La estación de Chicago bullía de actividad y los pasajeros llenaban los andenes, subiendo y bajando de los trenes que arribaban a la ciudad. William Albert Andrew se echó hacia atrás un poco el ala de su sombrero y suspiró. Hacía calor. Se desabrochó un poco el chaleco, abriéndose la chaqueta, y miró a George apostado a su lado, quien al ver su mirada se encogió de hombros.

Súbitamente, el fogonazo de una cámara le hizo cerrar los ojos y llevarse una mano a la frente.

- ¡Señor Andrew!

Un par de reporteros se acercaban a él entre la gente, y automáticamente, su personal de seguridad se interpuso entre ambos, interceptando a los reporteros. ¡Maldita sea! William maldijo por lo bajo. No creía que fueran a seguirlo incluso hasta allí. Y no era el mejor momento, ya que la razón por la que se encontraba en la estación era porque la actriz Eleanor Baker llegaba en esos instantes a Chicago.

- George, - susurró William – voy a marcharme al auto y os esperaremos detrás de la estación, ¿de acuerdo? Están encima de mí, y no es prudente que la descubran … aún no.

- De acuerdo, señor.

La Srta. Baker había dejado instrucciones claras y precisas sobre cómo debía ser su encuentro para poder pasar lo más desapercibida posible, dado que la ciudad estaba invadida de reporteros … y más cuando hacía tres días que había saltado la noticia de que Terrence Graham había ganado la batalla a la muerte.

William se marcho a paso rápido hacia la salida, acompañado de los de seguridad y llevándose a los reporteros tras él. George se adelantó unos pasos, mezclándose entre la gente e intentando descubrir algún indicio de la presencia de la famosa actriz.

- Discúlpeme, caballero, - la aterciopelada voz femenina hizo que a George se le erizara la piel de la nuca y se diera la vuelta lentamente para toparse de frente con una elegante y alta dama, con gafas oscuras, cabello negro cortado estilo garçon y sombrero - ¿es usted de la familia Andrew?

- Soy el asistente del Sr. Andrew, Srta … - La mujer adelantó una elegante mano y sonrió.

- Me estaban esperando.

George ayudó a la dama con sus maletas y pasaron lentamente ante los reporteros que se habían quedado aguardando a la entrada de la estación, dirigiéndose a la parte trasera, donde el coche de los Andrew aguardaba pacientemente. Mientras Andy ayudaba a George con las maletas, la mujer se subió al automóvil y se sentó frente a un sorprendido William, que la miraba con la boca abierta.

- Por fin nos conocemos, Sr. Andrew …

- Perdone, pero … usted es …

La mujer sonrió y a continuación con elegantes gestos procedió a quitarse el sombrero, dejándolo a su lado y de pronto, la corta peluca negra liberó una larga melena rubia que cayó en cascada sobre los hombros. Por último, la mujer se quitó las grandes gafas y el hermoso rostro de la conocida actriz norteamericana deslumbró al joven rubio.

- Oh … Srta. Baker … - ella sonrió con dulzura.

- Le pido perdón por presentarme de esta manera, pero he creído oportuno tomar medidas …

- Ha sido muy buena idea …

- ¿Cómo está? – El bello rostro de la mujer se oscureció. – Y por favor, no omita detalles, Sr. Andrew … ¿cómo está mi hijo?

- William, por favor …

- Entonces, debe llamarme Eleanor.


- Buenos días.

El joven volvió la cabeza ligeramente hacia la alegre voz de la enfermera que entraba en ese instante a la habitación, pero sólo consiguió que le saliera una mueca. Le dolía el cuerpo, le dolía la cabeza … y continuamente estaba tenso, nervioso … no comprendía, no entendía nada … las palabras se agolpaban en su cerebro pero no sabía ordenarlas correctamente, su cuerpo respondía a los estímulos, pero no respondía a sus órdenes. Estaba asustado y confundido … y desconocía qué le pasaba, qué hacía allí y … quién era.

Una joven rubia lo observaba continuamente a través del cristal que ocupaba una pared de la habitación ante él. Recordaba que siempre estaba allí, desde que había despertado … y en ese momento, la joven hablaba con uno de los médicos. Parecía compungida.

- Candy, ahora más que nunca debes estar serena, ser paciente …

- ¿Paciente? – La joven se volvió de espaldas al cristal y se secó las comisuras de los ojos, intentando reponerse. – Soy paciente … y tengo esperanza … - la voz se le quebró un instante - … pero Sam, ni siquiera me habéis dejado verle … tal vez …

- Hemos de terminar con las pruebas cognitivas y psicomotrices. Ha estado casi dos semanas en coma … como ya te hemos dicho, las consecuencias no parecen ser tan graves como nos temíamos en un principio. Él reacciona a los estímulos, entiende el lenguaje verbal, su visión es adecuada … con un adecuado tratamiento y una buena fisioterapia podría lograr recuperarse favorablemente …

- ¿Entonces?

- No recuerda nada … absolutamente nada. Y cuando digo que nada, Candy, significa nada.

- Pero … - los ojos aguamarina se llenaron de lágrimas – eso puede ser consecuencia del golpe, algo temporal …

- Tal vez sí … o tal vez no. La zona golpeada del cerebro es complicada. No sabemos qué es lo que puede recuperarse y qué no, Candy. Hemos de ir con mucho cuidado. Una vez terminemos las pruebas, nos reuniremos para afrontar el caso de la mejor manera posible. – El doctor suspiró y la miró con empatía. – Lamento ser tan drástico, de veras, pero la situación es difícil …

El médico se despidió de la joven y entró a la habitación, mientras la enfermera corría las cortinas del cristal y ella se derrumbaba abatida en una de las sillas contiguas.


Archibald Cornwell terminó de ordenar unos papeles en su escritorio y se echó hacia atrás en la silla, frotándose los cansados ojos. Con todo lo acontecido en la fiesta, tenía más quebraderos de cabeza que nunca. Varios negocios necesitaban de su absoluta concentración, y en ese instante, lo que menos estaba era concentrado. Muchos de los empresarios y familiares que habían llegado a la ciudad con motivo de la fiesta de los Andrew, ya habían partido a sus hogares. Y suponía que así habría sucedido con los Cooper. Ya no había vuelto a verlos desde la fiesta.

Meneó la cabeza y se levantó del sillón, observando el parque que se extendía ante su ventana, y se percató de que en los últimos días apenas había hecho otra cosa que trabajar. Trabajar e ir al hospital, principalmente para apoyar a su prima en su difícil situación con su esposo … y también se suponía que para estar con Annie. Aunque Annie era una sombra, alguien apagado y abatido que pasaba muchas horas perdida en sus pensamientos. ¿Qué hacer? ¿Qué decir?

Pero Archie sabía que debían hablar, hablar de muchas cosas. Ya no podían continuar así. Hacía un par de días los Jenssen habían ido a despedirse de él, ya que partían a Nueva York. El joven ciertamente les deseaba la mejor de las suertes, bastante habían sufrido ya. Albert se hallaba ocupado con los asuntos de la investigación policial y con Candy, y era él quien debía llevar el peso financiero en esos momentos … y suponía que en los próximos meses, ya que sabía que en cuanto le fuera posible, Albert partiría a Washington a estar con su esposa.

Unos golpes en la puerta lo sacaron de su ensimismamiento y Sally, su secretaría, apareció en la puerta con una tarjeta.

- Disculpe, Sr. Conrwell, han dejado esta tarjeta a su nombre.

- ¿De qué se trata?

- No lo sé, señor, cuando he vuelto de la comida, estaba sobre mi mesa. – la joven le tendió la tarjeta y salió.

Archie frunció el ceño y giró la tarjeta entre sus dedos. Sólo figuraba su nombre en el dorso. Abrió el sobre y quedó aún más desconcertado, ya que en la tarjeta apenas se leía el nombre de un hotel y un número de habitación. Pero, ¿qué era aquello? ¿Qué significaba? El joven frunció el ceño, entrecerrando los ojos y acercando la tarjeta más a sus ojos ya que había descubierto un pequeño dibujo en una de las esquinas. ¿Qué era aquello? Al descubrirlo, abrió los ojos con sorpresa. ¡La silueta de un caballo! E instintivamente, solo el rostro de una persona se apareció ante él. ¿Sería cierto? ¿Sería posible?

Casi sin pensar en lo que hacía, cogió la chaqueta y salió del despacho.

- Sally, anula mis citas de la tarde, he de salir … - Dijo por encima del hombro, dirigiéndose al ascensor.

- Pero …

A la joven no le dio tiempo a decir nada más, ya que Archie ni siquiera esperó al ascensor, sino que continuó escaleras abajo con largas zancadas. No sabía lo que estaba haciendo, pero no podía parar. Su corazón latía apresuradamente y tenía la boca seca. Pero, ¿qué demonios le pasaba?

Llegó al hotel citado en la nota y pasó raudo ante recepción. No deseaba ser visto por nadie ni tener que dar ningún tipo de explicación. Afortunadamente, llegó a destino sin interrupciones, y de pronto, se hallaba delante de la puerta de la habitación. Estaba muy nervioso. ¿Qué era todo aquello? Respiró profundamente y tocó a la puerta. Cálmate, Archie, maldita sea.

Los claros ojos con los que soñaba lo saludaron como una mañana de primavera, y el joven contuvo el aliento. Allí estaba, tan fresca, tan hermosa …

- Hola, Archie. – La joven sonrió y se hizo a un lado, invitándolo a pasar.

- Claire … - él la miraba confuso, sin saber muy bien qué decir.

La siguió al interior de la suite, llegando al pequeño saloncito, abriendo y cerrando los puños para intentar calmarse un poco y Claire lo invitó a sentarse.

- ¿Quieres una copa? – Asintió casi automáticamente, siguiendo sus movimientos. Se percató de que la joven estaba tan nerviosa como él.

- ¿Ha sucedido algo, Claire? – Ella meneaba la cabeza mientras preparaba las copas. Se sentó frente a él y sonrió nerviosa.

- Yo … - Archie vio cómo se retorcía las manos y sus mejillas se teñían de un tono rosado. Estaba turbada. – Archie, quería verte … estaba preocupada por ti. – El corazón del joven perdió un latido y contuvo el impulso de abrazarla. Sus ojos avellana la acariciaron.

- Han sido días muy duros … pero afortunadamente, las chicas están bien. Ahora solo esperamos que el marido de mi prima se recupere …

- ¿Está grave? – Archie asintió y la joven se incorporó un poco y alargó una mano, tomando suavemente la del joven.

- ¿Cómo está Annie?

La pregunta quedó en el aire, mientras el rostro de Archie se oscurecía y sus ojos se giraban hacia el ventanal, hacia los edificios de Chicago. La joven se levantó lentamente de su sillón y se sentó junto a él en el diván.

- ¿Por qué has venido, Claire? – Sus ojos se encontraron y ella suspiró profundamente.

- Sabes que me gusta ir directa al grano, Archie, no sé hacerlo de otro modo … - apretó suavemente su mano – me he enamorado de ti, Archibald Cornwell, y … y quiero intentarlo.

- ¿Qué? – Archie la miraba estupefacto, con la boca abierta. Ella intentó sonreír sin mucho resultado, su rostro en llamas.

- Quiero estar contigo … quiero … quiero que estemos juntos …

- Pero … pero … - el joven se pasó las manos por el cabello, mirándola impactado - ¿juntos? ¿A qué te refieres?

- Sabes a lo que me refiero. - Se observaron largamente el uno al otro, sin apartar la mirada.

- Quieres que me separe de Annie … - no era una pregunta. La joven tragó con fuerza, pero nada dijo. Archie se levantó del diván, acercándose a los ventanales.

- ¿Tú quieres seguir a su lado? – Él se giró a mirarla.

- Sabes de sobra lo que siento, Claire … si no, no estarías aquí. Pero también sabes todo lo que conlleva esa decisión. Y no sé si es posible …

- Archie … sé todo lo que conlleva, - la joven se había levantado y se acercaba a él lentamente – tanto para ti … como para mí. – Se plantó frente a él, sus claros ojos azules brillantes. – Volvía a Montana con mi padre, dispuesta a olvidarte, dispuesta a seguir con mi vida … pero entonces supe que no podría. No podía acallar estos sentimientos … jamás lo he hecho. Y sé que estoy profundamente enamorada cuando estoy dispuesta a sacrificarlo todo por estar contigo …

- ¿Qué estas diciendo? – Inconscientemente, el joven alzó una mano y acarició suavemente la tersa mejilla femenina.

- Estoy dispuesta a afrontar las consecuencias. Sé que sería complicado … sé que va a ser un escándalo … - Acarició el chaleco de Archie con los dedos – pero te quiero. Lo comprendí en cuanto desapareciste de mi vida, Archie … me sentí vacía, sola … - bajó los ojos – no me había sentido así desde la muerte de mi esposo … - Él le alzó la barbilla. - ¿Tú sientes lo mismo?

- Se me para el corazón cada vez que me miro en tus hermosos ojos … - susurró Archie con voz ronca. Ojos que en ese momento se llenaron de lágrimas. – Pero … Dios, Claire, necesito un poco de tiempo … - ella frunció el ceño y se apartó un poco.

- ¿Tiempo?

- Tiempo para hablar con Annie, para arreglar los asuntos con la familia … he de hablar con Albert …como bien has dicho, va a ser un escándalo …

- Entonces … - El joven sonrió levemente y tomó su rostro entre las manos, besando los sonrosados labios con suavidad. Ella se aferró a su chaqueta y Archie la tomó por la cintura.

- He de volver a Montana …

- Lo sé … - Claire acercó su rostro y se besaron más profundamente.

Pronto sus respiraciones se aceleraron. La joven rodeó su cuello con los brazos y él la estrechó con firmeza contra sí. Los límites se estaban difuminando a pasos agigantados, y fue Archie quien se apartó suavemente, la respiración agitada.

- Claire … debemos parar … - ella negó con la cabeza ante el sorprendido rostro de Archie.

- No, no quiero, Archie.

- Pero … - la joven volvió a acercarse. Sus rostros muy cerca.

- He venido a estar contigo, mi amor, como ya te he dicho …

- Pero … - ella sonrió, poniéndole un dedo en los labios. Lo tomó por las manos y se encaminaron a la habitación. Pero él se detuvo. – Claire … creo que no debemos …

- ¿Por qué no? – El joven enrojeció.

- Bueno … yo … yo te respeto … - ella le acarició la mejilla con dulzura.

- Lo sé, querido. Pero ahora ya estamos seguros, ¿verdad? – Archie tragó con fuerza, asintiendo imperceptiblemente. – Te deseo, Archie Cornwell … - susurró ella, volviéndose hacia la habitación – pero si deseas marcharte ahora, lo comprenderé.

La joven entró a la habitación, dejando la puerta abierta como una invitación. A Archie le sudaban las manos y le faltaba el aire. Aún no podía procesar claramente todo lo que estaba sucediendo … ¿qué estaba haciendo? ¿Realmente iba a dar aquel paso? Si lo hacía … Dios, si lo hacía, ya no habría vuelta atrás …


- ¿Terrence? - El joven parpadeaba confuso, brillantes sus ojos de zafiro, mientras el médico le observaba las pupilas y comprobaba sus funciones motoras. No comprendía qué sucedía … se percató de que entendía lo que le estaba diciendo, pero no podía verbalizarlo … era incapaz de proferir palabra. Su angustia debió de traslucirse en su rostro, ya que el médico sonrió tranquilizador. - No te preocupes … iremos despacio.

No sabía cuánto llevaba despierto. No había podido moverse de la cama. Durante las largas noches, intentaba desesperadamente mover las piernas, los brazos … pero le resultaba imposible, y terminaba agotado, tanto física como psíquicamente.

Giró los ojos hacia la cristalera que ocupaba una pared de la habitación. Sí, allí estaba … siempre. Aquella chica rubia. ¿Quién era? No había entrado nunca a verle … y al joven le gustaría saber por qué. La joven de pronto se percató de que la miraba e intentó sonreír, pero enseguida se volvió, dándole la espalda, al tiempo que la enfermera cerraba las cortinas.

Candy se secó los ojos con dedos temblorosos y suspiró profundamente, intentando calmarse. En breve llegaría Eleanor Baker con Albert, y no quería darles más motivo de disgusto. Sabía lo mucho que se turbaban al verla así. Se dirigió al ventanal y lo abrió un poco para aspirar aire fresco.

Octubre los saludaba con un cielo gris y plomizo, presagio de una inminente tormenta. Ya hacía un mes de aquella terrible noche … la noche que cambió la vida de todos ellos. Y Candy necesitaba de toda su fuerza y coraje para poder soportar toda aquella situación. Su esposo, su amor … se hallaba allí tumbado, solo … intentando … Dios mío, luchando contra todo … las lágrimas inundaron sus ojos aguamarina y ya no pudo retener los sollozos.

Y así la encontraron Eleanor y Albert cuando llegaron.

- Oh, mi niña … - la actriz la abrazó, llorando también, y la joven se dejó consolar, mientras la mujer le acariciaba el pelo – desahógate … eso es, querida …

Desde el mismo instante en que habían vuelto a verse, hacía ya un par de semanas, parecía que el tiempo no hubiera pasado entre ellas, y conectaron tan perfectamente la una con la otra que incluso ellas mismas estaban sorprendidas del lazo tan estrecho que había surgido entre ambas. Candy descubrió en Eleanor su apoyo, su fuerza. Era la actriz quien la acompañaba en sus horas negras, quien la consolaba en sus malos momentos … con ella no tenía que fingir que estaba bien.

Eleanor se hospedaba en la mansión Andrew, ya que Albert no había querido ni oír hablar de que se fuera a un hotel, y la deslumbrante mujer había conquistado incluso a la tía Elroy. Candy ya había sido dada de alta en el hospital, aunque pasaba más tiempo allí casi que antes, y solo acudía a la mansión para caer rendida en la cama durante unas pocas horas, para volver rápidamente junto a su esposo. Eleanor y Albert habían insistido en que debían hacer turnos, ya que como no les dejaban visitar a Terry aún, podrían distribuir su tiempo y descansar, pero Candy no quiso ni oír hablar de ello.

Se separó de Eleanor suavemente secándose las húmedas mejillas, y Albert le pasó un brazo por los hombros.

- ¿Te han comentado algo? – La joven negó con la cabeza.

- Aún están dentro. Os estaba esperando. – Se apretó contra él. - ¿Cómo está Patty? – Albert sonrió, pero era una sonrisa vacía y Candy suspiró.

- Va … poco a poco.

- Creo que deberías marcharte a Washington, Albert.

- No puedo … mi sitio está …

- Tu sitio está junto a tu esposa, Albert, lo sabes. – Él suspiró.

- Bien … primero veremos qué sucede con Terry, ¿de acuerdo?

Como si de una señal se tratara, los médicos salieron de la habitación y se acercaron a ellos, saludándolos con cortesía.

- Sam … - Candy apretó la mano del médico con amabilidad. Era un buen hombre, muy competente. Y la joven sabía que en aquel tiempo ambos se habían llegado a entender perfectamente.

- Hola, Candy. – El médico sonrió. Era un doctor muy joven, poco mayor que Albert. – Sr. Andrew … Sra. Baker …

- Bien, ¿podríamos comenzar la reunión?

Los dos doctores que llevaban el caso de Terry, el doctor Cheston y el Dr. Sutherland, así como dos enfermeras, y Candy, Albert y Eleanor, tomaron asiento ante los ventanales.

- El cuadro médico de Terrence es … complicado. Pero también hemos de decir que mucho mejor de lo esperado.

- ¿De veras?

- Sus niveles cognitivos y psicomotrices son muy altos … una buena fisioterapia ayudará a que poco a poco recupere la movilidad y la oralidad … - el médico frunció el ceño. – Estamos controlando los niveles analíticos, ya que el hígado no está funcionando aún como debería, pero …

- ¿Pero?

- Recibió un golpe muy fuerte en la cabeza… afortunadamente, es un golpe que está sanando y volviendo a la normalidad, tranquilos …

- El golpe externo … - continuó el otro médico – está sanando, pero las secuelas que se han producido como consecuencia de ese golpe son las que han de preocuparnos.

- Pero … - Eleanor se retorcía las manos, nerviosa. - ¿Qué es lo que tiene mi hijo?

- No nos andaremos con rodeos. Terrence ha perdido la capacidad de hablar, la movilidad … y prácticamente la memoria, a corto … y creemos que también a largo plazo. Aún es pronto para afirmarlo, pero la recuperación en ese sentido va a ser muy complicada … y larga.

- Dios mío …

- Pero, ¿es posible? Es decir …

- El cerebro es … bueno, es misterioso, cambiante … el gran desconocido. – El médico suspiró. – No sabemos a ciencia cierta cómo va a evolucionar …

- Y … ¿y entonces? ¿Cuál es el diagnóstico? – Era Albert quien estaba dirigiendo la conversación, ya que las mujeres apenas podían contener las lágrimas.

- Un momento, por favor.

La grave voz de barítono que se escuchó súbitamente en la estancia, hizo que todos pegaran un respingo y se giraran sorprendidos hacia la entrada.

Un hombre alto, elegante, el pelo canoso y abundante peinado pulcramente, dándole un aire especial, enmarcando un rostro cuadrado, firme … nadie dudó ni un segundo en que se hallaban ante el padre de Terrence Grandchester. Candy tuvo que expulsar el aliento que había estado reteniendo sin darse cuenta. Dios mío, el duque de Grandchester … ¿allí? A pesar de los muchos años que habían pasado desde que lo viera por última vez, a Candy le impactó el gran parecido que Terry guardaba con su progenitor. Cierto era que los ojos de su esposo eran los de Eleanor, pero con los años, en la edad adulta, el hermoso rostro de Terry se había moldeado y cincelado a semejanza del duque, y no cabía duda del lazo de parentesco que los unía. La joven se volvió a mirar a Eleanor y constató que también para la actriz había supuesto un tremendo impacto ver allí al aristócrata.

- Disculpe, señor … esta es una reunión privada … - Todos observaron cómo el hombre, acompañado de su asistente, en el cual Candy reconoció al Sr. Worthington, se adelantaba lentamente hacia el grupo reunido ante los ventanales.

- Se trata de una reunión sobre el paciente Terrence Grandchester. Y de hecho, no pueden continuar sin mi presencia … ya que yo soy el padre de dicho joven. – Hizo un gesto de cabeza hacia los estupefactos doctores, los cuales se habían puesto en pie impresionados. – Richard Grandchester.

Tras el impacto inicial, el duque tomó asiento junto a los demás y los doctores lo pusieron en antecedentes para posteriormente continuar la conversación. Las expectativas no eran nada halagüeñas.

- ¿Cuál sería su recomendación en estos casos? – Preguntó el duque a los doctores.

- Terrence aún deberá estar un poco más en el hospital. Una vez controlemos las funciones del hígado y los pulmones, lo trasladaremos a planta … esperamos que en una semana. Y posteriormente, podríamos comenzar a planear ciertas visitas familiares … para que paulatinamente Terry vaya pudiendo familiarizarse con todos ustedes. Como comprenderán, está muy confuso, muy nervioso … y no sería prudente acelerar nada en su estado.

- Una vez esté totalmente recuperado, - continuó el doctor Cheston – recomendaríamos el ingreso de Terrence en una clínica especializada …

- ¿Una clínica?

- Hay clínicas dedicadas exclusivamente a este tipo de traumas … allí le ayudaran y orientaran en su recuperación.

- ¿Y cual sería la clínica adecuada?

- ¿Hay posibilidad de recuperación?

- Pueden informarse, por supuesto, pero nosotros creemos que la mejor en ese campo es la clínica Berenson, en Nueva York.

- ¿Nueva York?

Mientras el resto hablaba con los doctores, el duque hizo un gesto a su secretario y este abandonó la estancia.

Una vez terminaron con su exposición, los médicos se despidieron de los presentes y los dejaron solos para que pudieran seguir conversando en la intimidad. En cuanto la puerta se cerró a sus espaldas, Eleanor Baker se volvió hacia el duque.

- Dios mío, Richard, pero ¿qué demonios estás haciendo aquí?

- ¿Creías que no vendría, Eleanor? Creía que mi hijo … nuestro hijo, - rectificó – iba a morir.

- Pero … - los ojos zafiro de la actriz brillaban, observando a aquel elegante y aún muy apuesto hombre al que no había visto hacía mucho tiempo. – Pero … creí que no podías viajar, creí que … - él alzó una mano y ella calló turbada.

- Estoy bien … no debes preocuparte.

- Espero que no haya tenido problemas a la entrada del hospital … - Intervino Albert con amabilidad.

- He traído mi equipo de seguridad … aunque creo que es cuestión de tiempo que todo estallé y los periódicos se hagan eco … señor … - El duque lo miró inquisitivamente.

- Soy William Andrew. – El joven se adelantó con la mano alzada y el duque se la estrechó.

- Oh, sí … usted es quien nos envió el telegrama …

- Sí, a expensas de mi pupila, Candy …

La joven rubia sintió de pronto los penetrantes ojos masculinos fijos en su persona y sintió cómo su rostro se encendía como las brasas. Apenas se atrevía a alzar la mirada hacia aquel intimidante rostro. Vaya … Terrence se parecía mucho a él … el mismo aire arrogante, la mandíbula cuadrada … el duque continuaba siendo muy apuesto … Candy pudo comprender un poco mejor a Eleanor, dado el magnetismo de aquel hombre, a quien ella ahora observaba con ojos de mujer adulta, no de niña adolescente. Tras unos instantes de tenso silencio, el duque se adelantó unos pasos.

- Candy … - la grave voz hizo que la joven se ruborizara aún más - ¿cómo estás? Ha pasado mucho tiempo …

- Su … su Gracia …

- Puedes llamarme Richard … creo que desde hace poco somos algo así como familia, ¿me equivoco? – Eleanor frunció el ceño. Conocía a aquel hombre muy bien, a pesar del tiempo transcurrido.

- Richard … - él arqueó una ceja en su dirección, y sus ojos se dijeron muchas cosas que pasaron desapercibidas para el resto de personas.

- Bien … creo que deberían plantearse lo que han aconsejado los doctores respecto …

- Disculpe, señor … Andrew, - lo cortó el duque – no quisiera ser descortés, pero se trata de un asunto delicado que debería discutirse en familia … - hizo un ademán hacia la salida - …así que si es tan amable …

- ¡Richard! – Susurró Eleanor furiosa. Albert apretó los dientes y se encontró con los ojos aguamarina destellando furiosos. Pero la joven le hizo un gesto imperceptible con la cabeza y Albert dio media vuelta y abandonó la habitación. – Has sido grosero y descortés …

- En absoluto. - Contestó él volviendo a sentarse lentamente en un sillón. Hizo un ligero gesto de dolor que no pasó desapercibido a las mujeres. Candy, olvidando por un momento su ira, se acercó a él solícita.

- ¿Se encuentra bien?

- Por supuesto. – Vio cómo el hombre apretaba los dientes y se enderezaba en el asiento. – Bien, ahora que parece que estamos los que deberíamos estar … he venido para llevarme a Terry a Inglaterra.

- ¿Qué? – Candy se alzó de repente, mirándolo estupefacta, al tiempo que Eleanor se llevaba una mano a la garganta.

- ¿Qué estás diciendo? ¿Te has vuelto loco?

- Terrence viajará con todas las comodidades, y una vez en Inglaterra será atendido en exclusiva por los mejores profesionales …

- ¿No has oído lo que han dicho los médicos?

- Por supuesto que lo he oído.

- Eso no va a ser posible. – La suave pero firme voz de Candy se hizo oír por encima de las demás, y la pareja se volvió a mirarla. – Sé lo preocupados que están por su hijo, al igual que yo … pero creo que en este momento lo que necesita Terry es precisamente lo que han aconsejado los médicos …

- ¿Y lo dices tú? – El duque la observó irónico.

- ¡Richard, por favor!

- Una niña que apenas acaba de empezar a jugar a ser esposa …

- ¡Basta!

- Sí, soy joven, - Candy alzó la barbilla – pero amo a mi marido … - se le quebró la voz ligeramente – y voy a hacer lo mejor para él …

- No es suficiente, niña, ¿no lo entiendes? – El duque la taladraba con la mirada. – Ese joven que está ahí tumbado ya no es tu marido … tal vez nunca lo sea. ¿Crees que podrá volver a llevar la vida de antes? ¿Crees que te querrá como antes? Si ni siquiera te recuerda …

- ¡Por favor! – Eleanor se puso en pie, acercándose a una mortalmente pálida Candy. – Candy …

- Estoy bien … - Susurró ella. Ya no lloraba. Sólo miraba al duque fijamente con ira contenida. – Tal vez sea cierto todo lo que dice … pero yo jamás le abandonaré. – Sus ojos aguamarina lo fulminaron. - ¿Qué demonios ha pasado con usted? Dijo que quería volver a formar parte de su vida …

- Las circunstancias han cambiado, niña. – La joven parpadeó.

- Desde luego. – Suspiró profundamente y se dirigió a Eleanor. – Voy a retirarme un momento …

- Claro, querida. – La joven se volvió a mirar al duque.

- Mi decisión es firme. – El hombre apretó la mandíbula y la joven salió rápidamente de la estancia.

Una vez solos, la actriz se volvió airada hacia él.

- ¿A qué has venido, Richard? ¿Ha convertir en basura todo lo que tocas, como siempre? De pronto apareces y crees que puedes controlarlo todo … Dios mío … - Se pasó las manos por el cabello, dando vueltas por la estancia.

- Tranquilízate …

- ¿Qué me tranquilice? ¿Cómo has podido decir lo que has dicho a esa pobre joven?

- Sólo he dicho lo que de hecho piensa todo el mundo y no se atreve a decir …

- ¡Eso no es cierto! Esa joven es admirable, y ama profundamente a Terry …

- Ah, el amor … ya está aquí otra vez. Había olvidado lo melodramática que eres …

- ¡Vete a la mierda, Richard!

La actriz se dio la vuelta airada y de pronto se paró en seco, al oír una suave risa a su espalda. Se volvió a mirar al duque con la boca abierta.

- Oh, Eleanor … apenas has cambiado. – Sus ojos brillaron al mirarla. – Está bien, lo siento. – Hizo un gesto a su lado. – De veras que lo siento, ¿de acuerdo? Ven, hablemos. – La mujer meneó la cabeza incrédula, pero tomó asiento a su lado. – Me alegro de verte … - Susurró. La actriz desvió la vista, turbada.

- ¿Cómo es que estás aquí? En tu última carta decías que no podías viajar, que los médicos te lo habían prohibido terminantemente …

- Y así es … - ella le miró sorprendida.

- Entonces …

- No me encuentro nada bien en este instante, querida, no voy a mentirte … - sonrió él – pero creía que mi hijo iba a morir … - su rostro se ensombreció – y quería verle. – Se encogió de hombros, cohibido. – Quiero ayudarle.

- ¿Y crees que lo haces viniendo aquí así, arrasando todo e insultando a una pobre joven?

- Está bien. – Suspiró él, echándose ligeramente hacia atrás. – Tienes razón, me he excedido. La tensión y los nervios han podido conmigo, lo admito. Me disculparé con ella. Sé que es una joven admirable … pero, ¿crees que está preparada para todo esto, Eleanor? A Terrence le espera una larga lucha … y no es el mejor camino a seguir para una joven enamorada. Pronto desfallecerá …

- No conoces a Candy …

- Tal vez no. – Se encogió de hombros.

- Richard, no puedes llevarte a Terry a Inglaterra.

- ¿Y crees que lo de la clínica es mejor opción? – La actriz asintió.

- Está bien. – El duque frunció el ceño. – Iré a hablar con la jovencita … y a disculparme. He enviado a Worthington a recabar información sobre la susodicha clínica. Pronto vendrá con noticias. – Eleanor asintió.

- Y … y tú … Richard, debes descansar …

- Lo sé. – Sus ojos se encontraron. – Una vez nuestro hijo esté atendido, me dedicaré a ello.

- ¿Cuándo vuelves a Inglaterra?

- No tengo fecha de regreso.

- ¿Qué?

- He dado poderes a mi gabinete y a James para que le ayuden con las obligaciones básicas. El rey está al corriente de la situación y me ha concedido permiso. Me quedaré un tiempo junto a mi hijo.

- ¿Vendrás a Nueva York? – Ella lo miraba sorprendida.

- Tal vez … depende de las decisiones que se tomen ... - La mujer enrojeció turbada y desvió la vista, levantándose del sillón y acercándose a la ventana tapada con la cortina. - ¿Cómo está? – La suave y grave voz tan cerca de ella hizo que diera un respingo y sus ojos se llenaran de lágrimas.

- No lo sé … - susurró.

Su cuerpo tembló al sentir la mano del duque apretar la suya con firmeza.


Annie continuaba haciendo la pequeña maleta lentamente, postergando lo máximo posible el hecho de tener que abandonar aquella habitación que había sido su refugio durante semanas. Le habían dado el alta. Su tensión ya estaba controlada y sus heridas casi curadas, así que no había razón para que la joven no volviera a casa.

¿A casa? Se detuvo un instante y suspiró profundamente. Tenía que hablar con Archie, ya no podían postergarlo más. Sus padres se habían ofrecido delante de su marido a acogerla durante un tiempo para que pudiera restablecerse y Archie no había puesto objeciones, pero Annie no quiso. Debía enfrentarse a sus problemas. Se había pasado casi toda su vida huyendo de todo, ya no iba a hacerlo más.

Y ahora se hallaba allí, esperando a que su esposo llegara a buscarla para llevarla a casa. ¿A casa?

Se sentó en el lecho y sus manos inconscientemente se dirigieron al bolsillo de la maleta de donde sacó un sobre. El bello rostro de Matt le sonreía desde el pequeño retrato que sostenía en las manos, y sus ojos azules se llenaron de lágrimas. Sonrió con dulzura, acariciando el rostro con la yema del dedo. Su tesoro. Nunca agradecería lo suficiente a aquella buena mujer el increíble regalo que le había hecho. Recordaba perfectamente cuando la enfermera entró a la habitación semanas atrás con el sobre en la mano.

- Sra. Cornwell, han dejado esto para usted en recepción. Han dicho que era importante.

La joven tomó el sobre sorprendida, pero cuando lo abrió, sus ojos se desbordaron sin remedio. Enseguida comprendió que aquello era un regalo de amor, un regalo de una madre … y su corazón sintió un profundo agradecimiento por la Sra. Jenssen. Ahora tenía algo más que un recuerdo …

La puerta al abrirse hizo que pegara un respingo y rápidamente escondió el retrato entre las ropas de la maleta, pero el gesto no pasó desapercibido para Archie, aunque el joven apretó la mandíbula y la saludó como si no se hubiera dado cuenta de nada.

- Hola, Annie, ¿cómo estás? ¿Preparada? – Ella asintió, cerrando la maleta. – Deja que te ayude.

Archie cogió la pequeña maleta instando a Annie a que saliera delante de él. Tras un momento de turbación, la joven cuadró los hombros y abandono la estancia con paso firme.


Emilia Elroy se sentó pausadamente en el sillón que le ofrecían y suspiró. Estaba cansada. Las últimas semanas habían sido verdaderamente agotadoras, y todavía lo que les quedaba. Observó de reojo a través de los ventanales el jardín de entrada de la mansión Legan, donde su equipo de seguridad se distribuía para peinar la zona y meneó la cabeza, apesadumbrada. ¿Cuándo terminaría todo aquello? Y Grandchester … Dios mío, estaba verdaderamente grave. Y el pobre Neil … aquello había sido un verdadero mazazo para la familia.

- La señora vendrá enseguida. – La anciana asintió a la doméstica.

La pobre Sarah, la pobre Eliza … bien, ahora debían ocuparse de Eliza, de su bienestar y de su futuro.

- Hola, tía ….

Sarah Legan había entrado en la estancia y se acercaba a ella, seguida por su esposo, a besarla en ambas mejillas.

- Sarah, ¿cómo estas, querida? – La mujer parpadeó e intentó sonreír.

- Bien, gracias.

El señor Legan besó la mano de la anciana y se acomodaron frente a ella, a lo que Elroy pudo fijarse en el joven de cabello oscuro que la observaba nervioso tras los señores Legan.

- Stuart, ¿cierto?

- Sí, señora.

- El hijo de los Robson. ¿Y tus padres?

- Llegarán enseguida. – El joven hizo una discreta reverencia y besó la mano que la anciana le ofrecía. - ¿Dónde esta Eliza? – Se dirigió a la Sra. Legan.

Y como si la hubieran llamado, la aludida hizo su entrada en el salón, erguida como una reina, vestida con un ajustado vestido rojo de tirantes que lanzaba pequeños destellos a su alrededor. Todos la miraban con la boca abierta.

- ¡Eliza! ¿Qué demonios llevas puesto? – Susurró su padre furioso. – Ve enseguida a …

- Está bien, Nelson, - lo interrumpió Elroy, mirando a la joven con cierta tristeza – déjala. – Hizo un gesto a su lado en el diván. – Ven, querida, siéntate a mi lado. – La joven apretó los labios y se sentó al lado de la anciana, con el ceño fruncido. - ¿Crees de veras que esa es la indumentaria apropiada para la presentación formal de tu compromiso, querida? – La joven alzó la barbilla, pero nada dijo.

- ¿Siguen los reporteros cercando la mansión, tía? – La anciana resopló frustrada.

- Noche y día, es insufrible …

- Y todo por ese actor …

- No es solo por eso, Nelson …

- Me han dicho que esa actriz tan famosa … Eleanor Baker, está en la mansión Andrew, ¿es cierto? – El rostro de Elroy se ilumino en una sonrisa.

- Sí, así es, es una mujer muy cultivada e interesante …

- Y también muy hermosa … - susurró Stuart, y todos se volvieron a mirarle, haciendo que el rostro del joven se pusiera como la grana. Eliza lo fulminó con la mirada mientras el Sr. Legan soltaba una carcajada.

- ¡Pues es bien cierto!

- ¡Nelson! – Lo riñó su esposa. - ¿Y qué está haciendo aquí?

- Es una especie de madrina teatral del joven Graham … al parecer el joven no tiene familia cercana …

- ¿Aún sigue vivo?

- ¡Eliza, por favor! – La joven hizo una mueca.

La conversación continúo durante varios minutos más, pero Eliza dejó de prestar atención, hasta que escuchó el nombre.

- Sí, Candice también está en la mansión, aunque se pasa la mayor parte del tiempo en el hospital. – Una ira insana recorrió las venas de Eliza, pero compuso la sonrisa más inocente que pudo al mirar a su tía.

- Tía Elroy … ¿podría ir a pasar unos días a la mansión Andrew? Antes de la boda …

- Pero Eliza …

- Sólo un par de días mamá … me encantaría conocer a la Srta. Baker. Por favor, tía, ¿qué dices?


La joven sintió un escalofrío cuando sus pies desnudos tocaron el frío suelo de baldosas de la consulta al intentar acomodarse lo mejor que podía en la camilla. El cielo que se veía a través del ventanal era grisáceo y oscuro. Probablemente llovería, y lamentablemente se quedaría sin su corto paseo vespertino. Arrugó el ceño e hizo un gesto de dolor.

- ¿Todo bien, Patricia? – La enfermera la miraba preocupada y la joven sonrió tranquilizadora.

- Sí, sí … sólo que estoy un poco incómoda …

- Te ayudo.

La enfermera la ayudó a acomodarse mejor en la camilla y la joven suspiró, acariciándose la prominente barriga. Unas 22 semanas de gestación aproximadamente … y su barriga ya parecía una montaña. Los movimientos del pequeño dentro de ella eran cada vez más fuertes y eso la reconfortaba.

- El doctor vendrá enseguida. – La joven asintió y la enfermera abandonó la estancia, dejándola sola.

Ya llevaba un mes en la clínica, y lo cierto era que estaba perfectamente cuidada, e incluso se sentía más fuerte, aunque también era cierto que cuidaban cada detalle de su vida. Tenia un horario estricto de actividades, una estricta alimentación, visitas continuas al equipo médico, vitaminas, hierro … así era su vida ahora.

Echaba terriblemente de menos a su esposo. William le escribía cada semana, pero cada vez que recibía noticias, su corazón perdía un latido. Ojalá hubiera podido estar allí con Candy … con Annie … ojalá su esposo estuviera allí. Se sentía terriblemente sola, aunque Marjorie, la esposa de Robert, había resultado una agradable sorpresa y un gran apoyo para la joven. La mujer se había hecho cargo de ella como si fuera su madre y apenas la dejaba sola.

- Buenos días, Patricia.

- Buenos días, Patrick. – Su médico le sonreía cordial, dejando varias carpetas en el escritorio y acercándose a la camilla.

- ¿Cómo te encuentras?

- Bien … aunque algo cansada, ya no duermo demasiado bien. – Él asentía, tocando su abdomen con mano experta.

- ¿Cómo lo ves? – Él sonrió, mientras cogía un largo estetoscopio y se lo colocaba en las orejas, abriendo parcialmente la bata de Patty y centrando su atención en el redondeado abdomen.

- Vamos a escuchar a este jovencito … o jovencita. – Le guiñó un ojo.

Los siguientes minutos se hizo el silencio en la consulta. Patty observaba el rostro del médico atentamente, sus sentidos alerta para descubrir cualquier gesto, cualquier cambio de expresión … y cuando se produjo, su corazón comenzó a latir salvaje.

- ¿Patrick? ¿Qué sucede? ¿Todo bien?

- Un momento … - alzó él un dedo mientras continuaba auscultando el abdomen con el ceño fruncido. Pero al cabo de unos minutos, Patty ya no pudo más.

- ¡Por favor, Patrick, dime qué sucede! – Tras unos instantes más, el médico alzó la cabeza con el ceño fruncido.

- No estoy muy seguro, Patty, he de consultarlo y hacer más pruebas, pero …

- ¿Pero?

- Creo haber oído dos latidos distintos …

- ¿Qué?

- Dos corazones … - El médico se quitó el estetoscopio y la miró con gravedad. – Gemelos …

- Dios mío …

- Considero que es hora de avisar al Sr. Andrew para que venga …