Con las primeras luces del alba, la joven ya estaba preparada, la pequeña maleta cerrada encima de la cama sin deshacer. Ella, sentada en el pequeño taburete del tocador, se observada el ojeroso rostro entre sombras. Soltó un resoplido y frunció el ceño.

- Algo habrá que hacer al respecto … - susurró al rostro que le devolvía el espejo, y con lánguidos y desganados movimientos comenzó a maquillarse.

No había pegado ojo en toda la noche. Imposible, con todo lo que tenía en la cabeza. Ante todo, no había podido hablar con Terry en días, y eso la carcomía y la llenaba de incertidumbre. No sabía la razón, pero presentía que algo no iba bien.

Ya estaban a finales de abril, era hora de volver a Nueva York, junto a su esposo. Además, el viaje a Chicago la había agotado, tanto física como psíquicamente. Tal vez fuera porque ella tampoco se encontraba en sus mejores momentos y la preocupación por Terry la consumía. Además, la situación entre Archie y Annie era insostenible. Ninguno de los dos atendía a razones.

Annie no se encontraba muy bien, por mucho que ella lo intentara disimular. El Dr. Mills había aconsejado reposo absoluto … o volvería a tener problemas, como en su anterior embarazo. Gracias a Dios que Albert había tomado cartas en el asunto. Había organizado en tiempo record que el matrimonio saliera de Chicago y se instalara en Lakewood, donde Annie sería atendida por un par de enfermeras en todo momento, y Archie comenzaría un tratamiento de desintoxicación en una clínica cercana, supervisado en todo momento por discretos profesionales. Albert ya había enviado un comunicado a la prensa y a la familia alegando la indisposición de Annie y la preocupación de Archie por su familia, por lo que habían decidido marcharse de Chicago hasta que el bebé naciera. Ello suponía que Albert debería volver a tomar las riendas de la familia y tendría que estar continuamente viajando desde Chicago a Washington, sin poder estar con su propia familia todo lo que desearía. El matrimonio Cornwell, cada uno a su manera, había puesto todo tipo de objeciones al plan diseñado, pero al final, habían tenido que transigir ante la voluntad inquebrantable de Albert y de la propia Candy.

Se decidió que Candy acompañara al joven matrimonio hasta Lakewood y ayudara a Annie a instalarse, mientras Albert acompañaba a Archie a la residencia y lo dejaba todo organizado, antes de que en un par de días volvieran ambos a Chicago. Candy ya no podía demorarse más.

La noche anterior había vuelto a intentar hablar con Eleanor, sin resultado. Sentía que su suegra la estaba evitando. ¿Era posible? No sabía que pensar …

Se tapó la boca con la mano e intentó sofocar un sollozo. Ya no podía más. Respiró profundamente para intentar calmarse y continúo con su tarea. No sabía cómo estaba Terry, si le había sucedido algo …

Unos golpes en la puerta le hicieron girar la cabeza y fruncir el ceño, al tiempo que Albert hacía acto de presencia en la estancia con su siempre luminosa sonrisa. El corazón de Candy se aligeró un poco, como siempre le sucedía en presencia de su querido amigo. Albert lucía fresco y elegante, y parecía que no tuviera ninguna preocupación en el mundo, aunque Candy sabía todo lo que acarreaba sobre los hombros.

- Suponía que te encontraría levantada … - la joven asintió, volviendo el rostro de nuevo al espejo. - ¿has dormido algo?

- Poca cosa … - Albert se sentó a su lado en una butaca, observando sus movimientos.

- ¿Pudiste ayer hablar con Terry? – Candy negó con la cabeza. – Candy, sabes que no es necesario que nos acompañes a Lakewood … creo sinceramente que deberías … - La joven alzó una mano.

- Lo sé, Albert … pero en este instante Annie me necesita. ¿Has visto cómo se encuentra?

- ¿Y te has visto tú? Nos ocuparemos de Annie. Vuelve a Nueva York, junto a tu esposo. Es donde deberías estar, lo sabes.

- Apenas serán un par de días más …

- Oh, Candy …

- En cuanto estén instalados, me marcharé. - Albert apretó los labios y se levantó, girándose al ventanal.

- ¿Cómo está la tía?

- Igual …

El joven rubio suspiró y se pasó una mano por el cabello. Sí, la tía estaba igual … apagándose poco a poco como una vela. Sus tíos ya habían llegado a la ciudad y el consejo Andrew debía reunirse y tomar decisiones. Lo de Archibald había sido un inconveniente que el consejo no había querido pasar por alto. Albert había tenido que mostrarse contundente al respecto. No era nada prudente que el consejo se enterara del problema del joven Cornwell, y Albert sabía que George jamás diría nada. La versión oficial era que lo más importante para Archie era su hijo, y bien se merecía la oportunidad de marcharse con su esposa y dedicarle todo su tiempo, después de aquellos meses dedicados por entero a los negocios de la familia.

Albert apretó los puños, pensando en la forma en que debería abordar con Patty el hecho de que no podría estar en Washington todo el tiempo que desearía. Confiaba en que ya en unos meses, los gemelos estuvieran los suficientemente recuperados como para poder viajar a su hogar, viajar a Chicago.

- Lo lamento, Albert … - él se giró hacia la hermosa rubia y sonrió con dulzura. Sí, sabía que el enorme corazón de su pupila lo sentía de veras. Quiso abrazarla, pero se contuvo. Intuía que Candy necesitaba mantenerse entera en aquellos momentos.

- ¿Bajas a desayunar conmigo?

- Por supuesto.


El coche de los Andrew enfiló la avenida de entrada a la mansión Cornwell y Candy y Albert pronto fueron recibidos por Jackson en la puerta de entrada.

- Los señores ya están preparados, bajarán enseguida.

Las doncellas y ayudantes ya bajaban el equipaje al vestíbulo, y los recién llegados desecharon la invitación del mayordomo de esperar en la biblioteca.

- Albert, Candy. – Archie bajaba las escaleras con briosos pasos y una sonrisa apagada en el rostro. Un rostro aún algo demacrado. Candy sintió resquebrajarse un poco su ya golpeado corazón.

- ¡Archie!- Corrió hacia su primo y lo abrazó con verdadero cariño. Sintió cómo él reía suavemente contra su pelo.

- Hola, querida, cuánto me alegro de verte. – Ella se apartó un poco y sus ojos se encontraron.

- Lo mismo digo, Archie. ¿Cómo estás? – Archie le acarició la mejilla, sus ojos avellana denotando cierta tristeza, pero sonrió.

- Todo irá bien. – La rubia sonrió también, apretando la mejilla contra su mano.

Entonces bajó Annie lentamente por la escalera, pálida y ojerosa, agarrándose suavemente el abultado abdomen. Albert la sostuvo por el brazo al llegar al final de la escalera y ella se lo agradeció con una sonrisa apagada.

- ¿Cómo te encuentras, querida?

- Bien, gracias, Albert. - Candy la abrazó y la ayudó a llegar al coche.

Pronto estuvieron todos instalados en el vehículo y listos para partir. Tenían un largo camino por delante, deberían parar a dormir y descansar por el camino, así que debían ponerse en marcha.

La travesía fue larga y algo incómoda, Albert y Candy intentando llenar los silencios que frecuentemente inundaban el habitáculo, y el matrimonio, uno sentado delante al lado de Albert y la otra detrás al lado de Candy, cada uno perdido en sus pensamientos mirando el paisaje que pasaba ante ellos.

A mediodía pararon a comer en una pequeña posada al lado del camino. Annie apenas probó bocado, a pesar de que Candy intentó por todos los medios que lo hiciera, y cuando llegaron los cafés, la joven morena se disculpó diciendo que necesitaba descansar y que volvía al vehículo. Candy salió tras ella y la cogió por el brazo.

- ¿Te encuentras bien? – Annie alzó los ojos al cielo y suspiró.

- Sí, Candy, estoy bien, de veras, es la quinta vez que me lo preguntas … sólo estoy algo incómoda, eso es todo.

- ¿Algo incómoda?

- Bueno, sí … - se señaló la gran barriga – mira cómo estoy … - la joven rubia sonrió.

- Demos un paseo, te hará bien.

Al lado de la pequeña posada se extendía un pequeño parque con varias sendas para pasear. Era agradable y la tarde era templada. Ambas amigas avanzaron por los senderos, disfrutando de la brisa y de la naturaleza.

- Tengo calambres en las piernas … - se quejó Annie al cabo de un momento – creo que he estado demasiado tiempo sentada en el coche …

- Descansemos un momento. – Candy señaló un pequeño banco al lado del camino. – Quizá fuera mejor que nos quedáramos a dormir esta noche aquí y continuar viaje por la mañana …

- No, Candy … - Annie la miró compungida – sé que quieres volver cuanto antes a Nueva York, y lo comprendo …

- No digas tonterías, tu bienestar también es importante. – Annie se mordió el labio y desvió la vista.

- ¿Crees … crees que todo irá bien en Lakewood? – Candy suspiró y le apretó la mano, haciendo que la mirara.

- Annie … sé que no quieres hablar de ello, pero debes enfrentarte a la realidad. En unas semanas vas a ser madre … - Vio cómo los ojos azules de su amiga se llenaban de lágrimas. – Aún estás a tiempo, Annie, sabes que te ayudaremos …

- Por favor, Candy, no empecemos de nuevo … - se soltó de su mano.

- ¿Vas a compartir tu vida con Archie estando en esta situación?

- ¿Y qué quieres que haga, maldita sea?

- Enfréntate a la situación, Annie. Incluso Miss Pony te dijo que …

- ¡No! – Annie se puso torpemente en pie. – Mi hijo necesita un futuro, se lo debo …

- ¿Un futuro? Pero, ¿qué estás diciendo? - Entonces de pronto Annie perdió pie, pero Candy estuvo en un momento a su lado, sosteniéndola.

- ¡Annie! ¿Estás bien?

- Uf, me he mareado un poco … - Candy la sujeto con firmeza.

- Bueno, está bien, ahora mismo voy a hablar con Albert. Nos quedamos esta noche.


Ya oscurecía cuando terminaron de cenar, y tras dejar a Annie descansando en su habitación, el resto de viajeros se refugió en la pequeña y acogedora sala de la posada, delante de la chimenea, a degustar una taza de buen café. La posada se encontraba bastante aislada del pueblo más cercano, en mitad del bosque, lo que le confería un aspecto encantado, pero a la vez solitario, como si fuera una pequeña cabaña dentro de un cuento de hadas. El techo bajo, alargado, la madera … realmente, era un sitio precioso.

Candy suspiró, observando el bosque que se extendía ante ella a través del ventanal. Un atractivo rostro de ojos azules apareció ante ella y sintió que se le estrujaba el corazón. Lo echaba tanto de menos … Albert había ido al hall, donde se hallaba el único teléfono de la casa, a intentar hacer una llamada de larga distancia para hablar con Patty. No las tenía todas consigo. En aquel lugar sería casi imposible establecer comunicación.

- ¿Vas a intentar llamar a Nueva York?

- ¿Qué? – La joven se giró a mirar a su primo, sentado en un sillón frente al fuego, y soltó una pequeña carcajada. - ¿Bromeas? Al dueño casi le ha dado un ataque cuando Albert le ha dicho que quería llamar a Washington … creo que ni sabe exactamente dónde se encuentra … - Archie rió con ella.

- Sí, tienes razón … está gente vive aislada de todo …

- Pero es precioso … - el joven suspiró.

- Sí, es verdad. Recuerdo … - pero entonces calló, y Candy se acercó y se sentó frente a él.

- ¿Qué recuerdas?

- Nada … - él meneó la cabeza.

- Vamos, Archie … - sus ojos se encontraron.

- Cuando fui a Bilings, a Montana … bueno, aquello era el paraíso. A ti te hubiera encantado. Siempre al aire libre, cada día era una aventura, no sabías lo que iba a suceder … - los ojos avellana de Archie brillaban, y Candy sonrió con cariño, hacía tiempo que no lo veía así.

- Fuiste feliz allí, ¿verdad?

- Sí, lo fui. – Se echó hacia atrás y giró la cabeza para observar las llamas.

- Archie … ¿qué estáis haciendo Annie y tú?

- ¿A qué te refieres?

- Apenas os miráis, Archie, ni hacéis nada por arreglar esta situación. Vais a ser padres en breve … ¿de veras pensáis que todo se solucionará por sí solo?

- Es cierto que no estamos atravesando nuestro mejor momento … llevamos meses y meses sin levantar cabeza … - el joven se frotó los ojos – pero espero que a partir de ahora todo vaya a mejor …

Candy abrió la boca para replicar, pero de pronto, la puerta se abrió bruscamente y apareció Annie en el vano, los ojos desencajados, agarrándose el abultado vientre.

- Ayudadme … - Archie y Candy se pusieron inmediatamente en pie constatando horrorizados que las piernas de Annie estaban cubiertas de sangre. - ¡Por favor ….!

- Dios mío …

- ¡Archie! ¡Archie! ¡Ayúdame! ¡No te quedes ahí parado!

- ¡Candy! ¡Candy, me duele …!

- Tranquila, cariño … todo irá bien …

Agarraron a Annie entre ambos y la tumbaron en un diván ante la chimenea. Los grandes ojos azules de Annie brillaban de terror en su pálido rostro.

- No puedo … aagghhh …. Candy, Candy … ¿qué sucede? – La rubia le tomó el rostro entre las manos.

- Escúchame, cielo, tienes que dejarme examinarte, ¿de acuerdo? – Alzó la cabeza y se encontró con los preocupados y alarmados ojos de Archie. - ¡Archie! Ve a buscar a …

Pero súbitamente la puerta volvió a abrirse dando paso a Albert, seguido del posadero.

- Pero, ¿qué sucede? Candy …

- ¡Albert! – La joven se acercó a él, mientras Annie volvía a retorcerse en el diván. – Archie, quédate con ella. – Cogió a Albert por las manos. – Algo no va bien. Tengo que examinarla …

- Pero todavía es pronto para …

- Sí … pero está sangrando, Albert … - susurró la joven angustiada - ¿A cuánto está el médico más cercano? – Preguntó al asustado posadero.

- Bueno … hay uno en el pueblo, pero …

- ¿A cuánto está? – Albert le cogió por el hombro. – Es urgente.

- ¡Candy!

- ¡Aaaggghhh…! – La joven volvió juntó a Annie.

- Annie, tranquila, estoy aquí, tranquila …

- Me duele … - la agarró por el vestido, sus ojos azules taladrándola de miedo y terror - ¡Candy! ¡No dejes que le pase nada, por favor! – Sollozó compulsivamente. - ¡No dejes que le pase nada!

- Annie, tranquila, relájate …

- Candy …

- Archie, quédate con ella.

- Pero …

- Archie, por favor … - se acercó a Albert.

- Voy a ir al pueblo. Hemos de traer a un médico. – La agarró por los hombros y Candy tuvo que respirar profundamente para no echarse a llorar. – Puedes hacerlo, pequeña, ¿de acuerdo? El señor Adams sabe dónde es. Volveremos lo antes posible con el médico.

Albert y el posadero salieron de la estancia y Candy volvió junto a su amiga. Le tomó la sudorosa mano.

- Voy a examinarte …

- Candy … - Annie sollozaba. – Aagggghh … - Volvió a gritar y jadear.

- Dios mío … - Sus ojos se encontraron con los de Archie. – Está bien … Archie, ponte detrás de Annie y deja que se recueste en ti …

- ¿Qué vas a hacer?

- ¡Hazlo, Archie! - Archie obedeció, situándose tras Annie, mientras esta seguía retorciéndose, gimiendo y sollozando.

- Sé que algo no va bien, Candy, por favor …

- Escucha, cielo, tienes que intentar relajarte …

Le subió el camisón y constató que los muslos de Annie estaban cubiertos de sangre. Se encontró con los ojos de Archie y susurró un "por favor" señalando a Annie con la cabeza.

- Annie … - Archie carraspeó y le echó para atrás el enmarañado cabello negro, acariciándole la mejilla – todo irá bien …

- ¡No, Archie! – Gimió ella. – Me duele … tengo … tengo ganas de empujar … y es muy pronto …

- Ssshhh, tranquila …

Candy le quitó las empapadas bragas y le subió el camisón descubriendo el abdomen y palpando la abultada barriga.

- Intenta no empujar, Annie …

- ¡No puedo! - Candy la examinó entre los muslos y tragó con fuerza para no llorar. Dios mío, estaba de parto …

- ¡Candy! – La llamó Archie. Ella alzó la cabeza.

- Necesito que la sujetes, Archie. – Se incorporó e hizo que Annie la mirara. – Escucha, cariño, voy a hacer todo lo posible porque todo vaya bien … estás a punto de tener a tu hijo.

- ¿Qué? ¡Noooo! No, por favor …

Archie se acercó a la rubia y la tomó del brazo.

- Candy, ¿qué demonios estás diciendo? – Susurró.

- Ya se ve la cabeza, Archie, está a punto. No sé cuántas horas lleva de parto …

- Pero … pero … - el joven parpadeaba anonadado – es muy pronto …

- Lo sé … - musitó Candy, apretándole el brazo. – Ahora necesito tu ayuda.

El joven obedeció, aunque las manos le temblaban, situándose detrás de su esposa para sujetarla, mientras Annie, gimiendo y jadeando, el sudor y las lágrimas rodando por su rostro, observaba el rostro de Candy con la mirada desencajada.

- ¡No puedo tener al bebé, Candy!

- Todo irá bien. – Candy se afanaba entre sus muslos. – Ahora debes hacer lo que te diga.

- ¡Aaggghhhh!

- ¡Empuja, Annie!

- ¡Noooo!

- ¡Maldita sea, Annie, hazlo!

- ¡Annie, hazlo! – La instó Archie. - ¡Todo irá bien!

- ¡Aagggghh!

- ¡Eso es! Ya lo veo. ¡Otra vez!

- ¡Aaggghhh!

- ¡Muy bien! - La cabeza del bebé ya estaba fuera. Candy rezaba inconscientemente con la pequeña cabecita entre sus manos. - ¡Otra vez, cariño! ¡Un último empujón!

Con un grito desgarrador, Annie empujó con fuerza cayendo hacia atrás, en los brazos de Archie, mientras Candy tomaba el minúsculo cuerpo inerte entre sus brazos y lo tumbaba a un lado del diván, aún unido por el cordón umbilical. Annie sollozaba, agotada, intentando levantar la cabeza para ver qué sucedía.

- Candy … mi hijo …

La rubia se afanaba sobre el pequeño cuerpo, limpiando las vías respiratorias, con Archie a su lado demudado, observando la escena.

- Vamos pequeño, vamos …

- Candy …

- Vamos … - golpeó al pequeño en la espaldita y volvió a las vías respiratorias ….

Solo se escuchaban en la estancia los sollozos de Annie y el crepitar de las llamas de la chimenea. Archie parpadeó, notando que tenía los ojos llenos de lágrimas. Volvió la cabeza hacia su esposa y observó sus aterrorizados ojos.

- ¿Archie? Está … - De pronto, un suave llanto sonó como música celestial y Annie alzó la cabeza, sollozando más fuerte. – Oh, Dios mío … ¿está … está bien? – Candy sonreía, mientras seguía ayudando al bebé.

- Eso es, chiquitín … Archie, ayúdame con el cordón umbilical …

- ¿Qué?

- Necesito algo para cortarlo … - Cogió el pequeño cuerpo entre sus brazos y se lo entregó a Archibald, quien la miró alarmado.

- ¿Qué?

- Cógelo, Archie, vamos …

Candy salió como un rayo de la estancia, dejando al joven estupefacto, con aquel pequeño cuerpo ensangrentado y sucio entre sus brazos. El pequeño bebé lloraba suavemente, como si le costara un gran esfuerzo hacerlo, era tan pequeño …

- Archie … - él parpadeó como si saliera de un trance y miró a la joven madre. Ella alargó lánguidamente un brazo. – Por favor … - El joven le acercó el bebé y se lo puso torpemente sobre el pecho. Annie lloraba. – Oh, es precioso, un niño … - miró a su marido, sonriendo, y este no pudo hacer otra cosa que asentir.

- Sí, es cierto …

Entró Candy con unos utensilios, agua y unas toallas.

- Archie, ayúdame. – Le entregó unas pequeñas tijeras. – Corta el cordón por ese extremo …

- ¿Qué?

- Vamos, Archie … - Mientras tanto, la joven enfermera volvió a afanarse entre los muslos de Annie, y al cabo de un momento, frunció el ceño. – Annie, ya ha salido la placenta, pero aún sigues sangrando … - miró a Archie – debe ir al hospital, y también el pequeño …

Lavó suavemente los muslos de Annie y la instó a incorporarse, ayudada por Archie, en el diván, para amamantar al pequeño. Este parecía muy débil, y le costó trabajo prenderse al pecho de su madre.

- No puede, Candy … - musitaba Annie, angustiada.

- Dale un poco de tiempo …

Recogieron todo lo mejor que pudieron y taparon a la madre y al niño, quien al final logró comenzar a mamar, rezando porque Albert no se demorara demasiado con el médico.

Archie se acercó a ella, apostada ante el ventanal, mirando nerviosa el camino.

- Gracias, Candy … - susurró el joven emocionado – has estado increíble … - la joven sonrió, observando a Annie y al bebé.

- También Annie … y tú … - le apretó el brazo. - ¿Puedo darte la enhorabuena? – Se miraron a los ojos durante unos segundos, hasta que Archie asintió imperceptiblemente. – Pues enhorabuena, Archie, tienes un hijo precioso.

Pasó el tiempo sin noticias. Candy y Archie comenzaban a ponerse nerviosos. Annie tenía una hemorragia que no cesaba y estaba comenzando a quedarse dormida, con el bebé en brazos, quien ya saciado, dormía también.

- Archie, si no llegan pronto …

- Lo sé. – El joven se pasó las manos por el cabello. – Tal vez si me adelanto … creo haber visto un jeep en el cobertizo de atrás …

Y entonces, como si de una señal se tratara, oyeron ruido de vehículos acercarse por el camino, y Archie salió rápidamente de la casa para salirles al encuentro.

Pronto estuvieron en la estancia Albert, el posadero, y un sorprendido médico que rápidamente se hizo cargo de la madre y del recién nacido.

- Buen trabajo. – Alabó el trabajo de la joven enfermera, sin levantar la cabeza de los muslos de Annie. - ¿Cuánto va a tardar la ambulancia?

- Espero que ya estén de camino, cuanto antes … - contestó Albert, mientras Candy fruncía el ceño en su dirección. – Mientras el doctor cogía sus cosas, he llamado al hospital de Chicago y he pedido una ambulancia urgente. – La joven asintió, mientras volvía la atención al doctor.

- Por fin, he conseguido detenerla … - comentó el doctor, levantando la cabeza y mirando a los presentes. Tenía las manos llenas de sangre.

- Annie … - susurró Archie acariciando la mejilla de su esposa.

- Déjela descansar. Dormir le hará bien. Ahora voy a examinar a ese pequeño. – Todos observaron cómo se acercaba al bebé, quien en cuanto abandonó los brazos de su madre, comenzó a gimotear débilmente. Annie se agitó y observó al médico alarmada. – Tranquila, tranquila, señora, todo va bien …

- Es un médico, Annie … - Archie le cogió la mano y ella giró la cabeza, mirándole agradecida. – Va a examinar al niño y ha detenido la hemorragia … te pondrás bien.

- Ayúdeme. – Le pidió a Candy. Entre ambos extendieron una toalla limpia encima de una mesa, y tumbaron al bebé, el cual se agitó, llorando suavemente. Mientras Candy lo tranquilizaba el médico lo examinó. – ¿De cuánto estaba aproximadamente la madre?

- Unos siete meses más o menos … - contestó Candy. Él médico asintió.

- A pesar de ser prematuro … es muy fuerte. – Sonrió, alzando la cabeza. – Es un milagro. Vamos a lavarlo y envolverlo para darle calor. ¿Ya se ha alimentado?

- Sí, hace un rato … - contestó Candy.

- Muy bien.

Continuaron encargándose del bienestar del bebé y de la madre, mientras esperaban a la ambulancia. El pobre posadero se portó maravillosamente, aunque observaba la escena como si no pudiera creérselo del todo. Y de hecho, todos estaban igual, sin apenas poder creérselo del todo.

Albert se acercó a Candy y la abrazó.

- Eres increíble, pequeña …

- ¿Tú crees? – Y entonces, entre los brazos de Albert, ya no pudo retener más las lágrimas, descargando toda la tensión, nervios y miedo que la consumían.

- Eso es, preciosa … suéltalo todo, te lo mereces … - le alzó la barbilla sonriendo e iluminándola con sus ojos azules. - ¿Sabes que no dejas de sorprenderme? Has salvado a Annie y a su bebé.


Pasaron varias horas hasta que vislumbraron las luces de la ambulancia en el camino y todos respiraron aliviados. Enseguida prepararon a Annie y al bebé para trasladarlos a Chicago, y el doctor insistió en acompañarlos en el camino, por si hubiera algún contratiempo.

Albert, Archie y Candy tomaron sendas duchas y se cambiaron las ropas ensangrentadas lo más rápido que pudieron, y tras dar efusivamente las gracias al posadero, partieron rumbo a la ciudad en pos de la ambulancia.

Archie y Albert se turnaron para conducir, ya que ninguno de ellos había pegado ojo en toda la noche y ya amanecía cuando se habían puesto en camino. Cada uno dormitó lo que pudo a ratos, hablando poco, aún abrumados por todo lo que había sucedido.

- Dios mío, Archie … - Albert se pasó una mano por el rubio cabello mientras miraba de reojo a su sobrino, sentado a su lado, mientras Candy dormitaba en la parte de atrás del vehículo.- Eres padre …

- Sí, lo soy … - susurró el joven, intentando sonreír.

- Sé que estás abrumado con todo esto … yo también lo estaba. – Rió Albert. – Pero en cuanto los tuve en brazos, yo … - calló por un instante, cegado por los recuerdos y la añoranza.

- Pronto podrás volver a verlos.

- Sí. – El joven parpadeó y sonrió. – Y tu hijo, gracias a Dios, y a pesar de lo que ha sucedido, está bien.

- ¿Crees … crees que saldrá adelante? Es tan pequeñito …

- Lo hará, ya has oído al doctor. Es muy fuerte. – Lo observó de reojo. – Y tú, ¿cómo estás?

- ¿Yo? – Pareció sorprendido por la pregunta. – Yo estoy bien, Albert …

- Todo va a cambiar a partir de ahora, ¿sabes? El mundo que conocías ya no va a ser el mismo … debes estar preparado. Annie necesitará de toda la ayuda posible, tanto física como psicológica …

- Voy a ir a la residencia, Albert, si es a eso a lo que te refieres …

- No solo me refiero a eso, Archie. No voy a meterme en vuestra vida privada, pero quiero que seáis conscientes de que sois padres, y de que lo más importante ahora es la estabilidad de ese niño … - Archie frunció el ceño, mirándolo fijamente.

- Soy más consciente de lo que crees, Albert.

- Está bien, está bien … - suspiró Albert, mirando la carretera, y decidiendo no decir nada más por el momento.


Cuando llegaron a Chicago, ya pasado el mediodía, estaban agotados. Se dirigieron directamente al hospital y entraron a la sala de maternidad ávidos de noticias. La ambulancia había llegado bastante antes, y no sabían cómo habían soportado el viaje Annie y el bebé. Allí se encontraron con el Dr. Ward, el médico que había atendido a Annie y al niño en la posada, y se abalanzaron sobre él.

- Están bien. – Fue lo primero que dijo al ver sus rostros. Se dirigió a Archibald. – El bebé es muy fuerte, todos estamos sorprendidos. Al ser sietemesino, voy a serle sincero, no tenía muchas esperanzas de que lograra sobrevivir, pero ha superado con creces todas mis expectativas … y también las del resto de médicos. Ahora lo están atendiendo. Luego saldrán a comunicarles todos los pormenores. Puede alimentarse por sí mismo, lo ha hecho de nuevo en la ambulancia … - sonrió a Archie – no creo equivocarme si le digo que su hijo saldrá adelante.

- ¿Y … y mi esposa?

- La Sra. Cornwell está en quirófano.

- ¿Quéee? – Se adelantaron Albert y Candy junto a Archie.

- Tranquilos … parece ser que querían cerciorarse de que todo estaba bien, sobre todo, por la hemorragia … yo apenas he logrado detenerla, pero debían comprobar que todo está correcto … les informarán en cuanto terminen, no creo que se demoren demasiado … y yo debo dejarles ya, debo ponerme en camino.

- Doctor, no sé cómo agradecérselo … - Archie le estrechó con fuerza la mano, al igual que Albert.

- Me alegro de haber podido ayudarles … aunque ya habían hecho todo el trabajo – sonrió a Candy – y de manera excelente.

Se despidieron del Dr. Ward y se dispusieron a esperar noticias en la sala de espera. Los tres estaban devastados, agotados … y apenas hablaron, cada uno perdido en sus pensamientos.

- La Sra. Cornwell se encuentra bien, está estable, aunque sedada en este instante. Lamento comunicarle que ha habido complicaciones en el parto … el útero se había desgarrado, de ahí la hemorragia … y hemos tenido que extirparlo … no habrá más embarazos. – Archie tragó saliva, intentando digerir la información.

- Ella … ¿ella lo sabe?

- No, aún no ha despertado. Pero podrá llevar una vida absolutamente normal. De no haber procedido de ese modo, hubiera muerto. Volvía a sangrar cuando ingresó en el hospital. Gracias a la excelente labor del médico y también de la enfermera que la atendió en el parto, es que ha podido sobrevivir … tanto ella como el bebé. – Archie miró a Candy con un indescifrable brillo en los ojos y le apretó la mano.

- ¿Cuándo podremos verlos? – Preguntó Candy.

- En cuanto la llevemos a la habitación, en breve. El bebé se encuentra bien, dadas las circunstancias. Sé que la Sra. Cornwell tenía leche y ha conseguido amamantar al bebé de camino, pero no sabemos si después de la operación, y dada la cantidad de sangre perdida, pueda seguir manteniendo la lactancia. Vamos a comenzar a alimentar al bebé por otras vías, necesita toda la ayuda posible para fortalecerse.

- ¿Dónde está el niño?

- En la sala de maternidad.

- ¿Puedo … verlo?

- Desde luego. Una enfermera lo acompañará enseguida.

Tras varias explicaciones más, los doctores abandonaron la estancia y una enfermera vino a por Archie para acompañarlo a la sala de maternidad.

Tras varios pasillos, llegaron a una puerta y le pidieron que se pusiera una bata y una mascarilla para entrar a la estancia. Vio varios bebés apostados en sendas cunitas a la derecha, atendidos por varias enfermeras, y atravesó otra puerta entrando en la zona donde varias urnas de cristal custodiaban los cuerpecitos de varios bebés, incluido el suyo. La enfermera se detuvo ante una de ellas y Archie pudo observar al pequeño bebé que ya había tenido en sus brazos en cuanto nació, acostado e inmóvil, disfrutando del calor que le proporcionaba el interior de la urna y la lámpara. Notaba los latidos de su corazón resonar en su garganta … estaba nervioso … ¿por qué?

- ¿Quiere cogerlo?

- ¿Qué? Oh, pero … está … - La enfermera sonrió y cogiendo una pequeña mantita, se acercó a la urna y la abrió, cogiendo al bebé en brazos.

- Es un bebé muy fuerte, no parece prematuro … abra los brazos … así, muy bien.

En cuanto tuvo el cuerpecito entre sus brazos, un calor indescriptible se extendió por su pecho. Tuvo que tragar con fuerza y respirar. La enfermera lo dejó a solas y Archie avanzó unos pasos hasta una de las ventanas con el bebé en brazos. Este se agitaba un poco, intentando abrir los ojos.

- ¿Tienes hambre? – Susurró Archie acercando un dedo a la minúscula manita y dejando que este se lo cogiera. - ¿Qué voy a hacer contigo, eh? – El bebé abría y cerraba la boquita parpadeando. – La verdad es que tiene razón tu madre … eres precioso. – Sonrió el joven. De pronto, el bebé abrió los ojos fijándolos en los avellana, y Archie contuvo el aliento. Sabía que no era posible, pero … parecía que lo estuviera mirando fijamente. Y aquellos ojos … ¿qué color era aquel? Sabía muy bien que color era … sus latidos resonaban en sus sienes y sintió congoja en la garganta. – Tienes los ojos de tu padre … - dijo bajito, al tiempo que el bebé profería ruiditos – pero, dado que nos hemos quedado solos tú y yo … y que creo que el destino ha querido que tú seas mi hijo … mi único hijo … así será. – Acercó los labios a la pequeña frente y la besó. – Seré tu padre … - susurró mientras sentía que los ojos se le llenaban de lágrimas – y te querré y protegeré durante toda mi vida …


Archie insistió en que Candy y Albert se retiraran a la mansión Andrew a descansar y asearse. Era una tontería el estar todos allí, esperando, dado que la madre y el niño ya no corrían peligro alguno. La noche había sido larga y agotadora, y todos estaban extenuados.

- Pero, Archie … - Candy le agarró el brazo – no vas a quedarte aquí solo, yo puedo …

- No, querida, ve a descansar. Duerme un poco, habla con tu esposo … te lo mereces. Luego podrás volver y hablar con Annie. Yo me quedaré. He de avisar a los Brigthon … y quiero estar presente cuando Annie despierte.

Candy parpadeó sorprendida ante la determinación de su primo, pero entonces sonrió y lo abrazó. Archie parecía distinto. No sabía exactamente qué había sucedido, pero cuando había vuelto de ver al niño, sus ojos tenían un brillo diferente, y aquella nueva serenidad adquirida … era una buena señal.

Ambos rubios se despidieron del joven padre y volvieron a la mansión Andrew.

En cuanto llegaron, Albert hubo de dar las pertinentes explicaciones y las nuevas noticias a la familia. George se lo llevó al despacho no bien pisó la mansión, y Candy se encontró de nuevo sola, subiendo agotada las escaleras hacia el piso superior. Le pesaban todos los músculos del cuerpo.

Tomó un baño y se quedó dormida, ya que de pronto despertó y el agua estaba completamente fría. No sabía cuanto tiempo había pasado metida allí.

- Oh, Candy, ¿qué te pasa? – Se riñó a sí misma, saliendo del agua y vistiéndose rápidamente.

No sabía cuanto tiempo había pasado, no sabía qué hora era … miró el reloj de encima de la mesilla. Vaya, se había perdido la cena. Se quedó un momento indecisa, pero enseguida salió de la estancia y se dirigió al piso inferior.

- ¿Señora Candy?

- Hola, Watters, ¿ya se han retirado todos a descansar?

- No, señora, los señores Andrew se encuentran aún en una reunión en el despacho.

- Oh … - la joven giró la cabeza hacia el pasillo.

- No ha cenado, señora, ¿quiere que le preparemos algo en el comedor? – La joven le dedicó una dulce sonrisa.

- Oh, Watters, gracias … la verdad es que estoy hambrienta. – El mayordomo asintió. – Pero antes, he de hacer una llamada importante. ¿Hay alguien en la biblioteca?

- No, señora, adelante.

La joven se dirigió a la biblioteca y cogió el auricular del teléfono, cruzando los dedos y esperando poder hablar con quien ocupaba sus pensamientos constantemente.

- ¿Hola?

- ¿Eleanor? Hola, soy Candy … - un breve silencio al otro lado.

- ¿Candy? Hola, querida, ¿cómo estás?

- Muy bien … ¿y Terry? ¿Cómo está?

- ¿Terrence? Él está bien …

- ¿Cuándo podré hablar con él? ¿Está en la residencia? ¿Crees que podría llamar ahora?

- No, es decir …

- ¿Qué? – Interferencias.

- No te oigo muy bien, querida …

- ¡Eleanor! ¡No te atrevas a colgarme!

- Candy …

- ¿Qué está pasando, Eleanor? Por favor, solo dime si está bien …

- Él está bien.

- ¿Qué sucede?

- Querida … - interferencias.

- ¡Eleanor!

- Candy, creo que deberías volver …

- ¿Qué sucede?

- Vuelve cuanto antes, querida … - y de pronto, silencio en la línea.

- ¡Eleanor! ¡Eleanor!

Y entonces se echó a llorar desconsoladamente. ¿Qué estaba pasando? Debía volver a Nueva York lo antes posible.


Despertó lentamente de un dulce sueño, sin imágenes, como si emergiera de un agujero profundo. Su cuerpo comenzó a responder a la consciencia y notó leves dolores. Frunció el ceño y parpadeó, intentando enfocar la mirada.

- ¿Annie? – La joven enfocó los ojos, descubriendo el rostro de su esposo. Archie sonreía, algo inusual en los últimos tiempos, pero parecía muy cansado.

- ¿Archie? ¿Qué …? – De pronto se incorporó alarmada, y soltó un pequeño grito de dolor.

- Tranquila, todo está bien, está bien … - la instó a tumbarse de nuevo.

- ¿El bebé está bien? ¿Dónde está? ¿Qué ha pasado?

- Él está bien, enseguida lo traerán … túmbate, Annie … - ella obedeció, nerviosa, mientras Archie se sentaba a su lado, y muy lentamente, casi con turbación, cogía la mano femenina entre las suyas. Annie sintió que su corazón se estrujaba de miedo.

- ¿Qué … qué pasa, Archie?

- Escucha … no voy a andarme con rodeos esta vez. El bebé está muy bien, es muy fuerte y está sano, aunque deberá quedarse en el hospital al menos unas semanas. – Archie suspiró. – Pero en el parto … bueno, se desgarró tu útero … de ahí la hemorragia, Annie … y al llegar al hospital, los médicos tuvieron que intervenir. Ya … ya no podrás tener más hijos … - el joven bajó la mirada, al tiempo que Annie parpadeaba confusa y se soltaba de su mano.

- ¿No … no volveré a tener más hijos? – Archie negó con la cabeza, compungido.

- Lo siento … - La joven respiró profundamente por la boca, intentando calmarse. Notó cómo los ojos se le llenaban de lágrimas, e intentó retenerlas. Carraspeó.

- Yo … bueno, entenderé que tú decidas … es decir, no podré darte hijos … - Archie la miró confuso.

- ¿Qué quieres decir? – Annie contuvo un sollozo.

- Supongo que podríamos pensar en … bueno, Albert podría ayudarte, podrías …

- Annie, ¿qué demonios estás diciendo?

- ¡Que no podré darte ningún hijo tuyo! – Le soltó ella y sollozó, girando el rostro. Archie cuadró los hombros, respirando profundamente.

- Annie … - susurró, pero la joven seguía llorando, sin mirarle. – Annie … - le tomó el rostro con la mano y le obligó a mirarle. – Ya me has dado un hijo, ¿de acuerdo? Un hijo precioso … - las lágrimas corrían por el rostro de la joven. – Es suficiente …

- ¿Tú crees? – Archie asintió e intentó sonreír.

- Ahora cálmate, pronto lo traerán.

La puerta se abrió de pronto y la enfermera entró sonriente, con el bebé en brazos.

- ¡Hola, mami! Aquí hay alguien que quiere verte. – La joven se limpió el rostro con la mano y sonrió, alargando los brazos. – La enfermera le puso al bebé en los brazos. – He traído un biberón, estará hambriento, probablemente.

- Pero … ¿no voy a darle de mamar? Tengo leche, es decir …

- No tienes mucha, querida, y me temo que no sea suficiente, lo siento. Además, paulatinamente se te irá retirando, deberás alimentarlo artificialmente.

- Oh … - Archie vio cómo la joven intentaba por todos los medios guardar la compostura. Demasiadas noticias en poco tiempo … había mucho que digerir.

Sus ojos se encontraron, y por primera vez en mucho tiempo, Archie sintió un instinto protector respecto de su esposa, no solo por el bebé, sino por ella misma … y ello le sorprendió. Sin saber a ciencia cierta el porqué, alargó una mano y acarició el hombro de Annie y la cabecita del bebé.

- Todo irá bien … - ella asintió y por primera vez en mucho tiempo, sonrió de verdad.

Archie le pasó el biberón que la enfermera le tendía y la joven procedió a alimentar al pequeño, sonriendo.