La colina de Pony recibía vestida de blanco al tímido y apagado amanecer, cuando una joven rubia abrió la puerta de la gran cocina de la institución cargada con varios cubos de leche, saludando a todos los que ya se encontraban en la estancia realizando sus quehaceres.
- ¡Candy!
La joven era muy querida por todos y cada uno de los trabajadores de Casa de Pony, así como por las profesoras, las hermanas y por supuesto, por todos los niños, y algunos de ellos no habían tenido aún ocasión de saludar a la joven la noche anterior, así que la actividad se interrumpió unos instantes, mientras todos se reunían alrededor de Candy para besarla, abrazarla y hablar con ella.
- ¿Vienes de los establos?
- Pero ¿cómo se te ocurre, jovencita?
- Candy, sabes que no tienes que hacer nada de esto …
- Pero si no me cuesta nada …. ¡Sam! ¿Has podido llegar desde la villa?
- Sí, la nieve no ha cuajado tanto como parecía …
- Pues la colina está sepultada …
- ¡Candy! ¡Ven a darme un abrazo!
Pero nadie se percataba del joven de pelo castaño que permanecía a un lado de la gran estancia, sentado en un pequeño taburete, con una taza de humeante chocolate en la mano, no perdiendo detalle de la joven que era el centro de atención de todos.
El joven sonreía tras el borde la taza, observando cada detalle, cada gesto … Dios mío, era preciosa … ¿sabía ella lo hermosa que era? El pelo rubio alborotado, recogido descuidadamente en lo alto de la cabeza, las mejillas sonrosadas por el frío del amanecer, los increíbles ojos verdosos brillantes, alumbrados por aquella hermosa sonrisa que te llegaba al alma … ¿cómo no estar encandilado por ella? A Terry no le sorprendía en absoluto la reacción de los presentes … y su secreta sonrisa revelaba que se sentía el hombre más afortunado de la tierra por haber tenido la oportunidad … o el privilegio más bien, de haberla tenido toda la noche entre sus brazos.
Había despertado hacía apenas una hora, solo en el lecho, algo aturdido … pero enseguida aquella estúpida sonrisa se había pintado en su rostro … y ya no le había abandonado. Y ni siquiera había podido sentirse decepcionado por no haberla encontrado a su lado. No perdió tiempo en levantarse, asearse y vestirse rápidamente para ir en su busca. Sabía que tarde o temprano la encontraría en alguna parte, trabajando o ayudando en alguna tarea.
Apenas eran las siete de la mañana … y Terry se había sorprendido de la cantidad de gente que ya se hallaba inmersa en sus quehaceres, preparada para afrontar un nuevo día. Había irrumpido en la amplia cocina con timidez, sin saber muy bien si sería bienvenido o si debería estar allí. Pero sus inquietudes apenas duraron cinco segundos, ya que en cuanto lo descubrieron, enseguida arrimaron otra silla a la mesa, donde las risas y la camaradería habían sido las protagonistas hasta hacía apenas media hora, cuando todos se habían puesto en marcha para comenzar el día. Y Terry se había sentido por primera vez desde que había despertado en el hospital, integrado, no cuestionado … se había sentido como uno más, ya que no había nada más que simpatía en aquellos rostros, aquellos ojos y aquellas sonrisas … y el joven se sintió en paz consigo mismo por vez primera.
- Menudo hombre, nena … - le susurró Amanda, una de las cocineras, a Candy al oído al pasar por su lado, saludándola. La joven frunció el ceño y siguió el gesto de Amanda, descubriendo a Terry sentado a una de las largas mesas.
El aire escapó de pronto de sus pulmones y sintió cómo todo su cuerpo se estremecía al sentir aquellas pupilas de acero fijas en ella. Parpadeó turbada, intentando recobrar la compostura, mientras veía cómo Terry sonreía seductoramente al acercarse a él.
- Buenos días. – Saludó con voz ronca, y Candy intentó sonreír, tragando saliva.
- Buenos días, Terry, has madrugado.
- Pareces sorprendida de ello … - el joven ladeó la cabeza en un gesto tan familiar que Candy suspiró, sobrecogida. Una chispa de diversión cruzó las pupilas azules, y la joven se forzó a seguir el juego.
- Bueno … toda tu vida has tenido tendencia a que se te pegaran las sábanas …
- Oh, ¿de veras? – el rostro del joven se tornó serio y Candy sintió que toda la sangre escapaba de su rostro. Maldita sea … - bueno, parece que todo ha cambiado …
- Yo … Terry … - entonces el joven súbitamente se echó a reír y la joven parpadeó sorprendida.
- Vamos, Candy, estaba bromeando …
- ¡Eres tonto! – Le golpeó el hombro, frunciendo el ceño, mientras el joven seguía riendo y observándola, al tiempo que atrapaba la pequeña mano femenina entre las suyas. El cuerpo de Candy tembló ante su contacto y tragó con fuerza, alzando la mirada hasta encontrarse con sus ojos. Ya ninguno de los dos reía.
- Me he sentido muy solo esta mañana al despertar … - susurró él sin dejar de mirarla. La joven sintió que su rostro estallaba en llamas. Parecía como si la hubiera tocado, como si de pronto estuvieran solos en la amplia cocina y hubiera rozado con sus labios la blanca piel de su cuerpo.
- Yo … tenía varias cosas que hacer … - él le dedicó una media sonrisa tan dulce y hermosa que la joven tuvo que apartar la mirada para no perderse. - ¿Café? – Alzó una ceja hacia la taza humeante de encima de la mesa.
- Chocolate. – Sus ojos volvieron a encontrarse y ambos sonrieron.
- Ya me extrañaba a mí ….
- ¿Por qué?
- Bueno, a ti nunca … - y entonces calló turbada. Otra vez, mierda.
- Eh, Candy … - Terry le alzó la barbilla para que le mirara – no pasa nada, ¿de acuerdo? Como ya te dije anoche, hemos de hablar de muchas cosas … - arqueó una ceja - ¿qué vas a hacer ahora? Podríamos dar un paseo …
- Bueno, yo … - la joven miró alrededor, turbada – hay varias cosas que …
- Nada de eso, guapo, puedes llevártela sin problema. – Constance, otra de las cocineras que pasaba en ese instante por su lado, dirigió una significativa mirada a Candy, mientras guiñaba un ojo a Terry.
- Pero …
- Todo está controlado, querida, lo sabes. La colina seguro que está preciosa bajo ese manto blanco. – Sonrió y les hizo un gesto. – Abrigaos bien, ¡hace frío!
Annie despertó al sentir claridad en el rostro y parpadeó, alzándose ligeramente y mirando alrededor. La habitación estaba fría. Se había apagado completamente la chimenea.
Sintió cómo se erizaba la piel de sus brazos y se obligó a moverse, levantándose del lecho lentamente. Pero una vez apoyo los pies en el suelo, una náusea vino a acosarla y hubo de correr al baño, precipitándose sobre el retrete. Tardó varios minutos en poder recomponerse lo suficiente como para poder volver a la habitación.
Buscó su bata alrededor y la localizó en el diván, procediendo a ponérsela rápidamente. Debía reunir fuerzas para asearse y bajar a desayunar. El médico le había insistido en que debía obligarse a comer, aunque no sintiera deseos de ello. Se abrazó a sí misma y se forzó a no caer en la desesperación. Maldita sea, Annie, espabila.
Se acercó a la chimenea y removió las brasas, amontonando un poco de leña. Al cabo de unos minutos, un suave pero creciente fuego ardía en el hogar.
- ¿Lo ves, Annie? No ha sido tan difícil. – Dijo en voz alta y sonrió. No, no había sido tan difícil … no iba a ser tan difícil, ¿verdad? Ahora estaba en casa. - Estamos en casa, pequeño … - susurró a su abdomen y acarició la incipiente curva de su barriga.
Debía centrarse en ello, debía estar entera, ser fuerte … fuerte por ambos.
No podía creer en su buena suerte. No podía creer que Archie hubiera accedido a que se quedara un tiempo en Casa de Pony. Comenzaba a tener sentimientos contradictorios en relación con su esposo … y eso la confundía y la turbaba. Podía y a la vez no podía comprender a Archie …y al mismo tiempo, no podía sentirse más agradecida … y afortunada. Necesitaba descansar, tranquilidad, reposo …. ¿qué mejor lugar que Casa de Pony para tranquilizar su espíritu?
Y no podía perder aquel bebé también, no aquel … aquel bebé era lo único que mantenía a Matt en este mundo … y no solo en su recuerdo.
Entonces sintió que sus ojos volvían a llenarse de lágrimas. Intentaba no pensar demasiado, no debía pensar demasiado … pero a veces era complicado no dejarse llevar por los recuerdos. Era tan complicado no recordar aquellos rasgos, aquella sonrisa … Dios mío … ¿cuánto tardaría en empezar a no poder recordar con exactitud cada centímetro de su hermoso rostro?
-escena retrospectiva-
- No sabes lo que he echado de menos esto … - susurraba el joven mientras besaba suavemente la curva de un seno y ascendía hasta el rosado pezón, haciendo gemir a la joven que estaba bajo él – y esto … - otro beso en el cuello – y esto … - el lóbulo de la oreja …
- Oh, Matt … - El hermoso rostro apareció en su campo de visión y los magnéticos ojos ambarinos la acariciaron.
- No vuelvas, Anne …
- ¿Qué?
- Vámonos ahora, ahora mismo, a donde quieras …
- Matt … - Annie se removió bajo él, frunciendo el ceño – ya hemos hablado de esto … - hizo amago de moverse, pero él no la dejó.
- Está bien, está bien, lo siento … - le giró el rostro y la besó en los labios – no volveré a abrir la boca … - volvió a besarla, más profundamente, y ella se relajó en sus brazos, adaptándose al beso.
Se deleitaron el uno en el otro durante unos minutos más, acariciando sus cuerpos desnudos, mientras la tarde decaía y el sol se escondía en el horizonte.
- ¿Lo dices en serio?
- ¿Ummm? – Matt separó los labios de la piel de su hombro y la miró, sonriendo.
- Lo de marcharnos, ¿va en serio? – Annie observó cómo Matt intentaba disimular su sorpresa.
- Todo lo relacionado contigo me lo tomo muy en serio, Anne …
- ¿Y qué haremos?
- ¿Qué haremos? – Matt acariciaba suavemente su abdomen, bajando sus dedos lentamente hacia la zona del pubis. La respiración de la joven se aceleró.
- Primero iremos a Nueva York … - Matt besó un pezón mientras acariciaba lentamente la zona intima femenina y Annie pegaba un respingo – ssshhhh, nena … relájate … - la besó en la boca y siguió jugueteando con sus dedos hasta encontrar el duro nódulo. Annie se mordió el labio.
- Oh, Matt …
- Y después de Nueva York a donde desee tu corazón … - Annie comenzó a gemir – eso es, nena … - volvió a morder sus pezones – me vuelves loco … - susurró contra su piel – iremos en barco, en coche … en avioneta …
- Aah, Matt …
- Haremos el amor en todas partes … donde sea, con tal de estar juntos … - sus bocas volvieron a unirse, ávidas – estarías tan hermosa embarazada …
-fin de escena retrospectiva-
Las lágrimas rodaban por las mejillas de la joven morena mientras observaba la danza irregular de las llamas. Palabras lanzadas en un arrebato de pasión, antes de hacer el amor … parecía profético, ¿quién lo hubiera imaginado? En aquella suite, antes de la maldita fiesta, mientras todo se desmoronaba a su alrededor …
Y sin saberlo … le hizo el regalo más hermoso del mundo … y ahora ella tendría a su hijo. A su precioso hijo.
El frío y húmedo aire azoto sus rostros cuando ambos salieron de la casona, observando maravillados alrededor. Durante la noche, la nieve había sepultado toda la colina, y los árboles se hallaban cargados hasta la punta de nieve blanca.
- Oh, que hermoso … - susurró Candy, sonriendo.
- ¿Habías visto así este sitio alguna vez?
- ¿Qué? Claro que sí. – Rió ella. – Pasé aquí mi infancia.
- ¿De veras? – Los azules ojos de Terry la escrutaban indescifrables desde el borde de su bufanda. – Cuéntame.
Y la joven volvió a reír, mientras comenzaba a relatarle anécdotas pasadas en la colina y el orfanato. Echaron a andar por la nieve, Candy hablando y ambos riendo de vez en cuando, cuando de pronto él la cogió de la mano. La joven se sorprendió tanto que detuvo su relato.
- ¿Sucede algo malo? – Arqueó Terry una ceja, y la joven se ruborizó.
- No … nada … - y con un suspiro de la joven, continuaron su camino, tomados de la mano.
Sin apenas darse cuenta, llegaron a los establos y al entrar, Terry se detuvo sorprendido, aspirando con fruición.
- ¿Qué sucede? – La joven le tocó el brazo, preocupada.
- Nada … es … es este olor … - el joven parpadeaba, mirando alrededor – Dios, me resulta tan familiar …
La joven nada dijo, tenía un nudo en la garganta, pero no quería estropear el momento. Un relincho llamó la atención de ambos y Candy sonrió, acercándose a la hermosa yegua negra.
- Hola, preciosa. – Bella cabeceó contenta, piafando y dejando que su dueña le acariciara el cuello y el morro. – Mira a quien he traído. Recuerdas a Terry, ¿verdad?
La joven se volvió a mirar a su marido para decirle que estuviera tranquilo, que la yegua era inofensiva, pero no hizo falta, ya que Terry se hallaba a su lado, con una tierna y dulce mirada, acercando sus manos a la negra piel brillante del animal.
- Hola pequeña … - Candy sintió que su piel se estremecía al oír el tono de voz de su esposo. Ese tono era especial, Terry solo lo usaba para las personas, en este caso animales, que amaba …lo usaba para ella … Dios mío, ¿él me ama? – Eres preciosa … sí, sí que lo eres, y lo sabes … - Terry reía mientras la acariciaba y Candy lo miraba embelesada. Al cabo de un momento, él arqueó una ceja en su dirección. - ¿Qué?
- Nada … - la joven cabeceó – es que siempre se te han dado tan bien los caballos …
- Son animales nobles y hermosos … - susurró él pasando una mano por el cuello negro de Bella.
- Sí, es cierto … - Pero de pronto, el rostro de Terry cambió y se agarró las sienes, apartándose un poco de la yegua. - ¿Terry? ¡Terry!
- Estoy bien, tranquila …
- No, no lo estás … - Candy lo tomó del brazo mientras él se apretaba la frente con un rictus de dolor en el rostro – ven, por favor … - se acercaron a unas balas de heno – has de sentarte …
- Estoy bien …
- Terry … - y ante la súplica en la voz de ella, obedeció, al tiempo que Candy se arrodillaba ante él.
- Enseguida estaré bien … - intentó él sonreír, aspirando con fuerza.
- No te preocupes … - Candy lo observaba con el corazón en los ojos. Le tomó la mano. – Has de contarme qué son esos dolores de cabeza, Terry … ayer también te retorcías de dolor en el lecho …
- ¿En serio? – él le dirigió una pícara sonrisa y ella se ruborizó, bajando los ojos.
- Oh, Terry …
- Está bien, está bien, ahora en serio. – Los azules ojos se oscurecieron y la miraron con gravedad. El corazón de Candy comenzó a latir con fuerza. – Los médicos no saben por qué me sucede. Podría ser que vaya a comenzar a recordar … - el joven apartó la mirada - … pero no es el caso. No voy a mentirte – le acarició la mejilla – he tenido ciertas … visiones … - la joven no pudo ocultar su sorpresa.
- ¿Visiones? – él asintió.
- Un niño pequeño corriendo por un castillo … un joven montando un caballo … creo que soy yo … - Terry se encogió de hombros y ella le apretó la mano, intentando que los ojos no se le llenaran de lágrimas – escenas haciendo el amor con una diosa … - entonces la observó profundamente y Candy sintió cómo sus mejillas ardían – ahora sé que eras tú … - sonrió él sensualmente, pero enseguida volvió a tornársele serio el rostro - escenas inconexas, todas ellas … apenas recuerdo nada coherente … - se levantó súbitamente y Candy se apartó, dejándole espacio. – estaba tan asustado … - se volvió a mirarla – fui tan estúpido …
- ¿Qué? No, Terry …
- Me han hecho un motón de pruebas durante estas semanas … y no han sacado mucho en claro. Pero los psicoterapeutas me han ayudado muchísimo. – El joven aspiró profundamente. – Y yo sí que creo que tengo las cosas mucho más claras ahora. Por eso he venido, Candy, porque necesito contarte todo, necesito dejar las cosas claras entre nosotros …
- ¿Qué …? – La joven lo miraba alarmada. - ¿A qué te refieres?
- Tal vez no vuelva a recordar nunca … hemos de enfrentar ese hecho. Y he de volver a la clínica cuanto antes para seguir en observación, fueron reacios a dejarme marchar …
- ¿Qué? Pero …
- Espera … déjame terminar, por favor, porque si no … tal vez no pueda. – Se le quebró un poco la voz y se recompuso enseguida. – Yo he sufrido, es cierto, pero no puedo imaginar lo que puedes estar sufriendo tú, además de todo lo que te ha pasado …. – la joven parpadeó y las lágrimas rodaron por sus mejillas, mientras Terry se acercaba y le acariciaba la mejilla – nena, no llores … - Candy apretó el rostro contra la palma – quizá no sea lo que esperas … lo que … lo que era. Pero te juro, Candy, que desde que abrí los ojos en aquella cama de hospital … sentí que mi corazón es tuyo.
- Oh, Terry … - la joven lloraba.
- No puedo pedirte que me acompañes en este viaje, no puedo pedirte que me ames … pero … bueno, tal vez … - se encogió de hombros y volvió a mirarla profundamente a los ojos. Candy sintió que su corazón explotaba ante aquella miraba azul. La voz de Terry la acarició. – Jamás volveré a dejarte sola como lo hice, estaba perdido, asustado … pero ya no, nunca más. – Observaba su rostro casi con reverencia, con un sentimiento tan profundo que Candy sintió cómo se estremecía su piel. - Tengo claro que quiero compartir mi vida contigo, tengo claro que deseo conocerte, conocer la persona que era … y también la persona que soy ahora … - Candy lloraba – pero no puedo pedirte que me acompañes … no sería justo, si tú no …
- Sssshhh … - ahora fue ella quien le puso un dedo en los labios. – Oh, Dios, Terry … - Suspiró profundamente, sin dejar de mirarle, y en un impulso se abrazó a su cuello. El joven la estrechó contra sí durante unos minutos, sin hablar, sin decirse nada, solo permaneciendo abrazados, en el centro del establo, escuchando el latir de sus corazones, hasta que Candy se separó lentamente y volvieron a encontrarse sus pupilas. Ya no había incertidumbre en aquellos ojos, ya no había dudas … - Lo he pasado mal, es cierto. De pronto … de pronto no me recordabas, estabas tan … tan perdido, tan desolado … - la voz se le quebraba en sollozos y se apartó un poco de Terry. - … y yo no podía ayudarte, no sabía cómo ayudarte … y … y nuestro bebé … - se tapó la boca con la mano y cerró los ojos, dejando que las lágrimas rodaran libres. Terry la observaba con el corazón en los ojos, sin apenas poder respirar, sin atreverse a tocarla. Al cabo de un momento, la joven suspiró profundamente y alzó la cabeza para mirarle. – No puedo culparte, Terry, no puedo pedirte más de lo que puedes darme … ahora lo sé. Pero tampoco lo deseo. Deseo estar contigo, deseo amarte, sentirte … esperamos tanto tiempo para estar juntos … - alzó una mano y acarició el mentón de su esposo – vale la pena volver a conocernos, ¿no es cierto? – sonrió con dulzura – Y ahora sé que saldremos adelante, juntos. – Terry la atrajo hacia sí por la cintura, quedando sus rostros muy cerca. – Creo que no puedo expresar convincentemente con mis propias palabras lo que siento por ti … así que tomaré prestadas otras … - la joven hablaba con voz ronca, emocionada, y el joven frunció el ceño, observando su rostro – Permitid que no admita impedimento ante el enlace de las almas fieles; no es amor el amor que cambia siempre por momentos o que a distanciarse en la distancia tiende … el amor es igual que un faro imperturbable … que ve las tempestades … y nunca se estremece … es la estrella … que guía la nave a la deriva … de un valor ignorado … aún sabiendo su altura … - pero la voz se le quebró en sollozos y ya no pudo continuar.
- No es juguete del Tiempo, aun si rosados labios o mejillas alcanza, la guadaña implacable. Ni se altera con horas o semanas fugaces, sino que aguanta y dura hasta el último abismo. – La voz de barítono de Terry llenó el establo, haciendo que Candy alzará bruscamente la cabeza sorprendida, mientras él sonreía y le secaba las mejillas dulcemente con los dedos. - Si es error lo que digo y en mí puede probarse, decid, que nunca he escrito, ni amó jamás el hombre.
- Dios mío, lo recuerdas … - él parecía sorprendido.
- Sí, es cierto … - frunció el ceño - ¿es un … soneto? De pronto, lo he recordado con claridad …
- Oh, amor mío … - la joven le echó los brazos al cuello y lo besó. Un beso profundo en el cual ambos se perdieron durante unos minutos. – Así es como te amo yo … - susurró ella en sus labios cuando se separaron un poco.
- ¡Candy!
La pareja pegó un respingo y se separaron, secándose rápidamente los rostros. Un pequeño duende rubio de unos cinco años los observaba desde la puerta con los bracitos en jarras y la boquita fruncida.
- ¡Lily! – Candy se acercó a la niña sonriendo e intentando ocultar su turbación. - ¿Qué haces aquí?
- ¡He venido a buscarte! Ni siquiera has venido a saludarme …
- Oh, cariño … - La joven se arrodilló ante ella y la abrazó. – Es que estabas dormida …
La niña miró por encima del hombro para ver cómo se acercaba Terry a ellas.
- Hola. – Sonrió el joven arrodillándose también a la altura de la niña. Era un pequeño ángel de rubio cabello y rasgos cincelados, con unos preciosos ojos azules que miraban ahora enfurruñados. A Terry fugazmente se le pasó por la cabeza que Candy debía de haber tenido ese aspecto de niña. - ¿Cómo te llamas?
- ¿Es que no te acuerdas? – La pequeña meneó la cabeza, mirando a Candy. - ¿Qué le pasa?
- Es que verás … - continuó Terry, captando la atención de la niña – he tenido un accidente, ¿sabes? Y me he olvidado de muchas cosas … sería la única forma de poder olvidarme de ti … si no, sería imposible … - de pronto, la niña le dedicó una hermosa sonrisa.
- Me gustas más que antes … - el joven intentó disimular su sorpresa y miró a Candy.
- ¿De veras?
- Ajá. Antes estabas siempre más serio … - la niña se encogió de hombros y se dio media vuelta, saliendo al exterior.
- Espera, Lily … - pidió Candy mientras se levantaba, imitada por Terry. – Lo siento … - susurró a su esposo con una sonrisa.
Y él le guiñó un ojo, tomándola de la mano y siguiendo a la niña al exterior.
El día transcurría en agradable compañía y camaradería en la Casa de Pony. Los invitados solo podían sentirse afortunados de poder pasar unos días allí. La hermana María había prohibido terminantemente a Candy que continuara realizando ningún tipo de quehacer. Tal y como le había anunciado claramente, debía centrarse en su esposo e invitados, y Candy, a pesar de sus protestas, no pudo hacer otra cosa que obedecer.
Habían comido en un pequeño comedor adyacente junto con Miss Pony y varias profesoras para poder conversar entre ellos, ya que si acudían al comedor principal, la cacofonía de voces infantiles haría imposible cualquier tipo de comunicación. Eleanor estaba encantada, y echaba miradas subrepticias a su hijo y a su esposa. Annie parecía sentirse mejor y Archie era servicial y solícito con ella … pero la brecha que se había abierto entre ambos era patente, al menos para Candy.
En la sobremesa, todos se retiraron al salón privado de Miss Pony a tomar el café, pero Annie alegó sentirse algo cansada, así que Archie insistió en llevarla a su habitación para que pudiera descansar.
- Está teniendo un embarazo complicado, ¿verdad? – Comentó Eleanor, sentándose en una de las butacas frente al fuego.
- Perdió a su primer hijo a los siete meses de embarazo … en mayo.
- Oh, vaya, lo siento mucho … no lo sabía …
- Sí, fue una tragedia … -continuó Candy – pero espero que esta vez todo vaya bien.
- Haremos lo posible porque descanse y se sienta cómoda. – Apuntó Miss Pony.
Se hallaban las tres mujeres solas, ante el fuego, ya que Terry había salido un momento a dar un pequeño paseo por los alrededores. Candy sintió que su esposo deseaba estar a solas unos momentos … y lo respetó.
- ¿Cómo está mi hijo? – La voz de Eleanor la sacó de su ensimismamiento y se ruborizó, sin poderlo evitar. – Sé sincera … ¿cómo lo has visto?
- Pues … la verdad, creo que la clínica le ha hecho mucho bien. – No pudo evitar una pequeña sonrisa, que no pasó desapercibida a las mujeres.
- Vaya, me alegro …
- Sí, es decir … - la joven se ruborizó y las tres se echaron a reír, rompiendo la tensión. - Pero ahora en serio … - continuó la joven al cabo de un momento – tiene profundos dolores de cabeza, pesadillas … dice que los médicos no querían que viajara …
- Sí, es cierto, pero él no quiso ni oír hablar de ello …
- Oh, Eleanor, no debisteis venir …
- Os necesitabais, querida, - la actriz le apretó la mano – os estabais ahogando el uno sin el otro. – Frunció el ceño. – Sí, debe volver lo antes posible … ¿te ha hablado de …?
- ¿De qué? – La actriz se mordió el labio compungida.
- Mierda, lo sabía …
- ¿De qué, Eleanor?
- De la operación.
- ¿Operación? – Candy se levantó, asustada.
- Tranquilízate, querida …
- ¿Qué me tranquilice?
- Eleanor, te dije que yo se lo diría … - Terry estaba en la puerta, mirándolas molesto, y el rostro de Candy se encendió.
- ¿Y a qué estabas esperando, si puede saberse? – Apretó los puños y se dirigió a la puerta, apartando a Terry casi con brusquedad.
- ¡Candy!
Pero la joven ya salía al exterior, cogiendo su abrigo por el camino.
- Oh, lo siento, yo … - Eleanor se había acercado a Terry, compungida.
- No te preocupes, iré a hablar con ella. – El joven le apretó la mano a su madre y sonrió para tranquilizarla. – Todo irá bien.
El edificio de apartamentos estaba frío y solitario cuando la pareja logró por fin llegar a la puerta de entrada, atravesando la densa nieve que comenzaba de nuevo a amontonarse en el camino. Volvía a nevar y no tardaría en llegar la oscuridad.
Annie se arrebujó en su abrigo, temblando, mientras Archie intentaba abrir la pesada puerta lo más rápido posible.
- Ya casi está … - masculló el joven forcejeando con la cerradura helada.
- ¿Quieres que te eche una mano? – Le preguntó Annie, y casi pudo apreciar una media sonrisa divertida en el rostro de su esposo. - ¿Te resulta divertido?
El joven cabeceó y la joven sonrió, al tiempo que Archie lograba abrir la puerta y ambos entraban al edificio aliviados, sacudiéndose las botas.
- Uf, qué frío … - susurró Annie, frotándose los brazos.
- Sí, es cierto … - contestó Archie por encima del hombro, mientras miraba alrededor y se ponía en marcha.
Annie lo observó compungida mientras su marido apilaba leña en la gran chimenea del salón, logrando en pocos minutos que prendiera un titilante fuego que pronto se convertiría en una flamante hoguera. El resplandor de las llamas iluminó el rostro de Annie, mientras Archie la instaba a que se acercara a calentarse.
- Quédate aquí un momento, caliéntate.
El joven la dejó sola mientras corría escaleras arriba. Annie supuso que iba a encender la chimenea de la habitación.
Acercó las manos a las llamas y suspiró. Así incluso era más complicado. Archie volvía a ser amable y solícito con ella … no podía reprocharle nada. Pero había una coraza impenetrable alrededor de su esposo que hacía la comunicación imposible. Archie era cortés y solícito, sí, pero nada más.
- Espera unos minutos a que se caldee la habitación, y podrás subir. – Su marido había regresado silenciosamente, sacando a la joven de sus cavilaciones.
- Gracias …
Vio cómo Archie se acercaba a la chimenea, situándose a su lado. De pronto, el atronador silencio se hizo pesadamente notable en la estancia. Solo se escuchaba el crepitar de las llamas y el viento del exterior. Súbitamente, Annie sintió que su corazón se aceleraba. Estaba nerviosa … observó de reojo a su esposo.
- Archie …
- ¿Sí?
- ¿Cuándo vuelves a Chicago?
- Me quedaré el día de Navidad, y partiré al día siguiente temprano. He de atender varios asuntos. – Se frotó las manos. – Lo arreglaré para que te quedes unas semanas. – Él no la miraba y Annie parpadeó confusa.
- ¿Unas semanas? Pero …
- No creo que suponga ningún problema. Todo Chicago ya está al corriente de tu embarazo. Después de … - Archie frunció el ceño y Annie pudo percibir cómo se tensaba su mandíbula – lo sucedido la primera vez, es normal que descanses, y por prescripción médica además. – Se encogió de hombros, sin mirarla. – Estarás descansando en una residencia. – Sus ojos se encontraron. – Y no es del todo incierto, ¿verdad?
- Y los actos, y …
- No debes preocuparte.
- Pero está la fiesta de Año Nuevo …
- No debes preocuparte, Annie. – Archie la miraba fijamente, y Annie percibió que comenzaba a enfurecerse. - ¿O es que quieres perder a este niño también? – Los ojos azules se abrieron ligeramente, llenándose de lágrimas no derramadas. – No, supongo que a este no quieres perderlo … ¿verdad? – Dijo Archie con voz amarga. – Sube a la habitación, ya estará caldeada.
Y dicho esto, se dio media vuelta y salió al exterior, dejando a Annie plantada ante la chimenea, secándose lentamente las lágrimas que habían comenzado a rodar por su rostro.
La nieve y el viento arreciaba y azotaba la colina cuando Candy salió casi corriendo a ciegas del edificio principal, seguida por Terry.
- ¡Candy! ¿A dónde vas? ¡Vuelve!
Pero ella apretó el paso, abriéndose camino entre la densa nieve, en dirección al edificio de apartamentos. Estaba ofuscada, enfurecida … ¿seguía Terry ocultándole cosas? ¿Por qué?
Llegó a la puerta de entrada, pasando como una exhalación ante un sorprendido Archie, y corrió escaleras arriba, entrando a su habitación y cerrando la puerta de un portazo.
A los pocos segundos los pasos de su esposo resonaron en las escaleras y tocó la puerta con fuerza.
- ¡Candy! Déjame entrar, por favor.
- ¡Márchate, Terry! Necesito estar sola.
- ¡No me iré! He de hablar contigo. Por favor, Candy, abre la puerta.
- No, márchate.
Oyó cómo Terry juraba por lo bajo y volvía a tocar con fuerza.
- No hagas que tenga que echar la puerta abajo …
- No serías capaz …
- Sabes que sí.
- Maldita sea … - masculló Candy. Sí, sabía que Terry era muy capaz de hacerlo.
Con un bufido, abrió la puerta y se dio la vuelta hacia la chimenea, sin mirarle. Terry entró en la estancia como un vendaval, cerrando tras de sí.
- ¿Cómo se te ocurre echar a correr como una loca a través de la ventisca? – La cogió por el brazo, pero ella se desasió bruscamente, fulminándole con sus verdes ojos.
- ¿Y cómo se te ocurre a ti seguir mintiéndome?
- Yo no te he mentido, Candy …
- ¿Por qué no me has contado lo de esa operación? ¿Qué significa esa operación? ¿Qué demonios sucede?
El joven suspiró, con los dientes apretados, y procedió a quitarse la bufanda y el pesado abrigo cubierto de nieve, al tiempo que Candy apretaba los puños y se daba la vuelta, despojándose también de la ropa de abrigo húmeda.
Se concentró en la chimenea comenzando a prepararla para encender el fuego, pero de pronto se vio atrapada entre los brazos de su esposo, y se revolvió.
- ¡Terry!
- ¡Mírame! – él le cogió el rostro – Por favor, Candy …
- ¿Por qué demonios no me has contado nada?
- Ni siquiera he tenido tiempo de hacerlo … - él buscaba su mirada con el ceño fruncido - ¿por qué te has puesto así? – los ojos verdes se llenaron de lágrimas.
- Yo … bueno, he sentido como si me ocultaras algo … - él la apretó contra él fuertemente por la cintura.
- Ya te he dicho que no habrá más secretos. – Ella cabeceó y él le acarició la mejilla. – Eres una pequeña loca, ¿lo sabías? – La joven lo miró sorprendida, viendo la chispa de diversión en los azules ojos e intentó apartarse.
- Oh, Terry … - su rostro se tornó serio y lo miró fijamente - ¿qué es eso de la operación? – él suspiró y la soltó, procediendo a continuar preparando el fuego.
- Los médicos creen … y digo creen, ya que no es seguro, que puede ser que tenga un hematoma en la parte del cerebro donde me golpearon, que es lo que impide que pueda recordar ciertas cosas. Y creen que puede caber la posibilidad de que drenando esa parte, pueda recuperarme del todo.
- ¿Qué significa eso?
- Significa que deben operarme el cerebro … - Candy abrió los ojos como platos y se llevó una mano a la garganta, mientras el fuego hacia acto de presencia en la habitación, confiriendo un resplandor rojizo a los preocupados rostros de los jóvenes.
- Ni siquiera sabía que podía prender un fuego … - susurró Terry como para sí mismo. Candy le tocó el brazo.
- ¿Es … es peligroso? – Sus ojos se encontraron.
- Puede salir bien … o puede salir mal. – El joven sonrió sardónico. – Si todo va bien, volveré a ser el hombre del que te enamoraste … pero si algo va mal … quizá no vuelva a despertar. – La joven le cogió el rostro entre las manos.
- Ya eres el hombre del que me enamoré. – Susurró. Terry la observaba con sus iridiscentes ojos entre sombras, y Candy sintió que se electrizaba su piel. - ¿Y si no te operaras … estarías bien? – Él suspiró profundamente, sin apartar su mirada y se encogió ligeramente de hombros.
- Me quedaría como estoy … como lo que ves … probablemente …
El silencio se adueño de la estancia, ambos mirándose fijamente a los ojos, cuando un trueno ensordecedor rasgó el aire y ambos se sobresaltaron apartándose. Terry se acercó al ventanal, seguido de la joven, para ver cómo el cielo se había tornado plomizo y gris. La nieve y el granizo azotaban los cristales, y el exterior era un torbellino de hielo.
- Vaya … - el joven observaba el cielo, sobrecogido - … menuda tormenta … - se giró a su esposa y sonrió irónico – parece que vamos a tener que quedarnos aquí un tiempo …
- ¿De veras? – la joven lo miró con picardía, mientras se echaba ligeramente hacia atrás, comenzando a desabrocharse lentamente la camisa. - ¿Y qué haremos para entretenernos?
La tormenta continuaba implacable en el exterior … y también en el interior de la habitación. Los cuerpos desnudos enroscados en el centro de la cama, se retorcían, se buscaban, se unían … alumbrados por el resplandor de las llamas y por los estallidos de los truenos. Los gemidos y los gritos quedaban ahogados por el lento retumbar de la tormenta.
Ya nada importa … pensaba la joven, excitada, arqueada hacia el cuerpo masculino, agarrada a las sábanas arrugadas, bebiendo de su aliento, vibrando con sus labios en su piel, con su lengua … tenía el cuerpo cargado de electricidad … quiero a este hombre, mi hombre …
- ¡Oh, Terry! – Gritó, mordiéndose los labios, mientras el joven alzaba la cabeza y dejaba su clítoris, para aventurarse a su boca.
- ¿Qué deseas? – Susurró en sus labios.
- A ti … - murmuró ella. Lo agarró por las caderas. – A ti … - Lo besó con avidez, al tiempo que Terry guiaba su miembro en su interior y Candy se tensaba, gimiendo.
Se agarró a su cuello, Terry apoyado en el colchón, los blancos muslos femeninos rodeando sus caderas, arqueándose hacia él.
Otro estruendo desgarrador en el cielo y el movimiento de los cuerpos se hizo más rápido y brusco. Candy se agarró al cabello castaño gritando y se echó hacia atrás, cuando el joven se encaramó más en sus muslos, acoplándose mejor en su interior, mordiendo su cuello y sus erectos pezones.
El orgasmo fue tan ensordecedor como la tormenta exterior. Una luz cegadora traspasó el cerebro de la joven rubia y sintió como si una descarga eléctrica azotara su columna vertebral, impulsándola hacia atrás. Gritó, perdida completamente en el estallido de placer de su cuerpo, hasta que poco a poco volvió a ser consciente de lo que había a su alrededor, el roce del colchón, su agitada respiración, la agitada respiración de Terry en su cuello, su cuerpo laxo sobre ella, aún sobrecogido por los espasmos del orgasmo, y su esencia en su interior … llenándola y sobrepasándola, mojando el interior de sus muslos … aspiró profundamente una bocanada de aire y alzó lánguidamente una mano para acariciar el húmedo cabello castaño de su amante. Él alzó ligeramente la cabeza, mirándola.
- Te amo … - susurró y ella acarició su mejilla.
- Tú eres el hombre del que me enamoré … - y pudo observar su hermosa sonrisa.
