Le dolía terriblemente la cabeza y frunció el ceño, intentando abrir los párpados. Giró la cabeza un poco, constatando que no se encontraba en un lecho. Entonces parpadeó con rapidez, y al intentar abrir los ojos la luz hirió sus iris, lo que le hizo poner una mano sobre ellos. Se incorporó con lentitud y gimió interiormente, le dolía todo el cuerpo. ¿Qué había pasado? De pronto, abrió los ojos de par en par y su corazón comenzó a latir salvaje. Recordó de golpe las últimas escenas, recordó cómo la habían sujetado, cómo habían sujetado a Terry … ¡Terry!
- Terry … - susurró, intentando enfocar la mirada y mirando alrededor confundida … y asustada.
Se encontraba medio sentada en un diván, en un elegante salón … que no reconocía. La habitación estaba a oscuras, las persianas cerradas, y no se oía absolutamente nada. Sintió pánico. Dios mío, ¿dónde estoy? Cálmate, Candy, vamos, cálmate … súbitamente fue consciente del cuerpo dormido que yacía en el diván contiguo al suyo.
- Qué … ¿Annie? – Se levantó con cierta dificultad, ya que se sentía algo mareada, y llegó hasta el cuerpo de su amiga, arrodillándose ante ella. Le tocó el rostro. Dios mío, estaba helada … - ¿Annie? – Susurró débilmente.
El corazón le latía a mil por hora. No sabía dónde se encontraban, no sabía quién las había llevado allí … no reconocía el lugar. Analizó el aspecto de Annie y el suyo propio. Aún llevaban los vestidos de fiesta, aunque arrugados y … oh, Dios mío, ¿esto es sangre? Intentó respirar profundamente para calmarse y poder pensar. Le temblaban las manos. Aparto el despeinado cabello de Annie de su pálido rostro y le dio un ligero cachete. Nada. ¡Maldita sea!
Se analizó su cuerpo y el de su amiga con rapidez. Parecía que no les habían hecho daño … de momento. Y estaba claro que las habían drogado. Las náuseas y los mareos lo corroboraban. Tomó a Annie el pulso y respiró algo más aliviada. Parecía normal.
Se puso en pie lentamente. Estaban descalzas. Enseguida localizó los zapatos, tirados a un lado de la puerta.
El salón no era muy amplio, más bien parecía una pequeña salita, una estancia femenina para leer o bordar. Observó fijamente la puerta de entrada, pero no se atrevía a acercarse. Intuía que estaría cerrada, pero tampoco deseaba avisar a sus secuestradores de que había despertado. Necesitaba tiempo. Y de pronto sus ojos se llenaron de lágrimas y tragó con fuerza, parpadeando para contenerlas. No debía llorar, no era el momento. El amado rostro de su esposo se le apareció por unos segundos y suspiro.
- Oh, Terry … espero que estés bien … - no quería pensar, no, no debía pensar en lo peor. ¿Y Annie? ¿Qué estaba haciendo allí? Meneó la cabeza y se dirigió a los ventanales.
- ¿Candy? – La débil voz le hizo girar la cabeza y volver sobre sus pasos.
- Oh, Annie, por fin … - La morena intentó incorporarse.
- ¿Qué ha pasado? ¿Dónde …? – Miraba alrededor confundida. Se frotó las sienes. – Oh, me duele la cabeza …
- Annie, - Candy le cogió las manos y la obligó a mirarla – por favor, no grites ni hables alto, ¿de acuerdo? Debes controlarte.
- ¿Qué dices …?
- No sé dónde estamos … creo que nos han secuestrado.
- ¿Secuestrado? – Los grandes ojos de Annie se abrieron horrorizados. – Pero … - Y entonces los recuerdos se agolparon ante sus ojos y Candy pudo observar cómo el rostro de Annie palidecía aún más. – Oh, no, no puede ser … Matt, no … - Se le escapó un sollozo y se tapó la boca con la mano.
- Annie, por favor, debes calmarte. – Candy la tomó con firmeza por los hombros.
- Es que no entiendes … - las lágrimas ya rodaban por las mejillas de Annie – Matt ha muerto, ha muerto … - su voz se apagó, consumida por los sollozos.
- ¿Muerto? ¿Matt? ¿Quién es …? – Candy frunció el ceño meneando la cabeza, y cogió el rosto de Annie entre sus manos. Los ojos aguamarina brillaban en la penumbra de la estancia. – Annie, escúchame. Ahora es el momento de que seas fuerte. Sé que puedes hacerlo, ¿de acuerdo? Ya habrá tiempo de hablar y de lamentarse … pero ahora estamos en peligro, estamos metidas en un buen lío, Annie, y necesito tu ayuda … o nosotras también acabaremos muertas … o algo peor. - La joven morena sollozó con fuerza unos segundos más y después se calmó, respirando profundamente. – Eso es, querida, vamos, hemos de comprobar esas ventanas.
Se alzó, ayudando a Annie a levantarse del diván, y entonces ambas se quedaron congeladas en el sintió al oír unas voces masculinas procedentes del otro lado de la puerta cerrada de la estancia. Candy le tapó a Annie la boca con la mano y negó firmemente con la cabeza, instándola a guardar silencio.
- ¿Dónde demonios estabas?
- Han venido dos policías …
- ¿Qué estás diciendo? – Todos los hombres que se encontraban en la habitación se giraron hacia el aludido, nerviosos.
- ¿Qué ha pasado? – Carl, el líder, se acercó al hombre que acababa de llegar, Kurt, y lo miró fijamente. Este tragó saliva, tenía la garganta seca.
- Han aparecido de pronto, estaba realizando el recorrido habitual. Ha sido una casualidad que me los encontrará.
- ¿Qué has dicho?
- Lo que habíamos acordado. Que era el guardés.
- ¿Y ha habido problemas? – El hombre negó con la cabeza. – No han dudado sobre mi identidad, pero …
- Pero, ¿qué? – Joe y Mus se habían acercado a ellos.
- Calmaos …
- Van a venir con una orden de registro, Carl, y entonces … ¿qué haremos?
Carl suspiró, pasándose las manos por el cabello, y se alejó hacia los ventanales, cogiendo la copa de coñac que había posado en una de las mesitas y bebiendo un trago.
- Para cuando eso suceda, ya no estaremos aquí.
- ¿Estás seguro?
- Jim llega esta tarde, y probablemente las traslademos esta noche o de madrugada … - se encogió de hombros- así que para cuando aparezcan con la orden, se encontrarán con una casa vacía. - Se oyó un ligero suspiro de tranquilidad en el resto del grupo. Los hombres volvieron a sentarse en los divanes y a servirse más alcohol. – No os paséis con las copas. Tenemos que estar lúcidos para esta noche.
- Para entonces ya tendré hasta resaca. – Soltó uno de ellos abruptamente, y los demás soltaron un torrente de carcajadas.
- ¡Basta! – Las carcajadas cesaron al instante. – No quiero oír ni un ruido. ¿Es que queréis alertar a la poli? Hemos de estar calladitos hasta que venga Jim, ¿es tan difícil de entender? – Observó con fijeza a cada uno de ellos. – No estoy bromeando, lo sabéis muy bien. – La mayoría desvío la vista. – Bien, Joe acompáñame. Vamos a ver cómo están nuestras invitadas. Kurt, deja esa cerveza y vuelve a la garita.
- Pero…
- ¿Es que estás sordo?
El hombre obedeció y se marchó a regañadientes, mientras los otros dos se dirigían hacia la puerta cerrada del saloncito contiguo.
El chasquido de la cerradura al abrirse hizo que se erizara toda la piel de sus temblorosos cuerpos. Instintivamente, se apoyaron la una en la otra temblando ante lo que pudieran encontrarse tras la puerta que en ese instante comenzaba a abrirse.
Un par de hombres entraron a la habitación en penumbras y se detuvieron sorprendidos al encontrarse a las jóvenes agazapadas en una esquina, mirándolos aterrorizadas. Uno de ellos sonrió en lo que parecía ser una tranquilizadora sonrisa, aunque para las jóvenes supuso una advertencia velada.
- Buenas tardes, señoras, ¿cómo se encuentran? – Candy notaba las manos de Annie agarradas a la tela de su vestido temblar como hojas, así como su agitada respiración. Sabía que ella se encontraba en el mismo estado. Los hombres se acercaron lentamente, al tiempo que las jóvenes se pegaban más a la pared. – Vamos, vamos, señoras, que no mordemos. Acercaos. – El hombre hizo un gesto, pero las jóvenes no se movieron de su sitio.
Debo ser fuerte, debo sobreponerme para salir de esta. Se decía Candy una y otra vez. Cuadró los hombros y alzó la barbilla, rezando para que no se notara que estaba temblando.
- ¿Quiénes son ustedes? ¿Qué es lo que quieren? – La risa de los hombres no se hizo esperar, y uno de ellos se adelantó súbitamente, sobresaltándolas.
Contuvieron la respiración, pegadas a la pared, mientras el repulsivo rostro de aquel hombre se acercaba peligrosamente al rostro de Candy. La joven tuvo que hacer verdaderos esfuerzos por no empujarle, girando el rostro a un lado, pero él la tomó de la barbilla con fuerza y ella se reveló, apartándolo de un manotazo. La reacción del hombre no se hizo esperar. La aprisiono entre sus brazos, mientras Annie gritaba.
- ¡Joe! – El otro hombre se adelantó y lo cogió por el hombro. - ¡Basta! ¡Suéltala!
- Qué ganas tengo, rubita … - Susurró Joe al oído de Candy, al tiempo que pasaba la lengua por su mejilla, mientras Candy intentaba desesperadamente desasirse. Al final, la soltó, y la joven se tambaleó hacia atrás, con Annie sujetándola rápidamente.
Carl apartó a Joe a un lado, fulminándolo con la mirada.
- Ve a la entrada.
- Pero … - las palabras se congelaron en su garganta al ver la mirada de su compañero, y asintió despacio, obedeciendo. Carl se volvió hacia las asustadas jóvenes.
- Por favor, tomad asiento. – Pidió, señalando los divanes. Las jóvenes temblaban, agarradas la una a la otra, sin moverse. El hombre suspiro y su voz rasgó el aire como hielo fundido. – Voy a ser muy claro al respecto. No me subestiméis. Tal vez yo no sea un bruto salido como el pobre Joe, pero os garantizo que no tolero que me desobedezcan. Si hacéis lo que os digo, os irá mucho mejor. – Volvió a señalar los divanes. – Tomad asiento.
Candy frunció el ceño y por un momento se encontró con los ojos azules de Annie anegados en lágrimas. Su amiga asintió imperceptiblemente, y ambas se dirigieron lentamente, asidas la una a la otra, hacia los divanes, donde tomaron asiento muy juntas. Carl sonrió e hizo un gesto a Joe, quien volvió a acercarse. Las jóvenes se encogieron en sus asientos, pero el hombre se quedó tras su compañero. Carl las estudiaba analíticamente. Parecía satisfecho.
- Jim va a estar muy contento …
- Ya lo creo.
- Bien, señoras, prestad mucha atención. – Carl se sentó en el diván frente a ellas. – Hemos de esperar al anochecer para trasladarnos. Por supuesto, vuestra cooperación es esencial. Cuanto más buenas y obedientes seáis, más buenos y generosos seremos nosotros, ¿entendido?
- No sé que es lo que está sucediendo aquí, pero creo que … - una sonora bofetada cruzó el rostro de Candy y la hizo caer hacia atrás en el diván, aturdida, mientras Annie ahogaba un grito y se tapaba la boca sollozando.
- Sin interrupciones, por favor, - Candy hizo amago de volver a incorporarse, los verdes ojos destellando furiosos, cuando Annie la instó a permanecer quieta.
- No .. no habrá más interrupciones … - susurró con voz entrecortada, secándose las lágrimas del rostro, y apartando el cabello de Candy del rostro, mirándola con firmeza. Se le estrujó el corazón al observar cómo la delicada mejilla de su amiga, teñida en ese instante de un rojo intenso, comenzaba a hincharse levemente y un fino hilillo de sangre descendía lentamente de la comisura del labio. Annie instintivamente lo secó con un dedo, pero Candy ni siquiera la miraba. Tenía la miraba fija en el rostro de aquel malnacido que la había agredido. Él sonreía lascivo, observándola de pies a cabeza.
- Incluso así eres perfecta … - se pasó la lengua por los labios, y Candy sintió ganas de vomitar – haz caso a tu amiga, es más sensata que tú, y te irá mucho mejor. – Se dirigió a su compañero. – Di a Mus que traiga la comida y la ropa.
Las jóvenes observaron cómo el tal Joe abandonaba la estancia y Carl volvía a observarlas fijamente.
- ¿Nombres? – Ellas se sorprendieron ligeramente, frunciendo el ceño. – Por favor, odio repetirme.
- Ann … Annie. Y ella es Candy …
- Muy bien, Annie y Candy. Ahora lo que quiero que hagáis es muy sencillo: comed algo y cambiaos de ropa. Poneos los vestidos que va a traer Joe, ¿de acuerdo? Ahí hay un aseo … - señalo con el dedo hacia una pequeña puerta – lavaos bien y poneos guapas, ¿entendido? Si sois niñas buenas, nada malo os sucederá. – Sonrió y se acercó a Candy. Esta se echó hacia atrás, pero él la cogió por la nuca y la acercó a su rostro. – Pronto aprenderás a apreciar lo que tienes a tu alrededor … ya lo verás.
La soltó y se acercó a la salida, cruzándose con Joe, quien traía las ropas y las bandejas de comida, que depositó en una mesita frente a ellas, saliendo a continuación tras su compañero.
Una vez oyeron cerrarse la cerradura, ambas relajaron sus cuerpos, ahogando los sollozos que pugnaban por salir incontenibles.
- Oh, Dios mío, Candy … - Annie lloraba, estudiando el rostro de su amiga. - ¿Te encuentras bien?
- Sí, estoy bien … - susurró ella. Pero no era cierto, maldita sea, no estaba bien, nada estaba bien.
Se secó las mojadas mejillas y respiró profundamente, intentando calmarse y haciendo un gesto de dolor cuando se tocó la hinchada mejilla. Annie la observaba, las lágrimas rodando por su rostro, y le apretó la mano.
- Voy a mojar un paño en agua fría para esa mejilla … - dijo, levantándose del diván y dirigiéndose al pequeño aseo que minutos antes les habían indicado.
- No es necesario, Annie … - contestó la rubia, pero su amiga ya se encontraba allí y de pronto, Candy se levantó del diván y se dirigió al pequeño aseo, observando las paredes.
- ¿Qué sucede? – Annie la observaba con el ceño fruncido mientras mojaba en agua fría una pequeña toalla.
- Mira, una ventana …
Era cierto. Una pequeña ventana abatible se erigía a altura en una de las paredes del aseo. Candy se acercó y la abrió con un chasquido.
- Candy … - Annie se dirigió a la puerta, para observar si habían escuchado algo desde el salón contiguo, y volvió a girar la cabeza para observar cómo su amiga intentaba desesperadamente abrir más la pequeña ventana.
- Es inútil …
- Es demasiado pequeña …
- Tal vez … tal vez si rompemos el cristal …
- Candy, si haces eso nos oirán y entonces … - se le quebró la voz – Dios, no sé de qué serían capaces … - las lágrimas volvieron a inundar sus ojos y parpadeó para contenerlas, apretándose las manos.
Candy suspiro y se dejó caer sentada en el retrete, abatida, la cabeza entre las manos.
- Hemos de salir de aquí …
- Lo sé … - Annie se acercó y se arrodilló ante la rubia. Se miraron a los ojos. – ¿Qué van a hacer con nosotras, Candy?
- No van a pedir un rescate, eso seguro … - Annie volvió a secarse las lágrimas del rostro, que caían sin cesar.
- ¿Cómo ha podido suceder esto?
- No lo sé … - se cogieron las manos – pero hemos de luchar con todas nuestras fuerzas, Annie … - la morena asintió, tragando con fuerza.
- Vamos a cambiarnos …
- ¿Qué? No pienso …
- Escucha, Candy, - la cortó Annie – vamos a hacer lo que nos han dicho. Nos cambiaremos y nos asearemos, y así tendremos más tiempo para buscar una salida, una solución. Porque si no lo hacemos, la próxima vez que entren nos harán daño, Candy … daño de verdad …
Caía la tarde cuando Kurt volvió a la casa, tras terminar de hacer la ronda vespertina por los alrededores, tal y como se esperaba del guardés de la finca, aunque el pobre infeliz se encontrara enterrado en la parte trasera de su cabaña desde hacía ya un par de días.
Al entrar al salón se encontró con Joe, Mus y Nelson bebiendo cervezas y diciendo tonterías entre carcajadas, mientras Carl se hallaba en una esquina, más apartado, sumido en sus pensamientos. Kurt se acercó a la mesa de bebidas mientras observaba a su jefe subrepticiamente. Carl parecía preocupado. Kurt sabía que temía la reacción de Jim. El plan no se había llevado a cabo como lo habían esperado. Habían cometido varios asesinatos y habían llamado demasiado la atención. Seguramente las calles estarían doblemente vigiladas. Kurt aún no se explicaba por qué se habían enredado en aquel complicado asunto. Las jóvenes eran de la alta sociedad, y el riesgo era extremo.
- ¡Eh, Carl! Dime, ¿por qué no podemos divertirnos un poco con las chicas? – Preguntó Mus con voz pastosa. El aludido frunció el ceño. – Estoy seguro de que ya no son vírgenes … - se oyó alguna carcajada – por lo que no se sacará nada en ese sentido. ¿Qué hay de malo en pasar un rato divertido?
- Ya os he dicho que sigo órdenes muy concretas y claras. No se las puede tocar hasta que llegue Jim.
- ¡Venga ya!
- ¿Por qué no?
Carl se puso en pie lentamente, notando el peso de la pistola en el bolsillo. El corazón comenzó a latirle ligeramente más rápido, pero apenas se apreciaba nada en su pétreo rostro. Se le estaba yendo el asunto de las manos.
Las jóvenes oyeron cierto alboroto y carcajadas procedentes del salón contiguo y se miraron la una a la otra nerviosas, procediendo a continuar rápidamente con su aseo personal. Se habían despojado de sus vestidos y se habían lavado en el pequeño lavabo del aseo, intentando restregar toda la suciedad y la sangre que había impregnado su piel. Habían trabajado en silencio, casi sin apenas despegar los labios, cada una sumida en su propio mundo. Ninguna de las dos quería decir demasiado, no quería preguntar demasiado, no quería detenerse un segundo y ponerse a pensar demasiado … porque todo aquello era demasiado, demasiado para soportar …
- ¿Qué … qué recuerdas, Annie? ¿Cómo sucedió? – Preguntó Candy en un susurro, mientras se ajustaba el sencillo vestido de tela sobre su cuerpo. Le quedaba algo holgado y era de un color neutro. El de Annie era muy parecido.
- ¿A qué te refieres? – Su amiga se mojó el rostro y se secó con el paño.
- ¿Recuerdas cómo te atraparon? – La joven morena se apoyó en el lavabo y se frotó la sien, de pronto su rostro nublado de tristeza. Candy le apretó el brazo, preocupada. - ¿Estás bien?
Su amiga asintió, y apoyándose en el brazo de la rubia, salieron al pequeño salón, sentándose en el diván. Habían comprobado minuciosamente cada recoveco de la estancia buscando desesperadamente una salida … sin resultado. Todo estaba cerrado a cal y canto. Los ventanales eran pesados y estaban trabados, por lo que las jóvenes no tenían la suficiente fuerza para poder abrirlos. Ciertamente, los agresores habían pensado en todo.
- ¿Qué crees que harán con nosotras, Candy? No van a devolvernos a casa, ¿verdad? – Susurró Annie. Los ojos de ambas se encontraron y Candy tuvo que carraspear para aclarar el nudo que aprisionaba su garganta.
- No lo creo, querida … - le apretó la mano – creo que quieren utilizarnos para …
- ¿Utilizarnos? ¿Te refieres a …? – La rubia asintió. – Dios mío …
- Por eso hemos de idear un plan, Annie.
- ¿Un plan? ¿Y qué podemos hacer?
- Sssshhh, cálmate. Debemos conservar la calma …
- No es fácil, Candy …
- Lo sé …
Ambas quedaron en silencio unos instantes, las manos unidas, intentando sacar fuerzas la una de la otra.
- Entré a la salita a oscuras – comenzó Annie, desviando la vista – buscándote. Estaba preocupada. Hacía tiempo que no te veía, y después de lo de Neil … - Candy le apretó la mano – entonces los vi de pronto, allí parados … - se acercó la temblorosa mano al rostro y se secó un par de lágrimas que ya rodaban por su mejilla – no tuvimos tiempo de nada. Nos sorprendieron … me agarraron, y Matt …
- ¿Matt?
- Matt cayó hacia atrás y … - un sollozo la hizo detenerse.
- Annie … ¿quién es Matt? – Los grandes ojos azules de Annie observaron a su amiga con tal desolación, que Candy sintió que su corazón se encogía.
- No … no puedo hablar de Matt ahora … - y se derrumbó en brazos de Candy, llorando desconsolada.
Candy acarició su espalda, su cabello … no sabía qué había sucedido, no sabía quién era el tal Matt, pero Annie estaba verdaderamente destrozada.
- Terry estaba conmigo … - susurró Candy contra el cabello de Annie, y las lágrimas se agolparon en sus ojos sin preaviso – no sé qué le habrá pasado … Dios mío, sólo espero volver a verle …
Súbitamente, la puerta se abrió de par en par sobresaltándolas, y ambas se separaron, levantándose rápidamente del diván. Casi no tuvieron tiempo de reaccionar, ya que tres robustos hombres entraron a la habitación bruscamente y se abalanzaron sobre ellas.
Dos de ellos agarraron a Candy contra uno de los divanes, mientras el otro sujetaba a una histérica Annie que intentaba llegar hasta su amiga desesperadamente.
Candy ni siquiera tenía fuerza para resistirse, ni siquiera para gritar. Uno de ellos le mordía la boca salvaje, ahogando sus gritos, mientras el otro le sujetaba las piernas y el que tenía encima le aprisionaba el torso y los brazos.
- Te dije que tenía muchas ganas, rubita … - y Candy reconoció en el acto la desagradable voz del tal Joe, su aliento viciado de cerveza, mientras intentaba mover la cabeza y el cuerpo desesperada.
- ¡Suéltame! ¡Suéltame cerdo!
- Me encantan las que luchan …- reía el hombre - ¡Kurt! ¡Ayúdanos!
El aludido giró la cabeza un momento, a lo que Annie aprovechó para asestarle un golpe con todas sus fuerzas e intentar alejarse de él, pero el hombre era fuerte y cogió a Annie del brazo, asestándole una brutal bofetada que la dejó aturdida y casi sin sentido, cayendo de rodillas en el piso. El tal Kurt la cogió como si fuera una muñeca rota y la echó prácticamente en el otro diván.
- Espera tu turno. – Escupió.
Candy seguía forcejeando con el cuerpo, ya que la tenían sujeta por las extremidades, cuando Joe se incorporó y le rasgó el vestido, destapando sus senos.
- ¡No me toques! – Le escupió Candy en la cara y el hombre le dio una bofetada.
- Pronto aprenderás a portarte bien, zorra. – Le agarró la barbilla con fuerza y le besó la boca, mientras ella movía la cabeza e intentaba morderle.
La mente de Candy no podía pararse a pensar en nada más en aquel momento que en luchar con todas sus fuerzas, luchar hasta el final, hasta que cayera muerta …
- Vamos, Joe, date prisa … - El aludido intentaba sujetar a Candy al tiempo que se soltaba los pantalones e intentaba acoplar su cuerpo al de la joven sin mucho resultado.
Pero súbitamente unas fuertes manos lo arrancaron del cuerpo de la rubia y lo mandaron en volandas hasta el otro extremo de la habitación. Se hizo el silencio. Kurt sintió que un frío cañón de pistola se instalaba en su sien y soltó a la joven, imitado por su compañero, ambos observando crispados al gigante que permanecía en pie ante ellos, la negra mirada taladrando a cada uno de ellos. Joe se levantó rápidamente del suelo y se quedó congelado en su avance al ver de quién se trataba.
- Un paso más, querido Joe, y estás muerto. – La gélida voz salió como en un dulce susurro que hizo que la piel de todos ellos se estremeciera de terror. – Vosotros, - señaló a los que habían estado sujetando a Candy – fuera, al salón, ahora hablaremos. – Los hombres obedecieron sin discusión, mientras Candy se retrepaba en el diván temblando, e intentando tapar su desnudez con los jirones rotos del vestido. El enorme sujeto observó a Candy unos instantes y después a Annie, que estaba medio desvanecida en el diván. Se acercó a ella y le volvió lentamente el rostro magullado.
- Jim …
- Ni una palabra, Carl, joder, ni una palabra. – Se volvió hacia el aludido y este quiso desvanecerse en ese instante. – Has hecho exactamente lo contrario a lo que te ordené. ¿Qué explicación tienes para eso?
- Yo … ellos … es que … - Jim alzó una mano.
- Nelson, busca otro vestido.
- ¿Qué? Pero …
- Que busques otro vestido, coño. – Jim no alzaba la voz, al contrario, hablaba en un tono casi suave, meloso, que hacía que se te helara la sangre. Se volvió hacia Carl. – Coge a ese imbécil, - señaló a Joe – y enciérralo en la otra habitación. Después hablaré con él.
- Y las chicas …
- Las chicas son la puta mercancía, ¿lo entiendes? Y las habéis destrozado. Me ocuparé de ellas. – Hizo un gesto hacia la puerta. – Ahora fuera. – Los hombres se dirigieron a la entrada. - ¡Eh! – Jim se abrió un poco la chaqueta, enseñando varias armas. – La siguiente tontería acabará bajo tierra, ¿me explico?
Una vez se cerró la puerta, Jim suspiró profundamente y observó a las jóvenes con más atención. Debería haber llegado antes, pero le habían entretenido. Esos bastardos sin cerebro ni escrúpulos … hubieran podido echarlo todo a perder. Vio que la rubia sollozaba quedamente, encogida en el diván, la cabeza entre las rodillas. Estaba en shock, pero en última instancia debía ocuparse primero de la otra, semi desvanecida. Se acercó a la joven morena y le tocó el rostro con delicadeza. Candy alzó un poco la vista, observando al hombre entre el cabello desmadejado sobre el rostro.
Jim se levantó y se dirigió al aseo, mojando una pequeña toalla en agua fría y volviendo junto a Annie, le mojó suavemente las mejillas. La joven reaccionó sobresaltada, incorporándose bruscamente.
- Ssssshhh, señorita, tranquila …
- Por favor … - los azules ojos imploraron al hombre anegados en lágrimas – por favor, no nos hagan más daño … - Annie frunció el ceño e intentó tocarse el rostro. Le dolía terriblemente la mejilla izquierda.
- Tome la toalla y apriétela contra el rostro … se le hinchará. – Annie tomó tímidamente la toalla que se le ofrecía, obedeciendo, mientras miraba a su alrededor y localizaba a Candy. – Oh, Candy … - Intentó incorporarse pero el hombre no la dejó.
- Su amiga esta bien, no le han hecho un daño irreparable … yo me ocuparé.
- No …
- Señorita, por favor. – No era un ruego, y Annie se echó hacia atrás asustada. Jim frunció el ceño. - ¿Cómo ha dicho que se llamaba su amiga?
- Candy …
¿Qué? No, no es posible. El hombre volvió la cabeza y se topó con unos furiosos ojos aguamarina observándole. ¿Era ella? Sí, era ella, Dios mío …
- Señorita Candy … - La puerta al abrirse sin previo aviso sorprendió a todos y Nelson entró llevando las ropas que Jim había pedido. - Déjalas ahí, y márchate. - Una vez el otro hombre abandonó la estancia, Jim tomó las ropas y se acercó lentamente a Candy. – Señorita … - La joven levantó la barbilla.
- Aún tengo fuerzas … - susurró Candy con voz ronca.
- No lo pongo en duda … pero jamás te haría daño … mi querida enfermera.
La joven abrió los ojos con sorpresa y se incorporó ligeramente, apartándose el cabello del rostro. Jim sonrió y le tendió las ropas.
- Dios mío, eres …
- Sí, lo soy.
-escena retrospectiva-
La lluvia caía torrencial en aquella negra tarde de octubre sobre las embarradas calles de Chicago y la pequeña clínica de Candy se hallaba bastante concurrida a aquella hora, aunque sobre todo se trataba de gente que quería resguardarse de la demencial tormenta que azotaba la ciudad, ya que no tenía otro sitio a dónde ir.
El doctor Martin había encendido la chimenea del pequeño salón y Candy ayudada por sus compañeras preparaba chocolate caliente en la pequeña cocina, cuando la puerta de la calle se abrió violentamente y un joven de apenas unos quince años entró cargando, como buenamente podía, con un enorme hombre que intentaba no apoyar todo su peso sobre el joven, mientras se apretaba la ensangrentada barriga.
- ¡Por favor, ayúdenme!
- ¿Qué ha pasado?
El doctor Martin y las enfermeras se apresuraron a ayudar al chico y llevaron al hombre a una de las salas, ayudándolo a tumbarse en una camilla.
- Lucy, atiende a los del salón.
- Ven, Candy, necesito tu ayuda.
- Enseguida.
- ¡Señorita! – El joven cogió a Candy del brazo, suplicándole con la mirada. – Por favor, es mi hermano, es lo único que tengo … él es buena persona, de veras … - los ojos del chico se llenaron de lágrimas – todo lo hace por mí …
Candy le apretó la mano y se apresuró a ayudar al doctor Martin con el herido. La herida resultó ser profunda y complicada, y no disponían de todo lo necesario en la clínica para ayudarlo adecuadamente, pero hicieron lo que pudieron.
La policía apareció en la clínica, y Candy, recordando los ojos del muchacho, escondió al hombre y veló por él, noche y día, hasta que el gigante comenzó a mejorar.
- Sé que cree que soy un criminal, señorita … - dijo una tarde el hombre, mientras Candy le hacía la cura.
- Precisamente porque creo que no le eres, Adam, estás aquí. – El rostro del hombre se nubló.
- Quiero a mi hermano, señorita.
- Lo sé, y él también te quiere.
- Prometí darle una vida mejor de la que yo he tenido. Quiero sacarlo de las calles, quiero que tenga una educación …
- ¿Y para eso estás destrozándote tú la vida, Adam?
- Para mí ya es tarde, señorita …
El hombre llamado Adam estuvo en la clínica de Candy durante tres semanas. Tres semanas en las que la joven y el grandullón entablaron una extraña pero férrea amistad y sintieron la despedida que se avecinaba.
- No volveré a molestarla, señorita. – Candy tragó con fuerza para ahuyentar las lágrimas que pugnaban por desbordarse, y besó al hombre en la mejilla.
- Sabes que siempre serás bienvenido en la clínica, Adam.
- Nunca olvidaré esto, señorita. Jamás. Me ha salvado la vida. Ha salvado el futuro de mi hermano.
-fin de escena retrospectiva-
- Oh, Adam, no puedo creerlo … - Las lágrimas rodaban por el rostro de Candy cuando tomó las ropas con mano temblorosa y el hombre la ayudaba a levantarse.
- ¿Se encuentra bien? – Candy asentía. – Vístase, señorita, rápido.
Candy obedeció, mientras Jim, o Adam, Annie ya no estaba segura, se daba la vuelta. Annie buscó la mirada de Candy con incertidumbre y esta se vistió rápidamente, acercándose y sentándose al lado de su amiga.
- ¿Estás bien? – Annie la abrazó llorando.
- Sí, tranquila … - Candy correspondió al abrazo. – Todo irá bien.
Se levantó y se acercó al hombre.
- Adam …
- Señorita … - La joven en un impulso apretó el brazo del hombre. Este sonrió y le acarició la mano.
- ¿Has … has tenido algo que ver? – Adam bajó los ojos apesadumbrado. – Oh, Adam …
- No estoy orgulloso, señorita, pero …
- ¿Dónde está Daniel?
- En un colegio interno. El año que viene irá a la universidad, ¿se imagina? – El orgullo se dejaba traslucir en su voz.
- Pero Adam, esto …
- Lo sé, señorita, lo lamento, pero … sabe que haría lo que fuera por mi hermano. Odio todo esto, pero he de hacerlo …
- No debes hacerlo … - El hombre suspiró y se frotó la frente, alejándose unos pasos.
- ¿Adam? – Al cabo de unos minutos se volvió a mirar a Candy fijamente. La joven tenia que levantar la cabeza para poder sostener su mirada.
- Escuche, señorita. Prepárense. En un par de horas, espero, abriré esa puerta y deberán correr, correr sin mirar atrás.
- ¿Qué vas a hacer?
- No es asunto suyo, es mejor que no lo sepa. Después, como siempre, dejaré a su absoluto criterio que decir a la policía … aunque le garantizo que jamás volverá a ver a estos hombres, señorita. – Candy sintió un escalofrío.
- ¿Y … y tú?
- Una vez salvó mi vida, querida enfermera. Es hora de saldar mi deuda.
Candy y Annie se sentaron muy juntas en el diván, las manos sujetas, a la expectativa, esperando no sabían qué. Hacía ya un tiempo que Adam las había dejado solas, y nada podían apreciar en las amortiguadas voces que se escuchaban del otro lado de la puerta.
El tiempo fue pasando, y ya era noche cerrada cuando las voces se fueron extinguiendo paulatinamente. Casi pegaron un respingo cuando oyeron el chasquido de la puerta abrirse y vieron asomar la gran cabeza de Adam.
- De prisa. – Susurró. – Marchaos, fuera de aquí.
- Pero Adam, ¿dónde … cómo …? – Candy se paró un instante y le apretó la mano.
Annie se detuvo en seco al salir al salón, ya que varios hombres yacían tumbados en los divanes, algunos roncando estruendosamente. Adam les hizo un gesto de que guardaran silencio y les instó a seguirlo hacia la puerta de salida.
Una vez abrió la puerta el frescor del anochecer fue como un bálsamo para sus rostros y almas.
- Recto, señorita. Corran. – Candy quiso decir algo, pero Annie la tomó con fuerza de la mano, y ambas, aunque descalzas, salieron al camino, echando a correr como podían hacia los árboles.
La oscuridad las encerró en su negro manto y lo único que escuchaban eran sus agitadas respiraciones. Candy se detuvo un momento y no puedo evitar mirar hacia atrás. La mansión había desaparecido de la vista, pero un tenue resplandor y un denso humo comenzaba a elevarse en la lejanía, y Candy supo instintivamente que jamás volvería a ver a aquellos hombres.
