Duermevela

Por Nochedeinvierno13


Disclaimer: Todo el universo de Canción de Hielo y Fuego es propiedad de George R. R. Martin.

Este capítulo va dedicada a Matilde (Chica en cuarentena) porque me pidió una segunda parte de esta historia desde el punto de vista de Sandor Clegane, a pesar que no le gusta esta pareja. Y la complazco porque sus comentarios siempre son bonitos.


La batalla del Aguasnegras se va empequeñeciendo a sus espaldas. Atrás deja el fuego y los barcos cuando pasa galopando la Puerta del Lodazal con su espada en mano, abriéndose paso con ferocidad. Escucha los gritos inhumanos; siente el olor de la tela y la carne quemada.

Se aleja tanto de Desembarco del Rey como le es posible, sin rumbo fijo. Solamente su caballo y él. Lo espolea una vez y otra vez hasta que quedan sumidos en una oscuridad absoluta. Con las estrellas sobre su cabeza decide descansada en una posada.

La dueña lo observa con recelo, se detiene en la cicatriz de su rostro, esa que lo marca a dondequiera que vaya. «Sabe quién soy», piensa mientras tira una moneda de cobre sobre la mesa.

—Hasta un perro es bienvenido si trae monedas entre las patas —gruñe a modo de respuesta—. Mi hijo puede encargarse de tu caballo por unas monedas más.

Sandor Clegane termina aceptando por la buena calidad de la cerveza. En tiempos de guerra, los ríos están llenos de cadáveres y la cebada escasea. Se la baja de un solo trago y clama por otra. Al final de la noche, cae rendido sobre el colchón relleno de paja humedecida.

«Una noche puedo pasarla aquí —medita antes de dormirse—. Luego, volveré a los caminos.»

Sueña con una voz que lo llama dulcemente desde la oscuridad. «Sandor. Sandor. Sandor.» Es una voz agradable que canta para él. Es una voz que conoce, que deja abandonada en la capital cuando se marcha.

Un súbito relincho lo hace reaccionar de su duermevela. Descubre al hijo de la posadera tratando de robarse el caballo. El chico corre, pero él es más rápido. Cuando lo atrapa le quiebra las costillas de un golpe. «Chico estúpido. Intentar robarse a Desconocido como si fuese una vulgar mula.»

Sigue avanzando por las Tierras de los Ríos, las cuales están llenas de soldados caídos y cuervos carroñeros que se lanzan sobre ellos. Encontrar agua es toda una maravilla. Durante el día procura no encontrarse con la Hermandad sin estandartes de Beric Dondarrion; por la noche, con los lobos. Las manadas ocultan la luna llena desde la puesta del sol hasta el alba, y él ya comienza a sentirse como en Invernalia cuando los perros de los Stark aullaban al mismo tiempo.

Inexorablemente sus pensamientos terminan posados en ella, en su cabello rojo y en su voz de pajarito. «Temblaba como una hoja cuando me miró a la cara y cantó para mí. —Todavía tiene el recuerdo fresco. Los ojos y el temor en ellos—. Le dije que viniera conmigo, que podía protegerla como antes.» Piensa en la revuelta en la capital, con toda la muchedumbre a su alrededor, los huevos podridos y la mano jalándola de su caballo, y el alivio en su mirada fue palpable cuando apareció para rescatarla.

Esa noche, acampando entre los árboles cerca del río, sueña con ella.

A través de los párpados entreabiertos la ve salir del agua con el cabello encendido como una antorcha, es un fuego hermoso, hipnótico, que no lo atemoriza. Las gotas de agua se le deslizan por la piel desnuda, tan blanca, tan inmaculada. A Sandor se le despierta la sed y otros apetitos más bajos.

Ella camina hasta el tronco, con la mirada fija en él, húmeda y sonriente.

—Mi caballero —susurra el pajarito. Le besa la cicatriz, lentamente, se la roza con los dedos—. Tan valiente… ¿Por qué me dejaste atrás?

Las puntas del pelo le rozan el rostro, sus pechos se aprietan contra el frío acero de su armadura.

«No quisiste venir», quiere responderle pero ella lo acalla con un beso. Es un beso aún más dulce que el vino de verano y lo embriaga más rápido. Es suave, es necesitado y es el mejor beso que recibe en toda su vida. Toma una de sus manos con sus dedos largos y suaves. La dirige hasta su pecho sinuoso. La acaricia de abajo hacia arriba; ella gime, se muerde el labio y busca mayor contacto. La pellizca suavemente, provocando un gemido más sonoro, la busca con su boca y succiona ligeramente; después, más apremiante hasta que sus pezones están rojos y húmedos de placer.

—¿Cuándo abriste las alas, pajarito? ¿Cuándo aprendiste a volar lejos del nido?

Pronto comprende que él también está necesitado debajo de la tela. La tiene desnuda, expuesta, sin vergüenza alguna contra su cuerpo. Quiere acariciarle toda la piel, quemarse en ella y volver a nacer.

—Sandor —le llama mientras lleva su mano hacia su cintura, más abajo, en el lugar donde nace el éxtasis—. Quiero que seas mi primer hombre.

La encuentra húmeda cuando la toca, del agua del río y de la excitación. Aquello le anima a proseguir. La mayoría de mujeres tienen que tener una pieza de oro para yacer con él, y ella luce tan predispuesta a hacerlo. «Nunca tuve algo tan delicado, tan fino, entre mis manos callosas y cortadas.» La tumba de espaldas en la hierba, le besa desde el ombligo hasta el tobillo y después encuentra su boca sedienta, ávida de pasión.

Es un sueño dulce sí, pero un sueño al fin y al cabo. Un sueño mortífero que envenena los recuerdos de su mente. «Si quisiera acostarse conmigo, lo habría hecho antes.» Y cuando toda la magia onírica se desvanece, Sansa Stark sigue en Desembarco del Rey y él tiene un puñal a la altura de la garganta.

—Quédate quieto, Perro.