Duermevela
Por Nochedeinvierno13
Disclaimer: Todo el universo de Canción de Hielo y Fuego es propiedad de George R. R. Martin.
Esta historia va dedicada para Gui (Sorcieres de la Neige) por ganar la porra en el Foro "Alas Negras, Palabras Negras". En un arrebato de locura me aventuré a hacer mi primer Sansa/Sandor porque leí que era tu pareja preferida, así que se aceptan críticas sobre el resultado.
Lo encuentra en la escalera, lleva la armadura puesta y la espada en mano; en la otra, una botella que huele a licor barato. Las antorchas proyectan su sobra alargada y negra contra la pared mientras avanza hacia ella. Huele a sangre y a cenizas. «Está borracho —piensa mientras lo ve subir los peldaños— de gloria y de miedo».
La batalla en la desembocadura del Aguasnegras llega a un punto sin retorno cuando la cadena impide el paso de los barcos y el fuego valyrio convierte a los hombres en antorchas humanas. «Le da miedo el fuego, por su hermano y por la cicatriz —comprende pero no lo dice—. Por eso ha huido de la batalla.»
—El pajarito se ha escapado de la jaula.
Sansa Stark se mantiene impávida; sabe que puede correr hacia su habitación o alejarse por el pasillo contrario. Puede huir porque él está borracho, con los pies pesados y los reflejos adormilados. Pero no lo hace. Permanece allí.
«La cortesía es la armadura de una dama», se recuerda. Se la coloca y trata de esbozar una sonrisa.
—No le he dado las gracias por salvarme aquel día, ser. De no haber sido porque me rescató… No quiero pensar qué me habrían hecho.
—Lo mismo que a la hija retrasada de Lady Tanda, sin virginidad y con un bastardo en la barriga —espeta con agresividad. Está tan cerca que puede sentir su aliento ardiente sobre el rostro; el olor del licor le impregna los sentidos—. Y una vez que Joffrey viera su juguete usado y roto, no tardaría en tirarte a la basura.
—¿Por qué siempre tiene que ser tan desagradable? Yo solamente he querido…
—¿Ser agradecida, educada, agradable? —pregunta. Luego, lanza un bufido—. Quizás yo debería robarme el juguete de Joffrey, del mismo modo que tomé el caballo de madera de Gregor. Sí, yo debería hacer lo mismo —parece decir para sí mismo. Se vuelve violentamente a ella—: ¡Mírame!
Sus dedos de hierro apresan su barbilla y la obligan a mirarlo. Y, extrañamente, el tacto es firme pero no le causa dolor. Ella lo mira, observa aquellos ojos grises, duros y sombríos como la piedra. Brillan con fuego, con locura. La cicatriz se extiende desde la frente hasta el cuello, es carne muerta y retorcida; ella levanta los dedos, la roza ligeramente y se aparta.
—Si me robas, todos notarán mi ausencia.
—Estamos en medio de la batalla, pajarito. Te pondría a lomos de mi caballo y me abriría paso hasta la Puerta del Lodazal. Me abriría paso con mi espada, te llevaría lejos, muy lejos —asegura, parece estar trazando el plan—. O puedo llevarme un recuerdo tuyo, algo que nadie podrá reclamar.
«No, por favor», piensa y retrocede instintivamente. Corre hacia la habitación. Tranca la puerta, pero él la derriba como un cazador detrás de su presa. Ella grita pero sus gritos son ahogados por el acero y el fulgor de la batalla.
—Por favor, ser —suplica con los labios húmedos y el corazón palpitando—. Tengo la sangre de luna.
Su cuerpo se cierne sobre el suyo, la aprisiona entre el colchón de plumas y su pecho de acero. La armadura la lastima, la asfixia. Él la mira fijamente y ella no puede anticipar ninguno de sus movimientos. Una de sus manos le recorre el pómulo, el cuello. «Va a ahorcarme», pero sus dedos se curvan en una inusitada caricia.
—Tienes un cuello tan delicado, pajarito. Qué fácil sería romperlo. —Su mano sigue descendiendo. Delinea las clavículas y el nacimiento de sus senos. Apenas rasga la parte superior del terciopelo, pero consigue dejarla expuesta. Contiene el aliento y cierra los ojos—. No quiero violarte, pajarito. No me gustan las flores sangrantes. Pero puedo darte placer de otras formas, si me dejas.
Ella se sorprende al asentir levemente con la cabeza.
Le pellizca el pezón con los dedos. Al principio es suave; después, con más intensidad. Sansa da un respingo ante la nueva sensación que domina su cuerpo. Es una oleada cálida que nace en su pecho y se aloja en su vientre. «Se siente tan…», pero no es capaz de completar el pensamiento, sentirse de aquella forma con el Perro, permitir que la tocara de ese modo. Todo es tan inesperado.
«Joffrey no te tendrá tanta consideración», recuerda las palabras de la reina. Lo contempla a través de sus pestañas, encuentra un hombre gris con la mirada encendida, no el cabello dorado y los ojos esmeraldas que otrora arranca suspiros.
Él no esquiva su mirada cuando sus pezones quedan tan duros que comienzan a dolerle. Como si leyera sus pensamientos, los humedece con la punta de la lengua. Lo acaricia lentamente hasta que brilla rojo de saliva. Y ella gime bajito, con vergüenza, porque esa intimidad es tan incorrecta pero, al mismo tiempo, tan gratificante.
—¿Te gusta, pajarito? —Ella no responde hasta que la busca con más intensidad; entonces, asiente—. Ven conmigo, lejos de la ciudad, y te lo haré todas las noches antes de dormir. Te daré tanto placer que tus pezones se volverán más y más sensibles, y te gustará aún más.
Sella la promesa con un beso que carece de su fiereza característica. Sansa busca su rostro con las manos pero él se lo impide tocar. Lo siente necesitado, urgido de algo que no sabe cómo corresponderle. A cambio, se deja hacer y deshacer, sabiendo que nunca le han mostrado una delicadeza semejante.
Al final, ella se queda en Desembarco del Rey; pero en su sueño Sandor Clegane la perdona y le jura que volverán a verse.
La realidad se entremezcla con la proyección de sus sueños, no puede dilucidar la verdad de la fantasía. Pero a Sansa Stark no le importa porque siente el corazón un poco más apretado.
