N/A: Hola a todos! Este capítulo contiene escenas duras, violentas, pero esenciales para el desarrollo de la trama. Pido disculpas anticipadas si con ello pudiera herir los sentimientos de algunos lectores, pero como ya dije, es una historia complicada en algunas ocasiones. Con todo ello, gracias por seguir leyendo. Saludos!
Nhoare.
El gran reloj del vestíbulo marcó las siete de la tarde y su musical sonido se dejó oír por unos segundos en las desiertas estancias. Apenas un par de doncellas, supervisadas por Watters, terminaban de dar los últimos retoques a las flores diseminadas por los espacios habilitados para el evento cuando la alta figura de George Anderson enfiló el pasillo de entrada a las dependencias donde se hallaban ubicadas la cocina y las despensas.
En la amplia cocina el trajín era ensordecedor. Ya habían llegado los encargados del catering, y la cocinera y Mary andaban de un lado para otro organizando cada ínfimo detalle. Casi doscientas personas iban a caminar por el suelo de mármol de la mansión Andrew en apenas un par de horas, y aún quedaba mucho por hacer. George saludó a Mary con un gesto desde la distancia y ella le correspondió fugazmente, volviendo a sus quehaceres con rapidez. Habló unos segundos con varios de sus hombres, supervisó con los encargados de la seguridad y del parking el protocolo a seguir, y se dirigió hacia el amplio salón.
Afortunadamente, el tiempo iba a acompañar y dar paso a una maravillosa noche, con una agradable temperatura. El gran salón de los Andrew lucía majestuoso, brillante de luces tenues y más vívidas en algunos lugares, creando el ambiente perfecto. Se cercioró de que en una de las esquinas la orquesta ya comenzaba a montar y colocar los instrumentos. Música en vivo.
Asomó la cabeza por la sala adyacente, donde muchas mesas colocadas estratégicamente ya comenzaban a llenarse de todo tipo de exquisiteces. En este tipo de eventos, un buen catering y una buena organización eran esenciales para que todo transcurriera según lo previsto. Se acercó hacia otra de las esquinas, donde la larga barra de bebidas ya estaba preparada, con Adam y Sean a la cabeza.
- ¿Todo bien, muchachos?
- Perfecto. Está todo preparado. ¿Te apetece una copa? – George dudó unos segundos, pero al final se decidió por un whisky corto y suave, ya que la noche iba a ser larga.
- Hola, George. – El hombre casi se atragantó a mitad del trago y tosió ligeramente, girándose turbado hacia quien lo había saludado.
- Señor … señor Andrew … - El aludido le golpeó el hombro con una suave risa.
- Vamos, George, ¿cuándo vas a llamarme por mi nombre? – George observó al pequeño de los hermanos Andrew, atractivo en su impecable esmoquin, con sus ojos azules y cabello rubio, rasgos característicos de la familia, pedir una copa mientras su mirada recorría el amplio salón. – Maldita fiesta … - musitó - ¿todo listo?
- Así es, señor.
- Pues entonces relájate un poco, George, vamos … seguro que no has parado un momento …
- Es mi trabajo, señor. – Mike Andrew asintió y sonrió.
- Desde luego, y es impecable, como siempre. – George bajó la cabeza, algo turbado. – Voy a aprovechar ahora e ir a fumar un ratito, antes de que baje mi esposa. – Le guiñó el ojo, y tomando la copa, se dirigió con elegantes zancadas a una de las amplias terrazas que se abrían invitadoras a los hermosos jardines, ahora iluminados sus caminos por miles de farolillos.
Desde su posición, George repasó la zona de descanso ubicada en otra de las esquinas de la estancia, repleta de divanes, y tras apurar la copa de un trago y saludar a los camareros, se dirigió a cada una de las terrazas, para comprobar personalmente que todo estuviera correctamente dispuesto.
Cuando volvía por el pasillo hacia las cocinas, se topó con William, ya impecablemente vestido, que salía de su despacho.
- Señor William.
- George. – El joven sonrió y le apoyó una mano en el hombro.
- Creía que estaría aún preparándose …
- No, tenía que terminar un asunto, y he dejado que Patty descansara un poco. Ahora subo a buscarla … - frunció el ceño - ¿cómo vamos de tiempo?
- Aún tenemos una hora …
- Bien. – Le palmeó el brazo. – Anda, ve a cambiarte, todo está perfecto …
- ¿Cambiarme? – George lo miró confundido.
- Claro, ve a ponerte el esmoquin.
- ¿El esmoquin? Pero … - William se echó a reír ante su desconcierto.
- Vamos, George, tú eres casi de la familia, y quiero que hoy disfrutes de la fiesta con nosotros, ¿qué esperabas? Ahora ve a cambiarte, luego nos vemos.
La avenida de entrada a la mansión Andrew estaba llena de luz por los faros de los vehículos y los farolillos de luces que poblaban todo el camino de entrada, desde las altas verjas hasta la gran escalinata de piedra. Annie parpadeó deslumbrada un segundo, pensando que por una vez, la casa se veía verdaderamente hermosa, esplendorosa.
Casi sin apenas darse cuenta, perdida en sus emociones y ensoñaciones, se encontró al lado de su esposo, tomada de su brazo, entrando por las grandes puertas. Archie apenas había despegado los labios desde que ella había hecho su aparición en el hall de entrada hacia apenas media hora. Un cumplido cortés y enseguida se habían puesto en camino, ya que se les había hecho tarde.
Observó subrepticiamente a su esposo, alto, elegante … verdaderamente apuesto, con aquel porte innato, su cabello castaño y los finos y firmes rasgos de los Andrew en el rostro. Archie siempre se había parecido más a su madre, Margaret, y Stear era el que tenía más de los Cornwell. Y aunque Archie no hubiera heredado los ojos y el cabello rubio característicos de la familia, indudablemente su rostro era el de un Andrew. Annie siempre había pensado que si Archie hubiera tenido los ojos claros, se habría parecido muchísimo más a Albert.
Y ahora allí estaba, tomándola del brazo, cortés, educado y atento … pero a kilómetros de distancia de ella.
Entraron a la mansión y enseguida se encontraron con muchos rostros conocidos. En el caos del momento, perdió de vista a su marido, mientras dejaba en manos de un empleado su chal. Y al girarse hacia la entrada al salón, chocó de frente con un caballero, quien enseguida la tomó por la cintura para no caer.
- Discúlpeme … - esa voz … esa voz recorrió su cuerpo de arriba abajo y casi hizo que volviera a tropezar - ¿se encuentra bien? – Los magnéticos ojos ámbar que poblaban sus sueños la observaban ahora brillantes en el sonriente rostro de Matthew Jenssen.
- Sí … sí … yo … - El joven hizo una cortés inclinación de cabeza al tiempo que la soltaba.
- Soy Matthew Jenssen. – Vaya, Matt estaba decidido a representar su papel a la perfección. Y ella estaba temblando como un flan.
- An … Annie Cornwell.
- Encantado de conocerla, señora Cornwell. – Su voz, su cadencia … Annie sintió que su rostro estallaba en llamas. Tragó con fuerza, intentado rehuir aquella mirada que la hacía temblar.
Vio cómo Matt sonreía ladeando un poco la cabeza, en un gesto tan familiar que casi le resultó doloroso presenciarlo. Dios mío … y estaba terriblemente atractivo vestido de esmoquin … Oh, Annie, no sé cómo vas a poder sobrevivir a esta noche … pensaba la joven, sintiendo retumbar su corazón en el pecho.
Entonces Matt se giró levemente a una pareja que estaba junto a él, y al observarles, Annie supo instantáneamente que se encontraba ante los padres del joven.
- Papá, mamá … os presento a Annie Cornwell.
- Oh … ¿es usted la esposa del señor Cornwell? – El elegante hombre de mediana edad se acercó a ella con una deslumbrante sonrisa. Annie asintió, devolviéndosela. – Estuvimos el otro día hablando con su esposo … un joven muy notable, estoy deseando saludarlo.
- Él … - Annie movió la cabeza alrededor, intentando localizar a Archie entre la multitud. Sentía los ojos de Matt fijos en ella, sentía cómo ardía su piel … no, debía salir de allí cuanto antes, debía calmarse … - en este momento no lo veo … - se disculpó con el señor Jenssen – le diré que están aquí …
Se despidió rápidamente de los Jenssen y se alejó hacia el salón, sin volver la vista atrás.
- Desde luego, Emilia querida, Candice nunca deja de sorprendernos …
- Y con un actor nada menos …
- Pero es muy conocido … y muy atractivo …
Las mujeres se echaron a reír mientras el mayordomo se acercaba con una bandeja repleta de copas de champan y las mujeres se servían, algunas en pie, otras sentadas en los divanes, al lado de las puertas abiertas de la terraza. Emilia Elroy suspiró, bebiendo un pequeño sorbo de su copa, mientras observaba a la pareja objeto de los comentarios de las mujeres, girar por la pista de baile uno en brazos del otro, ajenos a todo y a todos. Por un momento, Elroy sintió congoja en el corazón. Mirarles le provocaba dolor, añoranza … ella jamás había sentido que nadie la amara de aquel modo … y aquella maldita chica tenía suerte, sí, maldita sea, tenía la suerte de ser amada, querida …
- ¿Emilia? ¿Me estás escuchando?
- Sí. – Disimuló un gesto de desdén hacia su interlocutora. No soportaba a la mitad de las presentes.
Por el rabillo del ojo localizó a Patty a pocos pasos de ellas y se levantó del diván, disculpándose.
- Patricia. – La joven se volvió ligeramente sorprendida hacia la anciana.
- Hola, tía.
- ¿Cómo estás? – La mujer observó atentamente las veladas ojeras de la joven, apenas disimuladas por el maquillaje, y frunció el ceño. Sabía que el estado de la joven iba a dar de qué hablar, pero confiaba en que pudieran salir del paso alegando que eran molestias propias del embarazo.
- Estoy bien, gracias.
La anciana la tomó del brazo y comenzaron a caminar entre los presentes, saludando a unos y otros a su paso.
- Lamento lo de tu abuela, pero afortunadamente, no es nada grave, nada de qué preocuparse. - La joven asintió. En última instancia los padres de Patty habían mandado un telegrama, que había llegado hacía apenas dos horas, informando de que les era imposible acudir al evento, ya que la abuela de Patty había sufrido un pequeño ataque. - El catering ya ha finalizado. Creo que ya no sería inconveniente en que te fueras a descansar … sería totalmente comprensible.
- Pero … - La anciana le dio unas palmaditas en la mano, y Patty se sorprendió.
- ¿Dónde está William?
- Creo que está en la otra terraza … ahora iba a reunirme con él.
- Muy bien, vamos.
- Pero …
- ¿Qué sucede, Patricia? Suéltalo ya. – Estaba comenzando a perder la paciencia con esa chica.
- No creo que sea adecuado que me retire, eso es todo. – Patty se paró un momento, apretando los labios.
- Tonterías, - Elroy hizo un ademán con la mano – vamos a hablar con William.
La fiesta continuaba inexorable. Ya habían transcurrido más de dos horas y parecía que todo se estaba resolviendo satisfactoriamente. George salía en ese momento de otra de las salitas de reuniones habilitadas, donde en ese momento se estaba desarrollando un importante negocio para la familia, y se detuvo unos instantes para arreglarse la pajarita.
Era cierto que aquella fiesta escondía un importante foco potencial de negocios. La plana mayor de los Andrew y muchos clientes e inversores importantes se reunían allí esa noche, y todos y cada uno de los Andrew iban a estar prácticamente toda la velada entrando y saliendo de pequeñas reuniones concertadas para beneficio de la familia.
Salió un momento a la pequeña terraza de aquella tranquila ala, y encendió un cigarrillo observando los jardines. Lo cierto era que la mansión se veía hermosa, iluminada por dentro y por fuera. Sus ojos escudriñaron atentamente los caminos y el parking, cerciorándose de que cada uno estaba en su puesto. De pronto sus ojos repararon en un par de individuos resguardados en la oscuridad de uno de los laterales de la casa. George no podía distinguir si se trataba de empleados o de simples invitados, pero sin saber por qué, su actitud le resultó sospechosa. Tiró rápidamente la colilla y se dirigió con paso firme a hablar con uno de sus hombres.
La joven pelirroja giraba con soltura en brazos de su hermano por la abarrotada pista, riendo y bromeando con su pareja para intentar arrancarle al menos una sonrisa.
- Vamos, hermano, intenta disfrutar la velada, por lo menos.
- ¿Como lo estás haciendo tú?
- ¿Por qué lo dices? – La joven lo miró con el ceño fruncido mientras su hermano sonreía malicioso.
- Sabes que te conozco, ¿verdad? Tan bien como me conoces tú a mí. Y sé que me estás ocultando algo. – El corazón de Eliza comenzó a latir más fuerte, pero ella intentó disimularlo a toda costa.
- ¿Ya te estás emparanoiando? Yo nunca te oculto nada … - aunque sentía las mejillas enrojecidas. Sólo esperaba que Neil no se diera cuenta.
Era cierto. Estaba nerviosa, tremendamente nerviosa. No sabía cuándo iba a suceder, no sabía cuándo iba a desaparecer la maldita huérfana …
- ¿Y qué pasa con Stu?
- ¿Qué pasa con él? – Oyó la carcajada de su hermano mientras realizaban un giro. Neil le susurró al oído.
- ¿Ya ha dejado de gustarte lo que te hacía?
- No sólo me lo hace a mí … - Se mordió el labio.
- Oh … ¿debo entender que te importa? – Neil alzó una ceja. Pero antes de que pudiera responder, la música tocó a su fin, y tocaron a Neil en el brazo. – Hablando del diablo … - Le dedicó a su hermana una desdeñosa sonrisa.
- ¿Me permites? – Neil miró un momento a su hermana, y la soltó, besándole la mano, y dedicando a su futuro cuñado una despectiva mirada.
Stuart se colocó en el sitio de Neil mientras la suave música volvía a llenar la pista. En esos momentos era cuando Eliza tenía que lidiar con esos nuevos sentimientos que estaban haciendo presa de ella. Quería negarse a sí misma que le importaba lo que Stuart hacía. Durante aquel año y medio que llevaban de relación, si podía llamársele de alguna manera, habían nacido algunos sentimientos desconcertantes en el corazón de la joven.
- ¿Vas a morderme si te dirijo la palabra? – Susurró el joven acariciándole sutilmente la parte baja de la espalda. – Creo que deberíamos al menos guardar las apariencias …
- Claro.
- ¿Qué te pasa? ¿No vas a contármelo?
- No me pasa nada. - Giraron unos instantes por la pista en completo silencio y entonces súbitamente el joven se detuvo y la tomó por el codo. - ¿Qué estás haciendo?
- Vamos a dar un paseo …
- ¿Qué? No … - Ella intentó desasirse, pero él la fulmino con la mirada y la acercó más a él.
- No hagas una escena, Eliza, te lo advierto. Vas a venir tranquilita conmigo a los jardines. Tengo algo que decirte.
Neil Legan se apoyó con desgana en una de las columnas de piedra de la terraza para poder observar indirectamente a la joven rubia que dejaba la pista en esos instantes del brazo de su marido. Bebió de un solo trago el resto de su copa de champán e intentó por todos los medios sacar fuerzas para contenerse y no ponerse a gritar de rabia.
La había perdido, hacía tiempo que la había perdido … pero ahora, al verla con él, sentía como si una losa le oprimiera el pecho. Necesitaba decirle … quería decirle tanto … y sabía que en breve se marchaba, se marchaba y ya no la volvería a ver … tal vez nunca más.
Un caballero chocó con él pidiendo disculpas y lo sacó de su ensimismamiento, a tiempo de ver cómo un camarero se acercaba a Candy, quien ese momento conversaba, junto con su marido, con un grupo de gente.
- ¿Señora Grandchester?
- ¿Sí? – La joven sonrió al desconocido.
- Me mandan a buscarla. El señor Andrew.
- ¿Albert?
- ¿Qué quiere Albert? – Terry miraba también al joven con el ceño fruncido. Este era apenas un muchacho, parecía nervioso, y Candy se compadeció de él. Sabía que su esposo podía llegar a ser muy intimidante.
- Está bien, Terry, enseguida vuelvo.
- ¿Qué? No, creo que voy …
- Por favor … - La joven sonrió y lo besó en la mejilla. – Todo va bien …enseguida vuelvo.
La joven siguió al camarero hacia uno de los pasillos.
- El señor Andrew me ha dicho que la espera en la salita del final del pasillo.
- De acuerdo … ¿ha dicho algo más?
- No señora, pero ha dicho que era urgente.
Y sin más, el joven se alejó entre los invitados, dejando a una confundida Candy entrar en aquel oscuro pasillo.
- Candy … - Terry la había tomado del brazo y le hizo pegar un respingo.
- Oh, Terry, me has asustado …
- ¿Estabas asustada? ¿Por qué? – Su marido la observaba con el ceño fruncido.
- No estaba asustada … - Rio ella.
- Bien, creo que voy a acompañarte a ver qué es lo que quiere Albert …
- Terry …
Pero su marido hizo caso omiso y la tomó de la mano, enfilando el oscuro pasillo.
Neil Legan no había perdido detalle de la escena que se desarrollaba a apenas unos metros de él. ¿Qué estaba pasando allí? ¿Es que encima iban a tener la desfachatez de escabullirse de la fiesta para echar un polvo? La ira volvió a cerrarle la garganta, dificultándole la respiración y cegando su mente. Casi sin darse cuenta, sus pasos lo condujeron al pasillo por donde había desaparecido la pareja momentos antes.
Patty estaba cansada, verdaderamente agotada, al borde de sus fuerzas. Tal vez la tía tuviera razón y debiera retirarse a descansar, pero su sentido del deber se lo impedía. William estaba muy ocupado esa noche. Aquello no sólo era una fiesta, como Patty se había imaginado, sino que era un escaparate de importantes negocios. Y su esposo debía dejar cerrados muchos asuntos antes de partir a Washington.
Patty se había escabullido por unos instantes a aquella ala de la mansión, más tranquila, para poder escapar por unos instantes del bullicio de la fiesta y descansar, aunque solo fuera unos minutos. Sintió un ligero movimientos en el abdomen y se detuvo sorprendida, para a continuación llenársele los ojos de lágrimas y acariciar suavemente la ligera curvatura.
- Oh, pequeñín … espero que estés bien. – Respiró hondo y continuó por el largo pasillo.
Creía recordar que al final de aquel pasillo había una pequeña sala, con una acogedora terraza que daba a la parte de atrás de los jardines, mucho más discreta y tranquila, donde podría tomarse unos minutos y descansar un poco, antes de volver a la fiesta.
Una vez llegó a destino, abrió lentamente la puerta y entró en la estancia a oscuras, cerrando tras de sí. Las puertas de la terraza estaban abiertas de par en par a la oscuridad de la noche y Patty suspiró, dirigiendo sus pasos hacia allí.
Pero no llegó a destino. De pronto, unos fuertes brazos la tomaron por detrás, y antes de poder articular palabra, le pusieron un paño maloliente con fuerza contra la boca abierta y ya no sintió nada más, solo oscuridad.
- Bien, ya está, ya está … - Susurraba el hombre a sus compañeros, que salían en ese momento de sus escondites, mientras él arrastraba a la desvanecida joven hacia uno de los divanes.
- ¿Ya está?
- Vamos a darnos prisa, joder … - Uno de ellos enfocó con un haz de luz hacia el rostro de Patty y maldijo por lo bajo.
- Pero, ¿qué coño? Esta no es …
- ¿Cómo que no es? – El hombre agarró con fuerza el rostro de Patty y el cuello del hombre.
- ¡Mira imbécil! – Susurró con furia. – Esta no es la chica.
- ¿Y qué mierda hacía aquí?
- Bueno, ¿y qué más da? – Dijo el tercero. – Nos llevamos a esta …
- ¿Es que eres imbécil?
- Bueno, no está mal … - El otro le golpeó en el hombro.
- Tenemos que hacer nuestro trabajo. – Pasó el haz de luz por el cuerpo de Patty. – Además … - le tocó la zona del abdomen – esta está preñada, joder … ¿te ha visto la cara?
- ¿Qué?
- Que si te ha visto la cara.
- Claro que no …
- ¡Eh! Viene alguien … - El hombre más cercano a la puerta se acercó a ellos nervioso.
- Mierda … dejadla ahí tumbada … escondeos …
Stuart Robson estaba enfadado, airado, dolido … realmente, no sabía con certeza cómo se sentía. Aquella joven que por circunstancias de la vida o el destino se había convertido en su compañera de vida, le volvía loco. En un principio se había tomado la relación como algo fácil. Ya que debía casarse con un pariente de los Andrew, qué mejor que una casquivana y ligera joven que le dejaba entrar en su cama y hacerle todo lo que le viniera en gana. Y por ende, no le pedía explicaciones y Stuart tenía libertad para seguir con sus relaciones. ¿Qué más podía pedir?
Por eso no estaba preparado para sentir dependencia, para sufrir. Sabía que no la amaba, es más, en muchas ocasiones terminaba asqueado de ella. Pero siempre volvía … siempre. Y aunque jamás lo reconocería delante de ella, hacía ya más de ocho meses que sólo tenía relaciones con Eliza. Y sorprendentemente, y a pesar de su carácter y su forma de ser, Stuart no deseaba otra cosa.
Y ahora ahí estaban, en aquella maldita fiesta, con Eliza enfadada y tensa como una barra de acero, y él tan lleno de ira que sentía que estaba a punto de explotar.
Una vez descendieron las escaleras de piedra de la terraza y la tenue oscuridad de los caminos los envolvió, Eliza se desasió bruscamente.
- ¿Qué crees que estás haciendo? – Se plantó ante él con los brazos en jarras, respirando agitada y echando fuego por los ojos.
- Ahora mismo vas a explicarme qué es lo que demonios te pasa.
- Ya te he dicho que no me pasa nada. – Ella se mordió el labio.
- Entonces, ¿por qué estás tan tensa?
- Bueno … creo que tengo derecho a enfadarme, después de no saber de ti en cuatro días …
- Te mandé una nota, Eliza, estaba con mi padre.
- Ah, sí, la nota … - Ella hizo un gesto despectivo y se dio media vuelta, pero él volvió a cogerla por el brazo y la apretó contra él.
- ¡Stuart! Me haces daño.
- Sí, eso debería hacer … - Él la agarró con fuerza por la cintura, mirándola a los ojos con furia, y ella volvió a pensar qué estaba muy atractivo. Pero de pronto, Stuart frunció el ceño, como si de pronto se hubiera dado cuenta de algo. – Eliza … no habrás hecho ninguna tontería, ¿verdad?
- ¿Tontería? ¿A qué te refieres? – pero un sudor frío comenzó a invadir su cuerpo.
- Me refiero al perverso plan que quisiste que preparara aquel día …
- ¿Qué plan?
- El plan que me suplicaste que organizara mientras te follaba … - Ella lo empujó con fuerza, soltándose.
- ¿El que dejaste muy claro que no harías? – Eliza se dio media vuelta, pero Stuart volvió a agarrarla del brazo. La miraba muy serio.
- Eliza, mírame. Dime que no has hecho ninguna locura … - Por un momento, Eliza quiso gritarle a la cara que se pudriera, que por supuesto que había tenido que organizarlo todo, y que había tenido que pagarlo muy caro … pero se mordió la lengua.
- ¿Por quién me tomas? – Pero Stuart dudaba, Eliza lo leía en sus ojos. Mierda, Eliza, debes hacerle creer en ti, no puede dudar … - ¿Cómo iba yo a organizar algo así, Stu? Me conoces …
- ¿De veras? A veces creo que no te conozco en absoluto … - Entonces la joven sonrió coqueta y acarició su chaleco.
- Bueno, así nunca nos aburriremos … - Él meneó la cabeza mientras ella se echaba a reír.
Y súbitamente se abrazó a su cuello, y tras un momento de indecisión, Stuart la rodeó con sus brazos.
- ¿Qué te pasa? ¿Por qué estás tan nerviosa? Nunca te había visto así … - susurró él en su oído y a ella se le llenaron los ojos de lágrimas.
- No me pasa nada … sólo estaba enfadada …
William Andrew salía en ese momento de una de las salitas de reuniones y despedía con un apretón de manos a los caballeros con los que había estado reunido, mientras Emilia Elroy se acercaba por el pasillo.
- Hola, tía. – Saludó William con una sonrisa. - ¿Cómo va la fiesta?
- Perfectamente, no debes preocuparte. ¿Has visto a tu esposa?
- ¿A Patty? – William frunció el ceño. – La dejé en la fiesta, antes de la reunión, ¿por qué? – La mujer apretó los labios.
- He de decirte, William, que me había hecho la firme promesa de no volver a criticar el comportamiento de tu esposa, y créeme que lo he intentado con todas mis fuerzas. – William suspiró, intentando disimular su gesto. Ya estaban otra vez, ¿qué había pasado? – La he notado muy cansada, William, no voy a ocultártelo. Y había decidido venir con ella a hablar contigo para que se retirara a su dormitorio, cuando esa chica me ha dado esquinazo, literalmente. – Buena chica. Pensó él, apretando los labios para ocultar una sonrisa. Pero enseguida la preocupación vino a acosarlo.
- ¿No se encontraba bien?
- Creo que debería descansar … - William se pasó las manos por el rubio cabello.
- Está bien, tía, ahora mismo voy a buscarla, ¿de acuerdo?
- Señor William. – George Anderson se acercaba a ellos por el pasillo.
- Hola, George, ¿qué sucede?
- Voy a ausentarme unos minutos de la fiesta, señor.
- ¿Por qué?
- ¿Ha sucedido algo, George?
- No, todo está bien. – El hombre parecía preocupado. – Seguramente no sea nada. Pero quiero hacer un barrido de seguridad alrededor de la casa con mis hombres, así me quedaré más tranquilo … si a usted le parece bien, señor.
- No tienes que pedirme permiso, George. – William le puso una mano en el hombro. - ¿Seguro que todo va bien?
- Sí, señor. Lo mantendré informado. – El hombre hizo un gesto con la cabeza y se dio la vuelta para marcharse.
- Espera, George. – William se volvió a su tía. – Tía, ¿me harías un favor? ¿Podrías ir a buscar a Patricia y acompañarla a su dormitorio? Dile que yo te lo he pedido. Creo que debo acompañar a George.
- Por supuesto, William.
Archibald Cornwell estaba ya bastante harto de la fiesta. Ya había asistido a una reunión y dado varias vueltas saludando a muchos de los presentes. Había bailado con su esposa y con varias mujeres más, y ahora se hallaba sentado en uno de los divanes de la terraza, disfrutando por unos segundos del placer de estar solo.
No se había percatado de que la había estado buscando durante toda la noche. ¿Dónde estaba? La veía en cada mujer con el pelo castaño, del mismo tono que el suyo … no podía imaginársela vestida de gala. Aunque imaginaba que estaría preciosa.
Encendió el cigarrillo y aspiró, entrecerrando los ojos.
- ¿Cansado? – se atragantó con el humo y comenzó a toser, oyendo la suave risa femenina.
Claire Cooper se sentó frente a él con una copa de champán en la mano, y Archie sintió que le faltaba el aire, y no era por el humo. La joven era una visión vestida de un tono granate, palabra de honor, que se adhería a sus curvas seductoramente, haciendo que el deseo se apoderara por un momento del cuerpo del joven. Apartó la mirada, intentando calmarse.
- ¿Estás bien? Archie, perdona lo de esta tarde, de veras, yo … - sus ojos se encontraron – no debí dejarte así.
- No te preocupes, lo comprendo.
- ¿De veras? – Él asintió, y de pronto sonrió.
- Me alegro de verte … ¿te apetece dar un paseo? – Señaló el jardín con la cabeza.
- Yo … - Los claros ojos de Claire se llenaron de confusión por un segundo.
- ¿No deseas estar a solas conmigo? – Archie vio cómo las mejillas de la joven se teñían de rojo.
- No, no es eso, es que …
- Hemos estado a solas muchas veces, no debes preocuparte … - Ella lo observó sorprendida, pero al ver la diversión en sus ojos, se echó a reír.
- Eres bobo …
- ¿Archie?
Ambos se giraron sorprendidos al escuchar la voz y Archie apretó los labios, mientras se ponía en pie, al tiempo que Claire hacía lo mismo.
- Annie … - El joven intentó sonreír. – Claire Cooper, te presento a mi esposa, Annie.
- Un … un placer. – La joven de pelo castaño sonrió tensa a la joven morena y ambas se estrecharon la mano.
- Encantada.
- Claire es una importante cliente de Montana.
- Bueno … - rio ella – yo no diría tanto.
- Claro que sí. – Archie la acarició con los ojos y Annie parpadeó, algo confusa.
- Bueno, perdonen que les haya interrumpido. Sólo quería preguntarte, Archie, si habías visto a Candy. Quisiera hablar con ella y hace tiempo que no la veo …
- No, lo lamento, pero con tanta gente es comprensible. Seguramente esté bailando. Por cierto, - se giró hacia Claire – creo que me debe un baile, señorita Cooper.
- Oh, pero … - Claire sintió que enrojecía.
- ¿Nos disculpas, querida?
- Claro. – Intentó sonreír Annie. ¿Qué pasaba allí? Vio cómo Archie ofrecía su brazo a aquella atractiva joven y esta lo tomaba, algo cohibida.
- Encantada de conocerla, señora Cornwell.
- Lo mismo digo.
Observó a la pareja acercarse a la pista, susurrando entre ambos. ¿Una cliente? ¿Quién era aquella joven para Archie? Meneó la cabeza, e intentó ahuyentar esos pensamientos de su mente. No era momento para aquello.
Hacía tiempo que no veía a Candy, y tampoco a Terry, era cierto, y solo esperaba que estuvieran juntos. Desde lo sucedido en la cena con Neil Legan, Annie no podía evitar preocuparse por su amiga. El instinto le decía que algo no iba bien, y que tal vez pudiera sucederle algo a Candy.
Continuó preguntando a los invitados si habían visto a la joven rubia, hasta que una de las camareras le dijo que creía haber visto dirigirse a la joven hacia uno de los pasillos del ala oeste. Los nervios de Annie se dispararon. Esperaba que no se le hubiera ocurrido ir sola. Respiro profundamente y se encaminó hacia allí.
Aquella ala era algo oscura y profunda, poco utilizada. Apenas tenía unas cuantas estancias, y una pequeña al fondo, pero el pasillo era largo y silencioso. Annie intentó avanzar con paso firme y pronto se percató de que los ruidos de la fiesta se amortiguaban. Vaya, el pasillo era bastante más largo de lo que parecía.
- ¡Anne! – La joven se paró en seco, intentando ahogar el grito que pugnaba por salir de su garganta, al tiempo que se daba la vuelta y se encontraba con Matthew Jenssen acercándose a ella por el oscuro pasillo.
- Dios mío …
- ¿Te he asustado? – Él sonreía tiernamente.
- Casi se me sale el corazón …
- Lo siento, - se disculpó él – pero te he visto enfilar este pasillo y no quería perder la oportunidad de hablar un momento a solas contigo.
- No puede ser, yo …
- Vamos, Anne, sólo será un momento. – La tomó de la mano y antes de que la joven pudiera articular palabra, abrió una de las puertas y los introdujo a ambos en la estancia en penumbras.
Annie quiso protestar, pero su voz se apagó cuando los labios de Matt se apoderaron de los suyos. Quiso resistirse, pero se encontró respondiendo al beso con fervor, enredando sus dedos entre el cabello de su amante, ambos ya perdidos en su entrega mutua.
- Estas loco … - susurró ella cuando Matt la liberó brevemente para poder respirar.
- Sí, es verdad, he enloquecido por ti …
- Oh, Matt …
- Está bien, - él se apartó un poco y la tomó de las manos – sólo quería decirte que voy a quedarme esta semana en Chicago, Annie, - ella intentó hablar, pero él alzó una mano – no, no digas nada ahora, por favor. Lo que quiero es que recapacites, que pienses qué es lo que quieres, lo que deseas en tu vida. Ya no voy a presionarte más, pero quiero que tomes una decisión … y si decides quedarte aquí … no te molestaré más.
- Pero, Matt, sabes que … -él le puso un dedo en los labios.
- Sólo tenemos una vida, Annie … sólo una. No debes tener miedo al futuro. Saldremos adelante, lo sé. Lo único que quiero es que tomes tu decisión … - la joven parpadeó para ahuyentar las lágrimas y suspiró.
- Debo irme ahora, Matt …
- Lo sé. – Tomó su rostro entre las manos y la besó dulcemente en los labios. – Puedes localizarme en el hotel, ¿de acuerdo? – Ella asintió, y ambos se dirigieron a la puerta. – Por cierto, ¿a dónde ibas por aquí sola?
- Estoy buscando a mi amiga Candy … - hizo un gesto – es una larga historia. Voy a mirar en la salita del final del pasillo.
- Está bien, pero me quedaré cerca por si acaso …
- ¿De veras creías necesario acompañarme como si fuera una niña? – Candy observaba divertida a su esposo mientras este la llevaba de la mano por el pasillo a oscuras. Él se encogió de hombros.
- Cuando se trata de ti, me es indiferente lo que parezca. A donde vayas tú, allí iré yo. – Ella se echó a reír.
- ¿Te has dado cuenta de lo melodramático que suena eso?
- ¿Qué quieres? Te recuerdo que soy actor …
Aún reían cuando Candy abrió la puerta de la salita en penumbras y entró a la estancia.
- ¿Albert?
Pero ya no le dio tiempo a decir nada más. Unas fuertes manos taparon su boca y la aprisionaron contra un duro pecho. Su instinto le hizo reaccionar forcejeando e intentando morder la mano que la sujetaba.
Terry apenas pudo reaccionar cuando dos hombres lo sujetaron por los brazos, empujándolo contra la pared.
- ¡Candy! – Terry se debatió con fuerza y logró desasirse de uno de ellos, asestándole un fuerte puñetazo que lo echó para atrás.
- ¡Maldito sea!
El otro hombre golpeó a Terry en la cabeza, mientras Candy mordía la mano del hombre que la sujetaba y este la soltaba ligeramente.
- ¡Me ha mordido!
Terry sintió flaquear sus rodillas unos segundos por el fuerte golpe recibido en la cabeza, pero intentó con todas sus fuerzas reponerse mientras se giraba hacia su agresor y le golpeaba. El otro hombre ya se había levantado y lo agarró por el cuello, al tiempo que el asaltante de Candy la atrapaba por la cintura y le daba una fuerte bofetada.
- Terry … - intentó gritar ella.
- Calla, zorra – susurró el hombre mientras le tapaba la boca con el paño empapado en cloroformo y en segundos el cuerpo inerte de la joven caía en sus brazos – eso es, nena, a dormir …
El hombre que había atrapado a Terry por detrás por el cuello había caído despedido hacia atrás.
- ¡Joder! Acabad con él … - soltó el cuerpo flácido de Candy en un diván y se abalanzó sobre Terry con el pañuelo de cloroformo, colgándose de su espalda y presionándolo contra su boca, mientras el otro hombre se incorporaba y le clavaba un puñal a Terry entre las costillas.
- ¿Qué coño?
- ¡Nos ha visto!
El hombre tiró el cuerpo ya inerte de Terry al suelo y se pasó una mano por el rostro.
- Entonces, acaba con él. – Su compañero se agachó, asestando otra puñalada en el estómago del joven, quien ya ni siquiera se movió.
- Voy a rematar a este cerdo …
Pero la puerta se abrió en ese instante, sorprendiendo a todos, y antes de que el joven que acababa de entrar se percatara de la situación, uno de ello se adelantó y le rajó el cuello. El joven cayó de rodillas, sujetándose el cuello, y los hombres cerraron la puerta a su espalda y empujaron el cuerpo del joven encima del de Terry, entre estertores de muerte.
- No enciendas la luz.
- Pero esto está lleno de …
- ¿Qué estáis haciendo?
Otro par de hombres entraba en ese momento por las puertas abiertas de la terraza, haciendo que el resto pegara un respingo. Uno de ellos se adelantó, y al ver lo que había sucedido, cogió a otro por las solapas de la chaqueta susurrando furioso.
- ¿Se puede saber qué es todo esto?
- Nos … nos han visto …
- Os dije muy claramente que nada de muertes, ¡nada de muertes! – Susurraba el hombre a pocos centímetros del rostro del otro. - ¿Por qué mierda no habéis usado el cloroformo?
- Lo hemos usado.
- ¿Y qué es esta carnicería? - Soltó al otro con fuerza hacia atrás y miró alrededor. – No tenemos mucho tiempo. ¿Por qué coño hay dos chicas? – Señaló el cuerpo dormido de Patty en uno de los divanes.
- Esa … bueno, no la esperábamos … - El hombre se había acercado a Patty y la observaba.
- ¿Está embarazada? – El otro asintió. – Joder …
- No le hemos hecho daño, sólo está drogada …
- Está bien … coged a la otra. Vosotros meted los cuerpos en ese pequeño baño de ahí … y daos prisa, vamos con el tiempo justo …
Su compañero cogió a Candy en brazos sin esfuerzo y salió por las puertas de la terraza a la oscuridad de la noche, mientras los otros dos arrastraban los cuerpos hacia el baño que les habían indicado.
- Carl, no queríamos hacer esto, es que …
- Eso cuéntaselo a Jim, verás que gracia le va a hacer …
Súbitamente la puerta volvió a abrirse y Annie entró en la estancia, con Matt tras ella, deteniéndose desconcertada ante los impávidos rostros de los desconocidos.
- ¿Quién … quiénes son ustedes …? ¿Qué …?
Los hombres que volvían del baño se abalanzaron sobre Matt, quien apenas tuvo tiempo de reaccionar, echándose hacia atrás y resbalando con la sangre derramada en el suelo, al tiempo que caía con fuerza ante la pequeña chimenea.
- ¡No más sangre! Inmovilizadlo y usad el cloroformo. – Ordenaba el jefe del grupo, mientras entre ambos sujetaban a Annie y le tapaban la boca con la mano.
- Este ya no se mueve. – Informó uno de ellos. – Creo que se ha roto el cuello …
- ¡No! ¡Noooo! – Annie había conseguido liberar su boca de la manaza del hombre y al oír el comentario, se había puesto a gritar. Inmediatamente, volvieron a acallarla, mientras uno de ellos le apretaba el trapo con cloroformo contra la boca y en pocos segundos dejaba de forcejear.
- Eso es, pequeña, a dormir … está bien, metedlo con los otros y vámonos ya de aquí.
- ¿Qué hacemos con esta?
- Nos la llevamos. Esta no está preñada, ¿verdad?
- Diría que no …
- Dos por el precio de una. Venga, vámonos.
