La joven rubia se dirigió con paso firme a través del oscuro pasillo hacia los aseos situados al fondo, los más cercanos al amplio salón donde se encontraban los invitados. Terry se había ofrecido a acompañarla, pero Candy se sintió algo estúpida por no atreverse siquiera a ir al baño sola. Estaba en su casa, maldita sea, nadie iba a hacerle daño. Neil ni siquiera se atrevería a acercarse a ella.

Abrió la puerta y se acercó a los lavabos. Pero de pronto, una fuerte mano la agarró del brazo y la empujó con rudeza contra la pared. Ni siquiera tuvo tiempo de gritar, ya que le taparon la boca rápidamente, y un miedo atroz subió por su espina dorsal al toparse frente a frente con los maliciosos ojos negros de Neil Legan. Él tenía la respiración agitada, como si hubiera estado corriendo. Sus ojos la recorrieron de arriba a abajo, mientras Candy forcejeaba sin mucho resultado, y una sonrisita lasciva curvó sus finos labios mientras la apretaba más fuertemente contra sí.

Entonces se acercó lentamente a la puerta de entrada, sin soltar a Candy ni disminuir su agarre, y la trabó.

- Tengo que hablar contigo. – Susurró en su oído. - ¿Te quedarás calladita mientras oyes lo que tengo que decir? – Candy se revolvió aún más.
- ¿Qué demonios estás haciendo, Neil?

El joven, pillado por sorpresa, soltó un poco a la rubia mientras miraba a Annie con la boca abierta, y Candy aprovechó la circunstancia para darle una fuerte bofetada que le giró la cara.

- ¡No vuelvas a tocarme en tu vida!
- ¡Maldita zorra! – Neil se sujetó la mejilla acercándose a ella, mientras Annie se situaba rápidamente al lado de su amiga.
- ¡Ni se te ocurra, Neil! ¡No te atrevas!

El joven se limpió el dorso del labio, que sangraba, y las miró con profundo rencor.

- Asco de huérfanas … - Entonces se giró, abriendo la puerta de par en par. – Esto no va a quedar así …

Y desapareció en la oscuridad del pasillo. Annie se adelantó y con manos temblorosas volvió a cerrar la puerta, mientras Candy se derrumbaba sollozando en el lavabo.

- Oh, Candy … - Annie la abrazó, llorando también.
- Maldito sea … - Candy se agarró a su amiga. – Gracias a Dios que estabas tú aquí, Annie …
- Jamás pensé que se atreviera a hacer nada semejante …
- Yo tampoco … - Candy ahogó un sollozo. – Si hubieras visto sus ojos …
- Candy, - Annie la tomó por los hombros con firmeza - hemos de contar lo sucedido …
- ¡No! – La rubia se echó hacia atrás.
- ¿Cómo que no? – Annie la miraba estupefacta. – Debemos contárselo a Terry, a Albert y a Archie …
- ¡No! – Candy la tomó de las manos, su rostro cubierto de lágrimas. – No debe enterarse nadie … sobre todo Terry.
- ¿Por qué?
- Porque lo mataría, Annie, sé que Terry lo mataría … y entonces … - Candy sollozó con fuerza. – Terry iría a la cárcel … - Volvió a apretar sus manos con fuerza. – Escucha, tendré más cuidado … y sé defenderme …
- Pero, ¿qué estás diciendo? Si no llego a estar yo …
- Annie, escucha … apenas partimos en unos diez días …en la fiesta te prometo que no me quedaré sola, ¿de acuerdo? Pero Terry no debe enterarse de lo que ha sucedido esta noche …

Alguien tocó la puerta con fuerza, haciendo que las jóvenes se sobresaltaran.

- ¿Candy? Candy, ¿estás ahí?

La rubia se secó el rostro rápidamente, suplicando a Annie en un susurro.

- Annie, por favor …
- ¡Sí, Terry! Estamos aquí.- Contestó la morena, y fue a abrir la puerta mientras Candy se mojaba el rostro y se recomponía rápidamente los restos de maquillaje.

Terry entró como un vendaval al baño y se acercó a su esposa, totalmente preocupado.

- Candy, ¿qué ha pasado? Comenzaba a preocuparme … - La joven intentó sonreír, mientras Annie acudía en su ayuda.
- Candy se ha desmayado …
- ¿Qué?
- Sí, menudo susto me ha dado … - Annie intentó sonreír, rezando porque no se notara su mentira. – Cuando ha llegado al baño yo ya estaba aquí … y de pronto, se ha desplomado en el suelo.
- Sí, menos mal que Annie estaba aquí … me he recuperado enseguida. – Terry la observaba fijamente con el ceño fruncido, y Candy se acercó a él. Su esposo la tomó automáticamente por la cintura, acariciándole la mejilla.
- ¿Te has desmayado? Mañana mismo iremos al médico …
- De acuerdo …
- Bueno, yo os dejo solos … - Annie se encontró un momento con los ojos verdosos de su amiga, y salió rápidamente al pasillo.


Una vez la joven entró al salón, constató que ya varios grupos se estaban despidiendo de los anfitriones.

- Annie. – La profunda voz de la tía Elroy hizo que diera un respingo.
- ¿Sí, tía?
- ¿Has visto a Candy y a su marido? Deberían estar aquí, los invitados comienzan a marcharse, y es su deber despedirlos …
- Candy se ha desvanecido en el baño … Terry está con ella …
- Oh, Dios mío … - Susurró Elroy, frotándose la frente. – Espero que no tengamos otro embarazo sorpresa …
- Annie, te buscaba. - Archie se acercaba a ellas. Saludó a su tía con la cabeza.
- ¿Ya nos retiramos? – Preguntó la joven, aliviada por la interrupción de su esposo.
- Sí. Vendré mañana, tía …
- ¡Archibald! – Lo llamó ella cuando la pareja ya se alejaba. – Aún no he tenido ocasión de hablar contigo y con tu esposa desde mi llegada.
- ¿Hablar? – Musitó Archie, parpadeando.
- Sí, eso es. Sé que Annie acaba de volver, ¿no es así, querida? – La joven asintió, enrojeciendo. - ¿Por qué no venís a tomar el té conmigo, digamos … pasado mañana?
- De acuerdo.

Elroy observó cómo se alejaba la pareja y chasqueó la lengua, mientras se dirigía con paso firme a unirse al grupo que despedía a los invitados.

Al cabo de unos minutos, Terry y Candy se unieron a ellos, y Candy agradeció infinitamente descubrir que los Legan ya se habían marchado, por lo que pudo afrontar la situación con mayor serenidad. Esperaba que Terry se hubiera creído las mentiras que le había contado. Su esposo jamás debía enterarse de lo que había sucedido. Y ella … ella iba a desplomarse, esta vez de verdad, de un momento a otro. Necesitaba estar sola unos minutos para analizarlo todo más detenidamente.

Pronto el último invitado se subió a su automóvil y se perdió en la noche. La tía Elroy y los tíos de Albert se retiraron a sus aposentos, y los cuatro jóvenes subieron juntos las escaleras hacia los dormitorios.

- Bueno, una cosa menos. – Comentó Terry, con Candy abrazada a su cintura. – En una semana, todo habrá terminado.
- ¿Vendrán Eleanor y Robert a la fiesta, Terry? – Preguntó Albert.
- No, sus compromisos profesionales se lo impiden. Estaremos con Eleanor unos días en Nueva York, antes de partir a Inglaterra.
- Otra fiesta … - Susurró Patty, apoyada en su marido.
- Tal vez no para ti, querida. – Adujo Albert. – Estás agotada. Consultaré con el médico si es conveniente que acudas a esa fiesta.

Los jóvenes conversaron unos minutos más en la glorieta y después, ambas parejas se dirigieron a sus respectivos dormitorios.


- ¿Por qué has dicho que tal vez no acuda a la fiesta, William?

Patty daba vueltas por el dormitorio, quitándose por el camino varias prendas de ropa, mientras su esposo la observaba divertido y se quitaba la chaqueta, desanudándose la pajarita.

- Porque estás agotada …
- Estoy bien, William, ¿vamos a volver a empezar con eso?

Él la atrapó por la cintura en su camino al baño, ante las protestas de ella.

- Eh, de acuerdo … está bien. ¿Qué sucede?
- Nada … - Patty meneó la cabeza y suspiro. – Perdona … es que … - Se abrazó a su cuello y lo besó suavemente en los labios. - … estoy cansada …
- ¿Todo ha ido bien esta noche?
- Como cabía esperar. – Él asintió, devolviéndole el beso. - ¿Y tú?
- Como cabía esperar. – Se miraron a los ojos y se echaron a reír.
- Anda, ayúdame con esto. – Patty se giró para que la ayudara con la cremallera del vestido. William se la bajó lentamente, besando su hombro. – Mmmmhhhh, qué agradable. - Su marido sonrió, acariciando sus hombros y continuando por sus pechos, que se endurecieron al instante bajo sus manos, para continuar por la ligera curva del abdomen. Le desató el sujetador y liberó sus senos, mientras le besaba el cuello. - No empieces lo que no vayas a terminar, William … - Gimió Patty.
- ¿A que te refieres? – Susurró él.
- Lo sabes bien … - Ella se apartó suavemente, dirigiéndose al tocador y poniéndose el camisón por el camino. William frunció el ceño, se desató el chaleco y la camisa y los echó al diván.
- Patty, el doctor nos ha aconsejado que …
- Oh, lo sé, lo sé … - Alzó ella una mano sin mirarle, procediendo a desmaquillarse. William alzó los ojos al techo y se acercó a ella, arrodillándose a su lado. – Vale … ahora vas a comenzar a sermonearme.
- ¿Crees que mereces que te sermonee? – Él la miraba divertido, y al final, Patty suspiró y se echó a reír.
- De acuerdo … lo merezco. – Se giró hacia él y le acarició la mejilla. – Supongo que todo esto está pudiendo conmigo … o es el embarazo, quién sabe … - Se encogió de hombros. – No creas ni por un momento que no deseo este bebé … es lo que más deseo William …
- Lo sé, amor mío.
- Pero … pero es que … me siento cansada, poco atractiva … en una casa extraña, sola … - De pronto se tapó la boca con la mano, horrorizada. – Dios mío, William, lo siento …
- No te disculpes, amor, lo comprendo.
- ¿De veras? – Él asintió. – Y te echo tanto de menos … en todos los sentidos. – Se abrazó a su cuello con fuerza, mientras William le acariciaba la espalda.
- Sé que esta no es la forma ordinaria que tiene una pareja recién casada de comenzar su matrimonio. Pero como sabes, nosotros hemos comenzado de manera inusual. - Se apartó un poco sonriendo con dulzura. – Y tampoco esperábamos esto … - Acarició su vientre suavemente. – También sé que todas esas emociones están amplificadas … y que, debido a todo este asunto de nuestro matrimonio, he tenido que dejarte sola mucho tiempo, y lo siento, querida, lo siento mucho. Además, sabes que debes descansar. Es esencial para el bebé … y para ti. Nada desearía más que hacerte el amor, vida mía, poseerte hasta el amanecer, una y otra vez … - Susurraba William con voz ronca. - … pero no podemos. No aún. – Secó las lágrimas que habían comenzado a rodar por las mejillas de Patty.
- Ahora me siento estúpida …
- No, no lo hagas. – Sonrió él, abrazándola tiernamente. – Estos días intentaré estar más a tu lado, ¿de acuerdo?


Candy se desvistió rápidamente, nada más entrar al dormitorio, aprovechando que Terry había ido al baño. Para cuando salió su esposo, ella ya estaba frente al tocador, realizando su ritual nocturno de limpieza del rostro.

- ¿Ya te has desnudado? – Terry parecía sorprendido, mientras se acercaba a ella.
- Sí … - Se giró un momento y sonrió, aunque por dentro su corazón retumbaba como un tambor. Terry no debía notarle nada.

Vio cómo él se quitaba el chaleco y la camisa y acariciaba su espalda desnuda con un dedo. Candy sintió un escalofrío, pero entonces, los acontecimientos ocurridos esa noche volvieron a perturbarla y se mordió el labio.

- Candy, ¿estás bien? – Terry se agachó a su lado e hizo que lo mirara. Ella tuvo que sacar fuerzas para poder sonreír sin que él apreciara nada extraño.
- Sí, amor mío, - le acarició la mejilla- muy bien … sólo un poco cansada. – Los ojos zafiro se nublaron de preocupación.
- Ese desmayo … ¿crees que …? – Candy frunció el ceño un instante, confusa, pero enseguida entendió y meneó la cabeza, riendo nerviosa.
- Oh … oh, no, cariño, aún no … - lo besó – pero espero que sea pronto …
- De todas formas, mañana iremos al médico para que te eche un vistazo.

Ella asintió, instando a su marido a que la dejara continuar preparándose para acostarse.

Se demoró mucho más de lo habitual. Terry ya estaba metido en el lecho esperándola hacía tiempo. Terminó con el rostro y marchó al baño. Súbitamente deseó darse una ducha. No soportaba pensar que las manos de Neil habían tocado su cuerpo. Y casi sin pensarlo, abrió el grifo y se desnudó rápidamente, introduciéndose bajo el chorro, cabello y todo, frotándose la piel con fruición.

Las manos le temblaban cuando cerró el grifo de nuevo y cogió una toalla para secarse. Sabía que era fuerte, se había enfrentado a muchas cosas … pero Neil la aterraba, le aterraba lo que veía en sus ojos. No sabía cómo iba a soportar volver a estar en un mismo salón cerca de él. Y sabía que con una sola palabra podría terminar con todo aquello … pero Terry acabaría enterándose, y sería desastroso. Eso era lo que más aterraba a Candy: la reacción de su esposo, las consecuencias que podría acarrear todo aquello.

Tardó un tiempo considerable en calmarse lo suficiente como para poder volver a salir a la habitación. Afortunadamente, Terry ya dormía plácidamente. Candy se acomodó suavemente a su lado y él la abrazó en sueños, cobijándola de sus temores y logrando por fin que conciliara el sueño.


El coche de los Legan enfiló la entrada de la mansión, a tiempo de ver cómo el mayordomo de la casa salía apresuradamente a recibir a sus señores.

- Mamá, papá … yo vuelvo a mi apartamento.
- No, hoy te quedarás aquí. – El señor Legan miró fijamente a su hijo y este se mordió el labio para no replicar. – Mañana tienes una cita importante. – Alzó una mano. – Ya está todo dicho, Neil. - El joven bajó del coche casi con brusquedad y se adentró en la mansión a grandes zancadas. El señor Legan apretó los labios, y tras mirar un segundo a su esposa, se dirigió a su futuro yerno. – Stuart, se ha hecho tarde. Tal vez deberías quedarte esta noche a dormir aquí, como nuestro invitado.
- Gracias, señor. – Aceptó el joven con un gesto de cabeza.

Todos se adentraron en la casa, mientras el señor Legan daba las instrucciones pertinentes para que llevaran a Stuart a sus aposentos.

Al entrar a su dormitorio, Eliza se desnudó rápidamente, dejando la ropa desparramada a su alrededor, y se adentró en el baño, abriendo el grifo de la ducha y entrando en ella. Pronto el fuerte chorro de agua le dio en el rostro y el agua bajó por su cuerpo, relajando sus tensos músculos. Había sido una noche agria para todos. Eliza sabía que Neil había sufrido lo indecible, viendo cómo la apestosa huérfana se regodeaba ante todos de su nuevo maridito. Tranquilo hermano, ya falta poco.

Y Stuart … tan débil, tan estúpido … aún seguía muy enfadada. La había obligado a hacer cosas que no deseaba. Y si alguien se enterara … cuando Stuart se negó a ayudarla, Eliza tuvo que indagar muchísimo hasta que llegó a sus oídos un nombre. Un nombre que tal vez podría ayudarla a realizar su propósito. Tuvo que cerrar muchas bocas, tapar muchos agujeros … para jamás ser descubierta, y estaba casi segura de que sería imposible seguir el rastro hasta ella. Pero tuvo que reunirse con aquel hombre. Tuvo que ir aquella noche oscura, a aquella maldita casucha, a aquella sucia habitación … y él reclamó su precio.

-Escena retrospectiva-

- No es suficiente. – Eliza no veía bien su rostro, cubierto por las sombras. Sentía su corazón retumbar en su pecho, mientras se retorcía las manos, deseando terminar con todo aquello de una vez por todas.
- ¿Cómo que no es suficiente? Es una gran suma de dinero – Aunque no podía verle el rostro, Eliza intuyó que el hombre sonreía cuando dijo.
- Dejadnos solos … y cerrad la puerta.

Sus hombres abandonaron la estancia y Eliza entonces sintió miedo. ¿Pero qué demonios estaba haciendo? ¿Estaba loca? Aquel hombre podría hacer lo que quisiera con ella … ¿en qué estaba pensando?

Entonces el hombre se adelantó a la mortecina luz y pudo apreciar asombrada que era atractivo, para nada a como se lo había imaginado … muy atractivo, de hecho, a pesar de que una fea cicatriz le cruzara la mejilla izquierda y estuviera menos aseado de lo que ella desearía. Era un rostro atractivo, muy masculino, de rasgos cuadrados, y su cuerpo era musculoso, al menos lo que podía apreciar entre sombras, e increíblemente, sus dientes eran blancos. Unos despiertos e inteligentes ojos grises la analizaban abiertamente.

- ¿La mercancía será nuestra una vez cumplamos el trato?
- Por supuesto … haced con ella lo que os plazca.
- Bien … - sus ojos la recorrieron de arriba abajo - … y ahora, hablemos del precio.
- ¿Qué quieres? ¿Más dinero? - Una carcajada la interrumpió.
- No, el dinero es más que suficiente.
- Entonces …
- ¿Qué crees que podría desear de ti? – Eliza sintió un momento que el corazón podría estallarle en el pecho. Tuvo que respirar profundamente varias veces. - Siempre he querido montar a una joven de alta cuna … - Y entonces, el corazón de Eliza se desbocó. Dios mío, no, no es posible …

Tenía que huir, debía marcharse. Observó durante unos minutos a aquel hombre despreciable, oscuro … él sonreía ligeramente, estudiando su reacción. Vio cómo se llevaba una mano al cuadrado mentón, acariciándoselo mientras la miraba. Sus manos eran grandes, duras … la joven tragó con fuerza, tenía la garganta seca.

- No soy una vulgar ramera … - Notó que su voz sonaba más estridente de lo habitual. Pero, ¿qué se creía aquel malnacido?
- Pues claro que no, querida, - se echó él a reír suavemente – por eso mismo.

Su orgullo, aunque débil, salió a la superficie y alzó la barbilla.

- ¿Y si me niego? ¿Vas a forzarme? – Sus ojos grises la hacían temblar, fijos en ella.
- Jamás he forzado a ninguna mujer. – La grave voz envolvió a Eliza, dejándola paralizada en el sitio. Él estaba más cerca. – Y jamás lo haré. El trato es que estés de acuerdo … en todo. Si no es así … - Se encogió de hombros con indiferencia - nos olvidamos del asunto. – Eliza frunció el ceño.
- Pero te estoy pagando … - Él se adelantó un paso e inconscientemente ella se echó hacia atrás, mientras él reía suavemente.
- ¿Tan desagradable te resultaría? Sé que no sería el primer hombre para ti.
- ¿Me está insultando, señor? – Eliza alzó la barbilla, altanera, y él rio aún más fuerte.
- En absoluto. Tómalo como un cumplido. – Se acercó a pocos centímetros de ella. Eliza tenía la espalda pegada a la pared y el corazón a mil por hora. Quiso arrugar la nariz, pero entonces constató que él olía bien, por increíble que pareciera. A pesar de sus ropas gastadas, se dio cuenta de que el hombre estaba limpio. – Quizá sea esto lo que necesitas … - Susurró el hombre. - ¿Qué decides?
- P … por qué yo … - Murmuró la joven débilmente. Él la recorrió de arriba a abajo con la mirada.
- Porque estás aquí … y porque eres muy sexy …

De pronto, sin previo aviso, la mano grande del hombre se posó en su cuello, haciendo que Eliza diera un respingo, y fue descendiendo lentamente, mientras ella contenía el aliento, por el hombro … el escote … hasta rodear uno de sus senos.

- Aún no he aceptado … - Protestó ella débilmente, todos los músculos de su cuerpo tensos como alambres, mientras él dejaba ver la blancura de sus dientes y bajaba suavemente uno de los tirantes del vestido.
- Yo creo que sí.

Eliza no podía respirar, simplemente no podía respirar. Deseaba empujar a aquel bruto despreciable con todas sus fuerzas y salir corriendo de allí, olvidarse de todo aquello … pero entonces, se apareció el rostro de su hermano ante ella. Roto, destrozado … las mil y una lágrimas que Neil había vertido en su regazo por aquella maldita … sentía los dedos del hombre bajar su vestido, acercarse a ella, su aliento en su cuello … debo hacerlo, susurraba su cerebro, no puedo hacerlo, susurraba su corazón …

No pudo articular palabra, quería gritar, pero las palabras se quedaban atascadas en su garganta. El hombre mordió el lóbulo de su oreja muy suavemente, y sintió que su cuerpo reaccionaba. Parpadeó sorprendida, fijándose en que el cabello de aquel desconocido era de un tono rubio oscuro./span/p

- No voy a hacerte daño … - Oyó que él susurraba, e inexplicablemente le creyó. Él desnudó sus senos. – No me equivocaba … eres preciosa … - Por un instante se sintió desfallecer, se sintió sucia, despreciable … giró el rostro hacia un lado, cerrando los ojos con fuerza, pero cuando el desconocido mordió su cuello y sus pezones, al tiempo que se quitaba la camisa, se dio cuenta, sorprendida, de que estaba excitada. Dios mío, estoy loca …

Él desnudó a ambos y tumbó a una temblorosa Eliza en el lecho. Era el momento, ahora nunca. Debía empujarlo y echar a correr. Pero estaba desnuda … y el momento pasó como un relámpago.

No pudo evitar echar un vistazo al hombre que la observaba desnudo desde lo alto. Sus nervios se acrecentaron al notar que era el hombre mejor dotado que había visto … y por increíble que pareciera, también el más atractivo.

- ¿Te gusta lo que ves? – Parecía divertido, y ella se mordió el labio, desviando la vista.

Todo pasará rápido, pensaba una y otra vez. Dios mío, Eliza … va a poseerte un asqueroso ladrón, un hombre de la calle … aquello era asqueroso, despreciable …

Él se puso a su lado y comenzó a tocarla.

- Estás muy tensa …
- Por favor … - Susurró ella, al borde de las lágrimas.
- Vamos, nena, ¿qué esperabas? – Él le giró el rostro e hizo que le mirara. - ¿Qué no iba a aprovechar la situación? Me la has puesto dura desde que has entrado por la puerta. – Aquellos ojos la quemaban. - Sé que no eres una jovencita pudorosa, no hay más que verte. - Su mano descendió hasta sus muslos y Eliza se tensó. – Ssshhh, está bien, nena, relájate … no voy a hacerte daño, lo juro … sólo quiero darte placer.
- ¿De veras? – Oyó que su voz brotaba débil y asustada. Se atrevió a mirarle de frente y constató que era un hombre joven, apenas unos años mayor que ella … y Dios, era muy atractivo. Él sonrió asintiendo, mientras sus dedos llegaban a su objetivo, y ella se mordía el labio, haciendo esfuerzos por no cerrar los muslos. Pronto se dio cuenta de que él sabía lo que hacía.

El placer la pilló desprevenida. Comenzó a relajarse y él lo percibió al instante.

- Eso es … muy bien … - Entonces la besó en la boca. No fue un beso rudo ni brusco … su lengua entró suavemente, casi como pidiendo permiso … y pronto Eliza se sorprendió a sí misma respondiéndole.

Por unos instantes, la joven se preguntó qué sucedería si ahora le empujara y saliera corriendo … pero supo que no lo haría, ya no. Sus manos ascendían por sus duros y musculosos hombros, sus bocas se enredaban una y otra vez … y sus cuerpos conectaron como si se hubiera activado un interruptor invisible. Eliza dejó de pensar en lo que estaba haciendo, en con quién estaba, y por qué lo hacía. Dejó de preocuparse y se rindió a él.

- Vaya … veo que vamos a pasarlo muy bien juntos … - Susurró él en su oído, mientras ella gemía … y perdió el control … pero no le importó.

Se dejó llevar. Se dejó llevar y aquel hombre la condujo a otra dimensión desconocida hasta ese instante. Esa noche Eliza hizo cosas que jamás pensó que realizaría.

Aquello duró toda la noche … hablaron muy poco, apenas … subían al cielo y nada más bajar, volvían a empezar … hasta que con las primeras luces del alba, ella se levantó del revuelto lecho, vistiéndose rápidamente, y echó un último vistazo al hombre desnudo que la observaba desde las sombras.

- He cumplido mi parte.
- De sobra. – La mirada masculina la acarició. – Y yo cumpliré la mía.

Ni siquiera supo cómo se llamaba … pero había sido la mejor noche de sexo de su vida.

-fin de escena retrospectiva-

Se acarició los senos, recordando aquellas manos, mientras el agua resbalada por ellos.

Pero de pronto pegó un respingo, porque otras manos se habían unido a las suyas, y se giró rápidamente para encontrarse con un sonriente Stuart desnudo frente a ella.

- ¿Estás loco? ¿Qué demonios haces aquí?
- ¿Creías que iba a dejar escapar esta oportunidad? – Ella alzó el rostro airada, pero Stuart no le dio tiempo a reaccionar. La tomó en brazos y la alzó un poco, apoyándola contra la pared de la ducha. - ¿Estabas pensando en mí? – Qué más quisieras, pensó ella, pero se dejó hacer. - ¿Sigues enfadada? – Preguntó él entre besos.

Siempre estoy enfadada … más sabiendo que me has tocado tú en suerte, pensaba ella. Pero correspondió a sus besos, abriéndose a él.


El mayordomo de los Cornwell, Jackson, avistó el automóvil enfilar la avenida de entrada a la mansión, y comenzó a dar las órdenes para que todo estuviera dispuesto para la llegada de los señores. El hombre, que llevaba muchos años al servicio de la familia, que había visto crecer a Archibald y Alistear y que había sentido la muerte del pequeño de los Cornwell como si se tratara de un miembro de su propia familia, suspiró con tristeza. Podía sentir el profundo sufrimiento de aquella pareja. Habían perdido el rumbo … habían seguido su camino, por separado.

El automóvil se detuvo en la entrada, y el viejo mayordomo se acercó a abrir la puerta.

- Buenas noches, Jackson. – El joven Cornwell le sonrió con amabilidad, mientras se volvía caballerosamente para ayudar a descender a su esposa del automóvil.
- Hola, Jackson, buenas noches.
- Señora. – El mayordomo le hizo una cortés reverencia.

Los jóvenes se adentraron en la mansión, mientras Jackson hacia gestos al resto de la servidumbre para que se fueran a sus puestos.

- ¿Estás cansado?
- ¿Qué? – Archie parpadeó, volviendo la cabeza para mirarla, y Annie constató que ya no había sentimientos en aquella mirada, tal vez, el cariño seguía ahí … pero Annie no creía que pudieran volver a ser una pareja propiamente dicha. ¿Y qué harían si querían tener hijos? ¿Deberían volver a pasar por un infierno, como antaño? - ¿Qué sucede, Annie? – Ella parpadeó sorprendida y sonrió.
- Nada … todo va bien.
- ¿Estás segura? – La voz de Archie sonó amarga, mientras comenzaban a subir las escaleras.
- Archie ….
- ¿Sí? – Él se paró, girándose a observarla, sin emoción en el rostro.
- Nada … buenas noches.


Aquel desangelado pabellón, habilitado como taberna y otros usos, protegido de miradas indiscretas por un montón de mercancía apilada ante sus puertas, era el centro de reunión de los negocios más oscuros del puerto de Chicago. Lo que allí se acordaba, quedaba firmado con sangre. Un pacto no escrito que bien podía pagarse con la muerte, como de hecho sucedía en muchas ocasiones.

- ¡Mark! – Un gigante con ropa grasienta, sentado ante un tosco taburete frente a la larga barra, saludó alzando la mano al hombre que en esos momentos entraba por la puerta.

- ¿Cómo va la noche, Jim? – El hombre más joven se sentó frente al grandullón y enseguida le sirvieron una jarra de cerveza.

- Mejor imposible. Ha llegado un grupo de marineros y las chicas llevan trabajando toda la noche. – El otro asintió. – No creo que Maisie tenga tiempo para ti hoy, la están entreteniendo demasiado … - El grandullón soltó una risotada, golpeándose el muslo, mientras el otro miraba hacia las escaleras que conducían al piso superior.

- Controlad que todos paguen lo que deben.

- Por descontado, amigo. – Ambos bebieron un trago de sus respectivas jarras. - ¿Dónde has andado metido últimamente? Los muchachos comentan que te has enamorado …

- ¿Enamorado? – Mark alzó una ceja.

- Sí … dicen que después de la visita de la misteriosa señora el otro día, te quedaste bastante tocado. – El otro se echó a reír. - ¿Es que era tan buena en la cama?

- ¿Y quién te dice que me la tiré?

- ¡Venga ya, Mark! Los gemidos se oían por toda la casa. – Los dos rieron a carcajadas. – Y toda la noche, por lo que me han dicho. ¿Cómo lo haces? ¿Qué les das?

- Esto. – Se tocó la entrepierna y el grande se rio con ganas. Apuraron sus jarras, y Mark se acercó a él. – Escucha, ya está todo preparado para lo de la fiesta. Por eso he estado tan ocupado estos días.

- Pero, ¿en serio vamos a hacerlo?

- Pues claro. ¿Sabes lo que te darán en las islas por una mujer de esa clase? La podrán explotar como fulana y sacarán mucho dinero. Además … podréis probarla en el barco. – Vio cómo los ojos del otro se llenaban de lujuria.

- ¿No te parece demasiado riesgo por una sola mujer?

- El plan es perfecto. Y hemos cobrado mucho dinero …

- Más que dinero diría yo … - El grande meneó la cabeza mientras el otro pedía otro par de cervezas. Le golpeó en el hombro.

- Lo dejo en tus manos, ¿de acuerdo? Nos veremos a la vuelta.

- ¿Te marchas?

- Sí … un tiempo, como ya te dije.

- ¿Y cómo podremos localizarte?

- No podréis, Jim, ya lo sabes. Son las reglas. – El grande bajó la mirada cohibido. – Sam te dará los detalles. Espero que todo salga perfecto, como siempre.

- ¡Cariño!

Una joven, excesivamente maquillada y con un ajustado vestido rojo que resaltaba sus grandes pechos, bajaba en ese momento las escaleras, seguida de otro joven, el cual se acercó a la barra, mientras ella se contoneaba hacia ellos.

- Hola, preciosa. – La joven se frotó contra Mark y lo besó en la boca, hambrienta.

- ¿Dónde has estado? Te he echado mucho de menos … - La joven hizo un puchero mientras le tocaba la entrepierna y él reía.

- He estado trabajando … pero continuamente pensando en ti, Maisie.

- Eso espero. – Volvió a besarlo vorazmente en la boca. - ¿Vienes arriba conmigo?

- Está noche no, querida, tienes trabajo. – Ella enseguida se apartó de él, enrojeciendo e intentando guardar la compostura. Mark le acarició la mejilla y le guiñó un ojo. – No te enfades, nena, tienes clientes. – Le dio una suave palmada en el trasero y le hizo un gesto hacia la sala, repleta de hombres. La joven apretó los labios y se dirigió hacia allí. Él se volvió hacia el grandullón, mirándolo fijamente con sus fríos ojos grises. – No me falles, Jim, ¿de acuerdo? – El aludido tragó saliva y asintió.

- Descuida. – El joven le golpeó el hombro y se despidió, saliendo a la oscuridad de la calle.

Jim suspiró con fuerza. Sí, más le valía no fallarle.

NOTA: ¡Hola a todos! Quería aprovechar unos instantes para poder agradeceros vuestros comentarios y vuestra fidelidad a la historia. Ya que sé que ha habido temporadas en las que he tardado en actualizar, y lo siento, intentaré ser más constante. Vosotros sois quienes me motiváis a continuar. Gracias, muchas gracias, de verdad. En los próximos capítulos van a suceder muchas cosas. Espero estar a la altura de las expectativas, pero sobre todo espero que disfrutéis leyendo, como siempre. ¡Un saludo muy fuerte y hasta pronto!

Nhoare