La estación de tren de la ciudad estaba abarrotada de transeúntes que poblaban los andenes en distintas direcciones, ajenos a aquella pareja de jóvenes que, enfundada en sendos abrigos, sombreros y bufandas tapando parcialmente sus rostros, pasaban desapercibidos entre la muchedumbre.
La pareja parecía no escuchar el mundanal ruido ni apreciar la muchedumbre que los rodeaba. Ambos llevaban tiempo mirándose a los ojos, en silencio, las manos fuertemente entrelazadas, diciéndose sin despegar los labios un millón de cosas.
Los pasajeros ya comenzaban a abordar el tren detenido en el andén donde permanecía la pareja, el revisor tocando el silbato para instar a la gente a subir. La salida era inminente.
La joven, cubierto el rostro en el cual apenas se vislumbraban sus grandes ojos aguamarina, intentó decir algo, pero súbitamente el joven la tomó por la cintura atrayéndola hacia él y la besó profundamente en la boca. Un beso lleno de pasión, de fuego … un beso con sabor a despedida, a dolor … la joven rodeo el cuello masculino con sus brazos y se fundió en sus labios, en su olor, en su sabor … no quería detenerse, no quería abandonar aquella boca, aquellos brazos …
Fue él quien se separó lentamente, dejando el rastro de su cálido aliento en su boca. No, no quería que la dejara … la joven se aferró a las solapas del abrigo masculino, tragándose sus lágrimas. Se lo había prometido, le había prometido no llorar, no aferrarse a él … no tomarse todo como un drama … porque no era una tragedia. Terry se lo había repetido miles de veces. Serían apenas unas pequeñas vacaciones … ambos lo necesitaban. Antes de la operación, antes de todo … pero no quería separarse de él.
- Terry … - pero él la acalló, volviendo a besarla.
El silbato se oía estridentemente por todo el andén. El revisor gritaba su llamada. El tren iba a partir.
- Te amo … - susurró el joven en sus labios, y soltó las manos de la joven de su abrigo – debes subir … - Candy giró la cabeza hacia la máquina, apretando los labios, parpadeando para retener las lágrimas que pugnaban por rodar sin control por sus mejillas.
- Terry, tal vez … tal vez esto no sea buena idea …
- Mi amor – él la cogió por la mandíbula e hizo que le mirara – ya lo hemos hablado. Apenas unos días, unas semanas … lo necesitamos. Podremos con ello … ¿de acuerdo? – A Candy le pareció que la voz del joven temblaba ligeramente … ¿o eran imaginaciones suyas? Lo miró fijamente, con el corazón en los ojos y él volvió a abrazarla estrechamente, susurrándole al oído. – Estoy bien, todo va bien … ve a ver a tu familia. Nos escribiremos continuamente … y en cuanto vuelvas, pasaremos unos días juntos antes de … - calló un segundo y la joven se abrazó a él con más fuerza.
- No quiero irme, Terry …
- Nena … - él giró la cabeza y volvieron a besarse.
- ¡Pasajeros al tren!
El grito se oyó muy cerca de ellos, sobresaltándolos, y Terry se separó, tomando sus manos y sonriendo, con una sonrisa que quería parecer entusiasta, aunque a Candy se le antojó triste y apagada. La joven sintió que las lágrimas ya se desbordaban por las comisuras de sus ojos, pero no le importó.
- Hasta pronto … - Terry la empujó hacia las escalerillas, obligándola a subir los peldaños. La joven intentó decir algo, pero el ruido del silbato la acalló.
¡El tren se movía! Vio cómo su esposo agitaba la mano. No podía verle los ojos, tapados por el sombrero, la bufanda … entonces, tras un último saludo, el joven se dio media vuelta y se alejó caminando por el andén.
Nadie reparó en aquel joven que caminaba contra corriente por el andén abarrotado de gente que acudía a despedir a sus familiares y amigos. Nadie reparó en aquel rostro conocido, hermoso, oculto bajo el sombrero y la bufanda, de ojos del color del hielo invernal, que en ese momento estaban llenos de lágrimas no derramadas. Nadie reparó en sus puños apretados, sus tensos hombros y sus rápidos pasos, que lo encaminaron al automóvil que lo esperaba a la salida de la estación, el cual, una vez Terry entró en él, se puso en marcha rápidamente, perdiéndose por las calles de la ciudad. El elegante hombre de ojos grises cerró el periódico que había estado ojeando al entrar el joven al vehículo y se giró a observarle.
- ¿Ya está? ¿Todo bien? – Terry asintió sin mirarle, mirando por la ventanilla. – Es mejor así, hijo.
- Ahórrate los comentarios. – Cortó él con voz helada. El duque alzó las manos y se encogió de hombros.
- Está bien.
El coche ganaba velocidad hacia las afueras de la ciudad, mientras que el corazón de Terry iba perdiendo latidos y vida con cada kilómetro recorrido. ¿Era mejor así? ¿Era cierto? ¿En qué momento del camino se había perdido?
Corría el mes de marzo. El año avanzaba con rapidez y el invierno retrasaba la llegada de la primavera. Parecía que hubiera sido ayer cuando el nuevo año los saludaba tímidamente con los primeros copos de nieve. ¿Cómo había podido pasar todo aquello en tan poco tiempo? Apenas podía creerlo … y de pronto, se había encontrado en la situación de tener que despedirse del ser que más amaba en la tierra, sin saber si volvería a verla.
Giró un poco la cabeza para observar a aquel hombre recio, elegante e intimidante que afirmaba ser su padre. Un padre que ahora sabía que había sido autoritario, duro, y que si alguna vez lo había amado … había sido a su propia y recia manera. Realmente lamentaba que sus días estuvieran contados, pero aún debía procesar todo lo que conllevaba aquella situación.
-escena retrospectiva-
Fue una tarde hacia mediados de enero cuando descubrió cosas que le hubiera gustado haber dejado olvidadas en el fondo de su desmemoriado cerebro. Una prueba rutinaria en la clínica, una reunión con el equipo médico.
Una vez entró a la sala de estar, se sorprendió de encontrarse allí a sus padres junto a los profesionales. Las noticias no eran muy alentadoras. Parecía ser que el hematoma estaba más extendido de lo que habían pensado en un primer momento, así que la operación debía producirse antes de lo planeado.
- No hemos avisado a Candy, querido, tal y como pediste, pero creo que en este caso … - dijo Eleanor compungida.
- No … - el joven se pasó las manos por el rostro – se lo diré … a su tiempo.
- Terry, - intervino el doctor Carter – creo que es el momento de poner las cosas sobre la mesa. Tal vez Candy debería estar aquí … - él negó con la cabeza.
- No, Tom, yo decidiré cómo y cuándo decírselo.
- Está bien. – Miró brevemente al duque y a Eleanor, y Terry frunció el ceño, desconcertado. – Creo que os dejaremos solos unos minutos para que podáis hablar con mayor intimidad.
Una vez los doctores se hubieron retirado dejándolos solos en la salita, el joven se volvió a sus progenitores con las cejas arqueadas.
- Bien, ¿qué sucede? – El duque estiró las piernas y las cruzó a la altura de los tobillos, observando a su hijo con sus profundos ojos grises.
- Terrence, no voy a andarme con rodeos. Sabes que no me encuentro bien … y que no tengo mucho tiempo. – El joven se echó hacia atrás, apretando los labios, los hombros tensos, a la expectativa. – Vine a Estados Unidos en cuanto me enteré de tu accidente para poder estar aquí contigo en tu recuperación, pero para ello, tuve que hacer un montón de gestiones en Inglaterra, siempre pensando que sería una situación eventual, para poder quedarme a tu lado. Como ya te he explicado a grandes rasgos, tengo un titulo que defender ante la Cámara de los Lores, lo que conlleva una serie de obligaciones que ya no puedo eludir por más tiempo.
Terry se dio cuenta de que estaba conteniendo el aliento sin saber muy bien por qué. Había mantenido varias conversaciones con el duque en relación a su vida en Inglaterra y a su posición, pero nunca se había sentido presionado en ese sentido … hasta ahora. Y aunque lo había intentado, no había tenido ni un solo recuerdo de su padre ni de su vida junto a él en todo ese tiempo.
- ¿Qué insinúas?
- Como sabes, por derecho tú eres mi heredero, eres el siguiente Duque de Grandchester. Y aunque ahora no lo recuerdes, tu carrera como actor ocupaba todo tu interés, hasta el punto de que el ducado y el título no eran algo que te concerniera ni que te importara. De hecho, habíamos concertado una cita en Inglaterra unas semanas después del suceso que trastocó toda tu vida. Es necesario que cedas ese derecho en favor de tu hermano menor, James … - el duque lo observaba fijamente – si ese es tu deseo, claro.
- ¿Mi deseo? – Terry se levantó del sillón y miró al duque y después a Eleanor con desdén. – No recuerdo una mierda de todo lo que me estás diciendo … - soltó una agria carcajada – y ¿pretendes que me enrede en no sé qué títulos nobiliarios?
- No, solo te pido ayuda … el tiempo se me echa encima. – El joven volvió a sentarse, pasándose las manos por el cabello, que comenzaba a estar más largo de lo habitual.
- ¿Me estás pidiendo que vaya a Inglaterra contigo? – El duque asintió y el joven miró a Eleanor, quien le observaba con el corazón en los ojos, retorciéndose las manos. - ¿Y qué me decís de lo que acabamos de escuchar? Quizá no llegue a Inglaterra sin que me de un derrame cerebral … - sus labios se curvaron en una sonrisita sardónica - así quizá problema resuelto …
- ¡Terrence! – Protestó Eleanor.
- ¿Crees que descuidaríamos tu salud de esa manera? – Lo interrumpió el duque fríamente. – Tres profesionales de tu equipo médico están dispuestos a acompañarnos a Inglaterra para cuidar continuamente de tu bienestar e intervenir en cualquier momento.
- Vaya … - soltó el joven sarcástico - … veo que has pensado en todo.
- Querido, creo que es el momento de que hables con Candy, y …
- Necesito estar solo. – Los atajó el joven.
- Pero …
- Por favor, dejadme solo.
-fin de escena retrospectiva-
Y una vez solo, lo decidió todo. Pensó, lloró, se lamentó, se sobrepuso … habló en privado con los médicos, habló en privado con Eleanor en relación a Candy y a Inglaterra … sabía que su decisión no sería aceptada por la mayoría de su familia, pero intuía que era lo que tenía que hacer. Debía embarcarse en un largo viaje por mar, en su estado, a un país que no conocía, a un mundo que no conocía … ni siquiera sabía si sobreviviría al viaje. ¿Y que haría su amada esposa? Lo sabía bien. Estaría siempre a su lado, viendo cómo se desmoronaba, viendo como se desintegraba … sufriendo sin remedio. Recordó el hermoso rostro de Candy cuando él sufría sus ataques … no podía soportarlo. No podía hacerle aquello. Su esposa, su dulce y maravillosa esposa, merecía ser feliz, merecía risas y alegría … y entonces elaboró un plan, descabellado, ridículo, cruel, ¿egoísta?, tal vez … pero a medida que lo elaboraba en su mente, más decidido estaba a llevarlo a cabo: iría con Richard a Inglaterra, haría lo que tenía que hacer. Renunciaría al título y si en ese intervalo sufría otro ataque, accedería a que lo operaran, con todas las consecuencias. Pero todo ello … todo ello lo haría solo.
-escena retrospectiva-
- ¿Te has vuelto loco? ¡Por supuesto que no, Terrence!
Eleanor lo miraba estupefacta, con las manos en las caderas, sus ojos de zafiro quemándole la piel.
- Eleanor …
- Pero ¿tú te has escuchado?
- Sí, Eleanor, está decidido …
- ¿Decidido? ¿Decidido, Terrence? ¿Cómo puedes hacerle eso a Candy?
- ¡Precisamente! – Terry se puso en pie y la voz se le quebró. Apretó los puños, desviando la vista, y se acercó a la mesa de bebidas.
- Querido … - la voz de la actriz había descendido varios tonos, se volvió persuasivo, conciliador – sabes que no deberías beber, el tratamiento …
- A la mierda. – Eleanor suspiró y sus ojos se llenaron de lágrimas. Tragó con fuerza y carraspeó.
- Está bien … ¿vas a explicarme realmente el por qué de esta descabellada decisión?
El joven bebió de un tragó la copa de whisky y cerró los ojos, echando la cabeza hacia atrás.
- ¿Recuerdas el rostro de Candy en Casa de Pony? – La actriz aspiró profundamente. El joven no la miraba. – Estaba resplandeciente. Era tan feliz … ella necesita ser feliz.
- Es feliz contigo …
- Tal vez … tal vez lo era antes … tal vez lo hubiera sido si yo … - frunció el ceño – si yo estuviera bien …
- ¡Oh, Terrence! Candy te ama por encima de todo, solo quiere estar contigo … - el joven se giró y sus ojos la taladraron.
- ¿Y qué vida le espera? Dime. Hospitales, sangre, ataques … dolor, frustración … - la actriz estuvo a su lado en un segundo, tomando sus manos, con lágrimas en los ojos.
- Amor, pasión, entusiasmo, ilusión … - él se desasió de sus manos y se volvió a preparar otra copa.
- Si todo sale bien … bueno, quizá haya esperanza para nosotros.
- ¿Cómo crees que se sentirá Candy cuando se de cuenta de que la has abandonado … de nuevo?
- Es por una buena causa …
- ¡No digas estupideces, Terrence! – Sus rostros se encontraron, ambos furiosos, observándose.
- No es tu decisión, no te estoy pidiendo permiso.
- ¡Me estás pidiendo que mienta a una joven estupenda a la que quiero!
- ¡Yo también la quiero, joder!
El joven estrelló la copa contra el suelo y cayó en el diván, con la cabeza entre las manos. Los ojos de Eleanor se llenaron de lágrimas y se tapó la boca para ahogar los sollozos. Al cabo de unos instantes, Terry levantó la cabeza, secándose las comisuras de los ojos y enfrentó su mirada. A Eleanor se le desgarró el corazón.
- A pesar de todo … eres mi madre. No recuerdo cómo éramos antes, no recuerdo cómo era nuestra relación … pero sé que me quieres, que te preocupas por mí. – La mujer intentaba a duras penas mitigar los sollozos que la consumían. – Puede que esto sea lo último que te pida en toda mi vida …
- Oh, Terrence …
- Sé que lo que te pido es muy duro … pero necesito tu ayuda, tu apoyo … por favor …
Eleanor se acercó al sillón apostado frente al diván y se sentó, pasándose las manos por el rostro e intentando calmarse.
- Está bien … ¿qué … qué quieres que haga? – Su hijo alargó una mano y tomó la de su madre, apretándosela.
- Gracias.
-fin de escena retrospectiva-
Lo más duro y desgarrador que había tenido que soportar desde aquella ya lejana mañana en que había despertado asustado en la habitación de hospital, fue tener que mentir a la persona que mas amaba y despedirse de ella sin saber si volvería a verla.
Fue complicado convencer a Candy de que se fuera por unas semanas a ver a Albert y Patty a Washington para conocer a los gemelos, antes de que él tuviera que enfrentarse a la complicada operación. Ella, por supuesto, no quiso ni oír hablar de ello, con lo que tuvo que intervenir Eleanor. Les costó muchos días lograr crear una duda en la voluntad de la joven hasta, tras varias semanas, lograr una poco convencida afirmación.
Terry incluso tuvo que apelar a su deseo de cumpleaños para ello. Un día maravilloso de finales de enero que disfrutó al máximo junto a su amada esposa. La fiesta familiar, los regalos, el pastel … la noche mágica … todo fue perfecto, algo que no deseaba olvidar, algo que atesoraría en su corazón para poder recordar en los momentos oscuros.
Una vez logró convencerla de ir a visitar a su familia, Terry comenzó a preparar su viaje a Inglaterra. Calculó que Candy estuviera fuera el tiempo suficiente para que él ya se encontrara en Inglaterra a su vuelta. Dejaría una carta explicando la situación, y aunque se desgarrara por dentro, sabía que sería lo mejor para el futuro de la joven.
Pero ahora allí, sentado junto al duque en aquel vehículo que lo alejaba cada vez más de la persona amada, ya no estaba seguro de nada. Jamás olvidaría los ojos de su esposa al mirarle, jamás olvidaría aquel amor profundo que lo consumía, que lo llenaba hasta dejarlo sin respiración … ¿la olvidaría? Si lograba despertar de la operación, ¿la olvidaría? ¿Podría volver a olvidarla?
Llegaba tarde, maldita sea. Se quitó el sombrero mientras corría atravesando las puertas de la estación, mirando agitado hacia el andén, sus claros ojos azules recorriendo nerviosamente a las personas que lo poblaban, tratando de localizarla. Su corazón latía apresurado, estaba nervioso. ¿Cómo no estarlo? ¿Cuánto tiempo hacía que no la veía, que no la abrazaba?
Y de pronto, la descubrió, allí de pie. Su elegante silueta enfundada en aquel abrigo gris que moldeaba su cuerpo, el sombrero tapando sus hermosos rizos rubios …
- ¡Candy!
La joven giró la cabeza hacia la voz que la llamaba, y al descubrirle corriendo hacia ella, su hermoso rostro resplandeció como el sol y dejando la maleta en el suelo, echó a correr hacia él.
- ¡Albert!
Se encontraron a mitad de camino, abrazándose estrechamente entre lágrimas, ante la mirada de las personas de alrededor, que sonreían condescendientes ante la escena. La joven se derrumbó sollozando en los brazos masculinos, agarrada a su abrigo, el rostro oculto en su pecho, mientras él intentaba guardar la compostura y la estrechaba contra sí, acariciándole el cabello.
- Querida mía … ssshhh, tranquila, ya estás aquí …
- Oh, Albert …
- ¿Estás bien, pequeña? Déjame verte. – Albert intentó separarla un poco de sí, pero la joven se aferró con más fuerza a su cuerpo y él se echó a reír suavemente. – De acuerdo … - le alzó la barbilla con la mano enguatada y sonrió a la preciosa cara surcada de lágrimas. – Oh, querida … por fin te tengo conmigo. Ahora ya soy plenamente feliz …
- Te he echado tanto de menos …
- Lo sé, lo sé, pequeña, lo siento … - Albert la iluminó con sus ojos azules – ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Cuatro … cinco meses?
- Demasiado tiempo …
- Tenemos tanto de que hablar … - bajó la cabeza y la besó en la mejilla. – Vamos, Patty está deseando abrazarte también.
El joven rubio se acercó a coger la maleta que Candy había dejado tirada en el andén y volvió sobre sus pasos, estrechando a la joven contra sí por los hombros, y avanzando ambos hacia la salida de la estación.
La colina comenzaba a despertar al verdor de la primavera, aunque continuaba haciendo bastante frío, ya que el viento era el gran protagonista de aquella región abierta y montañosa … aunque preciosa. La chimenea continuaba encendida aún en aquella época, y aunque el médico le había insistido en que debía comenzar a dar paseos, la joven no se sentía con fuerzas ni con ganas, después de todo lo que había pasado.
De pronto, una violenta náusea la hizo dar media vuelta y dirigirse rápidamente al baño, donde vomitó el desayuno compulsivamente. Maldita sea, ya no debería tener náuseas en aquella etapa del embarazo. Se irguió y se apoyó en el lavabo, abriendo el grifo y lavándose los labios. Notó que su mano temblaba … frunció el ceño. Apoyó la mano en el abultado abdomen y respiró profundamente, intentado calmarse.
Debía relajarse, calmarse … pero no podía. Las pesadillas la consumían, el miedo, el dolor … no podía olvidar aquella noche, su rostro, todo lo que sucedió …
-escena retrospectiva-
Era una noche fría y lluviosa, típica del mes de febrero. Ráfagas de lluvia barrían la campiña y la ventisca era muy fuerte. Annie miraba algo preocupada por la ventana, ya que no sería nada fácil transitar por los caminos hacia la villa con aquel tiempo. Se dio la vuelta al oír la puerta abrirse, y vio cómo la hermana María entraba a la estancia con una bandeja y varias toallas.
- Hola, querida, menuda noche, ¿verdad? – Dejó la bandeja en la mesa y se acercó a la alacena a por varias cosas. – Tessa te llama.
- ¿Se ha despertado? – Annie se dirigió a la puerta.
- Annie … - la hermana María la tomó del brazo, su rostro denotando preocupación.
- ¿Qué sucede, hermana?
- No lo sabemos. Ha empezado con las contracciones … todo va demasiado rápido. El doctor está tardando más de lo necesario. La señorita Pony está con ella. Tal vez entre ambas logréis convencerla de que debe llegar a la villa …
- Pero … ¿es prudente? – la mujer se encogió de hombros.
- ¿Es prudente que se quede? El parto no está desarrollándose de la manera habitual …
Annie apretó su mano y echó a andar rápidamente por el pasillo con el corazón en un puño. En aquellas pocas semanas, su relación con Tessa se había fortalecido hasta el punto de que Annie se sentía muy cercana a aquella joven valiente y luchadora que le daba todos los días una lección de vida. La tarde anterior, Tessa había comenzado a sentirse incómoda, y como ya estaba cumplida, todas habían dicho que lo mejor sería que la joven fuera trasladada a la villa para dar a luz. Pero ella no había querido ni oír hablar de ello, y ni siquiera Annie había podido convencerla.
Cuando entró a la estancia, se detuvo un momento, sorprendida y asustada. Miss Pony se encontraba allí, yendo de un lado a otro, ayudada por la enfermera del centro y otra de las hermanas. Tessa estaba en el lecho gimiendo, agarrada a las sabanas y sudando copiosamente.
- Annie, por fin estas aquí. – Miss Pony la agarró del brazo. – Ve con Tessa, intenta calmarla.
- Pero … ¿qué sucede? – ambas hablaban en susurros.
- El bebé no está bien encajado … - la enfermera se había acercado a ellas – necesitamos al doctor. – Annie sintió que estrujaban su corazón con una fría garra. Miss Pony la tomó por los hombros.
- Annie, querida … sé que esto no es fácil para ti, pero te pido por favor que me ayudes. Para Tessa te has convertido en alguien importante. Debes reconfortarla, tranquilizarla … - se miraron a los ojos - ¿de acuerdo? – La joven tragó saliva y asintió.
- Annie … - la aludida se dio la vuelta y se encaminó al lecho, cogiendo la mano de su amiga … que ardía.
- Hola, querida, ¿cómo estás?
- He estado mejor … - dijo ella, y ambas sonrieron.
- Tranquila, todo irá bien …
- ¿Tú crees? ¿Cuándo llega el médico?
- Está de camino.
- Aaaggghh … - la joven se contorsionó hacia delante y la enfermera estuvo en un momento a su lado.
- Tessa, debes calmarte …
- Pero … me duele …necesito … necesito empujar … - Annie se puso en pie yendo rápidamente hacia Miss Pony.
- Debemos llevarla a la villa.
- Ya es tarde, Annie, no puede moverse …
- ¿Y el médico? ¿Dónde demonios está?
- He mandado a los muchachos a buscarles al camino, a él y a la matrona …
- Dios mío …
- Aaggghhh … Annie … - la joven volvió a su lado y le cogió la mano, tragándose las lágrimas.
- Aquí estoy …
- ¿Todo … todo va bien…?
- Claro que sí …
- Aaggghhh … - la joven alzó la cabeza, mordiéndose los labios y apretando la mano de Annie con fuerza, el sudor y las lágrimas se mezclaban en su rostro desencajado.
La enfermera levantó su camisón hasta las caderas e instó a Annie a que se pusiera tras Tessa para sujetarla. Esta gritaba de dolor.
- ¡Sarah! – Miss Pony estaba junto a ella.
- No hay tiempo … - la enfermera se afanaba entre los convulsos muslos de la joven.
- Pero Sarah … - la enfermera y Miss Pony se miraron desoladas. Annie vio cómo las manos de la enfermera estaban cubiertas de sangre.
- Dios mío … - susurró, los ojos llenos de lágrimas.
- Annie, debes salir de aquí. – La profesora se había acercado a ella y la instaba a que se levantara.
- ¡No! – la apartó ella. Miss Pony levantó la cabeza desde la parte posterior del lecho.
- ¡Sal, Annie!
- ¡Aaaggghhh! ¡Me duele ...! – Tessa cabeceaba de un lado a otro, cegada de dolor.
Entonces la puerta se abrió, dando paso al doctor y a la matrona, y Annie sintió un alivio sobrecogedor.
- Por favor, salgan todos.
Miss Pony tomó a Annie por los hombros y la sacó de la habitación, seguidas de la profesora. Lo último que vio Annie al salir fueron los aterrados ojos de Tessa siguiéndola con la mirada y la cama cubierta de sangre.
Mientras esperaban en la salita contigua, los gritos en la habitación se convirtieron en gemidos desgarradores de dolor. A Annie le caían las lágrimas por las mejillas sin que se diera cuenta, y entonces Miss Pony se acercó a abrazarla y se derrumbó en sus brazos.
No supo cuanto tiempo estuvieron allí, esperando, pero de pronto los gritos cesaron, y un silencio aún más desgarrador se extendió entre los presentes. Todo el mundo contenía el aliento ante la cerrada puerta de la habitación. Y cuando esta se abrió y dio pasó a la figura del doctor cubierta de sangre, Annie sintió que le faltaba el aire.
- Siéntate, querida. – La profesora la tenía sujeta por los hombros mientras veía como Miss Pony se acercaba al médico.
- Lo lamento …
- Oh, Dios mío … - la mujer se tapó la boca, sollozando quedamente.
- El bebé venía de nalgas. No he podido cambiarlo de posición … la madre ha perdido mucha sangre … no hemos podido hacer nada … lo siento … han muerto.
- ¡No!
Annie se desasió de la profesora y echó a correr hacia la estancia, esquivando a los que intentaban retenerla. Demasiado tarde. Ya había visto el cuerpo inerte de la joven en el lecho, cubierto de sangre … los ojos sin vida mirándola fijamente …
-fin de escena retrospectiva-
Annie se secó las lagrimas de las comisuras de los ojos. Había tenido pesadillas durante semanas. Tessa … era tan injusto … y el pequeño bebé … le dijeron que había sido una niña, tal y como quería Tessa … un terror frío se había apoderado de ella. Ya había sufrido la muerte de un hijo, ahora la de una amiga en el parto y de su bebé … ¿Y si volvía a sucederle? ¿Y si perdía al bebé de Matt?
Sollozó asustada durante unos segundos y se encogió ante una patada del bebé en su abdomen. Respiró profundamente y se secó el rostro. Entonces oyó cómo se abría la puerta de la estancia y Miss Pony hacia acto de presencia.
- Hola, querida, ¿cómo te encuentras? – La joven sonrió a la mujer observando cómo depositaba la bandeja que traía en la mesita.
- Bien, gracias.
- Anda, ven a sentarte conmigo a tomarte un chocolate. – La joven sonrió, obedeciendo. - ¿Has descansado? ¿Y las pesadillas? – Annie apretó los labios y desvió la vista, encogiéndose de hombros.
- Oh, querida, sé lo duro que está siendo todo esto para ti … - Miss Pony suspiró, bebiendo un sorbo de su taza. – Por eso, he hablado con el doctor, Annie, - la joven giró la cabeza para observarla sorprendida – y creemos que un cambio de aires te haría mucho bien.
- ¿Qué? ¿A qué se refiere?
- Archie llega mañana … para llevarte a Chicago.
- ¿Qué? – La taza tembló en las manos de la joven y la depositó en la mesita, fulminando a Miss Pony con la mirada. - ¿Quiere que me marche?
- Por supuesto que no quiero que te marches, Annie, esta es tu casa …
- ¿Entonces?
- Tu tensión está subiendo, no descansas, tienes pesadillas … no es bueno para ti, ni para el bebé, lo sabes. Creemos que te hará bien volver a Chicago, al menos, durante unas semanas … y luego podrás volver, por supuesto. Las puertas siempre están abiertas …
- ¿Y cree que enviándome a Chicago con Archie podré estar mejor? – Annie rió amargamente. – No sé qué podría ser peor … - Miss Pony la miraba con firmeza.
- Annie, voy a hablarte como mujer adulta y razonable que sé que eres. Pocas veces hemos podido abordar el tema del futuro, ya que siempre te cierras respecto a ese asunto … y lo respeto. Pero has de ser consciente de tus decisiones y de lo que vas a hacer con tu vida a partir de ahora. Dijiste que ibas a continuar con tu esposo … y yo no voy a criticarlo, aunque sabes lo que opino al respecto. Entonces … ¿cuándo crees que deberás volver a tu hogar? Y si no es así … entonces toma la decisión, querida … y yo te ayudaré. Pero ahora debes salir de aquí … por tu bien. Un tiempo. – Annie suspiró, tragándose las lágrimas.
- ¿Cuánto … cuánto tiempo?
- Unas semanas … tal vez …
- ¿Podré … podré volver? – Preguntó en un hilo de voz. Miss Pony se acercó, cogiéndola de la mano.
- Siempre.
- Oh, Dios mío, son tan hermosos …
Candy tenía en brazos a Rosemary, la manita de la pequeña rodeando su dedo, observando maravillada cada rasgo de aquel perfecto y diminuto rostro que gorjeaba, mientras sus padres sonreían ante la escena.
Candy ya llevaba un par de días en Washington, extasiada ante los pequeños hijos de Albert y Patty, feliz de poder estar con sus queridos amigos después de tanto tiempo, compartiendo su felicidad. Era tan maravilloso que hasta sentía cierta envidia ante la situación. Observaba el resplandeciente rostro de Albert, la felicidad de Patty … se alegraba tanto, se lo merecían, después de todo lo que habían sufrido.
Le encantaba la pequeña casona que Albert y Patty habían adquirido mientras estuvieran en Washington, con la señora Dalton, el jardín … envidiaba su serena vida, su dulce simpleza … habían hablado los tres de muchas cosas. Candy les había contado a grandes trazos todo lo que había sucedido con su esposo … pero había omitido detalles importantes. Aún no estaba preparada, no, no estaba preparada para hablar de ello. Albert y Patty la habían arropado, incluido en su pequeño mundo feliz, y Candy no quería salir de allí. Ellos también le habían contado todo lo que habían pasado, el parto, el estado de los bebés … pero había merecido la pena, viendo los rostros de felicidad de la pareja.
Había llamado por teléfono a su esposo en un par de ocasiones y apenas había podido cruzar unas pocas palabras con él, pero la había tranquilizado y le había dicho que todo iba bien. Tenía pensado quedarse con Albert y Patty unos días, antes de volver a Nueva York. No quería demorarse demasiado ni estar mucho tiempo separada de Terry, a pesar de lo que él dijera.
Tras alimentar a los pequeños, los dejaron al cuidado de las enfermeras, y Albert acercó a las dos amigas a la casa, ya que él tenía que ir a la ciudad a ocuparse de unos asuntos. Se despidieron de Albert y se encaminaron juntas a casa, donde la Sra. Dalton ya les tenía preparado el servicio de café delante de la chimenea.
- Oh, qué maravilla … - suspiró Candy, al sentarse en el diván frente al fuego, con Patty frente a ella.
Observó a su amiga tras el borde de su taza de café y sonrió. Patty había cambiado en aquellos meses. Estaba más serena, más tranquila … su rostro resplandecía con una paz interior que Candy envidiaba.
- Querida … estás resplandeciente.
- Estoy … feliz. – Contestó Patty esbozando una sonrisa, pero enseguida su rostro se ensombreció un poco. – Oh, y a veces olvido … bueno, sé que no debería estar así con todo lo que está pasando …
- ¿Bromeas? Claro que debes estar así. Tú ya has pasado lo tuyo, querida. Has sufrido durante meses y meses … sola, sin que nadie pudiera estar contigo … - Patty alargó una mano y tomó la de Candy.
- Tú también tenías lo tuyo … - la joven rubia se encogió de hombros y le dedicó una sonrisa tranquilizadora.
- Todo va bien.
- ¿Tú estás bien? – Patty la observaba fijamente con sus ojos esmeralda, hasta que Candy se echó a reír.
- ¡Claro que sí, Patty! Terry está cada vez mejor …
- Lamento tanto lo de tu bebé … y lo que te hizo Eliza …
- No te preocupes … - Candy hizo un ademán – he vuelto a recuperarme, a recuperar a mi esposo … - sus ojos aguamarina se desviaron un instante hacia los ventanales que daban al jardín – y espero que algún día … - notó el apretón de Patty en sus dedos y se volvió a mirar a su amiga.
- Seguro que sí.
Las jóvenes continuaron conversando de cosas triviales entre risas y confidencias, mientras la tarde decaía y el fuego de la chimenea calentaba sus corazones.
- ¿Cuándo tenéis planeado volver a Chicago? – Patty se encogió de hombros.
- Todo depende de los pequeños. Patrick ha dicho que su recuperación es asombrosa. Ya no necesitan respirador, las analíticas están dentro de los límites … ganan peso con normalidad, se alimentan bien … no sé, en enero Alex nos dio un pequeño susto, pero ya se ha recuperado. Todo va bien. Tal vez … tal vez en unos meses … - La joven suspiró. - ¿Sabes? Sé que debemos volver a Chicago, aquel es el hogar de William … allí tiene sus negocios, la familia … pero a veces, a veces me gustaría poder quedarme aquí, en esta casa, con mis hijos, tener esta vida tranquila …
- Te entiendo …yo lo sueño a menudo …
- Oh, querida … - Patty volvió a cogerle la mano, y ambas se miraron con ojos empañados. - ¿Cómo está Annie? Me quedé impactada cuando me contó por carta lo del embarazo …
- Sí … bueno, ella … ella está bien. – Candy intentó que su rostro no denotara preocupación. – Pero ya sabes que la tensión de Annie se dispara con los embarazos … y han decidido que lo mejor es que guarde reposo absoluto en Casa de Pony, alejada de todo …
- ¿Qué pasa, Candy?
- ¿Qué? – Patty la miraba con fijeza.
- Vamos, te conozco. Sé que algo sucede … y vas a contármelo.
- Oh, Patty, vamos, no sé de qué hablas …
- ¡Candy!
La joven rubia se levantó del diván con el ceño fruncido y se dirigió a los ventanales. Estaba oscureciendo, el jardín parecía nostálgico e invernal en el crepúsculo. ¿Debería contárselo a Patty? Había prometido no hacerlo … pero Annie necesitaría ayuda, no estaba bien, nada bien. Y ella … ella no iba a poder estar con sus amigas en mucho tiempo … se dio la vuelta y enfrentó a Patty, quien la miraba alarmada.
- El bebé de Annie …
- ¿Sí?
- El bebé de Annie no es de Archie.
- ¿Qué?
Y una vez comentó a contarle toda la historia, ya no pudo detenerse. Patty pasaba de la estupefacción a la incertidumbre, de las lágrimas a la desolación …
- Dios mío … pero … ¿cómo es posible? ¿Por qué han decidido hacerse tanto daño mutuamente?
- Annie dice que quieren … no, deben evitar el escándalo …
- Bien, admito que lo sería, pero … Dios, todo tiene solución, si William supiera …
- ¡No! No, Patty, nadie más debe saberlo. Has de prometerlo.
- Está bien … claro, pero Candy, hemos de hacer algo …
- Ya he intentado todo con Annie. No quiere escucharme. Archie y ella lo tienen decidido.
- Pero es un error …
- Sí, yo también lo creo, y confío en que estando en Casa de Pony, Annie pueda recapacitar … y tomar la mejor decisión. – A Patty le caían las lágrimas por las mejillas.
- Oh, pobre Annie … ella también ha sufrido lo indecible estos meses … y también ha debido encontrarse muy sola …
- Por eso te lo he contado, Patty. – Candy la tomó de las manos, mirándola fijamente. – Yo no podré hacerme cargo de Annie. Sabes que debo volver junto a mi esposo y … - sus ojos se oscurecieron un instante – no sé lo que va a suceder. Quiero que cuando vuelvas a Chicago os apoyéis la una en la otra. Ella … ella necesitará ayuda si decide volver con Archie a Chicago … - Patty la abrazó.
- Pues claro que estaré junto a Annie, querida, eso no tienes ni que pedírmelo.
Los gritos y risas de los niños se escuchaban amortiguados a través de las ventanas entreabiertas de la pequeña salita privada de Miss Pony. La joven los observaba correr y jugar en el parque de enfrente de la institución con una media sonrisa en los labios. Inconscientemente, se acarició el abultado abdomen suspirando. Pronto, eso esperaba, tendría un pequeño bebé en los brazos, a quien amar y proteger, que llenaría su vida.
Miss Pony entró a la estancia seguida de alguien muy familiar … aunque su aspecto la sorprendió sobremanera. El caballero que seguía a Miss Pony parecía tener diez años más que su esposo, el rostro ceniciento, grandes ojeras bajo los ojos, más delgado … Dios mío, ¿qué le había sucedido? En apenas tres meses, su esposo estaba irreconocible.
Él se acercó a ella con una sonrisa apagada, impersonal, y la besó en la mejilla secamente.
- Hola, Annie, ¿cómo te encuentras?
- Bien, gracias. – Ella lo observaba estupefacta, intentando encontrar una explicación al estado de Archie. – Archie … ¿estás bien?
- ¿Qué? Claro que sí, perfectamente. – Se giró hacia Miss Pony. – Señorita Pony, gracias por cuidar de Annie durante todo este tiempo …
- Estamos encantadas de haber tenido a Annie con nosotras … - la mujer se acercó a la joven, pasando un brazo por sus hombros – y esperamos que vuelva a visitarnos pronto. – Ambas mujeres se sonrieron mutuamente. - ¿Tenéis tiempo de tomar una taza de café?
- No, lo lamento. El tren sale en apenas dos horas, debemos volver lo antes posible.
- De acuerdo.
Archie tomó las maletas de Annie apiladas a un lado de la estancia, y las dos mujeres lo siguieron al exterior donde un coche los aguardaba.
- ¿Me despedirá de los demás? – Annie tomó las manos de Miss Pony y está sonrió. – Dígales que volveré pronto …
- Claro que sí, querida, no te preocupes.
Se abrazaron con fuerza y tras despedirse de la mujer, Archie la ayudó a entrar al vehículo, sentándose a su lado después. Annie sintió cómo su corazón se encogía de tristeza mientras veía cómo la silueta de Miss Pony se hacía cada vez más pequeña, a medida que el vehículo avanzaba, alejándose de la institución, hasta que pronto se perdió de vista.
Giró brevemente el rostro hacia aquel hombre que era su esposo … y que sin embargo conocía cada vez menos. Él miraba por la ventanilla, sin despegar los labios, serio el semblante. Annie sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas. ¿Aquella era la vida que le esperaba? ¿Y qué sucedería cuando naciera el bebé? ¿Aquella sería la relación que mantendrían ella y Archie? ¿Y qué le estaba sucediendo a aquel joven que un día fuera resplandeciente?
La casa parecía respirar en el silencio que reinaba en todas las estancias. La joven sentía que su espíritu rezumaba la misma quietud que el edificio. Había recibido carta de su esposo esa misma tarde … una misiva llena de palabras reconfortantes, palabras de amor y esperanza … lo que había avivado el deseo de Candy de volver lo antes posible a Nueva York y estrechar a Terry entre sus brazos. Ya era hora de partir. A pesar de estar encantada y feliz de poder pasar una temporada con sus queridos Albert y Patty, y ver cómo los gemelos crecían sanos y fuertes cada día que pasaba, ya era hora de volver a casa. A los brazos de Terry … a su hogar.
Patty ya se había retirado a descansar después de cenar, pero Candy se había desvelado … tenía demasiadas cosas en la cabeza.
De pronto, oyó cómo un auto se acercaba a la casa y se dirigió a los ventanales. Debía de ser Albert, ya que no había llegado aún, demorado en la ciudad por negocios. La joven vio cómo su querido amigo se apeaba del vehículo y se perdía en la oscuridad del porche. Pronto oyó la voz de la Sra. Dalton y del propio Albert, y al cabo de unos minutos, la puerta del salón se abrió lentamente, dando paso a la alegre sonrisa del rubio.
- Buenas noches, querida, ¿aún despierta? - La joven asintió, acercándose a besar a Albert en la mejilla y acomodándose ante los sillones de la chimenea, mientras él se preparaba una copa. - ¿Patty ya se ha retirado?
- Así es … has tardado más de lo previsto. – Él hizo una mueca.
- Un maldito negocio … el papeleo … uf. – Se dio la vuelta y se sentó frente a ella en los sillones, iluminándola con sus brillantes ojos. – Y bien … ¿cómo te encuentras? Pero ahora de verdad … estamos solos tú y yo, que no he tenido ocasión de poder hablar contigo cara a cara en toda la semana.
La joven soltó una carcajada y lo miró risueña.
- ¿Vas a echarme una bronca?
- ¿Bronca? Por supuesto que no … - los ojos azules se dulcificaron - … en todo caso, tú deberías abroncarme a mí … por no haber podido estar a tu lado en todo este tiempo …
- ¡Oh, Albert! No empieces, ni se te ocurra. Estoy bien, no debes preocuparte. Tú tenías que ocuparte de tu familia.
- También tú eres mi familia. – Ella asintió y le cogió la mano, con un nudo en la garganta. - ¿Cómo está Terry? ¿Cómo va el tratamiento?
Candy suspiró temblorosa y frunció el ceño, desviando la mirada unos segundos para calmarse.
- Terry tiene un hematoma cerebral.
- ¿Qué?
- Los médicos han aconsejado operar cuanto antes, ya que en caso contrario podría sufrir un derrame en cualquier momento.
Albert se había incorporado, observándola estupefacto.
- Dios, Candy … entonces ¿qué estás haciendo aquí? – Los ojos aguamarina se llenaron de lágrimas.
- Pues lo mismo me pregunto yo, Albert …
- ¿A qué te refieres?
- Es como si Terry … como si me hubiera echado sutilmente de su lado, como si … - meneó la cabeza y se tapó el rostro con las manos. Albert estuvo en un momento a su lado, estrechándola contra sí.
- Tranquilízate, pequeña …y cuéntamelo todo.
Cuando comenzó a hablar, con voz ronca y pastosa, ya no pudo parar. Albert no la interrumpió en ningún momento, permaneciendo a su lado, abrazándola. Le contó todo lo que había sucedido desde que se separaron. La pérdida de su bebé, su dolor … cómo Terry se había ido a Nueva york, su reencuentro en Casa de Pony, sus ataques … el miedo que sentía, lo mucho que lo amaba … le habló del duque, de Eleanor … le habló del estado de Terry, de lo que podía suceder …
Le pareció que llevaba horas hablando cuando de pronto calló y se hundió, agotada, en brazos de Albert y se echó a llorar desconsolada, mientras él le acariciaba el cabello.
- Oh, mi pequeña … - Albert le besó la cabeza – lamento tanto todo lo que ha sucedido … por todo lo que has tenido que pasar … - ella alzó la cabeza y Albert le secó las mejillas con los dedos – escucha, mañana mismo iremos a por un billete de vuelta a Nueva York, ¿de acuerdo? Sabes que Patty y yo no podemos estar más felices de que estés con nosotros, pero debes estar ahora junto a tu esposo. – Albert frunció ligeramente el ceño. – Espero que en unos meses los niños ya estén lo suficientemente recuperados como para que podamos volver a casa. – Le alzó el mentón y sus ojos se encontraron. – Pero sabes que puedes contar conmigo en todo momento … ahora ya hemos pasado lo peor, y puedo estar en Nueva York en un abrir y cerrar de ojos …
- Oh, Albert … - la joven se apretó contra él y Albert apoyó la cabeza en su coronilla.
- Todo irá bien, querida …
Otra noche más. Una de tantas … no distinguía los días, los meses … le daba lo mismo. La biblioteca, la chimenea encendida … y la botella de whisky a su lado. No pedía más, no necesitaba más.
Pero la diferencia era que ella estaba aquí. Annie estaba en la casa. Y aunque le importara una mierda … no era lo mismo. No había podido negarse cuando la Srta. Pony le había pedido que la trajera a casa durante un tiempo, ya que al parecer, Annie no se encontraba muy bien. Le contó la experiencia vivida con la muerte de aquella joven en el parto … algo grotesco …
Pero, ¿qué sentía él? Sabía que se estaba destruyendo, no era estúpido … pero no podía evitarlo. Un día tras otro … y de pronto, se encontró sin salida, sin poder salir de aquel agujero negro … ¿debía pedir ayuda? ¿Y para qué de todas formas?
Se pasó las manos por el rostro y el cabello y se echó hacia atrás en el sillón. Unos golpes en la puerta llamaron su atención.
- ¿Señor?
- Jackson … - Archie hizo un ademan para que lo dejara solo.
- Le traigo la cena, señor …
- Llévatela.
- Pero señor …
- ¡Llévatela, Jackson!
El mayordomo se retiró. Lamentaba haberle gritado a Jackson. Quiso disculparse … pero ya era tarde. Se sentía abotargado, atontado … sabía que comenzaban a murmurar sobre él, sabía que en el despacho no rendía como debería … ¡maldita sea! Solo quería que lo dejaran en paz.
Ya no había vuelto a sentirse él mismo desde la noche de Año Nuevo. Cuando la tuvo entre sus brazos, cuando le hizo el amor durante toda la noche … y tuvo que dejarla marchar. Ya no había vuelto a verla. Ya no había sabido nada más de ella … pero ahora, tampoco querría que le viera … no en ese estado …
- Dios … ayúdame … - sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas y parpadeó, apretando los puños.
Alargó una mano hacia la copa de whisky y súbitamente se percató de que temblaba sin control. Apretó los dedos y tragó con fuerza. ¿Qué se estaba haciendo a sí mismo? Se agarró la cabeza entre las manos y sollozó con desconsuelo.
La Sra. Dalton estaba preparando la mesa para el desayuno cuando Candy bajó las escaleras sonriendo y saludando al entrar al comedor.
- ¡Buenos días, Sra. Danton!
- Buenos días, Sra. Candy.
- ¡Bonita mañana! ¿Dónde están todos?
- La Señora está en el jardín, podando sus flores, y el Señor se halla en su despacho. Han dicho que vendrán enseguida.
La joven le hizo un guiño travieso y se dirigió con paso firme al encuentro de Albert. Llamó con los nudillos a la puerta del despacho y entró, sin esperar respuesta.
- ¡Buenos días, Alb …! - Pero la voz se le quedo atascada en la garganta. Albert se hallaba sentado ante la mesa de su despacho, el rostro oscuro y preocupado, leyendo una carta que tenía entre sus manos. Candy se acercó a la mesa, el corazón agitado. - ¿Qué ha pasado, Bert? ¿Malas noticias?
Él levantó la cabeza, encontrándose sus miradas, y suspiró profundamente, entregándole la misiva. Candy la tomó con manos temblorosas.
Chicago, 20 de marzo de 1922
Estimado William,
Lamento ser portador de las noticias que voy a relatarle a continuación. He estado esperando prudentemente por si las circunstancias daban un vuelco de favor y no fuera necesario molestarle con dichas vicisitudes, pero lamentablemente, no ha sido el caso.
La Sra. Elroy había experimentado un decaimiento en su salud en el mes anterior, tal y como le indiqué, pero los médicos confiaban en que le diera la vuelta con la nueva medicación que iban a comenzar a suministrarle. Por desgracia, no ha sido así, señor. La salud de la Sra. Elroy se está agravando paulatinamente, y he creído conveniente avisar al consejo Andrew para que se reúna en Chicago lo antes posible. Lo siento de veras.
Por otro lado, hay otro asunto del que no había querido hacerle partícipe hasta estar usted aquí y poder verlo por sí mismo, pero … han sucedido varios sucesos que me obligan a ponerle en antecedentes.
De un tiempo a esta parte, el señor Archibald ha estado cada vez más huraño, nervioso y alterado … hasta el punto de que ha comenzado a descuidar sus obligaciones. Temo por su salud, señor, lo digo con total sinceridad y desde mi más humilde postura. No puedo relatarle con detalle cual es la causa de su lamentable estado … pero su abuso de … sustancias … le está pasando factura. No tengo autoridad para vetarle en ciertas operaciones … y creo sinceramente que debería estar usted aquí, señor. Todo Chicago comienza a murmurar … está afectando a la familia. Por no decir a la salud de Archibald.
Además, la señora Annie ha llegado hace unos días a la mansión Cornwell. Como sabe, está embarazada, y no sé si ese sería el lugar idóneo para ella, dado el estado en que se encuentra Archibald. Hace unas noches me llamó, muy alterada, ya que habían encontrado a Archibald inconsciente en la biblioteca y no podían reanimarle …
Lamento profundamente todo esto, señor, sabe que no lo pondría en antecedentes si no lo considerara totalmente necesario.
Mi mas profundo afecto a sus pequeños y a la Sra. Patricia.
A la espera de sus noticias.
Atentamente,
George Anderson
- Dios mío … - Candy se había tapado la boca con la mano y lo miraba horrorizada.
- He de ir a Chicago lo antes posible …
El joven rubio se dio la vuelta, observando a su esposa en el jardín, a través de los ventanales. Candy se pasó la mano por la frente. ¡Oh, Archie! ¿Qué te estás haciendo? ¿Qué te está pasando?
Dejó la carta en el escritorio y cruzó los brazos sobre el pecho, acercándose a la chimenea. Archie destrozado … Annie embarazada … la tía Elroy … la familia se hacía pedazos. Oh, Terry …
- ¿Candy? – La joven se dio la vuelta. – Voy a ir a hablar con Patty para contarle lo que ha sucedido y que debo ausentarme un tiempo …
- Lo siento, Albert …
- No puedo ignorar esto esta vez … - Albert respiró profundamente y cuadró los hombros - …he de volver a casa. Después iremos a la estación a por los billetes. – Se acercó a la joven y le apretó el brazo. – Ojalá hubiéramos podido estar un poco más de tiempo juntos, querida …
Albert se giró para marcharse, pero Candy lo retuvo.
- Albert …
- ¿Sí?
- Voy a ir a Chicago contigo.
- ¿Qué? No, Candy, debes …
- Escucha … - le cogió la mano – Terry me ha pedido un poco de tiempo. Lo comprenderá. Archie y Annie me necesitan. Creo que debo ir a ayudarles … ver qué está sucediendo …
- Pero Candy …
- Apenas unos días más …
- ¿Estás segura?
La joven tragó con fuerza, sin poder contestar.
Otra vez una estación, una despedida. Transeúntes por los andenes, silbatos, voces agitadas, apresuradas …
Candy observó con tristeza a la pareja apostada a pocos pasos de ella. Ambos estaban estrechamente abrazados, el rostro de Albert enterrado en el cuello de Patty, sin moverse. Al cabo de unos instantes, la pareja se apartó un poco y se besaron profundamente en la boca.
La noche anterior, Candy había podido hablar unos minutos con su esposo y este la había tranquilizado, diciendo que todo iba bien y que fuera a Chicago a solucionar sus problemas. Y a pesar de que la joven no estaba muy convencida de ello, sentía que debía ir a ayudar a sus amigos. Archie se estaba destruyendo … y aquello tampoco era bueno para Annie … ¿y por qué había dejado Casa de Pony?
Candy parpadeó al darse cuenta de que la pareja se dirigía hacia ella. Patty la abrazó estrechamente.
- Hasta pronto, querida. Cuida de mi esposo, de Annie y de todos … pero sobre todo de ti misma. – Le susurró, besándola en la mejilla. – Espero que volvamos a vernos muy pronto.
- Y tú da muchos besos a mis pequeños tesoros, ¿de acuerdo? – Le contestó la rubia con lágrimas en los ojos. Patty asintió, mientras Albert la cogía por los hombros y la estrechaba contra sí.
Candy se dirigió hacia la escalerilla de acceso al vagón, para dar a la pareja un poco de intimidad.
- Te llamaré siempre que pueda, amor mío … - susurraba Albert a su esposa, quien tenía el rostro lleno de lágrimas – cuida de nuestros pequeños …
- Lo haré …
- Te amo …
- Te amo …
Y volvieron a besarse profundamente.
El silbato sonó estridente anunciando la inminente salida del tren. Albert se separó de Patty y se subió de un salto a la máquina, tras Candy. Ambos rubios se quedaron en la puerta, mientras el tren se movía, agitando las manos, hasta que Patty se convirtió en una pequeña mancha en la lejanía y la perdieron de vista definitivamente.
