¡Hola a todos! ¡Saludos! Ante todo, gracias de nuevo por continuar acompañándome en esta historia y gracias por vuestros comentarios. Lamento la espera. Espero sigáis disfrutando con la historia.

Nhoare.

Los caminos hacia la villa comenzarán en un tono de blanco, mientras que los copos de nieve se hacían cada vez más gruesos, una medida que el automóvil enfilaba el envío que se adentraba en la montaña. Candy no estaba nerviosa, aunque la inquietud era una indeseada pasajera entre los ocupantes del coche, más por la situación exterior que por la duda en la dirección del conductor, la cual era inexistente, que Candy sabía que Archie era un conductor nato.

Girar el rostro hacia su compañera en la parte posterior del vehículo y sonrió con ternura. Annie dormitaba en el asiento, pálido y cansado su rostro, y la joven rubia entrelazó su mano con la de ella y suspiró, deseando que todo fuera bien a partir de ahora.

Sus ojos verde-azulados se toparon con los avellana cuando el joven giró el rostro, y la joven sonrió a su primo. Era gracias a él que se encontraban en aquel vehículo, apenas a dos noches de Nochebuena, sorteando los caminos para llegar al destino más amado de la tierra: Casa de Pony.

Y ni siquiera sabía cómo agradecérselo a Archie. Ni siquiera sabía cómo había sucedido. Sin apenas darse cuenta, la joven se había sumido en un estado taciturno y depresivo, vagando, cuando creía que no era observada, por la gran mansión como una autómata, sumida en sus pensamientos. La gran noticia de los bebés de Albert y Patty había supuesto una inyección de energía para las jóvenes, pero el hecho de no poder verles, de apenas haber podido hablar con ellos unos pocos minutos … no había sido suficiente para disipar las nubes negras que asolaban la mansión Cornwell.

El Dr. Mills había hecho una revisión a Annie y había diagnosticado reposo absoluto y ningún sobresalto para la futura madre. Candy sabía que Annie se sentía agobiada, perdida … y que se dormía llorando muchas noches … al igual que ella.

Y entonces irrumpió Archie como un huracán una noche en su habitación, suplicando qué hacer, cómo mitigar un poco toda aquella … tristeza. Ni siquiera había salido el nombre de Casa de Pony, pero no fue necesario. Archie consultó al Dr. Mills sobre la posibilidad de que Annie se marchara una temporada a descansar a una residencia, y el médico le dio su permiso. Así que, sin que apenas las jóvenes se dieran cuenta de lo que sucedía, Archie realizó todos los preparativos y se pusieron en marcha hacia Indiana. Las jóvenes estaban estupefactas … pero la posibilidad de salir de allí y volver a su hogar pudo con ellas.

De pronto, Candy sintió cómo el auto se detenía lentamente a un lado del camino y frunció el ceño, incorporándose.

- ¿Qué sucede, Archie?

- Nada grave … - el joven se inclinaba hacia delante en el cristal – creo que no estoy muy seguro de qué camino he de tomar … la nieve me confunde …

- Espera … - la joven rubia se apeó del coche, arrebujándose en su abrigo por el frío reinante, mientras daba la vuelta y se sentaba delante, al lado de su primo. – Annie duerme. Déjame guiarte. Conozco estos caminos de memoria. Continúa … - vio cómo Archie sonreía de lado, sin quitar la vista del camino, y el coche volvía a ponerse en marcha. - Gracias, Archie …

- ¿Por qué?

- Por todo esto … - Candy alargó la mano y le apretó el brazo.

- Yo también necesitaba salir de Chicago … al menos por unos días …

- ¿Has podido dejar todo solucionado? – Su primo se encogió de hombros.

- La tía Elroy está estable, bien atendida. Los asuntos urgentes están controlados. La Navidad suele ser una etapa bastante tranquila … todos desean pasar más tiempo con sus familias. Albert y George están de acuerdo, así que …

- ¿Y los padres de Annie? – Candy vio cómo se tensaba un poco la mandíbula de Archie.

- Annie habló con ellos. Ya los conoces, no estaban de acuerdo … pero por esta vez, ha sido Annie quien no les ha dado opción. – Una irónica sonrisa coronó las comisuras de sus labios. – Les ha dicho que se marcha a una residencia durante unos meses.

- ¿Va a quedarse Annie en Casa de Pony? – Candy lo miraba sorprendida.

- Al menos hasta que se recupere un poco … necesita tranquilidad.

Súbitamente el coche resbaló sobre la nieve y Candy pegó un respingo, mientras Archie reducía ligeramente la velocidad.

- Maldita sea … - susurró el joven – no pensaba que los caminos fueran a estar en este estado … espero que podamos llegar antes del anochecer …

- Llegaremos. – Candy se irguió hacia delante, entornando los ojos. – Estamos cerca.

Continuaron por el camino durante unos minutos más, en silencio, cada uno atento al camino, deseando poder llegar cuanto antes a destino.

- ¿Y qué me dices de ti?

- ¿Qué? – Candy giró el rostro, confusa.

- ¿Cuándo tienes planeado marcharte a Nueva York?

- Bien … - la joven se mordió el labio – supongo que después de Nochebuena … me gustaría recibir al nuevo año con mi esposo … - sus ojos se empañaron - ¿sabes que nos conocimos en la víspera de año nuevo? – susurró – hace ya tanto tiempo …

Archie la observó de reojo y suspiro con tristeza. Ojalá todo saliera bien … había tenido que dar un ligero empujón a las ruedas del destino … y esperaba no haberse equivocado.


La joven se levantó lentamente de la cama e hizo un pequeño gesto de dolor al apoyar sus pies en el suelo, pero respiró profundamente y el dolor fue remitiendo un poco mientras se dirigía al baño. Se lavó el rostro con agua fría y sus ojos le devolvieron la mirada a través del espejo mientras se secaba con una toalla. Sonrió, sin poderlo evitar. A pesar de su rostro demacrado y ojeroso, resplandecía. Era feliz. Era madre. Todo había salido bien. Sus pequeños ya contaban dos semanas de vida … y cada día estaban más fuertes.

Se ató el cinturón de la bata alrededor de su cintura, aún abultada, aunque ya estaba comenzando a volver a su ser, y salió a la habitación, al tiempo que se abría la puerta y su apuesto marido entraba, sonriendo al verla.

- Hola, mi amor. – Se acercó a ella, besándola suavemente en los labios, labios y rostro fríos y sonrosados.

- ¡Estás helado!

- ¡Hace frío! – Rió él, mientras se despojaba del abrigo y del sombrero. – Creo que en breve comenzará a nevar …

- ¿Ya se ha marchado George?

- Así es, y cargado con tus cartas, tal y como ordenaste. – Patty sonrió.

- Sé que Candy y Annie desearían poder estar aquí con nosotros y ver a los pequeños … o nosotros estar allí con ellas …

- Bueno … - William la tomó por la cintura, acercándola a él. – Pronto será así, querida … pero primero …

- Sí, lo sé, y sabes que no me importa … aunque estoy deseando tenerlos en brazos … - su marido la besó suavemente en los labios.

- Lo haremos antes de que nos demos cuenta … - La apretó contra él y Patty hizo un gesto de dolor. – Oh … perdona, mi amor … te duelen, ¿verdad?

La joven asintió, palpándose suavemente los pechos cargados de leche. Notó cierta humedad a través del sostén especial que llevaba y se mordió el labio. William pasó suavemente los dedos delineando la curva de un seno, con lo que el pezón se endureció y Patty soltó un quejido.

- Ouh … así no ayudas, William … - él le mordió el lóbulo de la oreja y ella lo apartó, aparentando enfado y haciéndole una mueca, mientras su esposo se echaba a reír.

- Tic tac, señora Andrew … cada vez queda menos para que …

- Lo sé. – Lo apuntó con un dedo. - ¿Crees que yo no cuento los días para poder volver a estar juntos? ¿Juntos como deseamos? – Se miraron en la distancia, con feroz deseo. La joven tragó saliva con fuerza. – En unos minutos tengo que ir a neonatos a alimentar a los bebés, ¿me acompañas?


La nieve caía copiosamente y el automóvil avanzaba despacio por el camino, con los rostros de ambos jóvenes pegados al cristal semi empañado, intentando distinguir por donde debían continuar. De pronto, Archie paró el motor y juró por lo bajo.

- Maldita sea, ¿cómo es posible? – Candy pasó la mano enguatada por el cristal para poder ver mejor.

- Tranquilo, Archie, voy a bajar y …

- No, Candy, hace mucho frío …

Pero la joven ya estaba saliendo del coche y Archie volvió a maldecir, imitándola. Verdaderamente hacía frío, y la tarde decaía, llegaba la oscuridad. Candy se adelantó unos pasos por el camino, seguida de Archie.

- Deberíamos habernos quedado en la villa, tal y como insinué. No sé por qué te hice caso …

- Mira. – La joven señaló hacia los árboles. – Casa Pony no queda lejos. Puedo cruzar el bosque y …

- ¿Qué? ¡De eso nada!

- Archie …

- ¡Ni siquiera lo pienses, Candy! – La joven se plantó ante él, los brazos cruzados, airada.

- ¿Y qué pretendes que hagamos entonces?

- Si alguien ha de ir andando …

- Tú te perderías, Archie, lo sabes. – Le puso una mano en el hombro. – Escucha, no me pasará nada. Me he criado en estos bosques. Podría llegar a Casa de Pony con los ojos cerrados.

- Tiene razón, Archie …

Ambos giraron los rostros para ver a Annie parada a pocos pasos de ellos.

- ¡Annie! Vuelve al coche, hace mucho frío … - la joven hizo caso omiso, acercándose a ellos.

- Si pudiera, iría contigo … - Candy le apretó la mano y volvió a mirar a su primo.

- Escuchad, no tardaré demasiado.

- Pero Candy …

- Bob o Andy podrán llegar hasta vosotros con el jeep en cuanto llegue a Casa de Pony y les avise. Espero que … - frunció el ceño, mirando hacia los árboles - … no más de dos horas …

- No puedes ir sola, Candy …

- Y tú no puedes acompañarme, has de quedarte con Annie.

- Yo puedo quedarme sola …

- No digas tonterías, Annie, eso sí que no. – Candy sonrió a sus amigos. – Tranquilos, todo irá bien. Enseguida estaremos ante la chimenea de la Casa, calentitos, tomando el famoso chocolate de Miss Pony.

- Ten mucho cuidado … - Archie meneaba la cabeza, preocupado.

- ¡Claro que sí!

Candy ya corría por el sendero, agitando la mano, y pronto se perdió entre los árboles.

- Tranquilo … - susurró Annie – si alguien puede hacerlo, es Candy.

- Lo sé, pero me preocupa que le sorprenda la oscuridad.

- Le dará tiempo … - Annie tembló y Archie frunció el ceño. Iba a tomarla del brazo, pero se contuvo.

- ¿Te encuentras bien? – Ella asintió.

- Sí … pero tengo náuseas …

- Volvamos al coche.

Ayudó a la joven a entrar al asiento del copiloto y se dirigió a la parte de atrás a por mantas. Entró al vehículo, poniendo el motor en marcha, y arrebujó a Annie en la manta. Ella se estremeció, algo turbada.

- Estoy bien …

- Hace mucho frío, abrígate. – Se tapó las piernas con la otra manta, mirando al frente, preocupado. – Espero que no tarden demasiado. – Miró a Annie de reojo. La joven había apoyado la cabeza en el respaldo, los ojos semi cerrados, el rostro pálido y cansado. Estaba preocupado, no podía evitarlo. A pesar de todo … aquella mujer era su esposa. – Necesitas … - carraspeó – yo … ¿puedo hacer algo?

La joven abrió los ojos azules, encontrándose con los preocupados ojos de su esposo observándola. De pronto, sintió congoja en el corazón.

- Ya has hecho mucho, Archie … - susurró.


William sonrió al observar cómo Patty introducía la mano en la gran urna de cristal para acariciar el bracito de su hija, quien yacía, ya calmada después de haber sido alimentada, junto a su hermano, aún con las mascarillas de oxígeno puestas, su rubia cabecita unida a la de su gemelo, buscando proximidad.

Las noticias sobre el estado de los pequeños eran tan esperanzadoras, que William había momentos en que sentía pánico de que todo fuera un sueño y despertara de nuevo a la pesadilla. Hacía apenas quince días estaba destrozado, a punto de perder a su familia, y ahora se hallaba allí, observando a su esposa e hijos, en vías de una casi certera recuperación. Los bebés respondían a la medicación, sus pulmones se iban desarrollando y habían comenzado a tolerar la leche materna casi sin complicaciones. Hubo un momento, al principio, en que el niño tuvo dificultades para alimentarse, pero ya había comenzado a tolerar el alimento, y todo iba bien.

Patrick y el equipo médico no cabían en sí de gozo. Los resultados eran maravillosos, mucho más allá de las expectativas. Querían realizar a Patty una serie de pruebas para poder investigar sobre la causa de su enfermedad degenerativa en el embarazado, y la joven había aceptado. No representaba riesgo para su salud, y de hecho, no podría negar nada a las personas que habían salvado a sus hijos. Esperarían a que la joven se recuperara un poco y comenzarían.

El futuro era incierto. William había mantenido una larga conversación con George antes de marcharse, y habían tenido que tomarse decisiones. El joven rubio no estaba dispuesto en ese instante a separarse de su familia, como era de esperar, y había dado instrucciones para poder trabajar en varios asuntos desde Washington. No sabían con certeza cuanto tiempo iban a tener que estar en la ciudad, pero, tal y como habían previsto los doctores, los bebés no podrían ser trasladados mínimamente en seis meses, hasta estar plenamente desarrollados y í que, tanto él como su esposa, ya estaban realizando trámites para alquilar una casa cerca de la clínica donde poder trasladarse cuando le dieran el alta a Patty. Su tío Robert y su esposa Marjorie les estaban ayudando muchísimo, y los jóvenes no podían estar más agradecidos.

Ahora lo más importante eran esos dos pequeños que yacían en esa urna de cristal, y su vida giraría a partir de ahora a su alrededor.

- William … - el aludido se acercó a la urna de cristal y sus ojos azules se encontraron con los esmeralda, mientras sonreía.

- Dime.

- Aún no les hemos puesto nombre, ¿te has dado cuenta?

- Sí … lo sé. – Dio la vuelta a la urna y se situó al lado de la joven, cogiendo su mano y entrelazando sus dedos. - ¿Alguna idea? – Patty se encogió de hombros.

- Bueno … he de confesar que tenía miedo incluso de atreverme a pensar en algún nombre … y de hecho, solo me aventuré con nombres femeninos … - William arqueó una ceja.

- ¿Y? – Patty se ruborizó ligeramente y se mordió el labio.

- Rosemary Diane … por tu madre y mi abuela … - Sus ojos se encontraron en la semi penumbra de la estancia, brillantes, llenos de amor … y William sintió un nudo en la garganta. - ¿Qué te parece?

- Me parece perfecto … - susurró con voz ronca mientras veía la hermosa sonrisa de su esposa. - ¿Y qué hacemos con él?

- William es un nombre que me vuelve loca …

- ¿Otro William?

- ¿Y por qué no?

- William … bien, de acuerdo … pero me gustaría elegir el nombre que vaya primero.

- ¿William de segundo? – Su marido asintió. - ¿Y en qué estás pensando?

- Alexander …

- ¿Alexander? ¿Por qué Alexander?

- Fue un hombre fuerte y valiente que conocí en mis viajes … me ayudó mucho. Algún día te contaré la historia. – Ella le apretó la mano.

- Así será entonces. – El rubio sonrió, mirando a sus hijos.

- Rosemary Diane y Alexander William Andrew, bienvenidos a la familia.


La luz comenzaba a extinguirse al tiempo que la joven caminaba deprisa por el sendero cubierto de nieve, la respiración agitada. Conocía cada árbol, cada curva del sendero, había recorrido mil veces aquellos caminos … pero de pronto sintió un escalofrío y aceleró el paso, ya que los copos de nieve comenzaban a ser más gruesos, el frío se acentuaba …

Al cabo de unos minutos, se paró un instante a tomar aliento y reorientarse. El bosque, siempre silencioso, lo parecía aún más bajo aquel manto blanco. Debía darse prisa. Oía sus pisadas romper la suave capa de nieve y su respiración entrecortada cortar el aire. Vaya, no estaba siendo tan fácil como había imaginado. Estaba tardando más de lo debido en reconocer de nuevo el sendero. Ya caía la tarde, y no podía sorprenderla la oscuridad en medio del bosque.

Entonces echó a correr, deteniéndose brevemente cada pocos metros para tomar aliento. Entornó los ojos, intentando descubrir alguna luz, algún indicio que le revelara el camino. Aquella colina, sí … ¿era la ladera de Pony? ¡Tenía que serlo! Y corrió, corrió a través de la ladera, comenzando a sonreír, estaba llegando … ¡sí! La silueta del orfanato ya se recortaba en la lejanía. ¡Allí estaba!

Pero hubo de detenerse para poder respirar …. Dios, estaba agotada, no sabía cuánto tiempo llevaba corriendo, caminando … pero alzó la cabeza y sonrió, observando la casa. Un último esfuerzo, Candy …

Ascendió la colina con rapidez. Solo podía escuchar su entrecortada respiración. Y al doblar el recodo, de pronto, se dio de bruces con algo y cayó hacia atrás en la nieve.

- ¡Dios! ¿Qué …?

La joven rubia parpadeaba, algo dolorida y confundida, sentada en la nieve, mientras notaba que unas fuertes manos la agarraban por los hombros.

- ¿Candy? ¿Eres tú? ¿Estás bien? ¿Qué haces aquí? - Una voz masculina, profunda … conocida. Parpadeó asombrada, intentando despejarse la nieve de la cara, mientras una mano enguatada le apartaba el cabello de la frente. - ¿De dónde vienes? ¿Qué ha pasado?

La joven intentó enfocar la mirada, al tiempo que intentaba calmar su respiración y llenar de aire sus pulmones. Unos ojos del tono de azul más increíble de la tierra la observaban preocupados, al borde de una gran bufanda que rodeaba parcialmente su rostro.

- ¿Te … Terry? – Los dientes le castañeteaban, los labios le temblaban … no se había dado cuenta del frío que tenía hasta ese momento.

Pero el joven que tenía ante ella reaccionó mucho mejor, poniéndose rápidamente en marcha. Se quitó la gran bufanda de su cuello y se la puso a la joven, mientras la alzaba del suelo.

- ¿Estás sola? ¿Has venido caminando?

- ¿Eres tú? – Candy lo miraba estupefacta. – Dios mío, ¿qué haces … qué …? – El joven la acercó más a su cuerpo, y Candy tembló, no sabía si de frío o de otra cosa.

- ¡Estás helada! Vamos adentro …

Pero en cuanto pudo reaccionar a la sorprendente presencia de su marido allí, en Casa de Pony, apretó el brazo de Terry y se dirigió a grandes zancadas hacia la casa, diciendo por encima del hombro.

- ¡Archie y Annie se han quedado varados en el camino! ¡He de pedir ayuda enseguida!

E irrumpió en la casona, ante los sorprendidos rostros de los empleados, las hermanas, Eleanor Baker … y todos los allí reunidos. La joven ni siquiera era consciente de su aspecto, cubierta de nieve, la larga bufanda de Terry rodeando su cuello, el largo pelo dorado cayendo en cascada, húmedo y brillante, por su espalda, con Terry tras ella.

Pronto movilizó a toda la casa, y Bob, sin apenas darse cuenta, se vio súbitamente montado en el jeep, yendo a buscar a los jóvenes. Candy insistió en acompañarlo, pero al final consiguieron disuadirla de que debía secarse y entrar en calor cuanto antes, o caería enferma.

Una vez despojada de su abrigo, con una humeante taza de chocolate en sus manos y sentada ante la crepitante chimenea, fue realmente consciente de lo que estaba sucediendo a su alrededor. Y aunque su respiración ya se había calmado, no lo había hecho su corazón, que continuaba retumbando en su pecho. Sobre todo, cuando sus ojos se topaban con el apuesto rostro de su esposo.

Este se hallaba ante el ventanal, observándola con sus brillantes ojos, rematadoramente apuesto con aquel traje que resaltaba su atractiva silueta y el azul de sus ojos. El joven no apartaba la mirada de ella, por lo que Candy sentía que su cuerpo iba a estallar por los miles de sentimientos que lo azotaban y no quería ruborizarse y que el resto de los ocupantes del salón se diera cuenta de su estado de ánimo.

- Aún no puedo creerlo … - la joven carraspeó, desviando la mirada del rostro masculino, y centrándose en su suegra y Miss Pony, sentadas ambas frente a ella ante la chimenea. - ¿Qué … qué hacéis aquí?

- Pues ciertamente, todo ha sido gracias a Archibald … - sonreía Eleanor.

- ¿Archie? – Candy la miraba confusa.

- Así es … me escribió contándome que últimamente no te sentías demasiado bien querida, que estabas decaída y triste, y que nos necesitabas a tu lado … - miró discretamente a su hijo y continuó – nos contó sus planes de venir aquí, a este encantador lugar a celebrar la Nochebuena en familia … y no pudimos negarnos.

- Oh … - la joven enrojeció, turbada. – Bueno, yo creí que …

- Sí, sé que te dije en mi carta que teníamos planes … - la actriz sonreía - … una pequeña mentirijilla para no estropear la sorpresa …

- Estamos encantadas de teneros a todos bajo nuestro techo, querida … - Miss Pony le apretó la mano. – pero, en cuanto te termines el chocolate, ¿no crees que deberías quitarte esa empapada bufanda y esa chaqueta hasta que llegue tu ropa y puedas cambiarte? - La joven frunció el ceño y se observó a sí misma, constatando que, efectivamente, aún llevaba puesta la bufanda de Terry, y enrojeció como las brasas. - Señorita Baker, me encantaría enseñarle nuestras instalaciones … - comentó Miss Pony, levantándose del sillón, al tiempo que la actriz la imitaba.

- Será un placer …

Y ambas mujeres salieron de la estancia, charlando, dejando al joven matrimonio solo.

El silencio reinaba en el salón, apenas roto por el crepitar de las llamas. Candy se quitó la bufanda del cuello y la dejó en su regazo, mientras notaba el temblor de sus manos. Apenas se atrevía a levantar la cabeza. Dios, había deseado tanto verle … y ahora apenas se atrevía a mirarle. ¿Qué estaría sintiendo él?

- ¿Candy? – La ronca voz, mucho más cerca, hizo que la joven pegara un respingo. No se había percatado de que su esposo se había movido. Terry se hallaba sentado frente a ella, observándola. Sus ojos se encontraron … y quedó prendida de ellos. Oh, Terry … susurraba su corazón. Vio cómo el joven parpadeaba, turbado, y se inclinaba ligeramente en el sillón, volviendo a observarla. - ¿Te … te parece bien que hayamos venido?

- ¿Qué …? – Ella enrojeció. – Por supuesto que sí … - su voz sonó más fuerte de lo que pretendía y se mordió el labio, creyendo ver una chispa divertida en los ojos de acero. – Yo … - Maldita sea, Candy, te estás portando como una adolescente - … te echaba de menos … - hizo un esfuerzo por alzar la mirada y clavó sus ojos verdosos en los de su esposo.

- Lo siento … - susurró él, mientras la joven fruncía el ceño – siento lo que ocurrió …

- Terry … - él se acercó y cogió su mano.

- Fui un imbécil, lo lamento … no quería hacerte daño, solo que …

- Ya está, no pasa nada …

- No, sí que pasa, Candy. Yo no sabía lo que había sucedido …

- No quise preocuparte … - el joven asintió, grave el rostro.

- Me gustaría hablar contigo, contarte … - calló un segundo, aturdido. – Dios, no sé cómo empezar … - ella le apretó la mano.

- Bueno, tenemos tiempo. – Sus ojos se encontraron y la joven sonrió. – Me alegro mucho de que hayáis venido. – Él sonrió de lado y la joven sintió una dolorosa punzada de recuerdos, pero hubo de contenerse, no quería que Terry volviera a alejarse de ella por aquel asunto de la memoria. - ¿Qué tal la residencia? Debes contármelo todo …

- Sí, lo haré … - los ojos de Terry cambiaron, y Candy lo percibió al instante. Su corazón comenzó de nuevo a latir salvaje, su respiración se aceleraba … ¿por qué era tan sexy? ¿Se daba él cuenta de lo perturbadoramente sexy que era? Notaba aún sus manos entrelazadas … y en ese instante lo que desearía es que la tomara en sus brazos y la besara.

Ambos estaban perdidos ya el uno en el otro, mirándose, admirándose … cada rasgo, cada curva del rostro … el aire hubiera podido estallar de electricidad … Terry alargó una mano y acarició suavemente la tersa mejilla femenina, mientras ella suspiraba. Ya no podía más, se atrevería … llenó de aire sus pulmones y se acercó lentamente a él …

Pero un ruido cada vez más cercano la distrajo de su cometido. Un ruido que comenzaba a sofocar el crepitar de las llamas. Terry también frunció el ceño y giró la cabeza hacia el ventanal.

- ¡El jeep! – La joven se levantó rápidamente y se alejó hacia la puerta.

Terry suspiró y se levantó también, más lentamente, siguiéndola al exterior. Sí, debían mantener una larga conversación … aquellas semanas separados habían servido para que el joven se diera cuenta de muchas cosas, miles de sentimientos e inseguridades se agolpaban en su interior, pero sus psicoterapeutas le habían ayudado mucho para poder poner en orden sus prioridades … debía encauzar su vida un poco, debía saber lo que deseaba … o no podría recuperarse nunca.

Observó a la preciosa joven que era su esposa, aquella joven que te alegraba la vida con su sola presencia … ¿querría ella continuar a su lado a pesar de todo? ¿Querría estar con él a pesar de no ser él ya la misma persona de la que se había enamorado? Sí, debían hablar, hablar de tantas cosas … y era cierto, no había avanzado mucho en sus recuerdos … pero su corazón sabía instintivamente que sentía algo profundo por aquella joven, que la deseaba, que quería estar con ella más que nada …

Sí, Nueva York lo había enamorado … y la clínica era fantástica, la mejor en su campo. Había podido trabajar con los mejores profesionales, le habían hecho muchas pruebas, había conocido a otros pacientes en su misma situación … Dios, había avanzado tanto en aquellas semanas … pero seguía sin ser Terrence Grandchester, él no era el Terrence Grandchester que todos esperaban …


En cuanto llegaron Archie y Annie, el orfanato se revolucionó con los nuevos visitantes. Pronto todos se enteraron de que Candy había vuelto y quisieron saludarla y estar con ella, con lo que la rutina de la institución se alteró sobremanera, y las profesoras y las hermanas debieron poner orden y llevarse casi a rastras a los invitados al edificio de pequeños apartamentos que se encontraba un poco más alejado de la casa principal, el cual era de reciente construcción y se utilizaba para albergar a personas ajenas a la institución que se quedaban a pasar unos días.

Normalmente, Candy tenía su propia habitación en el ala donde se encontraban las habitaciones de las hermanas y profesoras, aunque la última vez que había estado allí, se había alojado en ese edificio con Terry. Lo cierto es que era muy cómodo y al estar algo alejado, proporcionaba mayor privacidad y tranquilidad a sus ocupantes.

El edificio contaba con ocho suites, cada una con su propio baño y su pequeña sala de estar, así como un salón común más grande en el centro y una equipada cocina. Habían sido acondicionadas cinco suites para los invitados, y cada uno se acomodó en su respectiva habitación, sin hacer preguntas.

Candy ayudó a Annie con sus maletas y con la ayuda de Miss Pony, la acostaron en la gran cama frente a la chimenea. La joven se lo agradeció con una sonrisa y apretó la mano de la mujer de más edad.

- Gracias, Miss Pony.

- No debes darme las gracias, querida, estás en tu casa. – La joven morena suspiró y sus ojos azules se llenaron de lágrimas. La mujer se sentó a su lado en la cama y la abrazó. – Está bien llorar, mi niña, hay que descargar el corazón … así se ven las cosas mejor por la mañana.

- Pero … pero si usted supiera … - la joven sollozaba contra el pecho de la dama.

- Sssshhh … - Miss Pony la besó en la cabeza. – No debo saber nada hasta que tú no estés preparada para contarlo … - acarició el negro pelo de la joven mientras sus ojos se encontraban con los de Candy, apostada a los pies de la cama – quizá la calma y tranquilidad de la colina aligere vuestros corazones …

Dejaron a Annie descansando en el lecho y Miss Pony acompañó a Candy hasta su propia habitación, abrazándola ligeramente.

- ¿Estarás bien? – Susurró la mujer.

- Sí, - asintió la joven – gracias.

- Sabes dónde encontrarme si me necesitas, querida.

Volvieron a abrazarse y la joven entró a la habitación. La chimenea ardía y la estancia estaba agradablemente caldeada. Sintió una punzada en el corazón al percatarse de que esa era la misma habitación en la que estuvo con Terry la última vez que había estado en Casa de Pony. Sintió escozor en los ojos al rememorar cada instante pasado allí con su marido. ¿Volverían a estar así alguna vez? Dios, no sabía cómo reaccionar, cómo dar el paso …

Sabía que él también tenía sentimientos hacia ella … no sabía si solo se trataba de deseo sexual o si había algo más, pero estaba segura de que sentía, sentía tanto como ella …

Maldita sea, Candy, vas a volverte loca … sí, debían hablar, ya no podían posponerlo más. Tal vez aquel fuera el momento, aquel fuera el lugar donde pudieran volver a encontrarse, de alguna manera … Candy quería ayudarle, deseaba tanto ayudarle … y sí, debía ser consciente de que tal vez, bueno, tal vez no volviera a recordar … ¿y entonces?

Se sentó en el lecho, pasándose las manos por el rostro cansado. Había tenido mucho tiempo para recapacitar, para pensar en aquella situación … y todo se había puesto patas arriba en cuanto había vuelto a mirarse en aquellos ojos … esos ojos que la hacían temblar, suspirar, desear … lo echaba tanto de menos …

Se desvistió lentamente y se metió a la cama, perdiéndose sus ojos verdosos en la danza irregular de las llamas de la chimenea.

Frunció el ceño mientras su cerebro emergía de los restos de un profundo sueño. Se había quedado dormida … ¿cuándo? Ni siquiera se había dado cuenta. Se incorporó un poco, desorientada. Las llamas de la chimenea apenas eran unos rescoldos rojizos de brasas, y la temperatura en la habitación había descendido un poco, por lo que se arrebujó más en el grueso edredón. ¿Qué era lo que la había despertado? Le había parecido que alguien pronunciaba su nombre …

Los copos de nieve seguían cayendo con fuerza tras el ventanal. Una buena nevada. Iban a tener una Nochebuena blanca, de todas formas. Pero se sentía inquieta …

Se levantó de la cama y se estremeció ligeramente, buscando su bata alrededor. ¿La había sacado de la maleta?

De pronto, creyó oír su nombre en la oscuridad, y toda la piel del cuerpo se le erizó. Aguzó el oído, ¿eran imaginaciones suyas?

Se acercó a la puerta y la abrió, saliendo al pasillo descalza. Empezaba a tener frío. Su fino camisón de tirantes no era la prenda más adecuada para andar por los pasillos en una noche como aquella. Pero … sus pasos la encaminaron lentamente hacia la puerta de al lado y se quedó plantada ante ella, con el corazón palpitante.

¿Qué demonios estoy haciendo? ¿Estoy loca? Acercó el oído a la madera maciza … sí, se oían ruidos al otro lado … ¿verdad? … en un impulso, abrió la puerta y entró.

La estancia estaba en penumbras, apenas iluminada por las brasas de la chimenea. Estás como una cabra, Candy … susurraba su cerebro a la oscuridad, mientras se mordía el labio. Sus lentos pasos la encaminaban irremediablemente hacia el lecho …

Sí, el joven que yacía tumbado en la cama estaba dormido, pero sus sueños eran agitados. Giraba la cabeza de un lado a otro, el ceño fruncido … al acercarse más, la rubia se percató de que el joven sudaba copiosamente y gemía … estaba sufriendo … y el corazón se le encogió. Oh, Terry …

- Candy … - ella se sobresaltó ligeramente, pero no se apartó – ah … no …

- Terry … - sus manos temblaban cuando las acercó al rostro del joven.

- Candy …

- Estoy aquí … - se sentó en el lecho y le pasó las manos por el cabello – Terry … - él se agitaba – Terry … - De pronto el joven abrió los ojos asustado y se levantó ligeramente. – Tranquilo, tranquilo, Terry … - le agarró tiernamente el rostro.

- ¿Candy? – Él la miraba estupefacto.

- Estabas soñando … me llamabas …

- ¿Qué? – Terry se puso una mano en la frente. – Mierda, me duele … - ella le acariciaba el cuello.

- ¿Te duele la cabeza? ¿Quieres que vaya a por un analgésico?

- No, se pasará …

- Terry, ¿sueles tener a menudo estos … sueños? ¿Te duele la cabeza a menudo? – Él asintió.

- Pero no debes preocuparte … los médicos han dicho que es normal …

La joven suspiró, bajando las manos, pero entonces él las retuvo.

- Espera, Candy … - sus ojos se encontraron y ya Candy no oyó nada más que el palpitar de su corazón retumbar en las sienes.


¿Cómo es posible? ¿Cuándo ha sucedido? ¿Cómo ha sucedido? ¿Y qué importa de todas formas? Estoy tan cerca de él … noto su aliento quemar mis labios, noto su incertidumbre … mis dedos juegan con su pelo, su cuello … muerdo suavemente su labio inferior y oigo su grave gemido … mi cuerpo grita porque me toque, mis pechos están llenos, duros, rozándose una y otra vez contra ese pecho amplio, perfecto … apenas hemos dicho nada, no necesitamos decir nada …

Cuanto deseo tocarla … ¿qué milagro ha sucedido para tenerla así, abrazada a mí? Estoy tan nervioso que me siento hasta un poco mareado … me alzo un poco en el lecho y observo su rostro arrebolado.

- ¿Estás bien?

Yo solo puedo sonreír, aunque me tiemble todo el cuerpo. Veo como esa diosa se arquea un poco hacia mí y se baja lentamente los tirantes del fijo camisón hasta las caderas. La visión de esos senos llenos, duros, níveos … casi hace que mi pene estalle y aprieto los dientes, mientras Candy me coge de nuevo el rostro y su pequeña lengua penetra en mi boca.

Siento que debo ser yo quien le aliente. Está tan nervioso, inseguro … y una vocecita de alarma penetra mi cerebro por unos segundos intentando razonar, cuestionando si lo que estamos haciendo es lo correcto … pero sólo son unos segundos, ya que acallo la vocecita con rapidez y poseo su boca casi con desesperación. Él tarda un poco en adaptarse … pero pronto nuestras lenguas húmedas danzan la misma melodía. Las respiraciones se aceleran … deseo tanto que me toque …

- Terry, tócame …

- ¿Estás segura? – Su voz grave es apenas un susurro en mis labios, pero sus dedos ya avanzan por mis caderas, mi cintura, mi abdomen …

Cuando su mano rodea uno de mis pechos, gimo.

Y creo que voy a enloquecer cuando mis manos rodean sus pechos … no sé cómo, pero sé que ya he hecho esto antes, siento que ya he vivido todas estas sensaciones … aunque no puedo recordarlo. Mis dedos juguetean con un pezón rosado, lo pellizcan, lo lamen … ella jadea, arqueada hacia mí …me muevo ligeramente y mi pene erecto amenaza con salirse del pantalón. Ella acaricia mi espalda desnuda y volvemos a besarnos profundamente.

Me alzo un poco y Terry se levanta ligeramente.

- ¿Qué …?

Deslizo el camisón por mis caderas, y cuando Terry se percata de ello, sonríe y me ayuda con la prenda, deslizándola por los muslos para desecharla luego lejos de nosotros. Mis manos se acercan al borde de su pantalón de pijama y siento cómo se tensa su cuerpo, pero mi esposo se queda quieto, semi arrodillado en el lecho, y deja que lo libere, descubriendo su pene erecto ante mis ojos. Hacía tanto tanto tiempo … mis pudores se han ido al infierno en estos momentos. Estoy con mi esposo, con recuerdos o sin ellos, y solo puedo pensar en darle placer.

Apenas puedo respirar cuando Candy me quita el pantalón y descubre mi enorme erección, pero en vez de asustarse, se acerca lentamente hacia mí y de pronto me toca. ¡Dios! Una ola de placer me atraviesa y tengo que agarrarme a la sábana. Me tambaleo un poco y ella me insta a que me tumbe de espaldas, mientras se sienta a horcajadas encima mío. Me falta el aliento. Voy a explotar como siga así. Cuando notó su boca húmeda rodear la punta del pene, grito, no puedo evitarlo., y … oh, voy a …

- Candy … - ella continúa lamiendo el glande y toda la longitud de la que es capaz, y yo aprieto los dientes – voy a …

Él está preparado. Y yo deseo tanto sentirlo … me encaramo en sus caderas y guio el pene en mi interior, ahogando un grito. Terry rodea mis gluteos con sus manos, gimiendo, mientras me muevo lentamente, rotando mi cintura, echando la cabeza hacia atrás …

- Oh, nena … más rápido … - Candy acelera el movimiento y yo estoy tocando el cielo … - pero aún no … - susurro – espera …

Ella se detiene, desconcertada … y la insto a que se mueva y salga de mí, para a continuación ponerme encima suyo, besando su abdomen, su piel estremecida … sus duros pezones, su cuello arqueado … oigo sus excitantes jadeos en mis oídos … mis dedos tienen vida propia, no necesito ordenarles lo que han de hacer, es desconcertante … excitante … palpo la humedad entre sus muslos, el duro nódulo del clítoris, lo que provoca que Candy grite aún más fuerte y deba acallarla besando su estremecida boca … y entonces la penetro lentamente.

Lo noto en mi interior, empezando a empujar suavemente, cada vez más rápido … quiero más …

- Oh, Terry … - nuestras lenguas se buscan ávidas, en un arrebato muerdo su labio …

- Ouch … - se queja Terry suavemente y muerde mi cuello, sin dejar de moverse.

Está lista … igual que yo … me apoyo en el colchón con las dos manos, cercándola, nuestros cuerpos acoplados moviéndose al unísono … voy a estallar de placer de un momento a otro …

- Candy …

- ¡Sí, oh sí! ¡Terry!

Noto las uñas de Candy en mi espalda … oh, Dios mío …


Los rescoldos de la chimenea apenas ya iluminaban los cuerpos desnudos, y aún agitados, de los amantes en el lecho. Ambos intentando aún regularizar sus respiraciones, sin apenas tocarse, mirándose maravillados y asombrados a los ojos, estremeciéndose la piel de sensaciones y del cambio de temperatura de sus cuerpos.

- No … no, por favor, no digas nada … - susurró ella al constatar que el joven había movido los labios. Vio cómo Terry sonreía en la semi penumbra.

- No podría … estoy maravillado, apabullado … - Candy se mordió el labio, sonrojándose, y su piel se estremeció al pasar Terry un dedo por su brazo. – Te estás enfriando … ven aquí …

Su voz … tan sexy, tan seductora … ella sintió que su cuerpo volvía a encenderse, mientras su marido se alzaba un poco y recuperaba el grueso edredón de los pies de la cama, para a continuación taparlos a ambos y atraer a Candy a sus brazos.

La joven enterró el rostro en el cuello masculino, aspirando su olor, tan conocido, tan añorado … mientras sentía las manos de Terry acariciar su espalda desnuda, sus glúteos …

Se apartó un poco y sus rostros quedaron muy cerca, sobre la almohada, observándose fijamente.

- Quédate conmigo … - pidió él, y casi era un ruego, una súplica imposible de negar – por favor, quédate conmigo esta noche … - se besaron lentamente en los labios – te prometo que no hablaré, si no lo deseas … - ambos sonrieron, sin poderlo evitar, y la joven volvió a abrazarse a su cuello, disfrutando de las caricias que se prodigaban, del silencio y de la paz de sus cuerpos … en un acuerdo mutuo de entrega sin precedentes.


Despertó de pronto, con un ligero sobresalto, y enseguida constató que se hallaba rodeada por los fuertes brazos de su esposo, rodeada de calor, de … ¿amor? Giró lentamente la cabeza hacia el atractivo rostro masculino y suspiró levemente. ¿Qué era lo que había hecho? Se ruborizó como una antorcha. Dios mío … se había comportado como una … una … ¿qué pensaría Terry de ella? Se había desinhibido completamente …

Alzó despacio una temblorosa mano y acarició el mentón masculino con un dedo. Qué hermoso era … incluso dormido profundamente, como ahora. Sin sueños ya, sin pesadillas … Terry tenía el rostro relajado, sereno. La joven se mordió el labio y de pronto, sintió un nudo en la garganta. No había podido evitarlo … y no sabía si había sido prudente dejarse llevar de esa manera.

Sí, había sido diferente … no iba a negar lo obvio. Parecía … parecía que hubiera hecho el amor con un desconocido, muy sexual, apasionado … pero a la vez … al mismo tiempo era Terry ... su Terry, su esposo ... el hombre que amaba. ¿Tenía sentido todo aquello?

Observó de nuevo el hermoso rostro dormido y se movió muy lentamente, para no despertarlo, para a continuación salir del calor del lecho. Un escalofrío recorrió su cuerpo de punta a punta y corrió a recoger sus braguitas y camisón del suelo de la habitación, para a continuación proceder a ponérselas rápidamente y abandonar la estancia sin hacer ruido, cerrando despacio la puerta al salir.