¡Hola a tod s! Solo unas palabras para agradeceros todos y cada uno de los comentarios y opiniones que dejáis con cada nuevo capítulo de esta historia. Leo cada palabra, en serio, y no puedo dejar escapar esta oportunidad de deciros lo agradecida que estoy de que me acompañéis en este viaje, de que estéis ahí, siguiendo frase tras frase este fic plagado de sombras ... y luces, aunque ahora no lo parezca. Gracias por vuestra paciencia y vuestra constancia ... espero sigáis disfrutando de la lectura. ¡Saludos!
Nhoare.
La ciudad estaba salpicada de gris. El plomizo cielo, característico de la época del año, daba la bienvenida al húmedo mes de noviembre. El inspector Brian Olsen se hallaba parado ante el ventanal, intentando expulsar toda la rabia e impotencia que sentía para poder marcharse a su hogar, libre de toda frustración, y así poder abrazar a su esposa y besar a sus hijos.
Sus superiores acababan de confirmarle que el caso estaba cerrado. ¿Cerrado? No, él sabía bien que no habían logrado llegar hasta los colmillos de la serpiente que había puesto en marcha todo aquello. Los cadáveres calcinados encontrados en la mansión sólo eran peones de aquella partida. Pero no podía hacer nada. Tenía las manos atadas. Habían considerado que las pruebas eran concluyentes, a pesar de tener muchas incógnitas y muchas preguntas sin respuesta aún en el aire. Pero la presión mediática era poderosa. Eran familias importantes e influyentes … y querían finiquitar aquello lo antes posible. Y aunque sabía que tanto George como el Sr. Andrew estaban dispuestos a colaborar hasta el final con las autoridades, ya no podría hacer mucho más.
Afortunadamente, durante las últimas semanas todo se había tranquilizado. Los reporteros habían disminuido, y ya sólo se amontonaban cerca del hospital donde aún se hallaba aquel joven actor. Triste desenlace para el muchacho. Olsen solo esperaba que todo se resolviera satisfactoriamente. Al menos no estaba muerto como los otros dos. Y la llegada de la famosa actriz … el inspector sonrió al recordar su encuentro con ella. Cindy, su esposa, le había suplicado que le dejara acompañarle a hablar con ella, a pesar de tratarse de un asunto policial. Sí, decididamente era deslumbrante. Frunció ligeramente el ceño al recordar al sobrio duque. Había sido una charla decididamente desagradable. El aristócrata quería llegar hasta el fondo del asunto como fuera … comprensible, dado que su hijo había estado a punto de morir … pero los jefes habían dejado claro que el secuestro lo habían perpetrado los cinco hombres hallados quemados … y así finalizaba el proceso.
Ya había hablado con los Legan y también con los Jenssen … solo le quedaban los Andrew. Olsen suspiró y se volvió hacia la puerta de su despacho.
- Hola, George. – El aludido se levantó de la butaca donde estaba sentado y se acercó al inspector, estrechándose ambos las manos. - ¿Cómo estás? Adelante.
- Deduzco por tu rostro que no son buenas noticias …
- Oh … bueno, tampoco son malas … - Ambos se sentaron frente a los ventanales, al tiempo que el inspector le ofrecía un cigarrillo. – El caso está cerrado, George. Acaban de comunicármelo.
- Pero … - el hombre le miraba confuso - ¿ya se sabe quién es el culpable?
- Bueno … tenemos cinco cadáveres que lo demuestran …
- Sí, de acuerdo, pero sabes tan bien como yo que esos hombres cumplían órdenes …
- Tal vez, - Olsen se encogió de hombros, el rostro nublado – pero las órdenes son claras.
- Maldita sea, Brian, hay alguien más … alguien de dentro … ¿quién dice que no pueda volver a intentarlo?
- Estaremos alerta … - George soltó una agria carcajada.
- Oh, vamos …
- George, tengo las manos atadas … - El hombre apretó los puños y suspiró.
- Lo sé … - George terminó su cigarrillo y se puso en pie, estrechando la mano del inspector. – De todas formas, gracias por todo, Brian, sé que has hecho un magnifico trabajo, como siempre.
- ¿Ya te marchas?
- El Sr. William parte esta tarde a Washington. He de ir a la estación. – El inspector asintió.
- Cindy me ha pedido que te diga que le encantaría que Mary y tú vinierais a casa un día de estos a cenar … - George sonrió.
- Dale un beso a tu encantadora esposa de mi parte, ¿de acuerdo?
La lluvia mojaba su rostro y la humedad se afanaba por penetrar su abrigo y extenderse por su piel mientras aguardaba allí de pie, intentando, sin mucho resultado, tragarse las lágrimas y sonreír mientras despedía a su querido amigo, a su hermano del alma.
- Querida, ¿por qué te hice caso y dejamos los paraguas en el coche? – Albert sonreía con dulzura, apartando un suave rizo mojado del bello rostro de su pupila. Esta se encogió de hombros graciosamente.
- ¿Y perdernos el maravilloso placer de terminar empapados? ¿Sabes lo bueno que es esto para el cutis? – El rubio se echó a reír y meneó la cabeza, pero enseguida su rostro se entristeció al percatarse de que el rostro femenino se había oscurecido. Le apretó la mano.
- Volveré lo antes posible …
- No, Albert, - Candy negó con la cabeza y correspondió a su apretón – debes estar con tu esposa. – Suspiró. – Dale a Patty un enorme abrazo de mi parte, ¿lo harás?
- Por supuesto, pequeña – Albert acarició su mejilla y la atrajo hacia sí – anda, ven aquí.
Se abrazaron con fuerza en medio del andén, entre la muchedumbre, deseando que en ese abrazo el otro pudiera sentir todo el amor y el cariño que se profesaban. Al cabo de un momento, Albert se separó un poco y cogió el rostro de la joven entre sus manos enguatadas, secando suavemente las húmedas mejillas.
- Archie estará aquí para todo lo que necesites, ¿de acuerdo? Apóyate en él como si de mí se tratara, eres una Andrew, no lo olvides …
- Oh, Albert …
- Escúchame, pequeña. – Él la observó fijamente. – Sabes que va a ser duro, quizá aún más que antes a partir de ahora, ¿verdad? – Candy tragó con fuerza y asintió imperceptiblemente. – Sé que eres fuerte, valiente … tu fortaleza es increíble, siempre te lo he dicho … - Albert suspiró - … y espero que eso te ayude con todo esto, querida mía … sé firme con tus decisiones, ten fe …
- Lo sé, Albert, pero …
- Yo apoyaré todo lo que decidas. – Se acercó y la besó suavemente en la mejilla al tiempo que el silbato llamando al tren a los pasajeros los sobresaltaba a ambos y se apartaban un poco más. Se tomaron de la mano mientras echaban a andar por el andén, con George detrás de ellos.
- Creo que este es su compartimento, señor. – Le informó George, haciendo que ambos se detuvieran.
- Te quiero. – Susurró Albert, viendo cómo los ojos aguamarina volvían a llenarse de lágrimas y la joven ya no podía más y se echaba a sus brazos. – Sssshhh, todo irá bien … Terry estará bien … - La joven ahogó un sollozo y se apartó un poco, intentando recobrar la compostura.
- Sí … todo irá bien. – Se miraron a los ojos durante un largo momento y sonrieron.
- Hasta pronto. – Albert le guiñó un ojo mientras se despedía de George y tomaba su maleta, dirigiéndose al tren. Candy suspiró profundamente, intentando no perder la sonrisa.
- Hasta pronto, Albert.
El joven de pelo castaño y ojos del color del hielo invernal seguía inconscientemente todos los movimientos de la joven enfermera que iba todas las mañanas a ayudarle con su aseo personal y sus curas. Era una joven alegre y agradable, y para el joven era el mejor momento del día, ya que tras su marcha, comenzaba un exhaustivo viaje hacia el reencuentro consigo mismo.
Sus atrofiados miembros le dolían terriblemente por las noches, y durante el día eran sometidos a una dura terapia. Las continuas evaluaciones médicas hacían que acabara agotado. No comprendía aún qué era exactamente lo que le sucedía. Su primer recuerdo claro era el momento en que había abierto los ojos en la habitación esterilizada y muchos rostros con mascarillas habían comenzado a revolotear a su alrededor. Le costó un poco comprender lo que le decían, pero constató que entendía las palabras, aunque emitir algún tipo de sonido le había resultado imposible hasta hacía apenas tres días.
Todo el mundo le llamaba Terrence, así que intuía que ese era su nombre. Mandy, la agradable enfermera, le había prometido que esa mañana le traería un espejo para que pudiera por fin verse el rostro. Asustaba no saber qué aspecto tenía uno, asustaba no saber por qué no recordaba nada de su vida … aunque los médicos le habían informado de la gran suerte que había tenido, ya que apenas iban a quedarle secuelas y con el tiempo, podría volver a llevar una vida absolutamente normal. ¿Normal? ¿Qué iba a hacer si no podía recordar?
- Hola, Terrence. – Mandy lo sacó de sus cavilaciones y el joven sonrió a la dulce jovencita de tersas mejillas y ojos suaves y claros como la mañana.
- Ho … la … - Susurró él con voz ronca, y la joven sonrió y aplaudió.
- ¡Muy bien! Veamos … - se acercó a la cama y con manos expertas procedió a ayudar a Terry a despojarse de su pijama, mientras Ken, un enfermero, entraba a la habitación con una silla de ruedas.
- ¡Eh, Terrence! ¿Listo para el baño?
Cada mañana lo mismo. Aquellos jóvenes dedicados a su bienestar, a sus cuidados, eran todo lo que tenía … y el joven había llegado a sentirse seguro entre ellos. Tras la cura y el aseo, estuvo de nuevo listo para recibir a los médicos.
Cada día se notaba más fuerte. Sabía que se estaba recuperando mucho más rápido de lo que cabía esperar, y su cuerpo ya estaba respondiendo a la fisioterapia. Podía mover los brazos y el torso sin problema, aunque aún le costaba agarrar los objetos con firmeza, e incluso comer decentemente por sí mismo sin derramar la comida. Las piernas se resentían más.
- Lo prometido es deuda. – Dijo Mandy, poniéndole un objeto entre las manos. - ¿Puedes sostenerlo?
El joven agarró lentamente el objeto ovalado, frunciendo el ceño.
- ¿Qué …?
- Es un espejo … ahora podrás verte. – Terry parpadeó confuso, mientras Mandy le ayudaba a levantar el objeto, enfocándolo a su rostro.
Se sorprendió al verse. No se había hecho una idea de cómo podría ser su aspecto … y de hecho, se sorprendió. Un rostro joven, firme, un abundante pelo castaño … unos ojos azules, profundos … se percató de que se había concentrado en el color de sus ojos, del tono cambiante de sus pupilas … de cómo se oscurecían acordes con su estado de ánimo …
- Terrence, ¿estás bien? – Se sobresaltó al oír la voz de Mandy tan cerca y alzó la cabeza, encontrándose sus ojos. La joven no pudo evitar ruborizarse mientras se apartaba un poco, pero Terry la agarró de la mano, y notó que ella se ruborizaba aún más. Aquella reacción lo sorprendía … y se dio cuenta de que él también sentía sensaciones extrañas … sí, aquello era desconcertante … y de pronto, como de ninguna parte, aquel rostro desconocido se le apareció haciendo que soltara a la enfermera sin darse cuenta, aquel rostro … aquel cabello rubio … aquellos ojos … hacía unos días que no la veía y se preguntaba dónde estaría. Se había acostumbrado a verla, a tenerla cerca … - ¿Terrence? – Él parpadeó y sonrió.
- Bien … - susurró.
- Vaya, me alegro, por un momento creí que te había decepcionado lo que veías … lo cual sería francamente impensable, con la buena planta que tienes … - le guiñó un ojo – además, hoy te hemos dejado especialmente guapo …
Terry sintió enormemente su frustración al no poder verbalizar en ese instante todo lo que quería preguntar. Pero la entrada de los doctores lo distrajo de su cometido. Comenzaba la jornada.
- Eliza … - No, no quería despertar, le dolía la cabeza. - ¡Eliza!
- Maldita sea … - la joven abrió un ojo a tiempo de ver el pálido rostro de su prometido ante ella - … no me grites …
El joven desapareció de su campo de visión y la pelirroja se revolvió en la cama, estirando todo su cuerpo. Vaya noche. Habían bebido demasiado, habían fornicado demasiado … habían hecho de todo demasiado. Stuart la había arrastrado a aquella maldita fiesta alegando que como su prometida debía acudir junto a él. Así que una desdeñosa y aburrida Eliza tuvo que aguantar durante más de dos horas las estupideces de todas aquellas jóvenes de la sociedad de Chicago, los innumerables pésames por su hermano y las felicitaciones por su inminente matrimonio. La ginebra hubo de ayudar bastante a poder superar todo aquello. Cuando volvieron a casa Legan, ya estaba bastante ebria. Stuart se quedaba aquellos días como invitado en la mansión para ultimar detalles del enlace, así que no fue difícil imaginar qué hacía en su habitación, ambos desnudos y con alguna que otra botella de alcohol tirada en el suelo.
- ¿Vas a levantarte? – Ella se giró de nuevo e hizo una mueca. – En apenas una hora has de estar lista para irte a la mansión Andrew … aún no sé por qué demonios tienes que ir allí … - ante el tono de voz de Stuart, la joven ahogó una risa y se incorporó un poco, apoyando la cabeza en el brazo.
- ¿Detecto amargura? ¿Vas a echarme de menos, querido? Podrás consolarte con alguna de las criadas …
- No empieces … - bufó el joven y se dio la vuelta hacia el ventanal, encendiendo un cigarrillo mientras lo abría, dejando que el fresco aire matinal limpiara el aire viciado de la estancia.
- Oh, hace frío … - se quejó Eliza, volviendo a tumbarse en el lecho y estirándose. Notó cómo el aire fresco endurecía su piel y sus pezones.
- ¿Por qué vas a ir allí? Ahora en serio, deseo que me lo expliques … - Eliza abrió los ojos de par en par al sentir la voz de Stuart muy cerca, sobre ella.
- ¡Stu! Apártate … - pero él la cercó entre sus brazos, situándose entre sus muslos. - ¡Déjame, no puedo moverme!
- Esa es la idea … - él la miraba fijamente.
- Ya basta, no me toques … - Stuart se echó a reír con cinismo, reteniéndola y mirándola fijamente. De pronto, el corazón de Eliza comenzó a latir más rápido.
- No decías eso anoche … - susurró él muy cerca de su boca – tuve que taparte la boca para que no te oyeran gritar …
- Por favor, déjame … - pero su voz sonaba débil ante la penetrante mirada negra. Él la observaba muy serio.
- ¿Por qué vas a la mansión Andrew, Eliza?
- Pero, ¿qué mierda te importa? – Intentó desasirse.
- Yo te diré por qué vas … - La inmovilizó, sujetándola por las muñecas. – Quieres hacerle daño … siempre quieres hacerle daño. Crees que es la culpable de lo que le sucedió a tu hermano …
- ¿Qué estás diciendo? – La joven se movió con brusquedad, intentando sacarse al hombre de encima. - ¡Suéltame!
- No grites … - Y de pronto, Stuart se levantó y se separó de ella, alejándose hacia su ropa tirada en el diván, dejando a Eliza en la cama, totalmente desconcertada y con el corazón latiéndole a mil por hora. – Vamos, prepárate. – Ella lo observaba estupefacta, viendo cómo se ponía rápidamente la ropa interior y los pantalones. – Sólo lo diré una vez, querida. – Se volvió hacia ella, mientras se ponía la camisa y la miraba con fijeza. – Aún no tengo claro si tuviste algo que ver con todo lo que ha sucedido. Tu mente retorcida me cuadra bastante en todo este asunto … - ella intento decir algo, pero él alzó una mano – y aunque me excite tu maligna forma de ser y me guste follar contigo, si algo le sucede a esa joven … te haré directamente responsable. Y tendré la certeza de que solo tú has sido la culpable de la muerte de …
- ¡Basta! ¡Márchate! – Agarró el reloj de la mesilla y lo lazó con todas sus fuerzas, entre lágrimas, pero Stuart lo esquivó con presteza y con una irónica sonrisa, le hizo una reverencia y desapareció por la puerta, dejando a una desolada Eliza sollozando de rabia en el revuelto lecho.
- Buenos días, señora.
La joven morena hizo un gesto al mayordomo con la cabeza y entró lentamente al comedor, ocupando su lugar en la mesa. Como casi todas las mañanas, la estancia estaba vacía, a excepción de Jackson y de las domésticas, que revoloteaban a su alrededor disponiendo el desayuno.
Aquel mes había sido gris y solitario. Desde que saliera del hospital, prácticamente había deambulado sola por las habitaciones de la mansión Cornwell. Archie se pasaba el día en la ciudad, alegando trabajo, o iba al hospital a interesarse por Terry y ayudar a Candy en lo que pudiera, ya que Albert se marchaba a Washington a estar con Patty. Ella también iba al hospital siempre que podía, pero tampoco deseaba agobiar demasiado a Candy, bastante tenía la joven con todo lo que estaba sucediendo, con los padres de Terry y con todo lo demás.
Suspiró profundamente y cerró los ojos. Tenía el estómago un poco revuelto y últimamente no se encontraba bien. Su madre había insistido en que volviera a casa Brighton durante unas semanas para poder recuperarse, pero Annie estaba decidida a encauzar su vida. Debía dejar toda aquella cobardía y debilidad que la habían caracterizado durante toda su vida y reunir las fuerzas para hablar con Archie. Estaba decidida a contarle la verdad, absolutamente toda la verdad … y afrontar las consecuencias.
- ¿Café, señora?
- Sí, gracias. ¿El señor ya se ha marchado a la ciudad?
- Hace apenas unos minutos …
- Creo haberlo visto aún en su despacho … - interrumpió una de las domésticas, ganándose una severa mirada de Jackson por haberse atrevido a entrar en la conversación.
- Oh, estupendo …
No se paró a pensar en lo que hacía y se levantó rápidamente, dirigiéndose hacia el despacho de Archie. Debía hablar con él, no podía demorarlo más. Esa misma noche era el momento.
Pero al llegar a la estancia, la encontró vacía. Observó a su alrededor y constató que el lugar estaba algo desordenado, como si su morador hubiera tenido prisa por marcharse. Papeles desparramados por el escritorio … el correo medio abierto a un lado … Archie no solía ser tan descuidado. Distraídamente se acercó a la gran mesa y tocó con las yemas de los dedos los papeles. Tal vez si se acercara al despacho y le dijera … pero de pronto sus ojos se detuvieron en una de las cartas. Frunció el ceño y la tomó entre las manos, pero apartó la mirada y se mordió el labio. Annie, no debes, no puedes … pero la curiosidad pudo con ella, y sin volver a pararse a pensar en ello, comenzó la lectura.
Mi querido amor,
Casi un mes sin verte, sin sentirte, sin olerte, sin tocarte … me estoy deshaciendo de deseo por ti. No puedo dejar de pensar en nuestro encuentro mágico, arrollador … ¿Cuándo volverás a mis brazos? ¿Cuándo volveremos a estar juntos? Comprendo la situación, pero … Dios, Archie, ya no podemos continuar más con esto, lo sabes … te necesito conmigo, a mi lado, en mi vida, entre mis muslos …
Perdona, perdóname, querido. Esto no está bien. No es justo que te presione de esta manera, lo sé. Es mi corazón el que habla … porque me muero por estar contigo.
En un par de semanas mi padre ha de ir a la ciudad a realizar unas gestiones. Iré con él. Y necesito verte. Pero verte de verdad … ya sabes a qué me refiero. Te esperaré en nuestro lugar especial.
¿Cómo está ella? ¿Ya se ha recuperado? ¿Cuándo hablaréis del futuro?
Vuelvo a las andadas, lo siento.
Nos vemos pronto, amor mío.
C.
Annie tragó con fuerza unos instantes, parpadeando al sentir que sus ojos se llenaban de lágrimas. Aquello la había dejado totalmente impactada. ¿Archie tenía una amante? Bueno, y ¿qué esperabas, estúpida?
Soltó la misiva como si quemara. Aquello lo cambiaba todo … Dos mío, todo. Lo que había leído era tan privado, tan ardiente … ¿Archie estaba enamorado? … y ella era su carcelera. ¿C? ¿Quién era C?
Aquellos sentimientos eran desconocidos para Annie. No sabía cómo se sentía.
Se acercó al ventanal y lo abrió para respirar aire fresco. Imágenes de Archie y ella juntos desde la adolescencia poblaron sus ojos y lágrimas calientes rodaron por sus mejillas. Todo había terminado. Definitivamente. Ya no había futuro para ellos. Y entonces constató que en el fondo de su corazón sentía alivio … alivio y alegría por Archie. Era un buen hombre que merecía ser feliz. Había encontrado el amor … y ella no iba a ser quien volviera a estropear su felicidad.
Súbitamente hubo de agarrarse a las cortinas, ya que se le nublaba la visión. ¿Qué le estaba pasando? Pero no tuvo tiempo de decir nada, ya que se desplomó en el piso.
Candy abrió bruscamente la puerta de la habitación, sobresaltando a los presentes y se llevó una mano al pecho, respirando agitada. Había vuelto casi corriendo de la estación, urgiendo a Andy y poniéndolo francamente nervioso, al pensar que no iba a llegar a la cita: tras dos meses de espera, por fin iba a poder ver a su esposo … y sentía que el corazón iba a salírsele del pecho.
Eleanor Baker se levantó del diván donde estaba sentada y sonrió, acercándose a ella, pero Candy había llegado a conocerla bien y la notó tan nerviosa y alterada como ella.
- Candy, querida – la abrazó – te esperábamos.
- Lo siento … he ido a despedir a Albert a la estación …
El duque de Grandchester la saludó con un gesto de cabeza y Candy estrechó la mano del doctor. Se había establecido una especie de tregua entre el duque y ella desde el momento en que el aristócrata se había disculpado por su comportamiento y habían conversado y llegado al acuerdo tácito de respetarse mutuamente y dialogar en la toma de decisiones, siempre por el bien de Terry.
- Ha llegado el momento, Candy. – La joven asintió, tragando con fuerza.
- ¿Cómo … cómo está?
- Hoy está nervioso … creo que intuye que algo sucede. – El médico le dio una palmadita en la mano. – Todo irá bien. – Se giró hacia los ocupantes del resto de la estancia. – Como saben, hoy comenzaremos con las visitas a Terrence. Ya les hemos comunicado que la recuperación está siendo muy satisfactoria, pero aún tenemos mucho camino por delante. Esperemos que todo se vaya estabilizando y no volvamos a tener ninguna otra sorpresa … - El doctor se refería a que hacía aproximadamente quince días, Terry había sufrido un episodio grave relacionado con el funcionamiento del hígado, y los médicos habían tenido que intervenir rápidamente. Por suerte, todo se había solucionado satisfactoriamente. – Veremos cómo reacciona ante la visita de su esposa, e iremos sobre la marcha … - Se volvió a Candy. – Candy, escucha … sé que no debo decirte cómo reaccionar, ya lo sabes … pero hemos de tener mucho cuidado con la información que le suministremos, ¿de acuerdo? – La joven asentía retorciéndose las manos. – Acaba de empezar hace muy poco a pronunciar alguna palabra … déjale espacio …
Mientras hablaba, el médico conducía a Candy hacia la puerta de la habitación de Terry y la joven apenas podía escuchar nada más que los estruendosos latidos de su corazón.
- ¿Preparada?
La última de las enfermeras le guiñó un ojo con un gesto y salió de la estancia, dejándolo solo. Estaba solo, completamente solo. ¿Había estado así alguna vez desde que había despertado? Creía recordar que no. Pero tampoco se fiaba mucho de su estropeada memoria. Sin saber por qué estaba nervioso, expectante. Le habían dicho que iba a conocer a un familiar. Por fin iba a descubrir algo sobre sí mismo. Tal vez aquella persona pudiera ayudarle a recordar alguna cosa, por pequeña que fuera …
El chasquido de la puerta de la habitación al abrirse le hizo contener el aliento. Y de pronto … su corazón se detuvo. Era ella. ¿Cómo era posible? Aquella joven rubia … ¿era un familiar suyo? ¿Quién era? Y entonces se percató de que su corazón latía desbordado y sus mejillas se tiñeron de rubor. Vamos, cálmate … se decía a sí mismo una y otra vez. Observó cómo la joven sonreía, tan tensa como él, y constató que era … ¿hermosa? ¿esa era la palabra? Aún batallaba con el significado de muchas de ellas … pero sí, aquella joven era … deslumbrante. Se dio cuenta de que no podía apartar los ojos de ella. Sus finos rasgos, su piel tersa y blanca … su cabello … instintivamente, froto las yemas de los dedos deseando acariciar aquel sedoso cabello … pero, ¿qué demonios le pasaba? ¿Por qué reaccionaba así ante aquella chica? No la conocía de nada …
La joven llegó hasta el lecho y el joven pudo percibir el temblor de sus rosados labios, de sus manos … súbitamente sus ojos se encontraron … y ya no escuchó nada más. Ni el ruido del hospital, ni el resto de las voces, ni al doctor Cheston dirigiéndose a él … sólo aquellos profundos ojos del color del mar que no podía dejar de mirar …
- ¿Terrence? ¡Terrence! ¿Me escuchas? – Él parpadeó, intentando apartar la mirada de aquella desconocida y centrarse en lo que le estaba diciendo el médico.
Candy tenía los ojos anegados en lágrimas. Le temblaban las manos … Terry, Terry … gritaba su corazón sin parar. Había notado el desconcierto de su amado, su miedo, su confusión … no, no la reconocía. La había mirado como si la viera por primera vez … ¿o no? Y ella debía contenerse para no estallar en sollozos y echarse en sus brazos …
- Estoy … bi … en … - Terry hablaba con voz ronca y pausada. Se podía apreciar el esfuerzo que le causaba pronunciar cada palabra.
El corazón de Candy se desbordó de amor y ternura … y hubo de hacer un esfuerzo sobrehumano para lograr no perder la compostura y conseguir acercarse al lecho y seguir sonriendo.
- Hola, Terry. – El joven parpadeó al escuchar el musical sonido de la voz femenina y sintió un hormigueo en la piel.
Se revolvió en el lecho. Todas aquellas emociones desconocidas lo desconcertaban. El médico intuyó su incomodidad y le puso suavemente una mano en el hombro.
- ¿Te encuentras bien? Si lo deseas, podemos dejarlo para otra ocasión …
El joven negaba con la cabeza mientras el médico hablaba y la joven aprovechó la circunstancia de no sentir las ardientes pupilas azules fijas en ella para observar a su esposo a placer. Dios mío … incluso allí, en aquella fría cama de hospital, brillaba con luz propia. Sus hermosos ojos, su abundante cabello castaño … los pómulos más marcados, ya que había adelgazado bastante en aquellas semanas … pero incluso estaba más atractivo. Candy notó los marcados músculos del joven tensarse bajo el pijama y se ruborizó. ¿Cuándo podría volver a arrebujarse en esos fuertes brazos?
Alzó la cabeza al notar que los ojos azules volvían a observarla detenidamente y se obligó a sonreír.
- Quién … tú … - Candy sintió desfallecer su corazón al ver cómo Terry se esforzaba, frustrado, en hallar las palabras adecuadas, y se obligo a sacar fuerzas de flaqueza, tal y como el doctor le había aconsejado. - …tú … - Terry apretó los puños. - ¿Quién eres tú? – Al lograr pronunciar la frase completa, el rostro del joven se relajó en algo parecido a una sonrisa y Candy no pudo evitar sonreír con dulzura.
- Soy Candy … - la joven miró al medico un instante y este asintió imperceptiblemente - soy tu esposa.
Los ojos del joven se agrandaron por la sorpresa y se nublaron de confusión.
- Mi … ¿estoy …? – Miró al médico asustado.
- Sí, Terrence, estás casado. Pero tranquilízate, ¿de acuerdo? Ya hemos hablado de esto. Poco a poco deberás ir conociendo tu vida, tu familia … - el joven giró la cabeza hacia Candy.
- ¿Can … dy? – Ella asintió, secándose las comisuras de los ojos. Aquella situación era tan sumamente dolorosa … ver a Terry casi incapaz de proferir palabra, ver su dolor, su frustración … era insoportable.
La joven suspiró profundamente y cuadró los hombros con firmeza. Entonces se acercó al lecho y se sentó en una esquina, ante la estupefacta mirada de Terry y la sorpresa del médico.
- Sí, Terry, soy tu esposa. Llevamos casados tres meses … pero nos conocemos desde hace mucho tiempo … - se le quebró la voz un instante, pero se recompuso enseguida – estoy aquí para ayudarte. Los médicos me han puesto en antecedentes de tu situación … y lo único que deseo es ayudarte.
- ¿Qué pasó? – El joven la miraba fijamente, estudiando su rostro. Ella lo observó confusa y él joven hizo un ademán hacia el lecho, hacia sí mismo. Entonces Candy comprendió.
- Tuviste un accidente …
- Candy … - interrumpió el médico, pero el joven miró a uno y otro y de pronto, cogió a Candy por la muñeca. Volver a sentir el tacto de su piel fue demasiado para la joven, y se ruborizó intensamente.
- Por … favor … - los ojos de hielo la taladraban, le suplicaban … la joven estaba prendida de aquella mirada.
- Unos hombres te atacaron … te golpearon en la cabeza, te apuñalaron … - susurró Candy con voz ronca – estabas protegiéndome … ellos … ellos me secuestraron … - se encogió de hombros - … pero logramos escapar. – Terry la soltó, sin dejar de mirarla, y se recostó contra las almohadas.
- Cuenta … dime … quién soy … - la joven respiró con fuerza e irguió la espalda.
- Te llamas Terrence Graham Grandchester. Tienes veinticinco años, y eres actor de teatro. – Candy estudiaba las diferentes reacciones del rostro de su marido … pero solo veía miedo, confusión e incertidumbre.
Unas pocas preguntas básicas más y el doctor consideró que ya era suficiente. El paciente estaba cansado, abrumado, y la joven estaba a punto de deshacerse en lágrimas histéricas.
Junto antes de levantarse para marcharse, en un impuso el joven alzó la mano y atrapó un rizo rubio entre los dedos, haciendo que a Candy se le cortara la respiración al mirarse en aquellas hermosas pupilas.
- Lo siento … - susurró Terry - … no … - meneó la cabeza – no … recuerdo … - decían tanto aquellos ojos, mucho más de lo que podían expresar las palabras, y Candy sintió que sus ojos se desbordaban sin remedio.
Se tapó la boca con la mano, intentando ahogar los sollozos, y se levantó.
- No te preocupes, ¿de acuerdo? – Logró articular, al tiempo que se giraba y salía casi a ciegas de la estancia.
Hubo de apoyarse en la pared al salir, sintiendo que sus rodillas flaqueaban y caía de rodillas al suelo, consumida por los sollozos.
Emilia Elroy esperaba pacientemente en la entrada de la mansión Andrew a que uno de los coches de la familia se detuviera ante la escalinata y pudiera dar la bienvenida a su sobrina. Aún no comprendía la petición de Eliza de pasar unos días en su compañía, sabe Dios lo que pasaba por la mente de aquella chiquilla, pero la anciana no había tenido corazón para negarle ese capricho, y menos en aquel duro momento, tras la pérdida de su querido hermano.
El coche por fin se detuvo ante ella y la dama pudo ver cómo su sobrina descendía del mismo como una reina y comenzaba a subir las escaleras hacia ella.
- Querida tía.
- Bienvenida, Eliza.
Entraron cogidas del brazo mientras Elroy daba instrucciones para que llevaran el equipaje de la joven a sus aposentos. Pero entonces se detuvieron, ya que otro vehículo hacía su entrada por la avenida principal de la mansión.
- ¿Quién es, Watters? ¿De la familia?
- Es el coche del señor Cornwell. Creo que trae a la Señorita Baker y a la Señora Candy.
- Oh … más pronto de lo esperado. Bien, querida, podrás conocer a Eleanor.
Eliza sonrió maliciosa y se puso al lado de su tía, observando la llegada del auto. No era precisamente a la actriz a quien estaba deseando tener frente a frente.
Una vez el auto se detuvo en la entrada de la escalinata, la pelirroja observó como una hermosa mujer rubia y elegante descendía del vehículo, seguida de la estúpida huérfana, y ambas se tomaban del brazo, comenzando a subir lentamente los peldaños de piedra. Ellas no habían levantado la cabeza, parecían abrumadas, desoladas … como si llevaran un enorme peso sobre los hombros.
- Eleanor …
Al oír la profunda voz de Elroy, ambas mujeres levantaron la cabeza. Eleanor recompuso su rostro enseguida, acostumbrada por su trabajo a disimular todo tipo de estados de ánimo … pero Candy no pudo evitar la sorpresa y turbación al toparse con los negros ojos de Eliza fijos en su rostro. Se estremeció, sin poderlo evitar.
- Hola, Emilia …
- ¿Venís del hospital? – la actriz asintió – y, ¿cómo está? – Eleanor miró a Candy, cabizbaja. - ¿Candice?
- Mejor, tía, gracias. – La anciana apretó los labios y se abstuvo de preguntar más. – Eleanor, quería presentarte a mi sobrina, Eliza. Va a quedarse unos días con nosotras en la mansión. – Candy levantó la cabeza sorprendida.
- Mucho gusto, señora.
Archie hubo de coger un taxi para que lo llevara de vuelta a casa, ya que había insistido en que Candy utilizara el suyo para volver a la mansión Andrew. Había llegado al hospital en el momento en que su querida prima yacía echa un mar de lágrimas en la salita contigua a la habitación de Terry, rodeada de gente que apenas sabía que decirle, después de la primera visita a su esposo. Archie se había arrodillado ante ella, tomándole las manos y obligándola a mirarlo.
- ¿Cómo ha ido, princesa? – Candy casi sonrió al escuchar de nuevo el apelativo que Archie había usado para ella innumerables veces durante la adolescencia, pero volvió a sollozar.
- Enseguida estaré bien … es solo un momento …
- No debes disculparte ante mí, lo sabes …
- Oh, Archie … - Candy le apretó las manos. – No recuerda … está tan asustado … Dios mío …
- Pues por ello es ahora cuando debemos estar unidos y ayudarle en todo lo posible …
- Lo sé, lo sé …
El joven la abrazó con cariño y así estuvieron unos instantes, hasta que la rubia logró calmarse un poco, y entonces insistió en que su chófer las llevara a ella y a Eleanor a la mansión, para que pudieran descansar. Habían intentado disuadir a Candy incluso los médicos, de que era inútil malgastar energías. Terry estaba perfectamente cuidado, y ya no iban a poder verlo al menos hasta el día siguiente. El doctor Cheston les había comunicado que Terry había terminado francamente agotado y alterado, tanto física como psíquicamente, después de la visita de Candy, y que habían tenido que sedarlo para que pudiera descansar. En ese instante dormía profundamente.
Pero en cuanto su prima y la actriz se hubieron marchado, llamaron a Archie a recepción, ya que habían recibido una llamada urgente de la mansión Cornwell. Al parecer, su esposa se había desmayado.
Una vez entró el joven por la puerta de la casa, Jackson lo recibió agitado.
- ¿Qué ha sucedido, Jackson?
- La señora … de pronto, cayó al suelo. La encontramos tirada en su despacho, señor …
- ¿En mi despacho?
- Había ido a ver si aún continuaba allí … al parecer, quería hablar con usted. Estaba tan pálida … creímos … creímos … - Jackson parecía agitado.
- Está bien, tranquilo … ¿y el doctor?
- El doctor Mills le espera en la biblioteca, señor.
Archie se dirigió hacia allí con rápidas zancadas. Se percató de que estaba nervioso, las manos le temblaban ligeramente al abrir la puerta de la estancia. El conocido y afable rostro del doctor Mills lo saludó con una sonrisa y el corazón de Archie se calmó un poco. Al menos, no eran tan malas noticias, si no, la actitud del doctor hubiera sido distinta …
- Doctor Mills. – El joven se acercó con la mano alzada, al tiempo que el hombre se la estrechaba.
- Señor Cornwell, disculpe que le haya alarmado con la llamada, pero …
- ¿Está bien Annie? – El médico asintió, risueños los ojos, y le hizo un gesto.
- Sentémonos. – El joven obedeció.
- ¿Qué ha sucedido?
- Ante todo, mi más sincera enhorabuena, señor Cornwell. A pesar de ser algo más pronto de lo que debería … bueno, parece que todo va bien … aunque deberá cuidarse mucho …
- ¿Qué? – Archie lo miraba estupefacto. - ¿A qué se refiere? – El médico se echó a reír ante el rostro del joven.
- La señora Cornwell está embarazada. Calculo que, si todo va bien, y espero que así sea, serán padres en unos meses …
El hombre continuaba hablando, ajeno a la horda de sentimientos que había barrido el cuerpo del joven, pálido y tembloroso, que tenía enfrente. Archie apenas podía escuchar … los latidos de su corazón atronaban sus oídos, aprisionaban su pecho … ¿qué estaba diciendo? ¿Embarazada?
El coche se detuvo ante la puerta de entrada de la clínica y William descendió rápidamente, casi sin apenas prestar atención al taxista que descargaba su maleta en el piso e intentaba llamar su atención.
- Disculpe, caballero … - William se giró hacia él, confuso, y el hombre suspiró, haciendo un gesto característico con los dedos para que le pagara sus servicios.
- Oh, vaya, perdóneme … - William cabeceó, turbado, y procedió a pagar al taxista, quien se despidió con un gesto de cabeza y una irónica mirada.
William agarró su maleta y penetró por las amplias puertas con rápidas zancadas. Ni siquiera se había parado a reservar ningún hotel, ni siquiera se había puesto a pensar en pasar por la mansión de su tío Robert, tal y como le habían pedido … solo tenía una cosa clara en su mente, y esa era ver a Patty. Llevaba tantas semanas sin verla, sin saber cómo estaría … ya no podía más.
- William … - Volvió la cabeza sorprendido y suspiró.
- Oh, Marjorie … - Se acercó, besando a la mujer en la mejilla. Sus claros ojos azules la taladraron nerviosos. - ¿Dónde está? ¿Cómo está?
- Enseguida podrás verla … - La mujer le apretó el brazo y frunció el ceño al ver la maleta. – Oh, William, ¿has venido derecho desde la estación?
- Por supuesto. – Alzó una mano. – Por favor, Marjorie, llévame con ella.
William siguió a la mujer a través de varios pasillos hasta una amplia estancia, llena de luz, donde varias personas andaban dispersas, ordenando instrumental, entrando y saliendo con carritos … el joven rubio entrecerró los ojos ante la claridad blanca de la habitación, a tiempo de ver cómo un hombre, poco mayor que él, se acercaba a ellos.
- ¿Señor Andrew?
- Sí, así es. – William lo miraba confundido.
- Soy Patrick Sheperd, el médico de Patricia. Por favor, sentémonos unos minutos, hemos de hablar.
- Pero …
- Solo unos minutos, señor Andrew, y después podrá ver a su esposa.
El doctor le indicó unos divanes ante ellos y William tuvo que respirar profundamente para calmarse y dirigirse hacia allí. Debía ser razonable, aquello era importante. El médico debía ponerle en antecedentes, lo sabía bien. Marjorie se despidió de ellos, diciendo que volvería más tarde, y William apenas tuvo tiempo de agradecerle todo lo que estaba haciendo por ellos.
- No voy a andarme con rodeos, señor Andrew.
- William, por favor.
- De acuerdo. Patricia está grave, William, como imagino que sabrás. El embarazo gemelar ya de por sí suele ser mucho más complicado que uno normal … y ello, agravado por su estado …
- ¿Cuáles son las causas?
- Su sangre rechaza las vitaminas … aún estamos intentando averiguar por qué. El cuerpo se debilita, ya que al no tener nutrientes, no tiene la fortaleza suficiente para poder hacer frente al crecimiento que se está produciendo en él … y el feto, en este caso los fetos, le chupan hasta el último hálito de vida …
- Pero … - William parpadeó, sintiendo cómo un poderoso nudo comenzaba a atenazarle la garganta. Carraspeó. - ¿Tiene posibilidades?
- Muy escasas, lo lamento. Patty ha insistido un millar de veces en que salvemos a los niños. Y nuestro deber es hacer todo lo posible por salvar el mayor número de vidas. Haremos nuestro trabajo, por supuesto. Lo idóneo sería aguantar a los fetos dentro el mayor número de semanas posible. Aquí tenemos un equipo avanzado, aunque todavía bastante experimental, para tratar con neonatos … pero por experiencia le diré que es muy complicado que sobrevivan si nacen por debajo de la trigésima semana … y aún entonces, tampoco suelen sobrevivir …
- Yo … - William parpadeó, turbado y confuso, sintiendo que sus parpados expulsaban varias lágrimas, y se las secó nervioso. – Discúlpeme, estoy abrumado … no comprendo …
- Oh, lo siento, soy yo quien debe disculparse. Comienzo a hablar sin control en jerga médica y no soy consciente de que lo lógico es que no me comprendan …- El médico suspiró. – Patricia está en la vigésimo cuarta semana de gestación aproximadamente. Su cuerpo ya está bastante extenuado. Hemos comenzado con trasfusiones de sangre, que parecen ser muy beneficiosas … por cierto, le haremos unas pruebas, William, para ver su compatibilidad al respecto … pero lo ideal sería que aguantara hasta la trigésima semana, lo cual, y lamento decirlo … no lo vemos muy viable … - William notó que lágrimas calientes mojaban sus mejillas, pero ya no le importaba.
- Quiere decir … - No podía terminar esa frase. El médico lo observaba con tristeza y empatía.
- Sí, William, si no hacemos algo pronto, puede que Patricia no aguante mucho más …
- ¿Hacer algo?
- El equipo médico ha planteado la posibilidad de sacar a los bebes como máximo en unas cuatro semanas …
- ¿Qué? Pero usted mismo ha dicho que no sobrevivirían …
- Tal vez sí, con el equipo adecuado … me preocupa más que no sobreviva la madre …
- Dios mío … - William se cogió la cabeza entre las manos. Sintió la mano del médico apretarle el hombro.
- Ánimo, sé que es duro, pero ahora lo que más necesita Patricia es su apoyo, su amor … la mejor medicina es que usted haya llegado por fin …
- Debería haber venido mucho antes … - murmuró William.
- No se atormente ahora. Vamos, - el médico se puso en pie, ayudando a William a hacerlo, mientras este se secaba el rostro – le acompañaré a donde está Patricia. Comenzaremos las pruebas lo antes posible. ¿Se marea?
- ¿Qué?
- Prepárese a donar una buena cantidad de sangre. - William siguió al doctor por un largo pasillo hasta que este se detuvo ante una de las blancas puertas y le sonrió. – Esta es la habitación de su esposa. Le espera. Nos vemos en un rato.
William se despidió del médico y cuadrando los hombros, llamó con firmeza a la puerta y entró a la estancia.
