Pronto llegaría diciembre y traería el frío a Chicago, comenzando a teñirlo de blanco. Los finos copos de nieve llenarían el aire, cubriendo la ciudad de un manto de silencio, y los cantos navideños alegrarían el ambiente mientras la ciudad se engalanaba con luces y guirnaldas de colores.
Candy siempre había adorado aquella época del año, pero ciertamente, ese año estaba siendo tan gris y oscuro que le costaba sobremanera sonreír. Desde su habitación en el hospital, observaba el paisaje exterior con una mezcla de añoranza y pesadumbre. ¿Qué esperar? ¿Qué iba a suceder? Habían pasado diez días desde su accidente y ya se encontraba bastante mejor, aunque los médicos le habían advertido que aún debería estar en el hospital al menos otros diez días más. Sus pulmones comenzaban a sanar y el brazo y los golpes del cuerpo ya no le dolían tanto, pero aún le quedaba tiempo para estar curada del todo. Y el tiempo se le echaba encima …
Suspiró y se estremeció ligeramente en su bata. Con la mano sana apartó la larga cabellera rubia del hombro lesionado y el cabello cayó en cascada por el otro lado. Terry estaba a punto de salir del hospital. Parecía increíble, pero tras casi tres meses, por fin parecía que oficialmente su esposo estaba en vías de recuperación. ¿Ciertamente? Aún quedaba mucho camino por delante …
La tía Elroy había sido trasladada a la mansión Andrew, donde un plantel de médicos y enfermeras se hacían cargo de su precaria salud. El ataque al corazón le había pasado factura, y ya jamás volvería a ser la misma. Candy, en otras circunstancias, hubiera deseado poder ayudarla, pero realmente, se encontraba limitada.
La noticia de la muerte de Eliza Legan había corrido como la pólvora por todo Chicago. La investigación policial había sido escueta y clara, y todo quedó cerrado en un hermético silencio. Ya tenían a la culpable … y estaba muerta. ¿Qué más cabía esperar, de todas formas? El prometido de la joven se había marchado a Europa nada más terminar el oficio funerario, y Candy no lo culpaba. Tampoco había vuelto a ver a los Legan.
Las noticias desde Washington eran desmoralizadoras. Patty cada día estaba más débil, a pesar de que todos hacían lo que podían por ella y los gemelos. Candy creía que Albert sería capaz de desangrarse por su familia … pero gracias a Dios que estaban los médicos para frenarle. Candy estaba deseando poder darle un gran abrazo.
Se giró lentamente hacia la habitación al tiempo que la puerta se abría, dando paso a Eleanor y el duque de Grandchester. Candy no puedo evitar su sorpresa y turbación por ver allí al sobrio duque.
- Candy, querida. – Eleanor sonrió dulcemente, corriendo a abrazarla con delicadeza. - ¿Cómo estás?
- Mejor … - la joven correspondió al abrazo, observando subrepticiamente al aristócrata por encima del hombro de la actriz.
Este le hizo un pequeño gesto con la cabeza.
- Candy.
- Señor.
- Disculpadme, pero creo que necesito sentarme un momento. – Mientras hablaba, la joven pudo apreciar cómo el hombre llevaba un elegante bastón para ayudarlo a caminar y que sus pasos eran lentos y cuidadosos. A pesar de todo, no puedo evitar que su generoso corazón se compadeciera de él. Eleanor se acercó al duque, solícita, e intentó ayudarlo. – Estoy bien, Eleanor, no te preocupes. - Vieron cómo se sentaba lentamente en una de las butacas, haciendo un imperceptible gesto de dolor, y se acomodaba con elegancia. Las mujeres lo imitaron, sentándose a su alrededor. - He pedido a mi asistente que nos traiga el té. – Candy quiso echarse a reír, pero hubo de contenerse. ¿El té? Aquello era surrealista. Ella, amoratada y en bata, tomando el té con un duque y una famosa actriz en una habitación de hospital. Uf.
- ¿Dónde está Terry?
- Tenían que hacerle un último chequeo, - explicó Eleanor – antes de … bueno, antes de marcharse de aquí … - suspiró y sonrió – Dios mío, aún no puedo creerlo …
- Aún queda mucho por hacer, Eleanor.
- Lo sé, lo sé, pero al menos podemos sacarlo de aquí …
- Bien. – Los grises ojos del duque se fijaron en la jovencita rubia. – Espero que estés bien atendida, si no, me encargaré personalmente de …
- Por supuesto, estoy perfectamente. – Lo atajó Candy.
- Me alegro. – El duque la observaba fijamente. – Bien, Candy, creo que eres una joven sincera y directa, al igual que yo, así que no me andaré con rodeos. Hemos venido a hablar sobre el inminente futuro de Terrence … - la joven frunció el ceño.
- ¿Qué? No comprendo … - Eleanor le cogió la mano, mirándola ligeramente turbada.
- A Terrence le dan el alta mañana en el hospital. Hemos hablado con Sam y … bueno, nos ha dicho que aún deberás quedarte aquí al menos dos semanas más. Y después, deberás estar cuidándote mucho, y … - se oyó un resoplido de impaciencia por parte de Richard.
- Resumiendo, Candy. Los médicos de Terrence han aconsejado que no se demore más de lo necesario su terapia, ya que si no, podría retroceder en su recuperación. Aún no sabemos con certeza en qué estado se encuentra su cerebro y si la lesión es regresiva, por lo que debería comenzar cuanto antes el tratamiento en la clínica Berenson. – La joven tragó con fuerza para intentar mitigar el nudo que comenzaba a formársele en la garganta. Sabía lo que estaban a punto de decirle … - Hemos venido a dialogar contigo sobre cual es la mejor opción para Terrence en estos instantes.
- Quiere decir que Terry debería marcharse a Nueva York lo antes posible … - El duque asintió.
- Pero querida, - Eleanor le apretó la mano – por supuesto que respetaremos tu decisión y yo ya he dicho que al fin al cabo dos semanas …
- Eleanor, sé que Candy es una mujer inteligente y juiciosa, y que sabe perfectamente qué es lo que más conviene a su marido. – La actriz lo fulminó con la mirada.
- ¿Qué ha dicho Terry? – Susurró Candy.
- Aún no hemos hablado con él de nada de esto. – La actriz la miraba con ternura. – Querida, sé que Terry querrá esperar y que vayamos todos juntos …
- No, sabemos que esa no es la solución. – Bajó la cabeza unos instantes. – Ante todo, debe empezar el tratamiento … yo… yo iré en cuanto me encuentre mejor …
- ¿Estás segura?
¿Segura? No, no estaba segura de nada. Se retorció las manos y constató que temblaban. Bajó la cabeza, sintiendo los ojos grises y fríos del duque fijos en ella.
- Has de convencer a Terrence.
- ¿Qué? – Candy alzó la cabeza sorprendida.
- Has de convencer a mi hijo de que debe venir a Nueva York con nosotros. – Sus ojos se encontraron y de pronto, Candy sintió miedo … ¿miedo? Una sensación de alarma estaba invadiendo su cuerpo y su cerebro. Deseaba desecharla, pero cada vez le era más difícil.
- Bueno, creo que Terry sabe lo que …
- No, no lo sabe.
- Richard, por favor …
- Eleanor, te pido por favor que no vuelvas a interrumpirme. – La voz del aristócrata sonó afilada como un cuchillo y la actriz apretó los labios, pero nada más dijo. – Candy … - los fríos ojos grises volvieron a mirar fijamente a la joven – creo que no es un secreto lo vulnerable que está Terrence en estos instantes. Sé que está asustado, indeciso … no necesita decirlo, salta a la vista. – La joven frunció el ceño. – También es claro, y comprensible, que entre vosotros las cosas no son igual que antes, pero …
- Por favor, no siga por ahí, creo que se está metiendo en asuntos privados que no le conciernen …
- Por favor, niña, no me interesa para nada tu vida sexual …
- ¡Richard!
- A lo que me refiero es que, en un principio, Terry se negará a continuar mientras tú estés hospitalizada … por simple caballerosidad.
- ¿Qué intenta decirme? – la joven apenas podía escuchar nada que no fueran los latidos de su corazón atronando sus oídos.
- Candy, has de pensar en qué va a ser lo mejor para él, no en lo que tu desearías.
- Pero, ¿qué demonios está diciendo?
- Debes dejarle continuar … - Candy lo miraba estupefacta. Eleanor se había puesto en pie.
- Richard, ya es suficiente.
- Por supuesto que no es suficiente.
- Pero, ¿por qué siempre has de hacer lo mismo? – La actriz tenía lágrimas en los ojos.
- Porque tú no lo harás, nadie lo hará.
- Por favor, márchense. – Susurró Candy, las manos agarradas firmemente a los brazos del sillón, el rostro ceniciento.
- Candy, no deseo hacerte daño, de veras, creo sinceramente que eres una joven notable. Y antes, - hizo un gesto con la mano – antes de todo esto … perfecto, pero ahora … - sus ojos volvieron a encontrarse y Candy sintió un escalofrío recorrer toda su espina dorsal – tan solo estoy dándote una salida, un respiro, un tiempo para pensar … ambos lo necesitáis. Recupérate. Quédate un tiempo con tu familia. Terry también necesita espacio, tiempo … en la clínica le ayudarán, y tal vez … en unos meses …
- Ya comprendo. – La ronca voz de Candy inundó la estancia. – Quiere que me quite de en medio.
- ¡En absoluto! – Eleanor se puso entre ellos, fulminando al duque con la mirada. – Richard, te pido por favor que te marches ahora mismo de aquí, o te juro por Dios que yo misma te arrastraré hasta la salida. – Él sonrió sardónico, al tiempo que se levantaba lentamente del sillón haciéndole una pequeña reverencia y finalmente, abandonaba la estancia.
Un pesado silencio envolvió a las mujeres mientras Candy se levantaba dirigiéndose al ventanal, pugnando por controlar los sollozos que amenazaban con salir de su garganta.
- Candy, querida, escucha … - la joven negaba con la cabeza.
- No … estoy bien, es que … - se giró para poder ver a su suegra - ¿crees que es cierto?
- ¿Qué dices?
- Tal vez … tal vez sea cierto y tiempo es lo que Terry necesita …
- No, lo que Terry necesita es estar con la gente que le ama … estar contigo. – Eleanor la miró intrigada. – Porque … tú le amas … - la joven suspiró, tardando unos minutos en contestar.
- Amo … - las lágrimas rodaron por sus mejillas – amo lo que teníamos … sí, amo a Terry, pero … él me dijo algo … - se mordió el labio con fuerza, mientras gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas - ¿le amaría si no volviera a ser el de antes? Sí, me grito a mi misma continuamente … necesito … a mí … a mí no me bastaría el deseo físico que siento por él, yo … necesito conocerle, sentirle … - Eleanor se acercó a ella y le tomó la mano, mirándola con tristeza. – Me siento horrible, soy …
- No, no eres horrible … - la mujer le acarició un rizo rubio con los dedos – es comprensible que te sientas así, que os sintáis así … todo lo que ha sucedido … - suspiró – sí, supongo que lo del tiempo no es tan descabellado, ¿verdad?
- Pero … pero también necesitamos tiempo para conocernos, para estar juntos … - sollozó Candy en sus brazos, y la mujer la acunó como a una hija.
- Es cierto. – La besó en la cabeza y la apartó un poco para poder verle el rostro bañado en lágrimas. – Recupérate, querida. Cuida de ti misma, para variar. Yo me ocuparé de Terrence, lo sabes. Comenzará la terapia, y en cuanto estés lista, sabes que mi casa tiene las puertas abiertas de par en par para ti, siempre. Jamás se me ocurriría tomar ningún tipo de decisión sin tu aprobación. – La joven hizo amago de hablar. – No te preocupes por Richard, no le permitiré hacer nada. Creo que soy la única persona en este mundo que puede hacerle callar. – Eleanor sonrió y ambas mujeres se abrazaron.
El sol lucía esplendoroso en aquella mañana de finales de noviembre. El cielo había dado una pequeña tregua a la ciudad y tras el diluvio de los días anteriores, todo refulgía con un brillo fresco y brillante. Terry respiraba el fresco aire con ansia, llenando plenamente los pulmones. Se marchaba, se iba de allí. No podía creerlo. Estaba deseando pisar las calles, ver algo que no fueran aquellas blancas paredes.
Pero, súbitamente, el pánico venía a apoderarse de él sin preaviso y tenía que apoyarse en la pared para respirar y calmarse. Había llegado el momento. ¿Qué iba a suceder a partir de ahora?
- ¿Estás nervioso? – La dulce voz le hizo darse la vuelta y sonreír.
Allí estaba, enfundada en su bata, el pelo suelto y el hermoso rostro surcado por una sonrisa. Dios, era preciosa … ¿sabía ella lo hermosa que era?
- No, que va. – Hizo una mueca y la joven se echó a reír, acercándose. - ¿Cómo te encuentras?
- Mucho mejor. En unos días estaré como nueva. – El joven observó su rostro, aún amoratado en algunas zonas, y quiso acariciarle la mejilla, pero se contuvo. Aún lidiaba con aquel torrente de inexplicables sentimientos que comenzaba a sentir … no los entendía, no podía controlarlos … y ello le asustaba aún más incluso que el enfrentarse al exterior.
- Mis … - carraspeó – mis padres me han dicho que querías hablar conmigo de un asunto importante …
- Sí … - ella sonrió, pero enseguida apartó la vista, mordiéndose el labio, nerviosa.
- ¿Qué sucede?
- Terry … - sus ojos se encontraron. Candy, no se te ocurra llorar … - sabes lo importante que es que continúes inmediatamente con el tratamiento, ¿verdad? Aún … aún no sabemos si la lesión es regresiva, si … - el joven la observaba con el ceño fruncido, sus ojos azules comenzando a oscurecerse – bueno, yo aún he de quedarme un tiempo en el hospital …
- ¿Qué intentas decirme?
- Terry, creemos que lo mejor es que te marches cuanto antes a Nueva York. Yo … yo iré en cuanto me recupere. – La joven intentó sonreír, apartándose de él.
- ¿Quieres decir que no vas a venir con nosotros?
- Yo aún he de quedarme aquí un tiempo … - susurró ella con voz ronca, girándose ligeramente para no verle el rostro.
- ¿Es eso lo que deseas? – Él se había acercado a ella, y la joven dio un respingo.
- Yo … - quedó atrapada en sus ojos, como siempre … aquellos magnéticos ojos … te hacían temblar, reír, sollozar, suspirar … Dios, sabía que aunque viviera cien vidas, nadie podría mirarla jamás como la miraba Terry. – No se trata de lo que yo desee, Terry … - Contrólate, Candy, vamos, puedes hacerlo …
Él continuó mirándola fijamente unos instantes … hasta que de pronto, asintió con la cabeza.
- Entiendo. – Candy frunció el ceño, confusa, mientras el joven se alejaba de ella, dándole la espalda. – Está bien, de acuerdo.
- ¿De acuerdo? – El nudo que sentía en la garganta amenazaba con ahogarla. Él se giró un poco y sonrío con cierta ironía.
- Claro, no hay problema. Nos veremos en Nueva York.
¿Qué? Ella le miraba casi con la boca abierta, paralizada por su reacción. ¿Es que no te importa? ¿Y qué esperabas, Candy?
La joven apretaba la mano sana una y otra vez, nerviosa, sin saber qué hacer, rezando por poder tragarse las lágrimas. Aquel hombre que tenía delante … ¿era Terry? ¿Quedaba algo de él? En ese instante era un completo desconocido …
- Bien, entonces … - se acercó a él con delicadeza - ¿puedo …? – Hizo un gesto hacia la mejilla. - ¿Puedo despedirme?
Y entonces, súbitamente, él la tomó del brazo con firmeza, taladrándola con sus ojos de hielo, el rostro crispado, la mandíbula tensa. Candy se encogió, asustada y sorprendida, intentando alejarse, pero él la retuvo.
- ¿Ya te has cansado?
- ¿Qué?
- ¿Ya te has cansado del pobre despojo de marido que te ha tocado cargar? ¿Una cáscara vacía que ya no sirve para nada? – Su voz salía entrecortada, cargada de ira contenida.
- ¡Claro que no! ¡Terry!
- Vamos, te ha salido todo a la perfección … - la observó, casi con desprecio - hasta has tenido suerte con el accidente …
Una sonora bofetada cruzó su rostro, dejándolo aturdido, más por la sorpresa que por el dolor de la bofetada.
- ¿Cómo te atreves? ¡Maldito seas! – Candy sollozaba, la ira y la rabia surcando su rostro. Inmediatamente Terry se arrepintió de sus palabras.
- Candy, yo …
- ¿Cómo puedes decir eso? Cuando, cuando …
- ¿Cuándo qué, Candy?
- Nada … - intentó alejarse, pero él no la dejó, volviendo a agarrarla del brazo y apretándola contra él, quedando sus rostros muy cerca, mirándose ambos con furia contenida.
- ¿Cuándo qué? ¡Dímelo! Termina lo que has empezado …
- ¡Cuando hemos perdido a nuestro hijo!
- ¿Qué? – Terry la soltó enseguida, estupefacto, mirándola impactado. - ¿Qué estás diciendo?
Ella lloraba desconsolada, la mano tapando su boca, intentando controlar sus sollozos.
- Lo siento, no quería … Dios mío …
Y entonces la joven echó a correr.
- ¡No! ¡Candy!
Terry intentó seguirla, pero entonces se topó con Eleanor en la puerta.
- Terrence …
- Eleanor, no es buen momento, he de hablar con Candy … - El joven intentó pasar, pero la actriz se interpuso en su camino.
- Déjala, Terry … - la actriz lo tomó por los brazos – Terry …
- ¡No! No entiendes, me he portado como …- intentó desasirse.
- Está bien … ¡Terrence! – Consiguió que la mirara. – Querido, déjala … necesita unos momentos …
- Pero tengo que … - susurró él con voz ronca, al tiempo que su rostro se llenaba de pesadumbre – he sido un imbécil, un cerdo …
- Está bien, ya habrá tiempo para eso. Déjala ahora … hazme caso, sé lo que me digo, la conozco bien. – Al observar los ojos de su hijo, sintió congoja en el corazón y le acarició el brazo. – Todo irá bien, no te preocupes.
- ¿Tú crees? – Terry observaba el pasillo por donde se había ido la joven con los labios apretados.
- Estoy segura. – Suspiró ella y lo tomó del brazo. – Termina de preparar tus cosas. El tren sale en una hora, y aún debemos sortear a los periodistas.
- ¿Qué? ¿Nos marchamos ahora?
El joven apretó los puños mientras volvía a la habitación. Deseaba gritar de rabia, darse de bofetadas. ¡Estúpido! ¡Egoísta! Pero es que se había enfurecido tanto cuando le dijo que no iría a Nueva York. Estúpidamente había creído que la joven marcharía con ellos, ni siquiera sabía que se marchaban esa misma tarde de la ciudad, había creído que se irían a un hotel hasta que Candy se recuperara lo suficiente para viajar.
Quería gritar, echar a correr, alejarse de allí … y cuando ella le había dicho que no iba con él … Dios mío, ¿su hijo? ¿Estaba embarazada? ¿Había perdido el niño? Terry parpadeó con rapidez, tragando con fuerza, y se sorprendió al percatarse de que un par de lágrimas se escapaban de las comisuras de sus ojos. Maldita sea, malditos sean todos …
- Vaya, ¿ya vuelves a huir, Grandchester?
El joven se giró, sorprendido, para ver cómo Archibald Cornwell entraba a la habitación. Apenas había cruzado con el primo de Candy un par de palabras desde que había despertado, pero intuía claramente que no era del agradado de aquel elegante joven. Terry apretó los puños e intentó conservar la calma.
Sus padres lo habían dejado un momento a solas para ir a supervisar la salida con el personal de seguridad. Le habían dicho que aún quedaban varios reporteros custodiando las puertas. ¿Por él? ¿Estaban allí por él? No podía imaginar que fuera tan famoso …y había decidido aprovechar la situación para ir a disculparse con Candy. Sinceramente, no deseaba separarse de ella. Había actuado como un sinvergüenza porque se había sentido dolido … dolido y abandonado. Si ella … si ella le pedía … pero se forzó a centrarse en Archibald. ¿Qué demonios quería ahora?
- ¿Archie? – El joven castaño sonrió con desdén.
- Así solo me llaman mis amigos.
- ¿Qué deseas?
- Nada, Grandchester, nada. – Archie se acercaba a él, mirándolo con desprecio, y Terry comenzó a ponerse nervioso. – Sólo despedirme.
- Gracias, pero de hecho necesito unos minutos para ir a ver a Candy …
- ¿Candy? Oh, sí, acabo de estar con ella, - los ojos castaños despedían destellos furiosos – y, como siempre, cada vez que apareces en su vida, está destrozada, llorando …
- Escucha, yo …
- ¿Cómo demonios te atreves? – Archie tenía la voz ronca de ira contenida – Sí, lo mejor es que te marches. – Se acercó más a él y Terry tragó con fuerza. No entendía nada. – Y te juro, Terrence, que haré lo posible porque Candy se libre de ti.
- ¿A qué te refieres?
- Ah, es verdad, que no recuerdas nada … - Archie rió sardónico – qué apropiado para ti, como siempre … - acercó su furioso rostro al de Terry – lárgate, Grandchester, lárgate y no vuelvas …
- ¡Señor Cornwell! - Ambos jóvenes pegaron un respingo al escuchar la grave voz, y se giraron para ver al duque de Grandchester en la puerta. – Creo que ya es suficiente.
- ¿Usted cree?
Los dos hombres se midieron el uno al otro durante unos instantes, hasta que Archie se separó de Terry y se dirigió a grandes zancadas hacia la entrada, sin volver la vista atrás. Terry soltó de pronto el aire que sin darse cuenta había estado reteniendo. ¿Qué demonios había pasado allí?
- Vamos, hijo, ¿estás listo?
Worthington entró a la habitación para hacerse cargo del equipaje, seguido de Eleanor, quien tomó al joven del brazo, intentando sonreír.
- Eleanor …quisiera ir unos minutos a ver a Candy … - susurró el joven a la actriz para que nadie más pudiera oírle.
- Eso no va a ser posible, querido …
- Pero …
- Ya he hablado con ella y está bien, de veras. – La mujer le apretó el brazo. – Me ha pedido que te diga que pronto os veréis en Nueva York.
El joven intentó decir algo, pero el duque los interrumpió.
- Bien, démonos prisa, ¿de acuerdo?
Worthington los urgía a que salieran de la estancia, donde unos hombres de seguridad los esperaban para escoltarlos a la salida. Terry quiso gritar que esperaran, que debía verla, quería verla, aunque solo fuera un momento … pero ya llegaban a las puertas de salida. Los rostros eran borrosos, las voces confusas … todo iba demasiado rápido … Candy … adiós …
- Bien, vuelve a narrarme los detalles, tío, por favor.
El hombre observó con compasión a aquel joven, antes hermoso, fuerte y decidido, convertido en unas semanas en una pobre sombra de sí mismo: delgado, roto, con profundas ojeras bajo los ojos y una inmensa tristeza en sus claros ojos azules.
Robert Andrew se sentó en una de las butacas frente a su sobrino y suspiró.
- Candy se recupera favorablemente. Archie me ha dicho que en cuanto le den el alta se la llevará a la mansión Cornwell, donde estará perfectamente atendida y acompañada. – William asentía.
- ¿Y Elroy?
- Elroy está recibiendo los mejores cuidados posibles. La mansión Andrew se ha convertido prácticamente en un hospital, y está teniendo toda la atención especializada que ordenaste …
- Que no le falte de nada.
- No, William.
El joven frunció el ceño, fijándose en varios papeles que tenía esparcidos ante la mesa, mientras tomaba un sorbo de café.
- He pedido a George que, ahora que parece que todo se ha normalizado, venga a Washington unos días para ponerme al corriente de varios asuntos.
- Sí, lo sé, me lo han comentado.
- ¿Cómo están los Legan? – Robert frunció el ceño, suspirando.
- Han trasladado a Sarah a la residencia que comentamos, después del último intento de suicidio …
- Sí … - los ojos de ambos hombres se encontraron – es una buena institución, allí estará bien …
- ¿Y tú, William?
- ¿Qué? – El joven rubio alzó la cabeza.
- ¿Estás bien?
- Claro, tío, - sonrió con tristeza el aludido – todo lo bien que puedo estar …
- ¿Cómo está Patricia?
¿Y qué podía contestarle? William respiró profundamente, cansado y abatido. ¿Cómo contarle a su tío que su esposa se estaba muriendo? Ya apenas podían hacer nada … Patty casi no podía respirar. Estaba continuamente conectada a un respirador que le proporcionaba oxígeno, la alimentaban por vía intravenosa … ya ni siquiera las transfusiones de sangre la ayudaban. Los fetos habían dejado de crecer … y solo era cuestión de tiempo que todo llegara a su fin. Y él se consumía … se consumía de dolor, de impotencia … ¿qué demonios podía contarle a su tío?
- Ya estamos en la semana veintinueve … - se encogió de hombros – todo irá bien …
Caía la noche en la mansión Cornwell cuando su dueño bajó del auto con gesto cansado y subió pesadamente los escalones de la entrada, dejando en manos de Jackson su abrigo y sombrero.
- Buenas noches, señor.
- Buenas noches, Jackson.
- ¿Ha tenido un buen día? – El joven asintió, forzando una sonrisa y dirigiéndose a su despacho. - ¿Desea que le llevemos una bandeja con la cena?
- No, gracias, Jackson. – Dijo Archie por encima del hombro y entró en la estancia en penumbras, cerrando la puerta tras de sí.
El nudo que sentía en la garganta era insoportable. Lo único que deseaba era beber y beber hasta perder la consciencia y así olvidar … olvidar todo lo que había sucedido aquella maldita tarde, olvidar que había dicho adiós a su felicidad … a todo …
-escena retrospectiva-
Le temblaban las manos al volver a releer la nota que acaba de recibir de manos de Sally, poco antes del comienzo de la reunión. Los hombres reunidos ante la gran mesa de madera maciza continuaban debatiendo entre sí, pero Archie ya no se encontraba allí … estaba muy lejos … perdido en la mirada de unos hermosos ojos claros como una luminosa mañana de verano. Ella estaba allí, estaba en Chicago.
- ¿Señor? – Archie levanto la mirada hacia George e intentó componer una serena expresión en el rostro, ya que George lo miraba con el ceño fruncido, preocupado. Hizo un gesto intentando dar a entender que todo iba bien e intentó concentrarse en la conversación que se desarrollaba a su alrededor.
Pero era imposible. Notaba los acelerados latidos del corazón, su respiración agitada … tragó con fuerza, suspirando.
Ven a verme. Te espero en nuestro sitio especial. Te deseo. C
La nota era escueta y concisa … como ella. ¿Y qué esperaba? Tarde o temprano iba a suceder … debía suceder.
Archibald Cornwell había tomado una drástica decisión que iba a cambiar el rumbo de su vida. Tras largas noches de insomnio, lágrimas, dolor, impotencia, rabia … había tomado la decisión. Quizá la decisión más dura que hubiera de tomar en su vida, pero no había otro camino.
- Señor Archibald. – Notó la mano de George en su hombro y de pronto se cercioró de que las voces habían cesado y todos en la habitación lo observaban preocupados. - ¿Se encuentra bien?
- ¿Qué? – El joven parpadeó turbado y tragó con fuerza, intentando a duras penas recobrar la serenidad. – Sí, es decir …
- Archie, podemos posponer la reunión, - comentó uno de los reunidos – parece que no te encuentras bien …
- No, yo … es decir …
- Señor Archibald, - George lo ayudó a levantarse y se miraron a los ojos – no se preocupe. Vaya a casa y descanse.
- No, George …
- Necesita descansar, señor.
Y tras unos minutos en los cuales todos disuadieron a Archie de que se fuera a descansar, el joven al fin salió del despacho y se paró en mitad de la calle, intentando controlar su tembloroso cuerpo. No puedo … se repetía una y otra vez. ¿Por qué? ¿Por qué todo es una auténtica mierda?
Sin apenas darse cuenta se encontraba ante la puerta de la suite, el corazón a punto de salírsele del pecho, el cuerpo tembloroso, sudoroso, el alma gritando enfervorecida. No supo cómo fue capaz de alzar la mano y tocar la puerta con aparente seguridad … y a partir de ahí, en cuanto apareció el hermoso y sonriente rostro de la mujer que amaba, todo fue confuso, denso, doloroso …
- ¡Archie!
Claire se abrazó a él, buscando sus labios con pasión. Archie se tambaleó ligeramente hacia atrás, por la fuerza del beso, mientras la suave y rápida lengua femenina acariciaba su boca e instintivamente la tomaba por la cintura, separándose un poco y oyendo la suave risa de ella en sus labios. La instó a entrar en la habitación, mientras ella seguía pegada a su cuerpo, besando su mejilla, su oído, su cuello …
- Claire … - susurró Archie cerrando con una mano la puerta de entrada, mientras ella volvía a apoderarse de su boca. Por un momento se rindió al deseo, profundizando en la rendida boca, apoyando a la joven en la pared y acoplando su cuerpo a las curvas femeninas. Ella gimió y entonces él se apartó ligeramente.
- No, no te vayas …
La tomó de la mano y la atrajo hacia la sala de estar, donde la joven volvió a echarse a sus brazos.
- Claire …
- Te he echado tanto de menos … - susurraba ella entre besos.
- Claire … - intentó apartarla suavemente – Claire, escucha …
- ¿Qué sucede?
La joven parpadeó confusa, parada ante él, con la respiración acelerada. Archie sintió que se le parada el corazón y tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para poder coger su mano y besarla, para a continuación sonreír con tristeza.
- Hemos de hablar.
- Dios mío … - la joven suspiró, frunciendo el ceño y dirigiéndose al ventanal, mientras se pasaba los dedos por el cabello alborotado. Cuadró los hombros y se volvió a observarle. – Está bien. ¿Qué ha pasado?
- Yo … - Dios, no puedo … Archie, contrólate … gritaba su corazón. Sentía deseos de ponerse a gritar y el nudo en su garganta era insoportable.
Claire debió de notar algo en su rostro porque de pronto, se acercó a él muy preocupada, acariciándole la mejilla con dulzura.
- Amor mío, ¿estás bien? ¿Qué ha pasado? Sabes que puedes decirme cualquier cosa, lo solucionaremos …
- No … - él negaba con la cabeza – no podemos …
- ¿Qué? - El joven se dirigió a la mesa de bebidas y se sirvió un coñac, bebiéndoselo de un trago a continuación. – Maldita sea, Archie, ¿vas a decirme de una vez qué es lo que está pasando?
- Annie está embarazada. – Ya estaba, lo había dicho.
El silencio se adueñó de la estancia. Archie cerró los ojos con fuerza y suspiró profundamente, antes de girarse para enfrentarla. Claire se había sentado en una butaca, las manos tapando su boca, mirándolo incrédula.
- ¿Cómo es posible?
- Fue un error …
- ¿Un error? – Vamos, Archie, puedes hacerlo, te lo sabes de memoria … el corazón le iba a explotar en el pecho, pero no apartó la mirada.
- La noche que volvió, yo … estaba muy borracho. Se metió en mi cama … - la joven negaba con la cabeza.
- No sigas …
- Yo apenas sabía lo que hacía … estaba desnuda …
- ¡Basta Archie!
- Pero quiero explicarte …
- ¿Fue antes … - la voz de Claire temblaba – antes de que nosotros …? – Archie asintió. – Dios mío …- los ojos de la joven se llenaron de lágrimas.
- Claire … - sus ojos se encontraron y Archie sintió cómo su corazón se partía. Ya estaba. La había perdido. Aquella maldita mentira había envenenado su vida para siempre. Vio cómo ella se secaba las mejillas con dedos temblorosos y se ponía lentamente en pie.
- ¿Cómo pudiste? – Susurró. - ¿Por qué no me dijiste nada? ¿Qué era todo aquello de yo te respeto y esas tonterías? ¿Una pantomima? ¿Un teatrito para llevarme a la cama, Archie?
- ¡Claro que no! Escucha … - la joven se echó hacia atrás, intentando a duras penas contener las lágrimas. – No dudes ni por un momento de que te amo …
- Y sin embargo fornicaste con tu mujer la primera noche que volvió a casa …
- ¡Estaba borracho! Cegado por ti, maldita sea, ni siquiera sabía lo que hacía … te echaba terriblemente de menos … - la voz de Archie se apagó y carraspeó – pero eso no es excusa …
- No … - alzó la cabeza para mirarla y quiso morir allí mismo – esto lo cambia todo … - ahogó un sollozo – yo creí … de veras creía en nosotros … - él hizo amago de acercarse, pero ella alzó una mano, negando con la cabeza. – No, Archie, no me toques … porque si lo hicieras … bueno … creo que no tendría fuerzas para decirte adiós … - la voz se le quebró y lágrimas amargas bañaron su rostro. – Por favor, debes marcharte … - susurró y se dirigió lentamente a la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
-fin de escena retrospectiva-
Archibald Cornwell, el hombre de negocios, el poderoso miembro de la familia Andrew, sollozaba como un niño apoyado en el alfeizar de la ventana. Su vida se había convertido en una jaula, en una prisión.
Y ya no pudo controlar la horda de furia, ira y amargura que comenzó a impregnar cada poro de su piel, haciendo que estrellará la copa contra la pared con todas sus fuerzas y golpeara la pared con los puños hasta hacerse sangre en las manos.
Hubieron de pasar varios minutos hasta lograr calmarse lo suficiente como para ponerse en pie, serenarse, secarse el rostro y salir del despacho, dirigiéndose lentamente hacia el piso superior.
La doncella terminó de recoger las últimas prendas de encima de la cama, mientras la joven morena salía del baño, el rostro pálido y sudoroso, y se apoyaba ligeramente en el marco de la puerta.
- ¿Señora? – La joven sonrió a la doncella.
- Todo va bien, Lizzy, no te preocupes. – Apoyó suavemente la mano en el vientre. – Las náuseas me están matando, eso es todo. - La joven doncella le dedicó una ancha sonrisa.
- Oh, señora, estoy tan contenta de que vaya a tener un bebé … - Annie le devolvió la sonrisa y se acercó a la cama, mientras Lizzy la ayudaba a meterse en el lecho.
- Lo sé, gracias.
De pronto, ambas se sorprendieron al oír que golpeaban la puerta de la habitación, y sin dar tiempo a que la doncella fuera a abrir, Archie irrumpió en la estancia con gesto sombrío.
- Buenas noches, - miró brevemente a Lizzy – por favor, Lizzy, déjanos solos. – La joven domestica parpadeó sorprendida, mirando levemente a su señora y acto seguido, desapareció por la puerta.
Archie se dirigió hacia el tocador, repleto de botes y cremas, y se sentó en el pequeño taburete, con las piernas cruzadas. Casi se veía ridículo allí sentado, ante el mueble demasiado femenino, grande y viril en aquella habitación. Annie se revolvió en la cama, inquieta, e hizo amago de levantarse.
- No, no hace falta que te levantes.
- ¿Qué sucede?
- ¿Que qué sucede? – Archie se permitió una irónica y desdeñosa sonrisa y Annie comenzó a ponerse nerviosa, sin saber por qué. Se fijó más detenidamente en el rostro de su marido, pálido, ojeroso y oscuro, sus temblorosas manos y sus ojos vidriosos … ¿tenía las manos cubiertas de sangre? Pero él se percató de su mirada y las escondió de su vista, volviendo a levantarse y comenzando a moverse por la habitación. Al cabo de unos minutos, que a Annie se le antojaron eternos, su marido se plantó ante ella, mirándola fijamente, sus ojos avellana brillantes de ira contenida. – Bien, no voy a extenderme demasiado en los detalles. He estado sopesando detenidamente toda esta situación, y finalmente he tomado una decisión. – Annie se incorporó levemente en el lecho. Su estómago volvía a ser una montaña rusa y comenzó a respirar suavemente para poder controlar las náuseas. – Daremos una recepción en breve para comunicar la noticia.
- ¿La noticia? – Archie reprimió una mueca.
- El niño. – Hizo un gesto hacia ella. – Ese niño, evidentemente, será un Cornwell …
- ¿Qué? Pero …
- No me interrumpas, Annie. – Archie estaba conteniéndose para no alzar la voz. Apretó los puños escondidos tras la espalda. – Supongo que nadie sabe lo de … tu historia …
- Candy …
- ¿Qué? – Archie la miraba con la boca abierta.
- Yo … - Annie se encogió en las almohadas – se lo conté a Candy …
- ¡Joder! ¡Maldita sea! – Pegó un puñetazo al tocador y varios botes de cremas cayeron al suelo, haciéndose añicos. Annie temblaba.
- Candy es mi familia, Archie … - susurró. Él se pasó las manos por el cabello, paseándose de un lado a otro.
- ¿Sabe lo del niño?
- No …
- Bien … a partir de ahora, Annie – la enfrentó él – ese bebé es mío, ¿comprendes?
- ¿Qué estás diciendo? Archie, te dije …
- ¡Me importa una mierda lo que dijiste! – La joven se echó hacia atrás, asustada, y él tuvo que hacer esfuerzos por contenerse. Alzó una mano y al darse cuenta de que la tenía cubierta de heridas, la bajo enseguida. – Lo siento … esto no es fácil para mí … - se dio la vuelta, dándole la espalda, mientras los ojos azules de Annie se llenaban de lágrimas. Al cabo de unos minutos, se volvió a mirarla. – Bien, quiero que me escuches con atención, es importante, ¿de acuerdo? – Ella se secó las mejillas con manos temblorosas. – Dada la situación en la que nos has colocado, Annie, tanto a ti como a mí, a partir de este instante, como tu marido que soy, respetarás y cumplirás todas y cada una de mis decisiones. Si no es así, - se acercó más al lecho y la joven contuvo la respiración – te juro, querida, que haré de tu vida un infierno. – Ella abrió la boca para decir algo y Archie arqueó una ceja, a lo que Annie se abstuvo de hacer comentario alguno. – Bien, como decía … ese niño que llevas en tu seno, será un Cornwell de pies a cabeza. Le daré mi apellido, será mi heredero … y tú jamás, y repito jamás, Annie, le hablarás de su padre biológico ni de nada relacionado con ese hecho, ¿me explico con claridad? – La joven lo miraba alucinada, las lágrimas rodando ya sin control por sus mejillas. – Desde esta noche firmaremos un contrato verbal, tú y yo. Te comportarás y me respetarás como una devota esposa debe comportarse con su marido y mientras seas discreta, podrás hacer lo que te venga en gana. No me interesa en absoluto. Siempre, por supuesto, que no perjudiques el nombre de los Cornwell.
- ¿Y si no acepto? – La joven morena alzó la temblorosa barbilla desafiante. La risotada de Archie no se hizo esperar y se acercó aún más al lecho, los ojos avellana destellando de ¿odio? ¿ira? Annie sintió que se le erizaba la piel, y por primera vez en su vida, sintió miedo de Archibald.
- No me subestimes, Annie … ya no. Se acabó. No tienes opción, ¿comprendes? El más mínimo desliz, y te juro por mi hermano, querida, que te encerraré en un psiquiátrico para el resto de tus días y ya no volverás a ver a tu hijo. - La joven se tapó la boca con la mano, intentando contener los sollozos que se escapaban de su garganta. Archie se alejó unos pasos y la miró gravemente durante unos instantes. – La versión que contarás a tus amigas será que el día que volviste intentamos retomar nuestra relación matrimonial … y que fue entonces cuando te quedaste embarazada. ¿Ha quedado claro? - Súbitamente, la joven se giró en el lecho y vomitó compulsivamente en el suelo de la habitación. Archie frunció el ceño y suspiró, encogiéndose de hombros. – Supongo que eso es un sí. Llamaré a Lizzy.
