William Andrew intentaba igualar las largas y nerviosas zancadas de su asistente, mientras ambos se dirigían con rapidez hacia uno de los laterales de la mansión donde estaba ubicado uno de los puestos de seguridad. El joven rubio se había puesto súbitamente muy nervioso, y no sabía por qué. Sólo sabía que confiaría a aquel hombre su vida, y que en ese momento podía sentir los tensos músculos de George a través del esmoquin. Jamás lo había visto así. El hombre apenas miraba a su jefe. Su intuición le instaba a actuar con rapidez. No sabía qué estaba pasando, pero algo pasaba.
- Señor … - Los empleados se sorprendieron al ver aparecer a los hombres en el puesto, y George no perdió el tiempo en dar instrucciones.
- Dividíos en grupos y sellad toda la zona. Sam, coge el coche y ve rápidamente a la verja. Debe estar cerrada, ¿de acuerdo? Da orden a Tom de que no deje salir a nadie. A nadie, ¿de acuerdo? – Los hombres conocían a George, llevaban tiempo a sus órdenes y lo respetaban, por lo que no hicieron preguntas.
- Pero George …
- Señor William, creo que hay personas no autorizadas en la mansión. No sé cómo demonios ha sucedido, pero lo averiguaré. – Se secó con rapidez el sudor de la frente y sus negros ojos miraron fijamente a William, haciéndole estremecer.
- ¿Qué hemos de hacer? No hay que sembrar el pánico …
- Por supuesto que no. Creo que lo más adecuado sería realizar una despedida general … tal vez en el escenario … - se frotaba la barbilla - … quizá alegando … algo discreto … - William asentía.
- Está bien, yo me encargo.
- Alertaremos a la familia, señor. Y tengo una lista exhaustiva de los invitados y su propia seguridad …
- Dios, George … -el joven se paso las manos por el cabello – hay gente muy importante…
- Lo sé, señor. – Se giró un momento. - ¡Steve! ¿La prensa continúa tras las verjas?
- Sí, señor, esperando la salida de los invitados.
- Sé discreto. – George se acercó y le puso al joven una mano en el hombro, mirándolo a los ojos. – La policía está a apenas tres kilómetros. Sé que están preparados, siempre los están cuando se suceden eventos de esta clase, por si acaso ... y afortunadamente. Ve con el coche y diles que deben venir a la mansión lo antes posible, ¿de acuerdo? – El joven empleado salió corriendo.
- ¿Lo crees prudente, George?
- Señor William … no sabría decirle qué es lo que sucede … pero todo mi cuerpo nota que algo no marcha bien. Ojalá termine todo en una equivocación …
- ¿Se … secuestro o …? – William lo miraba terriblemente alarmado.
- No lo sé, señor.
- Está bien, vuelvo a la mansión a organizarlo todo.
- Adam, ve con el señor William y no te separes de él.
George observó por unos instantes como el joven rubio desaparecía en la oscuridad con el de seguridad pisándole los talones, y respirando profundamente, dio media vuelta y echó a correr hacia uno de los coches con otro de sus hombres.
Tom Carter llevaba años trabajando para la familia Andrew a las órdenes del señor Anderson. Sabía que esa noche era importante, y que numerosas personalidades de las finanzas, la cultura y la sociedad se reunían en la mansión. El dispositivo de seguridad había sido estudiado al milímetro, y Tom creía que estaban haciendo un buen trabajo.
Desde su pequeña garita situada cerca de las altas verjas de entrada, observó de reojo los vehículos de los periodistas apostados en los laterales, fuera de las verjas. Algunos de ellos habían salido de los coches a fumar y charlaban entre sí.
De pronto se giró sorprendido, ya que por el oscuro camino de entrada se vislumbraban los faros de un vehículo que se acercaba. Tom sacó su reloj de bolsillo y frunció ligeramente el ceño, al tiempo que el coche se paraba ante la garita, y el sonriente rostro de un hombre lo saludaba desde la ventanilla bajada.
- Buenas noches, compañero, ¿cómo va la noche?
- Larga … - sonrió el aludido- ¿habéis terminado?
- Por suerte. – El hombre le tendió varias hojas de papel y Tom procedió a verificar los nombres en su lista.
- ¡Qué suerte! ¿Todo bien con el catering?
- Han quedado encantados. – Rio el hombre. Tom pudo observar que iba con otros cuatro compañeros. Todos lo saludaron al percatarse de que los observaba. - ¿Podemos irnos, amigo? Estoy deseando llegar a mi casa …
- Claro. – Tom les devolvió los papeles, tras anotar algo en su lista.
- ¡Que tengas buena noche!
El joven los saludó con la mano y el vehículo arrancó, traspasando las verjas y perdiéndose en la oscuridad.
Pero apenas cinco minutos después, Tom pegó un respingo al ver que otro vehículo avanzaba rápidamente hacia su puesto y se detenía bruscamente, al tiempo que Sam y Jason bajaban del mismo de un salto y se acercaban casi corriendo a él.
- ¡Eh! ¿Qué es lo que pasa?
- Vamos a cerrar las verjas, Tom, órdenes de Anderson.
- ¿Qué? ¿Qué es lo que pasa?
Pero ya se acercaba con sus compañeros hacia las altas verjas de hierro, comenzando a cerrarlas.
- ¡Eh! – Los periodistas, al ver lo que sucedía, tiraron los cigarrillos al suelo y se acercaron corriendo, justo cuando los tres empleados echaban el cerrojo. - ¿Por qué cerráis las puertas? ¿Qué ha pasado? – Ya comenzaban a sacar las cámaras.
- No pasa nada … - Mientras Jason intentaba calmarlos, Sam se acercó a Tom.
- ¿Ha salido alguien, Tom? – Su compañero lo miraba alarmado.
- Bueno … acaban de irse unos del catering …
- Joder … ¿qué coño dices?
- Mierda, Sam, tenían todo en regla, ¿qué está pasando?
- No lo sé, joder, no lo sé …
William tuvo que detenerse un momento antes de llegar a las puertas de la mansión para calmarse. Nadie debía notar su estado de ánimo, tenía que actuar con serenidad.
- ¿Todo bien, señor? – Preguntó el de seguridad y William asintió.
- ¿Están cerrando la casa?
- Así es, señor.
- Bien, allá vamos.
En cuanto llegó al pie de las escaleras, varias personas lo saludaron y tuvo que ir avanzando lo más rápido posible sin perder los nervios ni la sonrisa. Vio a Watters a un lado de la puerta con varios lacayos, y lo llamó en un aparte.
- ¿Ya se marchan los invitados?
- Algunos han pedido sus abrigos, señor.
- Está bien. – William apretó los dientes.
- ¿Ocurre algo, señor?
- Watters, escúchame. – El mayordomo sintió que su corazón palpitaba más rápido y sus nervios se aceleraron, sin saber por qué. – Comprueba y marca en las listas a cada invitado que abandona la mansión, ¿de acuerdo? Y anota las horas exactas …
- Claro, señor.
William sabía que no podía retener a la gente en la casa, debía actuar con normalidad, y de hecho, el que se marcharan voluntariamente ayudaría en la evacuación. Sólo esperaba que todo se tradujera en sospechas infundadas.
Entró al todavía abarrotado salón, buscando inconscientemente a Patty con la mirada, sin hallarla, pero descubrió a la tía Elroy en una entrada a las terrazas, entre un grupo de mujeres, y se dirigió hacia allí todo lo rápido que se lo permitieron todos los que querían saludarlo y charlar unos minutos con él.
Cuando por fin consiguió llegar hasta su tía y separarla discretamente del grupo, la tensión llenaba todos los músculos de su cuerpo.
- Dios mío, William, ¿qué sucede? ¿Te encuentras bien? – Vaya, debía notársele también en el rostro. Su tía lo observaba alarmada.
- Escucha, tía, no tengo tiempo para explicaciones. Necesito tu ayuda. – La mujer, tras un momento de incertidumbre, asintió con firmeza. - ¿Dónde están Mike y Robert?
- Creo que en sendas reuniones …
- Bien … - cuadró William los hombros – paso a paso. Primero el salón. Ayúdame a buscar a Archie y subiremos al escenario para dar por finalizada la fiesta.
Tomó del brazo a su tía y ambos se mezclaron entre los invitados. Les llevó un rato localizar a Archie en la pista de baile, bailando con una joven de pelo castaño.
- ¡Archibald! – El aludido se detuvo sorprendido, mientras William se acercaba a la pareja y sonreía a la joven acompañante.
- Disculpe, señorita … pero debo llevarme a mi sobrino unos instantes. Se trata de un asunto familiar. – La joven no pudo por menos que devolver la sonrisa a aquel encantador y apuesto joven y Archie, muy a su pesar, tuvo que disculparse y seguir a su tío.
- Pero, ¿qué es lo que pasa, Albert?
- ¿Dónde está tu esposa? – Archie sintió que se turbaba ligeramente, aunque esperaba que Albert no se diera cuenta.
- La he visto hace un rato. Estaba bailando con una importante cliente … - Albert alzó una mano.
- ¿Has visto a Patty o a Candy? – Archie negó con la cabeza.
- ¿Qué pasa, Albert? ¿A dónde vamos? – Frunció el ceño cuando llegaron hasta la tía Elroy.
- Bien, escuchadme. Ya habrá tiempo para las explicaciones. Vamos a subir al escenario de la orquesta y dar por finalizada la fiesta con la excusa de la indisposición de unos empleados. Sonreiremos restando gravedad e importancia al asunto y pediremos que los invitados se vayan tranquilos junto con sus acompañantes, pidiendo que no se alarmen por la intrusión de las fuerzas de seguridad.
- ¿Qué? – Tanto la tía como Archie lo miraban estupefactos. – Pero, ¿qué ha sucedido, William?
- Dios mío.
- No estamos seguros … Watters controlará la marcha de los invitados. Ya se está sellando la casa y se ha puesto el dispositivo en marcha.
- ¿Secuestro? ¿Algo más grave? Dios mío …
- ¡Por favor! – William los miraba fijamente. – Calmaos, os necesito.
George llegó a las verjas de entrada, suspirando con impaciencia al oír las preguntas y flashes de las cámaras de los periodistas apostados tras los barrotes, y entró en la garita, observando los pálidos rostros de sus ayudantes.
- Cuéntame, Tom. – El hombre parecía verdaderamente abatido.
- Hace un rato salió un vehículo, señor, antes de que llegaran Sam y Jason con las órdenes. Tenían todo en regla.
- ¿Cuántos eran?
- Creo que cinco. Lo he anotado todo. – George se acercó a los papales de encima de la mesita para echarles un vistazo.
- Lo lamento, señor. – George alzó la cabeza.
- No te preocupes, Tom, ¿me oyes? – El joven asintió, turbado. – Todos estáis haciendo un excelente trabajo. ¿Ya ha salido Steve?
- Sí … y trabajo nos ha costado mantener fuera a la prensa para que dejaran salir al vehículo. – George asintió y de pronto giró la cabeza hacia el oscuro camino. – Ya están evacuando la mansión. Llegan los coches. Voy a hablar con la prensa.
Los invitados se iban marchando pausadamente. William, la tía Elroy y Archie estaban en la puerta, junto con Watters y varios criados, encargándose de las despedidas, cuando el matrimonio Legan se acercó a la tía Elroy para despedirse.
- No veo a Neil ni a Eliza, tía.
- Bien, no te preocupes, querida. – La mujer dio una palmadita en la mano de la señora Legan. – No tardarán en aparecer. Idos tranquilos. Haré que nuestro chófer los lleve.
- ¿Estás segura?
- Claro, querida.
En ese momento, George hacia su entrada por las puertas, acompañado de uno de sus hombres.
- ¿Todo bien? – Le susurró William cuando se acercó a él.
- He hablado con la prensa. Los invitados se marchan con normalidad. Mejor así, antes de que aparezca la policía.
- ¡George! ¡Señor William!
Uno de los hombres de seguridad se acercaba a grandes pasos, intentando no llamar demasiado la atención, pero parecía nervioso.
- ¿Qué sucede?
- Deben venir, rápido. – Hizo un gesto al compañero que venía tras él. – Avisa de que llamen a las ambulancias.
- Ambu … - George tragó con fuerza, tenía la garganta seca. Cruzó una mirada con William y vio el mismo miedo que él sentía estrujar sus entrañas. – Vamos, Ken.
William se acercó a su sobrino.
- ¿Te encargas, Archie? – Y antes de que el joven pudiera responder, William ya estaba andando rápidamente tras George y sus hombres, perdiéndose por el oscuro pasillo.
Eliza Legan siempre pensaba que el sexo era como una medicina: estimulante, sedante, relajante … nada como un buen polvo para hacerle olvidar las penas, nunca mejor dicho.
Le había costado convencer a Stu de esconderse en aquella pequeña estancia para jugar un rato, pero ahora lo tenía dentro de ella, gimiendo y empujando, apoyada contra uno de los divanes.
- Así, cariño … - jadeaba Eliza – muy bien …
Stuart no tardó en derramarse dentro de ella con un pequeño grito y ambos se quedaron quietos, normalizando sus respiraciones.
- ¿Va a ser siempre esta tu forma de hacer las paces? – Preguntó él mientras ella soltaba una risita y la ayudaba a levantarse.
- ¿No te gusta?
- ¿Tú que crees? – La besó en la boca y Eliza le mordió el labio, pero de pronto, se encendió la luz del techo y ambos se encogieron ante sus cuerpos semidesnudos, parpadeando nerviosos hacia la entrada.
- Disculpen la interrupción. – Un joven se hallaba parado en la puerta, observándolos impasible y firme.
- ¿Cómo se atreve? ¿Qué quiere? ¿Quién es usted? – Preguntó Stuart indignado, intentando recobrar la compostura mientras se acomodaba las ropas y se ponía delante de Eliza para darle un poco de intimidad y que pudiera vestirse.
- Formo parte del cuerpo de seguridad de la familia Andrew y debo pedirles que vuelvan al salón lo antes posible, por su seguridad.
- ¿Por qué? ¿Qué ha sucedido?
- Los espero fuera. – Y sin más, el joven salió, cerrando tras de sí.
Stuart se volvió hacia Eliza sorprendido y esta se encogió de hombros.
- ¿Qué coño pasa?
- Ayúdame con esto. – Ella se dio la vuelta para que su prometido pudiera subirle la cremallera del vestido, por lo que él no pudo ver su cara de satisfacción y regocijo.
¡Ja! ¡Ya está! Se la han llevado. ¡Por fin! ¡Por fin me he librado de ti, Candy!
Nadie estaba preparado para lo que se encontraron al abrir la puerta de aquella pequeña sala. En cuanto llegaron y William entró, un escalofrío recorrió su cuerpo al ver el gran charco de sangre que empapaba la alfombra de delante de la chimenea. Grandes surcos se dirigían hacia la puerta entreabierta que sabía que era un pequeño aseo, como si hubieran arrastrado algo hacia allí.
Dios mío, no, por favor … rezaba inconscientemente.
- ¡Señor William! – Giró la cabeza y se percató del cuerpo inerte que yacía en un diván, echando a correr hacia allí.
- ¡No! ¿Patty? ¡Patty! – Se arrodilló ante su esposa, tomando su rostro. No reaccionaba. Intentaba pensar con claridad, pero sus manos temblaban al apartar el cabello de su rostro. ¿Había sangre? No veía sangre …
- William …
- Patty, Patty por favor … - Tocaba el rostro de su esposa, su cuello …
- ¡William! – Él parpadeó confuso mientras George lo tomaba del brazo y lo levantaba con firmeza. Intento desasirse. – Deje a Ethan hacer su trabajo. – Él forcejeó. - ¡William! Ethan tiene conocimientos médicos, por favor … - El aludido se arrodilló ante la joven.
- ¡Llamad a la ambulancia!
- Lo hemos hecho. – George tomó el rostro de William entre sus manos y lo miró fijamente. – Cálmate, William, te necesito entero. Sólo un poco más, ¿de acuerdo?
- Respira, señor, creo que está drogada … no hay signos de violencia en el cuerpo …
- ¡George!
El aludido se dirigió hacia el baño, con William, tras un momento de incertidumbre, pisándole los talones.
La escena era desgarradora. El aseo no era muy amplio y tres hombres se hallaban de pie dentro, sus ensangrentadas pisadas llenando las baldosas alrededor de tres cuerpos, vestidos de esmoquin y cubiertos de sangre, inertes, sobre una alfombra de sangre.
- Dios mío … - George se llevó una mano a la boca, mientras William caía contra él, pálido y tembloroso, y este lo sujetaba.
- ¿Quiénes …? ¡No! – El joven rubio intentó acercarse a los cuerpos, pero George lo sujetó.
- ¡Déjame! ¡Terry! ¡Es Terry!
- ¡No! ¡Hemos de esperar a la policía! Es la escena de un crimen, no podemos tocar nada … – Sus ojos se encontraron y los azules se llenaron de lágrimas.
- George …
- Lo sé, señor. – Asintió George, y lo abrazó brevemente.
Los últimos invitados se montaban en sus respectivos vehículos y abandonaban la mansión cuando Eliza y Stuart cruzaron el gran salón hacia donde se encontraba la familia Andrew, hablando en susurros. La tía Elroy, Archibald y Robert y Mike Andrew los saludaron al acercarse.
- ¿Ya se han ido todos? ¿Y mi hermano? ¿Y mis padres? – Eliza estaba comenzando a ponerse nerviosa. - ¿Qué está pasando, tía?
- Nada grave, querida, tranquila … - la mujer intentó sonreír, pero sólo le salió una mueca. – Tus padres ya se han marchado, les dije que os enviaría en uno de nuestros coches.
- ¿Y Neil?
- Pues … - la tía frunció el ceño – Watters … ¿ya se ha marchado Neil Legan? – El mayordomo consultó nervioso las listas y alzó la vista, algo turbado.
- Creo que no, señora …
Otra pareja se encontraba a pocos pasos de ellos, hablando con Robert Andrew en susurros, la preocupación impresa en sus rostros.
Las sirenas de las ambulancias avanzando a velocidad por la avenida de entrada y los coches de policía, interrumpieron las conversaciones de los presentes, haciéndoles guardar un nervioso y expectante silencio, mientras observaban como descendían de los vehículos y se dirigían a la mansión con rapidez.
Archie giró la cabeza hacia el salón y la visión de varios hombres acompañando a George y Albert con los esmóquines salpicados de sangre, estrujó su corazón.
Los profesionales enseguida se hicieron cargo de la situación. Varios policías instaron a las pocas personas que quedaban en la casa, así como a los empleados domésticos a entrar a una sala donde serían informados de lo ocurrido en cuanto fuera posible.
George, William y Archie acompañaron a varios policías a la escena del crimen, donde Patty ya estaba siendo atendida por los facultativos, y Archie tuvo que sobreponerse al horror de la escena que se desarrollaba ante sus ojos.
La buena noticia era que Patricia respiraba, sus constantes parecían estables y no había señal de violencia en su cuerpo. William tenía entre las suyas la pequeña e inerte mano y observaba fijamente cada gesto de los médicos que la atendían.
Varios policías entraron por las puertas de la terraza, acompañados de Tom y otro par de hombres.
- Lamento comunicarles que, tras las oportunas investigaciones, hemos confirmado que Candice Graham y Annie Cornwell han desaparecido.
- ¿Qué? – Archie tuvo que apoyarse en el respaldo del diván, intentando procesar la información. ¿Annie había desaparecido? ¿Y Candy? ¿Y qué era toda aquella sangre?
Los policías se dirigieron al baño. Los presentes en la salita sólo podían escuchar breves susurros.
- Vamos a trasladar a la señora Andrew al hospital – William asintió.
- ¡Eh! – Un enfermero asomó la cabeza por la puerta del aseo. - ¡Os necesitamos! ¡Aún respira!
- ¿Quién … qué …?
- Tranquilos … tranquilos … -musitaba George.
- ¿Quiénes son? – Preguntó Archie. William intentó abrir la boca, pero no pudo articular palabra. Tenía el rostro demudado. George se acercó a Archie y le puso una mano en el hombro.
- El señor Grandchester … el señor Legan …
- Dios mío …
Los médicos reaccionaron con rapidez. Pronto sacaban un cuerpo ensangrentado en una camilla, tres enfermeros dedicados exclusivamente a darle oxígeno y a trasladarlo lo más rápido posible por las puertas abiertas de la terraza, donde una ambulancia ya había llegado.
- Era Terry … - Archie palmeó a William en el brazo. – Era Terry, Albert …
- ¿Terry está vivo? ¿Estás seguro?
- Señor Andrew … - William se giró hacia el policía, pasándose la mano por la mejilla y dejando un rastro de sangre en ella sin darse cuenta. – Los otros dos jóvenes han muerto, lo lamento. Vamos a trasladarlos a la morgue. Deberán venir a identificarlos.
- Por favor … - George se adelantó – Brian, nos conocemos.
- George, no puedo …
- Las familias esperan, Brian, sólo será un momento … - El policía asintió y George se acercó al baño, donde ya estaban preparando los cadáveres y metiéndolos en bolsas negras.
El ensangrentando rostro de Neil Legan fue lo primero que vieron los negros ojos de George y ciertamente que lamentó el cruel destino del joven. Nadie merecía morir así. Entonces se fijó en el otro joven, un rostro desconocido, de rasgos firmes, cabello rubio oscuro … no era de la familia.
- Oh, Dios … - George se giró brevemente sorprendido. No se había percatado de que Archie había ido tras él.
- ¿Señor Archie?
- Yo … yo conozco a ese hombre … - el joven parecía compungido - …es Jenssen, el hijo de los Jenssen. – George asintió.
- Los Jenssen están aguardando en la sala. Habían delatado la desaparición de su hijo.
Archie tragó con fuerza. Annie había desaparecido … y no le sorprendía encontrar allí a aquel joven. Triste destino. Archie sintió congoja. No le conocía, creía que era el amante de su esposa … y sin embrago, lo sentía, sentía su muerte. Oh, Annie, ¿dónde estás?
Las ambulancias echaron a volar con los cuerpos de Terry y Patty rumbo al hospital, mientras los cadáveres de los desgraciados jóvenes eran transportados a los vehículos policiales, y William, Archie y George eran escoltados a la sala donde aguardaba la familia. Los empleados fueron trasladados a otras dependencias para ser interrogados por separado.
Una vez entraron a la sala, todos los rostros se giraron a observar a los hombres, manchados de sangre y destrozados por los acontecimientos.
- Dios mío, ¿qué ha pasado?
- William …
- Damas y caballeros, presten atención por favor. – El policía se colocó en el centro de la estancia. – Lamento comunicarles que se han producido dos trágicos asesinatos esta noche en esta casa, así como dos desapariciones, y otras dos personas se encuentran en este instante de camino al hospital, una de ellas debatiéndose entre la vida y la muerte. A partir de este instante, comienza una exhaustiva investigación policial, ante la cual, agradecemos de antemano su absoluta colaboración.
- ¿Quiénes son, agente?
- ¿Y los responsables?
- ¿Cómo es posible?
- Agente, por favor … - La señora Jenssen se había acercado al policía, pero fue Archie quien se interpuso en su camino y le tomó la mano. - ¿Señor Cornwell? – Archie observó los ambarinos ojos de aquella atractiva mujer, ojos idénticos a los de aquel joven … ojos que él ya no volvería a abrir, y súbitamente recordó el rostro de su madre cuando le comunicaron la muerte de Stear … los ojos castaños de Archie se llenaron de lágrimas.
- Señora Jenssen, lo siento …
- ¿Qué …? – Cassandra Jenssen sintió que el suelo se desvanecía bajo sus pies y su marido tuvo que sostenerla.
- Lo siento mucho …
Pero la mujer cayó desvanecida, y el policía salió de la estancia para avisar a los sanitarios.
- ¿Quién es el otro? – Eliza se plantó con los brazos en jarras ante George.
- Señorita Eliza …
- ¿Quién es el otro, George? ¡Dímelo!
- Es Neil … - William se había puesto en pie y Eliza lo miró enloquecida.
- ¿Qué estás diciendo?
- Es Neil … lo siento …
- ¡No! ¡Estás loco!
- Eliza … - Stuart intentó sostenerla, pero ella le apartó de un manotazo.
- ¡No es cierto! ¡No!
- Eliza, querida …
- ¡Mi hermano no! ¡Estáis locos! ¡Mi hermano no!
Y comenzó a gritar al tiempo que los enfermeros entraban en la estancia y se hacían cargo de la situación.
Una vez el vehículo traspasó las altas verjas y abandonaron la propiedad, los integrantes del vehículo comenzaron a respirar con más normalidad. Los periodistas apostados en los laterales del camino apenas les habían prestado atención al cerciorarse de que eran meros empleados. El coche enfiló la carretera bajo un absoluto silencio, hasta que al cabo de un par de kilómetros uno de ellos comenzó a dar indicaciones.
- Ya estamos cerca. El siguiente desvío a la derecha.
- ¿Crees que es conveniente que nos escondamos tan cerca?
- Todo está planeado a la perfección, imbécil. La mansión está vacía, el viejo propietario está fuera. Es el escondite perfecto. En un par de días haremos el traslado. Tenemos las llaves, ni siquiera tenemos que forzar la entrada.
Todos se callaron cuando varios vehículos policiales y varias ambulancias pasaron a toda velocidad por su lado en dirección contraria.
- ¿Ya han dado la alarma? ¿Tan pronto?
- ¿Cómo es posible?
- Ssssshhh … atento Joe. - El vehículo torció a la derecha en el desvío y pronto se toparon de lleno con las verjas de hierro cerradas a cal y canto. – Mus, toma las llaves, abre la verja.
El aludido obedeció y pronto abrió el candado de la puerta, alumbrado por los faros del coche, abriéndolas de par en par y dejando pasar el vehículo, deteniéndose unos metros más allá.
- Kurt, ayúdale a cerrar. Alúmbrale, que no verá nada. – Era cierto, la oscuridad era densa y profunda.
Los otros tres se bajaron también del vehículo y abrieron el maletero, donde los cuerpos de las dos jóvenes yacían enroscados en el interior.
- Aún duermen …
- Lo harán durante unas horas … - Carl, el líder, comprobó sus respiraciones acompasadas y dictó instrucciones. – Trasladadlas a la parte de atrás del auto. Los demás id andando, no queda lejos. Mus, dame las llaves.
El aludido se las echó mientras los otros trasladaban a las jóvenes al vehículo y este se ponía en marcha hacía la mansión de la lejanía, oscura y silenciosa.
Una vez llegaron, Carl abrió la puerta y prendió varios candiles, ya que no había electricidad en la mansión en ese instante, y trasladaron en brazos a las jóvenes a un dormitorio contiguo al salón. Comprobaron que todo estuviera herméticamente cerrado y se pararon un instante a observarlas.
- Ya está … lo hemos hecho.
- Así es. – Joe se acercó lentamente al cuerpo dormido de Candy.
- Son preciosas … ¿verdad? – Acercó sus grandes manos a los pechos de la joven y los estrujó.
- ¡Joe!
- Estoy muy nervioso, joder … - se defendió - ¿no podemos divertirnos un rato con ellas?
- No hasta que llegue Jim.
- Mierda …
- Ven, vamos a tomar un trago. – Y esperó a que el otro pasará ante él para salir, cerrando la puerta tras de sí.
