Tenía un buen día … sí, decididamente era un buen día. No estaba tan agotada, e incluso podría decirse que se encontraba medianamente bien. Tal vez fuera porque sabía que pronto podría volver a ver su rostro, tocar su piel, oír su risa, mirarse en sus hermosos ojos … él sonreiría con esa maravillosa sonrisa suya y le diría que todo iba a salir bien.

El movimiento en el vientre de uno de sus pequeños le hizo fruncir el ceño y removerse un poco en el lecho. No encontraba la postura adecuada. Frotó suavemente la zona y tragó saliva, suspirando.

- Tranquilo, cariño … - susurró al pequeño bultito que se apreciaba tras la tela del camisón.

Estaba asustada, no iba a negarlo. Sabía perfectamente cual era la situación. El equipo médico había sido muy claro al respecto, y Patrick no había omitido detalle. Sabía que ella y sus hijos se encontraban en las mejores manos posibles, y si alguien podía salvarles, eran aquellos profesionales … pero no había mucha esperanza …

Dios, deseaba tanto ver a William … pero por otro lado, no deseaba hacerlo. Sabía que su esposo tomaría decisiones sin consultarle, decisiones respecto de su vida … y ella tenía muy claras sus prioridades. Le había suplicado a Patrick que salvara a sus hijos un millar de veces, y solo esperaba que William comprendiera, que todos comprendieran y respetaran sus decisiones. Aguantaría hasta el final … todo lo que pudiera …para que los niños sobrevivieran.

Unos golpes en la puerta la hicieron sobresaltarse y girar la cabeza. El corazón comenzó a latirle más deprisa al ver la rubia cabellera de su esposo, su rostro de dios griego y sus luminosos ojos azules.

- Oh, William … - sus ojos se llenaron de lágrimas mientras él se acercaba rápidamente a la cama y la tomaba de las manos, besándola de lleno en la boca. Se separaron suavemente, mientras William continuaba besando su nariz, sus mejillas, su frente … hasta hacerla reír.

- Mi amor … - susurraba su esposo – te he echado tanto de menos …

- Yo también … - le acarició la mejilla y le obligó a separarse un poco de ella para poder verle el rostro. Enseguida se percató de sus ojos enrojecidos. - ¿Has hablado con Patrick? – Él asintió. – Entonces …

- Entonces … - entrelazó sus dedos con los de ella – haremos lo que los médicos crean más conveniente …

- Pero …

- Para ti … - le puso un dedo en los labios y a continuación acarició suavemente su vientre redondeado - … y para ellos, ¿de acuerdo?

- William, no tenemos tiempo … - musitó Patty con voz ronca. Él frunció el ceño, tragando con fuerza y desviando la mirada un segundo. - ¿William?

- Patty, tal vez … - suspiró – quizá más adelante podamos volver a …

- ¿Qué? – Ella se incorporó bruscamente, mirándolo horrorizada.

- Patty, tranquilízate … - ella se había soltado con fuerza de su mano.

- ¿Qué quieres decir? – Él intentó volver a coger su mano, pero ella no le dejó, taladrándolo con sus ojos esmeralda.

- Sabes que muy probablemente los bebés no puedan …

- ¡No lo digas, William!

- ¡Patty!

- ¿Te estás escuchando? ¿Cómo puedes decir eso? – La joven sollozaba.

- Patty, cálmate, no creas ni por un segundo que esto es fácil para mí …

- Oh, sabía perfectamente lo que iba a suceder … - exclamó ella amargamente, e intentó levantarse.

- Por favor, cariño, no te levantes …

- ¡Déjame! – Ella lo apartó de un manotazo, las lágrimas cayendo por su rostro, y sujetándose la barriga se puso en pie con dificultad. William la observaba con los dientes apretados.

- Patricia, no eres razonable …

- ¿No soy razonable? Perdona por tomarme en serio la vida de mis hijos …

- ¿Crees que yo no me tomo en serio la vida de mis hijos? – Patty apretó los dientes, secándose las lágrimas de las mejillas, y suspiró profundamente, intentando calmarse. William la miraba enfurecido. – Pero también me tomo en serio la tuya, Patty. ¿He de pedir disculpas por quererte? ¿Por querer que sigas a mi lado?

- Lo lograré, yo …

- Sabes que es muy probable que no sea así …

- Aún estoy fuerte, sólo son unas semanas …

- No aguantarás tanto tiempo. – La ronca voz de William hizo que ella le mirara. Dios mío, su esposo, su amado esposo … estaba llorando. Su corazón estalló en pedazos.

- ¿Te has rendido? – Sollozó ella, agarrándose a la cama. Él estuvo a su lado en un segundo.

- No … jamás me rendiré contigo, amor mío. Eres lo más importante de mi vida …

- Pero … mis niños … - Patty se agarró a su chaleco, llorando amargamente.

- Haremos todo lo que esté en nuestra mano, amor mío … - susurró contra su cabello. Entonces se apartó un poco para acariciar su húmedo rostro. – Te amo … ¿sabes lo mucho que te amo? Superaremos esto, te lo prometo …

Como si de una señal se tratara, sintió a sus hijos dentro de ella y se apartó de su esposo, sentándose en el lecho. Respiró profundamente y alzó la cabeza para encontrarse con sus azules ojos.

- Yo también te amo, William … pero quiero que respetes mi decisión. Haré lo que sea por nuestros hijos …

- ¿Incluso arriesgar tu propia vida? ¿Morirás y en el supuesto improbable de que ellos o incluso alguno de ellos sobreviva, le dejarás sin el derecho a disfrutar de la compañía de su madre?

- ¡Vivirán, maldita sea! Eso es suficiente, a pesar de …

- ¡No estoy de acuerdo, Patty! – William alzó la voz, mirándola furioso y alterado. – Sabes de sobra que es muy improbable que sobrevivan, aunque aguantemos hasta el final, aunque te rajen de arriba abajo y te los saquen cuando ya estés muerta …

- ¡William!

A ambos les corrían las lágrimas por las mejillas, observándose mutuamente, las respiraciones agitadas.

- Y no puedo evitar pensar que he sido yo quien te ha empujado a la tumba … - la voz del joven rubio se quebró, e hizo que apretará los puños, intentando calmarse – lo siento … necesito unos minutos …

Se dio media vuelta y salió de la estancia, dejando a Patty desolada y sollozando, sentada en el lecho.


Seguía lloviendo, lloviendo sin parar. Ya llevaban así varios días. Noviembre era un mes húmedo y frío, pero aquello ya era demasiado. Candy se sentía agotada. Estaba exhausta, al borde de sus fuerzas físicas y psíquicas.

En esa mañana gris volvía al hospital, volvía a ver a Terry. Los encuentros de los últimos días habían ido desgarrando su alma poco a poco. Terry no recordaba absolutamente nada de su vida anterior. Nada anterior a haberse despertado en el hospital. La recuperación física iba muy bien, pero el resto … ¿y si no volvía a recordar nunca más? La joven detuvo su camino bajo la lluvia y suspiró profundamente. Ya basta, Candy. Se dijo a sí misma. Todo irá bien. Era la frase que constantemente se repetía para sacar fuerzas de flaqueza. Todo irá bien, todo se solucionará … Y cada vez que se miraba en aquellos ojos … su corazón se derretía sin remedio. Terry …

La mansión Andrew era como una prisión. Ojalá hubiera podido volver a su apartamento, pero antes de la maldita fiesta ya había finiquitado lo relativo a su contrato y lo había abandonado, vaciando todas sus pertenencias. El plan había sido marcharse a Londres en principio, durante una temporada … y de pronto, todo se había derrumbado. Su vida, la de Terry … pero apenas soportaba estar en aquella casa, con la tía Elroy … y ahora con Eliza. ¿Qué demonios hacía allí? ¿No iba a casarse en breve? Sentía sus fríos ojos negros seguirla rezumando odio por todos los recovecos de la mansión … era insoportable. Gracias a que estaba Eleanor con ella … ya que apenas veía a Annie. Había estado tan concentrada en sus problemas … y no se atrevía a preguntarle nada a Archie al respecto. Debía hacer una visita a su amiga. También eran duros momentos para ella.

Llegó al hospital y se aventuró por la puerta trasera del mismo para evitar a los pocos reporteros que aún se apostaban a las puertas, intentando captar alguna nueva noticia de Terry. Llevaba en su bolso una carta que no había tenido el valor de abrir, aún no. Procedía de Inglaterra … de Nathan Scott. ¿Qué decir? ¿Qué decidir? Eleanor ya se encontraba en el hospital, ya que ella se había demorado un poco por querer pasar por su pequeño hospital un instante a ver cómo iba todo. Necesitaba alejarse de allí por unos minutos. Le consultaría a su suegra, tal vez ella supiera cómo proceder.

Terry ya había tenido un encuentro con sus padres, tanto con Eleanor como con el duque, y el joven había terminado más confundido y asustado que antes. Para Eleanor había sido también un duro golpe. Estaba muy afectada. En aquellos años se había establecido entre Terry y ella un lazo muy estrecho, y había sido terrible ver cómo su hijo no la recordaba y la miraba como a una desconocida.

Candy atravesó los pasillos, saludando a varias personas al pasar, hasta llegar a la salita adyacente a la habitación de su esposo. Al entrar, se topó con una de las enfermeras.

- Buenos días, Candy.

- Hola, Mandy, ¿cómo está hoy?

- Muy bien, parece animado. – La joven rubia asintió, sonriendo débilmente. – Me ha dicho el doctor Cheston que después de la visita desea tener una reunión con vosotros. Los padres de Terrence han ido a la cafetería.

La joven se despidió de la enfermera y cuadrando los hombros, entró a la habitación.

Enseguida lo localizó, sentado ante el ventanal, observando la lluvia. Candy sabía que últimamente Terry pasaba casi todo su tiempo ejercitando sus atrofiados músculos. Ni siquiera podía imaginar cómo debía sentirse su amado esposo ante aquella situación, pero intuía que necesitara evadirse de todo, y que tuviera ganas de salir corriendo de allí. Tenía que ser una pesadilla cada día descubrir una vida que no reconocías, unas personas que jamás habías visto decirte una y otra vez que son tu familia …así que Terry, con su característica tozudez, que afortunadamente no había perdido, se esforzaba continuamente en volver a caminar, a hablar correctamente … y a intentar recordar cualquier mínima cosa … esto último sin resultado.

El joven giró la cabeza en su dirección al escuchar el ruido de la puerta y el brillo de reconocimiento en sus ojos azules aligeró el corazón de Candy. Sabía que era una estupidez, que era por el simple hecho de haberla visto ya unas cuantas veces, pero por un momento imaginó que volvía a ser el Terry de antaño, su esposo que la amaba.

- Hola …

- Buenos días, Terry – sonrió ella - ¿Cómo estás?

Candy se acerco alegre, despojándose de su abrigo por el camino y sacudiéndose ligeramente el mojado cabello rubio.

- Tú … empapada, por lo que veo. ¿Has venido … ca … camin … andando? – La joven asintió.

- Así es, la mañana es estupenda. – Él arqueó una ceja.

- ¿Estupenda? – Volvió la cabeza hacia la ventana, y luego de nuevo a ella. – Si está lloviendo …

- Por eso. – La joven se echó a reír ante la cara de Terry y procedió a arreglar en un jarrón las flores frescas que había llevado.

El joven meneó la cabeza, observando su figura de espaldas. Era ciertamente bella … por dentro y por fuera. En aquellos pocos días Terry había descubierto a una maravillosa joven. Podía comprender por qué se había casado con ella. A pesar de estar sufriendo, porque el joven imaginaba lo dura que también estaría siendo para ella toda aquella situación, ella siempre tenía una hermosa sonrisa en el rostro, era alegre, chispeante … Terry sentía como si una brisa fresca y energizante invadiera la habitación cada vez que Candy entraba por la puerta. Descubrió con sorpresa que esperaba con avidez y nerviosismo aquellas visitas. Ojalá pudiera recordar … recordar cualquier cosa, por nimia que fuera …

Y después estaba la atracción física. Algo intangible y verdaderamente alarmante, incontrolable … al joven le asustaban y confundían aquellas sensaciones que experimentaba en presencia de la joven. Deseaba tocarla … sus labios, su piel … tal vez aquello no fuera apropiado, no sabía … no sabía qué pensar …

- ¿Terry? – Él parpadeó, enrojeciendo turbado. - ¿Estás bien?

- Claro …

- ¿Te apetece que demos un paseo?

- ¿Un paseo? – Los ojos del joven se iluminaron. - ¿Puedo salir? – La joven suspiró con tristeza.

- No, yo … me refería al pasillo …

- Oh … - ante su desilusión, la joven se acercó y le puso suavemente una mano en el brazo. Terry sintió como si la electricidad traspasara su carne y se agitó.

- Lo siento, yo … - Candy retiró rápidamente la mano, cohibida.

- No, no … - él bufó frustrado - … no pasa nada … - Ella continuó con las flores, devanándose los sesos por entablar conversación.

- ¿Cómo has pasado la noche? ¿Mejor? ¿Qué tal los dolores?

- ¿Sabes cuándo podré dejar el hospital? – La pregunta directa la pilló totalmente desprevenida y en un principio, no supo qué contestar. – Sé que la recuperación va muy bien … excepto por la memoria.

- Bueno … - la joven frunció el ceño, intentando buscar las palabras adecuadas - … dentro de un rato tenemos una reunión con Sam … el doctor Cheston. Supongo que entonces se decidirá …

- ¿Qué se decidirá? – Terry la miraba fijamente, estudiando su rostro, y Candy enrojeció. – Sé que no recuerdo nada … pero creo que estoy en mi derecho de saber qué es lo que va a pasar con mi futuro …

- Por supuesto, Terry, sólo que todavía no …

- Creo que debería estar en esa reunión.

- ¿Qué? Pero … Terry …

- ¿Por qué me llamas Terry? – El joven parecía enfadado, frustrado. – Eres la única que lo haces … - Se incorporó, intentando ponerse en pie. Candy estuvo a su lado en un momento.

- Deja que te ayude … - él la apartó.

- Puedo solo. – Candy apretó los dientes. Comenzaba a enfurecerse. Tozudo. Sabía que esa fase infantil e inmadura llegaría … pero no iba a consentir que se hiciera daño.

- Vamos, apóyate en mí.

- ¡He dicho que puedo solo! – Él se había puesto en pie y la miraba airado. Candy alzó la barbilla.

- Bien, de hecho, veo que estás efectivamente preparado para todo. Ahora tal vez si te rompes una pierna demuestres a todos lo capacitado que estás para desenvolverte solo … - El joven parpadeó, mirando a la joven con la boca abierta. Tenía un gesto tan cómico que Candy sintió ganas de reír, pero se contuvo. Hizo un gesto hacia la puerta. – Adelante. Le diré al doctor Cheston que estás preparado para marcharte.

El joven la observaba, dubitativo y sorprendido. De pronto, una irónica media sonrisa afloró a sus carnosos labios, y fue como si de pronto su esposo hubiera aparecido ante ella. Los ojos verde mar se llenaron de lágrimas y sintió un pinchazo en el corazón. El joven, ante su reacción, la miró compungido.

- ¿Qué …? Ha pasado …

- Nada … - la joven intentó sonreír – todo va bien. Es que por un momento …

- ¿Recuerdos? – ella asintió, y él volvió a sentarse, la cabeza baja. – Algo que yo no tengo … - la joven se secó los ojos rápidamente.

- Bueno, no ahora, pero tal vez …

- ¿Éramos felices?

- ¿Qué? – Sus ojos se encontraron.

- Éramos felices … tú y yo … ¿verdad? – Candy sintió que el nudo que aprisionaba su garganta le impedía hablar. Sólo pudo asentir.

El ruido de la puerta de la habitación al abrirse los hizo sobresaltarse, mientras el doctor Cheston entraba a la estancia.

- Buenos días, ¿cómo va eso?

- Hola, Sam.

- ¿Terrence? – El médico le puso una mano en el hombro. – Ken te acompañara al gimnasio un rato, ¿de acuerdo?

- No, Sam, Candy me ha dicho que ahora vais a tener una reunión sobre mi futuro … y cre … creo … que debo estar presente …

- Terrence, no creo que esa sea una buena idea …

- ¿Por qué no? ¿Por qué soy como una hoja en blanco? ¿Cómo un niño que no comprende absolutamente nada? ¿Un sujeto sin pasado, sin presente ni futuro?

Los ojos del médico se encontraron con los de Candy y suspiró.

- Vaya … no tenemos un buen día hoy, ¿verdad? – El joven lo miró furioso.

- ¿Cuándo es un buen día para mí? - Terry se acercó al ventanal y se apoyó en el alfeizar, dándoles la espalda. El médico se acercó a él, mirándolo con simpatía.

- Sé que es duro, Terrence …

- No, no lo sabes … - susurró el joven entre dientes, sin mirarle.

- Bueno … tal vez no. – Le puso una mano en el hombro, y Terry se volvió a observarle. - ¿Crees estar preparado para enfrentarte al mundo? – El joven parpadeó, confuso.

- ¿Qué quieres decir?

- Vamos a darte el alta hospitalaria, Terrence. – Candy ahogó una exclamación. – Tu recuperación ha de ir por otros derroteros.

- ¿Quieres … quieres decir que …? – Él médico asintió, mientras Terry cruzaba una asustada mirada con Candy. – Pero …

El médico le palmeó el hombro y se volvió hacia la joven rubia.

- Vamos al salón. – El enfermero entraba en ese instante a la estancia. – Ken, cambio de planes. Ayudemos a Terrence a llegar al salón. Tenemos una reunión importante.


Annie abrió los ojos lentamente, frunciendo el ceño ante la claridad de la estancia. Su doncella revoloteaba a su alrededor, preparando su ropa y abriendo las cortinas y las ventanas.

- Buenos días, señora.

- Lizzy … ¿qué hora es? – Se irguió en la cama, desorientada.

- Es temprano, señora. – La joven se detuvo un momento, mirándola con una disculpa en el rostro. – Le he traído el desayuno. – Señaló tímidamente la bandeja posada en la mesita al lado del diván. La joven enrojeció ante la mirada de Annie. – Lo siento … son órdenes del señor.

- ¿Órdenes?

- El señor ha ordenado que le suba el desayuno y la despierte, señora. Me ha dicho que en cuanto termine, la espera en su despacho.

- Oh … - el corazón de Annie comenzó a latir salvaje. Vaya, ya estaba. La tregua había terminado. Se mordió el labio y asintió, intentando sonreír a la atribulada muchacha. – Bien … de acuerdo. Gracias, Lizzy.

Una vez se quedó sola, volvió a tumbarse lentamente en el lecho, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Dios mío … jamás hubiera imaginado encontrarse en semejante situación. Sintió cómo las lágrimas rodaban lentamente por las mejillas y caían en la almohada. Ya basta, Annie, debes dejar de llorar. Se repetía a sí misma. No era bueno para el bebé.

El bebé … iba a tener un bebé. Se tapó la boca con la mano, intentado ahogar un sollozo. Apenas podía creérselo. El Dr. Mills debió pensar que estaba loca cuando estalló en sollozos histéricos. El pobre hombre no cesó de repetirle que debían controlar mucho su tensión, y que debía hacer una vida absolutamente reposada. La dejó en la cama, temblando como una hoja, atenta a cada mínimo ruido de la mansión … atenta a la reacción de Archie.

Pero esta no se produjo. El Archie furibundo que ella había esperado entrar al dormitorio, no apareció. De hecho, no lo había visto en aquel par de días desde que le dieran la noticia. Y Annie estaba asustada … asustada y preocupada …

En la soledad de su habitación pasó por todos lo estados de ánimo posibles. Pesadumbre, tristeza, miedo, llanto, pánico, regocijo, dicha, felicidad … estaba tremendamente asustada … pero por otro lado, estaba feliz … Dios mío, estaba embarazada … parecía, parecía un milagro … Matt … el hijo de Matt. Había pasado horas mirando su retrato. Su precioso rostro, sus ojos … no estaba todo perdido … y había tomado una decisión. Criaría a aquel niño como fuera, lo amaría …

Sintió que las manos le temblaban y se las apretó, al tiempo que se levantaba del lecho y se dirigía al diván, forzándose a tomar algún bocado. Entonces oyó la puerta de la habitación abrirse, pero ni siquiera levantó la cabeza.

- Enseguida termino, Lizzy.

- Tómate tu tiempo.

La taza tembló entre sus dedos y casi derramó su contenido mientras alzaba la cabeza para encontrarse con la fría mirada de su esposo. Archie iba impecablemente vestido, como siempre, su pétreo y firme rostro sin expresión, mirándola sin emoción alguna. Se dirigió con elegantes zancadas hacia el sillón apostado frente a ella y se sentó, cruzando las piernas.

- ¿Cómo estás?

- Bi … bien …

- Me he tomado la libertad de adelantar la reunión que teníamos programada, ya que luego tengo que ir al despacho en la ciudad. – Archie hablaba lentamente, con su voz grave y modulada, mirándola fijamente. Annie apenas podía respirar. – Y he creído que tu dormitorio sería más adecuado, lejos de oídos indiscretos, para tratar varios delicados temas que nos conciernen. – Annie tragó saliva. - ¿Estas de acuerdo? – La joven asintió, intentando tomar aire y calmarse. – Bien. – Archie juntó los dedos, sin dejar de mirarla. – Estoy esperando, Annie …

- Yo … - la joven apartó suavemente la bandeja del desayuno, bajando los ojos.

- ¡Oh! Y permíteme que te felicite, por supuesto … ¡enhorabuena! – La voz de Archie la cortó como un cuchillo, y sus ojos se encontraron.

- Archie, no es lo que piensas … déjame explicarte …

- ¿No es lo que pienso? – Él soltó una agria carcajada. – Imagínate qué pude pensar el otro día, Annie, cuando el doctor me felicitó por mi inminente paternidad … cuando hace más de un año que no tengo relaciones con mi esposa.

- Yo …

- Oh, y cuando fue decisión de ella, por supuesto … porque no soportaba que la tocara. – Los ojos marrones de Archie despedían fuego. – Desde luego, la recuperación ha sido inmejorable …

- Por favor … - la joven se secaba las lágrimas de las mejillas.

- ¿Por favor? ¿Por favor, Annie? ¿Cómo pretendes que te trate? ¿Cómo mereces que te trate?

- Por favor, deja que te explique … - Ella se incorporó hacia delante, mirándole suplicante. – Estás en tu derecho de tratarme como merezco … no tengo excusa, Archie, y créeme si te digo que lo siento … lo siento tanto …

- ¡No digas estupideces! – El joven se levantó bruscamente y se dirigió al ventanal, furioso. - ¿Lo sientes? ¿Es esa tu explicación? ¿Qué lo sientes? – Archie abrió los brazos. - ¿Qué era todo aquello del miedo al sexo, etcétera? ¿Una pantomima? ¿Otro teatrito de la estúpida e infantil Annie para llamar la atención?

- ¡No! Archie …

- ¿Por qué no me dejaste en paz? – Archie había perdido el control. La miraba desde el ventanal, los puños apretados, el rostro compungido y alterado. – Me perseguiste sin descanso … aún sabiendo que no te amaba … - las lágrimas ya rodaban por las mejillas de ambos – hasta hacer que te quisiera. Y después …

- Archie … - Annie sollozaba. Dios mío, cuánto dolor …

- ¿Por qué no me dijiste desde un principio que yo era la causa de que odiaras el sexo? ¿Qué yo era la causa de todo ese trauma sin sentido? ¿Qué era yo el que no te atraía, Annie?

- ¡Eso no es cierto!

- ¿No es cierto? ¿Cómo mierdas te has quedado embarazada, Annie? ¿Te han forzado?

- Deja que te explique …

- ¿O tal vez es que se ha cruzado algo mejor en tu camino? ¿Un tal Jenssen, quizá? – La joven palideció mortalmente, llevándose una mano a la garganta. - ¿Creías que no lo sabía? – Archie soltó una amarga carcajada. – Me subestimas, como siempre. ¿También te resistías a él? ¿O gozabas como una perra?

- ¡Archie! – La joven se secó el rostro, inspirando profundamente, mientras el joven se daba la vuelta y golpeaba con furia el marco de la ventana.

La habitación quedó en silencio unos minutos, apenas roto por las agitadas respiraciones del joven matrimonio, cada uno intentando calmarse para poder retomar la conversación.

- Está bien … habla, no te interrumpiré. – Dijo Archie al cabo de un momento, sin mirarla.

La joven suspiró profundamente y cuadró los hombros, volviendo a sentarse en el diván.

- Yo te amaba, Archie … yo te amé de verdad … - el joven se giró para replicar, pero ella alzó una mano, suplicante – por favor … has dicho que me escucharías … - Él apretó los dientes y volvió a girarse hacia el ventanal. Annie observó sus tensos hombros y se retorció las manos. – Yo … yo estaba equivocada, confusa … no estoy excusándome, de veras, pero tenía, por así decirlo, una idea distorsionada de las relaciones … de … del sexo … - su voz se convirtió en un susurro – ojalá no hubiera sido así. Todo … todo ha sido culpa mía …

- Oh, por Dios … - musitó Archie con ironía.

- Sé que estás enfadado, te he avergonzado … yo … - se le quebró la voz un segundo – sabes que aquella situación nos destruyó, Archie, destruyó lo poco que alguna vez tuvimos … y es cierto que ir a la clínica, la terapia, ha sido lo mejor que ha podido pasarme. Aquello lo cambio todo.

- Desde luego. – Annie prefirió omitir el comentario de su esposo.

- No pude evitarlo. Me enamoré. Sí, es cierto. Se cruzó en mi camino y lo cambió todo. Pero yo volví … volví para cumplir con mis obligaciones …

- ¿Por eso estaba él en la fiesta?

- Me siguió hasta Chicago, Archie. – Annie relató brevemente su encuentro con Matt en Erie y todo lo acontecido. – Yo no quería hacerte daño …

- Un poco tarde para eso, Annie.

- No, no es tarde … - Su marido se volvió a mirarla. Sus ojos refulgían. – Aún podemos enmendarlo … tú … tú puedes ser feliz … sé que también estás enamorado …

- ¿Qué? – Archie la miró estupefacto y Annie se encogió. - ¿Qué estás diciendo?

- Yo … - la joven enrojeció – vi una carta en tu despacho el otro día … - Archie se plantó en dos zancadas ante ella y la tomó del brazo.

- ¿Qué estas diciendo? ¿Estás loca? ¿Cómo te atreves a entrar en mi despacho y leer mi correspondencia?

- Lo siento … - los ojos azules se llenaron de lágrimas – Archie, me haces daño … - él la soltó, asqueado.

- No puedo estar más aquí …

Se dio la vuelta y salió rápidamente de la estancia, sin mirar atrás.


Maldita. No la soportaba, la odiaba con fuerza, un odio que la consumía, que le impedía pensar con coherencia. Sabía que no era buena idea tenerla tan cerca, se la cruzaba por los pasillos de la mansión, en las cenas … y lo único en lo que podía pensar era en clavarle un cuchillo o tirarla por las escaleras.

¡Eso es! La pelirroja de ojos negros como la noche se irguió bruscamente del lecho y se levantó, sonriendo con malicia. Las escaleras. ¿Quién dudaría de que se trataba de un accidente? La esperaría en las sombras y entonces …

- ¿Señorita? – Eliza pegó un respingo y se volvió a la doncella, furiosa.

- Pero, ¿qué demonios haces entrando así a mi dormitorio? ¿Es que quieres matarme de un susto? – La muchacha enrojeció.

- He llamado varias veces, señorita, pero … - Eliza hizo un gesto de desprecio.

- Está bien. ¿Qué quieres?

- El señor Robson ha venido a visitarla, señorita, la espera en la biblioteca. – Eliza sonrió traviesa.

- ¿Está mi tía en casa?

- La señora Elroy ha salido a la ciudad.

Estupendo. Tenía la mansión para ella sola. Se mordió el labio, ocultando una sonrisa.

- Dile a Stuart que me espere en mi saloncito privado. – Eliza casi se echó a reír al ver el gesto de la doncella y la despidió con un ademán. – Vamos, date prisa.

En cuanto desapareció por la puerta, la pelirroja se quitó el vestido que llevaba puesto, sustituyéndolo por un sugerente salto de cama. Hacía varios días que no veía a su prometido … y le había echado de menos. Se observó en el espejo, sonriendo pícara. El pérfido plan que se estaba orquestando en su mente era perfecto. Esta vez lo haría ella misma, se libraría de esa asquerosa para siempre … y vengaría a su hermano. Entonces, cuando la viera muerta al final de la escalera con el cuello roto, sería feliz.

Oyó ruido al otro lado de la puerta que daba al salón y se dirigió hacia allí. Stuart se giró al oír el chasquido y abrió los ojos sorprendido.

- Eliza, ¿qué …?

- Sssshhhh … - le hizo un gesto con el dedo, invitándolo a acercarse.

- ¿Qué demonios haces? ¿Estás loca? – Ella le acarició el rostro, coqueta.

- ¿Cómo estás, mi amor? ¿Me has echado de menos?

- Nos vas a meter en problemas con esta situación …

- La mansión está vacía. – Lo cogió de las solapas de la chaqueta y lo introdujo en la habitación. - ¿Qué hay de malo en divertirnos un poco?

- ¿Es eso todo? – El joven se alejó unos pasos de ella, mientras Eliza cerraba la puerta a sus espaldas. – Los criados murmuran, ¿lo sabías?

- Esa boba no dirá nada, - Eliza hizo una mueca – por la cuenta que le trae.

- He venido a hacer una visita normal, para variar. – La joven soltó una carcajada.

- ¿Cuándo hemos sido normales tú y yo? - Stuart suspiró y se pasó las manos por el cabello, serio el rostro. Ella frunció el ceño. - ¿Qué sucede?

- La boda ha de celebrarse la próxima semana.

- ¿Qué? – La joven se echó hacia atrás.

- He de viajar a Europa antes de lo previsto. Todo se ha complicado. – Stuart parecía preocupado. – Has de volver para organizarlo todo.

- Pero …

- Maldita sea, Eliza, no estoy de humor para una de tus rabietas …

- Esta bien. – El joven alzó la cabeza, sorprendido.

- ¿Qué? – Eliza se acercó a él.

- He dicho que está bien. De acuerdo.

- Pero … - Ella se echó a reír.

- Dame esta noche. Quiero despedirme de mi tía.

- Va .. vale, de acuerdo … - El joven la tomó por la cintura, escudriñando su rostro. - ¿No hay reproches? ¿Ninguna protesta? – Ella negaba con la cabeza. – Increíble …

Se besaron en la boca, esta vez casi con suavidad, casi con dulzura … hasta que las lenguas chocaron unas con otras, las respiraciones se aceleraron y él se apartó un poco.

- Ahora sí que vas a odiarme … pero no puedo quedarme mucho rato … - Eliza se bajo los tirantes del salto de cama, dejando que la prenda se deslizara hasta el suelo, y lo tomó de la mano, guiándolo hasta el lecho.

- Entonces no perdamos tiempo …

Mientras los cuerpos desnudos se enroscaban en el lecho y ella entraba en los umbrales de la pasión, su oscuro cerebro procesó y programó detenidamente que esa noche era la noche en que por fin se libraría de aquella lacra rubia para siempre.


William giró la cabeza lentamente hacia la puerta de entrada a la blanca habitación para encontrarse con la franca sonrisa del doctor Patrick Shepherd acercándose a él.

- ¡William! ¿Cómo va eso? – Este se encogió de hombros, señalando la aguja clavada en su brazo, desde donde se bombeaba su sangre hasta un recipiente.

- Quedándome sin sangre, literalmente.

- Bueno, pero es por una buena causa …

- Desde luego.

El doctor procedió a quitarle la vía, ayudándolo a incorporarse. William inspiró profundamente y agradeció a la enfermera el alimento que le ofrecía.

- Come despacio, William. Te hemos sacado mucha sangre, probablemente, sientas náuseas y mareos …

- ¿Será suficiente?

- Por el momento. – El doctor se sentó frente a él en la otra camilla.

- En breve tengo consulta con Patricia. Me gustaría que estuvieras presente. – Observó el nublado rostro del rubio. - ¿Qué sucede?

- No sé si es buena idea … Patty y yo … bueno, no estamos de acuerdo en varias decisiones …

- Lo imagino. Patricia es una mujer tenaz …

- Y tozuda …

- Eso también. – Sonrió el médico.

- No contempla la posibilidad de que los bebés no sobrevivan … - susurró William con tristeza – no quiere ni oír hablar de ello …

- Lo sé. – Asintió el médico. – Deberemos volver a tener una reunión con todo el equipo. Vamos a volver a hacer un examen. – Patrick lo observó fijamente. – Sé lo dura que resulta para vosotros toda esta situación … pero ahora debéis permanecer unidos.

- Lo sé, lo sé … - William se cogió la cabeza entre las manos.

- Anímate. – Le palmeó el médico el brazo. – Es hora de ir a ver a Patty.


Ayudado por Sam y Ken, el enfermero, Terry se hallaba sentado en una de las butacas del salón contiguo a su dormitorio, con el corazón palpitando con fuerza en su pecho. Candy se hallaba cerca de él, junto a los ventanales, el rostro tenso y preocupado, sin apenas pronunciar palabra. Él sabía que estaba preocupada. El médico les había dado una noticia inquietante: en unos días, podría marcharse. Salir del hospital, respirar el aire, ver el sol … o la lluvia, ¿qué importaba? Un gozo indescriptible se instaló en su pecho en cuanto Sam pronunció las palabras, pero a su vez, el pánico se apoderó de él. ¿Qué pasaría a partir de ese instante? ¿Podría seguir con esa vida? ¿Esa vida que cada poro de su piel sentía que no era suya? ¿Cómo ser alguien que no reconoces, con el que no te identificas para nada?

Una suave mano se poso delicadamente en su hombro y tembló ligeramente.

- ¿Estás bien? – Susurró la bella joven, mirándolo compungida. ¿Y tú? Quería él preguntarle. ¿Qué quieres tú? Se supone que eres mi esposa … ¿me amas? ¿Y yo? ¿O amas al hombre que ya no soy? ¿Qué tal vez nunca seré? El joven meneó la cabeza y se revolvió en el asiento.

- Sí … me duele un poco la cabeza, nada más.

La puerta se abrió y los doctores entraron en la estancia, seguidos de Eleanor, el duque y su secretario. Los padres de Terry se sorprendieron de encontrarlo allí, pero tras las oportunas explicaciones, todos tomaron asiento alrededor de la mesa.

- Bien, como ya he informado al paciente, el estado de Terrence es estable. En unos días, procederemos a darle el alta hospitalaria. A partir de entonces, queda en sus manos su recuperación. – Terry lo observaba confundido.

- ¿Qué quieres decir?

- Terrence, nuestro trabajo llega hasta aquí. Tu cuerpo está sanando. Unas semanas más de rehabilitación y volverás a recuperar prácticamente la movilidad total de tu cuerpo …

- La parte psíquica, por así decirlo, es más complicada … - continuó el Dr. Sutherland – no podemos predecir cómo evolucionara la lesión de tu cerebro …

- ¿Volveré … volveré a recordar? – esa era la pregunta que se repetía sin cesar, una y otra vez.

- Tal vez … no lo sabemos.

El joven bajó la cabeza y se concentró en sus puños cerrados.

- Nos dijeron que la clínica Berenson de Nueva York era una de las mejores alternativas en estos casos … - el joven volvió a alzar la cabeza al oír la profunda voz del duque de Grandchester.

Un duque. Se había sentido tan abrumado, tan asustado … y su madre una actriz … una mujer increíblemente hermosa … que no recordaba. Maldita sea, no recordaba absolutamente nada. ¿Qué estaba diciendo? ¿Nueva York?

- Terrence, aconsejamos a tus familiares una clínica especializada en los casos de amnesia regresiva profunda … casos como el tuyo … además, se encargarán de que te recuperes al cien por cien físicamente. Ellos tienen aparatos y técnicas que podrían determinar mejor el estado de tu cerebro …

- ¿Una clínica? – El joven los observaba confuso y asustado. - ¿Otro hospital?

- No es un hospital propiamente dicho, querido … - Eleanor Baker intentó sonreír. – Nos hemos informado detalladamente. Irías a la clínica sólo para la terapia … y te hospedarías fuera.

- ¿Dónde? – La mujer enrojeció, pero intentó no perder su dulce sonrisa.

- Bueno … yo resido en Nueva York … y me encantaría que Candy y tú os alojarais conmigo …

- Pero … ¿por qué? – ella rió suavemente.

- Bien … eres mi hijo, querido, mi casa es la tuya también …

Oh, ¿de veras? El joven quiso replicar, pero no pudo. La cabeza le iba a estallar, le dolía terriblemente. Volvió a sentir la suave mano en su hombro y esta vez la apartó suavemente.

- Estoy bien …

Pero Candy sintió que le clavaban algo en el corazón. A duras penas pudo retener las lágrimas que pugnaban por manar sin control de sus ojos.

- Creo que Terrence necesita descansar … - sugirió uno de los doctores.

- No, estoy bien …

- Necesitas descansar. – Ya no era una sugerencia. Ken se acercó a él, ayudándolo a levantarse y a caminar hacia la habitación, dejando un pesado silencio a sus espaldas.


Al entrar a su despacho, tras pasarse el día entero en reuniones en su despacho de la ciudad, suspiró cansado y se dirigió a la mesa de bebidas, sirviéndose un coñac. Estaba agotado, desmoralizado, harto de todo y todos … sentía congoja en el corazón, rabia, impotencia … apenas podía pensar con claridad, aún no. Aquello era demasiado …

El alcohol quemó su garganta e intentó relajar los tensos músculos, mientras observaba el oscuro jardín que se extendía tras los ventanales. Ni siquiera había podido pasarse por el hospital … estaba sobrecargado de trabajo. Sin Albert, todo había recaído sobre sus hombros. Y gracias a Dios que tenía a George junto a él.

Giró la cabeza hacia su escritorio y la ira volvió a molestarlo. ¿Cómo se había atrevido Annie a leer sus cartas? Había descubierto lo de Claire … volvió a beber otro largo trago. En definitiva, él no era mucho mejor que ella. También la había engañado … ¿no?

Aquella tarde … aquella larga tarde … la tarde en que descubrió el deseo, el placer … una vez cruzó el umbral de aquella puerta, todo cambió. Con Claire todo había sido tan sencillo … ella le deseaba, deseaba que la tocara … recordó su piel, sus hermosas curvas estremecerse bajo sus temblorosas manos … fue ella quien lo tranquilizó, fue ella quien lo guió en todo el acto sexual … hasta que se sintió seguro de nuevo, se sintió hombre de nuevo … casi sollozó cuando entró en ella …

- ¿Archie?

Se le escapó la copa de las manos y se estrelló contra el suelo, haciéndose añicos, al tiempo que se daba la vuelta sobresaltado y enrojecía turbado al ver a Annie de pie ante él.

- ¿Qué demonios …?

- Lo siento, siento haberte asustado, creía que me habías oído … - él suspiró, pasándose las manos por el cabello, y dirigiéndose a su escritorio.

- ¿Qué quieres, Annie?

- Quiero hablar.

Él la observó un momento con el ceño fruncido, e hizo un gesto hacia los sillones.

- ¿Una copa? – Pero enseguida hizo un gesto de comprensión. – Oh, claro que no …

Annie se acomodó ante la chimenea encendida y Archie lo hizo frente a ella.

- ¿Y bien?

- Archie, hemos de decidir qué vamos a hacer …

- ¿Qué vamos a hacer? – La voz de Archie estaba cargada de desdén.

- Haré lo que quieras, Archie, todo lo que me digas … desapareceré, me iré de Chicago y jamás volverás a verme …

- Pero, ¿qué estás diciendo?

- No sé cómo podríamos hacerlo … pero sé que al final lo conseguirías. No me importa mi reputación. Me iré … cuenta la verdad, si lo deseas … vuelve a casarte, sé feliz … - Archie la interrumpió, soltando una ácida carcajada que resonó en las paredes.

- Oh, Dios mío, ¿te estás escuchando? ¿Quieres que me plante delante de todo el consejo Andrew y diga que mi adúltera esposa embarazada se marcha de Chicago para que yo pueda volver a casarme con mi amante y sea feliz por el resto de mis días? – La risa amarga del joven hizo daño a Annie en el corazón.

- ¿Y por qué no?

- Vaya, parece que va a ser cierto y eres tan estúpida e infantil como siempre hemos creído que eras … - Archie la miraba asqueado y Annie sintió el escozor de las lágrimas en la garganta.

- Si desaparezco, tu problema desaparece …

- ¿Cómo va a desaparecer? Además, ¿a dónde irías? No seas estúpida, joder … – Archie se incorporó bruscamente, mirándola con fijeza. – En breve, todo Chicago se enterará de tu estado … y por supuesto, todo el mundo creerá que es mío … ¿no me has avergonzado ya bastante? Dices que no te importa tu reputación … ¿y qué me dices de la mía? Sabes que formo parte de una de las familias más importantes del estado … la cual, de hecho, en este momento, estoy prácticamente dirigiendo …

- Pero … - Annie se secó las húmedas mejillas, nerviosa. - ¿Y tu … tu amiga?

- Te agradecería que no volvieras a nombrarla. Eso es algo que no te concierne … - la joven apretó los labios.

- Me concierne tanto como a ti lo mío … - Archie abrió los ojos sorprendido, y enseguida volvió a mirarla con furia.

- ¿Quién comenzó deshonrando a quién? Te importaba una mierda mi reputación cuando follabas con ese tío una y otra vez …

- ¡Tú también has follado con otra! – Le gritó Annie a la cara, sollozando. Él se levantó, apretando los puños, el rostro arrebolado de rabia contenida.

- ¡Yo te respeté hasta que te vi con él!

- ¿Qué?

- Aquella tarde, saliendo del hotel … - Dios mío, Dios mío … nos vio … ¿cómo …? – Sí, querida, así es … te vi salir con él de aquel hotel, poco antes de la fiesta …

Annie bajó la cabeza, respirando profundamente. No solucionaban nada reprochándose el uno al otro todo lo que habían hecho. Debía calmarse, centrarse.

- Archie, acepto mi culpa, acepto todo lo que me digas … lo merezco, pero …

- ¿Lo amabas? – Su marido estaba de pie ante la chimenea, dándole la espalda.

- ¿Qué?

- La pregunta es simple, Annie: ¿lo amabas? – La joven tragó saliva.

- Sí … lo amaba.

Su marido terminó de un trago lo que quedaba de la copa y se dirigió a prepararse otra.

- Nada es tan sencillo como piensas, Annie … ahora estoy verdaderamente agotado. Necesito recapacitar y pensar detenidamente en todo esto … - hizo un gesto hacia la puerta sin apenas mirarla – ahora, si me disculpas …

La joven suspiró profundamente y se puso en pie, tragándose las lágrimas y saliendo por la puerta sin mirar atrás.