Habían transcurrido varias horas desde que la policía había comunicado las trágicas noticias a las personas reunidas en el pequeño salón. Eliza Legan y Cassandra Jenssen habían sufrido ataques de ansiedad y shocks traumáticos respectivamente, y habían sido trasladadas al hospital. Los Legan también habían sido avisados de la terrible noticia de la muerte de su hijo y Robert Andrew había sido el encargado de acompañarlos a la morgue y hacerse cargo de todo. El señor Jenssen se encontraba en el hospital junto a su esposa, pero en breve también tendría que hacerse cargo de todo el papeleo. Y William Albert se lamentaba de ni siquiera haber podido tener unas palabras con él. Bueno, todo a su tiempo. La tía Elroy estaba descansando, ya que su tensión se había disparado, y en ese momento, sólo los hombres Andrew, a excepción de Robert, junto con George y varios empleados, se encontraban en el salón, esperando a que la policía los interrogara y les diera instrucciones.

- La señora Patricia aún duerme, señor. – Se acercó George a William. – Nelson acaba de llamar desde el hospital, está estable.

- ¿Y Terry? – George frunció el ceño.

- Continúa grave, señor, no han dado más detalles.

La casa bullía de actividad. Los hombres podían escuchar cómo todas las estancias eran analizadas minuciosamente, y sobre todo, la del lugar de los hechos.

- ¿Cómo ha podido pasar esto? – Archie se había acercado a ellos.

- No lo sabemos, Archie …

- Ha tenido que ser alguien de dentro, señor, - George se giró hacia el ventanal, el semblante preocupado – no hay otra explicación posible.

- ¿Alguien de dentro? – Archie lo miraba impactado. - ¿A qué te refieres?

- ¿Qué se sabe de las chicas? – Lo interrumpió William.

- Aún no han dicho nada …

Oh, Candy … ¿dónde estás, pequeña? William se giró hacia el ventanal, desentendiéndose por un momento de la conversación. Tenía el cerebro embotado. El agotamiento, la tensión y el estrés habían golpeado todos los músculos de su cuerpo … deseaba ponerse a gritar de rabia e impotencia, pero sabía que no podía hacerlo. Habían matado a dos hombres en su casa, habían raptado a dos jóvenes, habían dejado a otro al borde de la muerte, habían drogado a su esposa … Dios, ¿qué les estaría pasando a Candy y a Annie en ese instante? No quería ni imaginarlo. Los ojos se le llenaron de lágrimas un momento, pero tragó con fuerza parpadeando para ocultarlas, al tiempo que bebía un largo trago de whisky.

Dos policías irrumpieron en la estancia sobresaltándolos a todos.

- ¿Hay noticias?

- ¿Cómo va la investigación?

- Cálmense, estamos en ello. Ahora vamos a proceder a interrogar a los presentes. Señor William Andrew, por favor, si es tan amable …

El policía le indicó la habitación contigua con un gesto, y el rubio se dirigió hacia allí con gesto cansado. Una vez dentro, se sentó ante una mesa donde otro policía lo aguardaba para realizarle varias preguntas, y comenzó a relatar detalladamente todo lo realizado durante la noche.

- ¿Cuándo fue la última vez que vio a su esposa?

- Estuvimos un rato conversando con varios invitados antes de dejarla en el salón, creo recordar que junto a la señora Peterson, ya que yo tenía que acudir a una reunión de negocios.

- ¿Y después?

- La siguiente vez que volví a verla, estaba dormida en el diván. – El policía asentía, mientras iba realizando anotaciones en una libreta.

El interrogatorio continuó por unos minutos más hasta que el policía cerró la libreta y lo dio por finalizado.

- Bien, creo que eso es todo por ahora, señor Andrew.

- ¿Puedo ir ya al hospital?

- Claro, pero debe estar localizable en todo momento.

- Desde luego. – Se giró para marcharse, pero se detuvo un momento. – Agente, ¿se sabe algo de las jóvenes? – El policía miró a los ojos de aquel hombre y se compadeció de él. Parecía derrotado.

- Estamos peinando toda la zona. Creemos que no han podido ir muy lejos. Esperamos encontrarlas pronto.

- ¿Cree …? – William tragó con fuerza. - ¿Cree que podrían estar …?

- No adelantemos acontecimientos, señor Andrew. Se trata de un secuestro … aún hay esperanza.


George Anderson recorría los alrededores de la mansión en el vehículo policial, acompañando al comisario Brian Olsen. Los interrogatorios habían finalizado, el señor William y el señor Archie se habían marchado al hospital, y el resto se había retirado a descansar un rato. Las investigaciones continuarían en unas horas. La mansión permanecía cerrada a cal y canto, y desgraciadamente, la prensa no tardaría en hacerse eco de la noticia, convirtiéndolo todo en un infierno.

George observó de reojo a Brian, sabía que era un buen hombre y un buen policía. Se conocían desde hacía años.

- ¿Qué opinas de todo esto, Brian? Dime la verdad. – Vio cómo el hombre suspiraba.

- No sé qué decirte, George. Creo que se trata de un plan perfectamente orquestado.

- Sí, estoy de acuerdo. Pero … - George frunció el ceño y Brian le dio un amistoso golpe en el brazo.

- Eh, no ha sido culpa tuya. Sé que te sientes culpable, pero no podías predecir nada de esto.

- Es mi trabajo …

- Y tu trabajo es excelente.

- Creo que ha sido alguien de dentro.

- Probablemente. Habéis contratado mucha gente nueva para el evento …

- ¿Qué me dices de esos cinco hombres que salieron antes del cierre de las verjas?

- ¿Los del catering? Nombres falsos … todos.

- Maldita sea, son ellos.

- Sí, muy probablemente.

- ¿Ya tenéis alguna pista? – Brian detuvo el vehículo cerca de la terraza por donde habían accedido a la pequeña sala de los asesinatos.

- Vamos a peinar la zona circundante. Creemos que se han escondido cerca de aquí. No hay señales del vehículo en la ciudad.

- ¿Y las chicas … crees que …? – George no se atrevía a preguntar y Brian lo miró con empatía.

- No voy a mentirte, George. Creemos que se trata muy probablemente de mercancía humana. Raptan a jóvenes guapas y sanas para llevarlas a las islas y sacar mucho dinero con ellas. – Frunció el ceño. – Lo extraño es que se hayan arriesgado con una familia tan importante como la de los Andrew. Esperamos interceptar la operación y encontrarlas antes de que las saquen del país … pero no puedo asegurarte que estén en las mismas condiciones que cuando las raptaron …

- ¿Les harán daño?

- Casi con seguridad … y abusarán de ellas …

- Dios mío .. – George se pasó las manos por el rostro.

- Vamos, amigo, démonos prisa.


William y Archie traspasaron las puertas del hospital, aún vestidos con los esmóquines arrugados de la noche, y el de William manchado de sangre. Les habían disuadido de que tomaran una ducha y se cambiaran antes de marcharse, pero ambos habían hecho caso omiso.

Una vez llegaron a recepción, una de las enfermeras los instó a acompañarla a una sala contigua.

- Los doctores vendrán enseguida a informarles.

- ¿Cómo están la señora Jenssen y la señorita Legan?

- No estoy autorizada a darles esa información, lo siento.

Y la enfermera los dejó solos. Archie se sentó en una de las butacas, con la cabeza entre las manos, mientras Willian se giraba hacia los ventanales.

- ¿Las encontrarán, Albert? ¿Qué … qué va a pasar con Annie y Candy?

- No lo sé, Archie … - susurró William.

De pronto, ambos se movieron al unísono al entrar varios doctores a la estancia.

- ¿Señor Andrew?

- Sí, soy William Andrew. – El joven se acercó al médico y le estrechó la mano. – Y este es mi sobrino, Archibald Cornwell.

- Soy el doctor Sutherland, y este es mi compañero, el doctor Cheston. Ante todo, lamentamos lo ocurrido esta noche en su residencia. Es una terrible tragedia. – Los jóvenes asintieron. – Respecto al estado de su esposa, la señora Andrew …

- ¿Cómo está?

- Creemos que está a punto de despertarse. Sus constantes son estables …

- ¿Y … y el bebé?

- Aún es pronto para saberlo, pero una vez despierte …

- He traído los resultados de unas pruebas que se le realizaron a mi esposa hace unos días … - William les entregó unos documentos, mientras los médicos los tomaban frunciendo el ceño y hojeándolos. – Estamos a punto de marcharnos a Washington, a una clínica especializada para que la controlen …

- Oh, ya veo … bien, no estábamos al corriente. – El doctor Sutherland pasó varias hojas a su compañero.

- ¿Puedo verla?

- Sí … - Ambos doctores continuaban mirando las páginas e hicieron un gesto a la enfermera. – Analítica completa a la señora Andrew. - Volvieron a prestar atención a William. – En un momento, podrá estar con su esposa.

- ¿Y el señor Grandchester? – Preguntó Archie.

- Sí, a eso íbamos. – Ambos los observaron seriamente. – El señor Grandchester se encuentra en estado muy grave. Entro en parada cuando llegó al hospital …

- Dios mío …

- Pero conseguimos reanimarlo. Está en coma, con un respirador. Estamos realizándole pruebas para diagnosticar su estado completo. Presentaba dos profundas heridas de arma blanca en el abdomen y un fuerte golpe en el lado derecho de la cabeza … va a entrar a quirófano en cuanto logremos estabilizarlo para la operación. – Los médicos hicieron una pausa, mientras los jóvenes procesaban la información. – Una de las heridas tocó el hígado y la otra rozó uno de los pulmones …

- Pero … pero … - William apenas se atrevía a preguntar. Los médicos lo miraron con empatía.

- Sinceramente, señor Andrew, estamos sorprendidos de que aún siga con vida. Dado el estado de sus heridas y la cantidad de sangre que ha perdido … bueno, debería haber muerto.

- ¿Creen que sobrevivirá?

- Haremos lo que podamos.


Joseph Jenssen salió un momento de la habitación donde su esposa descansaba, repleta de sedantes, para dirigirse con paso vacilante hacia la cafetería. Apenas había dormitado a ratos en la dura silla de al lado de la cama, cuando un policía había irrumpido en la estancia para hacerle unas preguntas.

Ni siquiera podía llorar. Matt … Matthew … ¿Mathie había muerto? ¿Era cierto que jamás volvería a verle? ¿Qué jamás podría volver a hablar con él, incluso a discutir con él? Se paró un momento para secarse los acuosos ojos y recobrar la compostura, cuando sintió una mano en el hombro.

- ¿Señor Jenssen? – Se giró lentamente e intentó sonreír.

- Oh, señor Cornwell … ¿usted también aquí? – El joven asintió.

- ¿Cómo se encuentra su esposa?

- Duerme … afortunadamente. – El silencio se adueñó de los hombres, mientras Archie intentaba desesperadamente encontrar algo apropiado que decir a aquel pobre hombre que había perdido a su hijo. – Me dirigía a la cafetería … ¿desea acompañarme?

Ambos llegaron a la cafetería y tras pedir sus consumiciones, se sentaron a una mesa que daba a un pequeño jardín interior.

- ¿Ha conseguido dormir algo? – El hombre de más edad sonrió con tristeza.

- Apenas … ¿y usted señor Cornwell?

- Archie, por favor. – Negó con la cabeza. – No, aún no he dormido nada.

- Es comprensible. Quería decirle que espero que pronto encuentren a su esposa … tuve la suerte de conocerla en la fiesta, una joven encantadora.

- Gracias, y yo … - Archie tragó con fuerza – yo siento tanto lo de su hijo … - El hombre asintió, bajando la cabeza.

- El policía no hacía más que preguntarme qué hacía Matt en aquella habitación … - continuó con voz ronca – y yo no supe qué contestarle. – Alzó los ojos llenos de lágrimas y a Archie se le encogió el corazón. – Sabe … ayer por la tarde nos dijo que iba a quedarse un tiempo aquí, en Chicago. Dijo que eran asuntos personales … - se secó el rostro, compungido – y ahora está muerto. No lo comprendo …

Archie sentía retumbar el corazón en su pecho. No sabía qué contestar. ¿Qué decir a aquel pobre hombre si él tampoco estaba seguro de lo que había sucedido? De lo único que estaba seguro era de que aquel desgraciado joven había tenido algo que ver con su esposa, y que ahora ella estaba desaparecida. ¿Volvería a verla alguna vez? ¿Volvería a ver a su prima alguna vez?

- Archie … - el joven alzó la cabeza. - ¿Podría indicarme dónde se encuentra la cabina de telégrafo? He de mandar un telegrama urgente a mi hija. Deseo pedirle que venga cuanto antes …

- ¿Su hija?

- Sí, mi hija pequeña. Su madre la necesita … la necesitamos.

- Por supuesto. Haré algo más que eso, le acompañaré.


Eliza Legan abrió los ojos, parpadeando ante la luz de la habitación. Le dolía terriblemente la cabeza y al intentar moverse, constató que tenía una vía pinchada en el brazo. Movió bruscamente el brazo intentando incorporarse.

- Eh, señorita, cálmese … - La firme mano de una enfermera la obligó a tumbarse de nuevo.

- ¡No, debo …!

- No, señorita, aún no. – Eliza intentó replicar, pero algo en los ojos de aquella enfermera la detuvo. Obedeció tumbándose abatida y al acercar la otra mano al rostro, se percató de que temblaba.

La realidad de la situación volvió a golpearla en toda su plenitud. Su hermano había muerto … lo habían matado … y todo era por su culpa. Jamás volvería a ver a Neil, oír su voz, su risa … los ojos se le llenaron de lágrimas y contuvo un sollozo.

- Vamos, querida, vamos … - La voz de la enfermera se había dulcificado, y Eliza alzó la cabeza para mirarla. – Su prometido está fuera, deseando verla. ¿Quiere que le diga que pase?

- ¿Tengo yo cara de querer ver a alguien? – Escupió la joven, y la enfermera apretó lo labios y salió de la estancia.

La joven se echó a llorar con fuerza. ¡Todo había salido mal! ¡Otra vez! Esperaba que la huérfana estuviera muerta o algo peor … y su hermano, su pobre hermano … se secó las mejillas con brusquedad y apretó los puños.

- Esto no va a quedar así … no permitiré que esto quede así, Neil, te lo juro …


Patty giró la cabeza al oír la puerta de la habitación abrirse y sintió que su corazón se aceleraba al observar el apuesto rostro de su marido. El joven rubio se acercó a la cama y tomando la mano de su esposa se sentó a su lado, besándola suavemente en los labios.

- Amor mío, ¿cómo estás?

- Algo aturdida. – La joven intentó sonreír. - ¿Qué es lo que ha pasado, William? Apenas recuerdo nada …

- ¿Qué recuerdas? – Patty frunció el ceño, mirando a su alrededor.

- ¿Qué hago aquí? ¿Qué ha sucedido? – Sus ojos se encontraron, y Patty comenzó a alarmarse al ver el rostro de su esposo. - ¿Le pasa algo al bebé?

- No … - William negaba con la cabeza – al menos, no que sepamos. Han de hacerte varias pruebas para descartar posibles efectos secundarios …

- ¿Efectos secundarios? ¿De qué? – Patty se había incorporado ligeramente.

- Te drogaron, mi amor, con cloroformo.

- ¿Qué?

- ¿Qué es lo que recuerdas?

- Yo … - Patty intentó calmarse, de nada servía ponerse histérica. – Bien, recuerdo que entré en la salita, esa que hay en el ala oeste, la del final del pasillo … - William asentía. – Tu tía me estaba presionando, quería que me retirara a mi habitación, y yo … bueno, necesitaba unos momentos, así que me escabullí hacia allí … y al entrar … noté que me sujetaban de pronto … y ya nada más. – Su marido le besó los temblorosos dedos. – Por favor, William, ¿qué es lo que ha pasado? – Él suspiró.

- Han sucedido varias cosas esta noche, Patty …Candy y Annie han desaparecido.

- ¿Qué? – La joven se incorporó bruscamente.

- Sssshhh, tranquila, debes estar tranquila …

- ¿Las han raptado? – Él asintió. – Dios mío … - Los ojos esmeralda se llenaron de lágrimas.

- Y creemos … bueno, la teoría es que gracias a que tú estabas embarazada … bueno, por eso te dejaron.

- Pero … pero, ¿qué quieren de ellas?

- Patty, hay más. – Ella apartó las temblorosas manos y se las retorció, nerviosa. – Neil Legan ha sido asesinado, así como otro joven invitado, Matthew Jenssen, y Terry … - Sus ojos se encontraron. Ella se había tapado la boca con la mano y lo miraba horrorizada.

- ¿Qué pasa con Terry? – Acertó a balbucear.

- Terry está muy grave, Patty, puede que no sobreviva … - La joven se secó las lágrimas con sus temblorosos dedos, respirando profundamente.

- Pero, ¿cómo ha podido suceder todo esto?

- Eso es lo que intentan averiguar … - William volvió a cogerle la mano. – Escucha, amor, la noticia no tardará en saltar a la prensa … - su rostro se oscureció - … y todo se complicará.

- ¿Qué quieres que haga?

- Quiero que estés tranquila. Quiero que ante todo guardes la calma, por el bien de nuestro hijo. – Patty abrió la boca para decir algo, pero él la interrumpió. – Quiero que me ayudes a superar todo esto … quiero que te marches a Washington cuanto antes para comenzar el tratamiento …

- Pero William …

- Por favor, Patty …


George Anderson entró a la mansión tras el último barrido por las cercanías y se dirigió con paso firme hacia la cocina. Rezaba por no encontrarse con nadie por los pasillos y tener que volver a contestar a un montón de preguntas sin sentido. Estaba totalmente agotado. Llevaba más de veinticuatro horas sin dormir, y ya no podía más.

Las noticias del hospital no eran muy alentadoras. Eliza Legan y la señora Jenssen estaban bien, pero el señor Grandchester se encontraba entre la vida y la muerte, y ni rastro de las jóvenes aún …

Al entrar a la cocina, una mano se posó en su hombro y giró la cabeza sorprendido.

- Oh, Mary …

- Hola, ¿cómo estás? – Él se acercó a ella y la mujer abrió una pequeña puerta contigua y lo introdujo al interior de una pequeña habitación usada como despensa.

Se abrazaron con fuerza y George la besó en la boca.

- Te he echado de menos …

- Necesitas dormir, George … vas a caer desplomado. – Él sonrió con dulzura, volviendo a besarla. - ¿Por qué no te acuestas un rato? Ve a mi habitación, yo iré enseguida.

- ¿A tu habitación? – George arqueó una ceja divertido y ella le hizo una mueca.

- Allí no te molestarán, tonto. Podrás descansar.

- Suena maravilloso … - volvió a besarla suavemente – pero no puedo, cariño, no aún. He de terminar un asunto. – Ella le acarició el rostro.

- No ha sido culpa tuya. – Él bajó la mirada. – George, no ha sido culpa tuya, ¿me oyes?

- Yo estaba a cargo de todo, Mary, de la seguridad, de …

- Sssshhh … - ella cogió su rostro entre las manos – vas a ir ahora mismo a mi habitación … - alzó una mano acallando al hombre – no admito discusión posible.

Y él perdió las pocas fuerzas que le quedaban ante el amor de su vida y asintió, saliendo ambos de la pequeña alacena y haciendo él lo que se le ordenaba.

De camino hacia la habitación de Mary, repasó los acontecimientos nocturnos minuciosamente, rememorando cada detalle que hubiera podido escapársele. Ya no tenía dudas sobre quién había secuestrado a las chicas y muy probablemente había cometido los asesinatos. Aquellos cinco desconocidos que bajo nombres falsos se habían introducido en la mansión, habían causado verdadero daño.

¿Dónde podrían haber llevado a las jóvenes? Brian había comentado que el coche no había llegado a la ciudad, por lo que muy probablemente se habrían ocultado en alguna de las mansiones vecinas. Debían registrar las casas.

George se paró a medio camino y cambió de dirección con rapidez.


Los dos policías llegaron a la verja de entrada de la mansión, cerrada a cal y canto, y comprobaron el candado, mirando a través de los barrotes hacia la lejanía. La casa no podía verse desde allí. Una gran avenida poblada de árboles se extendía ante ellos.

- Esta está cerrada. – Comentó uno de ellos con su compañero. – Creo que el dueño se ha marchado por una temporada.

- Bueno, pues tal vez sea un buen lugar para …

- ¿Puedo ayudarles? – Ambos se sobresaltaron al escuchar la voz proveniente de uno de los laterales de la verja. Ninguno se había percatado de la pequeña garita situada a un lado del camino, desde donde en ese momento se aproximaba un hombre sonriente.

- Estamos realizando una importante investigación por la zona.

- ¿Qué ha sucedido?

- Y usted es …

- Soy el guardés de la mansión. – El hombre se acercó a la verja y sacó una llave del bolsillo procediendo a abrir el candado de la cerradura.

- Necesitamos ver sus papeles …

- Por supuesto, agente, pero, ¿qué ha sucedido?

- Unas jóvenes han desaparecido.

- Oh, una tragedia … - el hombre terminó de abrir la verja y los dejó pasar.

- Su nombre y papeles.

- Claro … si son tan amables … - el hombre señaló hacia la garita, y los tres se dirigieron hacia allí.

- ¿A cuánto está la mansión?

- A unos cinco kilómetros, más o menos.

- ¿Está usted aquí todo el tiempo?

- Por supuesto. – Señaló hacia los árboles. – Mi casa … allí, ¿la ven? – Los agentes aguzaron los ojos para descubrir una pequeña cabaña entre los árboles.

- ¿Cuánto lleva trabajando aquí?

- Un par de años.

- ¿Dónde están los dueños?

- Los señores se encuentran en Sussex, en Inglaterra, pasan allí largas temporadas. – Informó mientras entregada unos documentos a los agentes.

- Señor … Kendall.

- Así es, señor.

- ¿Dónde se encontraba anoche, entre las doce y una de la madrugada?

- Durmiendo, señor, en mi casa.

- ¿No suele hacer comprobaciones nocturnas de seguridad por la mansión?

- Realizo una hacia las once de la noche y la siguiente a primera hora de la mañana.

- ¿Y se encarga usted solo de esta extensa propiedad? – Él hombre sonrió sardónico.

- Sí, señor, y no sé la razón. Deberá preguntarle al señor Leicester por qué no contrata más personal.

- ¿Cuándo regresan los Leicester?

- En un par de meses.

- Hemos de echar un vistazo a la casa.

- Eso no va a ser posible, señor.

- ¿Cómo dice?

- Necesitarán una orden para entrar en la mansión. – Los hombres se midieron entre sí. Habían subestimado al guardés.

- Traeremos esa orden, no le quepa duda.

- Entonces les dejaré pasar sin problema.

- ¿De verás quiere meterse en todo eso?

- Yo solo hago mi trabajo, señores, necesito el empleo …

Una vez cerró la verja y vio cómo los agentes se metían al vehículo y arrancaban, comenzó a respirar con menor dificultad. No tenían mucho tiempo. Observó cómo el coche policial se perdía en la lejanía y encaminó sus pasos hacia la mansión.