Eleanor Baker comenzó a ponerse los guantes con manos temblorosas cuando el automóvil enfiló el camino de acceso a la clínica Berenson. El mes de abril teñía de color los prados y apremiaba al tímido sol del atardecer a brillar un poco más. La primavera comenzaba a hacer acto de presencia. Una estación de despertar, de renacimiento, de comienzo … ¿sería así para su querido hijo? ¿Saldría todo bien?

La hermosa actriz suspiro profundamente, cuadrando los hombros al abrirse la puerta del auto, y se apoyó en la mano que el chofer le tendía para salir. Después, se dirigió con paso firme a la entrada de la institución y pronto estuvo inmersa en pasillos y habitaciones hasta llegar a la de su hijo. Llamó a la puerta con firmeza y apenas aguardó a que le contestaran para entrar.

Terry estaba ocupado con las maletas, la ropa esparcida por el lecho y los divanes, el ceño arrugando su frente, vestido solo con el chaleco y la camisa medio desabrochada, el largo cabello rozándole casi los hombros …

- Terrence …

- Hola, Eleanor. – El joven apenas giró la cabeza para mirarla, continuando con su quehacer. Eleanor se acercó lentamente a él.

- ¿Sigues convencido de seguir adelante con todo este asunto?

- ¿Tú qué crees? – Vió como una sonrisita sardónica coronaba las comisuras de sus labios.

La actriz suspiró, acercándose al ventanal, mientras se desabrochaba el abrigo y se quitaba el sombrero.

- ¿Ya tenéis los billetes?

- Sí, salimos en una semana.

- ¿Has hablado con Candy? – Observó cómo el rostro de Terry se nublaba un poco.

- Hace unos días … se ha marchado a Chicago con Albert. Al parecer Archibald tiene problemas …

- Y tú la has animado a ello, supongo.

- Es mejor que ya no esté cuando regrese …

- Oh, Terrence … - El joven se dio la vuelta y la enfrentó, mirándola fijamente con sus ojos azules.

- He de pedirte un último favor … - se acercó a una de sus maletas y sacó una carta que alargó a Eleanor – dásela a Candy cuando regrese … - la actriz miró la carta, confundida – ella lo entenderá.

- ¿Tú crees?

Se miraron a los ojos durante unos instantes, hasta que el joven se dio la vuelta y continúo metiendo ropa en las maletas.


Despertó bruscamente, notando que la claridad inundaba la estancia. Parpadeó aturdido, intentando enfocar la mirada. Dios, le dolía terriblemente la cabeza y tenía el estómago completamente revuelto.

Se pasó la mano por el rostro y respiró profundamente. Entonces se dio cuenta de que aún seguía con la ropa puesta y se tocó confuso la arrugada camisa. ¿Qué había sucedido? No se acordaba de nada, maldita sea …

- ¿Cómo te encuentras?

Alzó la cabeza bruscamente al escuchar la voz femenina y se echó ligeramente hacia atrás en los almohadones. Parpadeó, intentando enfocar la silueta parada a pocos pasos del lecho.

- Maldita sea, Annie … ¿qué haces aquí? – Se escuchó su propia voz cascada y rota, y carraspeó. Tenía la garganta tan seca que apenas podía respirar.

- Ayer Jackson tuvo que traerte en brazos de nuevo desde tu despacho … totalmente borracho. – Annie lo observaba fijamente con sus grandes ojos azules. – Quizá la próxima vez sea demasiado tarde …

- ¿Pero qué dices? ¿Has venido a echarme un sermón? – Soltó una amarga risa que se convirtió en un quejido.

- No vas a ser el único que pueda echar sermones … - él volvió la cabeza para mirarla, con el ceño fruncido.

- Lárgate, joder …

- Creo que no.

Archie abrió los ojos con sorpresa y su rostro se puso rojo como la grana, mientras se levantaba tambaleante del lecho y se acercaba a ella. Instintivamente, Annie se echó hacia atrás, pero se obligó a mantenerse en su sitio, el mentón alzado con una obstinada expresión. Archie se puso a la altura de su rostro.

- He dicho que te largues, coño … - susurró a pocos centímetros de su rostro. Annie arrugó la nariz. El hedor de Archie llegaba hasta ella, alcohol, sudor …

- No, Archie, no lo haré. A pesar de todo, soy tu esposa. Tú lo decidiste … y yo voy a cumplirlo. – Él soltó una carcajada en su rostro.

- ¿Tú te estás escuchando? ¡Eres ridícula! ¡Lárgate! – Dio un paso hacia adelante, pero Annie no se movió, a pesar de que sentía los rápidos latidos de su corazón resonar en sus oídos.

- ¿Vas a obligarme?

- ¿Qué?

- ¿Vas a obligarme a marcharme?

- ¿A qué te refieres? – Archie se irguió, echándose hacia atrás, sorprendido. - ¿Crees que me atrevería a ponerte la mano encima? – Los ojos de la joven se llenaron de lágrimas.

- No lo sé … ¿lo harías?

- Oh, por Dios … - Archie dio unos pasos hacia atrás, pasándose las manos por el cabello. De pronto, su rostro se tiñó de desolación. – Ayer … yo … es decir, no recuerdo nada, hice … te hice …

- No, solo te desmayaste.

Vio cómo el joven se tocaba el estómago y se tambaleaba ligeramente, el rostro ceniciento.

- No me encuentro bien … me estoy mareando …

En un momento estuvo Annie a su lado, cogiéndolo por la cintura.

- Apóyate en mí.

- No … - él intentó desasirse.

- Archie, por favor, no te comportes como un niño, necesitas ayuda …

- Tú estás … no debes … - pero calló, tapándose la boca con la mano y echando a andar rápidamente al baño, con Annie pisándole los talones.

Se abalanzó sobre el retrete y vomitó compulsivamente, mientras Annie se acercaba al lavabo y mojaba un paño en agua fría, para a continuación, acercárselo a Archie. Él se había apoyado contra la pared, el rostro ceniciento, y observó el paño húmedo durante un momento. Alzó los ojos avellana y se encontró con el rostro de la joven.

- ¿Por qué haces esto?

- Eres mi marido … - él cabeceó, haciendo una mueca, y pareció que iba a decir algo … pero calló y tomó el paño, mojándose el rostro.

- Ya estoy bien … - se apoyó en el retrete para levantarse. Annie se acercó a ayudarle, pero él la paró alzando una mano. – No, por favor … gracias, pero ya estoy bien. Voy a darme una ducha.

Annie asintió y se alejó hacia la puerta, mientras Archie comenzaba a desabrocharse la camisa. Entonces se detuvo y alzó la cabeza, arqueando una ceja.

- ¿Vas a quedarte mirando? – Annie negó con la cabeza.

- Ya me marcho … por cierto, George está abajo, te espera. – Vio cómo Archie fruncía el ceño y bajaba la cabeza.

- Está bien … voy enseguida.


George Anderson daba vueltas nervioso en torno a los divanes apostados ante la chimenea del salón de los Cornwell, intentando encontrar las palabras adecuadas para enfrentarse a Archibald. La situación era verdaderamente tensa y complicada. George no sabía muy bien a ciencia cierta lo que sucedía, pero aún le costaba creer que un hombre como Archibald hubiera llegado a aquella situación.

El consejo Andrew llegaba en unos días, el señor William ya estaba de camino … y había un par de negociaciones que requerían la presencia de Archie, aunque George creía firmemente que el joven ya no estaba capacitado para hacerse cargo de nada.

Encendió un cigarrillo y se pasó las manos por el cabello. Cuando parecía que todo volvía poco a poco a su ser … aspiró una bocanada de humo y cuadró los hombros. Esperaba que con la llegada de William las cosas se arreglaran un poco. Además, deseaba tener con su señor una importante conversación: deseaba casarse con Mary lo antes posible, ya no quería posponerlo más.

Se dio la vuelta lentamente al oír cómo se abría la puerta de la estancia y se enfrentó con el señor de la casa. A pesar de que Archie lucía tan elegante y pulcro como siempre, su rostro delataba su malestar y sus profundas ojeras marcaban un rostro que había pasado una larga y oscura noche.

- Buenos días, George.

- Archibald.

Ambos hombres se sentaron en las butacas frente a la chimenea y Archie alzó la cabeza, suspirando profundamente, y mirando fijamente los impasibles ojos grises de George.

- Tú dirás.

- Me he tomado la libertad de pedir a Jackson que nos traiga el desayuno aquí … si te parece bien …

Y como si hubiera estado esperando una señal, el mayordomo entró en la estancia acompañado de un par de doncellas y dispusieron todo el servicio de café alrededor de ambos hombres. Una vez se retiraron, George sirvió un par de tazas de café, alargando una a Archie.

- ¿Cómo está la señora Annie? La he visto antes.

- Se encuentra bien … - George lo observaba fijamente, y Archie desvió la mirada, bebiendo un sorbo de café.

- En unos días llega el señor William.

- ¿Qué?

- En unos días llega William … y también el Consejo Andrew.

- ¿Qué? Joder, George … pero, ¿qué has hecho? – Archie dejó la taza con brusquedad sobre la mesita y se levantó.

- Lo que he creído más conveniente, dadas las circunstancias.

- ¿Las circunstancias? Estás sacando las cosas de quicio … ¿sabes con quien estás hablando?

- Sé muy bien con quien estoy hablando. – Los ojos de ambos hombres se miraban con fijeza, los avellana intentando retener la ira que lo consumía. – Y precisamente por eso, he creído conveniente venir esta mañana a hablar contigo, Archibald. Esta tarde tenemos una importante reunión con los McCleod. Sabes lo que supone para la familia …

- ¿Estás insinuando que no estoy capacitado para llevar adelante ese negocio?

- ¿Tú crees que estás capacitado?

- ¡Me estas ofendiendo, George! – Archie había apretado los puños y alzado la voz.

- Un hombre que ha perdido la consciencia por coma etílico dos veces en un mes …

- ¡Maldita sea! ¿Es que ya no tengo intimidad ni en mi propia casa? – El joven se había puesto a dar vueltas por la estancia, apretando los puños temblorosos, la mandíbula tensa, la miraba perdida …

- Necesitas ayuda, Archibald …

- ¿Tú crees? – Soltó una amarga carcajada.

- No hace falta que te diga que me tienes aquí para … - El joven alzo una mano.

- Ya lo sé, lo sé … os tengo a mi lado … a todos … - el tono sarcástico hizo que George levantara las cejas. Archie aspiró profundamente y cuadró los hombros, volviéndose a mirarle. – Está bien. Cumpliré con mis obligaciones, no debes preocuparte. Creo … creo que es mejor que tú hagas la exposición esta tarde … y yo te secundaré …

- ¿Estás seguro? – Archie desvió la mirada y asintió.

- ¿Cómo … cómo está la tía?

- No muy bien …


Albert y Candy llegaron a Chicago a finales del mes de abril. El clima estaba templando un poco, aunque aún no hacía demasiado calor. Una vez el tren se detuvo y los pasajeros comenzaron a descender de la maquina y poblar los andenes, Albert apremió a su pupila para que cogieran las maletas y se dieran prisa en salir de la estación, donde confiaba en que George los estuviera esperando.

Una vez pudieron abrirse paso entre los transeúntes, salieron por las puertas con las maletas y enseguida descubrieron a George esperándolos junto al automóvil de los Andrew. Albert se acercó rápidamente y lo abrazó, para a continuación comenzar a meter las maletas en el porta equipajes, ayudado por Andy. Candy se acercó sonriente y besó a George en la mejilla.

- Querido George, cuánto me alegro de verte.

- Lo mismo digo, señora Candy. – Sonrió George, pero enseguida frunció el ceño. – Pero deben darse prisa, señora, hay periodistas en los alrededores. Debemos ponernos en marcha lo antes posible.

El automóvil enfiló la carretera, cruzando rápidamente la ciudad y poniendo rumbo a la mansión Andrew.

- ¿Cómo está mi tía, George?

- Parece que se ha estabilizado un poco … pero los médicos no tienen demasiadas esperanzas … - George lo miró compungido – podrá hablar con ellos en cuanto lleguemos a la casa, señor. – Albert asintió, el rostro preocupado y sombrío.

- ¿Ha llegado el consejo?

- Todavía no, señor.

- ¿Y Archie? – George suspiró, frunciendo el ceño.

- El negocio McCleod ha salido bien … dadas las circunstancias. Pero … el señor Archie tiene problemas …

- ¿Problemas? ¿Qué tipo de problemas? – Candy se adelantó en el asiento, mirando a George con sus grandes ojos aguamarina. Él se revolvió en su asiento, incómodo.

- Bueno … lo cierto es … es que no se encuentra muy bien …

- Candy sabe lo que sucede, George. – Cortó Albert. – Hablaré con Archie lo antes posible. He de llegar al fondo de este asunto.

Candy abrió la boca para decir algo, pero enseguida la cerró, el rostro preocupado, la garganta seca. ¿Qué decir? Oh, Archie … Annie … al final está sucediendo … todo está estallando a vuestro alrededor ….


Las maletas ya estaban preparadas, apiladas al lado del automóvil que los llevaría a puerto. El día permanecía soleado, hermoso, un cielo azul imposible iluminaba el jardín, repleto ya de flores.

Eleanor tragó con fuerza, intentando mitigar el nudo que se estaba formando en su garganta. Los criados se afanaban dentro de la casa, cerrándolo todo. Richard abandonaba la mansión, volvía a Inglaterra … y Terrence se iba con él.

Observó a su hijo, parado a pocos pasos de ella, vestido con su ropa de viaje, elegante y apuesto, perdido en sus pensamientos. No había podido disuadirle … no había podido hacerle cambiar de idea …

El estado de salud de Terrence no era muy estable últimamente. Las hemorragias continuaban … y también los dolores. Los médicos habían insinuado que era muy importante que Terrence se mantuviera tranquilo, sin alteraciones que pudieran socavar su estabilidad emocional … y Eleanor sabía que el corazón de su hijo en aquellos momentos estaba destrozado … y también el suyo. ¿Y si no sobrevivía al viaje? Dios mío …

Vio cómo Richard salía en ese instante de la casa, acompañado de Worthington, y sus ojos se cruzaron. Quiso acercarse, quiso decirle algo … se miraron durante unos largos segundos … tal vez … quizá ya no volviera a verle … sintió el escozor de las lágrimas en las comisuras de sus ojos, y entonces Richard sonrió con ternura. Una fugaz sonrisa, antes de meterse en el automóvil, sin volver la vista atrás.

- Madre … - la mujer se volvió sorprendida, con el corazón disparado al oír la simple palabra, y las lágrimas se derramaron por sus mejillas. El joven se acercaba a ella, sonriendo con tristeza.

- Me has llamado madre …

- Sí … lo eres, ¿verdad?

- Oh, Terrence …

La mujer se abrazó a su cintura, sollozando desconsolada. Terrence le acarició lentamente el dorado cabello, dejando que se calmara, y al cabo de unos instantes la separó un poco para poder verle el rostro.

- ¿Recuerdas lo que te dije?

- Terrence, tal vez … tal vez debería ir contigo, es decir …

- No … - el joven meneaba la cabeza con una triste sonrisa – sabes que es imposible. Debes atender tus obligaciones. Todo irá bien, no debes preocuparte.

- ¿Y si … - le tembló la voz - … y si no superas el viaje?

- Tres médicos nos acompañarán en todo momento … - Terry sonrió con dulzura y le acarició la mejilla. – Estaré bien … volveré a verte. – La mujer volvió a deshacerse en lágrimas.

- ¿Me lo prometes? – Susurró. Él meneó la cabeza y la abrazó.

Permanecieron así unos instantes, hasta que fue Terry quien se separó y echando una última mirada a su madre, se dirigió al automóvil que lo aguardaba y se subió a él, poniéndose el vehículo inmediatamente en marcha y perdiéndose por la avenida.


La llegada de Albert y Candy a Chicago había revolucionado a la alta sociedad y al mundo de las finanzas en la ciudad. Todo el mundo conocía el estado de salud de Elroy, y el hecho de que el cabeza de la familia Andrew hubiera vuelto a casa, aún sin su esposa e hijos, daba pie a un tumulto de especulaciones.

Casa Andrew hubo de ser reorganizada y Albert hubo de estar mucho tiempo conociendo y organizando cada detalle de la casa, supervisar el tratamiento y los cuidados de Elroy, tratar de varios asuntos de negocios con George … de pronto, Candy se encontraba de nuevo sola en aquella gran casa, echando de menos a su esposo y volviendo a preguntarse por enésima vez si había tomado la decisión correcta de haber ido con Albert a Chicago. Casi sin proponérselo, se encontró en la biblioteca, donde sabía que se encontraba uno de los teléfonos, y casi como si de un imán se tratara, marcó los números con dedos temblorosos. Pasó una eternidad hasta que al final, tras varias operadoras, doncellas, mayordomo … pudo ponerse Eleanor al teléfono.

- ¡Eleanor! ¿Eleanor? ¡Por fin! – tras los muchos ruidos de interferencias, la suave voz de Eleanor se hizo escuchar tímidamente.

- ¡Querida! ¿Eres tú? ¿Cómo te encuentras?

- ¡Eleanor! ¿Está Terry contigo?

- ¿Qué? ¿Qué dices, querida?

- He intentando llamar a la clínica y a casa … ¿Eleanor? ¿Vas a ver a Terry?

- ¿Terry? Bueno, yo … - más interferencias.

- ¿Eleanor? Por favor, dile a Terry que esta noche volveré a llamarle, ¿se lo dirás?

- ¿Esta noche?

- Sí, dile que le llamaré sin falta, por favor … - interferencias - ¿Eleanor?

- ¿Candy?

- ¡Eleanor!

Y de pronto se perdió la comunicación. ¡Maldita sea! Candy juró por lo bajo. Solo esperaba que su suegra le hubiera escuchado. Deseaba fervientemente hablar con su esposo, escuchar su grave voz … se pasó las manos por el rostro y respiró profundamente, intentando calmarse.

Bien, había ido a Chicago con un propósito … e iba a cumplirlo.


El ruido de las máquinas inundaba la estancia. Varias enfermeras se afanaban alrededor del lecho, que a Albert se le antojó anormalmente grande … quizá fuera porque el cuerpo tumbado en él era tan menudo y pequeño …

El joven rubio sintió que su corazón se detenía al percatarse de que aquel cuerpo menudo y consumido que observaba tumbado en el lecho era el de su tía, su fuerte, dominante y altanera tía. La mujer que con su sola presencia había intimidado incluso a los mismísimos aristócratas. Una mujer enérgica en un mundo de hombres, una mujer fuerte que jamás había dejado de luchar … Albert parpadeó sorprendido al darse cuenta de que tenía los ojos húmedos.

¿Qué había sucedido con la mujer que él había conocido en aquellos pocos meses?

Albert se sobresaltó cuando una de las enfermeras le tocó el brazo.

- Señor Andrew …

- Sí … - Albert carraspeó.

- Está despierta, estaba esperándole.

El joven asintió y soltó el aire que había estado reteniendo. Se acercó lentamente a la cama y pudo observar más detenidamente el demacrado rostro de la anciana … sí, su tía era una anciana, el tiempo al final la había hecho presa de su edad … su cuerpo se había agotado … Albert sintió que una profunda congoja inundaba su pecho. Bien era cierto que su tía nunca había siso una mujer cariñosa ni afable, todo lo contrario … pero Albert jamás había tenido dudas del amor que le profesaba.

- William … - la voz cascada sonó titubeante en el silencio de la estancia y él estuvo en un momento a su lado, cogiendo muy suavemente la arrugada y pequeña mano entre las suyas. Jamás se había dado cuenta de lo pequeña y vulnerable que era su tía …

- Aquí estoy …

Vio cómo la anciana parpadeaba, intentando enfocar su rostro, y sonrió con dulzura. Albert sintió un nudo en la garganta.

- Has venido …

- Claro que he venido, tía …

- ¿Y … y los niños …?

- No, ellos han tenido que quedarse en Washington, pero … pronto vendrán a casa. – Los ojos grises de la anciana brillaron. Respiró con dificultad antes de proseguir.

- Ojalá … ojalá pueda verlos … - Albert sonrió y le apretó la mano.

- Pues claro que los verás.

- ¿Cómo … cómo se llaman?

- Alexander William Andrew y Rosemary Diane Andrew. – La anciana le dedicó una desdentada sonrisa, asintiendo.

- Ahora ya puedo marcharme, William … - susurró y él tuvo que acercarse más para poder oírla.

- ¿Qué? ¿Qué has dicho, tía?

- Ya puedo irme …

- ¿Qué? No tía, escucha … - el joven le acarició la mejilla y la anciana volvió a abrir sus acuosos ojos.

- Siempre supe que tú serías el elegido … cuida de la familia, William … - comenzó a toser y la enfermera estuvo en un momento a su lado.

- Está cansada, señor Andrew, creo que ya es suficiente por hoy …

- Pero … - no, quería decirle … tenía que decirle …

- Mañana podrá volver a visitarla. – Al final, Albert desistió y se acercó lentamente a la anciana, besándola suavemente en la frente.

- Hasta mañana, querida tía.


La oscuridad bañaba el jardín y la larga noche se abría paso cuando el joven encendió las lámparas de la biblioteca y se dispuso a encender la chimenea. Sabía que no tenía necesidad de hacerlo, pero lo necesitaba, necesitaba mantener la mente ocupada, ya que si no … volvería a suceder. Volvería a ser esclavo de los malditos recuerdos, volvería a hundirse en una vorágine de autocompasión y destrucción y acabaría de nuevo borracho sobre el suelo de su despacho.

Y no podía volver a suceder … no debía consentirlo. Pero, ¿qué demonios le estaba sucediendo? Debía salir de todo aquello, debía superarlo, debía luchar …

Parpadeó rápidamente y tragó con fuerza, intentando desechar la desazón que lo embargaba. Dios mío, ¿qué pensaría su hermano si pudiera verlo en ese momento? ¿Y Anthony? Apenas lo reconocerían …

- ¿Archie? – Se sobresaltó bruscamente y se giró con rapidez, asustado, ya que ni siquiera había oído que nadie hubiera entrado en la estancia.

- Dios, Albert … - se llevó una mano al pecho – me has asustado … no te he oído entrar … - El rubio sonrió con su jovial y dulce sonrisa.

- Lo lamento … te he llamado al entrar, pero estabas sumido en tus pensamientos … - se acercó y le puso una mano en el hombro. - ¿Cómo estás? – Se miraron a los ojos unos segundos y entonces Albert lo abrazó. Archie contuvo el aliento por la sorpresa y todo su cuerpo se tensó unos segundos, dando paso a unas casi incontenibles ganas de sollozar. Hubo de hacer un gran esfuerzo por contenerse, al tiempo que Albert se apartaba y lo instaba a acompañarlo a los sillones. – Siento haberme presentado de improviso, a estas horas … pero, como sabes, no he dispuesto ni siquiera de un segundo de tiempo desde que he vuelto a Chicago, y te echaba de menos, deseaba poder charlar un rato contigo, solos y tranquilos.

- ¿Cómo … cómo están Patty y los niños? – Albert sonrió, iluminándose su rostro, mientras se echaba hacia atrás.

- Estupendamente. Confiamos en que para dentro de un par de meses, podamos regresar a casa. – Archie sonrió ante el luminoso rostro de Albert.

- Me alegro mucho, pareces … radiante. – El rubio soltó una carcajada.

- Oh, Archie, es que lo estoy … - se incorporó hacia delante, mirándolo fijamente- ser padre ha sido la experiencia más increíble de mi vida. Fue observar esos pequeños rostros y mi alma cambió para siempre, ¿sabes? Y a ti también te sucederá … - Archie apartó la mirada, apretándose las manos. – Imagino que los últimos meses han sido verdaderamente apabullantes … no voy a juzgarte, ni a censurarte, Archie, no he venido para eso …

- ¿A no? – Sus ojos volvieron a encontrarse. – Adelante, sé que te han puesto en antecedentes …

- Bien, entonces … ¿qué sucede? Puedes contármelo, y no me digas que nada, no te creo. Sé de sobra que las cosas entre Annie y tú no marchan como deberían, sé la tensión que has soportado sobre tus hombros durante todo este tiempo …

- Bien, tú mismo estás resumiéndolo todo … - Albert suspiró, bebiendo un trago.

- Nunca creí que fueras de los que dejan de luchar ….

- ¡Maldita sea, Albert! Ahí está, ya estás sermoneándome, ¿luchar? ¿Por qué debería luchar? - El joven se levantó bruscamente, dirigiéndose al ventanal.

- Por tu hijo … - Archie suspiró con una irónica sonrisita coronando sus labios.

- Sí, desde luego …

- Archie, por favor, mírame … - el aludido se giró lentamente- creí que deseabas ser padre … - el rubio vio cómo el rostro del joven se nublaba mientras fruncía el ceño.

- Sí, es cierto …. pero siempre creí que … - el joven carraspeó, intentando recomponerse, mientras se dirigía a la mesita y se servía un vaso de agua – creí que tendría una hermosa familia … una esposa que me amara, unos hijos que crecieran en un entorno de amor … como … como lo hice yo … - Albert suspiró, deseando levantarse y correr a abrazar al joven. De pronto, vio ante sus ojos a aquel muchacho de quince años, de sonrisa traviesa, siempre flanqueado por Stear y Anthony, sonriendo a la vida … y sintió que una profunda pena lo invadía.

- Archie … - Albert se levantó lentamente y se acercó al joven. – Olvídate por un momento de todo, olvídate de quién eres, de donde estás … ¿qué querrías hacer?

- ¿A qué te refieres? – El castaño lo miró sorprendido.

- Te apoyaré en lo que decidas … - los ojos azules de Albert lo escrutaban fijamente. – Yo me arriesgué … lo lancé todo por la borda, por mi felicidad … quiero darte esa misma oportunidad.

- ¿Qué … pero …? – El joven sentía que su corazón iba a explotar.

- Buscaremos una solución … ahora lo importante es que te recuperes. Todo esto está acabando contigo. Creo que debes salir de Chicago por un tiempo … tú y Annie. Lo arreglaré todo. Será sencillo. Tu esposa necesita descansar … hasta que nazca el niño. Después ya veremos …

Archie frunció el ceño, desconcertado, desorientado …. sí, se estaba desmoronando … había perdido el rumbo, totalmente, completamente … necesitaba ayuda. Debía tomar las riendas de su vida de nuevo. Todo lo sucedido, todo aquello … lo estaba destrozando. Se giró al ventanal y suspiró profundamente, intentando relajar la tensión de sus hombros. Ya no sabía cómo afrontar la situación. Ya no sabía cómo proceder.

Debía dejar de pensar en ella, debía intentar rehacer su vida. Era cierto. Iba a ser padre. Tal vez no de la manera convencional en la que habría imaginado, pero … iba a ser padre. Iba a ser el padre de aquel niño. Debía centrarse en aquel niño. Albert se lo había dicho, incluso Claire se lo había dicho …

Sus ojos avellana se oscurecieron al recordar aquel hermoso rostro. Hacía un par de semanas que había saltado la noticia. La heredera del imperio Cooper se había casado con el magnate Oxenberg antes de lo previsto. La temprana boda había tomado por sorpresa a toda la sociedad. Él no quiso ni ver su rostro en la foto del periódico, sabía que no podría soportarlo …

Volvió la cabeza ligeramente y constató que Albert lo observaba en silencio. Asintió brevemente en su dirección. Sí, era hora de volver a tomar las riendas de su vida.


- Háblame, dime algo … estás muy callado …

La joven rubia desnuda y recostada sobre el diván lo observaba entre sombras. Él se giró y sonrió, sus ojos brillantes de deseo recorriendo las curvas de su cuerpo perezosamente. Vio cómo el cuerpo femenino reaccionaba al instante y sonrió más ampliamente. Ella, al ver su reacción, hizo una mueca y se levantó con elegancia del diván, acercándose a él. Se puso a su altura, alzando la cabeza hacia su rostro y se mordió el labio. Al instante, él sintió cómo su miembro reaccionaba ante aquel simple gesto.

- Vas a obligarme a hacerte el amor de nuevo … - ella acarició lentamente sus marcados abdominales, mientras sus dedos ascendían con suavidad hacia el amplio pecho. Lo observó seductoramente bajo las largas pestañas y sonrió. – Es usted una pequeña embaucadora, señora Graham …

Bajo la cabeza y atrapó su boca, entrando de lleno en ella con su rápida lengua, al tiempo que la alzaba por las nalgas y ella hubo de apoyarse en sus hombros, rodeándole el cuello con los brazos, mientras él dejaba los carnosos labios y hundía el rostro en el largo cuello, saboreándolo.

- Terry … - su susurro apenas fue un jadeo, a lo que él se giró hacia el lecho, depositándola lentamente en él, sin dejar de besarla – Terry … - pero él ya estaba jugueteando con los rosados pezones, hasta que ella tuvo que echar la cabeza hacia atrás, jadeando, y arqueándose instintivamente hacia él. – Espera … - él alzó bruscamente la cabeza y volvió a sus labios.

- ¿Quieres que pare? – Susurró en los labios entreabiertos, y ella gimió cuando sintió los dedos de su amante moverse en el centro de su ser.

- Oh … - los labios masculinos volvieron a adueñarse de su boca, y durante unos minutos apenas pudo hacer otra cosa que jadear, mientras su amante la dejaba rozando los umbrales de la pasión y apartaba los dedos un instante para alzarse un poco sobre ella, con una rodilla sobre el colchón.

Ella alzó la cabeza, apoyándose sobre los antebrazos, observando la gran erección de su esposo entre sus muslos. Se mordió los labios y sonrió, alzando los ojos. Pero su esposo se estaba frotando los ojos.

- ¿Terry? Mi amor, ¿qué sucede?

Él se levantó de la cama tambaleante. Mierda, estaba algo mareado … sintió a Candy a su lado e intentó apartarla.

- Terry, por favor …

- Estoy bien … dame un segundo … - se agarró las sienes, intentando respirar profundamente. El maldito dolor otra vez …

- ¿Necesitas algo? ¿Quieres que …?

- ¡No! – Había gritado, mierda, no quería hacerlo … - Perdona … estoy bien … - vio su hermoso rostro cargado de preocupación y anhelo, de amor …. Dios, no podía soportarlo …. – lo siento …

- No tienes que disculparte … - ella se acercó, abrazándolo por la cintura.

¡Pues claro que sí, joder! Ya ni siquiera podía hacerle el amor a su mujer …

- Déjame solo un minuto, Candy …

- No, no creo que esa sea la solución …

- ¿Qué dices?

- Siempre estás echándome de tu lado, Terry, y ya está bien, no debes …

- ¿Y qué coño quieres que haga? No soporto esto, ¿comprendes? – Abrió los brazos abarcándolo todo. - ¡Ya ni siquiera puedo echar un polvo en condiciones! ¡Ya ni siquiera puedo hacer el amor con mi mujer!

- Eso no es cierto. Hemos hecho el amor hace apenas unas horas …

- Esto cada vez es peor … ¡joder! ¿Es que no lo ves? ¿No lo ves?

No, ya casi no podía ni ver … le costaba mantener los ojos abiertos … el dolor era insoportable …

Abrió los ojos bruscamente y gimió, agarrándose la cabeza y rodando sobre el lecho, bañado en sudor. Se sentó torpemente en el borde y se tocó instintivamente la nariz. Bien, al menos no había sangre. Necesitaba un analgésico, el dolor era intenso.

Abrió con brusquedad el cajón de la mesilla y cogió la pastilla, levantándose del lecho. Sus tambaleantes pasos lo llevaron al pequeño baño y tragó la medicina bebiendo directamente del grifo del lavabo. Cuando alzó la cabeza, el espejo le devolvió un rostro demacrado, sudoroso, los brillantes ojos azules estallando en medio del rostro, llenos de … no, vacíos … estaba vacío, roto sin ella …

Salió del baño y se percató de que el ventanal que daba acceso a la pequeña zona de cubierta privada estaba abierto. El aire y el frescor del mar calmaron su acalorada y sudorosa piel en cuanto salió al exterior. Tuvo un escalofrío ante el contraste, ya que solo llevaba un pantalón de pijama. Apoyó las manos en la barandilla, observando las negras aguas. En unos pocos días llegarían a Londres. ¿Y luego qué? ¿Qué sucedería?

¿Aquello había sido un sueño? No, había sucedido … y más de una vez. Los dolores, las hemorragias … debía solucionarlo todo cuanto antes …

- Pase lo que pase … - susurró a la oscuridad – no dejaré de amarte, Candy … ojalá lo tengas presente … siempre.


No podía dormir, algo la había despertado. ¿Qué podía ser? Bien, no dejaba de dar vueltas a su problema, esa era la causa.

La joven de pelo castaño se levantó del lecho y suspiró, cuadrando los hombros. Los árboles del jardín estaban siendo azotados por el fuerte viento que barría la ladera. El mes de febrero estaba siendo duro y oscuro, de fuertes ventiscas y lluvias torrenciales, y el rancho estaba sufriendo grandes y pequeños desastres. Esa misma tarde, sin ir más lejos, se había derrumbado una zona de tierra de la parte este casi encima de los rebaños, y habían tenido que pedir ayuda a todo el que pudiera echar una mano.

No estaba siendo fácil, no estaba siendo nada fácil. Las semanas pasaban furtivas, una tras otra, una tras otra … y ella se sentía cada vez peor. Su relación con Roger, su prometido, era limpia, llana, amable, como lo era el mismo Roger. Era un hombre sencillo, atractivo a su manera recia, alegre e inteligente. No podía recordar en ese momento ningún punto negativo … excepto que no estaba enamorada de él.

Apoyó las manos en el frío cristal del ventanal y cerró los ojos con fuerza, suspirando. Nunca había sido una cobarde. Siempre se había guiado por sus impulsos … y si ahora se encontraba en aquella situación, era simple y llanamente como consecuencia de sus actos, debía asumirlo. Lo lograría, con Roger sería feliz, lograría ser feliz. Ya eran amigos … únicamente debían aprender a ser pareja … y la atracción sexual era evidente.

Se irguió y cuadró los hombros, dándose la vuelta. Era el momento. Debía tomar las riendas. Roger había estado ayudando en el rancho durante esos días, y solo estaba a unas puertas de distancia. Desechó el ponerse la bata y las zapatillas, y salió al pasillo con su escueto salto de cama. Estaba nerviosa, notaba los apresurados latidos de su corazón resonar en su garganta. No era que tuviera miedo, ni siquiera le desagradaba el tener que hacerlo … ya habían tenido alguna experiencia sexual juntos. Dios, iban a casarse en apenas un par de meses … aunque aquello también debería cambiar … pero todo a su tiempo.

Ahora era el momento de dar aquel paso. Esperaba que no la rechazara, esperaba poder conseguir su propósito … Roger era apasionado, duro y recio, curtido por el trabajo al aire libre, como ella, impulsivo …

Se echó la larga melena hacia atrás, y al llegar a la puerta indicada, movió el pomo con suavidad y entró en la estancia en penumbras.

- ¿Quién está ahí? – La fuerte voz de su prometido llenó la habitación.

- Sssssshhh, Rog, soy yo …

- ¿Claire? Pero, ¿qué haces aquí?- Ella estuvo en un momento sentada al borde del lecho, observando sus formas en la oscuridad. Notaba su profunda sorpresa y la tensión de sus anchos hombros.

- Perdona que haya aparecido así … - alargó los dedos y acarició suavemente el hombro desnudo de su prometido. Notó cómo él se estremecía. – Esta noche me siento … bueno, me siento sola … ¿podría … es decir …? - Notó cómo él tragaba con fuerza y suspiraba audiblemente.

- Claire, escucha, no creo que …

- Solo dormir, Rog, somos adultos …

Él se echó a un lado para dejarle sitio y ella se acurrucó suavemente junto a él. Roger era alto y fuerte, de cuerpo duro y recio, y a pesar de ser un importante hombre de negocios, tanto él como su padre siempre habían trabajado la tierra, junto a sus hombres, por lo que eran hombres fornidos, curtidos … Claire enseguida sintió las duras curvas de su futuro esposo acoplarse a las suyas.

- No deberías estar aquí. – Oyó como le susurraba al oído.

- ¿Por qué no? Ya hemos estado así antes …

- Sí, y cada vez es más difícil … - Claire se acopló más a su cuerpo, y enseguida notó su dura erección contra el muslo. Por un instante se odió a sí misma, odiaba tener que utilizarlo así, no se lo merecía, pero ella iba a consagrarle el resto de su vida, así que …

- Sabes que no soy una muñequita delicada que aún no sabe dónde se está metiendo. Sé muy bien dónde me meto, Rog … - le besó suavemente los labios y él suspiró.

- Sí, sé bien cómo eres … y sabes que eso es lo que más me gusta de ti …

- ¿Eso es lo que más? – Susurró con voz coqueta y él rió quedamente.

- Pero qué jodidamente sexy eres … - se apartó un poco y se puso boca arriba.

- ¿Qué sucede?

- En el fondo soy tradicional … me siento … no sé, joder, incómodo, aquí contigo medio desnuda en la cama, sin estar casados, abusando de la confianza de tu padre por haberme dejado quedarme a dormir esta noche … aguantándome las ganas de querer arrancarte ese maldito camisón que llevas y hacerte gritar de placer hasta el amanecer …

- Entonces hazlo … - susurró ella y de pronto, se puso a horcajadas sobre él.

- No, Claire … - pidió él suavemente, acariciando sus caderas. - Pero ella se quitó el salto de cama por la cabeza y lo desechó lejos, observando a su prometido desde arriba, el cual se había quedado mudo, los ojos agrandados de deseo.

- Quiero ser tuya esta noche, Rog …

- Pero …

- Sssshhh … - lo besó en la boca, al principio lentamente, con más pasión a medida que las manos de su prometido comenzaban a acariciar sus costados y llegaban a sus pechos llenos. La joven se mordió ligeramente los labios, tenía los pechos muy sensibles últimamente … pero no podía decirle eso a su prometido.

Se apartó un poco y firmemente lo despojó de sus pantalones de pijama, descubriendo su gran erección. Claire suspiró, por primera vez indecisa ante la situación … Rog era un hombre muy dotado, proporcionado al resto de su cuerpo …

- Hace tiempo que no estás con un hombre … - ella parpadeó confusa ante la grave voz. No era una pregunta. Rog la observaba casi con ternura, mientras acariciaba sus caderas. Ella de pronto sintió congoja y se tumbó a su lado, suspirando, mientras él se incorporaba y le hacía girar el rostro para observarla. - ¿Qué sucede? – Dios, tenía que recomponerse, tenía que hacerlo …

- Creo que me he dado cuenta de que no me deseas tanto como yo a ti … - intentó parecer desanimada. La reacción del hombre no se hizo esperar. La besó en la boca con pasión.

- ¿Responde eso a tu pregunta? – susurró en sus labios.

- Tócame, Rog … hazme tuya esta noche …

- Nena …

- Por favor …

Guió su mano hacia sus braguitas, y se sorprendió ligeramente al ver que su prometido sabía lo que hacía. Abrió más los muslos y se arqueó hacia atrás al notar cómo los dedos de su amante frotaban y se introducían en las cavidades correctas de su cuerpo. Dios, sus hormonas daban saltos por todo el cuerpo, iba a estallar muy pronto … comenzó a retorcerse y a gemir cada vez más rápido, al ritmo que marcaban los dedos del hombre, como si de teclas de piano se tratara, notando sus duros pezones contra los labios masculinos hasta casi sentirlos tirantes de dolor.

Pero no quería solo un orgasmo, quería su esencia dentro de ella, quería que la poseyera …

Se escurrió suavemente de su presa y lo hizo tumbarse de espaldas, observando con reverencia el largo y grueso pene ante ella, tomando con decisión el mando de la situación, y haciendo que el hombre fuera quien se retorciera bajo los embates de su boca. Se impuso a horcajadas sobre el grueso miembro, pero a pesar de estar dilatada, notó que seguía cerrada ante tamaña intrusión y tuvo que morderse los labios e intentar introducirlo en su interior.

- Espera, nena, vas a hacerte daño … - susurro jadeante su prometido – déjame probar algo …- La instó a moverse y se levantó del lecho. La hizo ponerse boca abajo sobre el colchón, abriendo más los muslos y ofreciendo sus nalgas hacia él.

- Rog … - susurró Claire algo alarmada.

- Confía en mí, esta postura es más cómoda … hasta que te hagas a mí.

Volvió a excitar su clítoris, acariciando sus nalgas, su espalda y sus pechos, acoplándose tras ella hasta que la joven comenzó de nuevo a gemir. Y entonces, la penetró lentamente por detrás, haciendo que Claire se quedará sin aliento un segundo, agarrándose fuertemente al colchón, notando los suaves embates del hombre contra sus nalgas alzadas. Dios, aquello era increíble … su cerebro se nubló por el placer y dejó de pensar por unos segundos. Sí, estaba disfrutando, estaba disfrutando muchísimo …

Notaba el duro miembro en su interior, rozando su clítoris y sus labios internos de una manera hasta ahora desconocida … el movimiento de Rog era lento y suave y la estaba volviendo loca. Gritó un poco al notar cómo Rog había penetrado en ella más profundamente …

- ¿Te hago daño?

- No … - jadeó ella. No, no era daño … era … solo esperaba que no fuera malo para … pero no, debía dejar de pensar en eso ahora …

Se alzó un poco, agarrándose a los barrotes del lecho, al tiempo que el movimiento se hacía más rápido y los jadeos se convertían en pequeños gritos.

- Sssshhh, nena … - él se paró un segundo.

- Sigue … - gimió.

- No … al final voy a derramarme …

Se salió de ella lentamente, pero la joven se giró con brusquedad y se echó encima suyo, cayendo él de espaldas en el lecho.

- No… - susurró jadeante en sus labios.

- Claire … - Esta vez cogió el largo y resbaladizo miembro más firmemente entre sus manos y lo introdujo lentamente en ella. - Claire …

- Por favor …

Rodaron en el lecho hasta quedar él encima, moviendo las caderas entre sus muslos, ambos ya perdidos en su propio deseo, cuando al cabo de unos instantes Rog rotó sus caderas y rugió, notando ella el estallido de su esencia caliente en su interior, al tiempo que contenía el aliento.

Acabaron aún unidos de costado, sudorosos y jadeantes, ambos intentando regularizar sus respiraciones mientras descendían poco a poco de las alturas de la pasión.

- Dios … - susurró él, acariciándole el húmedo cabello – no sé si a este paso vamos a llegar a la noche de bodas …

Ella se echó a reír y se abrazó a su cuello. No quería verle el rostro, no quería que él se diera cuenta de nada. No se lo merecía, mierda, no se lo merecía … era un buen hombre, y un gran amante … pero ya estaba hecho. Así debía ser. Se limpiaron un poco con una toalla y se abrazaron en el lecho.

Al poco tiempo, Claire sintió cómo se regularizaba la respiración de su amante, y constató que se había dormido. Con mucho cuidado se deslizo de entre sus brazos y se levantó. Al ponerse en pie, frunció el ceño, ya que notó que estaba algo dolorida … había sido sexo recio, duro … como ellos … se había sorprendido de lo mucho que lo había disfrutado. No esperaba algo así.

Instintivamente se tocó su liso abdomen con suavidad mientras se acercaba al ventanal. Le dolían los pechos y los pezones tras el encuentro sexual y se los tocó con delicadeza. Debía tener cuidado. Ya estaba hecho … tal vez deberían protagonizar algún otro encuentro sexual en breve … y deberían adelantar la boda. Pronto empezaría a notársele. Su padre mismo esa misma mañana le había comentado que la veía más rellenita …

Suspiró y se mordió el labio parpadeando para contener las lágrimas. Ni siquiera quería pararse a pensar de cuanto estaba … pero ya eran unas cuantas semanas … Rog debía convencerse de que aquel hijo era suyo.

Se secó las lágrimas que habían acudido a sus ojos y se forzó a olvidar aquel rostro hermoso de ojos avellana que le había robado el corazón en Chicago.