El atardecer acariciaba la piedra grisácea de la mansión Andrew, cubriéndola de una especie de aura luminosa. Los empleados se afanaban en los alrededores y en el interior de la casa, intentando borrar todo resto de la malograda fiesta, mientras los hombres de seguridad y la policía tenían acordonaba y vigilada toda la zona. Ya era un hecho: la mansión era impenetrable.

No habían podido ocultar más la noticia de la desaparición de las jóvenes y los asesinatos a la prensa, y en ese instante, las altas verjas de hierro eran un hervidero de periodistas que intentaban por todos los medios informar de alguna nueva. El hospital donde se hallaban ingresados Terry y Patty, así como Eliza y la señora Jenssen, había tenido que tomar medidas, ya que los reporteros habían irrumpido casi con brusquedad en las instalaciones al haber sido informados de que el actor Terrence Graham se hallaba entre la vida y la muerte.

Los interrogatorios continuarían al día siguiente. El análisis forense había arrojado luz sobre los asesinatos, y ya habían sido informados de que Neil Legan había muerto desangrado, mientras que el joven Jenssen había tenido la mala suerte de romperse el cuello en la caída. Las muertes habían sido instantáneas, y al menos, no habían sufrido.

O eso pensaba William. Eso quería pensar. Había dejado a Patty descansando en el hospital y se había puesto inmediatamente manos a la obra para trasladar a su mujer a Washington. Las pruebas realizadas no arrojaban demasiada luz sobre el estado del feto, y la madre seguía muy débil. Patty necesitaba los cuidados que sólo la clínica de Washington podría brindarle. Necesitaba alejarla de allí cuanto antes, debía alejarla de allí.

Candy … pequeña Candy … su mente volaba una y otra vez hacia su querida amiga e imágenes de la joven llenaban sus ojos y estrujaban su corazón. No había noticias, no sabían nada … y eso carcomía su alma. ¿Y Terry? ¿Y si Terry moría? No quería ni imaginar tal posibilidad. El último parte médico antes de abandonar el hospital no daba muchas esperanzas: Terry seguía en la unidad de cuidados intensivos, en estado muy grave, y los médicos estaban haciendo todo lo posible por estabilizarlo y así poder operarle.

William Andrew se giró lentamente hacia el, en ese instante, abarrotado despacho, observando subrepticiamente a los reunidos allí. Todos llevaban impresos en sus rostros los trágicos momentos vividos en las horas anteriores, la tristeza, la impotencia, la tensión, la falta de sueño … se fijó en George, apostado a pocos pasos de él, y quiso darle un abrazo de ánimo, pero hubo de contenerse. Sabía que George se sentía terriblemente culpable por lo sucedido, y William no encontraba palabras para consolarlo y decirle que se quitara esa idea de la cabeza. Estaba abrumado, abrumado por todo lo sucedido. Y su sobrino no presentaba mucho mejor aspecto. Archie se hallaba sentado en un diván cerca de la terraza abierta, fumando un cigarrillo tras otro, la mirada perdida en los jardines. William suspiró. Su esposa había desaparecido. Sólo esperaba que ambas jóvenes pudieran apoyarse la una en la otra. Candy era fuerte, valiente … sintió de pronto que un nudo se formaba en su garganta. ¿Volvería a verla alguna vez?

- William … - la mención de su nombre lo trajo de vuelta a la realidad y se esforzó en centrar la mirada.

- ¿Sí tío Robert?

- ¿Dónde estás, muchacho? Decía que hemos de cerrar varios asuntos …

- Oh, Robert … ¿has de hablar incluso en este momento de negocios?

- Por supuesto, Emilia. La vida es un negocio, no lo olvides nunca, y ante todo está el bienestar de la familia. – La taladró él con gélida mirada, pero la anciana no se amilanó.

- Desde luego, nunca lo he olvidado. - Se sostuvieron la mirada durante unos segundos más, diciéndose muchas cosas sin pronunciar palabra, hasta que Robert volvió a centrar su atención en William.

- Como decía, William, en veinticuatro horas nos darán permiso para dar sepultura al cuerpo de Neil Legan. La familia está de acuerdo en que se haga cuanto antes y en la intimidad, dentro de lo posible, así que ya me estoy encargando de todo para que sea procedente realizar el oficio y el entierro el martes … - William asentía, intentando concentrarse en la voz de su tío. - ¿Me estas escuchando?

- Sí, tío, lo siento … estoy cansado …

- Como todos … - se acercó Mike Andrew, dándole una palmada en el brazo – es un domingo verdaderamente negro … - Giró la cabeza. – Habremos de lidiar con la prensa, George. – Este asintió.

- Me encargaré de ello.

- Encima ese actor … - William alzó la cabeza con brusquedad - … demasiado conocido … hay muchos empresarios que desearán abandonar la ciudad cuanto antes …

- El inspector Olsen continuará con los interrogatorios por la mañana. – Informó George.

- ¿Cómo está tu esposa? – Preguntó Robert a William.

- Quiero enviarla cuanto antes lejos de aquí … - Robert asintió.

- No sería buen momento que te marcharas ahora, William … - le puso Elroy una mano en el brazo.

- Lo sé, tía, sé que no debo marcharme … no hasta encontrar a Candy y Annie … - carraspeó y continuó con voz ronca – Tío Robert, ¿cuándo has decidido volver a casa?

- Una vez me liberen de mis obligaciones aquí. Tenemos importantes negocios que atender en Washington, lo sabes. Espero que al final de esta semana …

- He de pedirte algo … - William lo estudió fijamente con sus luminosos ojos azules y su tío sonrió con cierta ironía.

- Sé lo que vas a pedirme … y no habrá problema. Marjorie y yo nos encargaremos de Patricia. Sé que probablemente la dejen ingresada en la clínica en cuanto lleguemos, pero velaremos por ella … hasta que puedas venir, y te mantendré informado.

- Gracias, tío.

La conversación giró en torno a otras muchas cuestiones. Pronto los Andrew deberían dar un comunicado. Estaba también el asunto de los Jenssen … Archie había comentado que los padres del joven tenían intención de trasladar su cuerpo a Nueva York.

Y cada uno sacaba sus propias conclusiones: ¿por qué ese secuestro? ¿Cómo habían podido infiltrarse en la casa? ¿Qué hacían aquellos jóvenes en la salita? Los implicados o estaban muertos o desaparecidos, o apenas recordaban nada.

Tantas preguntas, tanta incertidumbre … tanta desolación …


Una vez la enfermera se hubo marchado, Eliza Legan se levantó del lecho y abrió el ventanal de par en par, aspirando profundamente el aire nocturno. Hacía apenas un par de horas, un policía había irrumpido en la habitación y la había sometido a un exhaustivo interrogatorio sobre las horas precedentes. Su padre había estado presente, al menos, físicamente, ya que Eliza lo había notado terriblemente hundido.

Se apoyó en el alfeizar del ventanal y observó sus blancos nudillos con ira contenida. No quería llorar más, no podía. Debía conservar aquella ira, debía tener la fuerza suficiente para continuar adelante, para asegurarse de que la muerte de su hermano no quedaba impune. ¿Cómo se habían atrevido aquellos malnacidos a tocar a su hermano? El acuerdo había sido muy específico. ¡Maldito sea aquel degenerado por haberla engatusado! Nadie tendría que haber resultado herido, ¡solo la huérfana! Y ahora su hermano estaba muerto. ¡Muerto!

Lágrimas calientes rodaron por su rostro, al tiempo que la puerta se abría lentamente y ella giraba el rostro sorprendida.

- ¿Eliza? – Ella se secó el rostro con rapidez y volvió a la cama.

- Stuart, no es buen momento …

- ¿Y cuando lo va a ser? – El joven cerró la puerta tras de sí y se acercó al lecho con semblante serio, observándola. - ¿Cómo estás?

- ¿Y qué pregunta es esa? – Respondió ella irónica.

- Eliza, por favor … - ella hizo una mueca.

- Estoy cansada … ¿podríamos hablar mañana? – Pero Stuart hizo caso omiso y se dirigió hacia el ventanal abierto.

- Me ha dicho tu padre que la policía te ha interrogado esta tarde. – El corazón de la joven empezó a latir más rápido, pero se esforzó por mantenerse serena.

- Sí …

- ¿Y qué tal ha ido? – Eliza no podía ver el rostro de su prometido, pero frunció el ceño, nerviosa.

- ¿A qué te refieres? – El joven se volvió hacia ella y Eliza contuvo el aliento. El rostro de Stuart era una máscara impenetrable.

- Sólo te lo preguntaré una vez más, Eliza: ¿has tenido algo que ver en todo esto?

- ¿Otra vez? ¿Pero cuántas veces he de …? – Pero calló de pronto, al encontrarse con sus ojos oscuros. Inexplicablemente, sintió miedo. Respiró profundamente. – No, ya te lo dije.

- Bien … eso espero. – Dijo el suavemente, pero a Eliza se le heló la espina dorsal. Stuart se acercó lentamente a la cama. – He estado hablando con tu padre …

- ¿Sobre …? – Ella enarcó una ceja, intentando recuperar la compostura.

- Sobre el futuro. – Él hizo una pausa, pero la joven no se atrevió a decir nada. – Hemos decidido adelantar la boda.

- ¿Qué?

- No me interrumpas, por favor. Hemos decidido adelantar la boda porque yo he de marcharme a Europa el mes que viene. Estaré fuera varios meses.

- ¿Y eso qué demonios importa? – La joven había alzado la voz y él se adelantó, haciéndola callar con su oscura mirada.

- Se han mejorado los términos del acuerdo matrimonial en mi favor. Tus padres no desean que te quedes en Chicago después de lo sucedido, y creen que lo mejor para ti es que te vengas conmigo.

- ¡Por supuesto que no!

- ¡Eliza! Ya está decidido.

- ¡Maldito! – La joven se adelantó con los puños en alto, pero él la agarró con fuerza por las muñecas.

- ¡Basta! ¿Estás loca? – Ella sollozaba.

- No puedo irme ahora … ¿comprendes? Stuart, por favor … - El joven la soltó, algo turbado.

- Lo siento … ya … ya está decidido … - Ella giró el rostro hacia la ventana.

- Déjame sola … - Cerró los ojos, intentando contener las lágrimas.

Notaba la presencia del joven al lado de cama, observándola en silencio. Quería que se marchara … quería que la dejaran en paz, y sin embargo … una pequeña parte de ella estaba asustada, abrumada por todo lo sucedido.

- Esto tampoco es fácil para mí. Sé que no nos queremos … tal vez no lo hagamos nunca … - Eliza notó cierta amargura en su voz y cerró los ojos con más fuerza. - … pero no tenemos alternativa … ni tú ni yo. Así que creo que lo mejor es que lo hagamos lo menos dramático posible, ¿no crees? – Oyó cómo él suspiraba. – Lamento lo de tu hermano, Eliza, de veras …

Y al cabo de un instante, notó cómo él abandonaba la estancia y se mordió el puño con fuerza, clavando los dientes e intentando ahogar los sollozos que pugnaban por salir de su garganta.


El bosque era denso y más profundo de lo que esperaban. La oscuridad se lo tragaba todo, y las jóvenes debían aminorar la marcha, ya que apenas podían ver delante de sí.

- Candy … - susurró Annie deteniéndose – aguarda un poco. – La morena se llevó una mano al estómago apoyándose en el tronco de un árbol. – Creo … creo que me he clavado algo en el pie …

Candy se acercó con rapidez a su amiga, y se lamentó interiormente. No podían ver nada, y estaba completamente desorientada. Annie probablemente se habría clavado algo, ya que ambas iban descalzas, lo que dificultaba mucho más su avance. Apretó el brazo de Annie.

- Vamos querida, un poco más. Hemos de alejarnos lo más posible de la casa. – La morena intentó dar un paso, pero volvió a detenerse con un quejido.

- Ouch … no puedo …

Candy la sujetó y respiró profundamente, mirando alrededor. Necesitaban encontrar un sitio donde guarecerse, pero lo único que había alrededor era bosque y más bosque. Imaginaba que habría un guardés, alguien que se encargara de la propiedad … se mordió el labio con nerviosismo. ¿Qué habrían hecho con los propietarios? ¿Los habrían matado?

- Candy …

- Apóyate en mí, Annie, estoy intentando pensar … - sujetó a su amiga e intentó orientarse.

Se había criado en la naturaleza, en la colina y en el bosque. Miró al cielo y descubrió miles de estrellas, y aquello reconfortó su atribulado corazón. El humo ya comenzaba a hacerse visible en la lejanía. Dios mío, ¿Adam había prendido fuego a la casa?

De pronto un ruido seco hizo que pegara un respingo. Apretó la mano contra la boca de Annie y le susurró al oído.

- Ni una palabra … creo que hay alguien ahí … - Apenas pudo ver cómo los grandes ojos de Annie se abrían aterrorizados.

Ambas se apretaron la una contra la otra, asustadas e impotentes, en medio de aquella profunda oscuridad.

Ramas secas romperse, pisadas, respiración agitada … las jóvenes contuvieron la respiración al sentir que alguien pasaba rápidamente junto a ellas. Dios mío, no podía verlas …

Los minutos parecían horas … y en un impulso Candy tomó a Annie de la mano y echó a correr hacia el lado contrario. A ciegas, la mano levantada delante, sin apenas ver … lo importante era avanzar, escapar …

- Corre, Annie … - susurraba con voz agitada, tirando de su amiga – vamos, no te pares …

- Pero, ¿a dónde vamos?

- No lo sé …

- Candy …

Anduvieron durante unos minutos, ambas dando traspiés, hasta que Candy perdió pie y cayó hacia delante, con Annie cayendo encima de ella.

- Maldita sea … - se había hecho daño en las rodillas. La hierba estaba húmeda y se había raspado las manos y los brazos.

Annie la ayudó a ponerse en pie y se apoyaron la una en la otra.

- ¿Estás bien?

- Creo que me he hecho daño en las rodillas, nada grave …

- A mí el pie me está matando … - Aguzaron los oídos un instante, pero ya nada se oía, sólo la respiración del bosque.

- Creo que lo hemos despistado …

- ¿Hacia dónde vamos?

- No lo sé …

- Creo … creo que el humo está más cerca … - dijo Annie señalando hacia delante.

Y era cierto. Incluso podían oler el humo. Candy miró alrededor, intentando orientarse.

- ¡Alto! – Ambas pegaron un grito. – ¡No se muevan!

Los haces de luz iluminaron sus rostros mientras ambas se agarraban la una a la otra, y varios hombres las rodeaban.

- ¿Quiénes son?

- ¡No se muevan!

- ¡Son dos mujeres!

Annie y Candy miraban alrededor, asustadas y de pronto esperanzadas, al percatarse de que varios hombres de uniforme comenzaban a rodearlas. Un joven policía se acercaba a ellas con las manos en alto.

- ¿Candy Grandchester? ¿Annie Cornwell?

- Sí … - apenas les salía la voz, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas. Se miraron la una a la otra y se abrazaron con fuerza.

- ¡Son ellas! ¡Las hemos encontrado!

La noticia se hacia eco por diferentes voces través de los árboles.

- ¡Las hemos encontrado!

- ¡Son ellas!


William Andrew por fin se encontraba solo en su despacho. Hacia poco que la última persona lo había abandonado y podía disfrutar de un momento de soledad. Ni siquiera había probado bocado. No tenía apetito. Se acercó lentamente a la mesa de bebidas y se sirvió otro whisky. Quizá se estuviera excediendo, pero no podía evitarlo. Necesitaba calmarse, y aquello era lo único que lo conseguía. Agitó suavemente los hielos en el vaso y se dirigió al ventanal. Ya era noche cerrada. Hacía más de veinticuatro horas que habían desaparecido las jóvenes … y nada.

Al menos habían arreglado lo de Patty. La joven partiría a Washington con Robert Andrew y su esposa y él iría en cuanto le fuera posible. Sabía que no era lo que Patty desearía, pero dadas las circunstancias, lo comprendería.

Debía quedarse, él debía quedarse. Debía encontrar a Candy.

Bebió un trago y suspiró, entrecerrando los ojos mientras el liquido descendía por su garganta. Ojalá Terry experimente alguna mejoría. La prensa ya se había hecho eco de la noticia. ¿Debía avisar a alguien? Willian lo desconocía …

- ¿Albert? – El aludido se dio la vuelta y sonrió.

- Archie.

- ¿Te importa que te haga compañía? ¿O prefieres estar solo?

- En absoluto, adelante. – William le hizo un gesto y se dirigió a la mesa de bebidas. - ¿Una copa?

- Sí, por favor.

Albert preparó la copa y se dirigió junto a su sobrino.

- ¿Cómo estás?

- Imposible dormir. Cada vez que cierro los ojos, veo sus rostros … - La voz de Archie se quebró y Albert le puso una mano en el hombro.

- Lo sé …

- Tal vez … tal vez estén muertas …

- ¡Ni siquiera lo pienses, Archie! – Albert apretó los dientes.

- Pero Albert …

- Hemos de tener esperanza.

De pronto la puerta se abrió bruscamente y George penetró en el despacho agitado y nervioso.

- ¡Señor William!

- ¿Qué sucede, George?

- La mansión Leicester está en llamas. Han encontrado a unas jóvenes en el bosque …

- ¿Son ellas? – La copa resbaló de manos de Archie, estrellándose contra el suelo.

- No han podido decirme nada más …

- Oh, Dios mío, George, son ellas … - William se había adelantado, tomando a George por los hombros.

- Tal vez, señor …

- ¿Dónde están?

- Las llevan al hospital.

- ¡Vamos ahora mismo!

Archie y William se dirigían rápidamente a la puerta, con George pisándoles los talones.

- No sé si nos dejaran verlas esta noche …

- Haremos lo posible.


Candy suspiraba profundamente intentando calmar su agitado corazón mientras dejaba que los sanitarios las examinaran, entre una cacofonía de voces y agitación, ambas ya acomodadas en sendas camillas improvisadas en la ladera donde las habían hallado. No hacían más que oír las sirenas de los coches policiales y de bomberos recorrer la avenida principal, que a juzgar por lo cercano del sonido, no debía estar muy lejos de donde se encontraban ellas.

Entonces Candy comenzó a orientarse un poco, y constató que apenas se habían alejado de la mansión. Si giraba un poco la cabeza, podía ver el resplandor rojizo de las llamas ascender hacia la oscuridad del cielo y oler el denso humo. Las jóvenes intentaron recabar información en cuanto las encontraron. No podían esperar a conocer detalles de sus familiares y de todo lo que había sucedido, pero tanto los policías como los médicos y enfermeros seguían estrictas ordenes, y apenas les dijeron nada.

En ese instante, la rubia podía ver cómo unos enfermeros atendían la herida del pie de Annie, que aunque no pudiera apreciarlo mucho desde allí, no ofrecía buen aspecto, mientras sentía cómo varias manos trataban de prodigarle a ella los primeros cuidados a su rostro y heridas superficiales.

- Hemos de trasladarlas rápidamente al hospital. – Oyó que decía uno de ellos a otro hombre apostado algo más lejos, fuera del circulo de luz que se había formado para atenderlas.

Candy frunció el ceño en esa dirección, intentando descubrir los rasgos del hombre. Cuando ya estaba a punto de levantarse de la camilla, el aludido se adelantó unos pasos, acercándose a la joven. Se trataba de un hombre de rostro agradable, que le tendió una mano con una sonrisa amistosa. Ella se la estrechó nerviosa.

- Soy Brian Olsen, señora Grandchester, el inspector encargado del caso.

- ¿Qué ha sucedido, señor Olsen? ¿Hay alguien más herido? ¿Y mi esposo?

- Todo a su tiempo, señora, ahora lo más importante es llevarlas al hospital para que puedan atenderlas adecuadamente.

- No hemos sufrido daños graves … - Candy le miraba suplicante - ¿y mi esposo? - El inspector hizo una señal a los enfermeros y estos comenzaron a mover las camillas, pero Candy volvió a sujetarle la mano. – Por favor, señor Olsen …

- Llévenselas …

- ¡Señor Olsen!

Candy intentó bajarse de la camilla, pero la sujetaron con fuerza, mientras avanzaban traqueteando hasta las ambulancias paradas en la carretera.


Llegaron agitados y sin aliento a la parte trasera del hospital, donde un par de enfermeras ya los aguardaban para dejarlos entrar al recinto. Imposible acercarse al hospital por la entrada principal, abarrotada de periodistas, y como el recinto estaba cerrado, debían acercarse por la parte trasera para que los dejaran acceder a él.

Pronto estuvieron avanzando por los abarrotados pasillos hasta localizar a uno de los ayudantes del inspector Olsen.

- ¿Las han encontrado?

- ¿Dónde están?

- ¿Son ellas? ¿Podemos verlas?

El hombre intentaba calmar los ánimos de los presentes, cuando varias enfermeras pasaron por su lado agitadas.

- ¿Se ha escapado?

- ¿Cómo es posible?

- Se ha soltado …

- No hace más que preguntar por su marido …

William, Archie y George siguieron a las enfermeras casi corriendo, pero de pronto se detuvieron en mitad del pasillo. Una pequeña y delgada figura, cubierta de tierra y … ¿sangre? ... con el pelo rubio alborotado y descalza, se había detenido a pocos pasos de ellos, mirándolos con sus brillantes ojos aguamarina.

- Dios mío … ¡Candy! – William echó a correr hacia ella, y la joven, tras un momento de incertidumbre, reconoció al rubio y sonrió entre lágrimas, echando a correr también.

- ¡Albert!

Se abrazaron en mitad del pasillo, Candy el rostro enterrado en el amplio pecho, sollozando de alivio y alegría al sentirse por fin segura entre los brazos de Albert. Archie llegó a ellos y los abrazó a ambos.

- Oh, Archie …- Candy apretó la cintura de su primo con el otro brazo.

- Candy … ¿estás bien? ¿Dónde está Annie?

- Estoy bien … - asentía ella entre lágrimas, mientras William tomaba su rostro entre las manos, observándola y secándole las lágrimas de las mejillas.

- Dios mío … ¿te han pegado? – Candy negaba con la cabeza.

- No es nada …

- ¿Nada? – William le alzó el rostro.

- ¿Y Annie?

- Annie está bien, Archie, tranquilo … está en una salita … - Candy señaló hacia el otro pasillo.

Las enfermeras llegaron hasta ellos, así como varios médicos y agentes de seguridad.

- Señora Grandchester, por favor …

- Albert, ¿dónde está Terry?

- Señor Andrew …

- Por favor, debemos hacer nuestro trabajo …

- Señora Grandchester …

Al final, con la ayuda de William y Archie consiguieron que Candy cooperara un poco con los sanitarios, a pesar de que no paraba de hacer preguntas y miraba a William de una forma que a este le partía el corazón.

- Debemos realizarle varias pruebas …

- Lo sé, lo sé … - asentía William al médico con la mano de Candy entre las suyas.

- Por favor, Albert … - Candy le apretó la mano con fuerza. – Dime qué está pasando …

- Señor Andrew, por favor …

- ¡Albert! – Candy se apartó las lágrimas de los ojos al tiempo que apartaba las manos de una enfermera de su cuerpo.

- Candy, querida, no debes preocuparte ahora … -ella negaba con la cabeza.

- Albert … ¿qué ha pasado? Archie …

- Terry está aquí, en el hospital …

- ¡Archie!

- ¡Debe saberlo, Albert, es su marido!

- Dios mío … - Candy se tapaba la boca con la mano. - ¿Está … está bien?

- Señora Grandchester, - el médico irrumpió entre el grupo de gente y tomó la pequeña mano de Candy entre las suyas, instando al resto de gente a apartarse, al tiempo que hacía un gesto a una enfermera, y esta se acercaba a Candy por detrás y la sujetaba, pinchándole en el brazo.

- ¿Qué demonios …? – La joven apartó el brazo con fuerza.

- Es por su bien, señora Grandchester, debe descansar. – El medico le palmeó la mano. – Pronto podrá ver a su esposo.

- ¿Qué? ¡No! – Candy intentó incorporarse, apartando al médico, pero el sedante ya comenzaba a hacer efecto, y se tambaleó ligeramente aturdida. - ¡No! ¡Albert!

Pero la oscuridad llegaba hasta ella. Parpadeó confusa sujetándose a alguien, no sabía a quien … notaba que le flaqueaban las rodillas y caía … caía al vacío.