por Neil Legan. Y aquella, en síntesis, era la razón de sus desavenencias. Terry intuía que algo le ocultaba relacionado con Neil, tras el desafortunado comentario de Eliza, y Candy no deseaba contárselo, debía proteger a su marido. Terry se enfadó muchísimo, hasta tal punto que apenas se habían dirigido la palabra desde la noche anterior.
Y ahora allí estaba, intentando elegir algo presentable que ponerse para ir con Patty a ver a Annie, sin saber con certeza dónde se hallaba su marido en aquellos momentos.
Cuadró los hombros y se irguió, apartando las dos lágrimas que habían rodado por sus mejillas, y se giró, entrando de nuevo a la habitación.
Ya casi estaba lista, sólo debía encontrar un abrigo adecuado y retocarse un poco ante el tocador para disimular convincentemente la palidez de su rostro. A pesar de haberse maquillado, el día estaba siendo especialmente duro, y se había pasado la mayor parte del tiempo vomitando en el baño. Ya entraba en el segundo trimestre del embarazo, ¿cuándo demonios iba a parar aquello?
Se observo detenidamente en el espejo y se giró un poco. Sí, ya comenzaba a notársele un poquito. Sonrió sin poder evitarlo y se acarició suavemente el abdomen.
- Eres lo más hermoso que he visto en mi vida. – La ronca voz acarició sus sentidos e hizo que sonriera más ampliamente, a tiempo de ver acercarse a su apuesto marido hasta ella, para tomarla por la cintura.
- No te esperaba … - Se alzó de puntillas para rodear su cuello con los brazos y besar suavemente sus labios.
- Tengo una reunión con el consejo dentro de diez minutos. – Suspiró William. – Pero he decidido escaparme un momento para darte un beso.
- Entonces hazlo. – Susurró ella.
El joven sonrió con picardía y se apoderó de los labios de su esposa con pasión, mientras ella se apretaba contra él acariciando su nuca. Fue William quien finalizó el encuentro, encontrándose con el enfurruñado gesto de la joven.
- No es suficiente … - Oyó la suave risa de él.
- Lo es por ahora, amor … - Ella volvió a apretarse contra él.
- Te echo de menos, William …
- Lo sé.
- ¿Cuándo … - pareció turbada un segundo – es decir, cuándo volveremos a la normalidad?
- ¿A la normalidad? – Arqueó una ceja divertido.
- Ya sabes a qué me refiero. – Frunció ella el ceño, apartándose. – Y no es divertido. – Él volvió a tomarla por la cintura, intentando mantener serio el semblante.
- Vamos, nena, ven aquí … - le acarició la mejilla. – Sé que todo esto está siendo opresivo y agobiante. Pero pronto pasará, ¿de acuerdo? Y entonces nos quedaremos solos, por fin, tú, yo … y nuestro bebé. – Deslizó una mano tiernamente por el ligeramente abultado abdomen mientras sus ojos se encontraban. Patty acarició su pecho.
- Está noche cuando vengas a la cama, despiértame, ¿de acuerdo? – Su marido sonrió con cierta picardía.
- Cariño, sabes que no …
- Ssssssshhh, lo sé, lo sé … pero no hay nada de malo en que juguemos un poco, ¿no? – William se echó a reír, meneando la cabeza. La besó ligeramente en los labios y la apartó con suavidad.
- Eres imposible, señora Andrew …
Ella observó cómo su esposo se desabrochaba el chaleco y se desataba el nudo de la corbata mientras se dirigía al baño.
- ¿Vas a darte una ducha?
- Así es. – Contestó por encima del hombro, consultando su reloj de bolsillo. – Y tengo exactamente cinco minutos. – Le guiñó un ojo, iluminándola con sus brillantes ojos azules. – No tardes mucho, querida, sabes que debes descansar …
- No te preocupes. – Le dijo ella, cogiendo el abrigo y el bolso del diván y evitando su mirada. Su marido era muy perspicaz, y no quería que descubriera lo mal que se sentía en esos momentos. Sabía que lo que debería hacer era meterse en la cama, pero no iba a dejar de ir a ver a Annie.
Annie Brighton Cornwell, sentada muy quieta frente a uno de los grandes ventanales de su antigua habitación, intentaba calmar los turbulentos latidos de su corazón, respirando profundamente. Se había sentido un tanto perdida una vez llegó a la estación de Chicago, ya que dudó si ir a la mansión Cornwell, aun sabiendo que hubiera sido lo correcto, dadas las circunstancias, pero no se sintió con fuerzas para enfrentarse a su esposo, no aún. Necesitaba unos momentos para centrarse y recuperar la serenidad.
Se había pasado todo el viaje en tren prácticamente derramando lágrimas amargas. Su cuerpo y su mente se hallaban agotados, sin fuerza … y sin vida. Incluso sus padres se sintieron abrumados, a pesar de la sorpresa inicial de verla ante su puerta, por lo demacrado de su rostro. Agradeció infinitamente que no le hicieran preguntas y la dejaran retirarse a descansar. Apenas había tocado la comida de la bandeja que una doncella le había subido la noche anterior, pero ya estaba levantada al alba, y ahora se hallaba dispuesta a enfrentarse a las preguntas que estaba segura se sucederían en los siguientes días. Sus padres le habían dejado su espacio, tal vez intuyendo que era lo que ella necesitaba en esos instantes, y solo le habían comunicado la visita que realizarían sus amigas aquella tarde.
Se levantó lentamente del diván y se acercó al espejo de cuerpo entero apostado en una esquina de la amplia estancia. Se sentía una extraña en su hogar. Aquella habitación, que lucía exactamente igual a como la había dejado ella cuando se mudó a vivir con su esposo, no le aportaba la seguridad que había intentado buscar desesperadamente. Sus ojos azules brillaron mientras las lágrimas rodaban por su pálido rostro. Sabía muy bien dónde hallaría esa seguridad … en una cabaña, a miles de kilómetros de allí … un lugar al que jamás podría regresar. Se tapó la boca con la mano, ahogando un sollozo. Sus pensamientos volaban hacia él una y otra vez … a su rostro, a su dolor cuando descubriera que no estaba esperándolo … cuando leyera aquella carta poblada de mentiras …
Unos suaves golpes en la puerta hicieron que se secara el rostro rápidamente y se diera la vuelta para ver cómo su madre entraba a la habitación, con preocupado semblante.
- Annie, querida … no quería importunarte, pero tu padre y yo creemos que deberíamos tener una pequeña conversación …
- Claro, madre, adelante.
La mujer se sentó junto a su hija en los divanes frente a los ventanales, y le cogió la mano con ternura, observando su rostro.
- ¿Estás bien, mi niña? – La dulce pregunta estuvo a punto de hacer que todas las defensas de Annie se derrumbaran, pero con un gran esfuerzo logró mantener la compostura.
- Sí, mamá, lo estoy. – Sonrió, intentando dar veracidad a sus palabras. – Lamento haberos dado motivos de preocupación, pero te aseguro que estoy bien. Me han dado el alta en la residencia, y mi psicoterapeuta dice que estoy preparada para afrontar el día a día. – Carraspeó. - Decidida y preparada a cumplir con mi deber. Esta tarde me marcharé a mi casa. – Su madre no pudo evitar la sorpresa en su rostro.
- Pero, querida … sabes de sobra que este es tu hogar, tu padre y yo no queremos ni por un segundo ….
- Lo sé, madre, no te preocupes. Pero el tratamiento me ha ayudado muchísimo, de verdad. – Intentó mantener los ojos fijos en el rostro de su madre sin revelar sus verdaderos sentimientos. – Estoy preparada para luchar por mi matrimonio.
- ¿Es eso lo que deseas? – Su madre la miró con tristeza.
- Eso es lo que debo hacer, mamá, lo sé.
- ¿Ya … ya has hablado con Archie? – Annie negó con la cabeza, tragando con fuerza.
- No … me han dicho que se encuentra de viaje …
- Así es … pero creo que está a punto de regresar … - La joven respiró con fuerza y sonrió débilmente.
- Perfecto … lo esperaré en nuestro hogar.
- Oh, cariño … - La señora Brighton abrazó a su hija con fuerza, y al apartarse, sonreía. – Estamos muy orgullosos de ti. Ya verás cómo a partir de ahora todo va a ir mucho mejor.
Y tras otra conversación con su progenitor y tratar de calmar los ánimos de sus padres lo mejor posible, Annie recibió a sus amigas a las puertas de la mansión Brighton, con las maletas preparadas, para que la condujeran a la mansión que a partir de ese instante sería de nuevo su hogar: junto a su marido.
Y no fue hasta que las tres estuvieron sentadas en el amplio salón de la mansión Cornwell, con el servicio de café humeando ante ellas y toda la casa revolucionada y cuchicheando ante la inesperada vuelta de la señora, que Annie no pudo relajarse lo suficiente como para pensar que podía sincerarse con aquellas dos jóvenes que amaba como a hermanas.
- Es increíble, Patty … - Susurraba Annie, acariciando suavemente la ligera curva del abdomen de Patty. – Apenas he estado dos meses fuera … ¿qué os ha pasado en este tiempo? Casadas, embarazada … - Arqueó una ceja hacia Candy.
- No, no … - Alzó esta las manos con gesto de sorpresa, y las tres se echaron a reír.
- ¿Cómo te encuentras? – Patty suspiró.
- Pues no muy bien, la verdad … las náuseas y el malestar van a acabar conmigo … - Annie asintió con cierta tristeza, y Patty le apretó la mano compungida.
- Oh, Annie, lo siento, yo …
- No, tranquila, está bien, no pasa nada … - sonrió la morena. – lo he superado, no te preocupes …
Continuaron charlando sobre todo lo que les había sucedido en Nueva Orleans y posteriormente, sobre la situación que se estaba viviendo en la mansión Andrew. E inevitablemente llegaron al tema de Archie.
- Parece ser que Archie llegará para el fin de semana. – Le dijo Candy, sentada a su lado. - ¿Sabe ya que has vuelto?
- No lo creo. Imagino que le habrán mandado un telegrama aquí, a la mansión, así que … - Annie se encogió de hombros. – Sorpresa, sorpresa.
- ¿Estás bien, Annie? – Sus amigas la observaban analíticamente. Estaban preocupadas, Annie las conocía bien, pero asintió, tragando con fuerza ante el nudo que se le estaba formando en la garganta y sonrió. Súbitamente supo que no podría contarles nada de Matt. No podría. A pesar de ser sus queridas amigas, sus hermanas, no podría contarles, explicarles lo que sentía por aquel maravilloso hombre. No a las puertas de volver con Archie e intentar dar sentido de nuevo a su matrimonio.
- Lo estaré. – Susurró y a continuación con mayor determinación. – Archie y yo hemos pasado por una gran crisis, no voy a ocultarlo. Pero el marcharme ha sido lo mejor que me ha podido suceder para darme cuenta de que quiero luchar por mi matrimonio.
Las jóvenes continuaron charlando hasta que la tarde cayó sobre ellas y Patty ya no pudo disimular más su agotamiento, con lo que se despidieron de Annie, prometiendo volver lo antes posible a estar con ella y pidiendo que la joven también las visitara en la mansión Andrew.
Annie súbitamente se quedó sola en aquella mansión que antiguamente había sido su hogar y se dejó llevar un solo momento por el pánico, para a continuación tomar las riendas y comenzar a organizarlo todo de nuevo. Se deshicieron las maletas en la habitación principal y organizó las tareas de la mansión. Se sorprendió a sí misma al constatar que había costumbres que no se perdían, a pesar de que pareciera que había transcurrido una vida desde la última vez.
- Señora … - El mayordomo Jackson pareció algo turbado al hacer la pregunta. – Disculpe … ¿llevamos sus cosas a su antigua habitación o …?
- A la habitación principal, Jackson, a la de mi esposo. – Dijo la joven con firmeza, pero sonrió al turbado mayordomo. Muy bien, Annie, no te andas con rodeos, vas a poner toda la carne en el asador. - ¿Cuándo dijo el señor que iba a regresar?
- Para el fin de semana, señora. Dijo que estaría para la cena con la familia Andrew.
Cenó sola en el comedor y la oscuridad la sorprendió en aquella habitación, intimidada por el alto y enorme lecho que la presidía, aquel lecho que le traía amargos y dolorosos recuerdos … y un escalofrío recorrió su cuerpo y se estremeció de pies a cabeza. Si ahora se sentía así, ¿cómo sería cuando estuviera metida en él con Archie a su lado?
Meneó la cabeza con fuerza intentando ahuyentar los malos pensamientos que venían a acosarla. Debo sobreponerme, se decía una y otra vez, debo hacerlo, si quiero que esto funcione. Y de pronto, de entre la oscuridad, unos ojos ambarinos surgieron para reconfortarla, un hermoso cuerpo, un rostro atractivo, una sensual sonrisa … y ya no pudo más. Cayó con fuerza en aquella cama de desdicha, llorando desconsolada, abandonándose a su absoluta desesperación.
- ¿Qué demonios …? – Annie alzó la cabeza bruscamente y se levantó como un resorte de la cama, al descubrir una figura a pocos pasos de ella. - ¿Annie? – La joven retrocedió asustada mientras la alta figura se acercaba, para descubrir sorprendida que tenía ante ella a un estupefacto Archibald que la miraba con absoluta incredulidad. - ¿Qué estás haciendo aquí?
Candy terminó de peinarse el largo cabello rubio y lo dejó caer suelto sobre la espalda, enroscándose instantáneamente sus rizos y enmarcando su adorable rostro. Había estado pensando en cortárselo, pero cuando se lo había comentado a Terry, este se lo había prohibido categóricamente. Su esposo adoraba enredar sus dedos entre sus largos y dorados cabellos … aunque, ahora …giró lentamente la cabeza hacia la terraza de la habitación donde en ese instante se encontraba Terry fumando otro cigarrillo. Su esposo seguía malhumorado, enfadado. La trataba con cortesía y amabilidad, pero se mantenía distante, algo que hacía sufrir intensamente a Candy. Y no podían continuar así.
La noche era ciertamente calurosa, la suave brisa que entraba por entre los cortinajes no refrescaba el ambiente. Candy prescindió de su bata y se dirigió descalza, ataviada con el ligero salto de cama, al encuentro de su esposo. El joven se hallaba ante la barandilla de piedra, de espaldas a ella, fumando en silencio y mirando la oscuridad que se extendía más allá. Candy se acercó a él en silencio, aunque sabía que él había notado su presencia, y se situó a su lado, sin atreverse a tocarlo.
- ¿Cuánto tiempo más va a durar esta tortura? – Terry dio otra lenta calada a su cigarro y expulsó el humo antes de contestar, sin mirarla.
- Me dijiste muy claramente que no debía meterme en tus asuntos. – La joven suspiró, intentando contener las lágrimas sin resultado. Era cierto que se había excedido. Ambos tenían carácter y en el calor de la discusión se habían dicho cosas que no sentían en absoluto.
- Lo sé, y lo siento. – Susurró la joven con voz trémula. - ¿Has dejado de quererme?
- Oh, Candy … - El joven tiró la colilla del cigarro y se giró hacia ella, sentándose en la barandilla de piedra, mientras Candy se secaba las lágrimas de las mejillas. – El amor no tiene nada que ver aquí …
- ¿Ah no? ¿Y por qué siento que estás a kilómetros de distancia? – El joven apretó la mandíbula, brillantes sus ojos de zafiro al observarla.
- ¿Qué juramos en nuestra boda, Candy? – La joven sollozaba quedamente, parada a pocos pasos de él, y Terry se moría por tomarla entre sus brazos y besar cada poro de su piel hasta borrar toda la tristeza de su cuerpo … pero debían hablar.
- Terry … - Candy respiró profundamente. – No deseo ocultarte nada, de veras …
- Sin embargo, hay algo que no quieres decirme, ¿por qué? – La joven meneó la cabeza y se giró un poco hacia la oscuridad del bosque, pero él la tomó por la barbilla y la obligó a mirarlo. - ¿Por qué, Candy? – Y al observar aquel rostro amado, ya no pudo más.
- ¡Porque no quiero que te suceda nada malo! – Sollozó, y súbitamente se echó a los brazos de Terry, llorando con amargura.
Este la tomó instintivamente entre sus brazos, acariciando su espalda y su cabello. Al cabo de un momento, la apartó ligeramente, para poder observar su rostro.
- Eres mi esposa, Candice Graham, y te amo más que a mi vida. Ayer, al decirme que no me metiera en tus asuntos, sentí como si me clavaras una daga en el corazón. Tus asuntos son los míos, amor mío, ¿comprendes? Ahora entiendo que lo estás haciendo para protegerme … no sé de qué, porque soy yo quien debería protegerte a ti, e intuyo que algo grave debió de suceder en el pasado para haber llegado a esta situación. Y todo ello me preocupa aún más … lo único que deseo es ayudarte. – Candy enterró el rostro en su cuello, y al cabo de unos instantes, Terry la cogió en brazos y se adentraron en la habitación.
Su esposo la depositó suavemente frente al tocador y tomando un pañuelo, le secó suavemente el rostro, mirándola a los ojos. A continuación la besó suavemente en los labios, y la joven suspiró.
- He de pedirte algo, Terry … - Él arqueó una ceja. – Apelo al amor que sientes por mí, y solo te pido una cosa: que no me dejes.
- ¿Dejarte?
- Te pido que continúes a mi lado … a pesar de las circunstancias, y que no hagas nada para enturbiar ese hecho.
- No comprendo, Candy …
La rubia se apartó de su esposo y se dirigió al lecho, sentándose en una esquina del mismo, mirando a la nada.
- Si no te conté esto antes, fue por el miedo a perderte, a que puedas hacer algo que te perjudique … - Sus ojos se encontraron, y él se acercó lentamente, con rostro preocupado.
- ¿De qué estás hablando?
- Es cierto que algo sucedió con Neil Legan … - Candy vio cómo se tensaba el cuerpo de Terry, pero su esposo se sentó a su lado en silencio, y ella le tomó la mano. – Un tiempo después de volver de Nueva York, cuando saltó la noticia de que habías dejado Broadway, de que nadie sabía donde estabas … en aquel tiempo yo vivía sola en un pequeño apartamento de Chicago, Albert había perdido la memoria y dependía de mí … y yo no sabía nada de la familia Andrew ni de que Albert era en realidad el tío William … sólo intentaba abrirme camino en mi profesión, e intentaba olvidarte … - La voz de Candy se apagó y Terry apretó su mano. – Apenas tenía dieciocho años … y estaba asustada … y muy deprimida. Me preocupé terriblemente por tu situación, y entonces, una noche que salía del trabajo, un hombre se me acercó y me instó a que lo acompañara a encontrarme con Terrence Grandchester. – Terry no disimuló su gesto de sorpresa. – Y yo lo seguí como una tonta, creyendo firmemente que iba a reunirme contigo, que estabas en Chicago y que me necesitabas. – La joven suspiró, intentado que su voz no temblara. – Llegamos a una mansión a las afueras de la ciudad, y el hombre me aseguró que me aguardabas en el interior. Pero no eras tú … era Neil Legan. – Terry la observaba horrorizado.
- ¿Qué … - le costaba pronunciar palabra- …qué te hizo …?
- No pudo hacer lo que pretendía … - Las lágrimas rodaban por el rostro de la joven. – Me defendí … y no sé cómo logré apartarlo. Hubo un momento en que creí que no lo lograría …
Inevitablemente las imágenes acudieron a su mente. Neil agarrándola, intentando atraparla, manosearla … súbitamente notó que Terry se había levantado y daba vueltas alrededor, con el rostro lleno de odio.
- ¿Qué te hizo? ¿Qué te hizo el malnacido? ¡Juro que lo mataré!
- ¡No, Terry! – Candy se había acercado a él.
- ¡Lo destrozaré! ¡Lo …! – Terry había alzado la voz, perdido el control.
- ¡Basta, Terry! – Candy cayó en la cama, sollozando con fuerza, y Terry se paró en seco y en un segundo estuvo a su lado.
- Oh, Candy … oh, amor mío … - La tomó entre sus brazos.
- ¿Comprendes, Terry? ¿Comprendes por qué no quería contarte nada de esto? – Candy cogió el rostro de su amado entre sus manos. Los ojos del color del zafiro brillaban como llamas ardientes. Terry se debatía entre el odio insano que sentía por Neil Legan, y el amor incondicional por su esposa. – Si le haces algo, Terry … ¿qué sucederá con nosotros? Te encerrarán … y ya no podríamos estar juntos … - El joven meneaba la cabeza.
- Pero ese cerdo …
- Sí, estoy de acuerdo … pero ya pasó. Y en realidad, no pudo hacerme nada. Lo derribe de un golpe … - Terry parpadeó, respirando profundamente, intentando encontrar la serenidad que sabía que debía encontrar desesperadamente para no volverse loco y salir en busca de Neil y matarlo. Al cabo de unos instantes, una chispa de diversión cruzó sus ojos.
- ¿Lo derribaste? – La joven se encogió de hombros con soltura, y Terry se permitió una débil sonrisa. – Esa es mi chica …
Ella se abrazó a su cuello y ambos se relajaron, envueltos en su amor y su proximidad.
- Neil se las ingenió para que la tía Elroy ordenara nuestro matrimonio.
- ¿Qué? – Terry se echó hacia atrás.
- Pero afortunadamente, de nuevo Albert me salvo, cuando súbitamente se presentó como el tío William Andrew y anuló el compromiso. – Sonrió Candy, aunque nuevamente su hermoso rostro se nubló. – Aunque te podrás imaginar que los Legan nunca me lo han perdonado … y sobre todo, Neil …
- Si te toca un solo pelo de la cabeza, lo mataré …
- Oh, Terry …
- Ahora lo comprendo todo, amor … - alzó su rostro con un dedo – comprendo tus razones. Y estás en lo cierto, como siempre. Sé que he de serenarme y llevar esta situación con calma y mantener la cabeza fría. – Sus ojos se oscurecieron y brillaron con culpabilidad y tristeza al observar su rostro. – Lo siento … ¿Ves? Ya te dije que no sería la última vez que te diría lo siento … - carraspeó – siento no haber estado aquí, siento haberte dejado sola ante ese hijo de perra …
- Sssshhh … - Lo interrumpió ella. – No te tortures, amor mío, cada uno tuvimos que lidiar con nuestros propios demonios …
- Intentaré mantener la calma, Candy … pero te juro que si se atreve a tocar un solo pelo de tu cabeza … - Terry no pudo terminar la frase, el rostro desencajado de rabia y tensión.
- No lo hará, amor mío, no lo ha hecho hasta ahora … - Terry se levantó, cogiendo otro cigarrillo de la pitillera que había dejado encima del tocador, y se pasó una mano por el cabello.
- Lo que no comprendo es cómo Albert consiente que ese cerdo pise esta casa, y que siquiera pueda estar junto a ti en la misma estancia … - Dio una calada con la mandíbula tensa, apretando los dientes. – Creo que no debería acudir a la cena, ni tampoco a la fiesta …
- Pero eso es imposible, Terry, es de la familia … - Susurró Candy, compungida.
- ¿De la familia? – Escupió él. - ¿Una familia que consiente y acepta lo que ha sucedido, lo que ese cerdo ha intentado …? – La voz de Terry salía rota por la ira contenida.
- La tía Elroy no lo consentiría … y de todas formas, Neil no osaría hacer nada estando tú junto a mí …
- Que lo intente el malnacido …
- Terry, por favor … - Candy se levantó, acercándose a él y rodeando su cintura con los brazos, mirándolo con el corazón en los ojos. – Prométeme que te mantendrás al margen … - Él resopló. – Sólo unos pocos días más …- acarició su tenso rostro - … y nos marcharemos … por favor … - Al cabo de unos segundos, él asintió imperceptiblemente, aún en tensión.
- Está bien …
- Entonces bésame … - Él meneó la cabeza. – Vamos, Grandchester, es una orden …
- ¿Por qué tendría que ir yo a esa estúpida recepción? – El joven de cabello oscuro y rostro anguloso, se hallaba desnudo, fumando un cigarrillo, apostado frente al ventanal e iluminado su cuerpo por las luces nocturnas de la ciudad, mientras miraba de reojo a la joven de cabello cobrizo que se desperezaba en el revuelto lecho.
- Porque eres mi prometido, querido …
- Ya … - El joven se volvió hacia la ventana, ocultando el gesto de desdén que había cruzado su rostro, mientras seguía fumando.
No amaba a la joven que había pedido en matrimonio. Eso era algo claro y tangible. Su compromiso había sido estudiado minuciosamente por ambas familias y establecido de acuerdo con las necesidades de cada una. La familia de Stuart Robson siempre había estado interesada en emparentarse, aunque fuera indirectamente, con los Andrew, y el matrimonio de su hijo con la hija de los Legan les posibilitaría el abrirse a otras ramas de las finanzas hasta ahora vedadas para ellos. Las ventajas de ese hecho eran que Eliza se había descubierto como una joven de mente … y piernas … abiertas. Stuart ya conocía de antemano la reputación de la joven, pero no había podido evitar sorprenderse gratamente cuando Eliza le había dejado meterse en su lecho al poco de conocerse. Y lo cierto es que era una gran amante. El joven frecuentaba a otras mujeres, pero siempre volvía junto a ella. Aunque odiara reconocerlo, y a pesar de que no soportar el carácter egocéntrico, egoísta y altanero de su futura esposa, le encantaba fornicar con ella. Porque eso era lo único que hacían bien juntos: fornicar. Y tristemente debía constatar, que lo tenía bien pillado en ese sentido.
- Stuart, ¿me estás escuchando?
- ¿Qué …? – El joven meneó la cabeza como para despejarse, y súbitamente, frunció el ceño. – Eliza, ¿has tomado precauciones? Te lo dije antes de empezar …
- Pues claro que sí, ¿por quién me tomas? – Contestó ella enervada.
- Hemos de ir con cuidado … la boda no es hasta dentro de seis meses …
- Lo sé, lo sé … no soy tan estúpida como para dejar que me cargues con un hijo en este momento … - Ella hizo un gesto de fastidio y se irguió como una gata, acercándose al joven parado ante el ventanal, con una provocativa sonrisa. – Te prometo que vas a disfrutar mucho en esa recepción …
- ¿A sí?
- Ajá … - Lo miró lasciva, acariciando su pecho con los dedos, y descendiendo lentamente hacia abajo. Stuart arqueó una ceja y le cogió la muñeca, haciendo que Eliza soltara una carcajada.
- Basta por hoy …
- Oh … ¿has tenido suficiente? – Se apartó bruscamente y se dirigió a la barra de bebidas.
- ¿Qué demonios te sucede esta noche? – Ella se encogió de hombros, sin mirarle.
- Supongo que estoy alterada …
- ¿Por qué? ¿Es por esa huérfana, como siempre?
- ¿No ves en qué estado se encuentra mi hermano? Y todo por culpa de esa ramera … encima, tiene la desfachatez de casarse a escondidas y volver a la ciudad con su nuevo maridito, como si no hubiera pasado nada … - Stuart suspiró, alzando los ojos al techo y pasándose una mano por el cabello revuelto.
- Tu hermano es especialista en buscarse problemas solito …
- ¡Stuart! – Eliza se giró bruscamente a enfrentarlo. Sus negros ojos lo taladraron, pero enseguida se llenaron de lágrimas. – Ya sé que mi familia te importa una mierda …
- Oh, vamos, no dramatices, no te pega nada … - Masculló el joven, y se volvió hacia el ventanal. La joven se mordió el labio y frunció el ceño, para a continuación, acercarse a él lentamente. Acarició suavemente la espalda de su prometido con las yemas de los dedos y pudo apreciar que este se erguía bruscamente, pero no se apartaba. – Eliza … ya te he dicho que basta por hoy …
- Bueno … tú no tienes que hacer nada … - Susurraba la joven contra su piel, mientras su lengua trazaba curvas descendentes hacia un único objetivo.
Pronto lo tuvo donde ella quería, apoyado contra el ventanal, gimiendo, mientras ella se apoderaba de su miembro, cada vez más erecto.
- ¿Por … qué … haces esto? – Jadeaba Stuart, mientras ella movía su boca y su lengua sobre su largo pene.
- Porque me gusta … - Eliza se irguió y se puso ante él, estudiándolo. Stuart estaba jadeante, muy excitado, los ojos dilatados … no iba a costarle mucho. - ¿Me deseas? - Por toda respuesta, él la agarró del cabello y la besó con fuerza en la boca, manoseando sus senos con fruición. Fueron acercándose lentamente hacia la barra de bebidas de la esquina, mientras se besaban y se tocaban. - ¿Quieres entrar aquí? – Eliza se chupó un dedo y se tocó lentamente su zona íntima, mientras el joven jadeada de excitación
- Sabes que sí … - La espalda de la joven chocó contra la barra y Stuart aprovechó para agarrarla por las nalgas, pero ella le puso las manos en el pecho, deteniéndolo. De pronto, lo miró muy seria.
- Entonces … si quieres volver a entrar aquí … tendrás que ayudarme. – Él se echó ligeramente hacia atrás, la respiración agitada.
- ¿Qué quieres? – Ella sonrió perversa.
- Quiero que utilices tus contactos en el puerto para hacer desaparecer a una persona …
- ¿Qué? ¿Estás loca? – El joven se apartó unos pasos.
- No estoy loca. Te juro, Stu, que si haces esto por mí, yo te haré el hombre más feliz de la tierra por el resto de tus días. – Sus ojos negros recorrieron el cuerpo de su prometido de arriba abajo, y este no pudo evitar estremecerse. – Te juro, aquí y ahora, que si haces lo que te pido, jamás oirás una queja de mis labios, dejaré que me hagas lo que gustes … tanto dentro como fuera de la cama … y tampoco me quejaré de tus amantes … y … - Sonrió lasciva. - … estoy abierta a todo tipo de propuestas … - El joven tragó con fuerza, no se había dado cuenta de que la miraba con la boca abierta. Eliza se acercó y le acarició el rostro. – No te será difícil. Sé que tienes muchos contactos, y sé que ni siquiera podrían llegar a ti … es simple: contrata a alguien para que la secuestre, la meta en un barco mercante y se la lleve lejos … muy lejos de aquí … - Susurraba la joven en sus labios.
- Y creo que no tengo ni que preguntar quién es la afortunada …
- Me conoces muy bien … - Rió ella, y lo besó suavemente. El joven tenía el ceño fruncido y respiraba con dificultad.
- No soy un malnacido, Eliza …
- Pues claro que no, amor mío. Si ni siquiera tendrás que pensar en ello … simplemente, desaparecerá … y todos seremos mucho más felices. Ahora es la oportunidad perfecta … en la fiesta de los Andrew habrá mucha gente … - La joven volvió a tomar el miembro de su prometido entre sus manos, frotándolo, mientras él se mordía el labio. – Tú déjamelo a mí … ahora tienes que concentrarte …
Volvieron a besarse en la boca con fuerza, y Stuart la agarró por las nalgas y la subió a la barra de bebidas. Varias botellas cayeron al suelo, estrellándose contra el piso, pero la pareja que literalmente se comía la una a la otra ni siquiera se inmutó. El joven no tardó en penetrarla salvajemente.
- Eres una maldita golfa … - Jadeaba él mientras ella reía, la cabeza echada hacia atrás, gimiendo de placer ante los embates de su futuro esposo.
- Annie … ¿qué demonios estás haciendo aquí?
Archie miraba a la joven morena como si se tratara de una aparición. Annie se secó el rostro con manos temblorosas, mientras respiraba profundamente para calmarse, y su marido aprovechó para acercarse lentamente a la luz del ventanal y poder observar mejor a su esposa entre sombras.
- Archie … lamento haberte asustado …
- Asustado es poco, Annie … creo que se me va a salir el corazón del pecho … - El joven soltó un largo suspiro mientras Annie se sentaba en una esquina del lecho. - ¿Cuándo has vuelto?
- Ayer al mediodía. La residencia me ha dado el alta, Archie, no debes preocuparte. – Annie intentó hablar con voz firme, mirando a su esposo a los ojos, pero al cabo de un momento, tuvo que desviar la vista. Sentía los latidos del corazón retumbar en el pecho. Se sentía como si estuviera desnuda y Archie pudiera descubrir todos los secretos de su alma …- Imagino que te habrán enviado un telegrama, pero como has estado de viaje …
- Sí, bueno … los negocios se han alargado un poco … - Archie carraspeó y frunció el ceño. – Pero, ¿quién ha ido a buscarte?
- Nadie, he venido yo sola en el tren.
- ¿Tú sola? – El joven pareció ligeramente sorprendido, pero enseguida recompuso su expresión. – Ya .. es decir … - Por un momento, pareció turbado, mirando alrededor.
- Sí … he dado orden de que trasladaran mis cosas a esta habitación. – La joven mantuvo la cabeza alta, sin expresión en el rostro sereno, aunque por dentro estuviera a punto de echar a correr. Y Archie ya no pudo ocultar más su desconcierto, a pesar de la oscuridad reinante, con lo que Annie pudo constatar que se sentía turbado e incómodo.
- Yo … Annie … - Se paso una mano por el cabello, en gesto nervioso. - … bien, escucha, creo que ahora es muy tarde, y que realmente tenemos una conversación pendiente …
- Sí, estoy de acuerdo. – Lo interrumpió ella. - ¿Estás demasiado cansado para tenerla ahora?
- ¿Ahora? – Archie la observaba estupefacto. Casi resultaba cómica su expresión.
- Sí, ¿tomamos una copa?
Y sin darle tiempo a reaccionar, la joven se levantó con rapidez y salió de la estancia.
Tras un momento de absoluta incertidumbre, Archie siguió sus pasos.
Mientras se dirigía a la biblioteca, con aparente paso firme, sintiendo la presencia de su esposo a su espalda, la joven se retorcía entre un cúmulo de emociones. ¿Qué decir? ¿Cómo empezar …? ¿Sabía ella realmente lo que quería?
Llegaron a la biblioteca sumidos en un opresivo silencio, cada uno perdido en sus pensamientos. Annie se dirigió a los divanes frente a la chimenea mientras Archie se encaminaba a la zona de bebidas, a preparar las copas.
- ¿Qué vas a tomar?
- Coñac. – Su marido alzó una ceja sorpresiva, pero nada dijo, y procedió a servir las bebidas.
Una vez se sentó frente a Annie, tendiéndole la copa, intentó sonreír cordial, pero Annie sabía que estaba tan nervioso y confundido como ella.
- ¿Cómo te encuentras? He de decir que estás preciosa … es decir … - pareció turbado - tienes muy buen aspecto.
- Gracias. – Le dedicó Annie una trémula sonrisa. – Sé que estás muy sorprendido de verme aquí, ¿verdad?
- Sí, bueno … - el joven enrojeció levemente.
- No me esperabas …
- No, es cierto. Pensé que … bueno, creí que estarías más tiempo en Erie.
- Lo sé … y sinceramente, yo también lo creía. – Se encogió de hombros. – Pero la evolución ha sido muy favorable. Creo que todos nos hemos sorprendido un poco … incluso los médicos.
- ¿Cómo ha sido … has estado bien? – La joven intentó por todos los medios no sonrojarse y hablar con serenidad, guardando la calma y la compostura.
- Sí … ante todo, he de darte las gracias por obligarme a ir, Archie, al principio no lo entendí, pero creo que es lo mejor que has podido hacer por mí … y te lo agradezco de corazón. – El joven parpadeó rápidamente unos segundos, y entonces de pronto vació la copa de un trago y se levantó, dándole la espalda. – Archie …
- Oh, Annie … - él intentó sonreír, sin mucho resultado – perdona, es que … bueno, todo esto me ha pillado por sorpresa. No esperaba encontrarte aquí, en casa, tan pronto … y bueno … - se giró a observarla – disculpa mis palabras, pero … tan serena, tan segura de ti misma …yo … no sé … me siento un poco perdido en todo este asunto.
- Lo comprendo, Archie, y yo también. – Su marido volvió a sentarse frente a ella. Sus ojos almendrados la observaron, ya fijamente, y el corazón de Annie comenzó a latir más rápido.
- ¿Vamos a ser sinceros el uno con el otro? – Ella asintió despacio.
- Creo que es absolutamente necesario, Archie.
- No creí que volverías a casa. – Se incorporó ligeramente. – Creí que te marcharías a casa de tus padres … o que tardarías mucho más tiempo en volver a Chicago. – Carraspeó. – No sé si tengo derecho a preguntar ….
- ¿Qué deseas preguntar?
- ¿Qué va a suceder a partir de ahora? – Annie contuvo el aliento. Sí, Annie, ¿qué sucederá ahora? Observó detenidamente el atractivo rostro de su esposo. Un rostro conocido, de rasgos queridos, entrañables … ese era el hombre a quien había jurado lealtad, fidelidad … - ¿Annie? – La joven suspiró profundamente.
- Sé que no han sido fáciles estos últimos años, Archie … ambos hemos sufrido mucho …
- Lo sé … y como ya te dije … - Ella alzó una mano.
- Hubo un tiempo en que nos amamos … - Los ojos azules se llenaron de lágrimas. – Y sé que ahora es complicado, y nuestros sentimientos no son … - meneó la cabeza - … bueno, yo estoy dispuesta a volver a intentarlo, Archie, si tú quieres …
- ¿Qué? – El joven pareció tan sorprendido que Annie intuyó claramente que no era la contestación que esperaba.
- Archie … ¿realmente creías que no volvería? – Los ojos de ambos se mantenían fijos los unos en los otros, unidos por un hilo invisible lleno de una corriente eléctrica muy poderosa. Demasiados sentimientos, demasiadas cosas no dichas fluyan en aquella corriente.
- ¿Me estás diciendo, Annie, que estás dispuesta a volver a ser mi esposa?
- ¿He dejado alguna vez de ser tu esposa? – Preguntó ella en un susurro. Las manos le temblaban. El joven parpadeó, echándose hacia atrás, y la joven quiso que la tierra se la tragara cuando descubrió que los ojos de su marido se llenaban de lágrimas no derramadas.
- Creo que nunca hemos sido un verdadero matrimonio, Annie … creo que no nos amamos como debería hacerlo un verdadero matrimonio … creo que ya no nos conocemos … - El joven bajó la cabeza, apretando la copa entre las manos.
- ¿Y tú sabes cómo debería ser un verdadero matrimonio? – La voz de Annie había sonado más hosca de lo que desearía.
- ¿Lo dices en serio? – Archie había alzado bruscamente la cabeza. – Desde luego, no como el nuestro … creo que las esposas por lo general, desean que su marido las toque … - Annie abrió la boca para hablar, pero Archie se levantó, alzando una mano. – Está bien, lo siento, discúlpame … me prometí a mi mismo que no haría nada de esto … - Se dirigió a los ventanales y abrió uno, tomando su pitillera y encendiendo un cigarrillo.
Annie respiró profundamente, varias veces, intentando por todos los medios mitigar el nudo que tenía en la garganta y que le impedía respirar. ¿Y qué esperabas, Annie? ¿Una bienvenida con rosas? Y cuánta razón tenía él, Dios mío, cuánta razón … ¿qué estaban haciendo juntos? Ya no tenían absolutamente nada en común … pero no podían hacer nada al respecto. De nuevo, una separación era imposible … y ambos lo sabían. Haciendo un esfuerzo, la joven se levanto y se acercó lentamente a su esposo. Archie observaba el jardín en silencio, tenso el rostro.
- Te pido disculpas, Annie ….
- Ssssshhh, deja de disculparte. – Archie se volvió a mirarla con sorpresa. – Desde luego tienes razón. No nos amamos. No de la manera en que deberíamos hacerlo … y lo lamento, lo lamento tanto … - tragó con fuerza para poder seguir hablando - … una cosa es cierta: sigues siendo aquel joven encantador que conocí, y al que amé … y al que ahora quiero como a un querido amigo … - Archie abrió la boca para hablar, pero ella le interrumpió. – Y sé que no es justo para ti … ni para mí. La separación sería lo perfecto … el camino perfecto para rehacer nuestras vidas … - Las lágrimas rodaban ya por el rostro de Annie. - … pero ambos sabemos que es imposible.
- ¿Por eso has vuelto? – Preguntó Archie con voz ronca.
- En parte sí … - Él asintió como para sí mismo. - … pero también es cierto que estoy dispuesta a poner todo de mi parte para que esto funcione, o al menos … - lo miró entre lágrimas – para intentar llegar a sentirnos cómodos el uno con el otro …
Archie había vuelto la vista de nuevo al jardín, la mandíbula tensa y los ojos vidriosos. Tardó unos minutos en hablar.
- Está bien … de acuerdo, Annie. Iremos despacio. – Se giró hacia ella. – Pero no creo que sea buena idea que compartamos el dormitorio … al menos, de momento. – Ella asintió, conteniendo el aliento. – Así que, si me permites, te acompañaré a tu habitación, y después me retiraré a descansar … estoy agotado.
El joven rubio entró con paso vigoroso al saloncito del amplio apartamento con vistas a Central Park, y la elegante mujer de mediana edad sentada en una de las butacas frente a la ventana, pegó un respingo y se llevó una mano al pecho.
- ¡Querido! ¿Qué haces aquí? No te esperaba … - El joven se acercó a la mujer y la abrazó con cariño.
- Hola, mamá.
- ¿Cuándo has legado? Creí que te quedarías en Erie un tiempo …
- Cambio de planes … - Los ojos ambar del joven brillaron mirando a su madre y le guiñó un ojo.
- ¿Estás bien, cariño? – Vaya, nunca había podido engañar a su madre …
- Claro, mamá. ¿Me invitas a un café? – La mujer hizo un elegante ademán hacia el servicio dispuesto en la mesita y observó a su hijo, mientras este preparaba las bebidas.
No, decididamente, algo había sucedido. Y sabía que no iba a contárselo. El último par de meses algo había cambiado en Matthew. Ella era su madre, y nada se le escapaba. Lo había notado más alegre, más cariñoso … ¿más feliz? Cassandra Jenssen se había hecho ilusiones respecto a que su primogénito hubiera por fin conocido a alguien y se hubiera enamorado. Sería la mujer más feliz de la tierra … pero ahora, decididamente, algo había sucedido. No veía el día en que Matt llegara del brazo de la mujer de su vida y se la presentara. Su querido hijo había pasado un infierno en su corta existencia, y la mujer sabía que se merecía por fin ser feliz junto a alguien que lo quisiera.
- ¿Sabe papá que estás aquí?
- No, acabo de llegar, he venido directamente de la estación.
- Bueno, me alegro … - sonrió ella – un poco más, y no nos encuentras.
- ¿Y eso?
- La semana que viene hemos de ir a Chicago.
- ¿Chicago? – De pronto el corazón de Matt comenzó a latir a un ritmo ciertamente alarmante, y el joven a duras penas pudo disimular su estado de ánimo.
- Así es … ¿recuerdas a esa familia … cómo era … - Cassandra hizo un cómico gesto – esta cabeza mía …los Andrew? – Dijo arqueando las cejas.
- ¿Los Andrew? – Matt apenas oía la voz de su madre. Los Andrew … conocía el nombre … relacionado con las finanzas … hasta el momento no habían hecho negocios juntos, pero sabía que su padre no diría que no a una propuesta de los Andrew … aunque no era por eso por lo que Matt sentía que se iba a ahogar con el café … estaba atando cabos. Annie … incluso pensar en ella dolía. Dolía como si le clavaran dagas ardiendo en el corazón. Los Andrew … en una ocasión, ella le comentó que su marido estaba estrechamente emparentado con los Andrew de Chicago …
- ¿Querido? – Él intento sonreír ante el preocupado rostro de su madre. - ¿Qué sucede?
- Nada, mamá, de veras … y dime, ¿a qué vais a Chicago?
- Pues verás, nos han invitado a la fiesta de matrimonio … o algo así … - se encogió de hombros – de William Andrew y de su pupila.
- ¿Juntos? – Su madre dejó escapar su risa cristalina.
- Oh no, mi amor, cada uno por separado … qué cosas tienes … - la mujer apretó el brazo de su hijo con afecto - toda la familia Andrew y mucha gente importante en las finanzas acudirá a esa fiesta. Saldrán negocios muy sustanciosos de esa noche, como sabes … y tu padre no va a perder esa oportunidad … - Su madre hizo una mueca.
Ni tampoco yo. Pensó el joven mientras bebía un sorbo de café.
