Llega el invierno: el frío, la lluvia, el cielo gris y plomizo que se te mete en el corazón y te llena de melancolía … nunca había sido así para el joven rubio que ahora mira por la ventana el paisaje del verde jardín. El invierno, al igual que el resto de estaciones, era una época agradable. Le gusta el frío … esa sensación maravillosa de apretarte en tu abrigo, las mejillas sonrosadas, y cabalgar por el bosque en un día soleado … hasta ahora. Ahora comprende lo que llaman melancolía, tristeza … porque es así como se siente todo el tiempo.
Gira un poco la cabeza para observar a la joven que yace dormida en la cama, ligeramente recostada de lado, en la mejor postura que puede ofrecerle su abultado abdomen. Incluso desde allí puede apreciar las marcadas ojeras en su rostro cansado … y eso carcome su corazón.
No hay solución. Siente cómo sus ojos se llenan de lágrimas al recordar cada detalle de la reunión con el equipo médico. No hay salida … su familia va a morir.
-escena retrospectiva-
Al entrar a la habitación de su esposa, acompañado del doctor Shepherd, intentó buscar sus ojos esmeralda con desesperación. Pero Patricia parecía serena, el rostro ligeramente nublado aunque tranquilo, recostada en el lecho.
- Hola, Patricia, ¿todo bien?
- Sí, sin novedad. – Asintió ella, mirando al doctor. – Lucy me ha dicho que hoy tendremos una pequeña reunión, imagino que para tomar decisiones. – Miró fugazmente a William por el rabillo del ojo, pero enseguida volvió a centrar su atención en el médico.
- Así es, ahora que William está aquí, creemos que sería conveniente dicha reunión para poner sobre la mesa todas las posibles opciones. – La joven asintió y giró la cabeza hacia el ventanal. El médico miró a William un momento. – Os dejaré solos unos minutos, ¿de acuerdo?
En cuanto el doctor se hubo marchado, un pesado silencio oprimió las paredes de la estancia. Patty continuaba mirando por la ventana, y William tuvo que hacer grandes esfuerzos por calmar su estado de ánimo, cuadrar los hombros y suspirando, acercarse al lecho.
- Patty … - ella giró la cabeza. Sus hermosos ojos despedían flamas verdes.
- Dime.
- Escucha … - él intentó cogerle la mano, pero ella la apartó. – Está bien. – William apretó los labios y se pasó una mano por el cabello. – Está bien … lo siento … no quiero que estemos así, no quiero que esto nos separe … debemos estar unidos, debemos …
- ¿Unidos? Creo que has dejado muy clara tu postura …
- No es cierto, Patty. – William la miraba airado, intentando calmarse. – Te he mostrado mis sentimientos, he intentado llegar a un entendimiento, he barajado las opciones …
- Y has decidido por mí.
- No, eso tampoco es cierto. – Ambos se miraban ahora, cada uno en su sitio, airados. – Sabes que jamás tomaría una decisión unilateral … por Dios, ¿es que no me conoces? – Ella parpadeó, y sus ojos brillaron de lágrimas no derramadas.
- No quiero … no quiero perderlos … - su voz, apenas un susurro, llegó a oídos de William y sus defensas cayeron. En un segundo estaba a su lado, abrazándola estrechamente.
- Oh, mi amor … - susurraba contra su pelo – yo tampoco lo deseo, pero …
- William, - ella alzó la cabeza para encontrarse con sus ojos; él suspiro, cogiendo su rostro entre las manos y secando sus mejillas con los dedos – aún no es tarde. Todavía hay alguna posibilidad …
- Está bien … - juntó su frente con la de ella – está bien, amor … oiremos lo que tienen que decir, ¿de acuerdo?
-fin de escena retrospectiva-
Y así los encontraron los doctores, abrazados entre lágrimas. Recuerda vívidamente cada palabra que se dijo, cada detalle … Patty se está muriendo, poco a poco, lentamente … no hay certeza de que llegué a finales de mes …
Han comenzado inmediatamente con las trasfusiones de sangre. No saben si serán suficientes. Parece que su estado mejora mucho con ellas. William es capaz de desangrarse con tal de ayudar a su familia, pero los médicos le han pedido que sea razonable. Debe reponerse entre periodo y periodo para poder continuar con las donaciones. De nada serviría que cayera enfermo.
Los gemelos necesitarían al menos cuatro semanas más de gestación, y aún entonces, los médicos no pueden asegurar su supervivencia. Y Patty … Patty dudan de que pueda sobrevivir en el estado en que se encuentra.
- William … - se seca rápidamente los ojos y se da la vuelta sonriendo y acercándose a la cama.
- Te habías quedado dormida … - coge su mano, mientras ella le observa con infinita dulzura.
- Lo siento …
- ¿Qué sientes?
- Todo esto … - hace un gesto hacia su cuerpo – ni siquiera en esto puedo ….
- Sssshhh, ni se te ocurra, mi amor, nada de culpabilidades. – Le pone un dedo en los labios e intenta sonreír, pero tiene el corazón destrozado.
- Lo mismo le digo, señor Andrew. – él baja la cabeza, pero ella le alza el mentón, obligándole a mirarla de nuevo. – No es culpa tuya, William …
- Debí tener más cuidado … - ella niega con la cabeza.
- Tarde o temprano hubiera sucedido … me refiero a que hubiera quedado embarazada, William. – Le acaricia el rostro. – Porque nada deseo más que formar una familia contigo. – El rubio menea la cabeza y las lágrimas caen por su rostro. – Eh, mi amor … - Ella lo atrae hacia sí y lo besa en los labios.
- Patty, por favor, no me dejes … - susurra él con voz ronca.
- Cariño, no puedo hacerlo … - se miran a los ojos, ambos suplicantes. – Si lo hiciera, si decidiera terminarlo … Dios, William, no podría vivir con ello …
- Pero morirás …
- No hay que perder la esperanza …
- Ya has oído a los médicos, Patty, morirás.
- Hay una pequeña posibilidad …
La puerta de la habitación al abrirse los interrumpió y se separaron rápidamente, ambos recomponiendo sus rostros e intentando recobrarse. William se sorprendió al encontrarse cara a cara con su tío Robert.
- Buenos días, siento la interrupción. – Se acercó al lecho, serio el semblante, besando a Patty en la mejilla. - ¿Cómo estás, querida? – Se volvió hacia William, estrechando su mano. – William.
- Tío Robert.
- Lamento no haber venido antes, acabo de llegar de un pequeño viaje de negocios a Nueva York. – Ambos hombres se miraron a los ojos y William frunció el ceño.
- ¿Qué ha pasado?
- ¿Tienes unos minutos?
- ¿Nos disculpas, querida? – Pero la joven se aferra a la mano de su esposo, preocupada.
- ¿Qué ha pasado? Por favor … ¿es alguien de la familia?
Ambos observan cómo Robert suspira y aprieta los puños.
- Está bien … hay noticias de Chicago.
La pequeña terraza cubierta que daba a los jardines era uno de los mejores lugares de todo el hospital. Y en aquellos instantes, bañada por la claridad que se vislumbraba entre las oscuras nubes, incluso parecía un lugar alegre, aderezado por las flores de colores que se habían dispuesto entre las mesas y sillones de mimbre. Terry se sentía bien allí. Nadie le molestaba, nadie se fijaba en él. Era su momento. No había visitas, no había miradas inquisitivas …
Caía la tarde y se encontraba solo. Sabía que en unos días debería dejar aquellas seguras paredes, y aunque deseaba ver el mundo exterior, un pánico sobrecogedor lo invadía. Y no podía hablar de aquello con nadie … ni con Candy, ni con Eleanor … con nadie. ¿Cómo explicarles lo solo que se sentía? ¿Cómo explicarles el miedo al fracaso, a la decepción de la gente que apenas conocía, a las expectativas? No deseaba hacerles daño …
¿Quién era? Sí, se lo habían contado … pero aquel ya no era él. ¿Podrían comprenderlo? Se había esforzado durante miles de horas en intentar recordar cualquier cosa, olor, lugar … nada, no había absolutamente nada. ¿Un actor? Quiso reírse de sí mismo. Sí, desde luego cuadraba bastante con su situación actual. Necesitaba interpretar una vida …
Sus ojos azules como un cielo invernal otearon el amplio jardín sin apenas ver. Caía la tarde y la gente apuraba las visitas a sus familiares. Un par de niños corrían entre la gente. Qué fácil hubiera sido ser un inocente niño … cuando aún tienes tiempo de llenar tu mente de recuerdos …
Corre, corre … sus pequeños pies golpeaban el suelo de mármol con fuerza …
- ¡Terrence! ¡Terrence! ¿Dónde estás? – Corre, corre más … te encontrará … - ¡Tu padre te llama!
Pasillos largos, muebles elegantes … piedra, madera … ¿a dónde voy? ¡Un espejo! Un niño me mira … la respiración agitada … esos ojos azules … ¿soy yo?
- ¡Terrence!
Una voz de mujer … me encontrará. Echo a correr. ¡Corre! ¿Dónde estás? ¡La ventana! Un bosque enorme … no veo el final. Me subo al alfeizar del gran ventanal. Piedra gris … es enorme, ¿un castillo?
- ¡Terrence! ¡Terrence!
- ¡Terrence! - El joven parpadeó confuso. - ¡Terrence! – Un rostro conocido. Mandy. Lo estaba zarandeando.
- ¿Qué ha pasado? – Tenía la parte delantera del batín cubierta de sangre. La enfermera intentaba pararle la hemorragia de la nariz.
- Tranquilo … tranquilo, Terrence …
La cabeza le iba a estallar. Inconscientemente, se llevó las manos a las sienes. Era insoportable.
- Me duele …
- Lo sé … - Mandy intentaba sujetarle la cabeza, mientras pedía ayuda por encima del hombro. - ¡Avisen al doctor! ¡Rápido! ¡Necesito una camilla! – Le alzó la cabeza mientras sujetaba unas gasas taponando su nariz. – Estoy aquí, tranquilo, todo irá bien …
El coche Andrew enfilaba la entrada a la mansión cuando Eleanor Baker se volvió a la hermosa joven sentada a su lado y le apretó la mano.
- ¿Cómo estaba mi hijo hoy? – La joven rubia intentó sonreír, aunque su rostro estaba apagado.
- Bien, ha estado haciendo un poco de ejercicio. Lo cierto es que casi controla todos los movimientos. Luego hemos dado un paseo hasta la terraza cubierta. – Candy se encogió de hombros. – No estaba muy comunicativo hoy … - giró la cabeza hacia la ventana – bien, el tiempo no acompaña … creo que le he aburrido un poco con mi incansable charla. – Rió, y Eleanor le acarició la mejilla con ternura.
- Lo dudo mucho, querida. – La joven suspiró y se retorció las manos, frunciendo el ceño.
- Sé que está asustado … ¿cómo no estarlo? Ojalá … ojalá supiera cuanto lo amo … - la voz se le quebró y meneó la cabeza – ojalá pudiera llegar hasta él … no sé cómo ayudarlo … - Eleanor la miraba con dulzura, los ojos llenos de lágrimas.
- Lo sé … yo también me siento así. Pero creo que lo estamos haciendo bien, - la joven la miró mientras la otra asentía – estar a su lado, apoyarle …
- Creí … creí que sería como cuando … cuando Albert perdió la memoria fue diferente. Fue duro, no voy a negarlo, pero al final … conseguimos llegar el uno al otro, fue tan … - se secó las lágrimas, furiosa consigo misma – pero con Terry … - se sonrojó involuntariamente – me siento … no sé cómo expresarlo …
- Porque él es tu esposo, querida, el hombre que comparte tu cama, tu vida … - la joven se puso roja como las brasas y Eleanor le apretó la mano de nuevo – vuestro vínculo no solo es afectivo, sino que es físico, carnal, poderoso … todo ello lo hace más complicado todavía … - la joven giró la cabeza hacia la ventana - ¿Qué te atormenta?
- Nada … soy una tonta … - Eleanor la obligó a mirarla.
- Candy …
- ¿Y si …? ¿Y si ya no me ama? – Sollozó y la actriz suspiró con tristeza antes de contestar con firmeza.
- Entonces deberás hacer que vuelva a enamorarse de ti. Volver a empezar, mi niña …
- ¿Qué? – Eleanor se echó a reír.
- Oh, vaya, pero ¿no te has dado cuenta de cómo te mira? – La mujer se mordió el labio para no volver a reír ante la cara de estupefacción de la joven. – No, ya veo que no … - Giró la cabeza hacia la ventana. – Vaya, ya hemos llegado. – Le puso un rizo rubio tras la oreja con ternura. – Después hablaremos, ¿de acuerdo? Ahora sécate el rostro, querida, no permitamos que esa vieja bruja disfrute con nuestro sufrimiento.
Las mujeres se bajaron del auto y subieron las escaleras de piedra hasta la entrada a la imponente mansión, donde Watters las saludó con afecto.
- Buenas tardes, señoras.
- Hola, Watters. – Le apretó Candy el hombro. - ¿Cómo estás? ¿Qué tal ese reuma? ¿Mejor? ¿Has hecho lo que te aconsejé?
- Desde luego, señora. – Sonrió el hombre. – Y ha sido mano de santo.
- Me alegro.
- Watters, - interrumpió Eleanor – hoy ha sido un día largo. ¿Sería posible que nos subieran una bandeja a Candy y a mi a mi dormitorio? Algo ligero …
- Lo lamento, señorita Baker, pero la señora Elroy me ha ordenado que les diga que esta noche han de cenar con ella y la señorita Eliza en el comedor. Es la última noche de la señorita Eliza en la mansión.
Las mujeres rubias se miraron entre sí sonriendo.
- Bueno, - Candy se encogió de hombros – al menos una buena noticia.
La veo bailar con aquel chico … le está pisando deliberadamente, su peluca negra que termina en una larga trenza … Julieta, la bella Julieta bailando … su pecosa naricilla resalta en ese rostro que, aunque enmascarado, no deja de ser hermoso … pero … ella … la conozco, ¿quién es? La deseo … se me ha metido muy dentro …
Miro ligeramente alrededor. ¿Es una fiesta? ¿Una fiesta de disfraces? Me miro las manos … me siento tan joven, tan … mi corazón palpita fuerte … y es por esa chica. Observo la escena divertido. Lo está vapuleando, y el infeliz ni se entera.
- Ha, ha, qué mala Julieta … - ¿Es esa mi voz? ¿Le he hablado? – Baila más cuidadosamente conmigo.
Veo su rostro lleno de sorpresa y turbación. Vaya, es preciosa … y me es tan familiar … se acerca a mí y la rodeo con mis brazos, comenzando a girar por la pista. Miles de sentimientos me nublan la razón, y es por ella …
- ¡Ah! – De pronto un dolor ensordecedor.
- Discúlpame …
Pero el dolor es insoportable … es mi pie …
¡No! ¡Es mi cabeza! Intentó abrir los ojos, aunque el dolor es espantoso. Alzo las manos buscando el timbre. Siento el líquido pegajoso de mi sangre en la boca y en el cuello. Dios mío …
- ¡Terrence! - Ya vienen, gracias al cielo … no puedo soportar el dolor. - Tranquilo, chico …
Me incorporan. Hay varias personas. Cierro los ojos con fuerza.
- Terrence, mírame … - Es Sam. No puedo. - ¡Terrence!
No puedo más. Me duele muchísimo …
Candy bajaba lentamente los peldaños de la escalera principal hacia el comedor, cuando vio a George cruzar a grandes zancadas la rotonda inferior hacia las dependencias de la servidumbre, y echó a correr tras él.
- ¡George! – El hombre se giró sorprendido y enseguida sonrió al reconocer a la joven.
- Señora Candy.
- Hola, George. – La joven se paró frente a él, sonriendo, la respiración agitada. - ¿Cómo estás? Hacía tiempo que deseaba hablar contigo …
- Lo lamento, he estado muy ocupado en la ciudad …
- Oh, lo sé, lo sé, no tienes que disculparte …
- ¿Cómo está su esposo?
- Mejor … - Enseguida cambió de tema. - ¿Has tenido noticias de Albert y Patty? ¿Cómo está?
- La señora Patricia se encuentra estable, sin cambios. – Candy escudriñó el pétreo rostro del hombre, sin resultado. Así era George. Había sido una ilusa al pensar que podía sacarle alguna información. – Tal y como le dijo el señor William, cualquier cosa que necesite no dude en pedírmela, señorita Candy, sabe que haré todo lo posible … - la joven asintió, suspirando.
- Sí, lo sé, George …
- No quiero parecer descortés, señora, pero …
- Tienes que irte. – Sonrió Candy. – Claro, George, no te preocupes …
El hombre se despidió con una inclinación de cabeza y la dejó sola en la rotonda. La joven rubia se encogió de hombros y se dirigió al comedor. Esperaba que Eleanor ya se encontrara allí.
- Vaya, vaya … la pequeña huérfana esta triste … - La venenosa voz la hizo detenerse un segundo, mientras se le erizaba la piel del cuello. La localizó en una de las esquinas, acechando entre sombras, como siempre.
Eliza se acercó unos pasos y Candy pudo observar mejor su rostro. Rezumaba odio. Pero, ¿por qué la odiaba tanto? ¿Qué le había hecho ella realmente para que aún en la actualidad Eliza siguiera deseando que cayera muerta ante ella? Era una joven de buena familia, que estaba a punto de casarse … Candy no podía hacer nada para hacerle daño … ni tampoco deseaba hacerlo. Lamentaba de veras la desdichada muerte de su hermano … a pesar de todo.
- Eliza, no te había visto …
- Claro, tú nunca ves nada …
La pelirroja ya estaba muy cerca de ella, taladrándola con sus negros ojos. Estaba muy atractiva esa noche, a su maligna y desdeñosa manera, con un ceñido vestido negro que se ajustaba perfectamente a sus curvas. Candy suspiró e hizo verdaderos esfuerzos por mostrarse amable.
- Me han dicho que esta es tu última noche en la mansión. ¿Va a venir tu prometido a cenar con nosotras? – Eliza la estudió fijamente durante unos eternos segundos, hasta que Candy comenzó a ponerse nerviosa.
- No. – Fue su escueta respuesta. La tensión entre las jóvenes era palpable.
- ¿Vamos al comedor? – Invitó Candy comenzando a moverse, pero Eliza la cogió bruscamente del brazo.
- ¿Cómo está tu querido maridito? ¿Cómo una planta? ¿Intentando recordar a la pobrecita Candy? – La rubia se zafó con brusquedad.
- ¿Por qué no te metes en tus asuntos?
- ¿Cómo tú? ¿Qué siempre te metes en tus asuntos?
- ¿A qué te refieres?
- ¿No vas siquiera a darme el pésame por mi hermano? – Candy se ruborizó.
- Oh, por supuesto, es que no quería …
- ¿Ya puedes dormir por las noches?
- ¿Por qué dices eso?
- ¡Neil está muerto! – Había acercado su rostro a pocos centímetros del de Candy.
- Lo sé, yo …
- Vas a pagar muy caro huérfana …
- ¡Eliza! - Las jóvenes se dieron la vuelta para ver a Elroy a pocos pasos de ellas, mirándolas fijamente, grave el rostro. – Vamos al comedor. Os estamos esperando.
Las jóvenes se separaron rápidamente la una de la otra y se dirigieron al comedor, pasando por delante de Elroy.
La cena transcurrió sin mayores contratiempos, cargada de pesados silencios, apenas rotos por la conversación que principalmente mantenían Eleanor y Elroy en relación a Terry y otras cuestiones.
- Así que van a dar de alta a tu esposo en unos días …
- Así es, tía.
- ¿Y qué habéis decidido? ¿Seguiréis adelante con los planes de marchar a Londres? – Candy negó con la cabeza.
- Terry necesita atención especializada. Los médicos nos han recomendado una clínica en Nueva York.
- ¿Nueva York?
- La clínica Berenson. – Informó Eleanor.
- Oh, sí … creo haber oído algo sobre ella …
- Es muy reputada. Creo que pueden ayudarle mucho.
- ¿Os trasladaréis allí?
- Por un tiempo …
- Imagino que habrás puesto al corriente a William de tus planes …
- Por supuesto, tía.
La anciana apretó los labios y nada más dijo en unos minutos, mientras los comensales degustaban la comida.
- Así que la boda es la semana que viene … - se dirigió a su sobrina - ¿no es un poco precipitado, querida?
- Stuart debe marcharse a Europa. No hay elección. – Eliza habló sin emoción alguna y sin levantar la cabeza.
- Debes estar muy emocionada por la boda … - acertó Eleanor a balbucear.
- Sí, señora.
Y la cena continuó por la misma tesitura. Al finalizar, se despidieron educadamente de Eliza para retirarse a sus habitaciones, alegando que había sido un día muy largo en el hospital y que estaban agotadas.
Al acercarse a Eliza para besar su mejilla, esta apretó el brazo de Candy con fuerza y le susurró al oído.
- Esto no termina aquí. – La soltó rápidamente y se volvió hacia las otras dos mujeres con la mejor de las sonrisas. – Me encantaría que acudiera a mi boda, señorita Baker, si aún está en Chicago para entonces …
- Bueno, yo …
- No aceptaré una negativa. – Tomó del brazo a su tía. – Querida tía, ¿qué me dices de un té en la glorieta antes de retirarnos a descansar?
- Terry … que haces aquí …
De pronto siento sus labios en mi cuello … pero no, es un sueño, no es posible, está en el hospital … pero es tan real, tan real … lo echo tanto de menos … es como si sintiera sus manos en mis brazos, el peso de su cuerpo encima del mío … entreabro los ojos y sé que estoy sola, pero cuando los cierro él vuelve a mí … me siento diferente, no sé que pasa … pero no quiero despertar … su lengua en mi boca, sus dedos en mis pechos …
- Sí, hazlo … - susurro a la oscuridad – quiero …
Quiero sentirlo, sentirlo dentro, dentro de mí … mi cuerpo arde en llamas … alzo las manos buscándole … pero no hay nada …
- Ven … - oigo su voz – ven a mí …
- Oh, Terry …
Hago un gran esfuerzo por abrir los ojos y me incorporo con lentitud. Mi cuerpo está bañado en sudor, pero no logro despejar la mente. Es como si estuviera mareada … ¿qué me pasa? Intento levantarme del lecho, pero mi cuerpo no responde como debería.
Maldita sea, ¿es que voy a ponerme enferma? No, por favor, no es el momento … observo la estancia a oscuras. Lo que daría por ver su amado rostro ante mí … conmigo. Será el cansancio … ¿qué me pasa?
Unos toques en la puerta. ¿De veras? ¿Están llamando a la puerta? Mis movimientos son lentos, lánguidos … me cuesta levantarme. He de apoyarme en la pared un par de veces antes de llegar a la puerta de la habitación y conseguir abrirla. Pero no hay nadie, solo oscuridad. Frunzo el ceño y vuelvo a cerrar la puerta. ¿Qué me sucede esta noche?
Parpadeó confusa. Tal vez si me mojo el rostro un poco … entonces mi pie desnudo roza algo en el suelo y miro hacia abajo intentando localizar el objeto. Algo blanco en el suelo. Intento agacharme, pero hasta eso conlleva un gran esfuerzo. ¿Qué me sucede? No me encuentro bien …
Se trata de una hoja de papel. He de concentrarme para lograr leer lo que pone.
Tengo que verte.
Me he escapado del hospital.
He recordado algo importante.
Te espero en la parte trasera, junto a las escaleras que bajan hacia el bosque.
Terry.
¿Qué? No, no es posible … ¿qué ha hecho? Vuelvo a leer despacio la nota … Oh, Terry …
Ni siquiera me paro a pensar en nada más. He de ir a buscarle, he de hacerle entrar en razón. Pero he de detenerme, no me encuentro bien … se me nubla la vista … maldita sea. Mis pasos me llevan entre pasillos y corredores sumidos en la oscuridad. Me detengo un instante para tomar aliento. No veo bien en la oscuridad, tengo el cerebro embotado, no puedo pensar con claridad …
Por fin llego a destino, la pequeña terraza de esta ala … extraño lugar para una cita … con esas largas escaleras …
Salgo al exterior, hace frío. Ni siquiera me he puesto la bata ni las zapatillas. Aspiro el fresco aire, intentando despejar la mente, pero de pronto, una fuerte mano aprieta mi cuello y me lanza contra la pared.
La localizó, escondida entre las sombras, esperando agazapada tras la alta columna. Esperaba que estuviera lo suficientemente aturdida como para que no se resistiera demasiado. No había sido difícil echarle la pequeña dosis de droga en la bebida, aprovechando que se había acercado hacia el bufet a observar lo que había y había llenado dos copas de agua, llevando una a Candy, que había aceptado sin dudar. ¿Y por qué no iba a hacerlo? La provinciana tonta …
Y ahora allí estaba, en camisón … aún mejor, incluso podrían pensar que era sonámbula … y que por ello se había caído por las escaleras. Debía calcular el empujón al milímetro … tal vez si le golpeaba antes la cabeza …
Eliza suspiró profundamente para calmarse. Su cuerpo, tenso como un alambre, ni siquiera sentía el frío reinante. Era el momento. Ahora o nunca.
Por ti, hermano … pronto se reunirá contigo … y entonces podrás hacer con ella lo que te plazca.
Los pensamientos sobre su querido hermano la hicieron sonreír ligeramente y recobrar las fuerzas para continuar con su plan. Oyó la débil voz de Candy susurrar el nombre de su estúpido marido a la oscuridad. Pero, ¿cómo había podido creerse aquello la muy estúpida? La droga había ayudado bastante, seguro …
Vamos, Eliza, es la hora.
En un impulso, agarró a la rubia por el cuello y la empotró contra la pared. Allí no la escucharía nadie, aunque gritara.
- Socorr …
- No van a oírte, maldita …
- ¿Eliza …? – la joven intentó zafarse de ella, pero estaba débil, sin fuerzas, y Eliza la tenía sujeta con fuerza. La mente de Candy comenzaba a despejarse. - ¿Qué has hecho? Has sido …
- Pues claro que sí, boba. – La pelirroja río con malicia contra su rostro. – Todo lo he hecho yo, Candy, todo …
- ¿Qué … dices …? – Le costaba respirar. Dios, Eliza quería matarla … ¿era posible? Intentó revolverse … no podía … ¿qué le había hecho?
- No puedes moverte, estúpida, porque te he drogado. – Se echó a reír. – Qué fácil ha sido, qué tonta y previsible eres …
- Por favor … - a Candy le faltaba el aire.
- ¿Por favor? ¿Ahora suplicas? Ya es tarde, Candy, muy tarde …
- No … - intentaba mover la cabeza - … por qué …
- Desde que apareciste en mi vida has sido una maldita lacra, un virus … por tu culpa, perdí a Anthony. – Las fuertes manos de Eliza apretaron más su cuello y Candy intentó buscar aire sin lograrlo. – Y después en el internado … y engatusaste a mi hermano, mi querido hermano … - la voz de Eliza se quebró un instante, pero no aflojó la presión – sólo debían deshacerse de ti, hacerte desaparecer … pero como siempre por tu culpa, mataron a mi hermano …
Candy abrió los ojos como platos cuando su embotada mente comprendió lo que Eliza estaba diciendo. ¿Había sido ella? ¿Ella había organizado todo aquello? ¿Por su culpa había sucedido todo aquello?
Súbitamente un relámpago rasgo el cielo iluminando sus rostros y Eliza pegó un respingo, a lo que Candy aprovechó para sacar fuerzas y empujarla hacia atrás. La pelirroja, desprevenida, trastabilló cayendo al suelo y Candy echó a correr torpemente hacia delante.
La lluvia comenzó con fuerza. Grandes copos de granizo azotaron su cuerpo y apenas veía por donde iba, los brazos hacia delante, dando traspiés. Dios mío, ayúdame, ha perdido la cabeza …
- ¿A dónde crees que vas? – Eliza había llegado hasta ella, cogiéndola con fuerza por el cabello y echándola hacia atrás.
- ¡Suéltame! – Candy le pegó un manotazo y la pelirroja cayó sobre ella, ambas rodando por el suelo de piedra.
Lucharon unos momentos, pero Candy se hallaba mareada, drogada, incapaz de defenderse de los ataques de Eliza, que la golpeaba con fuerza. Acabó con la espalda pegada al suelo, con las manos de Eliza aferradas a su garganta, cortándole la respiración, mientras la implacable lluvia azotaba sus cuerpos.
Eliza reía, enloquecida, mientras Candy intentaba apartar sus manos de su garganta.
- Eliza … por … favor …
- ¡Te odio! ¡Asquerosa huérfana, te odio! ¡Te mereces esto! – Gritaba.
Iba a matarla, por Dios, iba a matarla … y ni siquiera podía gritar … iba a morir allí, nadie podría ayudarla …
- Eli .. za …
Intentaba girar la cabeza, sus manos golpeando el suelo de piedra … no le hacía daño, golpeaba sus brazos, pero no le hacía daño … no tenía fuerzas … de pronto, una de sus manos tocó un guijarro, y lo cogió, haciendo un gran esfuerzo y golpeando a Eliza en la cabeza. No era un golpe muy fuerte, pero consiguió que la pelirroja soltara su cuello, y así, tosiendo, pudo arrastrarse un poco alejándose de ella. Pero fue momentáneo, ya que, apenas se había puesto en pie, Eliza ya volvía a estar sobre ella.
- ¡Esta vez no escaparás, Candy!
Sin saber cómo, se volvió hacia la izquierda al tiempo que Eliza se abalanzaba sobre ella, con lo que la pelirroja se lanzó casi de cabeza por las empinadas escaleras de piedra, pero en su camino, agarró a Candy de la tela del camisón, y aunque se desgarró, tuvo la fuerza suficiente como para arrastrar a ambas escaleras abajo.
Candy cerró los ojos, notando los golpes en innumerables partes de su cuerpo, mientras rodaba por las escaleras, oyendo los gritos de Eliza a su lado. Y tras unos segundos que parecieron horas, cayó con un sonido hueco en el piso.
Ya no oía gritos, solo el fuerte ruido de la lluvia. Gimió, sin apenas poder moverse, y abrió los ojos, conteniendo el aliento al descubrir el cuerpo de Eliza a pocos centímetros del suyo … sus negros ojos la miraban, fijos en su rostro cubierto de sangre.
- E … liza … - susurró.
Pero la joven no se movía, sus ojos negros fijos en el rostro de Candy. ¡Está muerta! Dios mío, está muerta.
Candy intentó moverse, pero gritó de dolor. No podía, no podía dar un paso. Se quedó allí tumbada en el suelo, junto al cuerpo sin vida de Eliza, mientras la fuerte lluvia caía sobre ella, durante mucho tiempo … tanto que comenzó a adormecerse, tanto que la dulce oscuridad vino a por ella, dándole un respiro …
